Posts Tagged ‘Rusia’

El eje de la soberanía

4 marzo, 2015

Europe_flags¿Qué hace Marine Le Pen, la líder del derechista, xenófobo y eurófobo Frente Nacional francés, felicitando por su victoria a Alexis Tsipras, el líder del primer partido de izquierda radical que consigue llegar al Gobierno en la Europa comunitaria? La respuesta no está en París, sino en Atenas, donde la primera decisión de Tsipras tras ganar las elecciones ha sido buscar los votos de la derecha nacionalista griega. Tsipras podría haber buscado los votos de alguna de las otras fuerzas regeneradoras de la política griega, como los centristas liberales de To Potami, pero ha preferido pactar con los Griegos Independientes, un grupo escindido de Nueva Democracia, el partido de centroderecha desde el que Samarás ha gobernando Grecia en los últimos años, que también articula sus demandas a la UE bajo la etiqueta de la recuperación de la soberanía.

Una de las primeras decisiones de Tsipras, tras reunirse con el embajador ruso en Grecia, que le ha trasladado una carta de felicitación de Putin, ha sido posicionarse en contra de la adopción de nuevas sanciones a Rusia por parte de la UE. Aquí tampoco estamos ante ninguna sorpresa: Syriza, al igual que Podemos y el resto de los partidos de la izquierda europea, vienen sistemáticamente votando a favor de Rusia y en contra de Ucrania desde que en mayo del año pasado llegaran al Parlamento Europeo. Sea por prejuicios ideológicos, ignorancia o por puro cinismo ideológico, Alexis Tsipras, Pablo Iglesias y compañía parecen estar convencidos de que Vladímir Putin, un nacionalista que gobierna con una de las oligarquías más corruptas del planeta, preside un país con desigualdades sociales sangrantes, se apoya en la iglesia ortodoxa y persigue a periodistas, homosexuales y feministas, es de izquierdas.

¿Incomprensible? No. Europa se está reconfigurando políticamente, pero no a lo largo de un eje izquierda-derecha, tampoco separándose entre Norte y Sur; ni siquiera, como a veces hemos imaginado, en torno a círculos concéntricos, con un euronúcleo fuertemente integrado y una periferia con distintos grados de afinidad. Europa se está reconfigurando en torno a un eje soberanista-populista, o lo que es lo mismo, en torno a un resurgir de los nacionalismos (de nuevo cuño, y seguramente compatibles con la democracia, pero al fin y al cabo nacionalismos).

Grecia es sólo un aviso de un fenómeno que no tiene que ver estrictamente con el euro ni con la troika, y que es profundamente europeo. En Reino Unido, donde en mayo habrá unas elecciones que pondrán a prueba el techo de los eurófobos de Nigel Farage, pero también en Suecia, donde no circula ni el euro ni la troika, el auge de estos movimientos y partidos es igual de preocupante que en el corazón del euro. Dentro de la UE, sea en Francia, Alemania, Italia, y ahora también en España, surgen partidos cuyo relato es el mismo: la UE ha ido demasiado lejos, secuestrando la democracia, dicen tanto Marine Le Pen como Tsipras, Nigel Farage o Pablo Iglesias. Es hora de dar la voz al pueblo y recuperar la soberanía, concluyen. ¿Europa es el problema, la nación es la solución? Que no cuenten conmigo.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 30 de enero de 2015

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Una mala idea

3 marzo, 2015

javelin-weapon-system-missile-fireTener razón no confiere automáticamente la capacidad de diseñar una buena estrategia. Es lo que le pasa a los que estos días intentan convencernos, desde Estados Unidos o dentro de la propia Europa, de que armar a Ucrania es una buena idea.

