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La hora más difícil de Europa

9 octubre, 2015

Captura de pantalla 2015-10-09 15.43.14A perro flaco, todo son pulgas, sentencia el dicho popular. Esa es la situación en la que parece encontrarse Europa, expuesta a un muy peligroso entrecruzamiento de tres crisis que hasta ahora corrían en paralelo: la crisis de gobernanza del euro, con su clímax griego; la crisis de asilo y refugio, que amenaza con hacer saltar por los aires la libre circulación de personas; y la crisis en nuestra vecindad, que desde Ucrania a Libia pasando por Siria pone al desnudo la debilidad de la política exterior europea.

Por separado, cada una de esas crisis expone las profundas fracturas que recorren el proyecto europeo. Juntas forman una tormenta perfecta que, de no mediar una reacción a la altura de las circunstancias, muy bien podría acabar con el proyecto europeo. No se trata de una exageración. La construcción europea descansa hoy sobre tres pilares: el euro, la libre circulación de personas y los valores europeos. Si quitamos cualquiera de ellos, el edificio difícilmente se sostendrá.

Por un lado, la crisis griega ha puesto de manifiesto los problemas de gobernanza de la eurozona, problemas que tienen que ver tanto con la eficacia como con la legitimidad democrática. Mientras que EE UU hace tiempo que ha salido de la crisis, la eurozona sigue estancada económicamente y con unos niveles de desempleo que tensionan sus sociedades, sistemas políticos y Estados del Bienestar, provocando el auge de movimientos y grupos populistas a ambos lados del espectro político. Más allá de las diferencias, evidentes, entre las nuevas izquierdas y las nuevas derechas surgidas de la crisis, todas esas fuerzas comparten una reacción soberanista y anti-integración europea que no es sino un nuevo nacionalismo disfrazado de reacción democrática contra los mercados, la integración europea o contra ambos.

El reflejo nacionalista provocado por la crisis económica se verá sin duda acentuado por la crisis de asilo y refugio. La capacidad de absorber oleadas migratorias étnicamente diversas y convertirlas en una fuerza de progreso económico y social requiere de la existencia de una economía en crecimiento y de unas sociedades abiertas y predispuestas a la integración. Justo lo contrario de lo que le sucede hoy a Europa, estancada económicamente y bloqueada mentalmente con la inmigración. Hemos visto, desde Grecia a Ucrania, que la solidaridad europea apenas alcanza para llegar a los mismos europeos. Extender esa solidaridad hacia los no europeos, máxime cuando provienen de una zona geográfica como Oriente Próximo, con la que Europa mantiene legados y relaciones altamente tóxicas, no va a ser nada fácil.

No es ningún secreto que podríamos gestionar eficazmente la crisis de asilo y refugio. Como tampoco lo es que ello requeriría mucha más Europa de la que las autoridades nacionales están dispuestas a conceder. La polémica en torno a la voluntariedad u obligatoriedad de las cuotas de asilados no es anecdótica: una vez más, como ocurrió cuando comenzó la crisis griega, los gobiernos europeos han preferido adoptar una solución nacional antes que una europea. Ese método convierte a Europa en un remedo de lo que Churchill decía de Estados Unidos: los americanos, decía desesperado por las reticencias de Washington a intervenir en la guerra, siempre terminan por acertar, pero solo después de haber probado todas las demás alternativas. Europa gusta de vivir igual de peligrosamente, siempre esperando a que la situación se deteriore tanto que los gobiernos sólo puedan elegir entre el suicidio colectivo o más Europa. El problema es que, en un paciente debilitado y ya infectado por el virus de la xenofobia, las soluciones puede que lleguen tarde.

La reacción de Angela Merkel, ejemplar, necesita espacio y apoyo. Si los demás gobiernos europeos, como muchos ya están haciendo, miran para otro lado y dejan el problema en manos de Berlín, quitarán el oxígeno a la Canciller y ahogarán el proceso. Algunos pueden tener la tentación de ver con satisfacción el debilitamiento de la Canciller, pero deberían pensar dos veces en lo que vendría después: o bien iríamos a un cierre del espacio Schengen, con cada gobierno reintroduciendo fronteras y controles por su cuenta, o bien tendríamos una reacción defensiva a escala europea consistente en el refuerzo del control de fronteras externas de la UE, el endurecimiento de las normas de asilo y refugio y la generalización de las repatriaciones forzosas, es decir, la adopción del método húngaro a escala europea. No dejaría de ser paradójico que la crisis de asilo y refugio uniera a los europeos en torno un modelo de gestión de fronteras exteriores y flujos migratorios exclusivamente basado en la soberanía y los intereses económicos del receptor, es decir, un modelo basado en el “no vengáis si no se os invita previamente” y en él “si venís sin invitación, ateneos a las consecuencias”. No descartemos por tanto que tengamos una salida europea a la crisis, pero una salida a la Viktor Orban, incompatible con nuestros valores y principios.

