Posts Tagged ‘UE’

Brexit: so what?

9 marzo, 2014

BrexitReino Unido: país otrora admirado en la Unión Europea pero hoy en horas bajas. Brexit: dícese de la salida del Reino Unido de la UE, una posibilidad real a tenor de lo que las encuestas nos dicen sobre el estado de ánimo de la opinión pública británica. Referéndum: instrumento de democracia directa que puede volverse contra sus promotores. Tory:felino peligroso con demostradas querencias por derribar primeros ministros a costa de la política europea. Cameron: primer ministro británico que piensa que se puede cabalgar un tigre. Chantaje: percepción dominante hoy en Europa sobre lo que define la política europea de David Cameron.

Mézclense estos elementos y entenderán el giro que ha adoptado del debate sobre una eventual salida de Reino Unido de la UE. Regreso de Londres sorprendido por la hostilidad que domina la relación entre el Gobierno británico y la Unión Europea. Desde que en diciembre de 2011 Cameron quedara marginado en su intento de obtener concesiones para el Reino Unido a costa de bloquear la adopción de decisiones cruciales sobre la crisis del euro, Londres vive en un estado de permanente huida hacia delante. Aquella fatídica noche, Cameron calculó mal, pues sus socios europeos decidieron ignorar sus demandas y valerse de una triquiñuela (la elaboración de un tratado ad hoc, de naturaleza intergubernamental) para pactar las nuevas reglas de estabilidad fiscal de la eurozona sin necesidad de obtener el consentimiento británico ni la reforma de los tratados de la UE.

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Sangrienta vecindad

9 marzo, 2014

Siria1En lo que a su influencia y capacidad de acción exterior se refiere, la Unión Europea, ensimismada en su crisis, la desafección ciudadana y el resurgir de las xenofobias, es cada vez más un actor político inerte. Esto, que ha quedado ya demostrado con creces en su frontera mediterránea, con la deriva autoritaria de Egipto y la carnicería siria, es ahora evidente también en su frontera oriental a medida que Ucrania se desliza, lenta pero inexorablemente, hacia una guerra civil. Una guerra civil en la vecindad europea puede ser producto del azar, pero dos ya son mucha coincidencia. ¿Estamos ante un nuevo momento yugoslavo en el que Europa se vuelca sobre sí misma mientras sus fronteras arden?

¡Sanciones!, reclaman los más activistas. ¡Suspéndanse las relaciones comerciales, congélense los contactos políticos, hágase una lista negra de individuos a los que se les negará el visado! De acuerdo, si eso nos hace sentirnos mejor, impongamos sanciones. Pero sepamos que esas sanciones no cambiarán nada. O mejor dicho, sí que servirán: para dejar un testimonio indeleble de nuestra impotencia. En Ucrania, como en Siria, hace tiempo que renunciamos a orientar los acontecimientos en un sentido favorable a nuestros intereses.

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Elegir un Presidente

11 noviembre, 2013

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La designación del alemán Martin Schulz como candidato de los socialistas europeos a la presidencia de la Comisión Europea significa el pistoletazo de salida de unas elecciones europeas que se anticipan como muy complicadas. Con dicha designación, y las que seguirán por parte de otros grupos políticos, los partidos europeos pretenden insuflar un poco de vida a unas elecciones tradicionalmente dominadas por la abstención, que tienden a disputarse más en clave nacional que europea, y a las que ahora se añaden los efectos de la crisis y el auge de los populismos xenófobos que tan peligrosamente se están extendiendo por toda Europa.

Con la crisis, la confianza en las instituciones europeas se ha hundido. Si en 2007 un 52% de europeos tenía una imagen positiva de la UE y un 57% confiaba en sus instituciones, en 2013 sólo un 30% tiene una imagen positiva de la UE y sólo un 31% confía en ella, mientras que un 57% desconfía. La crisis de confianza no distingue mucho entre instituciones europeas: la Comisión Europea, que al comienzo de la crisis suscitaba la confianza del 52% de los europeos y la desconfianza del 27%, ahora suscita la desconfianza del 47% y la confianza de sólo el 36%.

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¿Quién da la espalda a quién?

