Posts Tagged ‘Merkel’

Miopías

15 noviembre, 2013

gafasQue el euro se ha salvado del colapso parece ser algo que los mercados dan por descontado. Las tensiones especulativas contra el euro, que a punto estuvieron de llevárselo por delante el año pasado, han remitido casi por completo. Todo ello gracias a la intervención del Banco Central Europeo y de su Presidente, Mario Draghi, que anunció su determinación a utilizar todo el arsenal de recursos a su disposición para salvar la moneda única. Sin embargo, como estamos viendo estos días, superada la peor fase de la crisis del euro, nos estamos adentrando en una muy preocupante fase de crisis política. Porque si las tensiones en torno al euro han remitido, las tensiones políticas están aumentado, especialmente en lo que se refiere al papel de Alemania, que se está situando cada vez más en el centro de la crítica, tanto por sus acciones como, especialmente, por sus omisiones.

Hemos visto estos días las reacciones airadas que en Alemania ha provocado el doble dardo que la política económica de Merkel ha recibido, primero desde Washington, donde el Departamento del Tesoro ha calificado públicamente el superávit comercial alemán como una fuente de inestabilidad para el resto de los miembros de la eurozona, y posteriormente desde Bruselas, desde donde se ha puesto en marcha un procedimiento de vigilancia especial sobre los riesgos que para la eurozona se derivan del excesivo y persistente superávit comercial alemán.

El enfrentamiento es político, sí, pero tan vinculado a las identidades que adquiere un carácter casi existencial. Para muchos alemanes, ser criticados por ahorrar y exportar en exceso no sólo supone un ataque frontal a la identidad de la Alemania posterior a la segunda guerra mundial, sino una muestra más de la insensatez de algunos de sus vecinos, que no sólo no tienen a bien admirar sus reformas económicas, aplicándolas a regañadientes con suma laxitud y aún más débil voluntad sino, lo que es peor, parecen empeñados en destruir a base de consumo, deuda e inflación el que consideran el único modelo económico exitoso del continente.

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Adictos a los datos

27 octubre, 2013

adiccion-a-internet-299x300Precisamente porque la moral, regida por la ética de las convicciones, y la política, sometida a la ética de las responsabilidades, constituyen esferas diferenciadas, tenemos la obligación de pensar sobre la mejor manera de reconciliarlas. Como ha puesto de manifiesto el filósofo político Michael Ignatieff, lo peor de esta tarea no son los riesgos que se asumen, sino su escaso retorno: en el mejor de los casos, en lugar de encontrar una verdad que nos ilumine, nos encontraremos con una serie de males entre los que elegir el menor.

Dicho esto, y partiendo de que espiar no está bien, pero es necesario, se impone hacer algunas distinciones. El caso más fácil de dilucidar es el que tiene que ver con Gobiernos enemigos o personas potencialmente peligrosas. Espiarles parece más que justificado, pues sus actividades suponen una amenaza al bienestar y derechos de los ciudadanos. El problema es que, por lo que estamos viendo, el Gobierno estadounidense ha desbordado con creces esa primera esfera y se ha adentrado en tres territorios muy problemáticos.

Uno es el espionaje a Gobiernos aliados y amigos, que supone, especialmente en el caso de los jefes de Estado y de Gobierno (Dilma Rousseff, Angela Merkel y la larga lista de los que irán saliendo), una deslealtad que deteriorará la confianza recíproca entre líderes, esencial tanto para recabar solidaridad en momentos clave como para cerrar muchos acuerdos, y hará más difícil que EE UU pueda lograr sus objetivos diplomáticos en el mundo. Pero el problema no solo se origina en la cúpula, sino en la base: europeos y estadounidenses necesitan que sus servicios de inteligencia intercambien diariamente datos con la máxima fluidez, lo que requiere un nivel de confianza tan difícil de lograr como fácil de perder. Para la serie de Gobiernos europeos que se negaron, a petición de EE UU, a conceder el derecho de sobrevuelo al avión del presidente Morales en la creencia de que Edward Snowden viajaba en él, la humillación y el ridículo son mayúsculos: retrospectivamente, más les hubiera valido poder tener la oportunidad de interrogar a Snowden y luego decidir si entregárselo a EE UU o darle asilo.

