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La hora más difícil de Europa

9 octubre, 2015

Captura de pantalla 2015-10-09 15.43.14A perro flaco, todo son pulgas, sentencia el dicho popular. Esa es la situación en la que parece encontrarse Europa, expuesta a un muy peligroso entrecruzamiento de tres crisis que hasta ahora corrían en paralelo: la crisis de gobernanza del euro, con su clímax griego; la crisis de asilo y refugio, que amenaza con hacer saltar por los aires la libre circulación de personas; y la crisis en nuestra vecindad, que desde Ucrania a Libia pasando por Siria pone al desnudo la debilidad de la política exterior europea.

Por separado, cada una de esas crisis expone las profundas fracturas que recorren el proyecto europeo. Juntas forman una tormenta perfecta que, de no mediar una reacción a la altura de las circunstancias, muy bien podría acabar con el proyecto europeo. No se trata de una exageración. La construcción europea descansa hoy sobre tres pilares: el euro, la libre circulación de personas y los valores europeos. Si quitamos cualquiera de ellos, el edificio difícilmente se sostendrá.

Por un lado, la crisis griega ha puesto de manifiesto los problemas de gobernanza de la eurozona, problemas que tienen que ver tanto con la eficacia como con la legitimidad democrática. Mientras que EE UU hace tiempo que ha salido de la crisis, la eurozona sigue estancada económicamente y con unos niveles de desempleo que tensionan sus sociedades, sistemas políticos y Estados del Bienestar, provocando el auge de movimientos y grupos populistas a ambos lados del espectro político. Más allá de las diferencias, evidentes, entre las nuevas izquierdas y las nuevas derechas surgidas de la crisis, todas esas fuerzas comparten una reacción soberanista y anti-integración europea que no es sino un nuevo nacionalismo disfrazado de reacción democrática contra los mercados, la integración europea o contra ambos.

El reflejo nacionalista provocado por la crisis económica se verá sin duda acentuado por la crisis de asilo y refugio. La capacidad de absorber oleadas migratorias étnicamente diversas y convertirlas en una fuerza de progreso económico y social requiere de la existencia de una economía en crecimiento y de unas sociedades abiertas y predispuestas a la integración. Justo lo contrario de lo que le sucede hoy a Europa, estancada económicamente y bloqueada mentalmente con la inmigración. Hemos visto, desde Grecia a Ucrania, que la solidaridad europea apenas alcanza para llegar a los mismos europeos. Extender esa solidaridad hacia los no europeos, máxime cuando provienen de una zona geográfica como Oriente Próximo, con la que Europa mantiene legados y relaciones altamente tóxicas, no va a ser nada fácil.

No es ningún secreto que podríamos gestionar eficazmente la crisis de asilo y refugio. Como tampoco lo es que ello requeriría mucha más Europa de la que las autoridades nacionales están dispuestas a conceder. La polémica en torno a la voluntariedad u obligatoriedad de las cuotas de asilados no es anecdótica: una vez más, como ocurrió cuando comenzó la crisis griega, los gobiernos europeos han preferido adoptar una solución nacional antes que una europea. Ese método convierte a Europa en un remedo de lo que Churchill decía de Estados Unidos: los americanos, decía desesperado por las reticencias de Washington a intervenir en la guerra, siempre terminan por acertar, pero solo después de haber probado todas las demás alternativas. Europa gusta de vivir igual de peligrosamente, siempre esperando a que la situación se deteriore tanto que los gobiernos sólo puedan elegir entre el suicidio colectivo o más Europa. El problema es que, en un paciente debilitado y ya infectado por el virus de la xenofobia, las soluciones puede que lleguen tarde.