11 junio, 2013

Captura de pantalla 2013-06-11 a la(s) 14.17.15Vemos en la mayoría de las encuestas que se llevan a cabo en Europa que la ciudadanía está dando progresivamente la espalda al proyecto europeo. Pero con esta encuesta de Metroscopia en la mano podemos permitirnos darle la vuelta a la pregunta y formularla en términos inversos. ¿Quién ha dado la espalda a quién? ¿La ciudadanía al proyecto europeo o el proyecto europeo a la ciudadanía?

Porque lo que se refleja en estos datos es la amplitud y solidez del europeísmo de los españoles. Pese a la mala imagen de la UE y a su pobre desempeño político y económico durante esta crisis, un 69% de los españoles siguen sintiéndose europeos en alguna medida, un porcentaje todavía bastante elevado, que demuestra que en España la identidad nacional y la identidad europea siguen constituyendo dos caras de la misma moneda. Igual que en Alemania se decía que “un buen alemán tiene que ser un buen europeo”, en España el europeísmo se ha dado por hecho entre la ciudadanía. Y aunque esa fe esté siendo sometida a tensión, no parece que en lo esencial se haya visto debilitada.

No se trata solo de retórica o de sentimientos vacíos de contenido. Aunque Europa no está funcionando bien, eso no quiere decir que los españoles quieran ir hacia atrás y deshacer lo andado hasta ahora. Al contrario, tres de cada cuatro españoles son partidarios de que la UE tenga un presidente de verdad, elegido en unas elecciones europeas donde los partidos se presenten con listas trasnacionales. También hay una amplia mayoría de personas a favor de que la UE tenga un Gobierno que merezca tal nombre, aunque suponga ceder soberanía. Y aunque la “unión política” sea un concepto demasiado abstracto como para saber exactamente cuál sería su contenido, casi un 60% está a favor de ella. Por tanto, pese a la crisis, “más y mejor Europa” sigue siendo la opción favorita de los españoles.

Esto nos distingue de otros países vecinos, donde las fuerzas políticas euroescépticas o directamente xenófobas campan a sus anchas. Por el momento, en España no parece haber eurofobia, ni entre la ciudadanía ni entre las fuerzas políticas. Los dos grandes partidos (PP y PSOE) siempre han sido parte del consenso europeo. Y lo mismo se puede decir de los nacionalistas catalanes y vascos; tanto CiU, ERC, PNV o UPyD, por diferentes razones y desde intereses y trayectorias distintas, son partidos federalistas que creen que la solución al euro pasa por una mayor integración. Incluso la propia Izquierda Unida, que en otros países de nuestro entorno, desde Grecia a Francia o Portugal, representaría una izquierda algo más radical en temas europeos, nunca ha jugado ese papel euroescéptico ni parece decidida a articular su mensaje electoral en clave antieuropea. Como tampoco tenemos en España partidos de extrema derecha, que combinando nacionalismo y xenofobia suelen nutrir el euroescepticismo en un gran número de países de nuestro entorno (Reino Unido, Países Bajos, Dinamarca o Austria), nos encontramos con un panorama atípico en nuestro entorno. El resultado es que carecemos de movilización, ni a favor ni en contra de la UE.

Paradójicamente, esta falta de conflictividad supone, en las circunstancias actuales, una debilidad política adicional. En otros países de nuestro entorno (sea el Reino Unido, Francia, Italia, Grecia o incluso Alemania), los Gobiernos pueden utilizar una opinión pública crítica con Europa como baza negociadora a la hora de exigir cambios. “Yo estoy a favor, pero mi opinión pública no lo aceptaría”, se oye decir en Alemania. En España, sin embargo, tal afirmación no sería creíble. Esa atonía permite dudar de que el europeísmo de los españoles pueda o vaya a ser movilizado. Un porcentaje abrumador de los españoles, lo hemos visto en esta y en otras encuestas de Metroscopia, considera que las políticas europeas están equivocadas. Por la izquierda se rechaza la austeridad y por la derecha, aunque se comparte el objetivo de austeridad, se resiente la falta de políticas orientadas al crecimiento. Pero un porcentaje muy significativo de españoles considera que las elecciones europeas no son el medio de obtener de esos cambios y que, como siempre, se decidirán sobre cuestiones fundamentalmente nacionales. La nota dominante, pues, parece ser el descreimiento y la ausencia de expectativas sobre la capacidad de la UE de reaccionar. La cifra es rotunda y el mensaje claro: un 86% de los españoles quiere que la UE emprenda políticas orientadas al crecimiento. Dicen que los ciudadanos han abandonado el proyecto de integración, pero lo que aquí vemos es que es más bien la UE quien les ha abandonado.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el Domingo 9 de junio de 2013

Cameron y Europea: ¿chantaje o suicidio?

