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Mao, el mal y el mercdo

2 diciembre, 2012

PCChTres “m” que reflejan el debate que está teniendo lugar en estos momentos entre los intelectuales chinos y que podría resumirse en una pregunta muy sencilla, pero de gran calado: ¿quién ha hecho más daño a China: Mao o el mercado?

A un lado está la nueva izquierda, que critica las inmensas desigualdades y la injusticia social en la que han derivado las reformas económicas emprendidas por Deng Xiaoping en 1978. Sí, dicen, China ha sacado a tantos millones de personas de la pobreza que si no fuera por ella, la pobreza en el mundo habría aumentado en lugar de disminuido. Pero lo ha logrado a costa de unos índices de desigualdad que no solo superan a EE UU, sino que hacen que en realidad China se parezca más a Arabia Saudí. ¿Por qué Arabia Saudí? Por la fractura social existente entre unas clases tan privilegiadas como corruptas y los millones de chinos que viven como inmigrantes extranjeros en su propio país.

Al otro lado está la nueva derecha, que considera el Estado un ente confiscatorio de la propiedad privada que impide la libertad económica y el crecimiento. Desde su punto de vista, los males actuales de China se originan en la timidez de las reformas económicas, la tibieza con la que los líderes salientes han aplicado la liberalización económica y la resistencia a abrazar por completo la lógica de mercado. Según ellos, un poderoso lobby formado por funcionarios públicos, cuadros locales del Partido Comunista Chino (PCCh) y empresarios privados habría logrado capturar las estructuras estatales, enquistarse en el centro del sistema, enriquecerse a costa de la corrupción y bloquear satisfactoriamente las reformas económicas que les harían perder sus privilegios y sus fortunas.

Es sobre el trasfondo de esos debates sobre los que adquiere sentido la purga de Bo Xilai, el recientemente defenestrado líder del PCCh en Chongqing y aspirante (frustrado) al Comité Permanente del partido. Porque si el asunto que llevó a la expulsión de Bo Xilai del PCCh era personal (la implicación de su mujer en el asesinato de un súbdito británico por desavenencias), las referencias críticas que con motivo de esa expulsión se hicieron a Mao y la colectivización desbordan las motivaciones personales y apuntan al deseo de la nueva derecha y el lobby empresarial de poner en cuarentena las políticas sociales que Bo desarrolló en Chongqing. Estas políticas, articuladas en torno a la regulación de la propiedad de la tierra y los permisos de residencia para los inmigrantes, han frenado los abusos de los funcionarios locales, los cuadros del partido, los promotores urbanísticos y los empresarios, que en otras partes de China son omnipotentes a la hora de confiscar tierras, entregar suelo público a empresarios afines al partido y negar servicios sociales básicos a los trabajadores provenientes de las zonas rurales. Hasta qué punto la caída en desgracia de Bo significará la marginación del experimento llevado a cabo en Chongqing a favor de otros modelos, es difícil de decir. Para la nueva derecha, el modelo a seguir es el de Guangdong, basado en la liberalización de la economía y el aumento de las exportaciones. Aunque genere desigualdades sociales, los liberales piensan que estas pueden ser corregidas a posteriori con políticas redistributivas, siempre que estas no obstaculicen el crecimiento.

Lo relevante de este debate es la constatación de que al menos en un sector de la élite china existen preocupaciones que podemos compartir y debates en los que podemos participar desde nuestra experiencia. ¿Cuánto y cómo crecer? ¿Cómo corregir las desigualdades asociadas a la liberalización económica? ¿Qué grado de cohesión social es necesario para hacer funcionar correctamente una economía de mercado y, también, un sistema político (aunque sea autoritario)? Frente a los que sostienen que China es diferente y que no podemos entenderla con nuestras categorías, estos debates nos muestran que compartimos mucho más de lo que pensamos. Ni nosotros ni los chinos tenemos las respuestas, pero constatar que tenemos preguntas y preocupaciones parecidas es un primer y muy importante paso. En nuestra experiencia histórica, la democracia surge como resultado de la aceptación del mercado por parte de la izquierda como un mal menor y del Estado de bienestar por parte de la derecha como otro mal menor. Paradójicamente, es esta suma de dos males menores la que convierte a la democracia en un bien mayor. Ojalá China también descubra que la democracia puede ser el punto de equilibrio entre aquellos que recelan del Estado y los que sospechan del mercado.