El problema de la UE es que tanto en lo referente a la crisis del euro como en la crisis de asilo, siempre ha estado a la defensiva y desbordada, sin tiempo para remontar los problemas corriente arriba y solucionarlos en origen. Así ha sido con la gobernanza del euro, donde sólo de forma muy lenta e incompleta se han abierto camino mecanismos de prevención de carácter sistémico, y también con la política exterior europea. La fuente emisora de la inestabilidad que vivimos estos días está en una región vecina, Oriente Próximo, en la que Europa es incapaz de hacer valer ni sus intereses ni sus principios. Mientras Rusia e Irán definen sus intereses en la región de un modo tan brutal como cristalino y ponen todos sus activos diplomáticos, económicos y militares detrás de ellos, Europa carece de una visión sobre qué hacer, y tampoco sabe muy bien qué pedirle a Estados Unidos ni cómo trabajar con Obama. El problema de la UE con Siria no es tanto la carencia de instrumentos (aunque sea cierto que carece de ellos), sino el carecer de una política. Europa no sólo no sabe lo que quiere (¿negociar con Asad? ¿ir a la guerra contra al Estado islámico? ¿pactar con Rusia e Irán?) sino que tampoco tiene un método para averiguarlo, lo que deja a cada gobierno a su libre albedrío. El resultado no puede ser más desconcertante: mientras que la Francia de Hollande se declara en guerra contra el ISIS, los demás miran hacia otro lado y buscan un arreglo rápido con Asad. Acostumbrada a no actuar, Europa puede tener la tentación de no hacer nada. Pero la crisis de asilo es distinta: si no actuamos para cambiar nuestro entorno, ese entorno nos cambiará a nosotros. A peor.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS, cuarta página, el jueves 8 de octubre de 2015

Europa es ahora el problema

13 junio, 2015

1433873465_951956_1434024029_noticia_normalCuando el 12 de junio de 1985 España firmó el tratado de adhesión a la (entonces) Comunidad Europea, se sumó a una Europa que iba a más, que se integraba en lo político y en lo económico, forjando, como prometían los preámbulos de sus tratados, una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa. Esa Europa era ambiciosa tanto hacia dentro como hacia fuera: promovía la cohesión social y fomentaba la convergencia entre el norte y el sur, pero también tenía ambición exterior y quería jugar un papel relevante en el mundo. En poco más de una década desde la incorporación de España, aquella pequeña Europa de nueve miembros a la que la España democrática dirigió su solicitud de adhesión se estaba dotando de una moneda única y, tras superar con éxito la reunificación de Alemania, planeando más que duplicar su número de miembros.

En modo alguno es casualidad que los mejores años de la historia de España, los “treinta gloriosos” que el resto de Europa ya había disfrutado coincidiendo con el inicio del proyecto de integración en la década de los cincuenta del siglo pasado, hayan coincidido con este proceso de europeización que se inició en 1977 con la solicitud de adhesión. España encajó en aquella Europa que se integraba a toda velocidad como una mano en un guante: en ella encontró un vehículo perfecto para completar un proceso de modernización política, económica y social en demasiadas ocasiones pasadas truncado. Como el proyecto europeo y el proyecto nacional no eran sino dos caras de la misma moneda, imposibles de separar, la política europea y la política nacional fluían al unísono con suma naturalidad. Por eso, a la vez que dejarse llevar hacia la modernización, España pudo liderar políticas europeas como la cohesión o la ciudadanía con una enorme confianza en sí misma, abrirse al mundo y encontrar, por fin, su lugar en un mundo globalizado.

Sin duda que Europa ha sido, como Ortega dictaminó, la solución al problema de España. Hoy, España tiene problemas de gran calado —por cierto muy similares a los que padecen todas las sociedades democráticas avanzadas de nuestro entorno—, pero no es un problema, ni para sí misma ni para los demás, en el sentido orteguiano. A cambio, sin embargo, es Europa la que se ha convertido en un problema. Plantear Europa como problema en un país construido sobre la aseveración orteguiana de que “España es el problema, Europa la solución” puede sonar a provocación. Pero hablar de Europa como problema puede tener bastante sentido si dejamos a un lado la acepción más trascendental —la que nos remite a una discusión acerca de nuestro ser colectivo y nuestra identidad— para, a cambio, adoptar una visión algo más práctica que entienda Europa como un problema práctico que resolver, es decir, la que nos lleve a discutir cómo organizar nuestros asuntos públicos, nuestra democracia, nuestra economía y nuestra sociedad teniendo en cuenta la existencia de la Unión Europea.