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El problema es Europa, no Alemania

20 septiembre, 2013

alemania_foto610x342El curso político europeo 2013-2014 se abrirá con las elecciones generales alemanas el 22 de septiembre y se cerrará con las elecciones al Parlamento Europeo el 25 de mayo de 2014. En teoría, las primeras deberían tener una importancia secundaria y las segundas ser cruciales. Pero, paradojas de la vida política europea, la situación es más bien la contraria: las primeras son cruciales para el futuro de Europa mientras que las europeas tendrán una importancia marginal. Previsiblemente, un gran número de europeos, que desde 1979 tienen derecho a elegir a un Parlamento, por cierto, bastante poderoso, ni se molestarán en acercarse a las urnas en mayo de 2013 (recuérdese que en las últimas elecciones europeas, celebradas en junio de 2009, la participación fue del 43%). Sin embargo, conscientes la importancia que para su futuro ha adquirido Alemania, es bastante probable que, si se les diera la oportunidad, muchos europeos sí que tuvieran interés en votar en las elecciones alemanas.

Todo ello nos habla de la gigantesca disociación sobre la cual está organizada la Unión Europea: mientras que bienes, servicios, capitales y personas circulan libremente en un enorme territorio articulado en torno a una moneda común, la política sigue organizándose sobre la base de una serie de unidades nacionales sumamente fragmentadas y de muy desigual tamaño y capacidad. Esta incoherencia entre las fronteras de la política y la economía es lo que llevó al Emperador Marco Aurelio Antonino a extender la ciudadanía a todos los habitantes del Imperio Romano. El edicto de Caracalla, promulgado en el año 212, utilizaría un argumento de bastante actualidad: “es legítimo que el mayor número no sólo esté sometido a todas las cargas, sino que también este asociado a mi victoria”. Está asociación entre los impuestos y la legitimidad de un régimen político es pues una constante en la historia y ha llegado hasta nuestros días en forma de una regla de muy sencilla: uno debe votar donde contribuya con sus impuestos y financiar con sus impuestos sólo aquello sobre lo que pueda votar.

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El desgobierno europeo

24 marzo, 2013

chipreLo ocurrido esta semana en relación con Chipre ha puesto de manifiesto con total brutalidad hasta qué punto la Unión Europea tiene un problema de desgobierno. Son cuatro las razones que explican por qué el sistema decisorio europeo está gripado.

El sistema no resuelve los problemas.

Primero, no es eficaz a la hora de atajar los problemas que pretende resolver. Más bien al contrario, tiende a agravarlos. Esto es cierto tanto en el nivel macro como en el nivel micro. En el primero, observamos cómo el crecimiento se estanca, el desempleo sigue subiendo y la deuda no sólo se reduce sino que crece. La combinación de un diagnóstico de la crisis erróneamente centrado en la deuda pública, seguido de unas prescripciones articuladas en torno a la austeridad a ultranza y unos líderes europeos pegados a la arena electoral de cada país nos han llevado a un sistema de crisis permanente.

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Alemania, a la defensiva

19 octubre, 2012

Como Pulgarcito, Merkel dejó el texto del acuerdo del pasado junio sobre la recapitalización bancaria sembrado de miguitas que le permitieran volver a casa. Habría recapitalización, sí, pero solo cuando hubiera un mecanismo efectivo de supervisión de ámbito europeo, una decisión formal del fondo de rescate (el MEDE, un acuerdo del Eurogrupo y un memorándum de entendimiento fijando una condicionalidad estricta con el Estado en cuestión. Todo ello le ha permitido, a lo largo de los últimos meses, ir recogiendo todas esas miguitas e intentar desandar el camino. Primero intentó excluir a los bancos cuyos problemas fueran anteriores a la aprobación de esta decisión. Luego quiso excluir a los bancos y entidades de crédito medianos y pequeños, que son los que tienen mayores problemas. Más tarde, ha intentado postergar la entrada en vigor del acuerdo hasta 2014 y, por último, ha comenzado a filtrar la idea de que el mecanismo es ilegal dentro de los actuales Tratados. Esta actitud alemana es ciertamente irritante, sí, pero esconde una buena noticia: que tras la llegada de Hollande y la actuación combinada de Francia, España e Italia, Alemania está perdiendo la iniciativa. Sumado al varapalo que el FMI ha propinado esta semana a las políticas de austeridad a ultranza, Alemania no solo está a la defensiva, sino cada vez más aislada.

