Posts Tagged ‘Reino Unido’

España no será obstáculo

13 junio, 2015

1241000474100Es difícil pensar en dos países cuyas trayectorias de llegada a la UE puedan ser más opuestas que las que representan España y Reino Unido. En el caso de España, nuestra adhesión a la (entonces) Comunidad Europea supuso la culminación de los anhelos de varias generaciones, históricamente cercenadas de la posibilidad de incorporarse a la corriente de paz, democracia y progreso que se abría al norte de su frontera pirenaica. De ahí el intenso, orgulloso y entusiasta proceso de europeización en el que la sociedad española, sus fuerzas políticas, sus empresarios, sus intelectuales y sus sindicatos se embarcaron, primero en 1978 con la aprobación de la Constitución, y luego a partir de 1986 con la formalización de la adhesión.

En el caso de Reino Unido, la llegada a la UE, en lugar de ofrecer un logro histórico en torno al cual construir un relato de orgullo nacional, significó una doble derrota: primero, la de un imperio que decía adiós a todos sus territorios de ultramar, y segundo, el reconocimiento del fracaso de la tentativa de organizar los asuntos europeos en torno a un modelo rival al puesto en marcha por el Tratado de Roma, el de la asociación europea de libre comercio (EFTA).

Todo ello explica que desde países como España no se entienda fácilmente por qué el deseo de ser miembros de la UE, para nosotros tan simple e intuitivo incluso a pesar de la reciente crisis y la aplicación de duros ajustes y políticas de austeridad, pueda ser motivo de tantas complicaciones para los británicos. Esta incomprensión no implica que España vaya a representar un obstáculo para David Cameron a la hora de negociar un mejor acuerdo con la UE. Al contrario que en otras capitales europeas, donde sí que se percibe algo de inquina y bastante hartazgo ante las piruetas y tacticismos de David Cameron.

España no tiene un especial interés en ponérselo difícil al primer ministro británico. Eso no quiere decir que Cameron vaya a tenerlo fácil. En Madrid, como en otras capitales, habrá cierta flexibilidad a la hora de negociar excepciones con las que acomodar a Reino Unido; en esto los británicos son especialistas y los demás ya están acostumbrados. Pero España no va a aceptar sin más la pretensión británica de forzar a todos sus socios a negociar un tratado que requiera ratificaciones parlamentarias o referendos en los Estados miembros, pues eso supondría abrir la caja de los truenos de la opinión pública que tanto costó cerrar en la década pasada.

España tampoco simpatiza con la idea de retorcer principios fundamentales como la libre circulación de personas hasta que sean irreconocibles. Así pues, en los próximos meses, Cameron intentará convencer a sus socios europeos de que los británicos están dispuestos a irse si no se accede a sus demandas. Mientras, sus socios intentarán convencer a Cameron de que no le pueden dar lo que pide. La cuestión es a quién creerán los votantes británicos: a un Cameron que dirá haber logrado un acuerdo histórico, o a unos líderes europeos que dirán que no le han dado nada importante.

Publicado en el suplemento “Europa” del diario ELPAIS el 31 de mayo de 2015

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Excéntrico Cameron

14 mayo, 2015

balls-272409_640“De carácter raro, extravagante”, dice la Real Academia de la Lengua, pero también “que está fuera del centro, o que tiene un centro diferente”. Ambas acepciones de excéntrico sirven para describir el momento por el que pasa la política británica. Pero también vale, si se quieren permitir una sonrisa, la tercera que nos ofrece la Academia: “Artista de circo que busca efectos cómicos por medio de ejercicios extraños”, una definición que bien podría aplicarse al primer ministro David Cameron, que pugna por mantener el derecho a residir en el 10 de Downing Street.

Durante los últimos cuatro años, Cameron ha hecho todo tipo de malabares (ejercicios extraños) para, con dos manos, mantener en el aire simultáneamente tres pelotas. La primera pelota es la europea. Ahí, Cameron ha pretendido convencer a los británicos de que es capaz de liderar un proceso negociador que mejore la posición de Reino Unido en la UE y refuerce su capacidad de influencia. Forzaré a mis colegas europeos, ha prometido, a diseñar un traje jurídico a la medida de Reino Unido (en realidad, de los conservadores británicos, víctimas de la suma de su propio euroescepticismo histórico y, ahora, del populismo eurófobo que representa el UKIP de Nigel Farage).

