Posts Tagged ‘politica’

No son unas primarias

16 mayo, 2014

urnaTrescientos noventa millones de europeos están convocados a las urnas los próximos días 22-25 de mayo en unas elecciones que coinciden con una de las crisis más profundas de la historia de la integración europea. Se trata de una crisis que es económica pero también política y de legitimidad, ya que dentro de la Unión Europea se ha abierto una gran brecha entre elites y ciudadanos y entre deudores y acreedores. Ello ha situado a toda Europa en un callejón sin salida pues las medidas que los técnicos proponen para salir de la crisis rara o difícilmente obtienen el consentimiento popular y las medidas que obtendrían el consentimiento popular no pueden ser puestas en marcha.

Es en esa tensión entre democracia y eficacia en la que se alimenta un peligroso círculo vicioso entre populismo y tecnocracia del que se nutre la deslegitimación de las democracias, la desafección con el proyecto europeo y el auge de las fuerzas populistas al que estamos asistiendo. Un importante avance de los eurófobos redundaría, por un lado, en unos gobiernos menos proclives a avanzar en la integración europea y, por otro, en un Parlamento Europeo con menos legitimidad que prestar a esas medidas de refuerzo de la gobernanza en la eurozona. También nos llevaría hacia una Europa cada vez más en contradicción con sus propios valores de solidaridad y de apertura.

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Bota Europa

25 abril, 2014

botarSí, han leído bien. Bota con b. Con v no se puede, porque violaría la ley electoral. Es España un curioso país donde debido a una interpretación de la ley electoral tan restrictiva como absurda por parte de la Junta Electoral Central, los poderes públicos no pueden instar a los electores a la participación, sólo informar de la fecha y procedimiento de votación. Dicho de una forma más clara: la abstención aparece en nuestra legislación como un bien jurídico que debe ser protegido en las mismas condiciones que la participación; fomentar esta supondría “orientar el voto de los electores”, algo que el artículo 50.1 de la ley electoral (LOREG) prohíbe.

Esta prohibición, que sólo afecta a España, no así a los otros 27 miembros de la Unión, da lugar a situaciones ridículas. Como la campaña institucional del Parlamento Europeo es única para toda la UE, resulta que a su paso por los Pirineos, toda la cartelería, logos, folletos, cuñas de radio y videos tienen que ser expurgados de cualquier peligrosa incitación al voto, como en tiempos con la pornografía. El censor español tiene entonces que irse al programa de edición de imágenes de turno y quitar esa bonita urna azul que alguien había puesto en la pegatina, editar el cartel para quitar la palabra Vota o recortar el video para que no salga nadie introduciendo una papeleta en una urna.

Más allá de las incomodidades prácticas que esta limitación genera, su calificación desde el punto de vista político no puede ser otra que la del disparate. Puede que esta sea una afirmación polémica en un momento de máxima desafección, seguramente justificada, con la política, pero no cabe duda de que un sistema democrático será más representativo de la ciudadanía cuanto más elevada sea la participación. Votar no es lo mismo que no votar. Prueba de ello es que en algunos países de nuestro entorno (Bélgica, Chipre, Grecia, Italia y Luxemburgo) pervive la obligatoriedad del voto, que incluye sanciones que van desde los 25 euros de los belgas a los 200 de los chipriotas o a los 1.000 para los luxemburgueses reincidentes. Cosa bien distinta es que dichas sanciones sean excepcionales o que, típicamente, como es el caso de Italia, no estén previstas, pero la Constitución italiana establece en su artículo 48 que votar es un deber cívico, porque eso es lo que es. Sin ir tan lejos, parece evidente que dada una oferta razonable de opciones electorales, a las que se puede sumar, como voto de castigo o protesta, el voto deliberadamente nulo o el voto blanco, cuesta entender que participación y abstención puedan ser equiparados.

Además, en el caso de las elecciones europeas se utiliza un sistema proporcional y, en casi todos los países, con un distrito único, lo que permite lograr representación a partidos que en otras circunstancias no suelen obtenerla. Para colmo, en estas elecciones europeas, no sólo existe una oferta más que suficiente de partidos críticos con la Unión Europea sino un auge más que previsible de partidos euroescépticos o, directamente, eurófobos. Curiosamente, si adoptamos la acepción más común en América Latina del verbo botar, el título de esta columna sería un buen eslogan de campaña para ellos.

Publicada en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 11 de abril de 2014

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La política del odio

11 octubre, 2013

odioLa política del odio nos inunda. En EEUU, el odio del Tea Party hacia todo lo que representa Obama lleva al cierre del gobierno y pone al país al borde del colapso económico, equiparando para ello la introducción de un seguro sanitario (privado, por cierto) a una amenaza existencial contra el modo de vida americano. En Rusia, el régimen de Putin, que normalmente centra su retórica en la amenaza yihadista y el unilateralismo estadounidense, inflama los ánimos contra los gays, prohibiendo lo que denomina “propaganda homosexual”. En el Reino Unido, los extremistas del UKIP piden la expulsión no ya de los inmigrantes extracomunitarios, sino de ciudadanos de la propia Unión Europea provenientes de aquellos países cuya adhesión a la UE Londres siempre ha promovido. Y por el resto de Europa, desde Hungría a Grecia, pasando por Finlandia o Francia e incluso España, los que odian se reagrupan para sacar tajada de la debilidad de las instituciones nacionales y europeas y captar votos con mensajes basados en la etnia, la pobreza, la ignorancia o la supuesta inferioridad cultural de otros.