Cuando en el Consejo Europeo del pasado 29 de junio, la presión combinada de Hollande, Monti y Rajoy se hizo irresistible, Merkel aceptó la recapitalización directa de los bancos (españoles u otros) con cargo a los mecanismos europeos de rescate (FEEF o MEDE). Fue una victoria crucial, no solo porque conviniera a España, que de lo contrario tendría que hacer pasar los 40.000 millones de ayudas a los bancos por sus presupuestos, deteriorando aún más la calificación y sostenibilidad de su deuda, sino porque ponía la primera piedra para la constitución de una unión bancaria, es decir, un mecanismo integrado de supervisión, gestión y resolución de crisis bancarias a escala europea. Ese anuncio, junto con la decisión del BCE de aprobar un programa de compras de deuda en el mercado secundario, dieron un vuelco completo a la crisis del euro. Si hasta entonces los líderes europeos habían insistido una y otra vez en que no escatimarían esfuerzos ni recursos para impedir que el euro quebrara, pero no habían hecho lo suficiente para resultar creíbles ante los mercados, a partir de ahora quedaba claro que el euro no solo tenía la voluntad política sino los recursos financieros para hacer creíble dicha promesa.

¡Traición! Protestaron algunos en Alemania y en otras capitales, señalando que Merkel habría sido víctima de unos lobos hambrientos de dinero fresco con el que financiar sus deudas y, a la par, el BCE habría sucumbido a las presiones de los bancos centrales nacionales, que también comportándose como una manada de lobos, habrían logrado aislar al Bundesbank. Así pues, donde unos vimos un acto de liderazgo que salvaría al euro, otros vieron un acto de debilidad que llevaría a Alemania al peor y más temido escenario: una “unión de transferencias” en la que, vía una doble tenaza, los países viciosos transfirieran las deudas de sus bancos y sus Estados a los países virtuosos y, a cambio, los virtuosos transfirieran sus ahorros a los viciosos.

Pero la realidad es distinta. Si Merkel accedió a este doble acuerdo no fue porque tres abusones de patio de colegio la acorralaran. Si el acuerdo se impuso es porque España, Francia e Italia lograron establecer un principio general que inspiraría todas las decisiones posteriores: “la necesidad [imperativa, enfatiza el texto del acuerdo] de romper el círculo vicioso entre bancos y Estados”, algo imprescindible para que el euro pueda sobrevivir. Se trata de un principio esencial, pues prefigura una federación económica: al igual que en Estados Unidos, el Estado de California está quebrado, pero no traslada sus problemas al sector financiero o una quiebra bancaria no provoca una bancarrota de un Estado, la Unión Europea necesita cortafuegos que impidan el contagio entre bancos y Estados, lo que solo se puede lograr europeizando los mecanismos de supervisión y gestión de deudas, públicas y privadas. Que se haya tardado tanto tiempo en lograr que se adopte una decisión tan aparentemente de sentido común no es casualidad. En la Unión Europea, un principio es el instrumento de negociación más poderoso, la palanca más eficaz para desencadenar cambios que abran el paso a nuevas políticas. Por fin tenemos uno que es favorable a la vez a nuestros intereses como españoles y como europeos. Solo falta que se aplique.

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Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 19 de octubre de 2012

El efecto abismo

7 septiembre, 2012

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La expectación e interés generados por la visita de Angela Merkel a Madrid constituyen la mejor prueba de los momentos tan excepcionales que viven España y Europa. Cierto que a lo largo y ancho de esta crisis Alemania ha adquirido una posición preponderante, a veces casi hegemónica, pero si lo ha hecho ha sido también en parte por la debilidad relativa de los demás países e instituciones, sumidos en sus propias crisis económicas y de liderazgo. Con todo, esa preeminencia de Alemania no significa que ni Berlín, ni mucho menos la propia Merkel, sean omnipotentes. Cierto que el liderazgo de Merkel ha dejado en ocasiones que desear, pero, para ser justos, tampoco se puede olvidar que el sistema político alemán tiene grabado en su código genético la aversión a un canciller fuerte y la consiguiente concentración del poder en el Ejecutivo. Eso significa que, en casa, Merkel no puede imponer las cosas, sino convencer; ni siquiera dentro de su Gobierno o partido. Y lo mismo ocurre a escala europea, donde, una vez más, las decisiones se tienen que tomar por consenso entre todos los actores, no pudiendo ningún país imponer sin más sus condiciones a todos los demás.

