Posts Tagged ‘Francia’

Siempre Francia

16 mayo, 2014

VallsAlemania es la potencia que no quiere ser, Francia la potencia que ya no puede ser. Todos los problemas actuales de Europa pueden ser expresados retornando una y otra vez a esta asimetría de las voluntades. Las dos están siempre en tensión: Alemania buscando que se cumplan las normas, Francia buscando la oportunidad de hacerlas o rehacerlas. “Si todo el mundo cumpliera las reglas”, he oído decir en la Cancillería en Berlín, “no necesitaríamos líderes”. Pero la reflexión en el Elíseo es completamente distinta, más bien un lamento: “¡ay si nosotros tuviéramos el poder de Alemania!” Berlín no quiere liderar, dice que para eso se hacen las reglas, para que todo el mundo sepa lo que tiene que hacer sin necesidad de que nadie tenga que decirlo. Pero en París, que saben mucho más de la vida, no se les ha olvidado ni por un minuto que el poder consiste en hacer las reglas y que las reglas reflejan la distribución de poder en una comunidad.

El contraste entre el autocontenido liderazgo de los Cancilleres alemanes más relevantes de la Alemania democrática (Adenauer, Brandt, Schmidt, Kohl y la propia Merkel) y la recreación en el poder de los Presidentes de la V República (De Gaulle, Giscard d’Estaing, Mitterrand, Sarkozy y Hollande) es todo menos una casualidad. Nada explica mejor la manera de gobernar de Merkel que esa aversión a los hombres fuertes grabada (por suerte) en lo más profundo del ADN democrático alemán de hoy. Y, a la vez, nada explica mejor Francia que la obsesión con el poder ejecutivo, la búsqueda constante del líder clarividente que mostrará el camino, una patología que los politólogos llamamos “ejecutivismo”.

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Europa en el laberinto sirio

2 junio, 2013

Europa, kylix griego, 330-320 a.c.El drama de la impotencia europea ante las 80.000 víctimas mortales que acumula el conflicto sirio nos termina de desvelar con toda nitidez qué aspecto tiene ese mundo poseuropeo por el que, en nuestro ensimismamiento con la crisis del euro, tanto hemos trabajado en los últimos años. Esa perpetua celebración de las más mínimas diferencias en la que estamos suicidamente embarcados, entre los europeos pero también dentro de España, ha logrado por fin un objetivo que todo el mundo puede ver y tocar. Seguro que nadie imaginaba que el resultado de tanta introspección iba a ser tan gráfico.

No se trata tanto del baile de desacuerdos entre los Veintisiete al que hemos asistido en torno al levantamiento del embargo de armas a Siria. En unas circunstancias tan difíciles como las que se viven en Siria, donde todas las opciones son peligrosas e inciertas, que las posiciones de partida entre los Veintisiete difirieran era esperable. Lo destacable es que la noche del lunes los europeos solo tuvieran encima de la mesa opciones que reflejaran su impotencia. No se trataba, precisión importante, de decidir sobre si intervenir militarmente en Siria o de lanzar una ofensiva diplomática internacional para lograr doblegar a Asad, no. Se trataba de dirimir si la posibilidad de que los europeos armaran a los rebeldes podría mejorar sus bazas negociadoras en la ronda de negociaciones que se abrirá próximamente en Ginebra.

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Los equilibrios de Hollande

15 febrero, 2013

funambulismoMuchos atribuyeron la victoria electoral de Hollande a la animadversión que generaba su antecesor más que a méritos propios. Gobernar en la estela dejada por un hiperactivo como Sarkozy no debe ser fácil, especialmente en Francia, donde se da por hecho que la grandeza del ego del Presidente tiene que estar a la altura de la grandeur de la propia República. Y tampoco es que el propio Hollande hiciera mucho por desmentir esa percepción, con una apariencia afable que los críticos en seguida vilipendiaron como falta de carácter.

El momento político tampoco estaba del lado de Hollande: de igual manera que los presidentes de derechas saben que serán reelegidos por bajar los impuestos, agradar a los mercados y hacer brillar la ley y el orden, los presidentes de izquierdas saben que su destino político está ligado a la redistribución y la extensión de derechos. Nada peor pues que llegar al poder en una situación en la que hay que imponer recortes de gastos y hacer gestos visibles de austeridad ante unos mercados que, espoleados por una portada del The Economist que mostraba Francia como un bomba de relojería a punto de estallar, parecían estar deseando lanzarse contra el país.

