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Es política, no religión

4 marzo, 2015

Cologne_rally_in_support_of_the_victims_of_the_2015_Charlie_Hebdo_shooting_2015-01-07-(2322)Con cada atentado terrorista de inspiración yihadista reaparece el coro de voces que pretende responsabilizar a la religión musulmana y a sus practicantes por los asesinatos cometidos en su nombre. A la primera, la religión, se le atribuye una naturaleza intrínsecamente violenta y excluyente que la haría incompatible con cualquier forma de vida democrática o régimen de derechos y libertades individuales. A los segundos, los practicantes, se les señala por la complicidad que algunos dicen adivinar tras los silencios, su incapacidad para la crítica a sus líderes religiosos, su resistencia a modernizar sus hábitos culturales y el continuo victimismo del que hacen gala, que con demasiada frecuencia acompañan de demandas orientadas a restringir derechos o construir dentro de nuestras sociedades espacios donde estos no rijan.

Pero este razonamiento, que en último extremo nos lleva a un enfrentamiento de civilizaciones entre Occidente y el islam, naufraga contra la evidencia de que por cada occidental asesinado a manos de estos terroristas yihadistas vienen muriendo miles de musulmanes. Desde la guerra civil argelina, donde en los años noventa murieron entre 150.000 y 200.000 personas, hasta Irak, donde las cifras de víctimas posteriores a la invasión de 2003 también se encuentra en el rango de 150.000 a 200.000 personas, o como se viene poniendo de manifiesto hoy en Siria, Libia, Túnez, Egipto u otros escenarios, el conflicto dominante no es entre el islam y Occidente, sino dentro del mundo islámico, víctima de fracturas entrecruzadas de carácter étnico, geopolítico o económico, entre suníes y chiíes, kurdos y turcos, autoritarios y demócratas, laicos y religiosos, ricos y desposeídos.

Ignorar la profundidad y severidad de esas fracturas, en las que se dilucida el modo y carácter de la modernización de estas sociedades, y obviar nuestro papel en su creación y mantenimiento, desde los tiempos del colonialismo hasta ahora, nos lleva a abandonarnos a la otra tentación recurrente en estas ocasiones: la de afirmar que el terrorismo es simplemente barbarie nihilista sin sentido. No, el terrorismo, este como cualquier otro, es político y busca objetivos de dominación política, así que precisamente para poder contrarrestar estos objetivos eficazmente, debemos entenderlos en toda su complejidad.

Todo esto no es una llamada a renunciar a nada ni a relativizar nada. Como no puede ser de otra manera, la brutal masacre de París nos obliga a reafirmarnos en nuestros valores y principios y a no aceptar ni una sola renuncia en la esfera de los derechos (tampoco, que quede claro, cuando las sátiras o irreverencias se practiquen contra nuestros símbolos o instituciones, sean la Monarquía, la bandera, la religión cristiana, judía o cualquier otra). Que un humorista armado de un lápiz pueda ser considerado una amenaza existencial para un fanático, incluso más que un soldado, es la prueba de lo lejos que hemos llegado y los años luz que nos separan de ellos. Precisamente por ello no caigamos en el error de construir trincheras y odios cuando lo que necesitamos son puentes y políticas eficaces.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 8 de enero de 2015

Como si Dios no existiera

16 marzo, 2013

grocioEtsi Deus no daretur (como si Dios no existiera). Es la oportunísima recomendación de Hugo Grocio (1583-1645) a los soberanos de la Europa del siglo XVII que Paolo Flores d’Arcais nos trae de vuelta en su último ensayo ¡Democracia!(Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg). La lectura de este vibrante y apasionado alegato a favor de la democracia no podría ser más pertinente por su coincidencia con la total y absoluta captura del espacio público y mediático con el que la Iglesia católica nos ha obsequiado estos días a cuenta de la elección del nuevo Papa.

Cautivos y desarmados por la increíble plasticidad de las imágenes, los rituales y la escenografía, la mayoría de los espectadores han rendido cualquier distancia crítica de la que originalmente dispusieran y se han entregado felizmente al disfrute de este tan singular como refinado reality show del que la Iglesia Católica se ha dotado para elegir a su máximo representante. La infografía, la anécdota, la rebuscada terminología, el susurrante sonido del latín, todo se ha combinado para crear un ambiente de hipnosis colectiva. No deja de resultar una gran paradoja que la cantidad de información que hemos recibido estos días haya sido inversamente proporcional al conocimiento del que disponemos sobre las cuestiones que importaban. Es como si los medios de comunicación, ante un cuerpo tan sumamente hermético e impenetrable como la Ciudad del Vaticano, hubieran tenido una reacción autoinmune e inadvertidamente se hubieran defendido produciendo toneladas de información irrelevante.