 

Partiendo de estas limitaciones, el liderazgo de Merkel tiene que ser evaluado, antes que nada, en razón de su capacidad de resistir las presiones de los defensores de la ortodoxia, que continuamente le piden que bloquee cualquier tipo de medida que suponga una salida europea de la crisis. Pero, paso a paso, aunque siempre tarde, a regañadientes y de forma torpe y parcial, la Unión Europea se ha ido dotando de los mecanismos e instituciones que le permitirán sobrevivir a esta crisis y, eventualmente, salir reforzada de ella. Eso ocurrió ayer, una vez más, con la puesta en marcha de un programa de compra de deuda soberana para los países en dificultades (fundamentalmente España e Italia) por parte del Banco Central Europeo, una medida muy contestada dentro de Alemania porque, dicen los críticos, no solo es ilegal y está expresamente prohibida por los Tratados de la Unión, sino porque pone la simiente de la conversión de Europa en una federación al estilo estadounidense. Lo esencial no es por tanto que ese programa del BCE implique condicionalidad para España u otros (¿de qué otra manera podría ser?), sino que con ello el BCE haya demostrado que está irreversiblemente comprometido con la supervivencia del euro y que hará cualquier cosa para asegurar esa supervivencia.

 

Hace casi un año, Angela Merkel dejó clara su posición: “Si el euro cae, Europa cae”. Aunque nadie cuestionó entonces la sinceridad de sus palabras, los pasados meses han ofrecido múltiples ocasiones para que los españoles se inquietaran acerca de hasta cuándo habría que esperar o bajo qué circunstancias se haría efectivo ese compromiso. Cierto que el Gobierno español no ha sido de mucha ayuda durante 2012: sus constantes improvisaciones, el oscurantismo con el que se ha manejado, y los problemas de coordinación interna y de comunicación de los que ha hecho gala han socavado el principal activo del Gobierno de Rajoy, que no era otro que el compartir su agenda reformista y liberalizadora, típicamente conservadora, con el Gobierno de Merkel. Más allá de esos problemas, y de los enfrentamientos entre España e Italia, por un lado, y Alemania y el BCE, por otro, era evidente a la vuelta del verano que el euro se encontraba en una pendiente muy peligrosa y que los mercados estaban empezando a descontar su colapso.

 

En consecuencia, aunque sea difícil decir si los halagos de Merkel a la agenda reformista de Rajoy refrendan a los que abogaban por introducir algo de tensión en las relaciones con Alemania o, por el contrario, a los que lo consideraban una estrategia suicida, lo importante es que, esta vez para bien, se ha dado un paso atrás. Eso no quiere decir que las tensiones entre España y Alemania hayan desaparecido. Si, como parece, España tiene muy difícil cumplir con el objetivo de déficit fijado para este año, es previsible que las relaciones bilaterales se vuelvan a deteriorar, que dentro de Alemania se critique a Merkel por haber aflojado la presión sobre España e Italia, que se exijan nuevos sacrificios y compensaciones y que, una vez más, ambos países se sitúen en rumbo de colisión. Pero eso será en otro momento, y delante de otro abismo. El de hoy está salvado.

Publicado en la edición impresa del Diario el País el 6 de septiembre de 2012

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La hora de la responsabilidad

18 mayo, 2012

Los líderes del G-8 se reúnen este fin de semana en Camp David. Allí estarán Angela Merkel, François Hollande, Mario Monti, Durão Barroso y Van Rompuy, responsables de gestionar este desaguisado político y financiero en el que se ha convertido la eurozona. Uno de los asuntos centrales será la crisis europea, que preocupa mucho. Y no tanto porque el presidente Obama o el primer ministro David Cameron sean entusiastas de la construcción europea, sino porque la eurozona es el principal socio comercial tanto de EE UU como de Reino Unido.

Obama quiso desde el principio de su mandato volcar a EE UU hacia el Pacífico y no ocultó su falta de paciencia con el bizantinismo y las complicaciones institucionales típicamente europeas. Ahora, hay gran preocupación allí porque la crisis de la eurozona pueda convertirse en el factor que descarrile la frágil recuperación económica estadounidense y, de paso, mandar a Obama a su casa en las elecciones de noviembre de este año. Es por ello previsible que exija explicaciones sobre las medidas que van a tomar para evitar que una eventual salida de Grecia provoque una nueva crisis financiera global.

