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Las fronteras de la Pax Europea

2 diciembre, 2012

EPS fronteras

Fronteras que languidecen, fronteras oxidadas, fronteras olvidadas, fronteras abandonadas, fronteras de las que nadie se acuerda. Esta impresionante serie de fotografías explica por si sola por qué la Unión Europea ha sido galardonada con el Premio Nobel de la Paz. También por qué, a pesar de la crisis existencial en la que vive inmersa Europa, los europeos tenemos motivos más que sobrados para  la celebración.

Para convencerse comparen sólo por un momento esa fronteras, que hoy nos parecen ridículas, incluso patéticas, que nos recuerdan un tiempo que ya se marchó, con las fronteras que no sólo han desaparecido sino que siguen ahí. Piensen por un momento en el muro levantado por Estados Unidos en su frontera sur, una valla de miles de kilómetros que de forma absurda parte en dos un tan inmenso como vacío desierto. O en los vericuetos que traza el muro de separación que Israel ha construido para, tan contradictoriamente, aislarse de unos territorios que ella misma mantiene bajo ocupación. Por no hablar de la frontera entre las dos Coreas, con sus pavorosas alambradas, sistemas de disparo de automático y unos militares en alerta continua, un incomprensible vestigio de la Guerra Fría. Esas tres fronteras, como muchas otras que todavía se mantienen en pie, son sencilla y llanamente un monumento al fracaso, una celebración de la estupidez, una representación de la incapacidad de muchos seres humanos de convivir pacíficamente a pesar de sus diferentes orígenes, valores y creencias políticas o religiosas.

Nosotros, los europeos, fuimos así. No lo olvidemos. Esos mojones, carteles y divisorias, tan aparentemente inocentes que hasta podrían ser sólo la linde que separara el prado de un paisano de otro, son testigos de millones de muertos, están regados con la sangre de cientos de miles de jóvenes que dieron sus vidas por defender esas fronteras y han sido transitados por millones de refugiados y desplazados, que tuvieron que abandonar sus países según esas fronteras, ganadas o perdidas con cada guerra, cambiaban.

Puede que los carteles se hayan aherrumbrado, pero no nuestras memorias. La generación de nuestros mayores sabe de lo que habla, pues jugó en los escombros dejados por lo que los historiadores han llamado “la larga guerra civil europea”, un conflicto que, con Francia y Alemania en su núcleo, comenzó en 1870 y terminó en 1945 dejando tras de sí dos guerras mundiales. Pero la siguiente generación también recordamos perfectamente cómo era un Europa dividida en dos por un “telón de acero”, en la expresión acuñada por Churchill. No olvidaremos nunca la impresión tan vívida que dejaba el paso de la Alemania Occidental a la Oriental, con el río alambrado, las estaciones de metro cerradas, los checkpoints de los aliados y el vacío desolador en torno a la puerta de Brandenburgo. Pero no se trataba sólo de la Europa Occidental y de la Europa Oriental, de la difícil coexistencia entre las democracias de un lado y los llamados “pueblos cautivos” de Europa Central y Oriental, que a pesar de sus anhelos de libertad cayeron del lado equivocado. Casi más sorprendente resulta hoy, retrospectivamente, que todas aquellas democracias pertenecientes a la (entonces) Comunidad Europea, que no sólo compartían valores políticos y sistemas económicos, sino que se habían conjurado para luchar codo con codo, espalda con espalda, en el marco de la Alianza Atlántica, tardaron tanto en derribar sus fronteras, unificar sus monedas y suprimir los controles fronterizos. Los jóvenes de hoy, que nacieron en la Europa libre posterior a la caída del muro, han incorporado con toda naturalidad a sus vidas la libertad de movimientos y el euro. Pero el mundo no se rige por los mismos criterios.

Alsacia y Lorena, Danzig, los Sudetes o el Danubio, fueron en su día los pivotes geopolíticos que cortaron a Europa en dos y la lanzaron a la guerra fratricida. Hoy, afortunadamente, ya no tienen ningún significado, habiéndose convertido en meros hitos históricos. Los europeos, pese a sus problemas, viven algo parecido, incluso mejor, a la “Pax Romana” que disfrutó Europa (y el Norte de África) entre la llegada de Augusto en el 27 antes de Cristo y la muerte de Marco Aurelio en el 180. Pero con una diferencia, mientras que la “romanización” se impuso a sangre y fuego y en contra de la voluntad de los pueblos que entonces habitaban Europa, y que fueron asimilados o desfigurados, en esta ocasión, la “Pax Europea” se ha logrado pacíficamente por la vía del derecho, la democracia y el respeto a la identidad de los pueblos.