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Planificar para improvisar

20 enero, 2013

Mali-rebeldes_islamistas-Al_Qaeda-Diabaly_MDSIMA20130114_0370_10No es una clasificación teórica ni la encontrarán en los manuales de relaciones internacionales, pero en política internacional se puede distinguir entre dos tipos de crisis. Las primeras, que podemos llamar crisis Tipo I, son aquellas que nos pillan por sorpresa. Que la sorpresa sea genuina, resultado de nuestra miopía política o consecuencia de nuestra incompetencia analítica, no cambia mucho las cosas. Retrospectivamente, podemos explicar el ataque japonés sobre Pearl Harbour, los atentados del 11-S o la caída del régimen de Ben Ali en Túnez, pero en su momento los indicios de que algo así podría ocurrir eran nulos o, como mínimo, no compartidos por aquellos responsables de tomar decisiones al más alto nivel. Prepararse para una amenaza desconocida es difícil, así que es lógico que en una crisis de este tipo se improvisen medidas sin haber tenido tiempo de ensayarlas y evaluarlas, se tire del repertorio existente aunque se sepa que es inadecuado o se adapten soluciones originalmente pensadas para otras situaciones.

Las segundas, o crisis Tipo II, son aquellas que se ajustan al patrón “se veía venir”. Para predecirlas no hacen falta visionarios ni agoreros, sino algo que si queremos sentirnos importantes podemos llamar inferencia, pero que en el fondo no es más que simple sentido común. Esto es lo que ha ocurrido en el norte de Malí. Durante meses se ha dejado que una serie de grupos armados actúen impunemente en ese territorio, se refuercen militar y políticamente y cimenten una alianza estratégica entre ellos para controlar y beneficiarse de todos los tráficos ilegales (armas, drogas e inmigrantes) que transitan por la zona. Y cuando la comunidad internacional ha reaccionado, lo ha hecho con tal lentitud y debilidad que en la práctica ha creado el incentivo para que esos grupos intenten expandir sus ganancias y territorios. ¿Para qué esperar a que europeos y africanos pongan en pie un ejército que les derrote, han debido pensar estos grupos, pudiendo aprovechar ahora la oportunidad de asestar un golpe definitivo al Ejército maliense?

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Hablemos de Francia

6 julio, 2012

La virulencia de la crisis de deuda y la inestabilidad que se ha apoderado de la eurozona en los últimos meses ha hecho que el foco de atención haya estado puesto sobre España e Italia. Con Grecia, Portugal e Irlanda intervenidas, la pregunta que todo el mundo se ha venido haciendo es hasta dónde o hasta cuándo aguantarían la presión los Gobiernos de Mariano Rajoy y Mario Monti y qué ocurriría en caso de que finalmente se fuera hacia una intervención completa de España y/o Italia.

La urgencia y la dificultad de salvar a España e Italia han contribuido a poner de relieve la importancia de Alemania y ha singularizado una y otra vez a Angela Merkel como la persona en cuyas manos estaría la capacidad de deshacer la madeja europea. Al igual que la crisis ha forzado a la ciudadanía a dotarse de las nociones básicas de economía que necesita para entender y valorar lo que está ocurriendo y las soluciones que se van adoptando, la posición predominante de Alemania en esta crisis ha hecho imprescindible adentrarse en las profundidades del sistema político, economía y opinión pública alemanas. Por eso, en la Europa de la crisis hemos aprendido a prestar atención a las elecciones regionales alemanes, los dictámenes de su Tribunal Constitucional, los procesos de ratificación parlamentaria de los acuerdos europeos, la debilidad o fortaleza de los socios liberales o bávaros del Gobierno de la CDU, las posiciones del presidente del Banco Central alemán y las matizaciones que respecto a los eurobonos pueda introducir la oposición socialdemócrata una vez en el gobierno. Alemania, hemos aprendido, es un sistema político muy complejo donde el poder está muy repartido entre una serie de instituciones fuertes e independientes que limitan sumamente la capacidad de actuación de Angela Merkel.

