Posts Tagged ‘Putin’

El yudoca acorralado

3 marzo, 2015

PUTIN_RUSOLos politólogos solemos ser escépticos respecto a las explicaciones basadas en la personalidad. Para nosotros, la política se entiende desde los intereses de los actores, sus acciones se comprenden desde la racionalidad y las políticas se explican como la confluencia de actores e intereses en las instituciones. Es por ello que más allá de algunas observaciones sobre el carisma, la personalidad de los líderes no suele importar mucho: como se supone que los políticos son sólo actores que interpretan intereses, da igual que pongamos a uno o a otro al frente.

Este desdén es aún mayor en el ámbito de las relaciones internacionales pues, para la mayoría de los especialistas, son sobre todo las estructuras las que explican los comportamientos de los Gobiernos. Aplicado al análisis de la conducta de Putin, ese punto de vista nos llevaría a intentar objetivar sus actuaciones refiriéndolas a una lógica de competición por el territorio y los recursos económicos, es decir, a una lógica geopolítica en la que los actores buscan maximizar el interés del Estado. Las personas no serían demasiado relevantes: si quitáramos a Putin del poder, su sucesor se comportaría de forma muy similar. Punto final.

Si esta explicación les parece correcta, dejen de leer aquí. Pero si les parece demasiado perfecta, sigan leyendo. Dicen los expertos en psicología política que los líderes, más que a una ideología o a una serie de intereses objetivos, obedecen a una serie de orientaciones cognitivas básicas adquiridas en algún momento, y que estos hechos definitorios son los que acompañan su actuación política a lo largo de todas sus vidas. Siguiendo este camino, para entender a un político bastaría con saber dos cosas: lo que a toda costa quiere lograr y lo que a toda costa quiere evitar.

Dos hechos son los que parecen marcar el carácter de Putin. Como él mismo ha contado en alguna de las raras entrevistas en las que ha accedido a hablar de sí mismo, el primero es que su físico siempre supuso un contenedor demasiado pequeño para un carácter muy grande. Su estrategia para resolver esta contradicción en su infancia, proclamar continuamente su deseo de ser luchador y enzarzarse con cualquiera que quisiera poner a prueba su determinación, lo dice todo: como la Rusia de hoy que él dirige, que no es ni mucho menos una superpotencia pero quiere parecerlo, Putin siempre quiso boxear por encima de su peso. El otro hecho relevante es el colapso de la República Democrática Alemana y la consiguiente caída del muro de Berlín, que sorprendió a Putin como oficial del KGB en la ciudad germano-oriental de Dresde, obligándolo a quemar documentación comprometedora en el patio de su sede, incluso enfrentándose pistola en mano a los manifestantes que intentaban asaltar la sede del KGB. Si esto es cierto, y lo que Putin siempre ha querido a toda costa es lograr la aceptación de los demás y, paralelamente, lo que más odia es ser presionado o verse desbordado por la presión, es evidente que Occidente ha activado los dos resortes psicológicos que más le motivan.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 4 de diciembre de 2014

Cuatro mundos

11 noviembre, 2014

guerra_de_trincheras“Si su artículo comienza con ‘desde el fin de la Guerra Fría’ no se moleste en enviarlo”. Así comenzaban las instrucciones para potenciales contribuyentes que la revista Foreign Policy incluía en sus páginas hace sólo una década cuando lanzó su edición española. Dicho en otras palabras, el consenso hace diez años era que la Guerra Fría era historia antigua y que nada de ella se proyectaba sobre el presente.

El siglo XIX había terminado en 1914, se nos decía, y el siglo XXI había comenzado en 1989. Desde esa óptica, los atentados del 11-S en septiembre de 2001 no eran sino la confirmación de que el siglo XXI iba a estar dominado por la unipolaridad militar (con una sola hegemonía, Estados Unidos), y la multilateralidad económica, con múltiples países en emergencia, especialmente en Asia (China, India), pero también en América Latina (Brasil, México). En ausencia de un nombre mejor y haciendo alarde de poca imaginación, decidimos llamar a esta situación “pos- Guerra Fría”.

