Posts Tagged ‘Unión Política’

Miopías

15 noviembre, 2013

gafasQue el euro se ha salvado del colapso parece ser algo que los mercados dan por descontado. Las tensiones especulativas contra el euro, que a punto estuvieron de llevárselo por delante el año pasado, han remitido casi por completo. Todo ello gracias a la intervención del Banco Central Europeo y de su Presidente, Mario Draghi, que anunció su determinación a utilizar todo el arsenal de recursos a su disposición para salvar la moneda única. Sin embargo, como estamos viendo estos días, superada la peor fase de la crisis del euro, nos estamos adentrando en una muy preocupante fase de crisis política. Porque si las tensiones en torno al euro han remitido, las tensiones políticas están aumentado, especialmente en lo que se refiere al papel de Alemania, que se está situando cada vez más en el centro de la crítica, tanto por sus acciones como, especialmente, por sus omisiones.

Hemos visto estos días las reacciones airadas que en Alemania ha provocado el doble dardo que la política económica de Merkel ha recibido, primero desde Washington, donde el Departamento del Tesoro ha calificado públicamente el superávit comercial alemán como una fuente de inestabilidad para el resto de los miembros de la eurozona, y posteriormente desde Bruselas, desde donde se ha puesto en marcha un procedimiento de vigilancia especial sobre los riesgos que para la eurozona se derivan del excesivo y persistente superávit comercial alemán.

El enfrentamiento es político, sí, pero tan vinculado a las identidades que adquiere un carácter casi existencial. Para muchos alemanes, ser criticados por ahorrar y exportar en exceso no sólo supone un ataque frontal a la identidad de la Alemania posterior a la segunda guerra mundial, sino una muestra más de la insensatez de algunos de sus vecinos, que no sólo no tienen a bien admirar sus reformas económicas, aplicándolas a regañadientes con suma laxitud y aún más débil voluntad sino, lo que es peor, parecen empeñados en destruir a base de consumo, deuda e inflación el que consideran el único modelo económico exitoso del continente.

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¿Quién da la espalda a quién?

11 junio, 2013

Captura de pantalla 2013-06-11 a la(s) 14.17.15Vemos en la mayoría de las encuestas que se llevan a cabo en Europa que la ciudadanía está dando progresivamente la espalda al proyecto europeo. Pero con esta encuesta de Metroscopia en la mano podemos permitirnos darle la vuelta a la pregunta y formularla en términos inversos. ¿Quién ha dado la espalda a quién? ¿La ciudadanía al proyecto europeo o el proyecto europeo a la ciudadanía?

Porque lo que se refleja en estos datos es la amplitud y solidez del europeísmo de los españoles. Pese a la mala imagen de la UE y a su pobre desempeño político y económico durante esta crisis, un 69% de los españoles siguen sintiéndose europeos en alguna medida, un porcentaje todavía bastante elevado, que demuestra que en España la identidad nacional y la identidad europea siguen constituyendo dos caras de la misma moneda. Igual que en Alemania se decía que “un buen alemán tiene que ser un buen europeo”, en España el europeísmo se ha dado por hecho entre la ciudadanía. Y aunque esa fe esté siendo sometida a tensión, no parece que en lo esencial se haya visto debilitada.

No se trata solo de retórica o de sentimientos vacíos de contenido. Aunque Europa no está funcionando bien, eso no quiere decir que los españoles quieran ir hacia atrás y deshacer lo andado hasta ahora. Al contrario, tres de cada cuatro españoles son partidarios de que la UE tenga un presidente de verdad, elegido en unas elecciones europeas donde los partidos se presenten con listas trasnacionales. También hay una amplia mayoría de personas a favor de que la UE tenga un Gobierno que merezca tal nombre, aunque suponga ceder soberanía. Y aunque la “unión política” sea un concepto demasiado abstracto como para saber exactamente cuál sería su contenido, casi un 60% está a favor de ella. Por tanto, pese a la crisis, “más y mejor Europa” sigue siendo la opción favorita de los españoles.

Esto nos distingue de otros países vecinos, donde las fuerzas políticas euroescépticas o directamente xenófobas campan a sus anchas. Por el momento, en España no parece haber eurofobia, ni entre la ciudadanía ni entre las fuerzas políticas. Los dos grandes partidos (PP y PSOE) siempre han sido parte del consenso europeo. Y lo mismo se puede decir de los nacionalistas catalanes y vascos; tanto CiU, ERC, PNV o UPyD, por diferentes razones y desde intereses y trayectorias distintas, son partidos federalistas que creen que la solución al euro pasa por una mayor integración. Incluso la propia Izquierda Unida, que en otros países de nuestro entorno, desde Grecia a Francia o Portugal, representaría una izquierda algo más radical en temas europeos, nunca ha jugado ese papel euroescéptico ni parece decidida a articular su mensaje electoral en clave antieuropea. Como tampoco tenemos en España partidos de extrema derecha, que combinando nacionalismo y xenofobia suelen nutrir el euroescepticismo en un gran número de países de nuestro entorno (Reino Unido, Países Bajos, Dinamarca o Austria), nos encontramos con un panorama atípico en nuestro entorno. El resultado es que carecemos de movilización, ni a favor ni en contra de la UE.