Mientras tanto, en Francia, ocurría lo contrario. La formidable concentración de poder que la Constitución de la V República otorga al Presidente, unido al compulsivo hiperactivismo de Sarkozy, permitía concentrar toda la atención en el papel del presidente y simplificar sumamente los análisis. Sin embargo, como comenzó a entreverse durante la campaña presidencial, detrás del seguidismo de Sarkozy bullía una Francia sumamente compleja, atravesada por una serie de dudas existenciales: dudas sobre la identidad nacional, dudas sobre su modelo económico, dudas sobre la integración europea y dudas sobre la globalización. Esas dudas han limitado enormemente el margen de maniobra del centro-derecha francés, forzándole a mimetizar los postulados de la derecha nacionalista y xenófoba que representa el Frente Nacional de Marine Le Pen. También constriñen, y de qué manera, al centro-izquierda, forzado a convivir con una izquierda globofóbica que se siente cada vez más alienada por un proceso de integración europeo que percibe como una globalización con piel de cordero que busca destruir el Estado intervencionista y benefactor que constituye una de las señas de identidad de Francia.

De forma inesperada, pues se pensaba que el referéndum constitucional de 2005 la había enterrado definitivamente, la unión política ha vuelto a aterrizar ahora en la mesa de la izquierda francesa. Hollande se enfrenta a ese reto desde una posición nada envidiable. Por un lado, casi dos de cada tres de los votantes que le han llevado al Elíseo votó en contra de la Constitución Europea en 2005. Por otro, la difícil situación de las finanzas públicas en Francia, puesta de relieve esta semana por el Tribunal de Cuentas, hace inevitable que las discusiones sobre la siguiente fase de la unión económica y política coincidan temporalmente con una batería de importantes recortes presupuestarios que generarán rechazo político y social.

En la medida que la opinión pública francesa asocie los avances en la integración europea con una nueva reducción del margen de autonomía del Estado para hacer políticas de izquierda e interprete la unión política como una nueva vuelta de tuerca sobre su modelo social, entonces reaccionará vivamente contra lo que interpretará no como una unión política, sino como una constitucionalización encubierta del modelo económico alemán y de las políticas de austeridad en el ámbito europeo. Al igual que ocurriera en los años noventa, cuando se preparaba la unión económica y monetaria, y también en la década pasada, cuando se discutió la Constitución Europea, la izquierda francesa tendrá que decidir hasta qué punto la unión política y económica con Alemania contribuye a preservar y, eventualmente, a revigorizar su modelo económico y social o, por el contrario, a afianzar y hacer irreversible su declive. El desafío de Hollande consiste pues en lograr una Europa más eficaz, lo que requiere mayor integración y, por tanto, la cesión de soberanía, pero en la que, a la vez, se respete, y no se sofoque, la diversidad de modelos económicos y sociales. No lo tendrá fácil, pues la Francia de hoy ha quedado muy por debajo de Alemania.

Publicado en la sección impresa del Diario ELPAIS el 6 de julio de 2012

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Que hable la gente

4 mayo, 2012

Dicen los cronistas de la época que la brevedad y rotundidad del discurso de Abraham Lincoln en el cementerio de Gettysburg sorprendió a todo el mundo. Su predecesor en el uso de la palabra, que era considerado el mejor orador de su tiempo, empleó dos horas en pronunciar un discurso de 13.000 palabras, del cual no ha quedado nada. Pero para sorpresa del propio Lincoln, que aseveraría que “el mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí decimos”, su discurso de apenas 300 palabras, pronunciado en menos de tres minutos, pasaría a la historia por ser capaz de establecer de forma irreversible y en solo once palabras lo que es un gobierno democrático legítimo.

Esa definición de democracia que Lincoln acuñara en 1863 como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” no es retórica. Esta ahí, todavía hoy, en el artículo 2 de la Constitución de la V República Francesa que celebra elecciones presidenciales este domingo. Sí, detrás del francés, la bandera tricolor, la marsellesa y el lema de la República (“Libertad, igualdad y fraternidad”), la Constitución de 1958 establece como principio rector de la República la triple distinción formulada por Lincoln, en sus mismos términos. Gracias a Lincoln, cualquier persona tiene a su alcance una sencilla vara con la cual distinguir un gobierno democrático de otro que no lo es. Gobierno del pueblo porque este actúa en su nombre y representa su identidad y sus aspiraciones colectivas; gobierno por el pueblo porque son sus representantes elegidos en elecciones libres los que ejercen esa tarea; y gobierno para el pueblo, porque la tarea de esos representantes es servir y beneficiar a los ciudadanos, no servirse de ellos ni beneficiar solo a unos pocos.