Dejando a un lado a los nostálgicos de aquel mundo en el que bastaba ponerse del lado contrario de Estados Unidos para tener razón, es obvio que Ucrania está siendo víctima de una agresión por parte de un Estado vecino, Rusia. Y lo está haciendo con dos agravantes intolerables: uno, simular mediante la infiltración de fuerzas armadas de carácter irregular una inexistente guerra civil entre rusos étnicos y ucranios donde nunca ha habido un problema de violencia sectaria; dos, violando las garantías de integridad territorial que en 1994 Moscú concedió a Kiev a cambio de que esta renunciara a sus armas nucleares. Si el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas fuera como la estatua de la justicia, ciego y con una balanza en una mano y una espada en la otra, es seguro que no tardaría más de diez minutos en condenar a Rusia como agresor y enviar cascos azules a sellar la frontera ruso-ucrania para impedir el paso (incesante), tanto de material como de efectivos militares rusos.

Por tanto, no sólo no hay equidistancia posible entre las partes, como pretenden algunos, sino que es evidente dónde está la razón legal, política y moral en este conflicto. El problema es que, como Angela Merkel descubrió en la cumbre del G20 de Brisbane tras más de dos horas de reunión a solas con Putin, no tenemos un problema de malentendidos. Si fuera un malentendido, Merkel, que se crió en la RDA, habla ruso perfectamente y proviene del país que más interés y experiencia tiene en convivir con Rusia, lo habría deshecho. Pero lo que emergió de esa entrevista, y el tiempo transcurrido ha confirmado, es que Putin tiene una visión del mundo y de los intereses de Rusia completamente antagónica a la de la UE.

Hasta la fecha, la política europea, acertada, ha consistido en utilizar las sanciones para, primero, convencer a Rusia de que, aunque no le caigamos mal, para convivir con nosotros debe respetar unas mínimas pero esenciales reglas sobre la integridad territorial de los Estados y, dos, de que debe aceptar el derecho de los ucranios a decidir sobre el futuro de su país, incluyendo su vinculación a la UE con un acuerdo de asociación. Mientras Rusia no acepte esos dos principios viviremos en una tensa coexistencia, pero coexistencia. Armar a Ucrania no sólo supone reconocer el fracaso de esa política sino, peor aún, estar dispuestos a asumir las consecuencias de ese fracaso. Porque si Ucrania, a pesar de esas armas, fracasara en defenderse, nos tocaría defenderla a nosotros. Y hasta ahora, cada vez que Ucrania ha progresado militarmente, Rusia ha elevado la presión y la ha doblegado. Europa no puede ganar jugando al juego ruso, sólo jugando al propio.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 6 de febrero de 2015

El yudoca acorralado

3 marzo, 2015

PUTIN_RUSOLos politólogos solemos ser escépticos respecto a las explicaciones basadas en la personalidad. Para nosotros, la política se entiende desde los intereses de los actores, sus acciones se comprenden desde la racionalidad y las políticas se explican como la confluencia de actores e intereses en las instituciones. Es por ello que más allá de algunas observaciones sobre el carisma, la personalidad de los líderes no suele importar mucho: como se supone que los políticos son sólo actores que interpretan intereses, da igual que pongamos a uno o a otro al frente.

Este desdén es aún mayor en el ámbito de las relaciones internacionales pues, para la mayoría de los especialistas, son sobre todo las estructuras las que explican los comportamientos de los Gobiernos. Aplicado al análisis de la conducta de Putin, ese punto de vista nos llevaría a intentar objetivar sus actuaciones refiriéndolas a una lógica de competición por el territorio y los recursos económicos, es decir, a una lógica geopolítica en la que los actores buscan maximizar el interés del Estado. Las personas no serían demasiado relevantes: si quitáramos a Putin del poder, su sucesor se comportaría de forma muy similar. Punto final.

Si esta explicación les parece correcta, dejen de leer aquí. Pero si les parece demasiado perfecta, sigan leyendo. Dicen los expertos en psicología política que los líderes, más que a una ideología o a una serie de intereses objetivos, obedecen a una serie de orientaciones cognitivas básicas adquiridas en algún momento, y que estos hechos definitorios son los que acompañan su actuación política a lo largo de todas sus vidas. Siguiendo este camino, para entender a un político bastaría con saber dos cosas: lo que a toda costa quiere lograr y lo que a toda costa quiere evitar.

