Posts Tagged ‘Obama’

El líder que volvió del frío

14 mayo, 2015

Obama 2Cuando el presidente Obama nació el 4 de agosto de 1961, Fidel Castro ya llevaba dos años en el poder. Y nueve días después de su nacimiento se levantaba el muro de Berlín. Así que cuando en junio de 1963, el presidente Kennedy pronunció su famoso “Ich bin ein Berliner” (“Soy berlinés”) para conmemorar el decimoquinto aniversario del bloqueo de Berlín, Barack Obama apenas habría comenzado a andar.

Unos meses antes de que el joven Obama alcanzara su mayoría de edad, un tipo con turbante y larga barba blanca proveniente de París se bajó del avión en Teherán y fue recibido por una multitud enfervorizada. Eso significa que cuando Obama alcanzó la edad legal para entrar en un bar y pedirse una cerveza, en la televisión de ese bar casi seguro que estarían retransmitiendo el asalto a la Embajada de Estados Unidos en Teherán y la toma de 52 rehenes, acontecido en noviembre de 1979. Y mientras celebraba las Navidades de 1979, el televisor escupía las imágenes de la invasión de Afganistán por el Ejército soviético para sostener a un Gobierno comunista acosado por la presión de unos muyahidines ya entonces apoyados por EE UU. “Menudo lío”, debió pensar el joven Obama. ¿Quién querría dirigir la política exterior de EE UU en esas condiciones?

Cuatro años más tarde, en 1983, mientras Obama todavía estaba en la Universidad, un viejo galán de Hollywood llamado Ronald Reagan pronunciaba un discurso ante un congreso de confesiones evangélicas en Orlando (Florida) en el que calificaba a la Unión Soviética como “el imperio del mal” y definía la Guerra Fría como un conflicto entre el bien y el mal, en el que EE UU, obviamente representaba el papel del bien. Y, efectivamente, para sorpresa de todos, la Unión Soviética terminó cayendo sólo seis años después.

¿Quién podría haber dicho a aquel joven Obama que un día, siendo presidente, iba a firmar la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán, reunirse con Raúl Castro para poner fin a casi seis décadas de confrontación con Cuba y abrir la puerta a una paz duradera con la teocracia iraní? Lo mejor de todo es que Obama, en una curiosa inversión de la secuencia habitual, ha recibido el Nobel de la Paz antes de hacer todas esas cosas. Resulta paradójico que la mayoría de los éxitos de Obama en política exterior hayan sido en temas heredados de otros, y sobre todo en clásicos de la Guerra Fría, no de aquellos en los que él ha querido liderar. Bajo Obama, EE UU ha querido pivotar hacia Asia, resolver el conflicto palestino-israelí, resetear las relaciones con Rusia y reconciliarse con el mundo árabe. Poco de ello ha salido bien. A cambio, el presidente que quiso liderar el siglo XXI ha acabado tendiendo la mano a los Castro y a los ayatolás. ¿Será que la Guerra Fría ha terminado ahora, bajo un presidente afroamericano?

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 9 de abril de 2015

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Bibi y la bomba

25 marzo, 2015

8030669230_fcd20f3dc4_oVibrante discurso, coinciden los observadores, el pronunciado el martes en el Congreso de EE UU por Benjamín Netanyahu clamando contra Obama por su intención de concluir un acuerdo nuclear con Irán. Por alguna extraña razón, todas las crónicas de prensa, radio y televisión cometieron el mismo error: rotular a Netanyahu como “primer ministro de Israel”. Extraño proceder cuando es evidente que lo último que hizo Bibi fue actuar como primer ministro de un país aliado. Seguramente el equívoco se debe a lo difícil que fue elegir entre las dos alternativas, ambas más realistas. No es difícil imaginar a los directores de informativos de las principales cadenas de televisión debatiendo entre si debían rotular a Netanyahu como congresista republicano por Jerusalén o como candidato del partido Likud a las elecciones generales que se celebrarán en Israel el día 17. Porque eso es todo lo que hizo Netanyahu: utilizar el miedo a Irán para promocionarse como candidato a primer ministro y, de paso, debilitar a Obama ante los republicanos.