Da igual que los líderes europeos le hayan dicho por activa y por pasiva que no están por la labor de negociar ese Tratado. Pero no, enfrentado a esas negativas, Cameron ha decidido lanzar la pelota cada vez más alto y plantear un órdago a sus socios. ¿La consecuencia? Que su plan inicial de convocar un referéndum para lograr la permanencia de Reino Unido en la UE muy bien puede convertirse en una consulta que termine sacándolo de ella. La segunda pelota es la escocesa. Aquí también, Cameron ha sido un maestro del tacticismo y del regate en corto. Su rechazo a negociar una ampliación de las competencias de Escocia le llevó a plantear a los escoceses un referéndum con un planteamiento binario (“la independencia o nada”). Pero cuando vio que los escoceses se decantaban por la independencia, ofreció un paquete de competencias muy superior al que hubiera tenido que aceptar al final de una negociación. El resultado de todos estos malabares no puede ser más cruel; según las encuestas, los independentistas escoceses muy bien podrían tener las llaves de Westminster y bloquear su reelección.

La tercera pelota ha sido la inmigración. En lugar de cabalgar sobre las estadísticas, que demuestran que Reino Unido es un ganador neto, y no un perdedor de la libre circulación de personas en la UE, ha preferido subirse a lomos de la demagogia y el miedo ventilado por Nigel Farage, empeñado en señalar a los inmigrantes como vagos que abusan del sistema de bienestar británico o, directamente, como delincuentes. Toca ahora a los británicos decidir si quieren que el malabarista siga al mando.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 7 de mayo de 2015

¡Que se ahoguen!

11 noviembre, 2014

cadaveres-recuperados-Lampedusa_MDSVID20131007_0038_3Después de la tragedia de Lampedusa en octubre del año pasado, con más de 500 inmigrantes ahogados, la Marina italiana puso en marcha un sofisticado dispositivo de salvamento marítimo. La operación Mare Nostrum ha permitido rescatar de las aguas del Mediterráneo a más de 100.000 personas, una impresionante cifra que quintuplica la del año 2013 y que se explica por el desbordamiento en el número de conflictos en nuestra vecindad (y nuestra inacción respecto a ellos), desde Libia hasta Irak pasando por Siria, pero también en el Cuerno de África (Eritrea, Somalia) o la República Centroafricana y Sudán del Sur.

A punto de concluir dicha misión, la Unión Europea se dispone a sustituir a la Marina italiana poniendo en marcha una operación propia, de nombre Tritón. Pero esta semana hemos aprendido, cortesía del Gobierno británico, que los dispositivos de salvamento marítimo en el Mediterráneo son un estímulo para la inmigración irregular, ergo el Gobierno de Su Majestad renuncia a financiarlos. Hay que reconocer la impecable lógica de este argumento: cuantos más inmigrantes se ahoguen y más peligrosa sea la travesía hacia Europa, menos se atreverán a embarcarse. Siguiendo la misma lógica, España podría electrificar las vallas de Ceuta y Melilla o, mejor aún, como hicieron los alemanes orientales en el muro de Berlín, instaurar sistemas de disparo automático. Es cierto que los primeros inmigrantes que intentaran saltarlas sufrirían graves quemaduras, morirían o quedarían gravemente heridos, pero qué duda cabe de que a largo plazo, el número de intentos de saltar la valla se reduciría.

Algo extraño pasa en el Reino Unido cuando un primer ministro educado en el elitista college de Eton se permite competir en populismo con un chabacano amante de las pintas de cerveza y las frases gruesas como Nigel Farage, el líder del UKIP, que propone la salida del Reino Unido de la UE y brama en público contra las hordas de criminales rumanos y búlgaros que como consecuencia de la libertad de circulación de personas habrían tomado las calles.

