Posts Tagged ‘política exterior’

Volver al mundo

17 diciembre, 2015

Captura de pantalla 2015-12-17 09.16.24Si las encuestas no se equivocan, nos adentramos en terra incognita. Pero gobierne quien gobierne después del 20-D, España deberá volver al mundo. Para hacerlo deberá primero superar tres obstáculos que han lastrado su proyección internacional. El primero es nuestra ausencia de los grandes foros internacionales. Pese a la internacionalización de su economía, el carácter global de su lengua o su posición geográfica a caballo entre América, Europa y el norte de África, ni España acoge ningún foro internacional relevante ni hay suficientes españoles en los foros o instituciones más importantes donde se debaten las ideas y se construyen las redes sobre las que se asienta la influencia de un país. Reforzar esa presencia es una tarea de todos: del Gobierno, oposición, empresas, medios de comunicación y sociedad civil. Sin ella, España será irrelevante en las decisiones que afectan a su futuro.

 El segundo lastre tiene que ver con la calidad de sus instrumentos de acción exterior, que antes de la crisis experimentaron procesos de crecimiento acelerado y sin mucho criterio para luego sufrir un proceso de recortes que ha dejado maltrecha nuestra capacidad de acción exterior. Destaca la burbuja armamentística, tan escandalosa como inadvertida por la ciudadanía, responsable de un reguero de deudas cuya satisfacción ha requerido enormes sacrificios presupuestarios en tiempos de crisis y que por ende ha dejado a nuestras Fuerzas Armadas en unos preocupantes niveles de operatividad. Pero tampoco le van a la zaga los excesos de la cooperación al desarrollo en tiempos de bonanza, ahora convertidos en escasez crónica de recursos esenciales para construir un mundo más justo. Aquí como en tantos otros sectores, el espacio para las reformas y la sostenibilidad a largo plazo ha desaparecido bajo el péndulo que va de la burbuja sin control al recorte sin criterio. Ese tridente de acción exterior que forman la cooperación, la diplomacia y las políticas de paz y seguridad tiene que ser recompuesto para que sirva a los intereses de nuestro país.

El tercer elemento tiene que ver con la baja calidad de nuestro debate público sobre cuestiones internacionales. Como en otros ámbitos de nuestra vida pública, aquí también la polarización y los clichés sustituyen con demasiada frecuencia al intercambio de argumentos y datos. Es difícil no sentir envidia ante los debates habidos estos días en Reino Unido y Alemania sobre cómo actuar en reacción a los atentados de París: dos países con culturas de seguridad radicalmente distintas han mostrado un mismo aprecio por el rigor y la calidad del debate público.

 Sin esos tres elementos (presencia internacional, instrumentos eficaces y debate de calidad) los españoles seguiremos haciendo eso que tan bien se nos da desde siempre: debatir apasionadamente entre nosotros mismos, de espaldas al mundo y sin ninguna posibilidad de incidencia real sobre los problemas que nos afectan.

Dos problemas marcarán nuestro futuro más inmediato. El primero es la cuestión europea. El proyecto europeo, digámoslo sin tapujos, está gripado. Su exasperante lentitud decisoria y la falta de instrumentos para actuar van a suponer una década perdida en términos de crecimiento y empleo para España. Europa entra en su octavo año de crisis sin haber resuelto Grecia y sin haber completado la unión económica y monetaria con los instrumentos de gobernanza económica y fiscal necesarios. La legitimidad de la Unión Europea pende casi exclusivamente de su eficacia. Si Europa no crece y no crea empleo no generará legitimidad entre la ciudadanía para sostener la integración política: al contrario, generará desafección, y con ello veremos aumentar más el nacionalismo, el populismo y la xenofobia, con la vuelta a las fronteras y a los egoísmos nacionales, como ya estamos viendo a raíz de la crisis de refugio y asilo. España, más pendiente de salvar el día a día que de mirar hacia el futuro, ha estado ausente del debate europeo o ha dejado que lo lideren otros, siendo difícil distinguir su impronta en los diseños que se han puesto encima de la mesa. Toca ahora volver a impulsar el proceso de integración, forjar las coaliciones necesarias y liderar la transformación de Europa para que sirva a las necesidades de España: de lo contrario, la ciudadanía dará la espalda al proyecto europeo.

Los problemas de arquitectura institucional y legitimidad política que experimenta la UE son, con todo, las ramas que no nos dejan ver el bosque, un bosque en el que siguen presentes enormes retos, desde el demográfico, al energético o la revolución digital, una nueva revolución industrial que está transformando el mundo y las relaciones de poder entre Estados y que a Europa se le está escapando entre los dedos por culpa de su fragmentación económica y su miopía política. El desfase entre los tiempos de la integración europea a 28 miembros y el ritmo de los cambios y necesidades económicos y tecnológicos sitúa a Europa en riesgo de entrar en un declive prolongado.