La reacción de Angela Merkel, ejemplar, necesita espacio y apoyo. Si los demás gobiernos europeos, como muchos ya están haciendo, miran para otro lado y dejan el problema en manos de Berlín, quitarán el oxígeno a la Canciller y ahogarán el proceso. Algunos pueden tener la tentación de ver con satisfacción el debilitamiento de la Canciller, pero deberían pensar dos veces en lo que vendría después: o bien iríamos a un cierre del espacio Schengen, con cada gobierno reintroduciendo fronteras y controles por su cuenta, o bien tendríamos una reacción defensiva a escala europea consistente en el refuerzo del control de fronteras externas de la UE, el endurecimiento de las normas de asilo y refugio y la generalización de las repatriaciones forzosas, es decir, la adopción del método húngaro a escala europea. No dejaría de ser paradójico que la crisis de asilo y refugio uniera a los europeos en torno un modelo de gestión de fronteras exteriores y flujos migratorios exclusivamente basado en la soberanía y los intereses económicos del receptor, es decir, un modelo basado en el “no vengáis si no se os invita previamente” y en él “si venís sin invitación, ateneos a las consecuencias”. No descartemos por tanto que tengamos una salida europea a la crisis, pero una salida a la Viktor Orban, incompatible con nuestros valores y principios.

El problema de la UE es que tanto en lo referente a la crisis del euro como en la crisis de asilo, siempre ha estado a la defensiva y desbordada, sin tiempo para remontar los problemas corriente arriba y solucionarlos en origen. Así ha sido con la gobernanza del euro, donde sólo de forma muy lenta e incompleta se han abierto camino mecanismos de prevención de carácter sistémico, y también con la política exterior europea. La fuente emisora de la inestabilidad que vivimos estos días está en una región vecina, Oriente Próximo, en la que Europa es incapaz de hacer valer ni sus intereses ni sus principios. Mientras Rusia e Irán definen sus intereses en la región de un modo tan brutal como cristalino y ponen todos sus activos diplomáticos, económicos y militares detrás de ellos, Europa carece de una visión sobre qué hacer, y tampoco sabe muy bien qué pedirle a Estados Unidos ni cómo trabajar con Obama. El problema de la UE con Siria no es tanto la carencia de instrumentos (aunque sea cierto que carece de ellos), sino el carecer de una política. Europa no sólo no sabe lo que quiere (¿negociar con Asad? ¿ir a la guerra contra al Estado islámico? ¿pactar con Rusia e Irán?) sino que tampoco tiene un método para averiguarlo, lo que deja a cada gobierno a su libre albedrío. El resultado no puede ser más desconcertante: mientras que la Francia de Hollande se declara en guerra contra el ISIS, los demás miran hacia otro lado y buscan un arreglo rápido con Asad. Acostumbrada a no actuar, Europa puede tener la tentación de no hacer nada. Pero la crisis de asilo es distinta: si no actuamos para cambiar nuestro entorno, ese entorno nos cambiará a nosotros. A peor.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS, cuarta página, el jueves 8 de octubre de 2015

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Pesadilla en el Levante

3 octubre, 2014

imagesPese a la guerra, el curso escolar también ha comenzado en el territorio controlado por los hombres del Estado Islámico (EI), el grupo armado que se ha hecho con el control de partes importantes del territorio de Irak y Siria. Según los residentes locales, una circular de la recién creada Oficina de Educación del nuevo Califato Islámico ha anunciado a los creyentes “la buena nueva del príncipe de los creyentes” (su líder, Abu Bakr al Bagdadí, encumbrado como Califa Ibrahim). ¿En qué consiste la buena nueva? En la prohibición de las asignaturas de arte, música, historia, geografía y literatura. Todo ello con el fin de “poner fin a la ignorancia, promover las ciencias de la religión y rechazar los programas de educación corruptos”. Para la población local, la elección entre llevar a sus hijos a la escuela, y ser adoctrinados, y dejarlos en casa y ser represaliados, no es fácil. Si el futuro de la región es este Califato, su aspecto no puede ser más terrible.