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Publicado en la edición impresa del diario ELPAIS el 30 de noviembre de 2012

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Después de la batalla

9 noviembre, 2012

La reelección de Barack Obama es una batalla más en la larga guerra que izquierda y derecha vienen librando desde hace tres décadas en torno al papel del Estado. Por su extensión temporal y geográfica, así como por su intensidad e impacto, nos recuerda a la guerra de los Treinta años que se libró en el continente europeo entre 1618 y 1648. Entonces, el conflicto se organizaba en torno a tres elementos clave del poder: el territorio, la religión y las sucesiones dinásticas. Hoy, como corresponde a sociedades democráticas y secularizadas con economías abiertas, la batalla se libra en torno a elementos algo más posmodernos: los límites del Estado y el mercado, la tensión entre libertad e igualdad y la fijación de fronteras, no entre territorios, sino entre clases sociales.

Esta seudoguerra de los Treinta años, en la analogía trazada por Bill Clinton para describir la virulencia que el conflicto llega a alcanzar en Estados Unidos, se inició con las victorias de Margaret Thatcher y Ronald Reagan en el Reino Unido y Estados Unidos, en 1979 y 1980, respectivamente. Esas victorias significaron un punto de inflexión en la conceptualización del papel del Estado. Si hasta entonces tanto los conservadores estadounidenses como los democristianos europeos compaginaban sin excesivos problemas su preferencia por una economía de mercado abierta con la existencia de un Estado capaz de proveer seguridad y cohesión social, a partir de ese momento, una parte importante de la derecha, que había desarrollado una importante animosidad hacia el Estado, al que culpaba de la crisis económica de los setenta, situó a este en su punto de mira.

Esa ojeriza hacia lo estatal se justificó desde un doble argumento: el de la eficacia económica, pues se veía al Estado como un obstáculo para el crecimiento, no como un facilitador; y el de la legitimidad política, pues se concebía al Estado como un intruso en la esfera de derechos individuales, no como un garante de dichos derechos. De ahí el intento constante de empequeñecer el Estado y sus estructuras de redistribución de renta y oportunidades.

Paradójicamente, la animadversión de la derecha hacia el Estado coincidió con el descubrimiento por la izquierda del mercado como instrumento creador de oportunidades de progreso social. Por tanto, mientras que las fuerzas progresistas (esto es, demócratas en EE UU y socialdemócratas en el continente) llegaban a un equilibrio entre Estado y mercado, asignando al Estado el papel de redistribuir, pero no el de producir, y al mercado el de proporcionar crecimiento, pero atajando su tendencia a la inequidad, las fuerzas conservadores (republicanos en EE UU y liberales en Europa) se dedicaban a reducir el tamaño del Estado, limitar su papel redistributivo y desatender las políticas sociales en la creencia, repetida una y otra vez, de que la creación de empleo era la mejor, incluso única, vía para lograr una sociedad cohesionada y con igualdad de oportunidades.

El resultado es que, mientras que la gran mayoría de la izquierda ha dejado atrás el pensamiento antimercado, un sector importante de la derecha se ha situado bajo el techo de un liberalismo que lo es casi exclusivamente en el sentido económico, pues cree en la libertad económica a ultranza y un papel mínimo para el Estado, pero no en el político. Así pues, como hemos visto en la campaña estadounidense, pero también observamos a este lado del Atlántico, la derecha es liberal en lo económico (aunque allí “liberal” se use como sinónimo de izquierdista) en tanto en cuanto propugna un Estado pequeño, pero notablemente conservadora en cuestiones relacionadas con la libertad personal (aborto, matrimonio homosexual, despenalización de consumo de drogas, etcétera). Pero al mostrarse completamente indiferentes ante las crecientes desigualdades entre clases sociales, especialmente entre los más ricos y los más pobres, los liberales muestran no ser liberales en lo político, pues desde el pensamiento político liberal siempre se ha tenido claro que la democracia, en tanto que presupone y requiere ciudadanos iguales en derechos y capacidades, es incompatible a largo plazo con diferencias sociales acentuadas.

En Estados Unidos, desde 1945, cuando acabó la Segunda Guerra Mundial, hasta 1980, cuando el presidente Ronald Reagan llegó al poder, las diferencias de renta entre el 10% más rico y el resto de la sociedad se mantuvieron estables pero desde entonces no han hecho sino aumentar hasta situarse hoy en niveles comparables a los años de la Gran Depresión del siglo pasado. En la batalla del martes, la enésima en esta guerra de los treinta años, han ganado los que piensan que un Estado redistribuidor no amenaza a la libertad, sino que la garantiza. Apúntenle el tanto a Obama.

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Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 9 de noviembre de 2012