El segundo problema que vamos a enfrentar tiene que ver con nuestra seguridad exterior. La amable burbuja de seguridad dentro de la que el proyecto de integración europeo se ha desenvuelto durante décadas ya no está ahí. Finalizada la Guerra Fría pensamos que la retirada del paraguas estadounidense no requeriría la creación de una capacidad de defensa específicamente europea. Al contrario, la combinación del proceso de ampliación de la UE hacia el este de Europa con la modernización económica tanto de nuestra vecindad oriental como del norte de África generó un colchón de prosperidad que nos hizo pensar en la Europa de la seguridad y defensa más como una reliquia de la guerra fría que como una necesidad ineludible.

España, pese a su europeísmo, no ha sido ajena a este proceso de despreocupación por las cuestiones de seguridad y defensa, a lo que se ha añadido una crisis económica que las ha situado en segundo plano. Pero el espejo de la posguerra fría y el multilateralismo eficaz se ha roto. Nos guste o no, aunque Europa haya logrado la paz y esté en paz consigo misma, no va a vivir en paz. Porque el desafío que plantea el terrorismo yihadista va a requerir estrategias que integren todos los medios disponibles, incluido, en una u otra medida, el militar. Y lo va a requerir durante un tiempo prolongado y con apoyo de la sociedad. Dada su cultura de seguridad, no es probable que España esté en la primera línea; por eso precisamente deberá estudiar cómo contribuir a su propia seguridad y, a la vez, ser un socio valioso para sus vecinos, con quienes nos une un destino común y unos valores que queremos preservar. Volver al mundo no es una cuestión de orgullo, sino de responsabilidad en un momento extremadamente difícil para Europa.

Publicado en la edición impresa del Diario ElPAIS el lunes 14 de diciembre de 2015

José Ignacio Torreblanca es profesor en la UNED y director de la Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR).

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Inmigración, integración, terrorismo y libertad de circulación: la gran confusión

14 abril, 2015

4586245313_c31545b9fc_oEs lógico que en el fragor de la batalla las emociones se disparen. Pero tan peligrosos enemigos son aquellos que atentan contra nuestro modo de vida y libertades como los errores que podemos cometer si nos dejamos llevar por esas emociones. Es lo que en cierta medida ha ocurrido a raíz de los recientes atentados en París contra Charlie Hebdo y la comunidad judía cuando a caballo del shock y la repulsa por dichos ataques muchos se dejaron llevar por la tentación de mezclar en una misma y confusa amalgama la lucha contra el terrorismo, la política hacia Oriente Próximo, el control de fronteras, la inmigración irregular, la libertad de circulación de trabajadores, el papel del islam en nuestros espacios cívicos y la integración y asimilación de minorías de distinta cultura o religión en nuestras sociedades.

Prueba de esa confusión, en Francia vimos, por un lado, al presidente François Hollande encaramarse a la cubierta del portaviones Charles de Gaulle para declararse en guerra contra el Estado Islámico aunque hubiera dudas de si el atentado estaba inspirado por ese grupo o por Al Qaeda y tampoco estuviera muy claro si una reacción de tipo bélico y en caliente no era precisamente el objetivo del ataque o si pudiera tener efectos amplificadores incentivando futuros atentados. Por otro lado, ignorando deliberadamente que los atacantes parisienses eran ciudadanos franceses nacidos en Francia a los que difícilmente los controles fronterizos hubieran supuesto un impedimento para entrar y salir del país, escuchamos al expresidente Nicolas Sarkozy demandar el fin de la libertad de circulación dentro de la UE y la reinstauración de los controles de fronteras dentro del espacio Schengen. También asistimos a la enérgica demanda de Marine Le Pen y su xenófobo Frente Nacional de reinstaurar la pena de muerte o, en otros contextos como el español, la introducción en el Código Penal de la cadena perpetua, ambos objetivos populares entre muchos votantes pero de nula eficacia como instrumento de lucha contra el terrorismo yihadista. Y a ese coro de peticiones se sumaron reclamaciones en las que se mezclaba la hostilidad contra la comunidad musulmana en Francia con una revitalización de las discusiones en torno a la naturaleza violenta o pacífica del islam o su compatibilidad con la democracia. En definitiva, una gran y poco provechosa confusión.