Dos hechos son los que parecen marcar el carácter de Putin. Como él mismo ha contado en alguna de las raras entrevistas en las que ha accedido a hablar de sí mismo, el primero es que su físico siempre supuso un contenedor demasiado pequeño para un carácter muy grande. Su estrategia para resolver esta contradicción en su infancia, proclamar continuamente su deseo de ser luchador y enzarzarse con cualquiera que quisiera poner a prueba su determinación, lo dice todo: como la Rusia de hoy que él dirige, que no es ni mucho menos una superpotencia pero quiere parecerlo, Putin siempre quiso boxear por encima de su peso. El otro hecho relevante es el colapso de la República Democrática Alemana y la consiguiente caída del muro de Berlín, que sorprendió a Putin como oficial del KGB en la ciudad germano-oriental de Dresde, obligándolo a quemar documentación comprometedora en el patio de su sede, incluso enfrentándose pistola en mano a los manifestantes que intentaban asaltar la sede del KGB. Si esto es cierto, y lo que Putin siempre ha querido a toda costa es lograr la aceptación de los demás y, paralelamente, lo que más odia es ser presionado o verse desbordado por la presión, es evidente que Occidente ha activado los dos resortes psicológicos que más le motivan.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 4 de diciembre de 2014

Impaciencia estratégica

3 marzo, 2015

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No suele asombrar que los europeos estén divididos en política exterior: cada capital tiene su historia, intereses y sensibilidades, lo que tiende a convertir cualquier intento de lograr una posición común en el seno de la UE en una pesadilla, máxime cuando se trata de imponer sanciones o adoptar una posición de dureza. Pero difícil no significa imposible: aunque los fracasos suelen ser siempre más ruidosos que los aciertos, la Unión Europea no siempre lo hace todo mal. Vean, por ejemplo, el caso de Irán. Cierto, el acuerdo respecto al programa nuclear iraní no está ni mucho menos cerrado, pero la combinación a partes iguales de perseverancia, unidad y sanciones económicas ha evitado un escenario catastrófico: ¿se imaginan que a la inestabilidad que tenemos en Libia, Siria, Irak y Palestina, añadiéramos ahora una campaña de bombardeos israelíes sobre las instalaciones nucleares iraníes? Por tanto, si el pasado enseña alguna lección es que, en política exterior como en otras materias, la paciencia siempre tiene una recompensa mientras que la impaciencia desbarata cualquier posibilidad de éxito.

Curiosamente, sin embargo, hay quienes en la Unión Europea parecen dispuestos a tirar por la borda la unidad tan costosamente lograda en los últimos meses en torno a Rusia. Y lo están haciendo precisamente desde Alemania, que es el corazón y motor que permitió lograr dicho acuerdo, donde se están manifestando fisuras dentro del Gobierno de coalición entre la canciller Merkel y su ministro de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, socialdemócrata, partidario de rebajar las sanciones a Rusia aunque Moscú siga manteniendo bajo su control el este de Ucrania y, por supuesto, ni se haya planteado devolver Crimea. Pocos apostaban al principio de esta crisis a que Italia, España o Francia entrarían en el camino de las sanciones, pero la evidencia de que Rusia estaba muy lejos de querer un acuerdo de paz que permitiera la reintegración de Ucrania llevó a Roma, Madrid y París a adoptar una posición de firmeza (recordemos que para Hollande eso ha supuesto la muy costosa renuncia a entregar a la Marina rusa los dos portahelicópteros contratados, uno con militares rusos operándolo en prácticas).

Nada hay nada erróneo en querer negociar con Rusia: desde el principio de esta crisis los europeos han dejado claro que no creen en el camino de la fuerza y sí en el del diálogo y que las sanciones son sólo un instrumento para que Rusia acepte una solución pactada. Pero ese acercamiento no puede cobrarse como primera víctima y condición previa la unidad territorial de Ucrania. Rusia ya amputó Osetia del Sur y Abjasia a Georgia, también ha amputado a Moldavia el territorio transnistrio y ahora hace lo mismo con Crimea y el este de Ucrania. Los ucranios han manifestado en demasiadas ocasiones, en la calle y en elecciones libres y democráticas, presidenciales y parlamentarias, que sus principios y valores son democráticos y europeos y que no quieren ser parte de una esfera de influencia rusa. Es por esa osadía por lo que Moscú les ha castigado, imponiéndoles la guerra, la penuria económica y la pérdida de territorio. Mientras nada de eso cambie, habrá poco de lo que hablar con Moscú.

