Posts Tagged ‘Hollande’

Siempre Francia

16 mayo, 2014

VallsAlemania es la potencia que no quiere ser, Francia la potencia que ya no puede ser. Todos los problemas actuales de Europa pueden ser expresados retornando una y otra vez a esta asimetría de las voluntades. Las dos están siempre en tensión: Alemania buscando que se cumplan las normas, Francia buscando la oportunidad de hacerlas o rehacerlas. “Si todo el mundo cumpliera las reglas”, he oído decir en la Cancillería en Berlín, “no necesitaríamos líderes”. Pero la reflexión en el Elíseo es completamente distinta, más bien un lamento: “¡ay si nosotros tuviéramos el poder de Alemania!” Berlín no quiere liderar, dice que para eso se hacen las reglas, para que todo el mundo sepa lo que tiene que hacer sin necesidad de que nadie tenga que decirlo. Pero en París, que saben mucho más de la vida, no se les ha olvidado ni por un minuto que el poder consiste en hacer las reglas y que las reglas reflejan la distribución de poder en una comunidad.

El contraste entre el autocontenido liderazgo de los Cancilleres alemanes más relevantes de la Alemania democrática (Adenauer, Brandt, Schmidt, Kohl y la propia Merkel) y la recreación en el poder de los Presidentes de la V República (De Gaulle, Giscard d’Estaing, Mitterrand, Sarkozy y Hollande) es todo menos una casualidad. Nada explica mejor la manera de gobernar de Merkel que esa aversión a los hombres fuertes grabada (por suerte) en lo más profundo del ADN democrático alemán de hoy. Y, a la vez, nada explica mejor Francia que la obsesión con el poder ejecutivo, la búsqueda constante del líder clarividente que mostrará el camino, una patología que los politólogos llamamos “ejecutivismo”.

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El triunfo del modelo alemán

20 septiembre, 2013

merkelrajoyLa muy probable victoria de Angela Merkel y la amplitud del consenso en torno al modelo económico alemán permiten augurar pocos cambios una vez celebradas las elecciones del domingo. A la desmovilización del electorado en razón del buen comportamiento de la economía se une la rebaja sustancial de la tensión en la eurozona gracias al cambio de política operado por el Banco Central Europeo en el otoño de 2012 al comprometerse a respaldar sin límite al euro frente a los ataques especulativos de los mercados.

La relajación de la presión sobre el sur, que ha visto extendidos los plazos para cumplir los objetivos de déficit, también ha contribuido a generar un nuevo clima de confianza. Frente a la durísima batalla contra la austeridad a ultranza que dominó el año pasado, ahora vemos a muchos gobiernos del sur, el español al frente, celebrando en público los (supuestos) buenos resultados de la política de austeridad impuesta por la eurozona. Aferrados al crecimiento de las exportaciones y a las ganancias de competitividad, los pronósticos del Gobierno español constituyen la mejor prueba de la hegemonía ideológica de la Alemania de Merkel: pese a estar en el sexto año de la crisis, sufrir un 26% de paro, tener una deuda pública que se acerca al 100% del PIB y un déficit público todavía muy lejos del 3%, celebramos con orgullo la instauración del modelo económico alemán, felizmente interiorizado. Que los déficits sociales, laborales, demográficos, energéticos y de infraestructuras que sufre Alemania, y que sin duda están asociados a ese modelo, no preocupen mucho, ni allí ni aquí, es todo un indicador de lo que nos depara el futuro.

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Mala sangre

3 mayo, 2013

bad bloodEn inglés, la expresión bad blood se usa para describir el deterioro que en una relación provoca la percepción de que una de las partes está dañando a la otra. El resultado es la animosidad pero, sobre todo, la ruptura en la capacidad de las partes de comunicarse e interactuar cordialmente. Piensen ahora en los retratos de Angela Merkel caracterizada como una nazi en las manifestaciones en Atenas o en las esvásticas que se vieron en las calles con motivo de su visita a Lisboa. O fíjense, en sentido contrario, en la desgraciada portada de Der Spiegel, la prestigiosa revista alemana, con un montaje en el que presenta un campesino típico del sur de Europa subido en un burro cargado de billetes bajo un paraguas europeo acompañado del titular: “La mentira de la pobreza, cómo los países en crisis esconden su riqueza”.