Que Netanyahu pueda bramar contra el acuerdo de nuclear con Irán y, a la vez, mantener fuera del debate público y de los tratados internacionales un arsenal nuclear propio que se estima en 60-80 cabezas nucleares y material fisible para construir hasta 200, es un milagro de orden bíblico solo posible en esa zona del mundo. Hay que recordar que EE UU no es un amigo de Israel, sino su principal valedor. Sin el apoyo diplomático de Washington en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Israel hace tiempo que habría tenido que elegir entre firmar una paz justa con los palestinos y retirarse de Cisjordania o exponerse a un régimen de sanciones internacionales similares al que sufrió la Sudáfrica del apartheid. Y sin los más de 3.000 millones de dólares anuales que los contribuyentes estadounidenses (votantes de Obama incluidos) transfieren a Israel como ayuda militar, los israelíes no podrían mantener su ventaja militar ante sus vecinos. Sin el apoyo de EE UU, Israel no sería una isla de desarrollo y democracia en Oriente Próximo, sino un cuartel aislado en un vecindario nada amable.

Los republicanos tendrían que tener algo más de cuidado y un poco más de sentido común. Haciendo creer a Netanyahu que es el dueño de la política exterior de EE UU no hacen ningún favor a Israel ni tampoco se lo hacen a sí mismos. Sea porque Teherán, sintiéndose amenazado, decida romper el acuerdo nuclear e ir a por la bomba o sea porque Israel decida unilateralmente bombardear las instalaciones nucleares iraníes y el nuevo presidente de EE UU no tenga la autoridad para impedírselo, es evidente que si Netanyahu es reelegido y los republicanos ganan las elecciones presidenciales de 2016, las probabilidades de una guerra con Irán aumentarán de forma exponencial. Quizá lo lógico sería que Netanyahu se presentara a las próximas primarias republicanas y optara a la Presidencia; eso lo aclararía todo. Cuando la cola mueve al perro, las cosas andan mal.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el domingo 5 de marzo de 2015

Obama, el más europeo

10 julio, 2014

obama berlinComparado con sus predecesores, Obama estaba destinado a ser el presidente menos europeo de todos. Europa fue siempre la referencia de los varones blancos que llegaron a la Casa Blanca. Pero Obama iba a ser diferente. Como cuenta en sus dos libros biográficos, las referencias vitales de su infancia están dispersas entre las calles de Yakarta y un colegio en Hawái donde había una mezcolanza de etnias y culturas. Con un padre keniata y una madre antropóloga que le transmitió una mirada muy amplia sobre las religiones y culturas, era difícil que Obama se sintiera muy de algún sitio. Si acaso, sus otras experiencias vitales más intensas, sobre todo las vividas como voluntario en los barrios deprimidos de Chicago, junto con el impacto que la familia de su mujer, Michelle, tuvo en él, decantaron su identificación del lado afroamericano, asumiendo como propio el relato de la larga lucha desde la esclavitud hasta los derechos civiles de esa comunidad.

De su primera visita a Europa en abril de 2009 no ha quedado nada, apenas un discurso en Praga proponiendo una reducción sustancial de las armas nucleares. Y del resto de sus viajes a Europa tampoco se puede decir mucho: la incapacidad de los europeos para ponerse de acuerdo sobre la crisis del euro y la política exterior han sido una fuente de irritación que Obama nunca ha disimulado. Incluso se ha permitido ironizar en público sobre la complejidad institucional de la Unión Europea: cuando recientemente David Cameron se trastabilló al referirse al Presidente del Consejo y de la Comisión Europea, a Obama le faltó tiempo para afirmar: “Llevo años viniendo por aquí y tampoco entiendo muy bien cuál es la diferencia entre los dos”.

Pero, ironías de la historia, las críticas que recibe Obama le dibujan como un presidente típicamente europeo, es decir, preocupado sólo por las cuestiones sociales y reticente a asumir ningún compromiso exterior. Y no les falta razón. Obama ha consumido casi todo su capital político en una reforma sanitaria Obacamare que pone fin a una increíble anomalía: que la ciudadanía del país más poderoso del mundo careciera de una cobertura sanitaria universal. Y si le dejaran, seguiría por las escuelas, el medio ambiente y la inmigración.

El resto lo ha dedicado a poner fin a los dos compromisos militares heredados (Afganistán e Irak) y a evitar dejarse arrastrar a otros conflictos que han ido apareciendo. Aunque criticado por su discurso del Nobel de la Paz, en el que aceptaba el uso de la fuerza como un instrumento legítimo en las relaciones internacionales, se ha negado a bombardear Irán, como le ha pedido Israel; adoptó un papel secundario en Libia, ha rechazado intervenir en Siria, y se lo está pensando en Asia, Ucrania y, nuevamente, Irak. ¿No es eso un presidente europeo? ¿Incluso más europeo que los europeos?

