Posts Tagged ‘François Hollande’

Guerra

4 marzo, 2015

François_Hollande_-_meeting_PS_de_Besançon_(10-04-2012)_-_1Llámenme tibio, pejiguero o, peor aún, una combinación de las dos cosas, pero no me termino de encontrar cómodo con la decisión del Gobierno francés de, como reacción más inmediata al atentado contra Charlie Hebdo, seguido de un atentado antisemita que parece haber quedado desdibujado, formular la lucha contra el terrorismo yihadista como una guerra. Tampoco es que sea pacifista: apoyé (confieso) la intervención militar en Libia contra Gadafi, en la que Francia tuvo un papel primordial, y me quedé bastante solo defendiendo que el empleo de armas químicas por parte de El Asad merecía, como mínimo, un par de días de bombardeos y una zona de exclusión área. Diré que las intervenciones, también lideradas por Francia, en Malí y la República Centroafricana me han parecido, en lo esencial, correctas y proporcionales. Como también me lo ha parecido la participación de sus fuerzas aéreas en el bombardeo de las posiciones de las tropas del Daesh en Irak, a las que hubiera deseado que se sumaran más fuerzas armadas europeas, entre ellas las españolas.

Quizá todo eso significa que en el fondo ya estábamos en guerra y que el Gobierno francés solamente ha verbalizado una realidad preexistente. Pero aún con todo ese bagaje intervencionista, que alguien denostaría como propio de un peligroso y errado “intervencionista liberal”, me chirría lo que subyace a la imagen de Hollande despidiendo las tropas a bordo del portaaviones Charles de Gaulle o la decisión de revisar su presupuesto de defensa. Puede que el empleo del término guerra tenga un origen emocional y refleje una decisión tomada demasiado rápidamente ante un más que comprensible estado de shock colectivo. Pero puede que sea una decisión demasiado calculada, donde predominen más elementos de cálculo políticos y electorales que un frío análisis estratégico sobre cómo mejor luchar contra el terrorismo. Quizá esté demasiado condicionado por la experiencia de Estados Unidos, que tras el 11-S enmarcó su respuesta a los atentados bajo ese mismo prisma, con consecuencias que en lo esencial fueron negativas, tanto desde el punto de vista de la eficacia de esa lucha como por el impacto negativo que tuvo sobre los derechos y libertades que entonces se quisieron preservar.

No se trata, entiéndase, de un resquemor de origen moral; la guerra es un mal menor pero aceptable en casos de legítima defensa. Si lo quisiera, Francia obtendría el amparo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la activación del artículo 5 del Tratado de Alianza Atlántica o la cláusula de solidaridad prevista en el Tratado de Lisboa. Pero no, en mi caso se trata más de un cinismo más bien primario: si la guerra, según la definición clásica de Clausewitz, es la continuación de la política por otros medios, antes de empezar una guerra sería bueno saber cuál es la política. Porque de lo contrario, como estamos viendo estos días, en ausencia de un análisis a fondo sobre objetivos, instrumentos y estrategias, lo que termina abriéndose es un espacio donde de forma bastante arbitraria se mezclan discusiones sobre recortes de derechos y libertades, argumentos identitarios sobre la integración o la inmigración y controversias sobre quiénes son o deberían ser nuestros aliados en esta lucha. Dado que si vamos a la guerra no va a ser una guerra fría, convendría saber antes de empezarla cómo vamos a luchar, con quién lo vamos a hacer y con qué objetivos últimos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 15 de enero de 2015

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El error de los socialistas europeos

10 octubre, 2014

Miguel-Arias-CaneteAl contrario de lo que se viene escribiendo estos días, el principal error de los socialistas (españoles y europeos) no está en haberse dividido a la hora de confirmar o rechazar la designación de Miguel Arias-Cañete como comisario de Energía y Cambio Climático. Claro que esa división interna es un error: unidos hubieran muy fácilmente podido negociar con el presidente Juncker el desgajar la cartera de Cambio Climático o, incluso, haber pactado asignar otras responsabilidades al español, que no era idóneo para el cargo, y atribuir esa cartera a alguien con más credibilidad en ese tema y así haber logrado el apoyo de liberales, socialistas e incluso verdes. Pero la responsabilidad última por este espectáculo recae sobre Juncker, que ha forzado demasiado la mano a la hora de asignar las carteras a varios comisarios sin tener en cuenta su perfil, lo que ha puesto en riesgo a toda la Comisión.