Y no olviden que pese a que el centroizquierda se haya hecho con el Gobierno en Italia, el 55% de los italianos votaron a Beppe Grillo o a Silvio Berlusconi, cuyos discursos electorales fueron furibundamente antialemanes. Como se ha visto en la polémica generada por el documento interno del Partido Socialista francés en el que se acusa a la “intransigencia egoísta” de Alemania de hundir Europa, no hablamos solo de las calles o las portadas de la prensa, sino de la extensión del resentimiento por los pasillos del poder donde se mueve la élite política; mientras Hollande se hunde en las encuestas, dicen en París, Merkel se encamina a su reelección. España tampoco queda al margen: como mostró la tribuna del embajador alemán en este mismo diario el viernes pasado (Desde la profunda amistad),las relaciones de España con Alemania, que en razón de la ausencia de una historia negativa o conflicto bilateral han sido de las mejores existentes en todo el seno de la Unión Europea, se han despeñado por una sima de desconfianza recíproca y percepciones cruzadas sumamente negativas. Mala sangre.

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Los equilibrios de Hollande

15 febrero, 2013

funambulismoMuchos atribuyeron la victoria electoral de Hollande a la animadversión que generaba su antecesor más que a méritos propios. Gobernar en la estela dejada por un hiperactivo como Sarkozy no debe ser fácil, especialmente en Francia, donde se da por hecho que la grandeza del ego del Presidente tiene que estar a la altura de la grandeur de la propia República. Y tampoco es que el propio Hollande hiciera mucho por desmentir esa percepción, con una apariencia afable que los críticos en seguida vilipendiaron como falta de carácter.

El momento político tampoco estaba del lado de Hollande: de igual manera que los presidentes de derechas saben que serán reelegidos por bajar los impuestos, agradar a los mercados y hacer brillar la ley y el orden, los presidentes de izquierdas saben que su destino político está ligado a la redistribución y la extensión de derechos. Nada peor pues que llegar al poder en una situación en la que hay que imponer recortes de gastos y hacer gestos visibles de austeridad ante unos mercados que, espoleados por una portada del The Economist que mostraba Francia como un bomba de relojería a punto de estallar, parecían estar deseando lanzarse contra el país.

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Hablemos de Francia

6 julio, 2012

La virulencia de la crisis de deuda y la inestabilidad que se ha apoderado de la eurozona en los últimos meses ha hecho que el foco de atención haya estado puesto sobre España e Italia. Con Grecia, Portugal e Irlanda intervenidas, la pregunta que todo el mundo se ha venido haciendo es hasta dónde o hasta cuándo aguantarían la presión los Gobiernos de Mariano Rajoy y Mario Monti y qué ocurriría en caso de que finalmente se fuera hacia una intervención completa de España y/o Italia.

La urgencia y la dificultad de salvar a España e Italia han contribuido a poner de relieve la importancia de Alemania y ha singularizado una y otra vez a Angela Merkel como la persona en cuyas manos estaría la capacidad de deshacer la madeja europea. Al igual que la crisis ha forzado a la ciudadanía a dotarse de las nociones básicas de economía que necesita para entender y valorar lo que está ocurriendo y las soluciones que se van adoptando, la posición predominante de Alemania en esta crisis ha hecho imprescindible adentrarse en las profundidades del sistema político, economía y opinión pública alemanas. Por eso, en la Europa de la crisis hemos aprendido a prestar atención a las elecciones regionales alemanes, los dictámenes de su Tribunal Constitucional, los procesos de ratificación parlamentaria de los acuerdos europeos, la debilidad o fortaleza de los socios liberales o bávaros del Gobierno de la CDU, las posiciones del presidente del Banco Central alemán y las matizaciones que respecto a los eurobonos pueda introducir la oposición socialdemócrata una vez en el gobierno. Alemania, hemos aprendido, es un sistema político muy complejo donde el poder está muy repartido entre una serie de instituciones fuertes e independientes que limitan sumamente la capacidad de actuación de Angela Merkel.