Hoy, una década más tarde,nos hemos visto debatiendo sobre dónde estábamos. ¿Estamos en 1914, en el preludio de un nuevo conflicto global, esta vez desencadenado en Asia por las tensiones entre China y sus vecinos? A favor del planteamiento jugaría el hecho de que, recordemos, 1914 probó que la interdependencia económica no siempre es una garantía de paz. Al revés, desde las guerras del Peloponeso, sabemos que las rivalidades y recelos que genera el ascenso de unos suele generar tensiones, realineamientos estratégicos e, incluso, errores de cálculo que pueden llevar al conflicto a pesar de que los actores no lo busquen deliberadamente. Por tanto, ojo con la combinación de nacionalismo, autoritarismo e irredentismo: el Mar de la China meridional podría convertirse en la cuenca del Ruhr del siglo XXI.

No, nos dicen otros, fundamentalmente en Europa Central y Oriental y los países bálticos: estamos en 1938, y el problema es que no comprendemos que el hecho de que Crimea no sea importante estratégicamente no es lo relevante. Lo que importa, dicen, es que si no entendemos correctamente la lógica expansionista y afirmativa de una Rusia que se siente humillada por cómo se cerró la Guerra Fría, no entenderemos que debemos plantar cara a Moscú, trazar una línea roja y renunciar al apaciguamiento. Por tanto, al igual que un Hitler resentido con el Tratado de Versalles entendió la cesión de los Sudetes como una luz verde para proseguir con sus ambiciones territoriales, Putin interpretará nuestra debilidad en Ucrania como una señal de debilidad que le permita restaurar el territorio y el honor de una Rusia herida. Como el propio Putin ha declarado recientemente en un discurso pronunciado en el Foro Valdai en Sochi, la URSS se disolvió sin que ni siquiera se firmara un Tratado especificando la posición de Rusia en la pos Guerra Fría.

Para un tercer grupo no estaríamos en 1938 sino en 1945, al comienzo de una nueva Guerra Fría, obligados a pensar cómo contener las ambiciones imperialistas de Rusia, esta vez disfrazadas de nacionalismo étnico y aupadas en el petróleo y el gas, pero evitando un devastador conflicto militar. Debemos combinar pues las sanciones y el aislamiento con acuerdos de coexistencia, pero sin mezclarnos.

Y para concluir, la confusión es tal, fíjense, que hay quienes incluso dicen que estamos en 2014, y que ni 1914, 1938 o 1945 sirven para entender nada de lo que nos está pasando. Y tienen razón: 25 años después de la caída del Muro, seguimos sin saber en qué mundo vivimos.

Publicado en el Diario ELPAIS el 5 de noviembre de 2014

La estrategia del caos

3 octubre, 2014

Armed pro-Russian separatists look on at a town center in Snizhnye in eastern UkraineMuchas discusiones sobre Ucrania versan estos días sobre si Vladímir Putin tiene una estrategia y, en caso afirmativo, en qué consiste. Las opiniones están divididas: unos piensan que la confusión y el caos al que asistimos es producto del desconcierto de un Putin que, viéndose continuamente desbordado por los acontecimientos, ha ido improvisando una respuesta tras otra; otros sostienen, por el contrario, que las acciones de Putin obedecen a una estrategia trazada y diseñada desde hace tiempo.

Pero lo cierto es que las dos versiones son compatibles. Putin tenía una estrategia; consistía en construir una esfera de influencia en torno a Rusia. La Unión Euroasiática, que se extendería desde Bielorrusia hasta Kazajistán, era a la vez un proyecto económico y político. Su objetivo era lograr tanto la independencia económica como geopolítica de Rusia respecto a Occidente. Ese proyecto naufragó en el Maidán de Kiev, pues una parte sustantiva de la población de Ucrania se negó a secundarlo. Ese fue y es el mayor error de Putin: no entender primero y no aceptar todavía hoy que las aspiraciones de la ciudadanía no son ser dominados por una élite autoritaria y corrupta que se envuelve en la bandera para perpetuarse en el poder y enriquecerse.

