Posts Tagged ‘Jean-Claude Juncker’

En nombre de Europa

14 abril, 2015

DBP_1977_926_Jean_Monnet“Europa no ha sido nunca tan próspera, tan segura ni tan libre. La violencia de la primera mitad del siglo XX ha dado paso a un periodo de paz y estabilidad sin precedentes en la historia europea”. Así abría la estrategia de seguridad aprobada en diciembre de 2003 por el Consejo de la Unión Europea. Vuelvan a leer el entrecomillado, lean la sección de internacional de este diario, e intenten ver cuánto queda hoy de aquella descripción.

Respecto a la prosperidad, a la vista de todos está la exasperante lentitud con la que Europa ha lidiado con la crisis económica. En lo relativo a la seguridad, las cosas tampoco pintan mejor: un rosario de conflictos, desde Ucrania hasta Libia pasando por Siria, nos han dejado un reguero de refugiados, fanatismo e impotencia. Y si nos fijamos en la libertad, no sólo nos topamos con la frustración que provoca el fracaso de los procesos de cambio político en el mundo árabe sino que tenemos que incorporar los retrocesos democráticos que observamos en Rusia y Turquía. Y para colmo, ese reflujo antiliberal se solapa con el resurgir del nacionalismo xenófobo dentro de la propia Unión. Critíquese a Rusia todo lo que se quiera, pero no se olvide que un primer ministro que se sienta en el Consejo Europeo (me refiero al húngaro Víctor Orban) ha manifestado que la democracia liberal no es el único modelo de democracia posible.

La UE necesita de forma urgente una estrategia que aúne sus valores e intereses de forma coherente y ponga a su disposición las herramientas necesarias para defenderlos. Es difícil proclamarse admirador del presidente de la Comisión Europea, sin duda fiel representante de ese establishment europeo que con sus componendas y miopías nos ha hecho perder una década en debates institucionales o riñas de familia. Pero hay que aplaudir a Juncker por su creciente afición a decir verdades como puños, desde el desastre que ha sido la troika al absurdo de que los europeos sigan sin tomarse en serio la idea de poner en marcha un Ejército europeo. Muchos dirán que un expresidente del Eurogrupo proveniente de un país con unas fuerzas armadas de 900 efectivos, un sector financiero sobredimensionado y una política fiscal que sonroja no es el idóneo para decir las verdades del barquero. Pero alguien tiene que comenzar a señalar con el dedo a todos aquellos que han hecho de la administración de la decadencia europea un modo de vida, comenzando por los ejércitos y las diplomacias nacionales, cuya existencia como entes autónomos cada vez tiene menos sentido. En una ocasión Jean Monnet cerró la puerta en las narices a los diplomáticos nacionales con el argumento de que él estaba allí para defender los intereses europeos. Nuestro problema hoy, antes que la estrategia, es encontrar a alguien que quiera hablar en nombre de todos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 12 de marzo de 2015

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El error de Tsipras

8 abril, 2015

DIE_LINKE_Bundesparteitag_10._Mai_2014_Alexis_Tsipras_-1La Unión Europea, suele decirse, es un orden negociado. ¿No es esto contradictorio? Un orden es algo estable y cerrado, mientras que una negociación presupone algo abierto y en permanente cambio. ¿Cómo puede ser algo una cosa y a la vez su contraria? La respuesta correcta es: ¿y qué importa? ¿Qué necesidad hay de lamentarse porque algo que funciona en la práctica no lo haga en la teoría?

La Unión Europea funciona mejor de lo que se dice, especialmente teniendo en cuenta que lo hace sin modelo ni referencias. Todo lo bueno que ha logrado la UE se lo debe a su enorme flexibilidad: una y otra vez desde los comienzos de este proyecto tan singular hemos visto a los líderes europeos, agotados tras días y noches de negociaciones sin interrupción, estampar su firma en acuerdos que se suponían imposibles y que a decir de muchos suponían la cuadratura del círculo.

Así entró Grecia en las (entonces) Comunidades Europeas: mediante un acto político del Consejo Europeo, que creyendo imperativo apoyar el proceso de consolidación democrática tras el fin de la dictadura de los coroneles, pasó por encima del dictamen de la Comisión Europea, que en razón del pésimo estado de la economía griega había recomendado tomarse su adhesión con mucha, muchísima calma. En aquella ocasión, como en tantas otras en la historia comunitaria, las reglas del juego se retorcieron por una razón política superior y Grecia no sólo entró en la Unión a pesar de no cumplir los requisitos, sino que lo hizo cinco años antes que España y Portugal.