Publicado en el Diario ELPAIS el jueves 27 de noviembre de 2014

Cuatro mundos

11 noviembre, 2014

guerra_de_trincheras“Si su artículo comienza con ‘desde el fin de la Guerra Fría’ no se moleste en enviarlo”. Así comenzaban las instrucciones para potenciales contribuyentes que la revista Foreign Policy incluía en sus páginas hace sólo una década cuando lanzó su edición española. Dicho en otras palabras, el consenso hace diez años era que la Guerra Fría era historia antigua y que nada de ella se proyectaba sobre el presente.

El siglo XIX había terminado en 1914, se nos decía, y el siglo XXI había comenzado en 1989. Desde esa óptica, los atentados del 11-S en septiembre de 2001 no eran sino la confirmación de que el siglo XXI iba a estar dominado por la unipolaridad militar (con una sola hegemonía, Estados Unidos), y la multilateralidad económica, con múltiples países en emergencia, especialmente en Asia (China, India), pero también en América Latina (Brasil, México). En ausencia de un nombre mejor y haciendo alarde de poca imaginación, decidimos llamar a esta situación “pos- Guerra Fría”.

Hoy, una década más tarde,nos hemos visto debatiendo sobre dónde estábamos. ¿Estamos en 1914, en el preludio de un nuevo conflicto global, esta vez desencadenado en Asia por las tensiones entre China y sus vecinos? A favor del planteamiento jugaría el hecho de que, recordemos, 1914 probó que la interdependencia económica no siempre es una garantía de paz. Al revés, desde las guerras del Peloponeso, sabemos que las rivalidades y recelos que genera el ascenso de unos suele generar tensiones, realineamientos estratégicos e, incluso, errores de cálculo que pueden llevar al conflicto a pesar de que los actores no lo busquen deliberadamente. Por tanto, ojo con la combinación de nacionalismo, autoritarismo e irredentismo: el Mar de la China meridional podría convertirse en la cuenca del Ruhr del siglo XXI.

No, nos dicen otros, fundamentalmente en Europa Central y Oriental y los países bálticos: estamos en 1938, y el problema es que no comprendemos que el hecho de que Crimea no sea importante estratégicamente no es lo relevante. Lo que importa, dicen, es que si no entendemos correctamente la lógica expansionista y afirmativa de una Rusia que se siente humillada por cómo se cerró la Guerra Fría, no entenderemos que debemos plantar cara a Moscú, trazar una línea roja y renunciar al apaciguamiento. Por tanto, al igual que un Hitler resentido con el Tratado de Versalles entendió la cesión de los Sudetes como una luz verde para proseguir con sus ambiciones territoriales, Putin interpretará nuestra debilidad en Ucrania como una señal de debilidad que le permita restaurar el territorio y el honor de una Rusia herida. Como el propio Putin ha declarado recientemente en un discurso pronunciado en el Foro Valdai en Sochi, la URSS se disolvió sin que ni siquiera se firmara un Tratado especificando la posición de Rusia en la pos Guerra Fría.

Para un tercer grupo no estaríamos en 1938 sino en 1945, al comienzo de una nueva Guerra Fría, obligados a pensar cómo contener las ambiciones imperialistas de Rusia, esta vez disfrazadas de nacionalismo étnico y aupadas en el petróleo y el gas, pero evitando un devastador conflicto militar. Debemos combinar pues las sanciones y el aislamiento con acuerdos de coexistencia, pero sin mezclarnos.

Y para concluir, la confusión es tal, fíjense, que hay quienes incluso dicen que estamos en 2014, y que ni 1914, 1938 o 1945 sirven para entender nada de lo que nos está pasando. Y tienen razón: 25 años después de la caída del Muro, seguimos sin saber en qué mundo vivimos.