Porque la realidad hoy es que, casi 40 años después de que nuestra Constitución previera, en su artículo 93, celebrar tratados por los cuales se cediera a una “organización o institución internacional el ejercicio de competencias derivadas de la Constitución”, esa Unión Europea a la que por prudencia los padres constituyentes no pudieron referirse por su nombre y apellidos (¿y si no nos admitían?) se ha convertido en un nuevo nivel de Gobierno cuyas competencias alcanzan todos los órdenes de la vida política, económica y social de los ciudadanos españoles, casi en una cuarta rama de poder que se suma al ejecutivo, legislativo y judicial.

Cierto que esta Unión Europea que a raíz de la crisis del euro ha dado un gran salto en la integración, y que se apresta a dar otro de todavía mayor alcance con el fin de completar la unión monetaria y prevenir problemas como los que generaron la crisis del euro, no tiene un problema de legitimidad en sentido estricto, pues se nutre del consentimiento de gobiernos y parlamentos legítimamente elegidos. Pero es inevitable plantearse si esta gran agencia en la que se ha convertido la Unión Europea, con una batería de reglas tan estrictas para los Estados miembros como los mecanismos para prevenir y, en su caso, sancionar su incumplimiento, es sostenible políticamente sin una legitimación de la ciudadanía más activa y directa de la que escasamente emana de unas elecciones europeas que suelen jugarse en clave nacional y de espaldas a la mayoría del público.

No es de extrañar que en las tres décadas transcurridas desde 1985 los españoles hayan pasado de un europeísmo muy instintivo, poco informado y más bien basado en los beneficios materiales de la adhesión a un europeísmo algo más frío, también más crítico. Del enorme consenso que al comienzo de la Transición suscitó el proceso de integración en Europa, hemos pasado a un estado dominado por la incertidumbre y, en algunos, hasta el resquemor. Aunque sean hoy pocos los partidarios de abandonar el euro, parece que son casi tan pocos como los que confían en que el euro vaya a ser capaz de superar las divisiones, económicas y mentales, que con tanta fuerza han resurgido entre el sur y el norte y volver a generar una dinámica virtuosa de convergencia en la que todos ganen por igual.

El proyecto europeo está en tierra de nadie: aunque muchos dentro de Europa los añoren, y otros fuera de ella sueñen con reconstruirlos, los Estados europeos hace tiempo que abandonaron en la cuneta ese viejo y anquilosado vehículo llamado Estado-nación y se subieron al tren de la integración supranacional. Sin embargo, están igualmente lejos de conformar una unión política de verdad, democrática y a la vez legítima, que sea algo más que una unión de reglas para supervisar el correcto funcionamiento de los mercados, la moneda y los presupuestos. Nos hemos quedado a medio camino en una Unión Europea dominada por las tensiones dentro y entre los Estados, con opiniones públicas cada vez más escépticas y líderes nacionales cada vez más renuentes a enfrentar su irrelevancia.

Si la Europa en la que nos integramos ofrecía un proyecto de futuro ilusionante, la Europa en la que habitamos hoy parece más un espacio en el que competir unos contra otros que uno en el que cooperar para lograr asegurar nuestro bienestar colectivo como europeos. Treinta años después, esta Europa, pequeña en su ambición y egoísta en su vocación, es el problema que, con el permiso de Ortega, debemos arreglar.

Publicado en la edición impresa del  Diario ELPAIS el 12 de junio de 2015

 

Naufragio europeo

14 mayo, 2015

050615-N-0000X- 001Una vez más, la muerte de inmigrantes en el Mediterráneo activa todos los resortes mediáticos. Y estos, a la vez que sacuden nuestras conciencias, desencadenan el frenesí de los políticos europeos, obligados por la doble presión de los medios y la opinión pública a prodigarse en declaraciones de condena, convocar cumbres para mostrar unidad, sacudirse de encima la responsabilidad por lo ocurrido y buscar en el inventario algún tipo de medida con la que dar la impresión de que se está actuando o se va actuar eficazmente.

Pero todo es un gran teatro político en el que la agitación sólo cumple un papel: el de impedirnos pensar y, sobre todo, hacerlo de forma crítica. Porque si por un minuto cesaran todos los aspavientos e idas y venidas de jefes de Estado y de Gobierno y ministros de Exteriores e Interior, lo que realmente veríamos sería la negligencia, casi criminal, con la que la Unión Europea ha estado actuando en esta materia. Porque todos los Gobiernos, conociendo el tamaño de los flujos de inmigración en esa zona del Mediterráneo, sabían de antemano que la suspensión de la misión de rescate Mare Nostrum y su sustitución por la Operación Tritón, meramente de control fronterizo y con muchos menos recursos, iba a desencadenar la pérdida de muchas vidas. Para empeorar las cosas, sabemos que no lo hicieron porque sospechaban que el dispositivo de salvamento marítimo italiano estaba generando un efecto llamada para mafias e inmigrantes.