Buscar la razón política superior que hiciera deseable la extensión y modificación a favor de Grecia del programa de rescate debería haber sido la primera tarea de Tsipras y su Gobierno. No era una tarea en absoluto difícil pues su llegada al poder ha coincidido con un momento de rara unanimidad dentro de la Unión Europea en torno a los errores de diseño del euro, los excesos de la política de austeridad, las torpezas de la troika y el desproporcionado coste asumido por la ciudadanía griega.

Todo era viento en las velas para aliarse con un presidente de la Comisión con mala conciencia por su pasado y empeñado en políticas de estímulo, un presidente del Banco Central Europeo decidido a emprender una expansión monetaria sin precedentes sin importarle lo que dijera Alemania y unos Gobiernos en París, Roma y Madrid encantados de utilizar a Atenas para terminar de demoler los dogmas con los que Alemania asfixia el crecimiento económico.

Créanme, Tsipras lo tenía realmente fácil. Pero fuera por dogmatismo, mal asesoramiento o por perseguir otros fines, se ha empeñado en una confrontación absurda con sus socios. ¿El resultado de este despilfarro de capital político y moral? Que obtendrá la mitad de lo que hubiera podido lograr si hubiera actuado con inteligencia y flexibilidad, y al doble de precio. Una pena, sobre todo para los griegos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 26 de marzo de 2015

Tarjeta amarilla para Juncker

23 noviembre, 2014

395167_10151178885088581_2143599013_nEn la vida antes de la crisis sólo había dos certezas: la muerte y los impuestos. Pero en la vida tras la crisis, las economías, atrapadas en una espiral de deuda, desempleo y sin crecimiento, más bien parecen zombis. En cuanto a los impuestos, que ya habían pasado del estado sólido al líquido con la liberalización de los movimientos de capitales, ahora han transitado al gaseoso, como muestran las revelaciones sobre las prácticas fiscales de Luxemburgo.

Como ha señalado el economista francés Thomas Piketty, el principal problema que tiene la izquierda del siglo XXI es que no puede sostener el Estado del bienestar exclusivamente sobre los impuestos a los salarios. Y no lo puede hacer por razones de eficiencia, ya que con esos impuestos no basta para sostener las políticas de igualdad, ni por razones de equidad, porque la riqueza patrimonial ha crecido desproporcionadamente respecto a los salarios. Por tanto, aunque cargar todos los impuestos sobre el trabajo y los salarios es, además de injusto, ineficaz, se hace porque las rentas salariales son fijas y las patrimoniales son móviles, líquidas o disfrutan de regulaciones muy favorables. En otras palabras, los superricos y las empresas pueden marcharse y pagar impuestos en otros países; pero asalariados y consumidores, no.

Este doble rasero fiscal representa una amenaza existencial para el Estado del bienestar, por lo que sus partidarios deberían ser intransigentes con los esquemas fiscales que favorecen estas prácticas, y que están más extendidos de lo que parece (Luxemburgo no es una excepción). Sin embargo, como vemos estos días en el Parlamento Europeo, los socialistas europeos, temerosos de debilitar al presidente de la Comisión y de reforzar a los eurocríticos, se han dejado robar la cartera por unas promesas inconcretas de Jean-Claude Juncker sobre la armonización fiscal que seguramente no llegarán a nada una vez sean trituradas por Gobiernos y grupos de interés.

El resultado de las dudas de los socialistas es que los populistas eurófobos, que han presentado una moción de censura contra Juncker, y los Verdes e Izquierda Unida Europea, que acertadamente han visto el potencial político de este tema entre el electorado de izquierdas, les han arrebatado la bandera de la equidad y la transparencia fiscal. Dicen los socialistas que lo importante es el plan de inversiones públicas que Juncker va a presentar la semana que viene, porque eso supondrá crecimiento y empleo. Pero también hay quienes desconfían de ese plan y señalan que no traerá dinero nuevo sino sólo un lavado de cara de partidas presupuestarias ya existentes. Así que, confiados en que su acuerdo de coalición con Juncker funcione, los socialistas sólo han pitado falta cuando seguramente debían haber sacado tarjeta amarilla. Porque no sólo la política debe ser transparente, sino también las empresas.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 21 de noviembre de 2014

 

Luxleaks: una inmensa estafa

23 noviembre, 2014

103013.cnet.capt_renault.largeParodiando al inefable Claude Rains cuando en la películaCasablanca exclama indignado “¡aquí se juega!” y acto seguido el crupier se le acerca por detrás y le dice: “Tenga, capitán, sus ganancias”, el presidente de la Comisión Europea, el luxemburgués Jean-Claude Juncker, intenta estos días convencer a 500 millones de europeos de que no sólo está escandalizado por las revelaciones conocidas esta semana que apuntan a que 340 multinacionales utilizaron Luxemburgo para no pagar los impuestos que les correspondían sino de que no le va a temblar el pulso a la hora de tomar medidas para que esto no vuelva a ocurrir.