25 enero, 2013

blackmailBastante despistados debían de andar los asesores de David Cameron cuando eligieron la fecha del 22 enero para que el primer ministro pronunciara el gran discurso sobre Europa que todos, dentro y fuera de Reino Unido, llevaban tiempo esperando. Un discurso rompedor y a la vez clarificador que marcaría un antes y un después en la política europea del Gobierno conservador. En una imaginativa y audaz pirueta política y comunicativa, sus asesores eligieron Berlín como el lugar idóneo para la presentación del discurso.

¿Cabe imaginar algo más simbólico que viajar a Berlín, el lugar donde hoy por hoy está todo el poder político y económico, para anunciar un referéndum sobre la permanencia o retirada de Reino Unido de la Unión Europea? En el pasado, Churchill y Thatcher habían elegido Zurich y Brujas, respectivamente, para sus discursos, así que había una tradición a la que retrotraerse para salir al extranjero. Pero, ¿por qué conformarse con dos ciudades menores pudiendo pensar a lo grande? Un discurso en Berlín colmaría las fantasías eurófobas del Partido Conservador y del UKIP (el Partido por la Independencia de Reino Unido): sería como clavar una daga en el corazón de ese monstruo federalista y burocrático que tanto odiaban. Solo faltaba que Cameron hiciera el viaje en una fortaleza volante de la II Guerra Mundial y que aterrizara en el aeropuerto de Tempelhof. Todo bien salvo por un pequeño detalle: contactada la Embajada británica en Berlín para organizar el discurso, esta comunicó que el 22 de enero estaba marcado en el calendario como el día de la celebración del 50º aniversario del Tratado del Elíseo entre Francia y Alemania, una ocasión solemne en la que los Gobiernos y Parlamentos de los dos países celebrarían sesiones conjuntas con gran repercusión política y mediática.

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1960 peldaños

2 noviembre, 2012


Eso son los peldaños que tiene que superar un Estado que quiera ser miembro de la Unión Europea. El cálculo lo hizo el sociólogo serbio Iván Kuzminovic para así poder mejor explicar a sus conciudadanos en qué consistía la adhesión a la UE. Esos 1.960 escalones (en realidad son más) son lo que en la jerga politológica llamamos “puntos de veto”, es decir, las instancias en las que un actor tiene el derecho de bloquear la adopción de una decisión. ¿Por qué tantos?¿De dónde sale esa cifra? La adhesión a la UE requiere la conclusión de un Tratado internacional. Como los signatarios del Tratado son Estados, cada uno de ellos tiene que prestar su consentimiento, según los procedimientos constitucionales al uso en cada país. Eso implica, normalmente, como mínimo, al Gobierno de cada país y a su Parlamento, aunque también puede incluir a las cámaras altas de los Estados con legislativos bicamerales. No hay que descartar que en algunos países pudiera celebrarse un referéndum si la adhesión de un nuevo Estado fuera controvertida. Ese ha sido el caso de Eslovenia, donde el Gobierno decidió someter a consulta el acuerdo alcanzado con Zagreb respecto a la demarcación de las fronteras de ambos países antes de proceder a ratificar el Tratado de Adhesión, lo que en la práctica se convirtió en un plebiscito sobre la adhesión de Croacia (plebiscito que, por cierto, se ganó por un muy estrecho margen, 51.%). Y es también el caso de Turquía, ya que varios partidos políticos franceses han prometido someter a consulta popular una eventual adhesión de ese país. Por tanto, incluso simplificando, la ratificación de un futuro Tratado de adhesión implicará, a partir de la adhesión de Croacia el año que viene, superar 57 puntos de veto (28 gobiernos, 28 parlamentos nacionales además del Parlamento Europeo).