Como demostró el Maidán, a poco que exista una mínima libertad de información y algo de pluralismo político, la gente preferirá una sociedad abierta y democrática a una cerrada y chovinista.

De ese error de cálculo de Putin nace su estrategia actual. Sin Ucrania es imposible seguir adelante con la Unión Euroasiática, lo que supone algo más que un revés para su política exterior: por un lado impide a Rusia lograr su autonomía económica y geopolítica, es decir, independizarse de Occidente; por otro, es evidente que una Ucrania democrática, próspera e integrada en Occidente ofrecería a la población rusa un modelo al que aspirar, poniendo en peligro el sistema político vertical que Putin con tanto esmero ha construido. De ahí que para Putin esta crisis tenga un carácter existencial.

Entendida correctamente la naturaleza de esta crisis y la percepción dominante en Moscú, las consecuencias son tan claras como preocupantes. Porque si el destino de Putin y el de Ucrania están tan íntimamente vinculados como parece, entonces la crisis no ha hecho más que empezar. Fracasado el objetivo primigenio de Putin de incorporar a Ucrania a su esfera de influencia, su estrategia sólo tiene un desarrollo posible: prevenir que Ucrania prospere, se democratice y se abra a Occidente. Ese objetivo requiere sumergirla en el caos, mantener vivo el conflicto armado y cercenar sus posibilidades de recuperación económica. Por eso, las sanciones económicas a Rusia, aunque muy severas e inevitables, no van a lograr fácilmente su objetivo. Al revés: según se aproxime el invierno y la cuestión energética cobre importancia, la Unión Europea y Estados Unidos se verán obligados a sostener económicamente a Ucrania. Rusia no sólo está dispuesta a pagar un alto precio por Ucrania sino a imponer uno aún más elevado a los demás.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 5 de septiembre de 2014

El espejo ruso se ha roto

1 septiembre, 2014

brokenglassDurante la década pasada, la Europa democrática construyó una imagen de Rusia que correspondía a la de un país inmerso en un tan intenso como irreversible proceso de modernización político, económico y social. El desarrollo económico, se auguraba, crearía una sociedad de clases medias donde, como en tantos otros lugares de la Europa de la posguerra fría, los individuos aspirarían a realizarse como personas en un marco de libertad, derechos y prosperidad compartida. Como es propio de las sociedades democráticas, en esa sociedad, losaparatosdel Estado, tan omnipresentes en la historia de Rusia, verían su protagonismo disminuido a favor de los ciudadanos, las empresas y los consumidores, que serían, por fin, tanto los protagonistas como los dueños de su futuro. Muchos soñaron incluso, si no con la adhesión de Rusia a la Unión Europea, con el establecimiento de un marco tan estrecho de relaciones en el que cupiera “todo menos las instituciones”.

Aunque retrospectivamente pudiera parecer que este análisis confundía los deseos con la realidad, este devenir de los acontecimientos era sumamente plausible. El presidente Dmitri Medvédev no sólo parecía empeñado en la modernización del país, lo que suponía cambiar el modelo del crecimiento desde uno basado en la extracción y exportación de materias primas a una sociedad de servicios abierta al conocimiento y la innovación, sino que contaba para ello con el concurso de socios estratégicos claves. Alemania, con su increíble capacidad exportadora e inversora, pero también el resto de la comunidad occidental, deseosa de hacer un hueco a Rusia en instituciones como el G-7, lograrían poco a poco la inserción de Rusia el sistema político y económico multilateral.

