Posts Tagged ‘Sarkozy’

Los equilibrios de Hollande

15 febrero, 2013

funambulismoMuchos atribuyeron la victoria electoral de Hollande a la animadversión que generaba su antecesor más que a méritos propios. Gobernar en la estela dejada por un hiperactivo como Sarkozy no debe ser fácil, especialmente en Francia, donde se da por hecho que la grandeza del ego del Presidente tiene que estar a la altura de la grandeur de la propia República. Y tampoco es que el propio Hollande hiciera mucho por desmentir esa percepción, con una apariencia afable que los críticos en seguida vilipendiaron como falta de carácter.

El momento político tampoco estaba del lado de Hollande: de igual manera que los presidentes de derechas saben que serán reelegidos por bajar los impuestos, agradar a los mercados y hacer brillar la ley y el orden, los presidentes de izquierdas saben que su destino político está ligado a la redistribución y la extensión de derechos. Nada peor pues que llegar al poder en una situación en la que hay que imponer recortes de gastos y hacer gestos visibles de austeridad ante unos mercados que, espoleados por una portada del The Economist que mostraba Francia como un bomba de relojería a punto de estallar, parecían estar deseando lanzarse contra el país.

(more…)

Que hable la gente

4 mayo, 2012

Dicen los cronistas de la época que la brevedad y rotundidad del discurso de Abraham Lincoln en el cementerio de Gettysburg sorprendió a todo el mundo. Su predecesor en el uso de la palabra, que era considerado el mejor orador de su tiempo, empleó dos horas en pronunciar un discurso de 13.000 palabras, del cual no ha quedado nada. Pero para sorpresa del propio Lincoln, que aseveraría que “el mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí decimos”, su discurso de apenas 300 palabras, pronunciado en menos de tres minutos, pasaría a la historia por ser capaz de establecer de forma irreversible y en solo once palabras lo que es un gobierno democrático legítimo.

Esa definición de democracia que Lincoln acuñara en 1863 como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” no es retórica. Esta ahí, todavía hoy, en el artículo 2 de la Constitución de la V República Francesa que celebra elecciones presidenciales este domingo. Sí, detrás del francés, la bandera tricolor, la marsellesa y el lema de la República (“Libertad, igualdad y fraternidad”), la Constitución de 1958 establece como principio rector de la República la triple distinción formulada por Lincoln, en sus mismos términos. Gracias a Lincoln, cualquier persona tiene a su alcance una sencilla vara con la cual distinguir un gobierno democrático de otro que no lo es. Gobierno del pueblo porque este actúa en su nombre y representa su identidad y sus aspiraciones colectivas; gobierno por el pueblo porque son sus representantes elegidos en elecciones libres los que ejercen esa tarea; y gobierno para el pueblo, porque la tarea de esos representantes es servir y beneficiar a los ciudadanos, no servirse de ellos ni beneficiar solo a unos pocos.

Puede llamar la atención que Lincoln omitiera hablar de la transparencia y de la calidad del debate público como elementos centrales en una democracia. Al fin y al cabo, sin transparencia ni debate público la democracia es imposible pues la ciudadanía no puede saber si el gobierno opera en su nombre y beneficio. Sin embargo, es más que probable que Lincoln diera por obvia esa dimensión de la democracia ya que cuando él pronunciaba su discurso solo habían transcurrido 2.294 años desde que Pericles, también en otra famosa oración fúnebre (431 a.c.), estableciera una divisoria radical entre Atenas y sus enemigos en el hecho de “somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a derecho sobre la cosa pública, pues no creemos que lo que perjudica a la acción sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la discusión antes de llevar a cabo lo que hay que hacer”.

Honremos así a Grecia en sus horas más bajas por haber sido los griegos los primeros en entender que sin debate público no hay democracia y démonos cuenta de hasta qué punto la democracia se reivindica en las elecciones que tienen lugar este fin de semana en Francia, Grecia, también en Alemania (aunque regionales) y, no olvidemos, en Serbia. Entre las muchas malas noticias que vivimos estos días no se nos puede escapar una buena. De forma muy incipiente y muy fragmentada, también seguramente con un contenido muy frágil y seguramente reversible, estamos asistiendo estas últimas semanas a la emergencia de un espacio de debate público en el ámbito europeo.