La existencia de esta Oficina de Educación revela claramente que el salto del Estado Islámico a la estatalidad no es retórico. Los grupos terroristas atacan a los estados y se protegen en santuarios establecidos en otros estados, pero no pretenden suplantarlos. Pero el EI aspira a ejercer el monopolio de la violencia sobre un territorio delimitado y una población. Son 56.000 kilómetros cuadrados, una población de ocho millones de habitantes y unos ingresos regulares provenientes de los 80.000 barriles de petróleo diarios que extraen de los seis pozos del petróleo que controlan en Siria y los cuatro con los que se han hecho en Irak. Al contrario que los diamantes o las drogas, nos dicen los expertos, las bandas criminales que extraen petróleo necesitan estructuras paraestatales. Lo que coincide con las crónicas que dicen que en Raqa, la capital de este Califato distópico (una distopía es una utopía convertida en pesadilla), los milicianos del Estado Islámico regulan el tráfico, recaudan impuestos a los comerciantes y se disponen a cobrar el agua y la luz a los residentes.

Se puede bombardear al Estado Islámico, sí. Y mejor con una coalición amplia de Estados que incluya a países árabes y musulmanes. Turcos, kurdos, jordanos, cataríes o saudíes han de implicarse en la lucha contra el EI, también iraníes. Pero nada de eso oculta dos verdades muy incómodas. La primera, que la derrota del EI requiere la presencia de tropas de tierra (los bombardeos los debilitarán pero difícilmente los derrotarán) y que sólo entonces se verá quién está dispuesto a hacer los sacrificios correspondientes. La segunda incomodidad se origina en el escepticismo respecto al día después del Estado Islámico (si es que llega). Aunque muchos querrían ver en una eventual derrota del EI la oportunidad de recomponer la región y sentar las bases de una convivencia duradera y negociada entre todas las partes, la realidad es que la coalición anti EI sólo parece tener en común la designación de ese grupo como el mal mayor, pero que el día después, kurdos y turcos, chiíes y suníes, e iraníes y saudíes retomarán sus rivalidades con aún mayor intensidad.

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Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 26 de septiembre de 2014

El nuevo desorden mundial

3 octubre, 2014

Congress_of_ViennaAl final, el verano de 2014 se ha resistido al fatídico emparejamiento con 1914 que algunos proponían. Pero nadie le podrá negar a este largo y caluroso verano sus méritos: como hace 100 años, agosto ha sido temporada alta para los cañones. Los conflictos son conocidos (Ucrania, Gaza, Irak, Siria y Libia): lo que cuesta es imponerles una jerarquía que haga justicia a su magnitud y a consecuencias. Cada uno de esos conflictos nos ha dejado encima de la mesa un doble desafío: el de la pérdida de vidas humanas, ya grave de por sí; y, en paralelo, la demolición de algunos de los soportes sobre los que se asienta el orden internacional.

Cada vez más, los conflictos que enfrentamos, y los que lamentablemente parece que enfrentaremos en el futuro, se caracterizan por una asimetría muy descarnada entre sus repercusiones, que nos alcanzarán de lleno aunque nos abstengamos de involucrarnos en ellos, y nuestras posibilidades de actuación, que quedan mucho más allá de nuestras capacidades políticas o militares. Eso explica, sirva de ejemplo, que no sólo lamentemos el trágico destino de las minorías del norte de Irak sometidas a una brutal campaña de limpieza étnica por parte de los yihadistas del Estado Islámico, sino que en nuestro fuero interno lamentemos aún más saber que la eventual ayuda que les proporcionemos no restaurará el orden en la región. Armar a los kurdos o lanzar ataques aéreos contra los yihadistas son decisiones inevitables, pero no recompondrán el dividido y maltrecho Estado iraquí ni cimentarán un eventual proceso de paz en Siria.

Las dificultades que experimentamos con el orden tienen su foco principal en el factor estatal. Por un lado tenemos Estados que se desordenan y por otro Estados que niegan el orden internacional y sus normas, es decir, que desordenan a los demás. Las amenazas que plantean así como sus motivaciones son muy distintas, pero confluyen en un único punto: el estrechamiento progresivo del orden liberal internacional vigente, un proceso que puede acabar en un estrangulamiento completo y la apertura de un periodo prolongado de anarquía y conflicto internacional.