Agazapado detrás de Obama estará el primer ministro británico, David Cameron, que, secundado por el gobernador del Banco de Inglaterra, sir Mervin King, también ha expresado públicamente su preocupación porque la inestabilidad europea acabe dañando gravemente la muy debilitada economía británica. Cameron ha hecho trizas la tradicional política británica hacia la Unión Europea, antiguamente llena de sutilezas y consideraciones pragmáticas, dando alas a las visiones más nacionalistas e ideológicas que pueblan en las filas de los conservadores británicos. Ahora, sus políticas de recortes han provocado una segunda recesión, que puede ser ahora agravada por la decisión que tomen los líderes que se sientan en una mesa, la de la eurozona, de la que Reino Unido ha decidido voluntariamente no ser parte en aras de preservar su supuesta soberanía.

Así pues, doble ración de paradojas del destino. Pese a su popularidad en Europa, incluso mayor que en EE UU, Obama puede ver su presidencia en riesgo por lo que ocurra en las elecciones griegas del 17 de junio, que de seguir las cosas así van a ser seguidas en la Casa Blanca con el mismo o mayor interés que las primarias republicanas. Visto desde Washington o Londres, lo inquietante debe ser cómo, mientras se ve el suelo europeo moverse bajo los pies de los líderes de la eurozona, estos se dedican a jugar un póquer bastante caótico con Grecia, formulando amenazas que no se sabe si están dispuestos a cumplir, retirándolas a continuación, especulando con escenarios cuyos costes se desconocen y, sobre todo, careciendo de plan alguno para gestionar nada de lo que verbalizan o insinúan.

Por su parte, el líder de la coalición Syriza, Alexis Tsipras, parece estar encantado con el planteamiento táctico que le ofrecen desde fuera: si su objetivo es dinamitar el sistema de partidos tradicional y establecer una nueva correlación de fuerzas, un Gobierno de salvación nacional sería un Gobierno de salvación de los partidos tradicionales de centroizquierda y centroderecha (el Pasok y Nueva Democracia) mientras que unas nuevas elecciones le permiten vislumbrar la posibilidad de hacerse con el poder sin necesidad de pactar con los viejos y agotados partidos.

Solo el presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, ha percibido con claridad que la estrategia de amedrentamiento público seguida estos días, a la cabeza de la cual se ha situado muy imprudentemente el presidente de la Comisión, Barroso, no solo es impropia, sino contraproducente, ya que incentiva a los griegos a votar basándose en emociones (el miedo o, alternativamente, el orgullo) en lugar de en consideración de sus intereses. En estas circunstancias, el futuro de Grecia en el euro, y la onda expansiva que generaría su salida quedan sometidos, a un lado, a unas elecciones en Grecia que tendrán bastante de emocionales, a otro, a las incertidumbres generadas por el hecho evidente de que los líderes europeos carecen de plan alguno para gestionar el proceso de salida y, menos aún, sus consecuencias legales, políticas y económicas. Esperemos que, una vez expuestos por Obama en Camp David a su propia insensatez y cortoplacismo, estos líderes puedan tomar un poco de perspectiva y entender la enorme responsabilidad histórica a la que se enfrentan. Ni el miedo ni las amenazas son la vía para salvar esta maltrecha Europa.

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Publicado en el Diario El PAIS el 18 de mayo de 2012

Rebelión a bordo

27 abril, 2012

El poder se puede ejercer de dos maneras: directamente, sometiendo una decisión a debate público y posterior votación, o de una manera más sutil, eliminando de la agenda pública la discusión sobre una política y sus alternativas. De lo que no se habla, no existe; de ahí que los políticos dediquen tantas energías a controlar la agenda pública.