Aunque muchos no lo percibieran entonces (ahora sí que resulta evidente), ese espejo ruso se rompió en septiembre de 2009 cuando Vladímir Putin, que ya había completado dos mandatos como presidente, anunció su intención de presentarse como candidato a la presidencia en las elecciones que se celebrarían en 2012. El propio Mijaíl Gorbachov, que en el pasado había alabado a Putin como un modernizador, mostró públicamente su preocupación por este giro que tomaba la política rusa y pidió a Putin que reconsiderara su decisión. Proféticamente, Gorbachov anticipó que la reelección de Putin ahondaría el impás en el que se encontraba el proceso de modernización económico y significaría la pérdida de cinco años cruciales. Un retrato que representaba a un Putin en el año 2025, envejecido y en uniforme militar plagado de medallas, corrió como la pólvora por la blogosfera y las redes sociales rusas: Putin se había transfigurado en Leónidas Bréznev, secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética entre 1964 y 1982, máximo representante del estancamiento y del inmovilismo que llevó a la URSS al colapso.

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10/10

18 julio, 2014

10La nota es 10/10: esa es la calificación que Rusia ha obtenido en Ucrania. El orden europeo se asienta sobre 10 principios. Pues bien, la Federación Rusa ha violado todos y cada uno de ellos. Esa es la conclusión, acompañada de una dura condena, de la Asamblea Parlamentaria de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), de la que forman parte 57 Estados de Europa, Asia Central y América del Norte, reunida en Bakú el pasado 2 de julio. Esos 10 principios fueron consagrados en el Acta Final de Helsinki de 1975, que es la clave de bóveda del orden de seguridad europeo. El llamado “decálogo de Helsinki” establece la igualdad de los Estados; la abstención del uso de la fuerza; la inviolabilidad de las fronteras; la integridad territorial; la obligatoriedad de la resolución pacífica de las disputas; la no intervención en los asuntos internos de otros países; el respeto de los derechos humanos y libertades fundamentales; el derecho a la autonomía de los pueblos; la cooperación entre Estados, y el respeto a las obligaciones derivadas del derecho internacional.

En contraste con estos principios, Moscú se ha anexionado Crimea, modificando por la fuerza las fronteras de Europa. Además de apoyar con armas y dinero a los secesionistas prorrusos en el Este de Ucrania, se ha negado tanto a aceptar el despliegue de observadores militares en la frontera como a someter a la OSCE sus quejas sobre las supuestas violaciones de los derechos de esa minoría. Estados Unidos y la Unión Europea han insistido en numerosas ocasiones en la necesidad de resolver el conflicto ucranio de forma pacífica. También han insistido en que las sanciones a Rusia no son un castigo, sino un incentivo para la negociación, de ahí su moderación y gradualidad.

Pero Putin no está dispuesto a aceptar un proceso que inevitablemente desembocaría en el desarme de las milicias prorrusas, dirigidas por Igor Strelkov, un militar ruso que no oculta su identidad, y en el despliegue de observadores internacionales en el Este de Ucrania. En estas circunstancias, la tercera ronda de sanciones económicas a Rusia, aprobadas ayer de forma coordinada por Washington y Bruselas, eran inevitables.

Todo este conflicto, recordemos, comenzó porque Rusia quiso evitar que Ucrania firmara un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, un acuerdo que a los ojos de Putin haría que Kiev basculara hacia el Oeste haciendo, además, inviable su proyecto de Unión Euroasiática. Si el objetivo de Putin era evitar ese acuerdo, su fracaso es evidente pues ese acuerdo, junto con uno similar con Moldavia y Georgia, se firmó el 27 de junio. Putin ha ganado Crimea, pero ha perdido Ucrania, y está cada vez más aislado. Dada su trayectoria y su visión del mundo, sabemos que no aceptará aparecer como el perdedor. Atentos a su próximo movimiento.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 18 de julio de 2014

La UE ha ganado, Rusia ha perdido

10 julio, 2014

ucraniaSuena extraño, sí. Debe ser la falta de costumbre. La Unión Europea no suele ser fuente de buenas noticias. Pero si echan la vista atrás, y sobre todo si echan la vista hacia delante, observarán que, pese al despliegue de retórica nacionalista y músculo militar con el que Putin nos ha obsequiado estos últimos meses, la cruda realidad es que Rusia ha perdido y la UE ha ganado.