Lo grave es que no estamos ante un hecho aislado. El Gobierno de David Cameron está sopesando su retirada de la Convención Europea de Derechos Humanos, una medida que ni siquiera Putin se ha atrevido a tomar. Arguye el Gobierno británico que ni los jueces ni el Parlamento británico deben aceptar ninguna autoridad superior, ni siquiera en materia de derechos humanos, un argumento soberanista contra el derecho internacional que, de nuevo, muy bien podría sostener el propio Putin.

Esta semana también hemos visto a Cameron encenderse en público contra la noticia de que el Reino Unido deberá contribuir más al presupuesto de la UE. No es inquina contra Londres lo que explica este aumento sino el resultado de la pura aritmética y de las reglas de juego (el PIB del Reino Unido ha crecido y como las contribuciones son proporcionales, Londres tiene que pagar más), pero Cameron dice que no pagará. De ser la cuna del liberalismo, el imperio de la ley, la democracia parlamentaria y el respeto a las reglas del juego, David Cameron Unido está llegando a la cumbre del pensamiento populista y xenófobo. Todo ello desde los mejores colegios de elite. Increíble pero cierto.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes el 31 de octubre de 2014

Referéndum en Escocia: ¿cabeza o corazón?

3 octubre, 2014

head-vs-heart1“Esta votación no es acerca de si Escocia es o no una nación. Escocia es una nación fuerte y orgullosa con una historia extraordinaria y unas gentes con un talento increíble”. Esto no lo ha dicho el líder independentista escocés, Alex Salmond, sino el primer ministro británico, David Cameron, en una vibrante intervención realizada el miércoles pasado en Edimburgo en la que también prometió no obstaculizar la independencia si esta fuera la opción ganadora. “Me rompería el corazón”, dijo Cameron, “pero respetaría esa decisión”.

¿Deben votar los escoceses con la cabeza o con el corazón? El debate en Reino Unido, que hasta ahora había versado sobre los costes de la separación, ha girado 180 grados hacia el terreno de las emociones, las identidades, la historia común; en definitiva, hacia el sentido y lógica de vivir juntos. Ahora, en lugar de preguntarse cuánto cuesta la ruptura, los británicos han comenzado a debatir sobre qué sentido tiene vivir juntos. Con ello parece aceptarse que ni la secesión ni la permanencia son decisiones exclusivamente racionales.

Si las personas solo estuvieran hechas de intereses, si solo se movieran por el deseo de maximizar el retorno económico de sus decisiones, entonces la decisión entre la secesión o la permanencia debería ser relativamente sencilla. O dicho de otra manera, aunque fuera una decisión complicada lo sería exclusivamente debido a que algunos costes son inciertos y / o muy difíciles de calcular. Sin embargo, la experiencia nos dice que las cosas son algo más complicadas.

¿Aceptaría México anexionarse a EE UU solo porque es más rico? ¿O España sumarse a Alemania solo porque los alemanes son más eficientes, tienen menos desempleados y exportan más? Algo parecido ocurre con la secesión: el hecho de que, incluso aunque fuera costosa económicamente, exista un número tan amplio de personas dispuestas a asumir esos costes nos señala muy claramente lo importante que son las identidades y cuánto impacto tienen sobre las preferencias de los actores.

Esa complejidad de las cuestiones identitarias explica el giro adoptado por el Gobierno británico, al que se han sumado laboristas y liberales. Así, mientras Salmond hacía el ridículo comparando la secesión de Escocia con el fin del apartheid en Sudáfrica, Cameron, inteligentemente, intentaba cambiar el debate a otro terreno. “Esta votación no es para elegir entre Reino Unido y Escocia, sino para decidir entre dos visiones distintas del futuro de Escocia”. ¿Es sincera la humedad que recorría los ojos de Cameron? ¿O, como dicen los independentistas, es una impostura que se debe a que, después de llevar meses amenazando a los escoceses con todo tipo de calamidades si deciden marcharse, Londres se ha dado cuenta de que los costes también serían inmensos para Reino Unido, y para el propio Cameron, cuya carrera política seguramente terminaría? Seguro que hay opiniones para todos los gustos, pero quizá dé un poco igual: al fin y al cabo, sabemos desde hace mucho tiempo que la fuerza civilizadora de la hipocresía es un elemento importante de paz y progreso. La cuestión es si no es ya es demasiado tarde incluso para la hipocresía.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 12 de septiembre de 2014

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Cameron en el córner

10 julio, 2014

cornerHay líderes que improvisan tan bien que parece que tienen un plan. Otros se empeñan en sostener que tienen un plan cuando lo que hacen es improvisar. Pero el caso del primer ministro británico, David Cameron, es especial: no sólo es un maestro del oportunismo, sino que encima tiene mala suerte.