La realidad, sin embargo, es bien distinta. Más que un efecto llamada lo que tenemos son una serie de vasos comunicantes: la eficacia de la misión Poseidón de Frontex a la hora de impermeabilizar las fronteras orientales de la UE, sobre todo las de Grecia y Bulgaria con Turquía, combinada con la descomposición de Libia y el cierre de la ruta atlántica o española, está provocado la convergencia de todos los flujos, esto es, el subsahariano, el de Oriente Próximo y el asiático, en único punto de entrada: el estrecho de Sicilia. Por eso resulta incomprensible que los jefes de Estado, en lugar de entender que estamos ante una emergencia de carácter global, y gestionarla como tal, estableciendo puntos de asilo, corredores humanitarios, zonas seguras y campos de refugiados, se planteen solucionar el problema desde una perspectiva militar y policial.

Declarar la guerra a las mafias sin entender por qué la gente los contrata y diseñar una misión antipiratería como la de Somalia sólo puede tener un efecto: desviar la presión migratoria hacia otras zonas y generar aún más caos en los países de tránsito. Muchos jefes de Estado y de Gobierno, entre ellos el español, han pedido estos días “más Europa”. Pero no es ese el tipo de Europa que necesitamos. La que necesitamos debería tener una verdadera política de inmigración, refugio y asilo común gestionada por la Comisión Europea, no por 28 Estados miopes, electoralistas o incapaces. ¿Quién naufraga aquí?

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 23 de abril de 2015

Inmigración, integración, terrorismo y libertad de circulación: la gran confusión

14 abril, 2015

4586245313_c31545b9fc_oEs lógico que en el fragor de la batalla las emociones se disparen. Pero tan peligrosos enemigos son aquellos que atentan contra nuestro modo de vida y libertades como los errores que podemos cometer si nos dejamos llevar por esas emociones. Es lo que en cierta medida ha ocurrido a raíz de los recientes atentados en París contra Charlie Hebdo y la comunidad judía cuando a caballo del shock y la repulsa por dichos ataques muchos se dejaron llevar por la tentación de mezclar en una misma y confusa amalgama la lucha contra el terrorismo, la política hacia Oriente Próximo, el control de fronteras, la inmigración irregular, la libertad de circulación de trabajadores, el papel del islam en nuestros espacios cívicos y la integración y asimilación de minorías de distinta cultura o religión en nuestras sociedades.

Prueba de esa confusión, en Francia vimos, por un lado, al presidente François Hollande encaramarse a la cubierta del portaviones Charles de Gaulle para declararse en guerra contra el Estado Islámico aunque hubiera dudas de si el atentado estaba inspirado por ese grupo o por Al Qaeda y tampoco estuviera muy claro si una reacción de tipo bélico y en caliente no era precisamente el objetivo del ataque o si pudiera tener efectos amplificadores incentivando futuros atentados. Por otro lado, ignorando deliberadamente que los atacantes parisienses eran ciudadanos franceses nacidos en Francia a los que difícilmente los controles fronterizos hubieran supuesto un impedimento para entrar y salir del país, escuchamos al expresidente Nicolas Sarkozy demandar el fin de la libertad de circulación dentro de la UE y la reinstauración de los controles de fronteras dentro del espacio Schengen. También asistimos a la enérgica demanda de Marine Le Pen y su xenófobo Frente Nacional de reinstaurar la pena de muerte o, en otros contextos como el español, la introducción en el Código Penal de la cadena perpetua, ambos objetivos populares entre muchos votantes pero de nula eficacia como instrumento de lucha contra el terrorismo yihadista. Y a ese coro de peticiones se sumaron reclamaciones en las que se mezclaba la hostilidad contra la comunidad musulmana en Francia con una revitalización de las discusiones en torno a la naturaleza violenta o pacífica del islam o su compatibilidad con la democracia. En definitiva, una gran y poco provechosa confusión.

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El error de Tsipras

8 abril, 2015

DIE_LINKE_Bundesparteitag_10._Mai_2014_Alexis_Tsipras_-1La Unión Europea, suele decirse, es un orden negociado. ¿No es esto contradictorio? Un orden es algo estable y cerrado, mientras que una negociación presupone algo abierto y en permanente cambio. ¿Cómo puede ser algo una cosa y a la vez su contraria? La respuesta correcta es: ¿y qué importa? ¿Qué necesidad hay de lamentarse porque algo que funciona en la práctica no lo haga en la teoría?