A primera vista, Rusia no sólo se ha anexionado Crimea, sino que ha logrado mantener el este de Ucrania bajo control de las milicias prorrusas. Por tanto, Rusia no sólo se habría cobrado una pieza de altísimo valor estratégico (la península de Crimea y la base naval de Sebastopol), sino logrado su segundo objetivo: desestabilizar Ucrania. Pero Moscú habría logrado algo incomparablemente más valioso: lograr desafiar el orden europeo de la posguerra fría, basado en la inviolabilidad de las fronteras y en el rechazo al uso de la fuerza, sin pagar precio alguno por ello, degradando sustancialmente la capacidad de disuasión de la OTAN, convertida en una herramienta patéticamente inútil.

Pero ahora, denle la vuelta a la situación. Si el objetivo de Rusia era mantener a Ucrania en su esfera de influencia, su fracaso es que más que evidente. Las elecciones del 25 de mayo, calificadas como limpias y justas por la comunidad internacional, lejos de llevar al poder a la extrema derecha nacionalista y antisemita, como algunos predecían, han llevado al poder a un presidente, Petro Poroshenko, que goza de una gran legitimidad para estabilizar el país y orientarlo hacia la UE (eso, si no comete los errores de sus antecesores). Sin Ucrania, la Unión Euroasiática que Rusia ambiciona no tiene entidad suficiente para convertirse en un polo de poder alternativo. Y en cuanto al acercamiento energético entre Rusia y China, es evidente que los chinos son demasiado listos para confundir los intereses de Moscú con los suyos propios.

Moscú ha recibido el mensaje: sus conquistas tendrían un coste económico prohibitivo
El problema de Rusia es que ha ganado un juego obsoleto. La Unión Europea, que se ha negado a jugar el juego de la disuasión militar y las esferas de influencia, ha entendido mucho mejor cuáles son las dinámicas de poder que hoy importan. Las dos primeras rondas de sanciones adoptadas por la UE y EE UU, junto con la amenaza de una tercera ronda de profundo calado, han estado muy bien calibradas. Han hecho llegar a Moscú un mensaje crucial: que sus conquistas geopolíticas tendrían un coste económico prohibitivo. La economía rusa, necesitada de una profunda modernización, no puede vivir aislada de la Unión Europea, que sigue siendo la principal economía del mundo y líder mundial en comercio e inversiones. Como hemos experimentado estos últimos años de forma tan vívida, fuera de los mercados financieros no hay soberanía. Bienvenidos a la realidad del siglo XXI, queridos amigos rusos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 13 de junio de 2014

La mano rusa

18 mayo, 2014

mano rusaEl guión de lo que ocurre en el este de Ucrania es demasiado familiar. De hecho, es idéntico al que llevó a la conversión de Bosnia-Herzegovina en un Estado aparentemente federal, pero en realidad fragmentado y fallido debido a la inexistencia de estructuras institucionales que pudieran asegurar el funcionamiento integrado del Estado. Esa federalización, consagrada en los acuerdos de la base de Dayton de 1995, fue un error mayúsculo: significó la conversión de una victoria sobre el nacionalismo serbio de Milosevic, finalmente derrotado, en el logro por parte de los serbobosnios de aquello por lo que habían luchado: la organización del país de acuerdo a líneas étnicas. Trágicamente, la cantonalización consagró y endureció las divisiones étnicas que se tenían que haber transcendido.

Ahora, la pendiente por la que nos deslizamos en Ucrania es la misma. Donde entonces tuvimos un aparato político-militar dirigido por Radovan Karadzic y Ratko Mladic, ahora asistimos también a la emergencia de estructuras políticas y militares paralelas como la autoproclamada República de Donetsk y el llamado Ejército Popular del Donbás. Algunos observadores externos siguen pensando, con una inocencia digna de encomiar, que todos estos movimientos e insurrecciones son espontáneos. Pero, como ocurrió en Bosnia en su momento, y el Tribunal Penal Internacional para los crímenes en la antigua Yugoslavia probó, están instigados y apoyados logística y políticamente desde el exterior, entonces Serbia, hoy Rusia.