Temeroso de perder al electorado euroescéptico, Cameron se había ido desplazando hacia posiciones cada vez más radicales: se había apuntado a la crítica feroz de la Unión Europea como una organización inútil y burocrática y, lo que es peor, no había dudado en adoptar la agenda antiinmigración de sus principales rivales. Pero la promesa de convocar un referéndum sobre la eventual retirada del Reino Unido de la Unión Europea, sumada a una infame tribuna en Financial Times el pasado mes de noviembre titulada “El libre movimiento tiene que ser menos libre”, no le han servido de nada.

Al contrario, ha servido para mostrar al electorado que despreciar a la Unión Europa y sentir fobia hacia los inmigrantes no es algo de lo que avergonzarse. ¿El resultado?: situarse como tercera fuerza política de su país en las pasadas elecciones europeas, después de los populistas de Nigel Farage y de los laboristas.

Anda ahora Cameron medio implorando, medio amenazando a Angela Merkel que no proponga al popular Jean-Claude Juncker como presidente de la Comisión Europea, a pesar de haber ganado las elecciones. Si lo hace, advierte, no podrá garantizar que Reino Unido permanezca en la UE. ¿Le funcionará este chantaje? Aunque en política nada es imposible, no parece muy factible. Ceder ante Cameron enfrentaría a Merkel con los socialistas europeos, que parecen estar dispuestos a apoyar a Juncker a cambio de algunas concesiones.

Pero es que, además, Cameron obvia un pequeño detalle: que en 2009 decidió sacar a los conservadores británicos del Partido Popular Europeo y fundar su propio grupo junto con los euroescépticos checos, polacos y otros socios menores de Croacia, Dinamarca, Hungría, Holanda, Italia, Letonia y Lituania.

Ese grupo (Conservadores y Reformistas Europeos) ha obtenido 46 escaños, aunque baraja incluir algunos miembros de otros partidos (algunos con condenas por xenofobia) para llegar hasta los 55 escaños. Aunque no parezca haberse enterado, eso significa que Cameron no sólo ha perdido las elecciones en casa, sino también en Europa. Que alguien le avise de una vez de que ha perdido dos elecciones y que está regateando al banderín del córner.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 6 de junio de 2014

Brexit: so what?

9 marzo, 2014

BrexitReino Unido: país otrora admirado en la Unión Europea pero hoy en horas bajas. Brexit: dícese de la salida del Reino Unido de la UE, una posibilidad real a tenor de lo que las encuestas nos dicen sobre el estado de ánimo de la opinión pública británica. Referéndum: instrumento de democracia directa que puede volverse contra sus promotores. Tory:felino peligroso con demostradas querencias por derribar primeros ministros a costa de la política europea. Cameron: primer ministro británico que piensa que se puede cabalgar un tigre. Chantaje: percepción dominante hoy en Europa sobre lo que define la política europea de David Cameron.

Mézclense estos elementos y entenderán el giro que ha adoptado del debate sobre una eventual salida de Reino Unido de la UE. Regreso de Londres sorprendido por la hostilidad que domina la relación entre el Gobierno británico y la Unión Europea. Desde que en diciembre de 2011 Cameron quedara marginado en su intento de obtener concesiones para el Reino Unido a costa de bloquear la adopción de decisiones cruciales sobre la crisis del euro, Londres vive en un estado de permanente huida hacia delante. Aquella fatídica noche, Cameron calculó mal, pues sus socios europeos decidieron ignorar sus demandas y valerse de una triquiñuela (la elaboración de un tratado ad hoc, de naturaleza intergubernamental) para pactar las nuevas reglas de estabilidad fiscal de la eurozona sin necesidad de obtener el consentimiento británico ni la reforma de los tratados de la UE.