Es importante recordar que las fronteras que retratan estas fotografías no se extinguieron, ni desaparecieron por muerte natural, sino que cayeron, fueron derribadas por las mismas personas a las que habían pretendido encerrar. El muro de Berlín, cuya desaparición hemos celebrado hace ahora un días, cayó por la voluntad de los ciudadanos de la Alemania Oriental, que ante la imposibilidad de votar con sus manos en urnas, optó por votar con sus pies y marcharse a pedir asilo en las embajadas alemanas u occidentales en Budapest y Praga. Y también por la visión de algunos líderes, como el entonces ministro de asuntos exteriores húngaro Gyla Horn, que personalmente, con una cizalla, cortó la alambrada que separaba Hungría de Austria, lo que significó la caída del régimen germano-oriental, incapaz ya de contener la riada de ciudadanos que quería marcharse. Si esas fronteras languidecen hoy es pues porque alguien, armado con una cizalla, un Tratado o una pancarta las hizo caer.

Eso explica que a los europeos a veces se les acusa de arrogancia, y de andar por el mundo dando lecciones a los demás sobre cómo deben hacerse las cosas. Y es probable que la critica sea justificada. Pero también, como muestran esas fotos, es legítimo que exista un orgullo europeo. Porque, con todas las dificultades, el proyecto ilustrado sigue vivo en Europa. Cuando Immanuel Kant habló de la “paz perpetua” entre los pueblos estaba apuntando a algo que se parece mucho a lo que la Unión Europea ha logrado.

Los británicos con su Armada, los franceses con los ejércitos napoleónicos, los alemanes con sus Panzerdivisionen; los europeos han consumido siglos intentándose dominar los unos a los otros. Ahora han encontrado un método mucho más sutil de invadir países: se llama “acervo comunitario” (aquis communautaire), como se denomina al catálogo de legislación comunitaria. Así pues, en lugar de invadir un país, la Unión Europea, que se ha hecho mayor y posmoderna, envía unas doscientas mil páginas de legislación que el país en cuestión tendrá que incorporar a su ordenamiento interno. Y pese a todo hay cola para entrar: Croacia, que se incorporará el año que viene; Turquía, que pese a las humillaciones y desdenes que recibe sigue intentando cerrar sus negociaciones de adhesión; a las que siguen Macedonia, Albania, Serbia, Montenegro, Bosnia-Herzegovina y Kosovo.

Esas son las próximas fronteras de Europa que, si el proyecto europeo sigue en pie, vamos a ver desaparecer. Son todavía fronteras “duras”, marcadas por los conflictos, pero en algún momento dejarán de serlo y podremos añadir las fotos al álbum.  Más allá quedará el espacio post-soviético, desde Bielorrusia en el Norte, la última dictadura de Europa, hasta el Cáucaso, plagado de conflictos congelados, pero también la orilla sur del Mediterráneo. Se trata de un mundo sólo a medias europeizado, con fronteras que son sólo porosas a medias y ciudadanos con frágiles o inexistentes libertades. Allí el álbum de fotos se torna más hostil: Marruecos y Argelia mantienen su frontera cerrada desde hace décadas; Israel y los palestinos persisten en el empeño del odio y exclusión; mientras que armenios, azeríes, rusos, georgianos, osetios, abjasios, ingusetios, chechenos no terminan de encontrar la manera de saltar por encima de sus fronteras y convertirlas en irrelevantes. Es una crítica común decir que Europa se ha convertido en un actor irrelevante a escala mundial. Siendo cierta en gran medida la crítica, estas fotografías muestran que la irrelevancia, si lo que significa es ver desaparecer las fronteras entre Estados y las divisiones entre personas, es una noble tarea a la que los demás también podrían dedicarse.

 Publicado en EL PAIS SEMANAL el 2 de diciembre de 2012

Europa año V d.C.