Publicado en el Diario ELPAIS el 5 de noviembre de 2014

El nuevo desorden mundial

3 octubre, 2014

Congress_of_ViennaAl final, el verano de 2014 se ha resistido al fatídico emparejamiento con 1914 que algunos proponían. Pero nadie le podrá negar a este largo y caluroso verano sus méritos: como hace 100 años, agosto ha sido temporada alta para los cañones. Los conflictos son conocidos (Ucrania, Gaza, Irak, Siria y Libia): lo que cuesta es imponerles una jerarquía que haga justicia a su magnitud y a consecuencias. Cada uno de esos conflictos nos ha dejado encima de la mesa un doble desafío: el de la pérdida de vidas humanas, ya grave de por sí; y, en paralelo, la demolición de algunos de los soportes sobre los que se asienta el orden internacional.

Cada vez más, los conflictos que enfrentamos, y los que lamentablemente parece que enfrentaremos en el futuro, se caracterizan por una asimetría muy descarnada entre sus repercusiones, que nos alcanzarán de lleno aunque nos abstengamos de involucrarnos en ellos, y nuestras posibilidades de actuación, que quedan mucho más allá de nuestras capacidades políticas o militares. Eso explica, sirva de ejemplo, que no sólo lamentemos el trágico destino de las minorías del norte de Irak sometidas a una brutal campaña de limpieza étnica por parte de los yihadistas del Estado Islámico, sino que en nuestro fuero interno lamentemos aún más saber que la eventual ayuda que les proporcionemos no restaurará el orden en la región. Armar a los kurdos o lanzar ataques aéreos contra los yihadistas son decisiones inevitables, pero no recompondrán el dividido y maltrecho Estado iraquí ni cimentarán un eventual proceso de paz en Siria.

Las dificultades que experimentamos con el orden tienen su foco principal en el factor estatal. Por un lado tenemos Estados que se desordenan y por otro Estados que niegan el orden internacional y sus normas, es decir, que desordenan a los demás. Las amenazas que plantean así como sus motivaciones son muy distintas, pero confluyen en un único punto: el estrechamiento progresivo del orden liberal internacional vigente, un proceso que puede acabar en un estrangulamiento completo y la apertura de un periodo prolongado de anarquía y conflicto internacional.

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La estrategia del caos

3 octubre, 2014

Armed pro-Russian separatists look on at a town center in Snizhnye in eastern UkraineMuchas discusiones sobre Ucrania versan estos días sobre si Vladímir Putin tiene una estrategia y, en caso afirmativo, en qué consiste. Las opiniones están divididas: unos piensan que la confusión y el caos al que asistimos es producto del desconcierto de un Putin que, viéndose continuamente desbordado por los acontecimientos, ha ido improvisando una respuesta tras otra; otros sostienen, por el contrario, que las acciones de Putin obedecen a una estrategia trazada y diseñada desde hace tiempo.

Pero lo cierto es que las dos versiones son compatibles. Putin tenía una estrategia; consistía en construir una esfera de influencia en torno a Rusia. La Unión Euroasiática, que se extendería desde Bielorrusia hasta Kazajistán, era a la vez un proyecto económico y político. Su objetivo era lograr tanto la independencia económica como geopolítica de Rusia respecto a Occidente. Ese proyecto naufragó en el Maidán de Kiev, pues una parte sustantiva de la población de Ucrania se negó a secundarlo. Ese fue y es el mayor error de Putin: no entender primero y no aceptar todavía hoy que las aspiraciones de la ciudadanía no son ser dominados por una élite autoritaria y corrupta que se envuelve en la bandera para perpetuarse en el poder y enriquecerse.

Como demostró el Maidán, a poco que exista una mínima libertad de información y algo de pluralismo político, la gente preferirá una sociedad abierta y democrática a una cerrada y chovinista.

De ese error de cálculo de Putin nace su estrategia actual. Sin Ucrania es imposible seguir adelante con la Unión Euroasiática, lo que supone algo más que un revés para su política exterior: por un lado impide a Rusia lograr su autonomía económica y geopolítica, es decir, independizarse de Occidente; por otro, es evidente que una Ucrania democrática, próspera e integrada en Occidente ofrecería a la población rusa un modelo al que aspirar, poniendo en peligro el sistema político vertical que Putin con tanto esmero ha construido. De ahí que para Putin esta crisis tenga un carácter existencial.