La Unión Europea funciona mejor de lo que se dice, especialmente teniendo en cuenta que lo hace sin modelo ni referencias. Todo lo bueno que ha logrado la UE se lo debe a su enorme flexibilidad: una y otra vez desde los comienzos de este proyecto tan singular hemos visto a los líderes europeos, agotados tras días y noches de negociaciones sin interrupción, estampar su firma en acuerdos que se suponían imposibles y que a decir de muchos suponían la cuadratura del círculo.

Así entró Grecia en las (entonces) Comunidades Europeas: mediante un acto político del Consejo Europeo, que creyendo imperativo apoyar el proceso de consolidación democrática tras el fin de la dictadura de los coroneles, pasó por encima del dictamen de la Comisión Europea, que en razón del pésimo estado de la economía griega había recomendado tomarse su adhesión con mucha, muchísima calma. En aquella ocasión, como en tantas otras en la historia comunitaria, las reglas del juego se retorcieron por una razón política superior y Grecia no sólo entró en la Unión a pesar de no cumplir los requisitos, sino que lo hizo cinco años antes que España y Portugal.

Buscar la razón política superior que hiciera deseable la extensión y modificación a favor de Grecia del programa de rescate debería haber sido la primera tarea de Tsipras y su Gobierno. No era una tarea en absoluto difícil pues su llegada al poder ha coincidido con un momento de rara unanimidad dentro de la Unión Europea en torno a los errores de diseño del euro, los excesos de la política de austeridad, las torpezas de la troika y el desproporcionado coste asumido por la ciudadanía griega.

Todo era viento en las velas para aliarse con un presidente de la Comisión con mala conciencia por su pasado y empeñado en políticas de estímulo, un presidente del Banco Central Europeo decidido a emprender una expansión monetaria sin precedentes sin importarle lo que dijera Alemania y unos Gobiernos en París, Roma y Madrid encantados de utilizar a Atenas para terminar de demoler los dogmas con los que Alemania asfixia el crecimiento económico.

Créanme, Tsipras lo tenía realmente fácil. Pero fuera por dogmatismo, mal asesoramiento o por perseguir otros fines, se ha empeñado en una confrontación absurda con sus socios. ¿El resultado de este despilfarro de capital político y moral? Que obtendrá la mitad de lo que hubiera podido lograr si hubiera actuado con inteligencia y flexibilidad, y al doble de precio. Una pena, sobre todo para los griegos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 26 de marzo de 2015

Impaciencia estratégica

3 marzo, 2015

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No suele asombrar que los europeos estén divididos en política exterior: cada capital tiene su historia, intereses y sensibilidades, lo que tiende a convertir cualquier intento de lograr una posición común en el seno de la UE en una pesadilla, máxime cuando se trata de imponer sanciones o adoptar una posición de dureza. Pero difícil no significa imposible: aunque los fracasos suelen ser siempre más ruidosos que los aciertos, la Unión Europea no siempre lo hace todo mal. Vean, por ejemplo, el caso de Irán. Cierto, el acuerdo respecto al programa nuclear iraní no está ni mucho menos cerrado, pero la combinación a partes iguales de perseverancia, unidad y sanciones económicas ha evitado un escenario catastrófico: ¿se imaginan que a la inestabilidad que tenemos en Libia, Siria, Irak y Palestina, añadiéramos ahora una campaña de bombardeos israelíes sobre las instalaciones nucleares iraníes? Por tanto, si el pasado enseña alguna lección es que, en política exterior como en otras materias, la paciencia siempre tiene una recompensa mientras que la impaciencia desbarata cualquier posibilidad de éxito.

Curiosamente, sin embargo, hay quienes en la Unión Europea parecen dispuestos a tirar por la borda la unidad tan costosamente lograda en los últimos meses en torno a Rusia. Y lo están haciendo precisamente desde Alemania, que es el corazón y motor que permitió lograr dicho acuerdo, donde se están manifestando fisuras dentro del Gobierno de coalición entre la canciller Merkel y su ministro de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, socialdemócrata, partidario de rebajar las sanciones a Rusia aunque Moscú siga manteniendo bajo su control el este de Ucrania y, por supuesto, ni se haya planteado devolver Crimea. Pocos apostaban al principio de esta crisis a que Italia, España o Francia entrarían en el camino de las sanciones, pero la evidencia de que Rusia estaba muy lejos de querer un acuerdo de paz que permitiera la reintegración de Ucrania llevó a Roma, Madrid y París a adoptar una posición de firmeza (recordemos que para Hollande eso ha supuesto la muy costosa renuncia a entregar a la Marina rusa los dos portahelicópteros contratados, uno con militares rusos operándolo en prácticas).