Mientras tanto, en Francia, ocurría lo contrario. La formidable concentración de poder que la Constitución de la V República otorga al Presidente, unido al compulsivo hiperactivismo de Sarkozy, permitía concentrar toda la atención en el papel del presidente y simplificar sumamente los análisis. Sin embargo, como comenzó a entreverse durante la campaña presidencial, detrás del seguidismo de Sarkozy bullía una Francia sumamente compleja, atravesada por una serie de dudas existenciales: dudas sobre la identidad nacional, dudas sobre su modelo económico, dudas sobre la integración europea y dudas sobre la globalización. Esas dudas han limitado enormemente el margen de maniobra del centro-derecha francés, forzándole a mimetizar los postulados de la derecha nacionalista y xenófoba que representa el Frente Nacional de Marine Le Pen. También constriñen, y de qué manera, al centro-izquierda, forzado a convivir con una izquierda globofóbica que se siente cada vez más alienada por un proceso de integración europeo que percibe como una globalización con piel de cordero que busca destruir el Estado intervencionista y benefactor que constituye una de las señas de identidad de Francia.

De forma inesperada, pues se pensaba que el referéndum constitucional de 2005 la había enterrado definitivamente, la unión política ha vuelto a aterrizar ahora en la mesa de la izquierda francesa. Hollande se enfrenta a ese reto desde una posición nada envidiable. Por un lado, casi dos de cada tres de los votantes que le han llevado al Elíseo votó en contra de la Constitución Europea en 2005. Por otro, la difícil situación de las finanzas públicas en Francia, puesta de relieve esta semana por el Tribunal de Cuentas, hace inevitable que las discusiones sobre la siguiente fase de la unión económica y política coincidan temporalmente con una batería de importantes recortes presupuestarios que generarán rechazo político y social.

En la medida que la opinión pública francesa asocie los avances en la integración europea con una nueva reducción del margen de autonomía del Estado para hacer políticas de izquierda e interprete la unión política como una nueva vuelta de tuerca sobre su modelo social, entonces reaccionará vivamente contra lo que interpretará no como una unión política, sino como una constitucionalización encubierta del modelo económico alemán y de las políticas de austeridad en el ámbito europeo. Al igual que ocurriera en los años noventa, cuando se preparaba la unión económica y monetaria, y también en la década pasada, cuando se discutió la Constitución Europea, la izquierda francesa tendrá que decidir hasta qué punto la unión política y económica con Alemania contribuye a preservar y, eventualmente, a revigorizar su modelo económico y social o, por el contrario, a afianzar y hacer irreversible su declive. El desafío de Hollande consiste pues en lograr una Europa más eficaz, lo que requiere mayor integración y, por tanto, la cesión de soberanía, pero en la que, a la vez, se respete, y no se sofoque, la diversidad de modelos económicos y sociales. No lo tendrá fácil, pues la Francia de hoy ha quedado muy por debajo de Alemania.

Publicado en la sección impresa del Diario ELPAIS el 6 de julio de 2012

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La hora de la responsabilidad

18 mayo, 2012

Los líderes del G-8 se reúnen este fin de semana en Camp David. Allí estarán Angela Merkel, François Hollande, Mario Monti, Durão Barroso y Van Rompuy, responsables de gestionar este desaguisado político y financiero en el que se ha convertido la eurozona. Uno de los asuntos centrales será la crisis europea, que preocupa mucho. Y no tanto porque el presidente Obama o el primer ministro David Cameron sean entusiastas de la construcción europea, sino porque la eurozona es el principal socio comercial tanto de EE UU como de Reino Unido.

Obama quiso desde el principio de su mandato volcar a EE UU hacia el Pacífico y no ocultó su falta de paciencia con el bizantinismo y las complicaciones institucionales típicamente europeas. Ahora, hay gran preocupación allí porque la crisis de la eurozona pueda convertirse en el factor que descarrile la frágil recuperación económica estadounidense y, de paso, mandar a Obama a su casa en las elecciones de noviembre de este año. Es por ello previsible que exija explicaciones sobre las medidas que van a tomar para evitar que una eventual salida de Grecia provoque una nueva crisis financiera global.

Agazapado detrás de Obama estará el primer ministro británico, David Cameron, que, secundado por el gobernador del Banco de Inglaterra, sir Mervin King, también ha expresado públicamente su preocupación porque la inestabilidad europea acabe dañando gravemente la muy debilitada economía británica. Cameron ha hecho trizas la tradicional política británica hacia la Unión Europea, antiguamente llena de sutilezas y consideraciones pragmáticas, dando alas a las visiones más nacionalistas e ideológicas que pueblan en las filas de los conservadores británicos. Ahora, sus políticas de recortes han provocado una segunda recesión, que puede ser ahora agravada por la decisión que tomen los líderes que se sientan en una mesa, la de la eurozona, de la que Reino Unido ha decidido voluntariamente no ser parte en aras de preservar su supuesta soberanía.