Entendida correctamente la naturaleza de esta crisis y la percepción dominante en Moscú, las consecuencias son tan claras como preocupantes. Porque si el destino de Putin y el de Ucrania están tan íntimamente vinculados como parece, entonces la crisis no ha hecho más que empezar. Fracasado el objetivo primigenio de Putin de incorporar a Ucrania a su esfera de influencia, su estrategia sólo tiene un desarrollo posible: prevenir que Ucrania prospere, se democratice y se abra a Occidente. Ese objetivo requiere sumergirla en el caos, mantener vivo el conflicto armado y cercenar sus posibilidades de recuperación económica. Por eso, las sanciones económicas a Rusia, aunque muy severas e inevitables, no van a lograr fácilmente su objetivo. Al revés: según se aproxime el invierno y la cuestión energética cobre importancia, la Unión Europea y Estados Unidos se verán obligados a sostener económicamente a Ucrania. Rusia no sólo está dispuesta a pagar un alto precio por Ucrania sino a imponer uno aún más elevado a los demás.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 5 de septiembre de 2014

El espejo ruso se ha roto

1 septiembre, 2014

brokenglassDurante la década pasada, la Europa democrática construyó una imagen de Rusia que correspondía a la de un país inmerso en un tan intenso como irreversible proceso de modernización político, económico y social. El desarrollo económico, se auguraba, crearía una sociedad de clases medias donde, como en tantos otros lugares de la Europa de la posguerra fría, los individuos aspirarían a realizarse como personas en un marco de libertad, derechos y prosperidad compartida. Como es propio de las sociedades democráticas, en esa sociedad, losaparatosdel Estado, tan omnipresentes en la historia de Rusia, verían su protagonismo disminuido a favor de los ciudadanos, las empresas y los consumidores, que serían, por fin, tanto los protagonistas como los dueños de su futuro. Muchos soñaron incluso, si no con la adhesión de Rusia a la Unión Europea, con el establecimiento de un marco tan estrecho de relaciones en el que cupiera “todo menos las instituciones”.

Aunque retrospectivamente pudiera parecer que este análisis confundía los deseos con la realidad, este devenir de los acontecimientos era sumamente plausible. El presidente Dmitri Medvédev no sólo parecía empeñado en la modernización del país, lo que suponía cambiar el modelo del crecimiento desde uno basado en la extracción y exportación de materias primas a una sociedad de servicios abierta al conocimiento y la innovación, sino que contaba para ello con el concurso de socios estratégicos claves. Alemania, con su increíble capacidad exportadora e inversora, pero también el resto de la comunidad occidental, deseosa de hacer un hueco a Rusia en instituciones como el G-7, lograrían poco a poco la inserción de Rusia el sistema político y económico multilateral.

Aunque muchos no lo percibieran entonces (ahora sí que resulta evidente), ese espejo ruso se rompió en septiembre de 2009 cuando Vladímir Putin, que ya había completado dos mandatos como presidente, anunció su intención de presentarse como candidato a la presidencia en las elecciones que se celebrarían en 2012. El propio Mijaíl Gorbachov, que en el pasado había alabado a Putin como un modernizador, mostró públicamente su preocupación por este giro que tomaba la política rusa y pidió a Putin que reconsiderara su decisión. Proféticamente, Gorbachov anticipó que la reelección de Putin ahondaría el impás en el que se encontraba el proceso de modernización económico y significaría la pérdida de cinco años cruciales. Un retrato que representaba a un Putin en el año 2025, envejecido y en uniforme militar plagado de medallas, corrió como la pólvora por la blogosfera y las redes sociales rusas: Putin se había transfigurado en Leónidas Bréznev, secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética entre 1964 y 1982, máximo representante del estancamiento y del inmovilismo que llevó a la URSS al colapso.

