Posts Tagged ‘Rajoy’

Papado, Reinado, Partido

22 febrero, 2013

Spain's leader of the opposition party PUsted, yo, todos somos víctimas de algún diseño institucional. Los ingenieros construyen caminos, puentes, presas; los politólogos estudiamos las instituciones políticas e intentamos entender en qué fallan. Décadas de investigación politológica han llegado a una conclusión aparentemente trivial pero insoslayable: las instituciones importan, y mucho. Son como la levadura: sin ellas el poder no puede producir resultados y los políticos no pueden hacer política.

Pero las mismas décadas de estudio sobre las instituciones nos han llevado a constatar que las instituciones no solo son un medio, una solución, sino que a menudo se convierten en un problema de primer orden. El más frecuente es que tienden a adquirir vida propia. Esto puede deberse a varias razones: unas veces son capturadas por grupos que desde fuera quieren impedir que realicen su tarea o aspiran a orientarlas en un sentido favorable a sus intereses, pero otras lo son por sus propios responsables, que terminan sirviéndose de ellas en lugar de, como tienen encomendado, servirlas a ellas. El resultado es que muchas de ellas dejan de ser efectivas, se anquilosan y se convierten, en el mejor de los casos, en una camarilla que impide la consecución de los fines de la organización; en el peor, en una mafia que delinque bajo la cobertura formal que la organización le presta.

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El efecto abismo

7 septiembre, 2012

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La expectación e interés generados por la visita de Angela Merkel a Madrid constituyen la mejor prueba de los momentos tan excepcionales que viven España y Europa. Cierto que a lo largo y ancho de esta crisis Alemania ha adquirido una posición preponderante, a veces casi hegemónica, pero si lo ha hecho ha sido también en parte por la debilidad relativa de los demás países e instituciones, sumidos en sus propias crisis económicas y de liderazgo. Con todo, esa preeminencia de Alemania no significa que ni Berlín, ni mucho menos la propia Merkel, sean omnipotentes. Cierto que el liderazgo de Merkel ha dejado en ocasiones que desear, pero, para ser justos, tampoco se puede olvidar que el sistema político alemán tiene grabado en su código genético la aversión a un canciller fuerte y la consiguiente concentración del poder en el Ejecutivo. Eso significa que, en casa, Merkel no puede imponer las cosas, sino convencer; ni siquiera dentro de su Gobierno o partido. Y lo mismo ocurre a escala europea, donde, una vez más, las decisiones se tienen que tomar por consenso entre todos los actores, no pudiendo ningún país imponer sin más sus condiciones a todos los demás.

 

Partiendo de estas limitaciones, el liderazgo de Merkel tiene que ser evaluado, antes que nada, en razón de su capacidad de resistir las presiones de los defensores de la ortodoxia, que continuamente le piden que bloquee cualquier tipo de medida que suponga una salida europea de la crisis. Pero, paso a paso, aunque siempre tarde, a regañadientes y de forma torpe y parcial, la Unión Europea se ha ido dotando de los mecanismos e instituciones que le permitirán sobrevivir a esta crisis y, eventualmente, salir reforzada de ella. Eso ocurrió ayer, una vez más, con la puesta en marcha de un programa de compra de deuda soberana para los países en dificultades (fundamentalmente España e Italia) por parte del Banco Central Europeo, una medida muy contestada dentro de Alemania porque, dicen los críticos, no solo es ilegal y está expresamente prohibida por los Tratados de la Unión, sino porque pone la simiente de la conversión de Europa en una federación al estilo estadounidense. Lo esencial no es por tanto que ese programa del BCE implique condicionalidad para España u otros (¿de qué otra manera podría ser?), sino que con ello el BCE haya demostrado que está irreversiblemente comprometido con la supervivencia del euro y que hará cualquier cosa para asegurar esa supervivencia.