Nada hay nada erróneo en querer negociar con Rusia: desde el principio de esta crisis los europeos han dejado claro que no creen en el camino de la fuerza y sí en el del diálogo y que las sanciones son sólo un instrumento para que Rusia acepte una solución pactada. Pero ese acercamiento no puede cobrarse como primera víctima y condición previa la unidad territorial de Ucrania. Rusia ya amputó Osetia del Sur y Abjasia a Georgia, también ha amputado a Moldavia el territorio transnistrio y ahora hace lo mismo con Crimea y el este de Ucrania. Los ucranios han manifestado en demasiadas ocasiones, en la calle y en elecciones libres y democráticas, presidenciales y parlamentarias, que sus principios y valores son democráticos y europeos y que no quieren ser parte de una esfera de influencia rusa. Es por esa osadía por lo que Moscú les ha castigado, imponiéndoles la guerra, la penuria económica y la pérdida de territorio. Mientras nada de eso cambie, habrá poco de lo que hablar con Moscú.

Publicado en el Diario ELPAIS el jueves 27 de noviembre de 2014

Luxleaks: una inmensa estafa

23 noviembre, 2014

103013.cnet.capt_renault.largeParodiando al inefable Claude Rains cuando en la películaCasablanca exclama indignado “¡aquí se juega!” y acto seguido el crupier se le acerca por detrás y le dice: “Tenga, capitán, sus ganancias”, el presidente de la Comisión Europea, el luxemburgués Jean-Claude Juncker, intenta estos días convencer a 500 millones de europeos de que no sólo está escandalizado por las revelaciones conocidas esta semana que apuntan a que 340 multinacionales utilizaron Luxemburgo para no pagar los impuestos que les correspondían sino de que no le va a temblar el pulso a la hora de tomar medidas para que esto no vuelva a ocurrir.

Que Juncker, que ha presidido el Gran Ducado luxemburgués durante nada menos que 18 años compaginando ese puesto con el de ministro de Finanzas, pretenda hacernos creer que no sabía nada nos deja ante una difícil disyuntiva: o bien está mintiendo, lo que debería llevar al Parlamento Europeo a abrirle un proceso de censura, o bien está diciendo la verdad, lo que supone reconocer unos niveles de incompetencia y dejadez en el ejercicio de sus funciones que le restarían cualquier credibilidad para presidir la Comisión Europea.

Porque la cuestión aquí no es que las susodichas empresas aprovecharan un oscuro vacío legal para zafarse de sus obligaciones tributarias y defraudar al fisco luxemburgués sin que este se enterara, sino que la Hacienda de ese país firmó con todas y cada una de ellas acuerdos que convalidaban los esquemas fiscales que les permitirían tributar nada más que un ridículo 2%. Es decir, que en lugar de defraudar a espaldas de la Hacienda luxemburguesa y con algo de incertidumbre, estas empresas defraudaban al resto de los socios europeos con su plena cooperación, por escrito y con su firma al final de la última página.

La gravedad del asunto y sus consecuencias políticas no pueden ser minusvaloradas. Primero, porque evidencia que el éxito político de Juncker, que ha permitido a los luxemburgueses disfrutar tanto de un increíble nivel de vida como de unas prestaciones sociales sin parangón, está construido sobre un esquema fiscal que puede ser legal desde el punto de vista formal pero que era claramente fraudulento en su intención. Algo de mala conciencia tendrían las autoridades luxemburguesas cuando tantos reparos ponían a las solicitudes de información sobre estas prácticas que les dirigía el entonces comisario Joaquín Almunia, y algo de mala conciencia tienen ahora cuando, una vez descubierto todo, se aprestan a decir que no lo van a hacer más.

Pero el daño a la legitimidad de Juncker para presidir la Comisión va más allá del ámbito luxemburgués. Hay que recordar que como presidente del Eurogrupo durante lo más álgido de la crisis del euro, Juncker ha estado al frente de unas políticas de austeridad y de estabilidad presupuestaria que han desembocado en sangrantes recortes sociales y de derechos para millones de europeos. Ahora resulta que mientras eso ocurría el hoy presidente de la Comisión Europea lideraba un país que vaciaba de impuestos las arcas de sus socios justo cuanto más necesitaban esos impuestos. ¿A cuánto asciende lo dejado de ingresar? ¿Cuántos profesores y médicos se podían haber financiado con lo evadido? Ejemplar desde luego no es ni lo va a parecer. Por mucho que se empeñe en convencernos de que va a liderar un proceso de armonización fiscal que impida estas prácticas, Juncker ha quedado expuesto como cómplice de una inmensa estafa a los ciudadanos europeos.