14 octubre, 2012

Estamos en el año V d. C. (después de la crisis). El desempleo en la eurozona se sitúa en los 18,1 millones de personas. Las economías del sur de Europa siguen en caída, y sin perspectivas de mejora. Es el caso de Grecia (-6,0%), de Portugal (-3,0%), de Italia (-2,5%) o de España (-1,5%). Tan sombrías perspectivas en los países deudores del Sur no se complementan con buenas noticias provenientes de los acreedores del Norte. La locomotora alemana está al ralentí, con un crecimiento muy débil (0,9%). Tampoco le van mejor las cosas a aquellos que escoltan a Alemania en la austeridad y el rigor: Austria crece un modesto 0,9%, Finlandia el 0,2% y Holanda cae un 0,5%. Los países que están fuera de la eurozona, escandinavos incluidos, tampoco se libran del contagio.

La magnitud de la crisis económica está, inevitablemente, haciendo mella en la imagen de la Unión Europea. En paralelo al deterioro de los indicadores de crecimiento y empleo, crece la desafección hacia las instituciones europeas. Y, de nuevo, no lo hace sólo en los países en régimen de intervención (Grecia, Portugal o Irlanda) o subyugados por los mercados de deuda (España e Italia), sino que también lo hace en los países acreedores. Si desde que se lanzara el euro, la satisfacción con la UE se había movido en unos márgenes relativamente seguros del 45-50%, quedando los eurocríticos muy por detrás, en torno al 15-20%, la crisis ha recortado esas distancias hasta dejar a estos últimos a sólo tres puntos de los primeros (31-28%). La Comisión Europea, e incluso el propio Parlamento, que habían venido gozando de la confianza mayoritaria de los ciudadanos, también se encuentran hoy en el punto de mira pues son más los ciudadanos que desconfían de estas instituciones que los que confían en ellas (46% que desconfían frente a 36% que confían en el caso de la Comisión y 46% frente a 40% en el caso del Parlamento). El tradicional europeísmo del Sur de Europa, que siempre pareció inmutable, se ha visto particularmente sacudido: según el último Eurobarómetro tres de cada cuatro griegos, dos de cada tres españoles o uno de cada dos italianos desconfían de la Comisión o el Parlamento Europeo.

Que la legitimidad de la Unión Europea, que tradicionalmente se ha sostenido sobre los resultados, y menos sobre los procedimientos o la identidad, se encuentra hoy bajo mínimos parece evidente. Una Europa que no funciona, difícilmente puede ser atractiva. Ello explicaría por qué, pese a la evidencia de que de esta crisis sólo saldremos avanzando en la integración económica y política de la eurozona, la perspectiva de una mayor traslación de competencias a Bruselas se contemple por muchos con más preocupación que ilusión. Desde el punto de vista técnico, nadie discute que la supervivencia del euro pase por completar la unión monetaria, esto es, el euro, con una unión bancaria, fiscal y económica. Es precisamente la ausencia de una supervisión bancaria europea, de un sistema común de garantía de depósitos y un mecanismo de resolución de crisis bancarias lo que nos ha llevado a la situación actual. De ahí la unión bancaria. En el mismo sentido, sin mecanismos de coordinación y supervisión más estrecha de los presupuestos de los estados y de sus políticas fiscales tampoco podremos ir a un sistema, llámese de eurobonos o como se quiera, donde emitamos deuda de forma conjunta y la garanticemos mancomunadamente. De ahí la unión fiscal. E, igualmente, sin mecanismos de gobierno económico eficaces que puedan unificar las políticas económicas de los estados miembros, no podremos prevenir la acumulación de desequilibrios estructurales que nos han traído hasta aquí, sean en los mercados de trabajo, los sistemas de pensiones o cualquier otro ámbito. De ahí la unión económica.

De lograrse completar la unión monetaria con estos tres pilares (bancario, fiscal y económico), los europeos habríamos logrado, sin llamarlo como tal, una verdadera federación económica. A la vista de la experiencia de la década pasada con la fallida constitución europea, el problema será, una vez más, que tan formidable avance en la integración no podrá llevarse a cabo sin el consentimiento de los ciudadanos. El empeño en legitimar políticamente esa construcción que se dibuja en el horizonte no es caprichoso ni estético, sino inevitable por cuanto, de completarse, supondrá una transformación de gran calado en el papel, soberanía y competencias de unos Estados maltrechos y también deslegitimados, pero en los que, hoy por hoy, los ciudadanos siguen depositando sus lealtades y sus expectativas. Ese ejercicio será, además de complicado, sumamente arriesgado, y tendrá que hacerse en un contexto de pésimos resultados económicos y máximas tensiones entre los estados miembro así que los baches están garantizados. Abróchense pues los cinturones.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 12 de octubre de 2012