Paradójicamente, el debate está surgiendo donde menos lo esperaríamos. Los europeos nos hemos dotado de un Parlamento (Europeo) enormemente generoso consigo mismo. Sin embargo, hasta ahora se ha mostrado incapaz de generar el debate necesario para sostener esa esfera pública europea que tanto necesitamos, máxime durante esta crisis. Si no lo ha hecho, no ha sido por falta de voluntad, como atestiguan décadas de debates y experimentos institucionales, sino por falta de un poder real y efectivo. A fecha de hoy, ni la Comisión ni el Parlamento Europeo tienen poder ni legitimidad para imprimir un cambio de rumbo a la crisis.

Quien sí lo tiene es el Banco Central Europeo, una institución que necesita, para celebrar una sencilla reunión en Barcelona, la protección de 8.000 policías, el blindaje completo de una ciudad de más de un millón y medio de personas y la suspensión de los acuerdos de Schengen sobre la libre circulación de personas. No está mal para una institución pretendidamente técnica, no política, cuyo mandato formal se limita a controlar la inflación mediante la fijación de los tipos de interés. El vibrante debate entre Nicolas Sarkozy y François Hollande que vimos el miércoles por la noche deja claro que la democracia, pese a las dificultades que experimenta, es el único medio de generar la legitimidad que se necesita para salir de la crisis. Menos mal que, para consuelo de Pericles y Lincoln, el domingo, después de la reunión del BCE, le toca hablar a la gente.

Publicado en el Diario ELPAIS, edición impresa, el 4 de mayo de 2012

Sígueme en @jitorreblanca y en el Blog Café Steiner en elpais.com

¿Ha llegado el momento de decir basta a Alemania?

20 abril, 2012

Dice Jens Weidmann, el joven economista que accedió a la Presidencia del Bundesbank después de una carrera política meteórica a la sombra de Angela Merkel y miembro, seguramente el más influyente, del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE), que unos tipos de interés del 6% no son “el fin del mundo” y que, por tanto, no constituyen motivo suficiente para que el BCE se movilice para aliviar la presión que sufre España en los mercados de deuda. Intriga saber hasta qué punto Weidmann es consciente de que España y Alemania comparten una unión monetaria y, también, hasta qué punto participa de la preocupación de que semejantes diferenciales en los tipos de interés ponen en cuestión su sentido último y existencia.Suponemos que para Weidmann, en cuyo mandato no entra ni el crecimiento ni el empleo sino solo la estabilidad de precios, una inflación del 6% sí que sería el fin del mundo. Pero, afortunadamente, el presidente del Bundesbank puede dormir tranquilo ya que la inflación media en la eurozona es del 2,7%. En España, además, para mayor tranquilidad de Weidmann, la inflación es del 1,8% y en Grecia del 1,4%, menor incluso que en Alemania (2,3%). Así que, en el mundo feliz de los economistas del Bundesbank, ni siquiera las palabras del economista jefe del Fondo Monetario Internacional, Olivier Blanchard, desaconsejando a España una mayor consolidación fiscal en razón de sus perspectivas de recesión tienen valor alguno. Triste consuelo que siendo miembros de la eurozona sea solo en Washington y en Londres, y no en Bruselas o Berlín donde España pueda expresarse y ser escuchada cuando plantea la necesidad de acompañar las reformas y los recortes con políticas de crecimiento.

El valor de esa declaración tan sincera y a la vez tan torpe de Weidmann es que explica con toda claridad lo que le está ocurriendo a Europa, y muy directa y particularmente a España. La falta de visión y sensibilidad que encierra nos retrotrae a la ceguera de las elites francesas al terminar la I Guerra Mundial, que sofocaron cualquier posibilidad de recuperación y crecimiento económico en Alemania al imponer unas onerosísimas reparaciones de guerra. Aquellas reparaciones, aun siendo justas, pues Alemania había comenzado la guerra, dieron paso a la mezcla de populismo e irredentismo que alumbraron el nazismo y la segunda guerra mundial. No deja ser paradójico que Alemania, que ha superado admirablemente el nazismo, no haya podido hacer lo mismo con la inflación que llevó al colapso a la república de Weimar. Sin duda alguna, si el euro termina por romperse o la construcción europea se colapsa, los historiadores utilizarán frases como esta para explicar qué falló en Europa y qué errores se cometieron.