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Impaciencia estratégica

3 marzo, 2015

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No suele asombrar que los europeos estén divididos en política exterior: cada capital tiene su historia, intereses y sensibilidades, lo que tiende a convertir cualquier intento de lograr una posición común en el seno de la UE en una pesadilla, máxime cuando se trata de imponer sanciones o adoptar una posición de dureza. Pero difícil no significa imposible: aunque los fracasos suelen ser siempre más ruidosos que los aciertos, la Unión Europea no siempre lo hace todo mal. Vean, por ejemplo, el caso de Irán. Cierto, el acuerdo respecto al programa nuclear iraní no está ni mucho menos cerrado, pero la combinación a partes iguales de perseverancia, unidad y sanciones económicas ha evitado un escenario catastrófico: ¿se imaginan que a la inestabilidad que tenemos en Libia, Siria, Irak y Palestina, añadiéramos ahora una campaña de bombardeos israelíes sobre las instalaciones nucleares iraníes? Por tanto, si el pasado enseña alguna lección es que, en política exterior como en otras materias, la paciencia siempre tiene una recompensa mientras que la impaciencia desbarata cualquier posibilidad de éxito.

Curiosamente, sin embargo, hay quienes en la Unión Europea parecen dispuestos a tirar por la borda la unidad tan costosamente lograda en los últimos meses en torno a Rusia. Y lo están haciendo precisamente desde Alemania, que es el corazón y motor que permitió lograr dicho acuerdo, donde se están manifestando fisuras dentro del Gobierno de coalición entre la canciller Merkel y su ministro de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, socialdemócrata, partidario de rebajar las sanciones a Rusia aunque Moscú siga manteniendo bajo su control el este de Ucrania y, por supuesto, ni se haya planteado devolver Crimea. Pocos apostaban al principio de esta crisis a que Italia, España o Francia entrarían en el camino de las sanciones, pero la evidencia de que Rusia estaba muy lejos de querer un acuerdo de paz que permitiera la reintegración de Ucrania llevó a Roma, Madrid y París a adoptar una posición de firmeza (recordemos que para Hollande eso ha supuesto la muy costosa renuncia a entregar a la Marina rusa los dos portahelicópteros contratados, uno con militares rusos operándolo en prácticas).

Nada hay nada erróneo en querer negociar con Rusia: desde el principio de esta crisis los europeos han dejado claro que no creen en el camino de la fuerza y sí en el del diálogo y que las sanciones son sólo un instrumento para que Rusia acepte una solución pactada. Pero ese acercamiento no puede cobrarse como primera víctima y condición previa la unidad territorial de Ucrania. Rusia ya amputó Osetia del Sur y Abjasia a Georgia, también ha amputado a Moldavia el territorio transnistrio y ahora hace lo mismo con Crimea y el este de Ucrania. Los ucranios han manifestado en demasiadas ocasiones, en la calle y en elecciones libres y democráticas, presidenciales y parlamentarias, que sus principios y valores son democráticos y europeos y que no quieren ser parte de una esfera de influencia rusa. Es por esa osadía por lo que Moscú les ha castigado, imponiéndoles la guerra, la penuria económica y la pérdida de territorio. Mientras nada de eso cambie, habrá poco de lo que hablar con Moscú.

Publicado en el Diario ELPAIS el jueves 27 de noviembre de 2014

El pasado como excusa

14 febrero, 2014

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Mercantilismo indiferente. Ese sería, a decir de los críticos acérrimos, el paradigma que habría dominado la política exterior alemana durante la legislatura anterior. ¡La China de Europa!, señalaban los más exaltados, solo preocupada por vender armas, comprar energía barata y abundante, no hacer muchas preguntas sobre la democracia y los derechos humanos y desentenderse de cualquier responsabilidad en lo relativo al mantenimiento de la paz y seguridad mundiales.

Criticamos con frecuencia la política europea de Merkel por cortoplacista (¿recuerdan cuando el ministro de Exteriores español, García-Margallo, dijo que Merkel “siempre llegaba 15 minutos tarde” a la crisis del euro?). Pues eso no ha sido nada comparado con la política exterior de Merkel y su ministro de Exteriores en el anterior Gobierno, el liberal Guido Westerwelle. No es que el tren llegara tarde, es que nunca salió de la estación. ¿Por qué esa diferencia entre una política y otra? Mientras en las cuestiones europeas, Merkel siempre ha tenido a su lado un ministro de Economía y Hacienda, Wolfgang Schäuble, mucho más europeísta y con más visión del largo plazo que ella, en Exteriores y en Defensa, los ministros de Merkel han tendido a reforzar su desinterés y desentendimiento en lugar de cuestionarlo.

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Dominios reservados

20 septiembre, 2013

nuclear-football-briefcase¿Debe un Presidente del Gobierno tener manos libres para llevar a su país a la guerra? ¿O, por el contrario, en una democracia tal decisión sólo debería poder ser tomada con el consentimiento de los representantes de los ciudadanos? Tradicionalmente, los Parlamentos han venido siendo convocados para legitimar ante la opinión pública decisiones respecto al uso de la fuerza ya tomadas. Dado que el control retrospectivo ha sido la norma y el control previo ha sido la excepción, nos llama especialmente la atención el caso de Siria donde, además, este control ha adoptado un carácter negativo o dudoso.