Que Juncker, que ha presidido el Gran Ducado luxemburgués durante nada menos que 18 años compaginando ese puesto con el de ministro de Finanzas, pretenda hacernos creer que no sabía nada nos deja ante una difícil disyuntiva: o bien está mintiendo, lo que debería llevar al Parlamento Europeo a abrirle un proceso de censura, o bien está diciendo la verdad, lo que supone reconocer unos niveles de incompetencia y dejadez en el ejercicio de sus funciones que le restarían cualquier credibilidad para presidir la Comisión Europea.

Porque la cuestión aquí no es que las susodichas empresas aprovecharan un oscuro vacío legal para zafarse de sus obligaciones tributarias y defraudar al fisco luxemburgués sin que este se enterara, sino que la Hacienda de ese país firmó con todas y cada una de ellas acuerdos que convalidaban los esquemas fiscales que les permitirían tributar nada más que un ridículo 2%. Es decir, que en lugar de defraudar a espaldas de la Hacienda luxemburguesa y con algo de incertidumbre, estas empresas defraudaban al resto de los socios europeos con su plena cooperación, por escrito y con su firma al final de la última página.

La gravedad del asunto y sus consecuencias políticas no pueden ser minusvaloradas. Primero, porque evidencia que el éxito político de Juncker, que ha permitido a los luxemburgueses disfrutar tanto de un increíble nivel de vida como de unas prestaciones sociales sin parangón, está construido sobre un esquema fiscal que puede ser legal desde el punto de vista formal pero que era claramente fraudulento en su intención. Algo de mala conciencia tendrían las autoridades luxemburguesas cuando tantos reparos ponían a las solicitudes de información sobre estas prácticas que les dirigía el entonces comisario Joaquín Almunia, y algo de mala conciencia tienen ahora cuando, una vez descubierto todo, se aprestan a decir que no lo van a hacer más.

Pero el daño a la legitimidad de Juncker para presidir la Comisión va más allá del ámbito luxemburgués. Hay que recordar que como presidente del Eurogrupo durante lo más álgido de la crisis del euro, Juncker ha estado al frente de unas políticas de austeridad y de estabilidad presupuestaria que han desembocado en sangrantes recortes sociales y de derechos para millones de europeos. Ahora resulta que mientras eso ocurría el hoy presidente de la Comisión Europea lideraba un país que vaciaba de impuestos las arcas de sus socios justo cuanto más necesitaban esos impuestos. ¿A cuánto asciende lo dejado de ingresar? ¿Cuántos profesores y médicos se podían haber financiado con lo evadido? Ejemplar desde luego no es ni lo va a parecer. Por mucho que se empeñe en convencernos de que va a liderar un proceso de armonización fiscal que impida estas prácticas, Juncker ha quedado expuesto como cómplice de una inmensa estafa a los ciudadanos europeos.

Publicado originalmente en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 14 de noviembre de 2014

El error de los socialistas europeos

10 octubre, 2014

Miguel-Arias-CaneteAl contrario de lo que se viene escribiendo estos días, el principal error de los socialistas (españoles y europeos) no está en haberse dividido a la hora de confirmar o rechazar la designación de Miguel Arias-Cañete como comisario de Energía y Cambio Climático. Claro que esa división interna es un error: unidos hubieran muy fácilmente podido negociar con el presidente Juncker el desgajar la cartera de Cambio Climático o, incluso, haber pactado asignar otras responsabilidades al español, que no era idóneo para el cargo, y atribuir esa cartera a alguien con más credibilidad en ese tema y así haber logrado el apoyo de liberales, socialistas e incluso verdes. Pero la responsabilidad última por este espectáculo recae sobre Juncker, que ha forzado demasiado la mano a la hora de asignar las carteras a varios comisarios sin tener en cuenta su perfil, lo que ha puesto en riesgo a toda la Comisión.