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 27 de junio de 2014

La política del odio

11 octubre, 2013

odioLa política del odio nos inunda. En EEUU, el odio del Tea Party hacia todo lo que representa Obama lleva al cierre del gobierno y pone al país al borde del colapso económico, equiparando para ello la introducción de un seguro sanitario (privado, por cierto) a una amenaza existencial contra el modo de vida americano. En Rusia, el régimen de Putin, que normalmente centra su retórica en la amenaza yihadista y el unilateralismo estadounidense, inflama los ánimos contra los gays, prohibiendo lo que denomina “propaganda homosexual”. En el Reino Unido, los extremistas del UKIP piden la expulsión no ya de los inmigrantes extracomunitarios, sino de ciudadanos de la propia Unión Europea provenientes de aquellos países cuya adhesión a la UE Londres siempre ha promovido. Y por el resto de Europa, desde Hungría a Grecia, pasando por Finlandia o Francia e incluso España, los que odian se reagrupan para sacar tajada de la debilidad de las instituciones nacionales y europeas y captar votos con mensajes basados en la etnia, la pobreza, la ignorancia o la supuesta inferioridad cultural de otros.

Tanta irracionalidad provoca perplejidad. Pero cuidado: es una constante en la historia que los que son odiados no suelen entender por qué lo son, lo que a veces les lleva a no advertir a tiempo la gravedad de la amenaza que se cierne sobre ellos. En su poderosísimo libro, El problema con el Islam, Irshad Manji, la feminista islámica y activista lesbiana asentada en Canadá, interpela a Alá en los siguientes términos: “Si tu eres el creador de todas las cosas, ¿por qué me creaste diferente y luego ordenaste a todos que me odiaran?” Una pregunta que viaja muy bien desde la religión al centro de la política contemporánea democrática. Si la democracia consiste precisamente en el reconocimiento y organización de la libertad individual, cómo se justifica entonces plantear la vida en democracia como una “guerra cultural”.

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Al final vinieron a por mí

24 marzo, 2013

predator-firing-missile4Desde Guantánamo a Abu Ghraib pasando por las llamadas “técnicas de interrogación reforzadas”, los asesinatos selectivos mediante aviones no tripulados o el programa de escuchas ilegales dentro de Estados Unidos, desde el 11-S las tensiones entre Washington y los derechos humanos han sido tan profundas como inquietantes. Ahora estamos ante una nueva vuelta de tuerca.

Cuando las víctimas eran extranjeras, a nadie en Washington inquietó que aviones teledirigidos por la CIA mataran a sospechosos de terrorismo a miles de kilómetros de distancia. Que esos ataques se produjeran en países con los que técnicamente Estados Unidos no estaba en guerra no parecía importar mucho. Al fin y al cabo, la cobertura legal que Washington se había dado a sí mismo bajo el formato de “guerra global contra el terror” autorizaba al Gobierno estadounidense a despachar “operativos” de Al Qaeda de forma tan rutinaria como despersonalizada, estuvieran en Pakistán, Yemen o cualquier otro lugar. Que en esos ataques hubiera “víctimas colaterales”, es decir, civiles, mujeres y niños, tampoco pareció violentar demasiado las conciencias legales de los abogados del Departamento de Justicia estadounidense.

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Después de la batalla

9 noviembre, 2012

La reelección de Barack Obama es una batalla más en la larga guerra que izquierda y derecha vienen librando desde hace tres décadas en torno al papel del Estado. Por su extensión temporal y geográfica, así como por su intensidad e impacto, nos recuerda a la guerra de los Treinta años que se libró en el continente europeo entre 1618 y 1648. Entonces, el conflicto se organizaba en torno a tres elementos clave del poder: el territorio, la religión y las sucesiones dinásticas. Hoy, como corresponde a sociedades democráticas y secularizadas con economías abiertas, la batalla se libra en torno a elementos algo más posmodernos: los límites del Estado y el mercado, la tensión entre libertad e igualdad y la fijación de fronteras, no entre territorios, sino entre clases sociales.