Paradójicamente, esta falta de conflictividad supone, en las circunstancias actuales, una debilidad política adicional. En otros países de nuestro entorno (sea el Reino Unido, Francia, Italia, Grecia o incluso Alemania), los Gobiernos pueden utilizar una opinión pública crítica con Europa como baza negociadora a la hora de exigir cambios. “Yo estoy a favor, pero mi opinión pública no lo aceptaría”, se oye decir en Alemania. En España, sin embargo, tal afirmación no sería creíble. Esa atonía permite dudar de que el europeísmo de los españoles pueda o vaya a ser movilizado. Un porcentaje abrumador de los españoles, lo hemos visto en esta y en otras encuestas de Metroscopia, considera que las políticas europeas están equivocadas. Por la izquierda se rechaza la austeridad y por la derecha, aunque se comparte el objetivo de austeridad, se resiente la falta de políticas orientadas al crecimiento. Pero un porcentaje muy significativo de españoles considera que las elecciones europeas no son el medio de obtener de esos cambios y que, como siempre, se decidirán sobre cuestiones fundamentalmente nacionales. La nota dominante, pues, parece ser el descreimiento y la ausencia de expectativas sobre la capacidad de la UE de reaccionar. La cifra es rotunda y el mensaje claro: un 86% de los españoles quiere que la UE emprenda políticas orientadas al crecimiento. Dicen que los ciudadanos han abandonado el proyecto de integración, pero lo que aquí vemos es que es más bien la UE quien les ha abandonado.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el Domingo 9 de junio de 2013

Hablemos de Francia

6 julio, 2012

La virulencia de la crisis de deuda y la inestabilidad que se ha apoderado de la eurozona en los últimos meses ha hecho que el foco de atención haya estado puesto sobre España e Italia. Con Grecia, Portugal e Irlanda intervenidas, la pregunta que todo el mundo se ha venido haciendo es hasta dónde o hasta cuándo aguantarían la presión los Gobiernos de Mariano Rajoy y Mario Monti y qué ocurriría en caso de que finalmente se fuera hacia una intervención completa de España y/o Italia.

La urgencia y la dificultad de salvar a España e Italia han contribuido a poner de relieve la importancia de Alemania y ha singularizado una y otra vez a Angela Merkel como la persona en cuyas manos estaría la capacidad de deshacer la madeja europea. Al igual que la crisis ha forzado a la ciudadanía a dotarse de las nociones básicas de economía que necesita para entender y valorar lo que está ocurriendo y las soluciones que se van adoptando, la posición predominante de Alemania en esta crisis ha hecho imprescindible adentrarse en las profundidades del sistema político, economía y opinión pública alemanas. Por eso, en la Europa de la crisis hemos aprendido a prestar atención a las elecciones regionales alemanes, los dictámenes de su Tribunal Constitucional, los procesos de ratificación parlamentaria de los acuerdos europeos, la debilidad o fortaleza de los socios liberales o bávaros del Gobierno de la CDU, las posiciones del presidente del Banco Central alemán y las matizaciones que respecto a los eurobonos pueda introducir la oposición socialdemócrata una vez en el gobierno. Alemania, hemos aprendido, es un sistema político muy complejo donde el poder está muy repartido entre una serie de instituciones fuertes e independientes que limitan sumamente la capacidad de actuación de Angela Merkel.

Mientras tanto, en Francia, ocurría lo contrario. La formidable concentración de poder que la Constitución de la V República otorga al Presidente, unido al compulsivo hiperactivismo de Sarkozy, permitía concentrar toda la atención en el papel del presidente y simplificar sumamente los análisis. Sin embargo, como comenzó a entreverse durante la campaña presidencial, detrás del seguidismo de Sarkozy bullía una Francia sumamente compleja, atravesada por una serie de dudas existenciales: dudas sobre la identidad nacional, dudas sobre su modelo económico, dudas sobre la integración europea y dudas sobre la globalización. Esas dudas han limitado enormemente el margen de maniobra del centro-derecha francés, forzándole a mimetizar los postulados de la derecha nacionalista y xenófoba que representa el Frente Nacional de Marine Le Pen. También constriñen, y de qué manera, al centro-izquierda, forzado a convivir con una izquierda globofóbica que se siente cada vez más alienada por un proceso de integración europeo que percibe como una globalización con piel de cordero que busca destruir el Estado intervencionista y benefactor que constituye una de las señas de identidad de Francia.

De forma inesperada, pues se pensaba que el referéndum constitucional de 2005 la había enterrado definitivamente, la unión política ha vuelto a aterrizar ahora en la mesa de la izquierda francesa. Hollande se enfrenta a ese reto desde una posición nada envidiable. Por un lado, casi dos de cada tres de los votantes que le han llevado al Elíseo votó en contra de la Constitución Europea en 2005. Por otro, la difícil situación de las finanzas públicas en Francia, puesta de relieve esta semana por el Tribunal de Cuentas, hace inevitable que las discusiones sobre la siguiente fase de la unión económica y política coincidan temporalmente con una batería de importantes recortes presupuestarios que generarán rechazo político y social.

En la medida que la opinión pública francesa asocie los avances en la integración europea con una nueva reducción del margen de autonomía del Estado para hacer políticas de izquierda e interprete la unión política como una nueva vuelta de tuerca sobre su modelo social, entonces reaccionará vivamente contra lo que interpretará no como una unión política, sino como una constitucionalización encubierta del modelo económico alemán y de las políticas de austeridad en el ámbito europeo. Al igual que ocurriera en los años noventa, cuando se preparaba la unión económica y monetaria, y también en la década pasada, cuando se discutió la Constitución Europea, la izquierda francesa tendrá que decidir hasta qué punto la unión política y económica con Alemania contribuye a preservar y, eventualmente, a revigorizar su modelo económico y social o, por el contrario, a afianzar y hacer irreversible su declive. El desafío de Hollande consiste pues en lograr una Europa más eficaz, lo que requiere mayor integración y, por tanto, la cesión de soberanía, pero en la que, a la vez, se respete, y no se sofoque, la diversidad de modelos económicos y sociales. No lo tendrá fácil, pues la Francia de hoy ha quedado muy por debajo de Alemania.

Publicado en la sección impresa del Diario ELPAIS el 6 de julio de 2012

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