Así pues, doble ración de paradojas del destino. Pese a su popularidad en Europa, incluso mayor que en EE UU, Obama puede ver su presidencia en riesgo por lo que ocurra en las elecciones griegas del 17 de junio, que de seguir las cosas así van a ser seguidas en la Casa Blanca con el mismo o mayor interés que las primarias republicanas. Visto desde Washington o Londres, lo inquietante debe ser cómo, mientras se ve el suelo europeo moverse bajo los pies de los líderes de la eurozona, estos se dedican a jugar un póquer bastante caótico con Grecia, formulando amenazas que no se sabe si están dispuestos a cumplir, retirándolas a continuación, especulando con escenarios cuyos costes se desconocen y, sobre todo, careciendo de plan alguno para gestionar nada de lo que verbalizan o insinúan.

Por su parte, el líder de la coalición Syriza, Alexis Tsipras, parece estar encantado con el planteamiento táctico que le ofrecen desde fuera: si su objetivo es dinamitar el sistema de partidos tradicional y establecer una nueva correlación de fuerzas, un Gobierno de salvación nacional sería un Gobierno de salvación de los partidos tradicionales de centroizquierda y centroderecha (el Pasok y Nueva Democracia) mientras que unas nuevas elecciones le permiten vislumbrar la posibilidad de hacerse con el poder sin necesidad de pactar con los viejos y agotados partidos.

Solo el presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, ha percibido con claridad que la estrategia de amedrentamiento público seguida estos días, a la cabeza de la cual se ha situado muy imprudentemente el presidente de la Comisión, Barroso, no solo es impropia, sino contraproducente, ya que incentiva a los griegos a votar basándose en emociones (el miedo o, alternativamente, el orgullo) en lugar de en consideración de sus intereses. En estas circunstancias, el futuro de Grecia en el euro, y la onda expansiva que generaría su salida quedan sometidos, a un lado, a unas elecciones en Grecia que tendrán bastante de emocionales, a otro, a las incertidumbres generadas por el hecho evidente de que los líderes europeos carecen de plan alguno para gestionar el proceso de salida y, menos aún, sus consecuencias legales, políticas y económicas. Esperemos que, una vez expuestos por Obama en Camp David a su propia insensatez y cortoplacismo, estos líderes puedan tomar un poco de perspectiva y entender la enorme responsabilidad histórica a la que se enfrentan. Ni el miedo ni las amenazas son la vía para salvar esta maltrecha Europa.

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Publicado en el Diario El PAIS el 18 de mayo de 2012

Que hable la gente

4 mayo, 2012

Dicen los cronistas de la época que la brevedad y rotundidad del discurso de Abraham Lincoln en el cementerio de Gettysburg sorprendió a todo el mundo. Su predecesor en el uso de la palabra, que era considerado el mejor orador de su tiempo, empleó dos horas en pronunciar un discurso de 13.000 palabras, del cual no ha quedado nada. Pero para sorpresa del propio Lincoln, que aseveraría que “el mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí decimos”, su discurso de apenas 300 palabras, pronunciado en menos de tres minutos, pasaría a la historia por ser capaz de establecer de forma irreversible y en solo once palabras lo que es un gobierno democrático legítimo.

Esa definición de democracia que Lincoln acuñara en 1863 como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” no es retórica. Esta ahí, todavía hoy, en el artículo 2 de la Constitución de la V República Francesa que celebra elecciones presidenciales este domingo. Sí, detrás del francés, la bandera tricolor, la marsellesa y el lema de la República (“Libertad, igualdad y fraternidad”), la Constitución de 1958 establece como principio rector de la República la triple distinción formulada por Lincoln, en sus mismos términos. Gracias a Lincoln, cualquier persona tiene a su alcance una sencilla vara con la cual distinguir un gobierno democrático de otro que no lo es. Gobierno del pueblo porque este actúa en su nombre y representa su identidad y sus aspiraciones colectivas; gobierno por el pueblo porque son sus representantes elegidos en elecciones libres los que ejercen esa tarea; y gobierno para el pueblo, porque la tarea de esos representantes es servir y beneficiar a los ciudadanos, no servirse de ellos ni beneficiar solo a unos pocos.