Esta seudoguerra de los Treinta años, en la analogía trazada por Bill Clinton para describir la virulencia que el conflicto llega a alcanzar en Estados Unidos, se inició con las victorias de Margaret Thatcher y Ronald Reagan en el Reino Unido y Estados Unidos, en 1979 y 1980, respectivamente. Esas victorias significaron un punto de inflexión en la conceptualización del papel del Estado. Si hasta entonces tanto los conservadores estadounidenses como los democristianos europeos compaginaban sin excesivos problemas su preferencia por una economía de mercado abierta con la existencia de un Estado capaz de proveer seguridad y cohesión social, a partir de ese momento, una parte importante de la derecha, que había desarrollado una importante animosidad hacia el Estado, al que culpaba de la crisis económica de los setenta, situó a este en su punto de mira.

Esa ojeriza hacia lo estatal se justificó desde un doble argumento: el de la eficacia económica, pues se veía al Estado como un obstáculo para el crecimiento, no como un facilitador; y el de la legitimidad política, pues se concebía al Estado como un intruso en la esfera de derechos individuales, no como un garante de dichos derechos. De ahí el intento constante de empequeñecer el Estado y sus estructuras de redistribución de renta y oportunidades.

Paradójicamente, la animadversión de la derecha hacia el Estado coincidió con el descubrimiento por la izquierda del mercado como instrumento creador de oportunidades de progreso social. Por tanto, mientras que las fuerzas progresistas (esto es, demócratas en EE UU y socialdemócratas en el continente) llegaban a un equilibrio entre Estado y mercado, asignando al Estado el papel de redistribuir, pero no el de producir, y al mercado el de proporcionar crecimiento, pero atajando su tendencia a la inequidad, las fuerzas conservadores (republicanos en EE UU y liberales en Europa) se dedicaban a reducir el tamaño del Estado, limitar su papel redistributivo y desatender las políticas sociales en la creencia, repetida una y otra vez, de que la creación de empleo era la mejor, incluso única, vía para lograr una sociedad cohesionada y con igualdad de oportunidades.

El resultado es que, mientras que la gran mayoría de la izquierda ha dejado atrás el pensamiento antimercado, un sector importante de la derecha se ha situado bajo el techo de un liberalismo que lo es casi exclusivamente en el sentido económico, pues cree en la libertad económica a ultranza y un papel mínimo para el Estado, pero no en el político. Así pues, como hemos visto en la campaña estadounidense, pero también observamos a este lado del Atlántico, la derecha es liberal en lo económico (aunque allí “liberal” se use como sinónimo de izquierdista) en tanto en cuanto propugna un Estado pequeño, pero notablemente conservadora en cuestiones relacionadas con la libertad personal (aborto, matrimonio homosexual, despenalización de consumo de drogas, etcétera). Pero al mostrarse completamente indiferentes ante las crecientes desigualdades entre clases sociales, especialmente entre los más ricos y los más pobres, los liberales muestran no ser liberales en lo político, pues desde el pensamiento político liberal siempre se ha tenido claro que la democracia, en tanto que presupone y requiere ciudadanos iguales en derechos y capacidades, es incompatible a largo plazo con diferencias sociales acentuadas.

En Estados Unidos, desde 1945, cuando acabó la Segunda Guerra Mundial, hasta 1980, cuando el presidente Ronald Reagan llegó al poder, las diferencias de renta entre el 10% más rico y el resto de la sociedad se mantuvieron estables pero desde entonces no han hecho sino aumentar hasta situarse hoy en niveles comparables a los años de la Gran Depresión del siglo pasado. En la batalla del martes, la enésima en esta guerra de los treinta años, han ganado los que piensan que un Estado redistribuidor no amenaza a la libertad, sino que la garantiza. Apúntenle el tanto a Obama.

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Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 9 de noviembre de 2012

El relato

16 septiembre, 2012

Relato. Es la palabra de moda entre los políticos. “No somos capaces de transmitir un relato”, dicen unos. “Necesitamos un relato”, se lamentan otros. A primera vista, no se trataría más que de una manera redicha de volvernos a colocar ese clásico de los gobernantes en horas bajas que constituye el tan manido “es que no sabemos explicar lo que hacemos”. El cambio de uno a otro suele ocurrir cuando el político, en lugar de indagar entre sus votantes las razones del descontento y someter sus políticas y errores a debate, prefiere acudir a un gabinete de comunicación política y disfrazar su falta de ideas bajo una nueva y prometedora, pero en realidad vacía, estrategia de comunicación.

