Posts Tagged ‘socialdemocracia’

Volver al pasado

4 marzo, 2015

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El programa económico de Podemos, conocido ayer, supone el mayor tropiezo de esta formación desde que se diera a conocer. Hasta ahora, el éxito de Podemos se ha basado en su vocación de romper con las inercias, de introducir aire fresco en la vida política española, de reinventar las relaciones entre representantes y representados, de reconfigurar las relaciones entre la política y la economía y de prometer una nueva relación entre la economía y la sociedad que permitiera superar lo que sus líderes gustan en describir como la “era de la devastación neoliberal”.

De esa radicalidad salió la jubilación a los 60 y el reparto del trabajo, la renta básica universal, la auditoria ciudadana del deuda con vistas a su posterior impago o el reposicionamiento internacional de España como país no-alineado. Pero, al parecer, asustados por la imagen de extremismo izquierdista que algunas de esas propuestas les otorgaban, los líderes de Podemos han decidido abandonar el terreno más radical de la izquierda anticapitalista y calzarse los respetables hábitos de la socialdemocracia, incluso adornándose para la ocasión con ropajes escandinavos. Nada que reprochar a este largo camino desde Latinoamérica al Ártico (sin parada ni siquiera en las especificidades del Sur de Europa, desde Grecia a Portugal) si, uno, este viaje no reflejara un tacticismo impropio de alguien que denuncia la vieja política como el arte de las componendas con fines electorales y, dos, si esta transmutación de Pablo Iglesias en Olof Palme (en sólo seis meses) fuera creíble.

Pero lo que más sorprende es que Podemos haya decidido, además de limar sus aristas más extremas, adoptar un programa basado en ideas que hace tiempo agotaron su ciclo vital. Porque sus planteamientos representan un canto a las ideas y propuestas que en la década de los sesenta hicieron de la socialdemocracia europea una fuerza mayoritaria en las urnas y a la vez exitosa económicamente. Sin embargo, el tiempo de los estados grandes y pesados con muchos funcionarios y un gran sector público, industrial o financiero ya pasó. Que unos lo celebren y otros lo lamenten no cambia el hecho de que la edad dorada de la socialdemocracia es irrecuperable; si no que le pregunten a los últimos que intentaron volver al pasado, los socialistas franceses, que en 1981 intentaron nacionalizar la banca y los servicios públicos y tuvieron que darse la vuelta ante la depreciación del franco y la fuga de capitales (el propio programa de Podemos reconoce que su llegada al poder encarecería la deuda de España, haciendo necesaria su restructuración, pero esto no parece desanimarles, al contrario).

Nuestras sociedades ya no son clasistas sino de clases medias ni tampoco están basadas en la industria, sino en los servicios, especialmente en el conocimiento y la información, y su futuro está en el ámbito digital. Además, vivimos en economías abiertas tanto en cuanto a los flujos de capitales como de bienes, servicios y personas, lo que nos obliga a competir globalmente. Para bien o para mal, el keynesianismo en un solo país es hoy por hoy imposible y la globalización no tiene marcha atrás. España, además, ha decidido sumarse a un proyecto de integración que le da acceso al mercado más rico y más extenso del mundo y a la capacidad tanto de recibir inversiones que modernicen nuestro país como a posicionarse en el mundo de una forma ventajosa. A cambio, claro está, acepta limitaciones a su soberanía, como todos los demás miembros.

Dicen los líderes de Podemos que se inspiran en el modelo escandinavo pero lo cierto es que es precisamente en esos países donde la socialdemocracia más rápida y eficazmente ha entendido que para seguir redistribuyendo hay que ser más productivo, más flexible, más competitivo y abrirse todavía más a la globalización. Estos son los parámetros desde los que pensar sobre nuestro futuro, no otros, y por eso las soluciones no son fáciles. Tocado por las críticas sobre la inconcreción y radicalidad de sus propuestas, Podemos ha abandonado el terreno de la crítica a la corrupción y la desigualdad, donde más fuerte es, y ha entrado en el terreno programático, desvelando por primera vez y a la vista de todos sus debilidades.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 28 de noviembre de 2014

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La socialdemocracia en la era de la austeridad

10 julio, 2014

socialdemocraciaPor qué la socialdemocracia pierde fuerza en Europa? ¿Son las ideas, que se han quedado desfasadas? ¿Son sus líderes, que han dejado de conectar con sus bases? ¿Es la globalización o, su copia local, la integración europea, que hace inviable su proyecto de redistribuir rentas y oportunidades? ¿O son la heterogeneidad y fragmentación de las sociedades actuales las que hacen imposible un proyecto como el socialdemócrata, esencialmente homogeneizador?