Tanta irracionalidad provoca perplejidad. Pero cuidado: es una constante en la historia que los que son odiados no suelen entender por qué lo son, lo que a veces les lleva a no advertir a tiempo la gravedad de la amenaza que se cierne sobre ellos. En su poderosísimo libro, El problema con el Islam, Irshad Manji, la feminista islámica y activista lesbiana asentada en Canadá, interpela a Alá en los siguientes términos: “Si tu eres el creador de todas las cosas, ¿por qué me creaste diferente y luego ordenaste a todos que me odiaran?” Una pregunta que viaja muy bien desde la religión al centro de la política contemporánea democrática. Si la democracia consiste precisamente en el reconocimiento y organización de la libertad individual, cómo se justifica entonces plantear la vida en democracia como una “guerra cultural”.

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El relato

16 septiembre, 2012

Relato. Es la palabra de moda entre los políticos. “No somos capaces de transmitir un relato”, dicen unos. “Necesitamos un relato”, se lamentan otros. A primera vista, no se trataría más que de una manera redicha de volvernos a colocar ese clásico de los gobernantes en horas bajas que constituye el tan manido “es que no sabemos explicar lo que hacemos”. El cambio de uno a otro suele ocurrir cuando el político, en lugar de indagar entre sus votantes las razones del descontento y someter sus políticas y errores a debate, prefiere acudir a un gabinete de comunicación política y disfrazar su falta de ideas bajo una nueva y prometedora, pero en realidad vacía, estrategia de comunicación.

Una cosa hay que reconocer. La afirmación “no nos explicamos bien”, tan indulgente y, en tiempos, tan recurrente, tenía por lo menos la virtud de la franqueza. Recuerda al “el fútbol es así” al que solían recurrir encogiéndose de hombros los entrenadores cuando el fútbol, antes de convertirse en un costosísimo espectáculo de masas, solo era un deporte y perder un partido entraba dentro de lo razonable.

Pero la política de hoy en día también se ha convertido en un espectáculo de masas. En el pasado, los políticos presentaban un programa a los ciudadanos y estos votaban a unos o a otros. Dado que los intereses y las preferencias de los votantes estaban bastante claras, no hacía falta una oferta política muy grande. Tanto en EE UU como en la mayoría de las democracias europeas posteriores a la segunda guerra mundial, conservadores o liberales, socialdemócratas o demócrata-cristianos, se alternaban en el poder con bastante naturalidad en función de sus aciertos y errores. Las reglas del juego estaban más o menos claras: si después de cuatro años habías beneficiado a más gente que perjudicado, ganabas. De lo contrario, perdías.

Pero con el transcurrir del tiempo, los conflictos de clase se han difuminado, las ideologías se han erosionado y han aparecido esos partidos de amplio espectro que los politólogos denominan atrapalotodo. Son partidos que, en su aspiración a gobernar, están dispuestos a hacer gala de toda la flexibilidad ideológica que haga falta y, lo que es más, no solo no hacen ascos a los votos que provienen del campo contrario sino que diseñan estrategias específicas para captarlos. Ahí es donde entra el relato como elemento que aspira a sustituir a las viejas ideologías y aglutinar a una amplia mayoría de la población.

Dos relatos dominan estos días el lenguaje de la política. Del lado estadounidense, las convenciones demócrata y republicana se han articulado en torno a un único elemento: “el sueño americano”, que dibuja EE UU como un país donde cualquiera que trabaje duro y sea honesto puede llegar a la cima sin que importe su origen y extracción social. El sueño americano es el relato político por antonomasia y las elecciones de noviembre se decidirán en función de quién interpreten los electores que representa mejor ese relato: el empresario millonario y mormón (Romney) o el hijo de un matrimonio mixto que llegó a Harvard (Obama). Tanto Michelle Obama describiendo a su padre fontanero como el alcalde de San Antonio, Julián Castro, recordando a su abuela limpiadora de casas, han tocado esa fibra con mucho éxito.

Del lado europeo, el relato dominante se llama “Estado del Bienestar”. Dado que, en su inmensa mayoría, los europeos creen que el estado tiene que asegurar a sus ciudadanos contra la enfermedad, el desempleo o la vejez, así como garantizar la igualdad de oportunidades mediante un sistema educativo gratuito y universal, el debate político europeo no versa sobre si abolir el Estado del Bienestar o no, sino, al menos formalmente, sobre cómo preservarlo. Por eso, al igual que en EE UU no podría ser elegido presidente nadie que se confesara ateo, en Europa pasaría lo mismo con cualquier político que propusiera eliminar los impuestos progresivos y dejar totalmente en manos privadas la provisión de las pensiones, la salud o la educación. Como prueba esta crisis, sea cierto o no, todos aspiran a hacer funcionar el Estado de Bienestar de forma más eficiente y a más bajo coste.

Paradójicamente, aunque allí le llamen “sueño americano” y aquí “Estado del Bienestar”, las consecuencias son muy parecidas pues la política queda reducida a una competencia en torno a quién interpreta y mejor defiende las emociones colectivas y las campañas electorales, en lugar de favorecer una discusión racional sobre qué políticas se deben adoptar, se convierten en un concurso de interpretación de relatos que conceden al ganador un amplísimo margen para gobernar libre de compromisos concretos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el sábado 15 de septiembre de 2012

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