Ahora, el Gobierno alemán, con su ceguera y con una actitud similar (hágase la justicia aunque perezca el mundo), no sólo pone en peligro la construcción europea sino que alienta la emergencia de sentimientos anti-alemanes. De muestra un botón: aunque en España la imagen de Alemania como país sigue siendo buena, el último barómetro del Real Instituto Elcano muestra que tres de cada cuatro españoles (el 73%) consideran que Alemania no tiene en cuenta los intereses de España y, más unánimemente aún, el 87% piensa que “el país que manda en Europa es Alemania” (no el país que manda “más” sino, nótese, el país que manda, a secas).

¿Ha llegado el momento de decir “basta” a Berlín? Sí, sin duda. ¿Cómo? Coordinando desde Bruselas la agenda de reformas nacionales con la agenda de crecimiento europea. Ello requiere la restauración de los equilibrios políticos e institucionales en Europa, que han saltado por los aires. Por un lado, la Comisión Europea, que debería hablar en nombre de todos los estados, ha sido eliminada como actor político. Al comienzo de su segundo y último mandato, el Presidente de la Comisión, Barroso, amagó con convertirse en un auténtico líder. Pero cuando las cosas se han puesto difíciles se ha deshecho sin más de la agenda de crecimiento sostenible que llevaba años impulsando. Y por otro lado, Francia, que siempre ha ejercido un papel de contrapeso sobre Alemania, está hoy por hoy en manos de alguien como Sarkozy, el estadista del Toisón de Oro que compensa el fracaso de su agenda reformista en casa con la indigna y típica practica del servilismo del débil hacia arriba (con Alemania) y la arrogancia del fuerte hacia abajo (España). Esa Francia, irreconocible, se ha convertido en un problema tan grande para el futuro de Europa como el rigorismo que domina el Bundesbank. Hollande puede ser un revulsivo, para Francia, para la Comisión, y para la propia Alemania.

Twitter @jitorreblanca | Blog Café Steiner en elpais.com

Un presidente en apuros

16 marzo, 2012

Sabido es que la presidencia de la V República francesa es una institución peculiar: la elección directa, la extensión de los mandatos (antes 7 años, ahora 5) y las amplias prerrogativas del presidente (especialmente en materia de política exterior y de defensa) conceden a quien accede al cargo un extensísimo poder. Ese poder, convenientemente aliñado con las adecuadas dosis de pompa y gravedad republicana, convierte al presidente en una figura solemne cuya sombra se proyecta sobre Francia con tal intensidad que su legado queda indisolublemente unido a la identidad de Francia y de la República. Que se haya llegado a hablar de un “monarca electo” o de una “monarquía republicana” no es casualidad.

Desde fuera, esa simbiosis entre el presidente y la presidencia provoca cierta envidia, pero también, en ocasiones, un cierto sonrojo, como cuando De Gaulle abre sus memorias con una identificación tan completa entre él y Francia que casi roza el ridículo (“ha sido una constante en mi vida que cuando Francia ha estado mal, yo también me he sentido mal”), algo así como la versión francesa del “me duele España”. Pero sobrevolando los sentimentalismos y la cursilería con la que suele adornarse todo chovinismo, hay que reconocer la habilidad de los franceses para envolver el poder en un halo de autoridad y legitimidad tan sólido como duradero.

Y eso que, retrospectivamente, sabemos que los presidentes franceses no han sido ángeles (es más, algunos no se han acercado ni de lejos). La doble vida personal, las mentiras de Estado, el realismo sucio en política exterior, los ponzoñosos vínculos poscoloniales, las lagunas biográficas en torno al pasado y la corrupción al servicio del partido o la reelección han estado ahí, pero no han conseguido hacer mella en el molde presidencial. Por tanto, aunque puertas adentro las cosas fueran algo más turbias, puertas afuera, todos los presidentes de la República desde De Gaulle han encajado perfectamente en ese molde y han logrado investirse de la gravedad presidencial y encajar como un guante en la institución.