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10/10

18 julio, 2014

10La nota es 10/10: esa es la calificación que Rusia ha obtenido en Ucrania. El orden europeo se asienta sobre 10 principios. Pues bien, la Federación Rusa ha violado todos y cada uno de ellos. Esa es la conclusión, acompañada de una dura condena, de la Asamblea Parlamentaria de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), de la que forman parte 57 Estados de Europa, Asia Central y América del Norte, reunida en Bakú el pasado 2 de julio. Esos 10 principios fueron consagrados en el Acta Final de Helsinki de 1975, que es la clave de bóveda del orden de seguridad europeo. El llamado “decálogo de Helsinki” establece la igualdad de los Estados; la abstención del uso de la fuerza; la inviolabilidad de las fronteras; la integridad territorial; la obligatoriedad de la resolución pacífica de las disputas; la no intervención en los asuntos internos de otros países; el respeto de los derechos humanos y libertades fundamentales; el derecho a la autonomía de los pueblos; la cooperación entre Estados, y el respeto a las obligaciones derivadas del derecho internacional.

En contraste con estos principios, Moscú se ha anexionado Crimea, modificando por la fuerza las fronteras de Europa. Además de apoyar con armas y dinero a los secesionistas prorrusos en el Este de Ucrania, se ha negado tanto a aceptar el despliegue de observadores militares en la frontera como a someter a la OSCE sus quejas sobre las supuestas violaciones de los derechos de esa minoría. Estados Unidos y la Unión Europea han insistido en numerosas ocasiones en la necesidad de resolver el conflicto ucranio de forma pacífica. También han insistido en que las sanciones a Rusia no son un castigo, sino un incentivo para la negociación, de ahí su moderación y gradualidad.

Pero Putin no está dispuesto a aceptar un proceso que inevitablemente desembocaría en el desarme de las milicias prorrusas, dirigidas por Igor Strelkov, un militar ruso que no oculta su identidad, y en el despliegue de observadores internacionales en el Este de Ucrania. En estas circunstancias, la tercera ronda de sanciones económicas a Rusia, aprobadas ayer de forma coordinada por Washington y Bruselas, eran inevitables.

Todo este conflicto, recordemos, comenzó porque Rusia quiso evitar que Ucrania firmara un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, un acuerdo que a los ojos de Putin haría que Kiev basculara hacia el Oeste haciendo, además, inviable su proyecto de Unión Euroasiática. Si el objetivo de Putin era evitar ese acuerdo, su fracaso es evidente pues ese acuerdo, junto con uno similar con Moldavia y Georgia, se firmó el 27 de junio. Putin ha ganado Crimea, pero ha perdido Ucrania, y está cada vez más aislado. Dada su trayectoria y su visión del mundo, sabemos que no aceptará aparecer como el perdedor. Atentos a su próximo movimiento.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 18 de julio de 2014

La mano rusa

18 mayo, 2014

mano rusaEl guión de lo que ocurre en el este de Ucrania es demasiado familiar. De hecho, es idéntico al que llevó a la conversión de Bosnia-Herzegovina en un Estado aparentemente federal, pero en realidad fragmentado y fallido debido a la inexistencia de estructuras institucionales que pudieran asegurar el funcionamiento integrado del Estado. Esa federalización, consagrada en los acuerdos de la base de Dayton de 1995, fue un error mayúsculo: significó la conversión de una victoria sobre el nacionalismo serbio de Milosevic, finalmente derrotado, en el logro por parte de los serbobosnios de aquello por lo que habían luchado: la organización del país de acuerdo a líneas étnicas. Trágicamente, la cantonalización consagró y endureció las divisiones étnicas que se tenían que haber transcendido.

Ahora, la pendiente por la que nos deslizamos en Ucrania es la misma. Donde entonces tuvimos un aparato político-militar dirigido por Radovan Karadzic y Ratko Mladic, ahora asistimos también a la emergencia de estructuras políticas y militares paralelas como la autoproclamada República de Donetsk y el llamado Ejército Popular del Donbás. Algunos observadores externos siguen pensando, con una inocencia digna de encomiar, que todos estos movimientos e insurrecciones son espontáneos. Pero, como ocurrió en Bosnia en su momento, y el Tribunal Penal Internacional para los crímenes en la antigua Yugoslavia probó, están instigados y apoyados logística y políticamente desde el exterior, entonces Serbia, hoy Rusia.

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