Así estaban las cosas en Europa respecto a la austeridad. Sin embargo, en poco menos de una semana, los diques se han roto y el debate ha irrumpido con fuerza, permitiendo una recomposición total de los términos del debate europeo. Como todo cambio súbito, resulta más fácil explicarlo a posteriori que predecirlo a priori pero lo cierto es que han sido numerosas las voces que en los dos últimos años se han mostrado a favor de un cambio de estrategia. No obstante, una y otra vez, estas voces fracasaron. Y si fracasaron fue en gran parte porque los destinatarios de estos mensajes pudieron cuestionar la legitimidad de los que planteaban el cambio de rumbo. Por un lado, los mensajes provenientes del otro lado del Atlántico eran rehusados con el argumento, primero, de que Estados Unidos y la Unión Europea era tan distintos que hacían imposible que las recetas aplicadas en un lado funcionaran en otro y, segundo, al atribuir un sesgo ideológico izquierdista a los economistas estadounidenses (Krugman, Sachs y Stiglitz, entre otros) más críticos con las políticas de austeridad europeas.

Algo parecido ha venido ocurriendo con los mensajes que venían del sur de Europa, rechazados con argumentos similares: por ideológicos, cuando venían de los socialistas, o por auto-interesados, al cuestionarse el derecho de un paciente irresponsable y endeudado a opinar sobre su tratamiento. Eso explica que ni siquiera el cambio a gobiernos de orientación conservadora en los cuatro países del Sur de Europa pudiera alterar los términos del debate europeo. Pese a sus impecables credenciales conservadoras, Passos Coelho, Rajoy, Monti y Papademos han estado amordazados: en su actual situación de debilidad económica, coaligarse contra Alemania y Francia, de la que dependen para salvarse, carecía de sentido.

En esas circunstancias, no cabe dudar de que la victoria de Hollande en la primera vuelta de las presidenciales francesas es la que ha dado un vuelco al debate. Sin embargo, Hollande no es toda la historia: primero, porque todavía no ha ganado; segundo, porque los conservadores del sur de Europa tienen, por razones obvias, reticencia a confiar en un socialista francés; y tercero, porque incluso aunque gane, su margen de maniobra será mínimo y su capacidad de imponerse a Alemania muy reducida. En la memoria de Hollande sin duda está grabado lo ocurrido en 1981, cuando Mitterrand salió en tromba por la izquierda y fue inmediatamente devuelto al redil por los mercados, que se cebaron contra el franco (ahora lo harían contra su deuda).

Tan importante para el cambio o incluso más aún ha sido: primero, la caída del Gobierno en los Países Bajos, pues el Gobierno conservador de Rutte era y es un aliado esencial de Alemania. Segundo, que el Fondo Monetario Internacional pasara a cuestionar públicamente la rigidez con la que la estrategia de austeridad se está aplicando. Tercero, el fracaso de las políticas de austeridad en el Reino Unido, donde Cameron, otro adalid de la austeridad, no ha podido generar crecimiento ni siquiera con el respaldo de los bajísimos tipos de interés sobre su deuda garantizados por el Banco de Inglaterra. Y cuarto y último, la sucesión de datos económicos negativos a lo largo de toda Europa han mostrado que el desacoplamiento económico entre los países del Norte, que irían creciendo como resultado de sus virtuosas políticas, y del Sur, que tendrían que esperar a crecer hasta que tuvieran efecto las reformas, es imposible.

Frente a los argumentos de fuera (EEUU), de abajo (el Sur de Europa) o de enfrente (los socialistas), estos argumentos provienen del corazón del sistema, lo que ha hecho imposible que fueran ignorados. Así pues, un cambio en Francia era una condición necesaria, pero no suficiente. Hasta qué punto cambiarán las cosas como resultado de este realineamiento de fuerzas es todavía una incógnita pues el proceso acaba de empezar y está lleno de incertidumbres: en mayo tendremos la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, las elecciones griegas y el referéndum en Irlanda sobre el Tratado fiscal, y en junio las elecciones legislativas francesas. Entre medias, una Angela Merkel sometida a presiones contradictorias desde múltiples ámbitos tendrá que someter a ratificación ante el Bundestag el pacto fiscal europeo y el mecanismo europeo de estabilidad (MEDE). Más que nunca, el futuro de Europa pasa por las manos de la canciller. ¿Sofocará la rebelión y mantendrá el rumbo o aceptará la necesidad de virar?