Puede llamar la atención que Lincoln omitiera hablar de la transparencia y de la calidad del debate público como elementos centrales en una democracia. Al fin y al cabo, sin transparencia ni debate público la democracia es imposible pues la ciudadanía no puede saber si el gobierno opera en su nombre y beneficio. Sin embargo, es más que probable que Lincoln diera por obvia esa dimensión de la democracia ya que cuando él pronunciaba su discurso solo habían transcurrido 2.294 años desde que Pericles, también en otra famosa oración fúnebre (431 a.c.), estableciera una divisoria radical entre Atenas y sus enemigos en el hecho de “somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a derecho sobre la cosa pública, pues no creemos que lo que perjudica a la acción sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la discusión antes de llevar a cabo lo que hay que hacer”.

Honremos así a Grecia en sus horas más bajas por haber sido los griegos los primeros en entender que sin debate público no hay democracia y démonos cuenta de hasta qué punto la democracia se reivindica en las elecciones que tienen lugar este fin de semana en Francia, Grecia, también en Alemania (aunque regionales) y, no olvidemos, en Serbia. Entre las muchas malas noticias que vivimos estos días no se nos puede escapar una buena. De forma muy incipiente y muy fragmentada, también seguramente con un contenido muy frágil y seguramente reversible, estamos asistiendo estas últimas semanas a la emergencia de un espacio de debate público en el ámbito europeo.

Paradójicamente, el debate está surgiendo donde menos lo esperaríamos. Los europeos nos hemos dotado de un Parlamento (Europeo) enormemente generoso consigo mismo. Sin embargo, hasta ahora se ha mostrado incapaz de generar el debate necesario para sostener esa esfera pública europea que tanto necesitamos, máxime durante esta crisis. Si no lo ha hecho, no ha sido por falta de voluntad, como atestiguan décadas de debates y experimentos institucionales, sino por falta de un poder real y efectivo. A fecha de hoy, ni la Comisión ni el Parlamento Europeo tienen poder ni legitimidad para imprimir un cambio de rumbo a la crisis.

Quien sí lo tiene es el Banco Central Europeo, una institución que necesita, para celebrar una sencilla reunión en Barcelona, la protección de 8.000 policías, el blindaje completo de una ciudad de más de un millón y medio de personas y la suspensión de los acuerdos de Schengen sobre la libre circulación de personas. No está mal para una institución pretendidamente técnica, no política, cuyo mandato formal se limita a controlar la inflación mediante la fijación de los tipos de interés. El vibrante debate entre Nicolas Sarkozy y François Hollande que vimos el miércoles por la noche deja claro que la democracia, pese a las dificultades que experimenta, es el único medio de generar la legitimidad que se necesita para salir de la crisis. Menos mal que, para consuelo de Pericles y Lincoln, el domingo, después de la reunión del BCE, le toca hablar a la gente.

Publicado en el Diario ELPAIS, edición impresa, el 4 de mayo de 2012

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Rebelión a bordo

27 abril, 2012

El poder se puede ejercer de dos maneras: directamente, sometiendo una decisión a debate público y posterior votación, o de una manera más sutil, eliminando de la agenda pública la discusión sobre una política y sus alternativas. De lo que no se habla, no existe; de ahí que los políticos dediquen tantas energías a controlar la agenda pública.

Así estaban las cosas en Europa respecto a la austeridad. Sin embargo, en poco menos de una semana, los diques se han roto y el debate ha irrumpido con fuerza, permitiendo una recomposición total de los términos del debate europeo. Como todo cambio súbito, resulta más fácil explicarlo a posteriori que predecirlo a priori pero lo cierto es que han sido numerosas las voces que en los dos últimos años se han mostrado a favor de un cambio de estrategia. No obstante, una y otra vez, estas voces fracasaron. Y si fracasaron fue en gran parte porque los destinatarios de estos mensajes pudieron cuestionar la legitimidad de los que planteaban el cambio de rumbo. Por un lado, los mensajes provenientes del otro lado del Atlántico eran rehusados con el argumento, primero, de que Estados Unidos y la Unión Europea era tan distintos que hacían imposible que las recetas aplicadas en un lado funcionaran en otro y, segundo, al atribuir un sesgo ideológico izquierdista a los economistas estadounidenses (Krugman, Sachs y Stiglitz, entre otros) más críticos con las políticas de austeridad europeas.