Una cosa hay que reconocer. La afirmación “no nos explicamos bien”, tan indulgente y, en tiempos, tan recurrente, tenía por lo menos la virtud de la franqueza. Recuerda al “el fútbol es así” al que solían recurrir encogiéndose de hombros los entrenadores cuando el fútbol, antes de convertirse en un costosísimo espectáculo de masas, solo era un deporte y perder un partido entraba dentro de lo razonable.

Pero la política de hoy en día también se ha convertido en un espectáculo de masas. En el pasado, los políticos presentaban un programa a los ciudadanos y estos votaban a unos o a otros. Dado que los intereses y las preferencias de los votantes estaban bastante claras, no hacía falta una oferta política muy grande. Tanto en EE UU como en la mayoría de las democracias europeas posteriores a la segunda guerra mundial, conservadores o liberales, socialdemócratas o demócrata-cristianos, se alternaban en el poder con bastante naturalidad en función de sus aciertos y errores. Las reglas del juego estaban más o menos claras: si después de cuatro años habías beneficiado a más gente que perjudicado, ganabas. De lo contrario, perdías.

Pero con el transcurrir del tiempo, los conflictos de clase se han difuminado, las ideologías se han erosionado y han aparecido esos partidos de amplio espectro que los politólogos denominan atrapalotodo. Son partidos que, en su aspiración a gobernar, están dispuestos a hacer gala de toda la flexibilidad ideológica que haga falta y, lo que es más, no solo no hacen ascos a los votos que provienen del campo contrario sino que diseñan estrategias específicas para captarlos. Ahí es donde entra el relato como elemento que aspira a sustituir a las viejas ideologías y aglutinar a una amplia mayoría de la población.

Dos relatos dominan estos días el lenguaje de la política. Del lado estadounidense, las convenciones demócrata y republicana se han articulado en torno a un único elemento: “el sueño americano”, que dibuja EE UU como un país donde cualquiera que trabaje duro y sea honesto puede llegar a la cima sin que importe su origen y extracción social. El sueño americano es el relato político por antonomasia y las elecciones de noviembre se decidirán en función de quién interpreten los electores que representa mejor ese relato: el empresario millonario y mormón (Romney) o el hijo de un matrimonio mixto que llegó a Harvard (Obama). Tanto Michelle Obama describiendo a su padre fontanero como el alcalde de San Antonio, Julián Castro, recordando a su abuela limpiadora de casas, han tocado esa fibra con mucho éxito.

Del lado europeo, el relato dominante se llama “Estado del Bienestar”. Dado que, en su inmensa mayoría, los europeos creen que el estado tiene que asegurar a sus ciudadanos contra la enfermedad, el desempleo o la vejez, así como garantizar la igualdad de oportunidades mediante un sistema educativo gratuito y universal, el debate político europeo no versa sobre si abolir el Estado del Bienestar o no, sino, al menos formalmente, sobre cómo preservarlo. Por eso, al igual que en EE UU no podría ser elegido presidente nadie que se confesara ateo, en Europa pasaría lo mismo con cualquier político que propusiera eliminar los impuestos progresivos y dejar totalmente en manos privadas la provisión de las pensiones, la salud o la educación. Como prueba esta crisis, sea cierto o no, todos aspiran a hacer funcionar el Estado de Bienestar de forma más eficiente y a más bajo coste.

Paradójicamente, aunque allí le llamen “sueño americano” y aquí “Estado del Bienestar”, las consecuencias son muy parecidas pues la política queda reducida a una competencia en torno a quién interpreta y mejor defiende las emociones colectivas y las campañas electorales, en lugar de favorecer una discusión racional sobre qué políticas se deben adoptar, se convierten en un concurso de interpretación de relatos que conceden al ganador un amplísimo margen para gobernar libre de compromisos concretos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el sábado 15 de septiembre de 2012

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La hora de la responsabilidad

18 mayo, 2012

Los líderes del G-8 se reúnen este fin de semana en Camp David. Allí estarán Angela Merkel, François Hollande, Mario Monti, Durão Barroso y Van Rompuy, responsables de gestionar este desaguisado político y financiero en el que se ha convertido la eurozona. Uno de los asuntos centrales será la crisis europea, que preocupa mucho. Y no tanto porque el presidente Obama o el primer ministro David Cameron sean entusiastas de la construcción europea, sino porque la eurozona es el principal socio comercial tanto de EE UU como de Reino Unido.