Pero antes de llegar allí sería necesario negociar y concluir satisfactoriamente los 35 capítulos en los que se divide una negociación de adhesión. Cada uno de ellos abarca un área de la política europea, desde la libre circulación de mercancías a la unión aduanera, la política medioambiental, la política exterior y de seguridad o los derechos de las minorías. En todos ellos, los Estados miembros, con la ayuda de la Comisión Europea, verifican que los candidatos alineen su legislación a la comunitaria lo más rápido posible. La negociación de cada uno de esos capítulos funciona como una conferencia intergubernamental entre los Estados miembros y el candidato, y la apertura y cierre de cada capítulo se hace por unanimidad a propuesta de la Comisión Europea. Hablamos pues de 980 puntos de veto por dos, es decir, los 1.960 peldaños a los que se refería Kuzminovic. No todos los capítulos son igualmente problemáticos, pero la lógica de negociación es la misma: en cada uno de ellos, los Estados verifican que el candidato esté en condiciones de aplicar toda la legislación comunitaria que, recuérdese, tiene primacía y efecto directo sobre el derecho nacional. Como todos los candidatos han experimentado, el proceso no es fácil: Turquía, que, sin duda, es el caso más difícil, comenzó las negociaciones en 2005 pero solamente ha logrado abrir 13 capítulos y cerrar uno. Otros, como Croacia, han necesitado seis años de negociaciones para completar el proceso, a los que hay que sumar los dos transcurridos desde que hizo la solicitud formal de adhesión y los dos necesarios para las ratificaciones, es decir, 10 años en total. Además, todos los miembros aprovechan las negociaciones para renegociar asuntos bilaterales pendientes o flecos de sus propios Tratados de Adhesión: Grecia lo hizo a costa de España, España a costa de los nórdicos, Italia a costa de Eslovenia y Eslovenia a costa de Croacia, lo que introduce dificultades añadidas y tensiones de primer orden.

Claro que antes de llegar a las negociaciones es necesario un acuerdo político entre los Estados miembros para abrir dichas negociaciones, lo que suma otros 28 puntos de veto. Y antes de comenzar las negociaciones es necesario haber logrado la llamada “opinión favorable”, o certificación de que se cumplen todos los criterios para la adhesión, lo que requiere el dictamen conforme de la Comisión Europea, la aprobación del Parlamento Europeo por mayoría absoluta y la unanimidad de los Estados miembros, lo que suma otros tantos 30 puntos de veto. Pero para llegar ahí es necesario haber logrado antes el estatuto de candidato a la adhesión, algo así como un certificado de elegibilidad donde la UE confirma que el país en cuestión podrá solicitar la adhesión, lo que de nuevo requiere unanimidad, es decir, otros 28 puntos de veto. En total: 2.103 escalones. Como señalaba el propio Kuzminovic, comparado con la adhesión a la UE, la ascensión al templo de la sabiduría en Birmania, el Monte Popa u hogar de los espíritus, solamente requiere completar 777 escalones.

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La segunda europeización de España

2 diciembre, 2011

España se encuentra en una de las situaciones más complicadas de su reciente historia. Internamente, la tasa de paro, con ocho regiones españolas entre las 12 que más paro tienen en Europa (las otras cuatro, Reunión, Guyana, Martinica o Guadalupe ni siquiera están en Europa), nos habla de un gran fracaso colectivo. Se trata de un fracaso moral, por lo que supone para los horizontes vitales de millones de españoles y, especialmente, de toda una generación de jóvenes. Pero también se trata de un fracaso político, en cuanto esa tasa de paro amenaza el pacto social en el que se asienta nuestra democracia y podría acabar desembocando, como lo ha hecho en otros países, en desafección, populismo y, como novedad en España, en antieuropeísmo. Y es también, lógicamente, un fracaso económico de primer orden, en tanto en cuanto la inmovilización de recursos productivos que implica nos condena a ser más pobres y, por tanto, menos autónomos para decidir como sociedad qué es lo que queremos hacer en el mundo. Se trata, en definitiva, de un fracaso colectivo que condiciona y limita todo lo que el país es y podrá ser en el futuro.

Externamente, la situación de España no es mucho mejor. Durante años ha trabajado muy duramente para ganarse su sitio en el corazón de Europa, restaurando el prestigio perdido por años de aislamiento. Primero, en 1986, la adhesión. Luego, en 1993, el mercado interior. Posteriormente, en 1998, el desafío que supuso la entrada en el euro o la amenaza de desplazamiento que supuso la ampliación al Este de 2004. Con mucha voluntad y sacrificios España superó todas las pruebas que se le fueron presentando. El resultado es que los 25 años transcurridos desde la adhesión de España a la (entonces) CE han sido, sin duda, los mejores de su historia: por primera vez, la modernización económica vino de la mano de la política y de la social, además de venir acompañada de la apertura al mundo y del logro de una gran influencia y prestigio internacional.