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Little England

5 enero, 2014

470little_england_470x350“De cómo la Gran Bretaña se convirtió en la Pequeña Inglaterra” podría ser el ensayo de no ficción más vendido en 2014. Sólo hace falta alguien que se anime a escribirlo. Los ingredientes están todos ahí: la pequeña política disfrazada de grandes discursos, los prejuicios raciales que se agazapan detrás de la estridente proclamación de principios, el populismo facilón que se agita tras la reivindicación de una identidad supuestamente amenazada, la demagogia barata que se hace pasar por liderazgo, la idealización del pasado como único proyecto de futuro.

Estamos en enero de 2014, fecha en la que según los agitadores del UKIP, a los que alegremente se han sumado destacados miembros del Gobierno conservador de David Cameron, el Reino Unido sufrirá el asalto de una horda de inmigrantes búlgaros y rumanos dispuestos a hacer colapsar el mercado de trabajo y los servicios sociales del país.

¿Qué le pasa a nuestros amigos ingleses, otrora faro político, económico y hasta moral de Europa y el mundo? Hubo un tiempo, ¿recuerdan?, en el que el Reino Unido no sólo era la gran fábrica del mundo, sino también la fábrica de las ideas que hacían funcionar ese mundo: el liberalismo político y económico, la apertura económica y comercial, la defensa de la democracia y la libertad frente a la tiranía y el oprobio. ¿Qué les ha ocurrido para que no se reconozcan en esta Europa a la que ellos tanto han contribuido y en esta globalización a la que tanto han aportado? ¿Qué lleva a uno de los países más cosmopolitas del planeta a pensar que el mundo, ese campo de juego en el que una otra y vez los británicos han demostrado su superioridad, es un lugar hostil del que hay que prevenirse y frente al que hay que blindarse? ¿Qué ha sido del tradicional pragmatismo británico, que les ha permitido entender cada amenaza como una gran oportunidad de reinventarse sin traicionar sus principios?

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Europa en el laberinto sirio

2 junio, 2013

Europa, kylix griego, 330-320 a.c.El drama de la impotencia europea ante las 80.000 víctimas mortales que acumula el conflicto sirio nos termina de desvelar con toda nitidez qué aspecto tiene ese mundo poseuropeo por el que, en nuestro ensimismamiento con la crisis del euro, tanto hemos trabajado en los últimos años. Esa perpetua celebración de las más mínimas diferencias en la que estamos suicidamente embarcados, entre los europeos pero también dentro de España, ha logrado por fin un objetivo que todo el mundo puede ver y tocar. Seguro que nadie imaginaba que el resultado de tanta introspección iba a ser tan gráfico.

No se trata tanto del baile de desacuerdos entre los Veintisiete al que hemos asistido en torno al levantamiento del embargo de armas a Siria. En unas circunstancias tan difíciles como las que se viven en Siria, donde todas las opciones son peligrosas e inciertas, que las posiciones de partida entre los Veintisiete difirieran era esperable. Lo destacable es que la noche del lunes los europeos solo tuvieran encima de la mesa opciones que reflejaran su impotencia. No se trataba, precisión importante, de decidir sobre si intervenir militarmente en Siria o de lanzar una ofensiva diplomática internacional para lograr doblegar a Asad, no. Se trataba de dirimir si la posibilidad de que los europeos armaran a los rebeldes podría mejorar sus bazas negociadoras en la ronda de negociaciones que se abrirá próximamente en Ginebra.

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Quien siembra hostilidad, recoge indiferencia

23 diciembre, 2012

torybullDesde que llegara al poder en 2010, el primer ministro británico, David Cameron, ha ido enredándose progresivamente en la tela de araña europea. Habrá quien quiera buscar las culpas en el continente acudiendo a los manidos tópicos al uso (“los franceses nos odian”, “los alemanes nos envidian”) pero la realidad es que el mérito es exclusivamente del propio Cameron, que no ha perdido una oportunidad de perder una oportunidad de mejorar las relaciones entre el Reino Unido y la UE. A base de sucesivos manotazos, tanto dentro del Reino Unido como en sus relaciones con sus colegas europeos, ha terminado por comprometerse a convocar un referéndum sobre Europa que no tiene muchas posibilidades de ganar.