El verdadero error de los socialistas europeos, especialmente de los que han votado por Juncker y por su Comisión, es no haber entendido que, para estar en un Gobierno de coalición, que es lo que la Comisión Juncker es, hay que pactar políticas de coalición y asegurarse de que se dispone de los recursos para ejecutar esas políticas. Europa está atascada desde hace demasiado tiempo en una recesión que conlleva unos niveles intolerables de desempleo y frustración ciudadana con las políticas de austeridad. Esa combinación se está mostrando doblemente letal: por un lado, genera desconfianza en la Unión Europea, lo que hace imposible que los Gobiernos pidan “más Europa” como salida a la crisis; por otro, está hundiendo la credibilidad de los partidos socialistas, especialmente los que gobiernan, obligados a aplicar unas políticas de austeridad extremadamente impopulares sin obtener a cambio ningún impulso para el crecimiento.

Esta semana, el Fondo Monetario Internacional, famoso por décadas de hostilidad a los déficits fiscales, ha pedido a los europeos que estimulen su economía con políticas de inversión pública y, lo que es más sangrante aún, les ha recordado que con los bajísimos tipos de interés actuales esas inversiones no incrementarán la deuda a largo plazo, pues se financiarán de sobra con los réditos del crecimiento y empleo que generarán. Pero la UE sigue, erre que erre, empeñada en aplicar la misma y fallida receta económica.

¿Y qué hacen los socialistas franceses e italianos? En lugar de condicionar su apoyo a la Comisión Juncker a un cambio en la política económica, es decir, a un gran pacto por el que cada recorte y cada reforma estructural fuera acompañada de un paquete de inversión pública que estimulara el crecimiento, se conforman, uno con un comisario (Pierre Moscovici) que consiga un poquito de flexibilidad, y otros con el puesto de Alta Representante y comisaria para las Relaciones Exteriores (Mogherini). Se critica a los socialistas españoles por votar contra Juncker, pero antes de hacerlo, los socialistas franceses e italianos deberían mirar al PSOE y preguntarse si su voto a esta Comisión, que es el que realmente ha dado la mayoría a Juncker, es el primer acto de su suicidio político en casa.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 10 de octubre de 2014

Los eurófobos ya han ganado

8 diciembre, 2013

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¿Se puede perder unas elecciones antes de que se hayan convocado? Ese parece ser el empeño tanto del primer ministro británico David Cameron como del presidente francés, François Hollande, ante las próximas elecciones europeas. Asediados en las encuestas por los euroescépticos, el primero por el UKIP de Nigel Farage y el segundo por el Frente Nacional de Marine Le Pen, parecen haber decidido asumir sus demandas xenófobas.

Los europeístas, que normalmente jugamos de azul, ya nos pusimos colorados con el silencio cómplice de Hollande ante la decisión de su ministro del Interior de deportar a Kosovo a Leonarda Dibrani, la adolescente romaní que llenó las portadas de los periódicos el pasado mes de octubre. El ensañamiento del ministro Valls con una persona que, como mujer, romaní e inmigrante se encontraba en situación de extrema vulnerabilidad, nos provocó entonces repugnancia. Como también lo hace el hecho de que el Gobierno francés rechace, de nuevo por concesión a la derecha populista, la entrada de Bulgaria y Rumanía en el régimen de supresión de fronteras cuando la Comisión Europea, que es quien tiene que hacerlo, ya ha certificado la idoneidad de estos países para incorporarse al espacio Schengen.

Ahora escuchamos abochornados a David Cameron mostrar en público su extrema preocupación por el hecho de que a partir de enero de 2014 rumanos y búlgaros vayan a poder trabajar libremente en el Reino Unido. Sin asomo de sonrojo, Cameron dibuja a los inmigrantes como aprovechados que quieren explotar el sistema de bienestar británico, promete deportar a aquellos que mendiguen y, por si quedaran pocas dudas del electoralismo de su discurso, culpa a los laboristas de no haber tomado medidas para evitar que el Reino Unido se llenara de caraduras incapaces de salir adelante por sí mismos. A lomos de esa preocupación anuncia, por un lado, que restringirá el acceso de los ciudadanos provenientes de estos países a todo tipo de ayudas laborales, sociales o de vivienda y, por otro, que promoverá, junto con otros países de la UE (Austria, Alemania y los Países Bajos), límites al derecho de establecimiento en terceros países.

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