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 Publicado en ELPAIS el 27 de abril de 2012

El año de Casandra

2 enero, 2012

2011 será recordado como el año en el que, por primera vez, la Unión Europea se asomó al abismo y nombró lo innombrable. Para sorpresa de propios y extraños, dentro y fuera de Europa, justo cuando tras una década de introspección y divisiones Europa se lanzaba a recuperar el tiempo perdido con el afán de lograr ser, por fin, un actor global, una crisis económica y financiera global impactaba de lleno contra ella y desestabilizaba su principal y más exitoso logro: la unión monetaria. “Si cae el euro, cae Europa”, advirtió la canciller Angela Merkel a los compromisarios de su partido, reunidos en Leipzig en noviembre, a la vez que describía la situación como la “más difícil desde la Segunda Guerra Mundial”. Y tenía razón, pues las consecuencias de una ruptura del euro serían tan profundas que difícilmente se detendrían en la moneda: impactarían de lleno en el mercado interior y en las principales políticas comunes, incluida la política exterior, llevándose por delante décadas de laboriosa construcción europea.

La “crisis de la silla vacía” en los años sesenta, la “euroesclerosis” de los setenta, la sombra del declive económico y tecnológico ante Estados Unidos y Japón en los ochenta, el retorno de los campos de concentración y la limpieza étnica en los años noventa, los fallidos referendos constitucionales en Francia y los Países Bajos en la década pasada. La Unión Europea había estado antes en crisis, pero ninguna de ellas tuvo un carácter existencial en el sentido literal de la palabra.

¿Cuáles han sido las consecuencias de la crisis del euro? Lo más visible e inmediato ha sido la devastación en términos de empleo y prosperidad, que ha generalizado la desconfianza en el futuro del Estado del bienestar. La crisis también ha puesto en entredicho la autoestima democrática de nuestras sociedades, sometidas a unas fuerzas de mercado sobre las cuales sienten carecer de control alguno. Y aunque es pronto todavía para perfilar el impacto psicológico, la historia nos dice que las sociedades que tienen miedo y se sienten inseguras tienden a volcarse sobre sí mismas, recelar de su entorno, abrir las puertas al populismo y sacrificar la libertad en aras de mayor seguridad.

Igualmente importante han sido las debilidades que la crisis ha puesto de manifiesto. La unión monetaria, que pretendía ser tan robusta como todos esos imponentes edificios que figuran en los billetes de euro pero que (¿premonitoriamente?) no existen en la realidad, se ha mostrado incapaz de sortear condiciones meteorológicas adversas, como si solo estuviera diseñada para navegar con buen tiempo. Y a la vez, el fino pero imprescindible tejido identitario sobre el que se sostiene la construcción europea también se ha resentido: la solidaridad y el proyecto común, anclados tanto en una visión del pasado como de un futuro común, han sido puestos en tela de juicio, e incluso sustituidos por los peores prejuicios y estereotipos culturales que pensábamos superados entre Norte y Sur, Este y Oeste, católicos y protestantes. De todo ello se ha derivado una gestión de la crisis dominada por el “demasiado poco, demasiado tarde”, que ha tenido al euro al borde del precipicio y a los ciudadanos al borde del infarto durante casi todo el año.

Desde el punto de vista institucional, el edificio europeo también ha sufrido singularmente ya que Alemania y Francia han optado por un intergubernamentalismo sin contemplaciones ni complejos y dado de lado a las instituciones europeas (especialmente a la Comisión y el Parlamento) y al llamado “método comunitario”, que tradicionalmente ha sido la única garantía de equilibrio entre grandes y pequeños, ricos y pobres, Norte y Sur.
In extremis, a punto de concluir el año, el Banco Central Europeo ha salvado a la economía europea del colapso inundando el mercado bancario de liquidez. Con ello ha dado la razón a todos los que venían diciendo que las presiones sobre la deuda soberana no eran la causa, sino la consecuencia de una crisis financiera que, debido a los errores de diseño y funcionamiento de la eurozona, a punto ha estado de llevarse por delante a la propia UE. La campana del BCE ha salvado a la UE, al menos por el momento, pero no ha solucionado los problemas de fondo, que siguen estando ahí y que 2012 tendrá que enfrentar.
Entre ellos cabe destacar la imposibilidad de tender un cortafuegos entre el euro y la UE que aísle el fracaso de uno del colapso de la otra. Por eso, cuando en 2012 griegos y británicos vuelvan a la mesa de la negociación, la UE se encontrará exactamente en el mismo lugar donde estaba en 2011: entre la espada de una salida de Grecia del euro, cuyas consecuencias serían devastadoras, y la pared de una ruptura irreversible con el Reino Unido, que amenazaría la unidad del mercado interior y debilitaría la posición de la UE en el mundo.