Publicado originalmente en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 14 de noviembre de 2014

Europa desde la iconoclastia

10 octubre, 2014

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Reseña elaborada por Xavier Vidal-Folch en Babelia, edición impresa, sábado 4 de octubre de 2014

¿Quién gobierna en Europa?, de José Ignacio Torreblanca, es un ensayo lúcido: estupendo e inquietante. Estupendo por su iconoclastia. Porque agarra el asunto de la gobernanza/gobernación de la Unión Europea desde donde toca: la crisis de 2008. Y cómo, a su compás, se han trastocado la arquitectura de la unión monetaria, los equilibrios institucionales de los Veintiocho, las funciones de las democracias nacionales.

Y por su tesis central: la condición política ineludible para realizar ulteriores cesiones de soberanía nacional (si tal cosa existe) estriba en que “se recupere en la práctica a nivel europeo en forma de mayor, mejor y más efectivo margen de actuación”. Debe haber un estrecho paralelismo entre los nuevos traspasos (de poderes sobre el presupuesto, la banca, el Tesoro) hacia “Bruselas” (Comisión y Consejo) y el traspaso a “Estrasburgo” (Parlamento) de su control político. So pena de incurrir en déficit democrático y de incrementar la ya creciente desafección popular hacia Europa, convertida por los Gobiernos en chivo expiatorio de todo mal.

Otros aciertos: su explicación sobre la “tecnocracia”, o encargo de gestión a técnicos o cuerpos técnicos de materias muy especializadas, a cambio de resultados eficientes (pero no su aplicación indiscriminada a “Bruselas”, como sucedáneo de conceptos como “burocracia” o “monstruo burocrático”, tan caros a Margaret Thatcher); su crítica a la conversión de los Parlamentos nacionales en legitimadores de lo decidido después de decidido, y no antes; su carga contra abusos institucionales como las cartas-ultimatos del BCE a España e Italia en plena crisis, pero también su aplauso a esta institución como “poder federador” europeo; el convencional aguijón a la política económica alemana… seguido del respeto al debate democrático y al juego institucional de ese país; la acertada foto de los nuevos populismos, aunque en una evaluación que los sobredimensiona: no es exacto (aún) que “ya no son minoritarios”… Y así decenas de apuntes. Lean el libro.

Pero léanlo también críticamente, desde la irreverencia. Porque Torreblanca lleva su eurocriticismo a la frontera del euroescepticismo cuando no solo exige mayor control democrático a los poderes europeos, sino que muestra excesiva nostalgia del Estado-nación y de la soberanía nacional. Porque tiende a envolver esa deriva con un abuso de conceptos como la “soberanía democrática” de Jürgen Habermas aplicada a la soberanía nacional, o el “vaciamiento constitucional” preñado de connotaciones negativas en lugar de la más positiva “federalización”.

Y parece haberse dejado en el tintero lo que él mismo tantas veces ha escrito, que la crisis económica soliviantadora de la gobernanza europea ha sido y es brutal, recidivante. Y pues, los fallos sistémicos afectan no solo a las instituciones comunes, sino a todas, y a todas las corporaciones y profesiones, no solo a las maléficas élites políticas, que opone a la benéfica ciudadanía.

Además, deja en el limbo si el nuevo andamiaje de la unión económico-monetaria inventado en este lustro (fondos de rescate, paquetes fiscales, nuevo rol del BCE…) es un mero cóctel de medidas improvisadas o enhebra una refundación, aún imperfecta, de la Unión. Con todos esos defectos, y algunos más, el bisturí de Torreblanca corta muy fino. Con rotundidad envidiable.

¿Quién gobierna en Europa? José Ignacio Torreblanca. Libros de la Catarata. Madrid, 2014

10/10

18 julio, 2014

10La nota es 10/10: esa es la calificación que Rusia ha obtenido en Ucrania. El orden europeo se asienta sobre 10 principios. Pues bien, la Federación Rusa ha violado todos y cada uno de ellos. Esa es la conclusión, acompañada de una dura condena, de la Asamblea Parlamentaria de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), de la que forman parte 57 Estados de Europa, Asia Central y América del Norte, reunida en Bakú el pasado 2 de julio. Esos 10 principios fueron consagrados en el Acta Final de Helsinki de 1975, que es la clave de bóveda del orden de seguridad europeo. El llamado “decálogo de Helsinki” establece la igualdad de los Estados; la abstención del uso de la fuerza; la inviolabilidad de las fronteras; la integridad territorial; la obligatoriedad de la resolución pacífica de las disputas; la no intervención en los asuntos internos de otros países; el respeto de los derechos humanos y libertades fundamentales; el derecho a la autonomía de los pueblos; la cooperación entre Estados, y el respeto a las obligaciones derivadas del derecho internacional.