Algo parecido ha venido ocurriendo con los mensajes que venían del sur de Europa, rechazados con argumentos similares: por ideológicos, cuando venían de los socialistas, o por auto-interesados, al cuestionarse el derecho de un paciente irresponsable y endeudado a opinar sobre su tratamiento. Eso explica que ni siquiera el cambio a gobiernos de orientación conservadora en los cuatro países del Sur de Europa pudiera alterar los términos del debate europeo. Pese a sus impecables credenciales conservadoras, Passos Coelho, Rajoy, Monti y Papademos han estado amordazados: en su actual situación de debilidad económica, coaligarse contra Alemania y Francia, de la que dependen para salvarse, carecía de sentido.

En esas circunstancias, no cabe dudar de que la victoria de Hollande en la primera vuelta de las presidenciales francesas es la que ha dado un vuelco al debate. Sin embargo, Hollande no es toda la historia: primero, porque todavía no ha ganado; segundo, porque los conservadores del sur de Europa tienen, por razones obvias, reticencia a confiar en un socialista francés; y tercero, porque incluso aunque gane, su margen de maniobra será mínimo y su capacidad de imponerse a Alemania muy reducida. En la memoria de Hollande sin duda está grabado lo ocurrido en 1981, cuando Mitterrand salió en tromba por la izquierda y fue inmediatamente devuelto al redil por los mercados, que se cebaron contra el franco (ahora lo harían contra su deuda).

Tan importante para el cambio o incluso más aún ha sido: primero, la caída del Gobierno en los Países Bajos, pues el Gobierno conservador de Rutte era y es un aliado esencial de Alemania. Segundo, que el Fondo Monetario Internacional pasara a cuestionar públicamente la rigidez con la que la estrategia de austeridad se está aplicando. Tercero, el fracaso de las políticas de austeridad en el Reino Unido, donde Cameron, otro adalid de la austeridad, no ha podido generar crecimiento ni siquiera con el respaldo de los bajísimos tipos de interés sobre su deuda garantizados por el Banco de Inglaterra. Y cuarto y último, la sucesión de datos económicos negativos a lo largo de toda Europa han mostrado que el desacoplamiento económico entre los países del Norte, que irían creciendo como resultado de sus virtuosas políticas, y del Sur, que tendrían que esperar a crecer hasta que tuvieran efecto las reformas, es imposible.

Frente a los argumentos de fuera (EEUU), de abajo (el Sur de Europa) o de enfrente (los socialistas), estos argumentos provienen del corazón del sistema, lo que ha hecho imposible que fueran ignorados. Así pues, un cambio en Francia era una condición necesaria, pero no suficiente. Hasta qué punto cambiarán las cosas como resultado de este realineamiento de fuerzas es todavía una incógnita pues el proceso acaba de empezar y está lleno de incertidumbres: en mayo tendremos la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, las elecciones griegas y el referéndum en Irlanda sobre el Tratado fiscal, y en junio las elecciones legislativas francesas. Entre medias, una Angela Merkel sometida a presiones contradictorias desde múltiples ámbitos tendrá que someter a ratificación ante el Bundestag el pacto fiscal europeo y el mecanismo europeo de estabilidad (MEDE). Más que nunca, el futuro de Europa pasa por las manos de la canciller. ¿Sofocará la rebelión y mantendrá el rumbo o aceptará la necesidad de virar?

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 Publicado en ELPAIS el 27 de abril de 2012

¿Ha llegado el momento de decir basta a Alemania?

