Posts Tagged ‘legitimidad’

A Israel se le agota el tiempo

11 noviembre, 2014

relojdearenaPrimero fue el nuevo Gobierno sueco, que el 2 de octubre anunció que reconocería al Estado palestino. Luego ha venido el Parlamento británico, que en una votación impuesta por los parlamentarios laboristas este lunes, ha votado —274 contra 12— a favor de ese mismo reconocimiento. La decisión del Gobierno sueco no es improvisada ni se produce en el vacío, pues su nueva ministra de Exteriores, Margot Wallström, ha sido comisaria europea y conoce perfectamente cuál es la posición de la UE en la cuestión y cuáles son las consecuencias de esta decisión unilateral por parte de Suecia. Algo parecido se puede decir del Parlamento británico: Reino Unido no sólo es uno de los países que más han apoyado a Israel en las últimas décadas, sino de los más sensibles ante el terrorismo yihadista. Que Ed Miliband, líder de la oposición de un país con asiento permanente en el Consejo de Seguridad, se sume a esa demanda de reconocimiento unilateral es todo un reflejo de cómo se le están torciendo las cosas al Gobierno israelí.

Israel siempre ha vivido bajo una amenaza existencial. En tiempos fue la hostilidad de sus vecinos árabes, empeñados en negar su existencia, para lo cual no dudaron en recurrir a la guerra. Luego fue el terrorismo de Hamás y de organizaciones afines, que sembraron Israel de atentados suicidas. Finalmente, fueron las palabras del presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, negando el Holocausto y procediendo a desarrollar un programa nuclear militar. Pero mientras que Israel derrotaba militarmente a sus vecinos, bloqueaba a los terroristas con una serie de muros y lograba que la comunidad internacional (China y Rusia incluidas) se uniera para forzar a los iraníes a suspender su programa de enriquecimiento de uranio, obviaba cómo el apoyo internacional se iba agotando hasta prácticamente desvanecerse.

La última campaña militar israelí en Gaza, con el desastroso balance de víctimas civiles que dejó tras de sí, ha sido la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de muchas cancillerías europeas. Los gobiernos europeos, y hasta el muy proisraelí Gobierno estadounidense, están hastiados de tener que defender lo indefendible. Al enfado con Israel por sus excesos en Gaza se suma ahora la reanudación de los asentamientos y la confiscación de tierras en Cisjordania, una medida que muestra la impunidad del Gobierno de Netanyahu, convencido de haberle tomado la medida a los europeos y de poder torearlos a su antojo.

En todas estas idas y venidas, Israel viene olvidando algo esencial: que la pérdida de legitimidad internacional es tanto o más peligrosa que todas esas amenazas existenciales. En la mente de muchos, Israel ya hace tiempo que, en su trato con los palestinos, ha cruzado la línea que le sitúa del lado de regímenes como la Sudáfrica del apartheid.Ahora, esas actitudes, críticas en privado pero silenciosas en público, van emergiendo, conociéndose y convirtiéndose en políticas de reconocimiento unilateral a Palestina. Instalado en una falsa sensación de seguridad, Israel no parece percibir el cambio en la percepción de la opinión pública europea y sus consecuencias. Pero lo cierto es que se le agota el tiempo y que, si sigue así, acabará siendo un país paria, aislado y apestado internacionalmente.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 15 de octubre de 2014

Recuperar a la ciudadanía

20 septiembre, 2013

urnaLa crisis ha provocado en la ciudadanía una extensión de la desafección hacia la política. Esa desafección no cuestiona el sistema democrático, pero sí la capacidad de lograr que su salida se produzca de una manera rápida y cohesionada. Superar esta desafección es fundamental. Para ello es preciso entender que las causas de la crisis son tanto globales como europeas y nacionales: en cada uno de esos ámbitos, los errores y omisiones alimentan el malestar democrático y la desafección ciudadana. Por un lado, la ciudadanía percibe que, a pesar de haberse generado en el sector financiero, los costes de la crisis se están repartiendo de forma inequitativa entre países, grupos sociales y actores económicos. Por otro, observa que la Unión Europea, que desde la instauración de la democracia ha sido un aliado estratégico a la hora de llevar a cabo reformas que incrementaran el bienestar y la cohesión social, está funcionando de forma sesgada y poco democrática. Por último, la ciudadanía también aprecia nítidamente hasta qué punto el sistema político español, seriamente dañado, se ha convertido en un elemento agravante de la crisis.