 

Hace casi un año, Angela Merkel dejó clara su posición: “Si el euro cae, Europa cae”. Aunque nadie cuestionó entonces la sinceridad de sus palabras, los pasados meses han ofrecido múltiples ocasiones para que los españoles se inquietaran acerca de hasta cuándo habría que esperar o bajo qué circunstancias se haría efectivo ese compromiso. Cierto que el Gobierno español no ha sido de mucha ayuda durante 2012: sus constantes improvisaciones, el oscurantismo con el que se ha manejado, y los problemas de coordinación interna y de comunicación de los que ha hecho gala han socavado el principal activo del Gobierno de Rajoy, que no era otro que el compartir su agenda reformista y liberalizadora, típicamente conservadora, con el Gobierno de Merkel. Más allá de esos problemas, y de los enfrentamientos entre España e Italia, por un lado, y Alemania y el BCE, por otro, era evidente a la vuelta del verano que el euro se encontraba en una pendiente muy peligrosa y que los mercados estaban empezando a descontar su colapso.

 

En consecuencia, aunque sea difícil decir si los halagos de Merkel a la agenda reformista de Rajoy refrendan a los que abogaban por introducir algo de tensión en las relaciones con Alemania o, por el contrario, a los que lo consideraban una estrategia suicida, lo importante es que, esta vez para bien, se ha dado un paso atrás. Eso no quiere decir que las tensiones entre España y Alemania hayan desaparecido. Si, como parece, España tiene muy difícil cumplir con el objetivo de déficit fijado para este año, es previsible que las relaciones bilaterales se vuelvan a deteriorar, que dentro de Alemania se critique a Merkel por haber aflojado la presión sobre España e Italia, que se exijan nuevos sacrificios y compensaciones y que, una vez más, ambos países se sitúen en rumbo de colisión. Pero eso será en otro momento, y delante de otro abismo. El de hoy está salvado.

Publicado en la edición impresa del Diario el País el 6 de septiembre de 2012

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El canario en la mina

9 marzo, 2012

Algo tiene que significar que, en poco más de dos meses, el Gobierno español, alumno modélico de la austeridad, las reformas y los recortes haya entrado en conflicto con la Comisión Europea e incomodado notablemente a Alemania, con quien está obligada a entenderse. Todo ello a cuenta del anuncio hecho por el Gobierno de que España no cumplirá el objetivo de déficit asignado para 2012.

La situación admite dos lecturas. Para la Comisión y otros, entre los que se encuentra Alemania, el anuncio debilita la credibilidad del Pacto Fiscal recientemente aprobado y pone en peligro los esfuerzos realizados para estabilizar la eurozona. Para España, sin embargo, el nuevo objetivo de déficit se fija desde la perspectiva exactamente contraria, pues percibe que, al menos en su caso particular, los mercados están más preocupados por las débiles perspectivas de crecimiento y empleo que por la sostenibilidad de las finanzas públicas a corto plazo. Traducido a términos más coloquiales, mientras que Alemania, la Comisión y otros piensan que el anuncio de España introduce más gas grisú en una mina ya peligrosamente saturada y a punto de explotar, otros piensan que España es, por el contrario, el canario en la mina que anuncia el peligro que se deriva de la falta de flexibilidad de unas reglas demasiados rígidas y que pretenden resolver de una única manera problemas que son distintos.

Recordemos que España, al contrario que Italia o Grecia, no ha tenido un problema de deuda pública, sino privada, ya que antes de la crisis sus finanzas públicas estaban en orden, incluso más saneadas que las de la propia Alemania. Y recordemos también que, al contrario de Italia o Grecia, donde el sistema político ha colapsado, dejando el poder en manos de tecnócratas, el sistema político español ha sido capaz de ofrecer una alternativa de gobierno y refrendarla con un amplio mandato ganado en las urnas. Así que, mientras que en el caso de Italia o Grecia, los inversores se asustaron por los altos niveles de deuda, la ausencia de reformas y la fragilidad de los sistemas políticos, en el caso de España, las preocupaciones son más bien distintas, ya que no se centran en la capacidad del gobierno de adoptar reformas (que dan por hecho), sino más bien en la capacidad de generar crecimiento, empleo, ganar competitividad y restaurar el normal funcionamiento del sistema financiero.

Como ironizan los diplomáticos, tener razón tiene dos partes: una, tener razón; y dos, más infrecuente, que te la den. No deja de ser revelador que en apoyo de España, un país cuya imagen internacional está sumamente baqueteada por la crisis económica, hayan salido dos de los comentaristas económicos internacionales más influyentes: Paul Krugman, de The New York Times, y Martin Wolf, de Financial Times. La diplomacia española, acostumbrada al desgaste en batallas numantinas que generalmente sólo ella entiende, se encuentra aquí, por fin, con una oportunidad que no suele darse sino cada pocos años.