Con unas dobles elecciones a la vista en 2014, nacionales y europeas, la cuestión europea se ha convertido en una seria amenaza a su supervivencia política. Según las encuestas, tres de cada cuatro británicos sienten poca o ninguna vinculación con la Unión Europea, lo que no augura un buen resultado. Pero las complicaciones de Cameron no solo tienen que ver con una opinión pública gélida como un témpano respecto a la UE: dentro de su propio partido, un 63% de los militantes es partidario, sin más, de retirarse de la Unión y entre sus votantes Europa despierta una hostilidad tan manifiesta que, en un hipotético referéndum, sólo un 29% votaría a favor de permanecer en la UE. Eso explica que quiera a toda costa evitar que ese referéndum se articule en torno a una pregunta sencilla y directa sobre si quedarse o marcharse en la UE. La contradicción es tal que, aquello que Cameron ha exigido a los nacionalistas escoceses (una pregunta clara sobre la independencia, no tres opciones confusas y difíciles de gestionar) es algo que no puede exigirse a sí mismo en relación con Europa, pues muy probablemente saldría derrotado.

Cameron tendría más posibilidades de lograr una victoria si lograra someter a los votantes la aprobación de una “relación mejorada” entre el Reino Unido y la UE previamente negociada entre ambas partes. El problema es que esa relación mejorada es muy difícil de llenar de contenido práctico pues el Reino Unido ya disfruta de un gran número de privilegios en su relación con la UE, estando ya autoexcluido de numerosos ámbitos (desde la libertad de circulación de personas a la política social pasando por el euro). Añadir más excepciones es teóricamente posible, pero su importancia sería marginal y difícilmente configurarían algo que pudiera ser descrito como una nueva relación con Europa que pudiera entusiasmar a los votantes y superar la desconfianza innata que tienen sobre todo lo europeo. Máxime cuando además la prensa y los eurofóbicos del Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP) harían trizas dicho acuerdo ante la opinión pública buscando rédito electoral.Cameron olvida además la lección de su humillación en el Consejo Europeo de diciembre de 2011, cuando su amenaza de vetar el nuevo Tratado Fiscal si no se protegían los intereses de la City fue respondida por el resto de miembros con un Tratado intergubernamental que excluye al Reino Unido y que por tanto Londres no puede vetar.

Durante décadas, la diplomacia británica ha trabajado con la filosofía de que los intereses del Reino se defendían mejor desde dentro que desde fuera de la UE. Paradójicamente, aunque el Reino Unido no era parte del euro, la bonanza económica asociada a su primera década de vida convirtió a la capital de un país que no era miembro del euro en el centro financiero de Europa. Ahora, la crisis del euro y los avances hacia una unión más completa, con un pilar bancario, fiscal y económico, van a poner fin a esa anomalía histórica. A partir de 2013, Cameron dedicará grandes energías a buscar una nueva relación entre Londres y Bruselas que evite la salida del Reino Unido de la UE pero, como es evidente, encontrará en el resto de líderes europeos una disposición muy pequeña a regalarle una gran victoria personal. Unos serán hostiles, los más indiferentes, y casi ninguno simpatizará con sus pretensiones. Pero eso no es lo central: al final del día, lo que los ciudadanos británicos voten en un referéndum no importará mucho. Cameron no parece entender algo tan fundamental como que el tiempo del Reino Unido como actor central en la UE ha llegado a su fin y que cada día que pasa, el Reino Unido es menos miembro de la Unión Europea. No es por tanto el Reino Unido el que decidirá si marcharse de la UE o quedarse, sino que es la UE la que, por la vía de los hechos, está dejando al Reino Unido fuera de la UE. Cameron puede retrasar o acelerar ese progreso pero no detenerlo.

 Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 23 de diciembre de 2012

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Una Europa británica

7 diciembre, 2012

fishandchipsRegreso de Londres impresionado por la intensidad del debate político entre eurofóbos y eurófilos. En el fragor de la batalla, los argumentos adquieren un tono cada vez más grueso. La UE es un ente corrupto y antidemocrático que nos roba, dicen unos al calor del debate presupuestario. Si abandonamos la UE, seremos como Singapur, dicen otros al hilo del debate sobre la posición del Reino Unido en el mundo. Bien mirado, la pasión del debate no debería ser motivo de extrañeza. Los británicos se encaminan hacia dos referendos en los que se dilucidarán dos cuestiones de singular importancia: la continuidad de la pertenencia de Escocia al Reino Unido y la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Si la identidad nacional de un país versa en torno a las preguntas de quiénes somos, qué queremos y con quiénes estamos dispuestos a lograrlo, es evidente que estamos ante la puesta en cuestión de dos de los principales anclajes de cualquier país: el interno (¿quién forma parte de la comunidad?) y el internacional (¿de quién forma parte la comunidad?).

Desde fuera, lo común es concluir que este debate muestra el escaso grado de europeización del Reino Unido, un país que llegó a la UE a su pesar, como consecuencia de una concatenación de fracasos internos y externos, pero sin el apoyo ni la comprensión ni del público ni de sus elites, y menos de sus medios de comunicación. Como dijo el General de Gaulle en su momento, su adhesión era “contra natura, contra estructura y contra coyuntura”. Desde ese punto de vista, una eventual salida no sólo enmendaría de una vez por todas el error que supuso aceptar al Reino Unido en la entonces Comunidad Económica Europea, sino que permitiría corregirlo, para bien de los británicos, que podrían dedicarse a aquello que mejor se les da (¿flotar en el Atlántico, no tener ataduras políticas y comerciar con todo el mundo?) y del resto de los europeos, que por fin podrían dedicarse a aquello a lo que siempre habrían aspirado (¿conformar una unión política estructurada en torno a París y Berlín?). Pero el debate sobre la europeización sobre el Reino Unido es sólo la mitad de la historia, y quizá no la más relevante. Si examinamos con cierta atención la huella que el Reino Unido ha dejado en Europa, veremos que la lista es de todo menos pequeña.

En primer lugar, el número de miembros. Si somos 27 (próximamente 28) es debido en gran parte al apoyo sostenido del Reino Unido a las ampliaciones de la Unión. Fuera un plan para frenar la integración o el resultado de una lectura inteligente de la historia y el futuro, el caso es que somos una Europa grande y abierta en gran parte gracias a ellos. Lo mismo puede decirse del mercado interior, que junto con las ampliaciones, es otro de los grandes proyectos europeos. Nadie como el Reino Unido ha impulsado ese proyecto, que ha sido y es una de las principales fuentes de riqueza y bienestar de las que disponemos los europeos y, también, el principal activo y atractivo de la presencia europea en el mundo. Desde los años ochenta del siglo pasado, gracias a la visión del Reino Unido, que apoyó el uso de la mayoría cualificada para las cuestiones relacionadas con el mercado interior, hemos avanzado rápidamente por la senda de la creación de mercados, hacia dentro y hacia fuera, a la vez que mantenido bajo constante control presupuestario políticas como la agrícola, que llegaron a desmandarse y a absorber más de la mitad del presupuesto europeo. Desgraciadamente, la UE tiene un presupuesto demasiado pequeño, en gran parte por culpa del Reino Unido, pero también más racional, transparente y orientado a la innovación y el empleo gracias al empeño británico en cortar las alas a la alianza entre grupos de interés agrícolas o regionales y la burocracia europea. Y no es menos cierto que esta UE, con su geometría variable, en la que daneses, irlandeses, suecos y británicos pueden acomodar sus deseos de no ser parte del euro, la defensa, la libre circulación o la política social, es también responsabilidad de Londres. Por no hablar de la política exterior y de seguridad europea, inconcebible sin el concurso del Reino Unido, pues los alemanes, como han demostrado tantas veces, no están por la labor de ayudar a la UE a ser un actor global. El caso es que, para bien y para mal, nos guste o no, el legado del Reino Unido, es un legado impresionante y muy vivo. No deja por eso de resultar paradójico que el Reino Unido se disponga a abandonar la UE después de haberla moldeado tan profundamente. Y encima, después de que se vayan, seguiremos utilizando el inglés para entendernos en una Europa británica sin británicos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 7 de diciembre de 2012

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