Obama quiso desde el principio de su mandato volcar a EE UU hacia el Pacífico y no ocultó su falta de paciencia con el bizantinismo y las complicaciones institucionales típicamente europeas. Ahora, hay gran preocupación allí porque la crisis de la eurozona pueda convertirse en el factor que descarrile la frágil recuperación económica estadounidense y, de paso, mandar a Obama a su casa en las elecciones de noviembre de este año. Es por ello previsible que exija explicaciones sobre las medidas que van a tomar para evitar que una eventual salida de Grecia provoque una nueva crisis financiera global.

Agazapado detrás de Obama estará el primer ministro británico, David Cameron, que, secundado por el gobernador del Banco de Inglaterra, sir Mervin King, también ha expresado públicamente su preocupación porque la inestabilidad europea acabe dañando gravemente la muy debilitada economía británica. Cameron ha hecho trizas la tradicional política británica hacia la Unión Europea, antiguamente llena de sutilezas y consideraciones pragmáticas, dando alas a las visiones más nacionalistas e ideológicas que pueblan en las filas de los conservadores británicos. Ahora, sus políticas de recortes han provocado una segunda recesión, que puede ser ahora agravada por la decisión que tomen los líderes que se sientan en una mesa, la de la eurozona, de la que Reino Unido ha decidido voluntariamente no ser parte en aras de preservar su supuesta soberanía.

Así pues, doble ración de paradojas del destino. Pese a su popularidad en Europa, incluso mayor que en EE UU, Obama puede ver su presidencia en riesgo por lo que ocurra en las elecciones griegas del 17 de junio, que de seguir las cosas así van a ser seguidas en la Casa Blanca con el mismo o mayor interés que las primarias republicanas. Visto desde Washington o Londres, lo inquietante debe ser cómo, mientras se ve el suelo europeo moverse bajo los pies de los líderes de la eurozona, estos se dedican a jugar un póquer bastante caótico con Grecia, formulando amenazas que no se sabe si están dispuestos a cumplir, retirándolas a continuación, especulando con escenarios cuyos costes se desconocen y, sobre todo, careciendo de plan alguno para gestionar nada de lo que verbalizan o insinúan.

Por su parte, el líder de la coalición Syriza, Alexis Tsipras, parece estar encantado con el planteamiento táctico que le ofrecen desde fuera: si su objetivo es dinamitar el sistema de partidos tradicional y establecer una nueva correlación de fuerzas, un Gobierno de salvación nacional sería un Gobierno de salvación de los partidos tradicionales de centroizquierda y centroderecha (el Pasok y Nueva Democracia) mientras que unas nuevas elecciones le permiten vislumbrar la posibilidad de hacerse con el poder sin necesidad de pactar con los viejos y agotados partidos.

Solo el presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, ha percibido con claridad que la estrategia de amedrentamiento público seguida estos días, a la cabeza de la cual se ha situado muy imprudentemente el presidente de la Comisión, Barroso, no solo es impropia, sino contraproducente, ya que incentiva a los griegos a votar basándose en emociones (el miedo o, alternativamente, el orgullo) en lugar de en consideración de sus intereses. En estas circunstancias, el futuro de Grecia en el euro, y la onda expansiva que generaría su salida quedan sometidos, a un lado, a unas elecciones en Grecia que tendrán bastante de emocionales, a otro, a las incertidumbres generadas por el hecho evidente de que los líderes europeos carecen de plan alguno para gestionar el proceso de salida y, menos aún, sus consecuencias legales, políticas y económicas. Esperemos que, una vez expuestos por Obama en Camp David a su propia insensatez y cortoplacismo, estos líderes puedan tomar un poco de perspectiva y entender la enorme responsabilidad histórica a la que se enfrentan. Ni el miedo ni las amenazas son la vía para salvar esta maltrecha Europa.

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Publicado en el Diario El PAIS el 18 de mayo de 2012

El día después del bombardeo a Irán

24 febrero, 2012

¿Qué dirá el comunicado que emane de Bruselas el día después del bombardeo israelí a Irán?¿”Lamentará”? ¿“Deplorará”? ¿”Notará con preocupación”? No sabemos si tal comunicado está ya redactado, seguramente no, pero tal y como van las cosas, sería absurdo no ir preparándolo. Con todo, la experiencia nos dice que la redacción no será el mayor de los problemas: la Unión Europea es especialista en encontrar el lenguaje adecuado para que todos los estados puedan firmar una declaración, da igual cual sea el tema. Mal que bien, el alambique funcionará y, como es su obligación, producirá una alambicada declaración.