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Un Tratado y un billón

5 marzo, 2012

Estos son los dos elementos sobre los que en estos momentos descansa el futuro de Europa. Los ritmos de su despliegue son muy reveladores de las asimetrías que dominan hoy la construcción europea pues, como se ha visto, resulta más fácil hoy en día que el Banco Central Europeo movilice un billón de euros en créditos que los Gobiernos puedan acordar y hacer entrar en vigor 16 artículos de un tratado. Sea como sea, el billón ya está en circulación; en cuanto al tratado, las cosas no están tan claras.

Irlanda ya ha anunciado que difícilmente podrá evitar someter ese texto a referéndum. Teniendo en cuenta el expediente ratificador dublinés (dos referendos, dos rechazos, dos crisis), la preocupación está más que justificada. Cierto que en las dos ocasiones anteriores (2001 y 2008), los Gobiernos irlandeses lograron finalmente ratificar los tratados por medio de un segundo referéndum. Y cierto que esta vez se ha puesto la venda antes que la herida para que el tratado pueda entrar en vigor con solo que 12 de los 17 miembros de la eurozona lo ratifiquen. Pero esto no agota ni mucho menos las consideraciones sobre la legitimidad y la eficacia de este proceso ni sobre las consecuencias que se derivarían de un eventual no irlandés.

El objeto de un referéndum es dejar en manos de la ciudadanía la posibilidad de elegir entre varias opciones. Pero para que los ciudadanos de una democracia puedan (auto)determinar su futuro se requiere que todas las opciones sometidas a consulta sean técnicamente posibles, políticamente viables y moralmente aceptables. Y lo que es más importante: que los ciudadanos entiendan y tengan claro de antemano cuales son las consecuencias que para ellos se derivarán de cada una de las opciones que se les someten. Si no se cumplen estas condiciones, un referéndum carece de sentido, que es exactamente lo que viene ocurriendo en la UE, donde los referendos se plantean como medios para la legitimación popular a posteriori de decisiones ya tomadas.

Eso explica por qué es tan difícil escapar a la impresión de que, en el ámbito europeo, los referendos no han venido poniendo en manos de la ciudadanía la capacidad de decisión sobre su futuro, sino que se han convertido en algo parecido a un test de inteligencia diseñado por los Gobiernos donde de lo que se trata es de averiguar la respuesta correcta. Por eso, cuando los electores han votado no, los Gobiernos han reaccionado pulsando el botón rojo (“respuesta incorrecta”) y han vuelto a someter la cuestión a consulta para que los ciudadanos presionen el voto verde (“respuesta correcta”).

Algo parecido podría volver a ocurrir en Irlanda, cuyos ciudadanos ya están siendo advertidos de que un no a este Tratado podría significar su salida del euro. ¿Por qué? ¿Con qué argumentos? Irlanda firmó y ratificó el Tratado de Maastricht que estableció la Unión Económica y Monetaria y posteriormente el Tratado de Lisboa, que no incluyen ninguna cláusula sobre una expulsión del euro. Si de lo que se trata es de que Irlanda no tendría acceso a los fondos del nuevo Mecanismo Europeo de Estabilidad, u otro tipo de consecuencias, explíquese claramente a los ciudadanos, junto con sus posibles alternativas, pero no se amenace a los ciudadanos con que el ejercicio de su libre albedrío democrático podría llevar al colapso económico de Irlanda o, incluso, al estallido final y ruptura definitiva de la eurozona porque eso significa que no existe una elección entre alternativas y, en consecuencia, es absurdo celebrar un referéndum.

La Unión Europea no es una democracia, sino una demoi-cracia, es decir, está formada por varios demos o pueblos, lo que significa que carece de un sujeto político único que se pueda pronunciar clara e unívocamente sobre su futuro. Por eso, como los acuerdos se adoptan en la esfera supranacional pero los referendos se celebran en el ámbito nacional y de forma desconectada entre sí, los ciudadanos de cada país no solo no se autodeterminan a sí mismos, sino que exportan las consecuencias de sus decisiones a terceros, impidiendo que los demás puedan autodeterminarse.

Planteados así, los referendos son un callejón sin salida: no permiten hacer avanzar a la UE (luego no son eficaces), ni tampoco legitiman democráticamente la construcción europea. Por tanto, cuando son favorables, el resultado se descuenta y se atribuye a la falta de alternativas, mientras que cuando son desfavorables, se convierten en un mecanismo de deslegitimación ya que por la vía de protocolos o negociaciones adicionales se termina logrando que lo que salió por la puerta, vuelva a entrar por la ventana. Por tanto, si de preguntar a la ciudadanía se trata, que se haga como medio de lograr una Europa más eficaz y más democrática, no desde la soberbia ni desde la resignación.

Publicado en elpais internacional, 1 de marzo de 2012

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