En contraste con estos principios, Moscú se ha anexionado Crimea, modificando por la fuerza las fronteras de Europa. Además de apoyar con armas y dinero a los secesionistas prorrusos en el Este de Ucrania, se ha negado tanto a aceptar el despliegue de observadores militares en la frontera como a someter a la OSCE sus quejas sobre las supuestas violaciones de los derechos de esa minoría. Estados Unidos y la Unión Europea han insistido en numerosas ocasiones en la necesidad de resolver el conflicto ucranio de forma pacífica. También han insistido en que las sanciones a Rusia no son un castigo, sino un incentivo para la negociación, de ahí su moderación y gradualidad.

Pero Putin no está dispuesto a aceptar un proceso que inevitablemente desembocaría en el desarme de las milicias prorrusas, dirigidas por Igor Strelkov, un militar ruso que no oculta su identidad, y en el despliegue de observadores internacionales en el Este de Ucrania. En estas circunstancias, la tercera ronda de sanciones económicas a Rusia, aprobadas ayer de forma coordinada por Washington y Bruselas, eran inevitables.

Todo este conflicto, recordemos, comenzó porque Rusia quiso evitar que Ucrania firmara un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, un acuerdo que a los ojos de Putin haría que Kiev basculara hacia el Oeste haciendo, además, inviable su proyecto de Unión Euroasiática. Si el objetivo de Putin era evitar ese acuerdo, su fracaso es evidente pues ese acuerdo, junto con uno similar con Moldavia y Georgia, se firmó el 27 de junio. Putin ha ganado Crimea, pero ha perdido Ucrania, y está cada vez más aislado. Dada su trayectoria y su visión del mundo, sabemos que no aceptará aparecer como el perdedor. Atentos a su próximo movimiento.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 18 de julio de 2014

Oferta de empelo: se busca High Rep

10 julio, 2014

inem,Se busca High Rep (pronúnciese Jai-rep). Es como en la jerga comunitaria se refiere uno al Alto Representante de la Unión para la Política Exterior y de Seguridad. La alternativa es usar el acrónimo en castellano, pero saldría algo bastante horrísono: ARUPES ¿Por qué pudiendo llamarle ministro de Exteriores de la Unión Europea no lo hicieron así? La complejidad no es nunca inocente, y menos en la UE: algunos Estados miembros quisieron dejar claro que la Unión no iba a tener un ministro de Exteriores sino que, al contrario, los ministros de Exteriores de los Estados miembro tendrían un representante. Distinción crucial y que pesa como una losa sobre el puesto.

En cualquier caso, el empleo está vacante. Si se anima, los requisitos mínimos son dos idiomas (inglés y francés), aunque se valorará mucho un tercer, cuarto y quinto idioma. Además de la obvia disponibilidad para viajar, se requiere experiencia diplomática, bien en ministerios de Exteriores u organismos internacionales o europeos. Haber sido ministro de Exteriores es conveniente: ayuda a ser respetado por otros 28 ministros de Exteriores, aunque tampoco es que lo garantice. Un problema adicional para los candidatos es que el mérito no es el único criterio ya que la designación es parte de una complicada quiniela en la que hay que equilibrar los perfiles ideológicos, geográficos y de género de otros puestos que también se reparten: la presidencia de la Comisión, del Banco Central, del Parlamento y del Consejo Europeo. Nada menos.

Quizá alguien se anime a diseñar una sencilla app que combine estos criterios y nos dé la solución; por el momento estamos tan a oscuras como inundados de rumores. Lo que sí sabemos es que hay tres perfiles. El primero sería el de “discreto-representante”, alguien que en público se mantendría en un segundo plano, no asumiendo nunca protagonismos innecesarios para no provocar a sus colegas, pero que en privado no dudaría en presionar y aislar a los más reticentes si fuera necesario. El segundo sería el “buro-representante”, algo parecido a un anodino ratón gris, tímido pero muy meticuloso a la hora de aplicar los encargos que se le hagan pero sin tomar nunca ninguna iniciativa propia para no irritar a los tres gatos grandes del callejón (Londres, París y Berlín). Y el tercero sería el de “testo-representante”, alguien con mucha ambición y algo de mala uva que aspire a hablar en nombre de Europa y que no se arrugue antes sus colegas; al contrario: que no tenga miedo de empujarles para abrirse paso. En definitiva, un tipo (o tipa) duro. Hasta la fecha, la UE ha probado con los dos primeros perfiles. ¿Por cuál se decantará esta vez?

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 4 de julio de 2014