Hoy, sin embargo, España se encuentra en la hora más difícil: debido a su mala situación económica se encuentra en una posición de extrema debilidad a la hora de influir en el diseño de la Europa del futuro. Se trata de una situación sumamente desafortunada porque esa Europa política en la que España siempre ha creído y en la que tanto ha invertido se está conformando delante de sus ojos sin que pueda participar en ella más que de forma marginal o, peor aún, con riesgo de quedar marginalizada o apartada del núcleo duro de la construcción europea.

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Elecciones a la sombra de un farol

18 noviembre, 2011

Pura coincidencia o reflejo fiel del mundo en el que vivimos, los dos vuelcos electorales más recientes habidos en España, el de 2004 y, previsiblemente, el de este domingo 20, han discurrido en paralelo a acontecimientos (los atentados de Atocha y agravamiento de la crisis del euro) que muestran de forma dramática la completa imposibilidad de separar lo nacional de lo internacional. Hoy, como en 2004, los desafíos a la seguridad que la ciudadanía enfrenta, claro está, en magnitudes diferentes (seguridad física entonces, seguridad económica hoy), están tan fuera como dentro de nuestras fronteras.

Restaurar la credibilidad internacional de España y situar al país en primera fila del liderazgo europeo pasa inevitablemente por volver a la senda de crecimiento, crear empleo de calidad y mejorar nuestra productividad, en definitiva, enmendar nuestros errores pasados. Pero lo cierto es que los sacrificios derivados de los recortes presupuestarios y las reformas estructurales pueden ser inútiles si no vienen acompañados por decisiones europeas de calado. Si las encuestas no se equivocan, España está a punto de completar el cambio de Gobierno en los cuatro países del sur de Europa que hasta ahora más dificultades de financiación han sufrido. Las trayectorias de unos y otros son bien diferentes: desde el intervenido pero relativamente estable Portugal hasta la intervenida y permanentemente inestable Grecia, pasando por una Italia en libertad condicional, bajo gobierno técnico y con obligación de pasar por el juzgado regularmente y una España que, pese a haber acometido reformas importantes, se ha encontrado con que éstas no eran suficientes o eran ignoradas por los mercados.

Los gobiernos del sur de Europa ya han enseñado o están a punto de enseñar todas sus cartas: recortes, austeridad, gobiernos técnicos, lo que sea necesario, aunque no haya mucho más en el repertorio. Además, el gélido recibimiento de los mercados a los gobiernos tecnócratas de Grecia e Italia, sumado al alza de la prima de riesgo que está viviendo España, son la mejor prueba de que las soluciones a la crisis están mucho más fuera que dentro de nuestras fronteras. Da la impresión de que los mercados han descontado las reformas en el ámbito nacional, es decir, dan por hecho que las habrá, y que serán duras, pero parecen haber llegado por adelantado a una conclusión a la que los líderes europeos todavía no han llegado: que la crisis estará viva mientras los mercados duden de si Alemania y el Banco Central Europeo están dispuestos a actuar como prestamistas de última instancia. Eso es en definitiva lo que se está dilucidando estos días.

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Divididos e irrelevantes

4 noviembre, 2011

Once a favor, 11 abstenciones y cinco en contra. Este es el resumen del impresionante trabajo diplomático hecho por los 27 Gobiernos de la UE para coordinar su posición a la hora de votar este lunes sobre la admisión de Palestina en la Unesco. Los detalles sobre cómo votaron no hacen sino empeorar las cosas. Los dos miembros de la UE con asiento permanente en el Consejo de Seguridad votaron distinto (Reino Unido se abstuvo y Francia votó a favor). Alemania (el otro eterno aspirante al Consejo de Seguridad) votó en contra. Y como Italia se sumó a Reino Unido y España a Francia, ni siquiera los cinco grandes se pusieron de acuerdo, como tampoco lo hicieron los países de la ribera mediterránea. Este es el mapa de Europa que queda: los alemanes arrastraron en su negativa a checos, holandeses, lituanos y suecos; los franceses se llevaron a austriacos, belgas, chipriotas, fineses, griegos, irlandeses, luxemburgueses, malteses, eslovenos y españoles; y los británicos a búlgaros, daneses, estonios, húngaros, italianos, lituanos, polacos, portugueses, rumanos y eslovacos. Todo ese ridículo para nada, pues la votación se resolvió abrumadoramente a favor de Palestina (107 votos a favor, 14 en contra y 52 abstenciones). Los europeos se mostraron, además de desunidos, irrelevantes.