El verdadero error de los socialistas europeos, especialmente de los que han votado por Juncker y por su Comisión, es no haber entendido que, para estar en un Gobierno de coalición, que es lo que la Comisión Juncker es, hay que pactar políticas de coalición y asegurarse de que se dispone de los recursos para ejecutar esas políticas. Europa está atascada desde hace demasiado tiempo en una recesión que conlleva unos niveles intolerables de desempleo y frustración ciudadana con las políticas de austeridad. Esa combinación se está mostrando doblemente letal: por un lado, genera desconfianza en la Unión Europea, lo que hace imposible que los Gobiernos pidan “más Europa” como salida a la crisis; por otro, está hundiendo la credibilidad de los partidos socialistas, especialmente los que gobiernan, obligados a aplicar unas políticas de austeridad extremadamente impopulares sin obtener a cambio ningún impulso para el crecimiento.

Esta semana, el Fondo Monetario Internacional, famoso por décadas de hostilidad a los déficits fiscales, ha pedido a los europeos que estimulen su economía con políticas de inversión pública y, lo que es más sangrante aún, les ha recordado que con los bajísimos tipos de interés actuales esas inversiones no incrementarán la deuda a largo plazo, pues se financiarán de sobra con los réditos del crecimiento y empleo que generarán. Pero la UE sigue, erre que erre, empeñada en aplicar la misma y fallida receta económica.

¿Y qué hacen los socialistas franceses e italianos? En lugar de condicionar su apoyo a la Comisión Juncker a un cambio en la política económica, es decir, a un gran pacto por el que cada recorte y cada reforma estructural fuera acompañada de un paquete de inversión pública que estimulara el crecimiento, se conforman, uno con un comisario (Pierre Moscovici) que consiga un poquito de flexibilidad, y otros con el puesto de Alta Representante y comisaria para las Relaciones Exteriores (Mogherini). Se critica a los socialistas españoles por votar contra Juncker, pero antes de hacerlo, los socialistas franceses e italianos deberían mirar al PSOE y preguntarse si su voto a esta Comisión, que es el que realmente ha dado la mayoría a Juncker, es el primer acto de su suicidio político en casa.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 10 de octubre de 2014

Jean-Claude habla italiano

18 julio, 2014

Renzi“Salvamos la eurozona y el mercado interior pero seis millones de personas perdieron sus empleos, entre ellos muchos jóvenes. La confianza está volviendo lentamente a Europa pero algunos miembros están todavía lejos de lograr un crecimiento sostenible. Hemos cometido errores en el manejo de la crisis: el ajuste no se ha distribuido equitativamente, sino de forma socialmente injusta y, además, las decisiones tomadas durante la crisis no han disfrutado de suficiente legitimidad democrática, lo que ha deteriorado el apoyo ciudadano a la Unión Europea”.

Este resumen de la intervención de Jean-Claude Juncker ayer en el Parlamento Europeo, significativamente titulado Un nuevo comienzo para Europa: mi agenda para el empleo, el crecimiento, la equidad y el cambio democrático, es lo que explicaría el apoyo recibido por el candidato luxemburgués a la Comisión Europea por parte de socialistas, liberales y verdes. El mensaje de Juncker, junto con las diez prioridades que ha detallado en su programa de gobierno, dibuja una Comisión asentada en un gran pacto político entre las principales fuerzas europeístas que quiere huir de la confrontación ideológica entre izquierda y derecha y cargar todo el peso sobre un eje reformista. Juncker quiere centrarse en la movilización de la inversión pública, el impulso a los servicios digitales, la integración financiera, las interconexiones energéticas, las políticas de inmigración o la creación de un presupuesto separado para la zona euro. Es indudable que el Juncker presidente de la Comisión ha querido desmarcarse del Juncker presidente del Eurogrupo en los momentos álgidos de la crisis o del Juncker primer ministro luxemburgués que, sobre la base de legales pero poco éticas prácticas, logró convertir ese pequeño país en un pequeño paraíso (fiscal y terrenal).

Esta transformación de Juncker hay que anotársela a Marine Le Pen, líder del Frente Nacional en Francia, y a Matteo Renzi, el recién llegado primer ministro italiano. A la primera porque el auge de los populismos eurófobos ha convencido a los líderes europeos de que, aunque el proyecto europeo haya estado severamente amenazado por los mercados, quienes de verdad podrían enterrarlo son los ciudadanos, dándole la espalda. Al segundo le debe Juncker algo que la UE ya había comenzado a practicar pero que necesitaba formalizar: un compromiso de flexibilidad respecto a las políticas de austeridad y, en paralelo, un programa de inversiones públicas que estimule el crecimiento y el empleo.