La única intriga es cuánto se desviarán los ministerios de exteriores nacionales de ese comunicado de Bruselas. Haciendo honor a la diversidad de visiones que sobre Israel tienen los Estados miembros de la UE, cada capital podrá jugar con los matices: unos comunicados barrerán hacia Israel y otros se mostrarán menos comprensivos. Seguir esos matices será interesante: Reino Unido lamentará el uso de la fuerza pero rápidamente volcará toda la responsabilidad sobre Irán; Alemania hará malabarismos para compensar su acendrado pacifismo y respeto por la legalidad internacional con su incapacidad estructural para criticar Israel; Francia intentará equilibrar su visión tradicionalmente crítica con Israel con su alineamiento estratégico con Occidente. Sumados los 27 puntos de vista, es bastante fácil anticipar que unas posiciones cancelarán a las otras y que todo quede en nada o muy poco.

El bombardeo, de producirse, supondrá una clara violación de la legalidad internacional por parte israelí pero es difícil que la UE se una para sancionar a Israel, máxime si hay represalias iraníes que afecten a los europeos, económica o militarmente, obligándoles a intervenir y tomar partido en la crisis que se abrirá posteriormente. En el peor de los casos, los europeos podrían verse obligados a intervenir militarmente para preservar la seguridad de la navegación en el Estrecho de Ormuz. Pero sin ir tan lejos, las consecuencias económicas serían por sí solas bastante graves pues un repunte de los precios del petróleo y de la inseguridad económica no es precisamente lo que necesitan las maltrechas economías europeas. En cualquiera de los casos, Europa aparecerá como un actor marginal e irrelevante, un actor que, una vez más, se verá obligado a gestionar las consecuencia de las decisiones adoptadas por otros, sin haber podido influir de antemano en ellas.

La discusión sobre el día después debe servir para pensar en el día antes. El bombardeo de Irán por parte de Israel representará un fracaso de primera magnitud. Ese fracaso es un tren que todo el mundo en Europa ve venir pero sobre el que nadie sabe, puede o se atreve a hacer mucho. En la mayoría de las capitales europeas se tiene la sensación de que Israel está manipulando muy efectivamente la situación para que aceptemos el bombardeo como inevitable. Se percibe, con toda claridad, que el camino que Israel quiere emprender es completamente contradictorio con la estrategia que hemos puesto en marcha, consistente en incrementar las sanciones y la presión diplomática sobre Irán. Pero como en 2003, cuando algunos decidieron unilateralmente y de antemano que las sanciones a Irak no funcionarían, tenemos dos juegos funcionando en paralelo: por un lado, el camino incompleto, incierto y sin garantía de éxito de la sanciones, las inspecciones y la legalidad internacional; por otro, el mucho más arriesgado, ilegal e igualmente incierto recurso al uso de la fuerza. Como en 2003, estos dos lenguajes no están integrados: el uso de la fuerza (o la amenaza de su uso) no representa un eslabón más del proceso negociador. Irán sabe perfectamente que este Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, con Rusia y China con derecho de veto, nunca aprobará una acción militar contra ella, incluso aunque las sanciones fallen. Por esa misma razón, los europeos, aunque hemos progresado mucho y hemos logrado unirnos para llevar a cabo una nueva ronda de sanciones, sabemos de antemano (aunque no lo decimos) que las sanciones no serán efectivas: harán daño, pero no forzarán al régimen iraní a abandonar su programa nuclear. Eso explica la percepción, casi unánime, de que el camino de la diplomacia, aunque no esté cerrado, será inútil, lo que a su vez es precisamente lo que necesita Israel para justificar su bombardeo. Y como no logramos romper ese círculo vicioso vivimos ya en el día después de haber sido arrastrados a una guerra que no pudimos evitar. Irán, nos dice Israel, está entrando en la “zona de inmunidad”. Con ese argumento, mientras tanto, Israel se sitúa en la zona de impunidad.

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¿Qué hacer con China?