En esa votación van, comprimidos, los 10 años de negociaciones para redactar y ratificar el Tratado de Lisboa, cuyo principal objetivo era que la UE hablara y actuara con una sola voz en la escena internacional. Ahí van también los dos años empleados en crear el Servicio de Acción Exterior Europeo, que supuestamente iba a permitirnos actuar coordinadamente e integrar la acción exterior de los Estados miembros, la Comisión Europea y el Consejo de la Unión. Y ahí va también la política europea hacia el conflicto palestino-israelí, que no parece haber avanzado gran cosa desde que reunidos en Venecia en 1980 los miembros de la (entonces) Comunidad mostraran su apoyo a una solución basada en dos Estados (siempre está, parece ser, que la solución fuera meramente teórica y no tuviera viso alguno de materializarse en condiciones distintas a las bendecidas por Israel y Estados Unidos).

Se dirá, como viene siendo el caso, que la culpa no es de lady Ashton, la invisible alta representante de la UE para la política exterior. Se dirá que ella es solo un síntoma del rechazo de los Estados de la UE a poner en común su política exterior, y que su debilidad es solo una consecuencia, no una causa. Y seguro que hay gran parte de verdad en ello. Pero resulta difícil imaginarse con qué cara se mira uno al espejo y se marcha a trabajar al día siguiente en nombre de Europa después de una votación donde se ha hecho tal ridículo internacional. Que nadie haya pedido su dimisión no debiera ser un motivo de satisfacción para la Alta Representante: o bien se está asumiendo la responsabilidad por el resultado o bien se está lanzando el mensaje de que esta forma de ridículo e irrelevancia es algo que entra dentro del rango de lo esperable.

Hay que recordar que los 27 Estados europeos mantienen abiertas más de 3.200 embajadas y consulados, emplean a más de 110.000 personas en sus servicios diplomáticos, son los mayores contribuyentes financieros a Naciones Unidas y se reúnen al menos 1.000 veces año para coordinar su posición en los organismos internacionales. Europa es, además, el primer socio comercial de Israel (y también de Estados Unidos). Todo ello para nada, porque la política exterior europea se ha convertido en una barra libre donde cada uno se sirve lo que quiere y luego se marcha a casa sin pagar la factura. Cinco por aquí que bloquean el reconocimiento de Kosovo, cinco por allí que bloquean la apertura a Cuba y otros cinco que bloquean el reconocimiento de Palestina. Por eso, cuando el Gobierno israelí decide castigar a los palestinos reanudando los asentamientos y confiscando sus derechos de aduana, y lo hace solo como represalia por ejercer un derecho como es el de solicitar su admisión en una organización internacional, y ganársela legal, legítima y democráticamente, los europeos tienen que mirar hacia otro lado como si la cosa no fuera con ellos. Eso sí, de vuelta a casa, los Estados miembros estarán indudablemente satisfechos por haber ejercido su soberanía nacional sin cortapisas ni limitaciones de ningún tipo. Al parecer, ser irrelevante puede ser origen de grandes satisfacciones.

Hartos de trampas

25 septiembre, 2011

Durante décadas, Israel fue el puesto avanzado de Occidente y sus valores en una región donde la democracia no estaba ni en el mapa ni en el vocabulario. Gracias a sus innegables logros, los israelíes aseguraron su prosperidad y seguridad en un contexto regional sumamente adverso. Con aquellos a los que temían o necesitaban, como Egipto o Jordania, alcanzaron la paz. Con otros, como Siria, sustituyeron las confrontaciones directas por otros conflictos de menor nivel asumidos por actores o peones interpuestos, en los territorios ocupados o Líbano. El resultado es que Israel ha disfrutado de un periodo de paz y seguridad mucho más prolongado de lo que la retórica antiisraelí dominante en el mundo árabe y musulmán habría hecho esperar.

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