20 abril, 2012

Dice Jens Weidmann, el joven economista que accedió a la Presidencia del Bundesbank después de una carrera política meteórica a la sombra de Angela Merkel y miembro, seguramente el más influyente, del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE), que unos tipos de interés del 6% no son “el fin del mundo” y que, por tanto, no constituyen motivo suficiente para que el BCE se movilice para aliviar la presión que sufre España en los mercados de deuda. Intriga saber hasta qué punto Weidmann es consciente de que España y Alemania comparten una unión monetaria y, también, hasta qué punto participa de la preocupación de que semejantes diferenciales en los tipos de interés ponen en cuestión su sentido último y existencia.Suponemos que para Weidmann, en cuyo mandato no entra ni el crecimiento ni el empleo sino solo la estabilidad de precios, una inflación del 6% sí que sería el fin del mundo. Pero, afortunadamente, el presidente del Bundesbank puede dormir tranquilo ya que la inflación media en la eurozona es del 2,7%. En España, además, para mayor tranquilidad de Weidmann, la inflación es del 1,8% y en Grecia del 1,4%, menor incluso que en Alemania (2,3%). Así que, en el mundo feliz de los economistas del Bundesbank, ni siquiera las palabras del economista jefe del Fondo Monetario Internacional, Olivier Blanchard, desaconsejando a España una mayor consolidación fiscal en razón de sus perspectivas de recesión tienen valor alguno. Triste consuelo que siendo miembros de la eurozona sea solo en Washington y en Londres, y no en Bruselas o Berlín donde España pueda expresarse y ser escuchada cuando plantea la necesidad de acompañar las reformas y los recortes con políticas de crecimiento.

El valor de esa declaración tan sincera y a la vez tan torpe de Weidmann es que explica con toda claridad lo que le está ocurriendo a Europa, y muy directa y particularmente a España. La falta de visión y sensibilidad que encierra nos retrotrae a la ceguera de las elites francesas al terminar la I Guerra Mundial, que sofocaron cualquier posibilidad de recuperación y crecimiento económico en Alemania al imponer unas onerosísimas reparaciones de guerra. Aquellas reparaciones, aun siendo justas, pues Alemania había comenzado la guerra, dieron paso a la mezcla de populismo e irredentismo que alumbraron el nazismo y la segunda guerra mundial. No deja ser paradójico que Alemania, que ha superado admirablemente el nazismo, no haya podido hacer lo mismo con la inflación que llevó al colapso a la república de Weimar. Sin duda alguna, si el euro termina por romperse o la construcción europea se colapsa, los historiadores utilizarán frases como esta para explicar qué falló en Europa y qué errores se cometieron.

Ahora, el Gobierno alemán, con su ceguera y con una actitud similar (hágase la justicia aunque perezca el mundo), no sólo pone en peligro la construcción europea sino que alienta la emergencia de sentimientos anti-alemanes. De muestra un botón: aunque en España la imagen de Alemania como país sigue siendo buena, el último barómetro del Real Instituto Elcano muestra que tres de cada cuatro españoles (el 73%) consideran que Alemania no tiene en cuenta los intereses de España y, más unánimemente aún, el 87% piensa que “el país que manda en Europa es Alemania” (no el país que manda “más” sino, nótese, el país que manda, a secas).

¿Ha llegado el momento de decir “basta” a Berlín? Sí, sin duda. ¿Cómo? Coordinando desde Bruselas la agenda de reformas nacionales con la agenda de crecimiento europea. Ello requiere la restauración de los equilibrios políticos e institucionales en Europa, que han saltado por los aires. Por un lado, la Comisión Europea, que debería hablar en nombre de todos los estados, ha sido eliminada como actor político. Al comienzo de su segundo y último mandato, el Presidente de la Comisión, Barroso, amagó con convertirse en un auténtico líder. Pero cuando las cosas se han puesto difíciles se ha deshecho sin más de la agenda de crecimiento sostenible que llevaba años impulsando. Y por otro lado, Francia, que siempre ha ejercido un papel de contrapeso sobre Alemania, está hoy por hoy en manos de alguien como Sarkozy, el estadista del Toisón de Oro que compensa el fracaso de su agenda reformista en casa con la indigna y típica practica del servilismo del débil hacia arriba (con Alemania) y la arrogancia del fuerte hacia abajo (España). Esa Francia, irreconocible, se ha convertido en un problema tan grande para el futuro de Europa como el rigorismo que domina el Bundesbank. Hollande puede ser un revulsivo, para Francia, para la Comisión, y para la propia Alemania.