El caso británico ha sido el más evidente. La inesperada derrota de Cameron en los Comunes ha barrido de golpe décadas de relación especial con los EE UU y ha puesto en hibernación una política exterior y de seguridad sumamente proactiva. De no haber renunciado Obama a proseguir la vía militar en Siria, al menos temporalmente, hubiéramos asistido a un hecho inaudito en las últimas décadas: una crisis internacional en la que Londres no estaba presente codo con codo con Washington.

Pero el caso de Obama no ha sido menos espectacular. EE UU se caracteriza por tener una cultura de seguridad nacional en la que las diferencias partidistas son puestas inmediatamente entre paréntesis en caso de conflicto internacional. Sin embargo, en esta ocasión, el tradicional patriotismo estadounidense, reflejado en la frase “my country, right or wrong” (en traducción libre, “con mi país, para bien o para mal”), no ha servido para que la opinión pública otorgara un apoyo incondicional a Obama. Como allí, en virtud de su sistema electoral y su cultura política, los representantes populares no sólo son criaturas temerosas de Dios, sino también de sus electores, Obama, olfateando la posibilidad de una derrota o, alternativamente, de una victoria tan apretada como debilitante, no ha podido sentir más que alivio ante la apertura de una inesperada vía diplomática.

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España, sin política exterior

7 abril, 2013

Fotofamilia4_tn579x385La política exterior de España se encuentra en un estado crítico. Como consecuencia de la crisis, sí, pero también como resultado de las decisiones tomadas en los últimos años. Para justificar esta aseveración no hace falta más que mirar con algo de detenimiento a los tres pilares que conforman la acción exterior de cualquier país: la diplomacia, la defensa y el desarrollo.

En cuanto a la diplomacia, son varios los elementos, estructurales y coyunturales que se conjugan para crear esta situación. El más evidente tiene que ver con la crisis, que ha tenido un profundísimo impacto sobre la capacidad de actuación de España en el plano internacional. España, que siempre luchó por hacerse un hueco entre los grandes de la UE, tiene hoy extremadamente difícil no ya ser influyente sino ni siquiera hacerse oír en Europa, mucho menos fuera de ella.

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Prepublicación del libro: “La fragmentación del poder europeo”.

3 julio, 2011

Mientras el sueño americano languidece, un nuevo sueño europeo ve la luz”. Hace solo unos pocos años, exactamente en 2004, un estadounidense como Jeremy Rifkin podía hablar sin arrobo de un “sueño europeo”, un sueño basado en altos estándares de vida, unas democracias profundamente arraigadas y respetuosas con los derechos humanos, un Estado protector y solidario, una sociedad incluyente, una cultura tan rica como variada y un orden basado en el derecho, la negociación y el diálogo entre los Gobiernos. Pero además de rendirse admirado ante el modelo europeo, Rifkin podía contraponer ese modelo al suyo propio, el americano, que valoraba de forma sumamente negativa, casi como el reverso exacto del europeo en razón de sus desigualdades sociales, su insensibilidad medioambiental o el militarismo y agresividad de su política exterior.

“Los europeos”, afirmaba Rifkin, “han puesto ante nosotros la visión y el camino hacia una nueva tierra prometida para la humanidad”. “Europa”, concluía, “se ha convertido en la nueva ciudad en la colina”. Con ello apuntaba directamente a la línea de flotación de uno de los mitos fundacionales de la república americana, aquel basado en el sermón del pastor puritano John Winthrop a los colonos que en 1630 se disponían a arribar a las costas de Massachusetts en el barco Arbella,animándoles a construir la ciudad moralmente ejemplar de la que Jesús había hablado en el sermón de la montaña. La cita en cuestión, “Sois la luz del mundo. Una ciudad en la colina no puede ser escondida” (Mateo 5:14), plagó la retórica política americana durante toda la guerra fría, siendo utilizada desde Kennedy hasta Reagan, por lo que la provocación de Rifkin era más que evidente. Y para rematar esta ejecución sumaria del sueño americano, Rifkin proponía una solución que sin duda provocaría que millones de estadounidenses saltaran de sus sofás: “Si EE UU quiere tener futuro”, concluía Rifkin, “debería imitar a la UE”.  (more…)

Una España confusa en una Europa desorientada

1 enero, 2010

El actual periodo de transición e incertidumbre en la UE abre una presidencia de gestión y no de grandes transformaciones. El G-20, la crisis financiera y el marasmo europeo obligan a España a reflexionar sobre la necesidad de construir una presencia global propia. España inicia su presidencia europea en un momento de máxima confusión. Esta confusión tiene tres polos motrices: el G-20, el marasmo europeo y la crisis económica. (more…)