Y en esto llegó Nicolas Sarkozy. Un presidente de la República francesa capaz de llevar unas gafas Ray-Ban modelo años 60 y tomarse una hamburguesa con Obama en un restaurante con hule a cuadros rojos y blancos y un convoy de botes de kétchup y mostaza encima de la mesa. Un tipo duro sin ninguna pretensión de parecer un hombre cultivado ni elitista. Hay una anécdota sobre el primer verano del presidente Sarkozy que refleja perfectamente la difícil relación entre la presidencia y el presidente. La tradición exigía que el gabinete de prensa del presidente elaborara una nota especificando los planes de lectura del presidente, con un aditamento: Giscard, Mitterrand y Chirac no leían sino, como es natural en un presidente culto, “releían”; a Montesquieu a Malraux, lo que fuera, pero “releían”. En el caso de Sarkozy, aquello era directamente imposible, nadie se iba a creer que el nuevo presidente se iba a dedicar a la relectura de los clásicos durante el verano, menos a legar una biblioteca a los franceses, como hiciera Mitterrand. En fin, un presidente anómalo para una presidencia atípica.

Ese presidente altivo y marrullero se enfrenta ahora a una reelección plagada de dificultades. Como hizo Bush junior en 2004 para lograr su reelección, se ha puesto en manos de los brujos demoscópicos que le aseguran que la victoria vendrá de la mano de la polarización ideológica, de arrebatar la agenda xenófoba y derechista al nacional-lepenismo. Karl Rove allí, Henri Guaino y otros aquí, todos ofrecen despertar y cabalgar al tigre de los miedos, la soberanía y las identidades. El problema es, como están experimentando los republicanos en EE UU, que ese tigre no vuelve tan fácilmente a la jaula, se queda vigilando para garantizar que los que lo cabalgan no vuelven al centro político después de haberlo usado. Como dicen los estadounidenses, sacar la pasta de dientes del tubo es fácil, volverla a meter es directamente imposible. Por eso, tanto si gana como si pierde, el legado xenófobo de Sarkozy subsistirá, lo cual es motivo legítimo de preocupación, en Francia y en el resto de Europa.

Ese monarca republicano va ahora por detrás de las encuestas frente a François Hollande, un socialista nada estridente que espera capitalizar la falta de simpatía de Sarkozy. Desde luego que, si de lo que se trataba era de que los franceses amaran a su presidente, Sarkozy no lo pone fácil. Pero Hollande haría mal en confiarse: Sarko es de los que te pueden echar tierra en los ojos a un segundo de que suene la campana.

Publicado en elpais el 16 de marzo de 2012

Sígueme en Twitter @jitorreblanca y en el blog Café Steiner en elpais.com

Hartos de trampas

25 septiembre, 2011

Durante décadas, Israel fue el puesto avanzado de Occidente y sus valores en una región donde la democracia no estaba ni en el mapa ni en el vocabulario. Gracias a sus innegables logros, los israelíes aseguraron su prosperidad y seguridad en un contexto regional sumamente adverso. Con aquellos a los que temían o necesitaban, como Egipto o Jordania, alcanzaron la paz. Con otros, como Siria, sustituyeron las confrontaciones directas por otros conflictos de menor nivel asumidos por actores o peones interpuestos, en los territorios ocupados o Líbano. El resultado es que Israel ha disfrutado de un periodo de paz y seguridad mucho más prolongado de lo que la retórica antiisraelí dominante en el mundo árabe y musulmán habría hecho esperar.

(more…)

La guerra de Nicolás

1 septiembre, 2011

Todo en el conflicto de Libia ha sido atípico y extraño, desde su inicio hasta sus estertores. Para comenzar, la guerra de Libia nunca debió ser, al menos sobre el papel. Pese al lugar común, el petróleo nunca fue crucial, pues Gadafi era la mejor garantía no solo de un abastecimiento continuado de crudo sino de importantes contratos en Libia para las petroleras europeas y cuantiosas inversiones libias en Europa. Prueba del muy marginal interés estratégico de Libia para Estados Unidos, Obama fue arrastrado a la guerra en contra de sus deseos y del parecer de su Administración, espantada ante la sola idea de abrir un nuevo y tercer frente bélico en (imposible que fuera una casualidad) otro país musulmán. Incluso halcones y neocons, a los que supondríamos proclives a enzarzarse en una guerra con ese Gadafi convicto de terrorismo al que Reagan había llamado “perro loco” y bombardeado, criticaron a Obama por meter al país en guerra por la puerta de atrás, amenazando desde el Congreso con negarle los fondos para las operaciones militares.

(more…)