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Un presidente en apuros

16 marzo, 2012

Sabido es que la presidencia de la V República francesa es una institución peculiar: la elección directa, la extensión de los mandatos (antes 7 años, ahora 5) y las amplias prerrogativas del presidente (especialmente en materia de política exterior y de defensa) conceden a quien accede al cargo un extensísimo poder. Ese poder, convenientemente aliñado con las adecuadas dosis de pompa y gravedad republicana, convierte al presidente en una figura solemne cuya sombra se proyecta sobre Francia con tal intensidad que su legado queda indisolublemente unido a la identidad de Francia y de la República. Que se haya llegado a hablar de un “monarca electo” o de una “monarquía republicana” no es casualidad.

Desde fuera, esa simbiosis entre el presidente y la presidencia provoca cierta envidia, pero también, en ocasiones, un cierto sonrojo, como cuando De Gaulle abre sus memorias con una identificación tan completa entre él y Francia que casi roza el ridículo (“ha sido una constante en mi vida que cuando Francia ha estado mal, yo también me he sentido mal”), algo así como la versión francesa del “me duele España”. Pero sobrevolando los sentimentalismos y la cursilería con la que suele adornarse todo chovinismo, hay que reconocer la habilidad de los franceses para envolver el poder en un halo de autoridad y legitimidad tan sólido como duradero.

Y eso que, retrospectivamente, sabemos que los presidentes franceses no han sido ángeles (es más, algunos no se han acercado ni de lejos). La doble vida personal, las mentiras de Estado, el realismo sucio en política exterior, los ponzoñosos vínculos poscoloniales, las lagunas biográficas en torno al pasado y la corrupción al servicio del partido o la reelección han estado ahí, pero no han conseguido hacer mella en el molde presidencial. Por tanto, aunque puertas adentro las cosas fueran algo más turbias, puertas afuera, todos los presidentes de la República desde De Gaulle han encajado perfectamente en ese molde y han logrado investirse de la gravedad presidencial y encajar como un guante en la institución.

Y en esto llegó Nicolas Sarkozy. Un presidente de la República francesa capaz de llevar unas gafas Ray-Ban modelo años 60 y tomarse una hamburguesa con Obama en un restaurante con hule a cuadros rojos y blancos y un convoy de botes de kétchup y mostaza encima de la mesa. Un tipo duro sin ninguna pretensión de parecer un hombre cultivado ni elitista. Hay una anécdota sobre el primer verano del presidente Sarkozy que refleja perfectamente la difícil relación entre la presidencia y el presidente. La tradición exigía que el gabinete de prensa del presidente elaborara una nota especificando los planes de lectura del presidente, con un aditamento: Giscard, Mitterrand y Chirac no leían sino, como es natural en un presidente culto, “releían”; a Montesquieu a Malraux, lo que fuera, pero “releían”. En el caso de Sarkozy, aquello era directamente imposible, nadie se iba a creer que el nuevo presidente se iba a dedicar a la relectura de los clásicos durante el verano, menos a legar una biblioteca a los franceses, como hiciera Mitterrand. En fin, un presidente anómalo para una presidencia atípica.

Ese presidente altivo y marrullero se enfrenta ahora a una reelección plagada de dificultades. Como hizo Bush junior en 2004 para lograr su reelección, se ha puesto en manos de los brujos demoscópicos que le aseguran que la victoria vendrá de la mano de la polarización ideológica, de arrebatar la agenda xenófoba y derechista al nacional-lepenismo. Karl Rove allí, Henri Guaino y otros aquí, todos ofrecen despertar y cabalgar al tigre de los miedos, la soberanía y las identidades. El problema es, como están experimentando los republicanos en EE UU, que ese tigre no vuelve tan fácilmente a la jaula, se queda vigilando para garantizar que los que lo cabalgan no vuelven al centro político después de haberlo usado. Como dicen los estadounidenses, sacar la pasta de dientes del tubo es fácil, volverla a meter es directamente imposible. Por eso, tanto si gana como si pierde, el legado xenófobo de Sarkozy subsistirá, lo cual es motivo legítimo de preocupación, en Francia y en el resto de Europa.

Ese monarca republicano va ahora por detrás de las encuestas frente a François Hollande, un socialista nada estridente que espera capitalizar la falta de simpatía de Sarkozy. Desde luego que, si de lo que se trataba era de que los franceses amaran a su presidente, Sarkozy no lo pone fácil. Pero Hollande haría mal en confiarse: Sarko es de los que te pueden echar tierra en los ojos a un segundo de que suene la campana.

Publicado en elpais el 16 de marzo de 2012

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