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Sangrienta vecindad

9 marzo, 2014

Siria1En lo que a su influencia y capacidad de acción exterior se refiere, la Unión Europea, ensimismada en su crisis, la desafección ciudadana y el resurgir de las xenofobias, es cada vez más un actor político inerte. Esto, que ha quedado ya demostrado con creces en su frontera mediterránea, con la deriva autoritaria de Egipto y la carnicería siria, es ahora evidente también en su frontera oriental a medida que Ucrania se desliza, lenta pero inexorablemente, hacia una guerra civil. Una guerra civil en la vecindad europea puede ser producto del azar, pero dos ya son mucha coincidencia. ¿Estamos ante un nuevo momento yugoslavo en el que Europa se vuelca sobre sí misma mientras sus fronteras arden?

¡Sanciones!, reclaman los más activistas. ¡Suspéndanse las relaciones comerciales, congélense los contactos políticos, hágase una lista negra de individuos a los que se les negará el visado! De acuerdo, si eso nos hace sentirnos mejor, impongamos sanciones. Pero sepamos que esas sanciones no cambiarán nada. O mejor dicho, sí que servirán: para dejar un testimonio indeleble de nuestra impotencia. En Ucrania, como en Siria, hace tiempo que renunciamos a orientar los acontecimientos en un sentido favorable a nuestros intereses.

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Perdemos la vecindad

23 diciembre, 2013

ukraine euLlega fin de año, e intentamos hacer balance de lo logrado. Mirando a nuestro alrededor encontramos dos noticias buenas y dos malas. En el haber tenemos el acuerdo con Irán. Es provisional, sí, y todavía tiene que dar sus frutos. Pero haber logrado detener, aunque sea temporalmente, un tren que se encaminaba hacia la nuclearización de la teocracia iraní y el consiguiente conflicto bélico con Irán y EE UU es un logro que debe ser celebrado.

Más cerca, y en una escala más pequeña, tenemos el acuerdo entre Serbia y Kosovo; un acuerdo que, de nuevo, no resuelve inmediatamente los problemas pero que los cambia de vía y permite que los dos países, en lugar de mirarse con odio, comiencen a mirar hacia Europa. Estos dos acuerdos, cada uno a su manera, permiten comenzar a tirar del hilo que desenredará dos ovillos cruciales para la estabilidad de Oriente Próximo y los Balcanes: aunque queda mucho por hacer, la lógica del acuerdo ha sustituido a la lógica del conflicto. No es poco.

Pero entre un acuerdo de alcance global (Irán) y un micro acuerdo (Serbia-Kosovo), tenemos un gran problema regional, más bien dos. Nuestras vecindades más inmediatas, al Este y al Sur, se alejan de nosotros, lenta pero inexorablemente. Como estamos viendo en el caso de Ucrania, la resurrección de Rusia como potencia política, económica y militar está actuando como un gigantesco electroimán geopolítico que succiona haca sí toda la esfera post-soviética, desde Bielorrusia hasta las repúblicas centroasiáticas.

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Muertos y muertos

20 septiembre, 2013

Armas-quimicas-1ª-Guerra-MundialLas armas químicas sólo son responsables de poco más del 1% de los muertos en la guerra civil siria. Intervenir militarmente por 1.429 muertos por armas químicas cuando hay más de 100.000 víctimas por armas convencionales es una muestra de hipocresía o, peor, la confirmación definitiva de que EEUU tiene una agenda oculta en la región. Si todas las vidas son iguales, ¿qué más da cómo se mate a la gente?

Se trata de un argumento muy repetido estos días. Pero no es el enfoque adecuado. Por descorazonador que pueda parecer, aunque todas las vidas tenga el mismo valor, las consecuencias políticas y jurídicas del empleo de armas químicas tienen que ser distintas. La comunidad internacional ha calificado las armas nucleares, químicas y bacteriológicas como armas de destrucción masiva y les ha dado un estatuto especial, regulando su tenencia, proliferación y, en último extremo, prohibiendo su uso. Con ello ha querido expresar su convicción de que aunque, por desgracia, la guerra parezca ser una actividad intrínseca al ser humano, deben existir en ella unos límites infranqueables.