Los socialistas españoles, junto con los laboristas británicos, se han desmarcado de este gran pacto. Hace cinco años estaban en el Gobierno, lo que les permitió apoyar a Barroso a cambio de situar a una socialista, Lady Ashton, como ministra de Exteriores y lograr una cartera de primer nivel para Joaquín Almunia. Ahora están en la oposición, en periodo de reconstitución y no se jugaban nada, así que han preferido votar en clave interior y contrarrestar el auge de Izquierda Unida y Podemos. La Italia de Renzi llena el vacío europeo que dejan los socialistas españoles. Un frente que el nuevo líder, Pedro Sánchez, deberá atender de forma prioritaria.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el miércoles 16 de julio de 2014

Cameron en el córner

10 julio, 2014

cornerHay líderes que improvisan tan bien que parece que tienen un plan. Otros se empeñan en sostener que tienen un plan cuando lo que hacen es improvisar. Pero el caso del primer ministro británico, David Cameron, es especial: no sólo es un maestro del oportunismo, sino que encima tiene mala suerte.

Temeroso de perder al electorado euroescéptico, Cameron se había ido desplazando hacia posiciones cada vez más radicales: se había apuntado a la crítica feroz de la Unión Europea como una organización inútil y burocrática y, lo que es peor, no había dudado en adoptar la agenda antiinmigración de sus principales rivales. Pero la promesa de convocar un referéndum sobre la eventual retirada del Reino Unido de la Unión Europea, sumada a una infame tribuna en Financial Times el pasado mes de noviembre titulada “El libre movimiento tiene que ser menos libre”, no le han servido de nada.

Al contrario, ha servido para mostrar al electorado que despreciar a la Unión Europa y sentir fobia hacia los inmigrantes no es algo de lo que avergonzarse. ¿El resultado?: situarse como tercera fuerza política de su país en las pasadas elecciones europeas, después de los populistas de Nigel Farage y de los laboristas.

Anda ahora Cameron medio implorando, medio amenazando a Angela Merkel que no proponga al popular Jean-Claude Juncker como presidente de la Comisión Europea, a pesar de haber ganado las elecciones. Si lo hace, advierte, no podrá garantizar que Reino Unido permanezca en la UE. ¿Le funcionará este chantaje? Aunque en política nada es imposible, no parece muy factible. Ceder ante Cameron enfrentaría a Merkel con los socialistas europeos, que parecen estar dispuestos a apoyar a Juncker a cambio de algunas concesiones.

Pero es que, además, Cameron obvia un pequeño detalle: que en 2009 decidió sacar a los conservadores británicos del Partido Popular Europeo y fundar su propio grupo junto con los euroescépticos checos, polacos y otros socios menores de Croacia, Dinamarca, Hungría, Holanda, Italia, Letonia y Lituania.

Ese grupo (Conservadores y Reformistas Europeos) ha obtenido 46 escaños, aunque baraja incluir algunos miembros de otros partidos (algunos con condenas por xenofobia) para llegar hasta los 55 escaños. Aunque no parezca haberse enterado, eso significa que Cameron no sólo ha perdido las elecciones en casa, sino también en Europa. Que alguien le avise de una vez de que ha perdido dos elecciones y que está regateando al banderín del córner.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 6 de junio de 2014

Elegir sin debatir

18 mayo, 2014

europeasObserven a los dos principales candidatos a la presidencia de la Comisión Europea, el popular y luxemburgués Jean-Claude Juncker y el socialista alemán Martin Schulz, rindiendo cuentas públicamente por su trabajo de estos años y confrontando por toda Europa sus ideas sobre la crisis y cómo salir de ella. Lo están haciendo, como los otros candidatos (el liberal belga Guy Verhofstadt y el tándem Verde José Bové-Ska Keller), en debates televisados y también en entrevistas de prensa conjuntas como la que este jueves publicaron varios medios europeos, entre ellos este diario. Dejando atrás las complejidades institucionales y políticas que decidirán finalmente si estas personas serán o no presidentes de la Comisión después del día 25 (un tema que trato con más detalle en el blog Café Steiner en elpais.com), hay que decir que esta era precisamente la idea detrás de la propuesta de designar candidatos a la presidencia de la Comisión: poner nombre y apellidos a las ideas y permitir, por fin, iniciar un verdadero debate europeo.

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