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Pobre Rusia

16 mayo, 2014

putin2Las acciones de Rusia no son más que la respuesta legítima y, por cierto, sumamente contenida, a las constantes humillaciones sufridas por ese país desde que en 1991 decidiera abandonar el comunismo. Depuestas las armas por el eterno rival ideológico y seguro de su supremacía económica y militar, Occidente se ha dedicado a someter y humillar a Rusia de tal manera que nunca pueda volver a resurgir. Este programa se habría ejecutado valiéndose de una doble pinza formada, en primer lugar, por instrumentos económicos como las inversiones en sectores clave de la economía rusa (materias primas e hidrocarburos), pero de forma más profunda y dañina aún mediante la imposición por parte del FMI de un programa de privatizaciones que habría destruido el Estado social ruso, socavado las perspectivas de una democracia real y creado una clase de oligarcas corruptos sin más principios que el enriquecimiento y el servilismo a Wall Street y la City.

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Vasallos

11 abril, 2014

vassallosHay algo común a todos los imperios: considerar a sus vecinos como vasallos, nunca como iguales. De ahí que sus relaciones con ellos partan del supuesto de la soberanía limitada: el imperio tiene soberanía completa pero no así sus vecinos ¿Dónde acaba la soberanía del vasallo? Donde empiezan, uno, los superiores intereses estratégicos de la metrópoli, que permiten considerar nulo de pleno derecho cualquier acuerdo anterior que contradiga estos intereses y, dos, donde la soberanía del vasallo entra en conflicto con la responsabilidad especial que el imperio tiene de proteger a aquellos súbditos suyos que viven en los estados vecinos.

Es lo que hemos visto este mes pasado con la anexión de Crimea. Rusia, con la excusa de sus intereses estratégicos y la necesidad de proteger a la población rusa, ha violado los acuerdos de Helsinki de 1975 sobre el respeto a la integridad territorial de los estados y el llamado Memorándum de Budapest de 1994 en el que, a cambio de que Ucrania renunciara al arsenal nuclear heredado de la extinta Unión Soviética, Moscú se comprometía a preservar su integridad territorial (nótese el escalofriante mensaje que se pasa a Irán y a Corea del Norte: renuncia a las armas nucleares y te invadiremos).

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Perplejidad

9 marzo, 2014

PutinNo sabemos jugar a este juego de hinchar el pecho y mirar desafiantes a los ojos. Y se nos nota. Ni siquiera lo entendemos. Nuestra mirada es de perplejidad: echamos un paso atrás y nos preguntamos, ¿por qué actúa así? Putin nos recuerda al matón de patio, al bully que se quiere imponer por la fuerza y con quien de nada vale dialogar. Al contrario, el diálogo refuerza su agresividad. Él tiene su lógica, impecable y cristalina, reflejo de unos intereses muy nítidos: “esto es mío y si lo tocas te aplasto”.

Dicen sus biógrafos que su etapa escolar estuvo muy marcada por la necesidad de emplearse a fondo con los puños para convencer a los matones de que su carácter estaba muy por encima de su físico (nada imponente en altura y envergadura). ¿Es ahí donde se forjó este carácter que vemos hoy en día? Puede que esto no sea más que caduca psicología barata. Pero igual que los economistas están volviendo a la psicología para entender mejor una serie de comportamientos (aparentemente irracionales) de los actores económicos que no encajan en los modelos teóricos más usados, quizá haya llegado la hora de que los politólogos también volvamos al análisis de la personalidad para entender por qué determinados conflictos no encajan del todo en nuestras teorías de relaciones internacionales. Algunos dirán que sí, que el neorrealismo estructural (una reformulación algo pedantona de la vieja teoría del equilibrio de poder) lo explica todo. Pero como mucho explica sólo una parte de este conflicto, la otra, la rusa.

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