Cierto que esta aproximación, consistente en intentar humanizar aquello que precisamente nos deshumaniza, señala algunas contradicciones y paradojas insalvables. Recuérdese, por ejemplo, que la mayor parte de las 800.000 víctimas del genocidio ruandés murieron a golpe de machetes importados de China sin que la comunidad internacional moviera un dedo para intervenir. De la misma manera, además de las grandes bombas nucleares capaces de arrasar ciudades enteras y matar millones de personas, hay estados que cuentan en sus arsenales con armas nucleares tácticas tan pequeñas que su poder destructivo es poco mayor que el de armas convencionales y que se pueden lanzar desde morteros o cañones o emplear como minas.

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Europa en el laberinto sirio

2 junio, 2013

Europa, kylix griego, 330-320 a.c.El drama de la impotencia europea ante las 80.000 víctimas mortales que acumula el conflicto sirio nos termina de desvelar con toda nitidez qué aspecto tiene ese mundo poseuropeo por el que, en nuestro ensimismamiento con la crisis del euro, tanto hemos trabajado en los últimos años. Esa perpetua celebración de las más mínimas diferencias en la que estamos suicidamente embarcados, entre los europeos pero también dentro de España, ha logrado por fin un objetivo que todo el mundo puede ver y tocar. Seguro que nadie imaginaba que el resultado de tanta introspección iba a ser tan gráfico.

No se trata tanto del baile de desacuerdos entre los Veintisiete al que hemos asistido en torno al levantamiento del embargo de armas a Siria. En unas circunstancias tan difíciles como las que se viven en Siria, donde todas las opciones son peligrosas e inciertas, que las posiciones de partida entre los Veintisiete difirieran era esperable. Lo destacable es que la noche del lunes los europeos solo tuvieran encima de la mesa opciones que reflejaran su impotencia. No se trataba, precisión importante, de decidir sobre si intervenir militarmente en Siria o de lanzar una ofensiva diplomática internacional para lograr doblegar a Asad, no. Se trataba de dirimir si la posibilidad de que los europeos armaran a los rebeldes podría mejorar sus bazas negociadoras en la ronda de negociaciones que se abrirá próximamente en Ginebra.

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Sin noticias de la Calle Árabe

27 julio, 2012

Uno de los aspectos más descorazonadores de la tragedia que está teniendo lugar en Siria, que ya se ha cobrado 18.000 vidas, es el nulo papel que está jugando la opinión pública y la sociedad civil de los países árabes y musulmanes de la región. En el pasado, la inexistencia de esa opinión pública tuvo una justificación en la naturaleza autoritaria y represiva de los regímenes de la región. Eso significó que prácticamente las únicas manifestaciones populares que nos acostumbramos a ver en las calles de estos países tuvieran que ver con la manipulación de sentimientos antioccidentales a raíz de los episodios de intervención militar estadounidense (fundamentalmente, las dos guerras de Irak) pero, sobre todo, en defensa de la causa palestina y, especialmente, como respuesta a las operaciones bélicas de Israel en Líbano, Cisjordania y Gaza.

Fruto de esa hábil manipulación de los sentimientos panarabistas, fomentados según dictaran la ocasión y las necesidades de política interior y exterior de cada momento, desde los gobiernos o desde las mezquitas, la llamada “Calle Árabe” se convirtió en un factor político global de primer orden. Aunque algunos denunciaron, no sin razón, el mismo concepto de “Calle Árabe” como orientalista por considerar que ofrecía una imagen disminuida de los musulmanes como una turbamulta ignorante, fanatizada por el Islam y presta a la violencia irracional, lo cierto es que desde el punto de vista de los regímenes, y seguramente también para los líderes religiosos, la operación fue un éxito pues logró que las cancillerías occidentales incorporaran en sus cálculos y estrategias de acción el impacto negativo que sus políticas podrían tener sobre la opinión pública árabe y musulmana. Por eso, aunque sospecharan de la espontaneidad de esas manifestaciones, muchos Gobiernos occidentales acabaron temiendo que deslegitimaran a los regímenes moderados de la región que apoyaban o radicalizando a aquellos con los que ya antagonizaban.