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El poder de la identidad

28 septiembre, 2012

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A un lado, el mundo árabe y musulmán en pie de guerra contra Estados Unidos y Francia por los videos y viñetas sobre Mahoma. A otro, China y Japón sacando pecho patriótico y ejercitando el músculo naval a costa de unos minúsculos islotes. Vuelven las identidades y llaman a rebato, haciendo saltar por los aires los delicados equilibrios construidos a costa de mucho tiempo y esfuerzo. Dentro de EE UU, se acusa a Obama y a su política de mano tendida al mundo árabe y musulmán de ser una reedición en versión islamista del apaciguamiento practicado por Chamberlain y Daladier contra el totalitarismo nazi. Al tiempo, en muchos países musulmanes se pide también firmeza contra lo que describen como una agresión sistemática a su religión desde Occidente. Dentro de China los hay que piensan que ha llegado la hora de poner fin al “ascenso pacífico” y ejercer como la gran potencia que es. Mientras, en Japón también se critica al Gobierno por mirar hacia otro lado y dejar que los chinos se crezcan. No son mayoría, pero gritan más, y su mensaje es siempre el mismo: principios sacrosantos, identidades amenazadas, agravios históricos, humillaciones intolerables, líneas rojas…

El resurgir de la identidad pone en entredicho dos supuestos centrales sobre los que construimos nuestras expectativas sobre el orden internacional. Por un lado, tendemos a dar por hecho que vivimos en un mundo interdependiente económicamente donde los actores se comportan racionalmente con el fin de maximizar los beneficios materiales que se derivan de esa interdependencia. Siendo esto cierto, no se puede ser tan ingenuo como para pensar que los beneficios económicos que trae la globalización son suficientes por sí solos para garantizar la paz entre los Estados. Como vimos en 1914, la interdependencia económica no logró frenar la escalada hacia la Primera Guerra Mundial, sino que incluso la aceleró. En Europa, en Asia, vemos con preocupación cómo los nacionalismos y las fricciones económicas entre países se retroalimentan mutuamente.

El otro supuesto que queda en entredicho por este resurgir de la identidad tiene que ver con la democracia. Se suponía que una vez desaparecida la URSS, no había ninguna forma alternativa de organización política a la democracia. Y es en gran parte cierto. El Islam no es una alternativa a la democracia: la única teocracia que merece tal nombre, Irán, es un fracaso que nadie ha querido replicar y que sobrevive sólo a cuenta de su capacidad de manipular la hostilidad exterior. ¿Y qué decir de China, donde los manifestantes antijaponeses portan un retrato de Mao, mantenido como icono por el régimen a pesar de que su gran salto adelante y su revolución cultural costaran la vida a millones de chinos?

También de modo ingenuo, solemos pensar que la interdependencia llevará al bienestar económico y que este traerá el progreso político. Y puede que históricamente sea cierto, pero los baches y altibajos de esa relación son demasiado profundos y están demasiado llenos de victimas como para pensar que se trata de un proceso automático. Como Rusia o China muestran, el nacionalismo puede lograr que la emergencia de una clase media y una economía desarrollada sean condiciones necesarias, pero no suficientes, para la aparición de la democracia.

Que la democracia no tenga alternativa no quiere decir que no tenga enemigos. El nacionalismo y la religión, en sus formas extremas, son los principales. Y ahí es donde comienza la paradoja. Porque a pesar de que el liberalismo no asignara ninguna importancia a las identidades, hoy sabemos que un sentimiento de identificación colectivo (sea religioso o nacional) puede ser fundamental para asegurar la cohesión social y el buen funcionamiento de un sistema político. Las sociedades homogéneas, étnica o religiosamente, tienen menos problemas para alcanzar acuerdos inter o intrageneracionales, es decir, para sostener a sus mayores, garantizar la igualdad de oportunidades a sus jóvenes y ejercer la solidaridad entre clases sociales o territorios. Pero a su vez, se prestan más a la manipulación de esos sentimientos de identificación. En una sociedad plural, religiosa o étnicamente, el poder suele estar repartido y los acuerdos suelen requerir procesos largos y amplios consensos. Los Países Bajos son quizá la mejor prueba de cómo un país que, en razón del solapamiento de las diferencias religiosas con las geográficas, no debería existir, ha logrado una convivencia ejemplar entre católicos y protestantes. Al otro lado del globo, Malaisia nos demuestra de qué forma es posible alcanzar una convivencia de musulmanes, chinos e indios con umbrales de tolerancia recíproca muy elevados. De Estados Unidos a China, pasando por Japón o Egipto, la identidad puede ser, a la vez, un pegamento social y un disolvente de la convivencia. Por eso es un factor de poder imposible de obviar.

Publicada en la edición impresa del Diario ELPAIS el 21 de septiembre de 2012

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