Cierto que, cuando uno está con el agua al cuello no es el mejor momento para ponerse a pensar qué hará cuando la crisis pase. Pero en las actuales circunstancias esa visión de cómo queremos que sea Europa, y dentro de ella, qué España queremos construir y qué papel debe jugar no es un lujo o capricho sino la condición sin la cual no se saldrá de la crisis. No se trata de establecer alianzas contra Alemania o la Comisión, cosa que carecería de sentido, pero sí de poner mucha atención en cómo Mario Monti está mostrando que las reformas y los recortes, bien gestionados, generan legitimidad y, por tanto, una capacidad negociadora que se había perdido y que puede ser aprovechada para lograr cambiar los términos del debate actual sobre austeridad y estímulos hacia un plano más favorable a los intereses de España

Desde ese punto de vista, las referencias a la “soberanía” hechas por Rajoy para justificar su decisión marcan la línea argumental contraria a la que se debería adoptar. Sea lo que sea la soberanía, si de lo que se trata es de la capacidad de fijar los objetivos de déficit público para el año fiscal, es evidente que España no es un país soberano. Lo contrario es hacerse trampas a uno mismo y hacérselas a la opinión pública española que, con razón, percibe que, hoy en día, en una unión monetaria sometida a una enorme presión por parte de los mercados financieros y en donde nos hartamos de repetir que las decisiones de Atenas o Roma tienen un impacto decisivo sobre el futuro de España, esa soberanía es una ficción. Por tanto, seamos valientes y no nos pongamos a la (soberana) defensiva. Al contrario: forcemos un debate verdaderamente europeo y liderémoslo. Si somos canarios, cantemos.

Publicado en EL PAIS el 9 de marzo de 2012

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Elecciones a la sombra de un farol

18 noviembre, 2011

Pura coincidencia o reflejo fiel del mundo en el que vivimos, los dos vuelcos electorales más recientes habidos en España, el de 2004 y, previsiblemente, el de este domingo 20, han discurrido en paralelo a acontecimientos (los atentados de Atocha y agravamiento de la crisis del euro) que muestran de forma dramática la completa imposibilidad de separar lo nacional de lo internacional. Hoy, como en 2004, los desafíos a la seguridad que la ciudadanía enfrenta, claro está, en magnitudes diferentes (seguridad física entonces, seguridad económica hoy), están tan fuera como dentro de nuestras fronteras.

Restaurar la credibilidad internacional de España y situar al país en primera fila del liderazgo europeo pasa inevitablemente por volver a la senda de crecimiento, crear empleo de calidad y mejorar nuestra productividad, en definitiva, enmendar nuestros errores pasados. Pero lo cierto es que los sacrificios derivados de los recortes presupuestarios y las reformas estructurales pueden ser inútiles si no vienen acompañados por decisiones europeas de calado. Si las encuestas no se equivocan, España está a punto de completar el cambio de Gobierno en los cuatro países del sur de Europa que hasta ahora más dificultades de financiación han sufrido. Las trayectorias de unos y otros son bien diferentes: desde el intervenido pero relativamente estable Portugal hasta la intervenida y permanentemente inestable Grecia, pasando por una Italia en libertad condicional, bajo gobierno técnico y con obligación de pasar por el juzgado regularmente y una España que, pese a haber acometido reformas importantes, se ha encontrado con que éstas no eran suficientes o eran ignoradas por los mercados.

Los gobiernos del sur de Europa ya han enseñado o están a punto de enseñar todas sus cartas: recortes, austeridad, gobiernos técnicos, lo que sea necesario, aunque no haya mucho más en el repertorio. Además, el gélido recibimiento de los mercados a los gobiernos tecnócratas de Grecia e Italia, sumado al alza de la prima de riesgo que está viviendo España, son la mejor prueba de que las soluciones a la crisis están mucho más fuera que dentro de nuestras fronteras. Da la impresión de que los mercados han descontado las reformas en el ámbito nacional, es decir, dan por hecho que las habrá, y que serán duras, pero parecen haber llegado por adelantado a una conclusión a la que los líderes europeos todavía no han llegado: que la crisis estará viva mientras los mercados duden de si Alemania y el Banco Central Europeo están dispuestos a actuar como prestamistas de última instancia. Eso es en definitiva lo que se está dilucidando estos días.

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