Sorprendentemente, sin embargo, una vez iniciada la ola de cambios que mal que bien hemos denominado “Primavera Árabe”, no hemos asistido a un despertar equivalente de la opinión pública de estos países. Ello, pese a las evidentes similitudes, paralelismos e influencias cruzadas entre procesos en unos y otros países. Eso no quiere decir que no haya habido solidaridad, pues la ha habido, y mucha, como se pudo ver en la acogida que los tunecinos dispensaron a decenas de miles de refugiados libios. Pero como vemos en el caso de Siria, y vimos en parte en Libia, esa solidaridad no se ha convertido en una presión sobre los Gobiernos que les haya forzado a actuar más decisivamente.

Curiosamente, mientras los elementos más radicales de cada país, agrupados bajo las diversas franquicias con las que Al Qaeda viene operando, están pensando y actuando regionalmente, los Gobiernos de la región siguen anclados en las viejas prácticas de la no injerencia. Lo que es peor, en la medida que algunos Gobiernos se han mostrado más rotundos, como es el caso de Catar y Arabia Saudí, sus actuaciones (envío de armas y dinero a los rebeldes en Siria y Libia) han respondido más a una lógica geopolítica y de división religiosa entre árabes suníes y chiíes, que a una lógica cosmopolita basada en la responsabilidad de proteger o en el derecho de injerencia humanitaria. Al patetismo de Naciones Unidas se ha sumado así la miseria de la Liga Árabe, incapaz siquiera de presentarse en Moscú o Pekín y explicar con firmeza las consecuencias que sus vetos tienen sobre la vida de los ciudadanos sirios.

Hablamos a menudo de dobles raseros en la política exterior europea, pero fueron millones las personas que se manifestaron en las calles de Europa contra la pretensión de sus Gobiernos de invadir un país musulmán (Irak). Una década antes, fueron también muchos los millones de europeos que presionaron a sus Gobiernos para que pararan, primero en Bosnia, y luego en Kosovo, unos planes genocidas, nótese, dirigidos contra una población mayoritariamente musulmana. En el mismo sentido, son muchos los que han criticado la intervención europea en Libia, pero esa intervención estuvo mucho más marcada por el síndrome de Srebrenica (donde la poderosa Europa se lavó las manos y dejo morir, otra vez, a miles de musulmanes) que por razones geopolíticas y energéticas.

Llegados al caso sirio, todo desaconsejaba una intervención: el Ejército sirio, la posibilidad de una desestabilización de Líbano, la posible reacción de Irán y, para colmo, el veto de Rusia o China, decididos a garantizar que la intervención fuera prohibitiva, militar y políticamente. Pero ninguno de esos obstáculos hubiera sido insuperable si millones de árabes y musulmanes hubieran tomado las calles para exigir una intervención que parara esa carnicería.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 27 de julio de 2012

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Licencia para matar

10 febrero, 2012

El veto de Rusia al proyecto de resolución del Consejo de Seguridad sobre Siria otorga a Bachar el Asad licencia para matar. No es que este oftalmólogo de aspecto tímido e inofensivo pareciera necesitar muchos estímulos; al fin y al cabo, viendo la trayectoria del padre, bombardear Hama con artillería pesada parece haber adquirido el rango de tradición familiar. Claro que si a una genética tan bien predispuesta hacia los crímenes contra la humanidad se añade el apoyo incondicional de un miembro permanente del Consejo de Seguridad, entonces la gloria dinástica parecería estar más que garantizada.

Sin embargo, que Bachar haya seguido al milímetro el guión familiar de los Asad no le garantiza el éxito. Los tiempos han cambiado, y de qué manera. Por un lado, las poblaciones de la región han visto caer a intocables como Ben Ali, Mubarak o Gadafi. Por otro, la Liga Árabe ha dejado de ser la inoperante caja de resonancia de tiranos que era. Y al mismo tiempo, la amenaza del islamismo ya no es un cheque en blanco para reprimir a la oposición sin exponerse a preguntas incómodas por parte de los vecinos.