17 febrero, 2012

¿Contener? ¿Acomodar? ¿Democratizar? Estas son las tres preguntas que Obama se hace mientras escucha con atención a su interlocutor, que está destinado a ser el próximo líder de ese inmenso país. Obama y Xi Jinping. Dos hombres unidos por el destino de sus naciones en el siglo XXI. Que para su reunión en el Despacho Oval hayan elegido idéntico atuendo (traje negro, camisa blanca, corbata azul) no deja de resultar revelador. En el fondo son tan distintos como iguales. Como EE UU y China, Obama y Xi Jinping representan la antítesis del otro: uno el hijo de una antropóloga y de un keniano musulmán; el otro, un príncipe de la dinastía comunista que gobierna ese país con mano de hierro capitalista. Pero, a la vez, representan a las dos naciones más poderosas del planeta, una pugnando por ascender, otra por no descender. Nada refleja mejor lo que es y será este siglo que esa instantánea: el siglo XXI ya es un siglo asiático, solo falta saber si EE UU podrá mantener su supremacía y seguir siendo la única superpotencia o si se verá obligado a compartir el podio con China.

Visto desde Washington, el ascenso de China se plantea en forma de un interesantísimo debate. Por un lado están los partidarios de la contención. Son los clásicos halcones, herederos de la escuela realista de las relaciones internacionales. Que China sea comunista o deje de serlo no importa mucho: creen que las relaciones internacionales son una lucha de poder en la que todos los Estados tienen intereses permanentes, independientemente de su ideología. Según crezca, argumentan, sus intereses entrarán en conflicto con los de sus vecinos y chocarán con ellos. Por tanto, EE UU deberá equilibrar el poder de China, tanto diplomática como militarmente, estableciendo alianzas con todos aquellos que contemplen el auge de China con preocupación (Japón, Corea del Sur, Filipinas, Vietnam e India) y reforzando su despliegue militar y capacidad de proyección de fuerza en el Pacífico. Recomendación a Obama: más y mejor diplomacia, nuevas bases navales en Asia, más y mejores armas para mantener una ventaja militar decisiva y mucho cuidado con las relaciones económicas.

A la vez, por el otro oído, le llegan a Obama las voces de los partidarios de acomodar el ascenso de China. Contener a China no es una buena idea, argumentan; será costoso, probablemente inútil y seguramente contraproducente ya que alimentará el victimismo y el irredentismo de los chinos. Los intereses de China, nos dicen, son tan legítimos como los de cualquier otro y, además, tienen cabida si se encauzan adecuadamente. El auge de China, sostienen, está beneficiando extraordinariamente a EE UU desde el punto de vista económico: los flujos de comercio, inversión y deuda entre los dos países demuestran que el ascenso de uno no se está haciendo a costa del otro. Apple, que diseña y desarrolla en EE UU, pero monta sus productos en China, sería la prueba visible de que esta sinergia no solo existe sino de que se salda a favor de Estados Unidos. Por eso, concluyen, el papel de EE UU debe ser el lograr socializar a China y convertirla en una potencia responsable, tanto en lo económico, abriendo sus mercados, dejando fluctuar su divisa, como en lo relativo a la gobernanza global, contribuyendo a la seguridad internacional y adaptando su ayuda al desarrollo a las normas internacionales. Conclusión: cuanto más rica sea China, más tendrá que perder y más interesada estará en no antagonizar a nadie.

Y todavía están, en tercer lugar, los que cuestionan ambas estrategias. El foco de nuestra relación con China, nos advierten, no debe situarse en su política exterior, pues esta es una consecuencia de su política interior. Tampoco en acomodar su crecimiento porque, por la misma razón (la política interior), no tenemos ninguna garantía de que ese ascenso sea pacífico. Tanto la aspiración de condicionar su política exterior como la de orientar su desarrollo económico da por hecho que el Partido Comunista es y será el único actor político relevante durante las próximas décadas. Sin embargo, sostienen, el futuro de China no se dilucidará en los portaaviones de unos o de otros que surquen el Pacífico, ni tampoco en las fábricas que ensamblan los teléfonos de ultimísima generación, sino en la capacidad de maduración de su sociedad civil. Aunque fragmentada y forzadamente despolitizada, es la clase media china la que decidirá cuándo y cómo forzar una apertura política del régimen y, eventualmente, una democratización del país que convierta a China en un vecino próspero y fiable. A largo plazo, avisan, la democracia y los derechos humanos son la mejor inversión: por tanto, EE UU debería ser firme y no dejarse ni amedrentar ni seducir. Realistas, liberales, idealistas. ¿A quién hará caso Obama?