Sin embargo, el futuro de Europa no se decidirá en la periferia greco-británica, sino, como es lógico, en su núcleo. El Gobierno alemán sigue obstinado en una lectura de la crisis que hace imposible su solución ya que, como se ha demostrado, la crisis exige un cambio en las normas que gobiernan la eurozona y, muy particularmente, un nuevo papel del BCE y la emisión de eurobonos. En Berlín, la canciller Merkel se ha atado conscientemente no a uno, sino a dos mástiles: el de una opinión pública muy reticente a la unión monetaria y el de un Tribunal Constitucional hostil al proyecto de integración europeo. Pero esa opinión pública y legal detrás de la que Merkel se escuda no es la causa de sus acciones sino algo que ella misma y su partido han alentado, infundiendo en los alemanes el convencimiento, contra toda evidencia empírica, de que el euro no solo ha sido un mal negocio para Alemania sino, como parece creer su Tribunal Constitucional, una amenaza para la propia democracia alemana.

Así las cosas, una vez que el BCE ha cambiado de rumbo y decidido salvar el sistema financiero, todas las miradas se dirigirán hacia Alemania, intentando dilucidar hasta qué punto Berlín seguirá liderando Europa sobre la base de sus dudas, reticencias y miedos o sobre una visión constructiva y a largo plazo del futuro del continente. Olvídense pues del calendario maya: es en Berlín donde Casandra se reivindicará o será desmentida.

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA 02/01/2012

También en PressEurop

Elecciones a la sombra de un farol

18 noviembre, 2011

Pura coincidencia o reflejo fiel del mundo en el que vivimos, los dos vuelcos electorales más recientes habidos en España, el de 2004 y, previsiblemente, el de este domingo 20, han discurrido en paralelo a acontecimientos (los atentados de Atocha y agravamiento de la crisis del euro) que muestran de forma dramática la completa imposibilidad de separar lo nacional de lo internacional. Hoy, como en 2004, los desafíos a la seguridad que la ciudadanía enfrenta, claro está, en magnitudes diferentes (seguridad física entonces, seguridad económica hoy), están tan fuera como dentro de nuestras fronteras.

Restaurar la credibilidad internacional de España y situar al país en primera fila del liderazgo europeo pasa inevitablemente por volver a la senda de crecimiento, crear empleo de calidad y mejorar nuestra productividad, en definitiva, enmendar nuestros errores pasados. Pero lo cierto es que los sacrificios derivados de los recortes presupuestarios y las reformas estructurales pueden ser inútiles si no vienen acompañados por decisiones europeas de calado. Si las encuestas no se equivocan, España está a punto de completar el cambio de Gobierno en los cuatro países del sur de Europa que hasta ahora más dificultades de financiación han sufrido. Las trayectorias de unos y otros son bien diferentes: desde el intervenido pero relativamente estable Portugal hasta la intervenida y permanentemente inestable Grecia, pasando por una Italia en libertad condicional, bajo gobierno técnico y con obligación de pasar por el juzgado regularmente y una España que, pese a haber acometido reformas importantes, se ha encontrado con que éstas no eran suficientes o eran ignoradas por los mercados.

Los gobiernos del sur de Europa ya han enseñado o están a punto de enseñar todas sus cartas: recortes, austeridad, gobiernos técnicos, lo que sea necesario, aunque no haya mucho más en el repertorio. Además, el gélido recibimiento de los mercados a los gobiernos tecnócratas de Grecia e Italia, sumado al alza de la prima de riesgo que está viviendo España, son la mejor prueba de que las soluciones a la crisis están mucho más fuera que dentro de nuestras fronteras. Da la impresión de que los mercados han descontado las reformas en el ámbito nacional, es decir, dan por hecho que las habrá, y que serán duras, pero parecen haber llegado por adelantado a una conclusión a la que los líderes europeos todavía no han llegado: que la crisis estará viva mientras los mercados duden de si Alemania y el Banco Central Europeo están dispuestos a actuar como prestamistas de última instancia. Eso es en definitiva lo que se está dilucidando estos días.

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