Como sus depuestos colegas de la región, El Asad ha confundido disponer de la fuerza con tener legitimidad, ha subestimado las debilidades de su régimen y ha despreciado todas las oportunidades de negociar con la oposición. Ahora es demasiado tarde, y los manifestantes del año pasado, mayoritariamente pacíficos, que entonces muy probablemente se hubieran conformado con un proceso de apertura limitado, se han convertido hoy en rebeldes armados que no tienen nada que perder. Cada vez más, da la impresión de que El Asad y la oposición han unido sus destinos de forma irreversible: uno tiene que desaparecer para que la otra permanezca.

Por eso, aunque ese maestro del cinismo diplomático en el que se ha convertido el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, piense que ha salvado al régimen de El Asad, y aunque El Asad y sus partidarios se hayan lanzado entusiasmados a la calle a recibirle, lo cierto es que el veto ruso equivale al último clavo en el ataúd del régimen sirio. Durante mucho tiempo hemos dudado de si El Asad caería, de si sería arrastrado por la espiral que él mismo ha puesto en marcha y alimentado con su ceguera: ahora estamos convencidos de que caerá, aunque también sabemos que lo hará a un coste de vidas mucho más elevado y, además, dejando tras de sí un caos enormemente difícil de gestionar.

Algún día, esperemos que sea pronto, los ciudadanos rusos exigirán cuentas a sus gobernantes por su defensa de regímenes criminales como el de El Asad. Como toda demostración de fuerza, el veto ruso no es más que una muestra de inseguridad y debilidad. Vez tras vez, Moscú traslada al exterior su inseguridad interior, ofreciéndonos un entendimiento de las relaciones internacionales basada en el miedo a ser marginado. Se ponga como se ponga, la Rusia de Putin es y actúa como una potencia en declive. Las quejas de Lavrov por el “histerismo” occidental contra Rusia no son sino un reflejo del pánico ruso ante el desbordamiento sistemático de su poder y la relevancia global por parte de los emergentes, y especialmente China, que representa un desafío mucho mayor para Rusia (que no deja de ser una potencia asiática) que para la Unión Europea.

El problema es que mientras Moscú no acuda a terapia de desintoxicación de la guerra fría y se comprometa con un orden internacional donde haya límites a la soberanía (algo no muy probable mientras China secunde sin fisuras esa visión), la comunidad internacional se verá obligada a gestionar el caos y los crímenes que se amparan bajo este entendimiento del derecho internacional como garante de la impunidad estatal.

Como ocurriera en el caso de Libia, de seguir las cosas así, nos enfrentaremos a un dilema. La intervención militar, en cualquiera de sus formatos, es y será una pésima opción. Idealmente, la Liga Árabe podría declarar zonas seguras, abrir corredores humanitarios, establecer prohibiciones de sobrevuelo a las fuerzas de El Asad e, incluso, reconocer a la oposición como Gobierno legítimo y armarla. Pero, naturalmente, el régimen sirio no desistirá, sino que recrudecerá la represión y se resistirá a aceptar la injerencia exterior. Al otro lado, la no-intervención representará una opción igualmente pésima, especialmente en una situación en la que la oposición armada sea lo suficientemente fuerte para no ser barrida pero a la vez incapaz de derribar al régimen, lo que redundará en un drama para la población civil al que asistiremos impotentes y que removerá nuestras conciencias. Gracias a Rusia, el camino de la diplomacia se estrecha, el de la guerra civil y la intervención se ensanchan. La factura: a Moscú.

Publicado en ELPAIS el 10 de febrero de 2012

Despertares

7 enero, 2012

El escándalo provocado por la complacencia con el régimen sirio mostrada por la misión de observación de la Liga Árabe debe ser valorado positivamente: apunta a la emergencia de una cultura de protección de los derechos humanos precisamente en una de las organizaciones internacionales que tradicionalmente mejor ha representado el desprecio por la democracia y los derechos humanos y, en paralelo, el rechazo a cualquier tipo de injerencia exterior.