Estas preguntas nos retrotraen a los problemas históricos de la izquierda con el libre mercado. En sus orígenes, la izquierda despreció a la democracia liberal, pues la consideraba el instrumento mediante el cual la burguesía, que se había librado del absolutismo, explotaba ahora a la clase trabajadora. De ahí que, como ha recordado recientemente Santos Juliá en el contexto español, la izquierda no quisiera repúblicas burguesas, sino revoluciones obreras que instauraran dictaduras del proletariado, es decir, que expropiaran los medios de producción a capitalistas y burgueses.

Pero un día, una parte de la izquierda hizo un sencillo cálculo mental: si la democracia era el gobierno de la mayoría y los trabajadores eran más que los burgueses, entonces las urnas, no la revolución, eran el camino hacia el poder. De ahí que, en la afortunada formulación del politólogo Adam Przeworski, que popularizó el concepto de “piedras de papel”, los trabajadores dejaran de arrojar adoquines a las autoridades y comenzaran a lanzar papeletas a las urnas. Así nació la socialdemocracia, como un gran pacto entre capital y trabajo para redistribuir la renta y las oportunidades en un marco político y económico de carácter liberal. Los socialdemócratas ganaron las elecciones, sí, pero a cambio tuvieron que aceptar la economía de mercado y el sistema de derechos de propiedad inherente a la democracia liberal, un pacto que todavía hoy divide a la izquierda.

Pese al más de un siglo transcurrido desde su nacimiento como fuerza y proyecto político, el núcleo duro de la identidad socialdemócrata no ha variado mucho, como tampoco lo ha hecho su posición en el espacio político. A su derecha siguen quedando los que creen que es el mercado, y no el Estado, el que más eficientemente redistribuye las oportunidades. Por tanto, no sólo no tienen un problema con la desigualdad, sino que les parece un resultado racional económicamente y aceptable moralmente. De ahí su visión del Estado de bienestar como un anacronismo histórico que desmantelar en aras tanto de la competitividad como del rechazo a vincular las prestaciones sociales a la ciudadanía en lugar de a la productividad. La solución conservadora a la crisis no pretende sólo restringir los derechos sociales y limitar el Estado de bienestar, sino también limitar el componente mayoritario de la democracia, sustrayendo de la competición política áreas cada vez más amplias (la política monetaria o la fiscal, entre las más relevantes) para, a continuación, depositarlas en manos de tecnocracias independientes y así reducir el poder transformador de las piedras de papel.

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El túnel

30 mayo, 2014

tunelEn los comienzos, hace sesenta años, el túnel por el que tenía que transitar el proyecto de integración europeo era muy ancho. Allí cabían los federalistas, pero también los llamados intergubernamentalistas, partidarios de compartir soberanía pero sin diluir a los Estados-nación. Cabían las derechas, mayoritariamente democratacristianas, partidarias de combinar la economía de mercado con el gasto social; los liberales y el empresariado, entusiasmados con la profundización de los mercados; y la socialdemocracia, deseosa de, por fin, poder gobernar y redistribuir la riqueza hacia las clases trabajadoras. Esa coalición proeuropea incluía también a los partidos comunistas, que no por casualidad eligieron llamarse eurocomunistas, y a los sindicatos, atraídos por la promesa de un capitalismo social. Todos compartían la visión del pasado formulada por Robert Schuman en la declaración fundacional de la Unión Europea (“Europa no se hizo, y fue la guerra”) y una visión optimista de un futuro en el que todos ganarían.

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