El perfil del jefe de la misión no podía ser más infortunado pues la encabeza el general Mustafá Dabi, exjefe de la inteligencia militar del presidente sudanés, Omar Bashir, que, recuérdese, tiene una orden de detención por parte del Tribunal Penal Internacional por su colaboración en el genocidio de Darfur. Si existe alguien, nos dicen las organizaciones de derechos humanos, que haya mostrado que emplear al Ejército para reprimir a la población civil es legítimo, el general Dabi es sin duda uno de ellos.

Afortunadamente, la ceguera de Bachar el Asad es tal que ni siquiera ha sabido aprovechar la oportunidad que le brindaba un jefe de observadores tan sesgado a su favor: su Gobierno no solo no ha respetado los compromisos previamente adquiridos con la Liga, sino que ha seguido reprimiendo intensamente a los sirios. Y lo ha hecho, no solo en presencia de los observadores, que han podido experimentar personalmente el terror y la brutalidad a la que el régimen somete a los ciudadanos que salen a la calle a manifestarse, sino también, por primera vez, en presencia de medios de comunicación internacionales que, por fin, han podido transmitir a todo el mundo, y en especial al mundo árabe, una realidad que el régimen sirio se empeñaba en negar o maquillar con apelaciones a complós extranjeros o actividades terroristas de corte yihadista.

La misión de la Liga Árabe ha vuelto a poner sobre el tapete la acusación sobre la incapacidad genética de sus Gobiernos de enfrentarse con un Gobierno miembro y respaldar decisivamente la democracia y los derechos humanos. Pero se trata de una acusación que hay que matizar. Cierto que, en el pasado, la Liga Árabe era poco más que un instrumento para condenar a Israel. Si había un bloque regional en el mundo donde la democracia fuera la excepción en lugar de la norma, ese era el que agrupaba a los 22 países de la Liga Árabe. Al cierre de 2010, justo antes de que comenzaran las revueltas que tan radicalmente han cambiado el panorama, solo tres (Kuwait, Marruecos y Líbano) de los 17 países de la Liga tradicionalmente considerados árabes podían ser calificados como “parcialmente libres”, mientras que el resto, 14, eran directamente clasificados como “no libres” de acuerdo con los criterios y terminología empleados por Freedom House. Eso suponía que nada menos que el 88% de los habitantes de la región carecían de libertad.

Pero los cambios de 2011 y las revueltas en Túnez, Egipto, Libia, Bahréin y Yemen han obligado a la Liga Árabe a comenzar un proceso de aprendizaje y reinvención. Primero, ha roto con el sacrosanto principio de no intervención en los asuntos internos. Tras legitimar la zona de exclusión aérea y la intervención militar extranjera en Libia, la suspensión temporal de la pertenencia de Siria, acordada en noviembre del año pasado, es ya un hito en esta organización. Como lo ha sido el envío de una misión de observación, pues por primera vez la Liga ha accedido a posicionarse como mediador entre Gobiernos y ciudadanos, rompiendo con otro principio básico, el de representar y servir solo a los Gobiernos. Cierto que la misión ha naufragado, pero la retransmisión en directo de su fracaso ha hecho mella en la propia organización, como se ha puesto de manifiesto en la convocatoria de una reunión urgente de la Liga para mañana y en la petición de la asamblea parlamentaria de la Liga, indignada ante los incumplimientos de El Asad y las polémicas declaraciones de Dabi, de que se retire la misión y se reevalúe su mandato y proceder.

Todo ello nos demuestra, en línea con los acontecimientos vividos en 2011, que cuando de la democracia se trata, la línea recta no es la distancia más corta entre dos puntos. La democracia es un producto normativo cerrado y acabado, en el sentido de que no necesita de grandes innovaciones ni remiendos. Sin embargo, su aplicación no es instantánea ni automática sino más bien regida por el ensayo y error, en contextos regidos por la incertidumbre y con actores sumamente impredecibles. La Liga Árabe, como los árabes a los que representa, ha comenzado, a trompicones, a experimentar con la democracia. Y como en todo experimento, es necesario que las cosas salgan a veces mal para que puedan luego salir bien.

EL PAÍS  –  Internacional – 06-01-2012