Puede llamar la atención que Lincoln omitiera hablar de la transparencia y de la calidad del debate público como elementos centrales en una democracia. Al fin y al cabo, sin transparencia ni debate público la democracia es imposible pues la ciudadanía no puede saber si el gobierno opera en su nombre y beneficio. Sin embargo, es más que probable que Lincoln diera por obvia esa dimensión de la democracia ya que cuando él pronunciaba su discurso solo habían transcurrido 2.294 años desde que Pericles, también en otra famosa oración fúnebre (431 a.c.), estableciera una divisoria radical entre Atenas y sus enemigos en el hecho de “somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a derecho sobre la cosa pública, pues no creemos que lo que perjudica a la acción sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la discusión antes de llevar a cabo lo que hay que hacer”.

Honremos así a Grecia en sus horas más bajas por haber sido los griegos los primeros en entender que sin debate público no hay democracia y démonos cuenta de hasta qué punto la democracia se reivindica en las elecciones que tienen lugar este fin de semana en Francia, Grecia, también en Alemania (aunque regionales) y, no olvidemos, en Serbia. Entre las muchas malas noticias que vivimos estos días no se nos puede escapar una buena. De forma muy incipiente y muy fragmentada, también seguramente con un contenido muy frágil y seguramente reversible, estamos asistiendo estas últimas semanas a la emergencia de un espacio de debate público en el ámbito europeo.

Paradójicamente, el debate está surgiendo donde menos lo esperaríamos. Los europeos nos hemos dotado de un Parlamento (Europeo) enormemente generoso consigo mismo. Sin embargo, hasta ahora se ha mostrado incapaz de generar el debate necesario para sostener esa esfera pública europea que tanto necesitamos, máxime durante esta crisis. Si no lo ha hecho, no ha sido por falta de voluntad, como atestiguan décadas de debates y experimentos institucionales, sino por falta de un poder real y efectivo. A fecha de hoy, ni la Comisión ni el Parlamento Europeo tienen poder ni legitimidad para imprimir un cambio de rumbo a la crisis.

Quien sí lo tiene es el Banco Central Europeo, una institución que necesita, para celebrar una sencilla reunión en Barcelona, la protección de 8.000 policías, el blindaje completo de una ciudad de más de un millón y medio de personas y la suspensión de los acuerdos de Schengen sobre la libre circulación de personas. No está mal para una institución pretendidamente técnica, no política, cuyo mandato formal se limita a controlar la inflación mediante la fijación de los tipos de interés. El vibrante debate entre Nicolas Sarkozy y François Hollande que vimos el miércoles por la noche deja claro que la democracia, pese a las dificultades que experimenta, es el único medio de generar la legitimidad que se necesita para salir de la crisis. Menos mal que, para consuelo de Pericles y Lincoln, el domingo, después de la reunión del BCE, le toca hablar a la gente.

Publicado en el Diario ELPAIS, edición impresa, el 4 de mayo de 2012

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Dos velocidades, dos Europas

11 noviembre, 2011

Al calor de la implosión política de Grecia y la desestabilización de Italia se han hecho más probables dos fenómenos que hasta ahora solo existían como posibilidades teóricas: una, que un país abandone o sea forzado a abandonar el euro; dos, que un grupo de países decida avanzar en la integración dejando a los demás atrás. Así pues, lo que antes era posible pero sumamente improbable ahora comienza a ser probable, eso sí, con unas consecuencias casi imposibles de imaginar: estamos hablando de la combinación de un efecto centrífugo, que amenaza con desgajar la Unión Europea por fuera, con un efecto centrípeto, que amenaza con romper la Unión Europea por dentro.

Dejando a un lado el primer problema, hay que decir que la posibilidad de ir a una integración a varios ritmos no es nueva: de hecho, con 17 miembros en el euro y diez fuera, ya tenemos una Europa a varias velocidades, máxime si consideramos que hay miembros (entre los que sobresalen los británicos, los suecos y los daneses) que no solo no participan en el euro sino que tampoco participan en algunas políticas, como la defensa, la inmigración o la política social. Por tanto, el problema no es que dentro del mismo edificio, con las mismas normas y bajo el mismo Tratado, coexistan varias velocidades, que los más rezagados puedan ir sumándose al grupo de cabeza o que algunos Estados soliciten, por razones internas, no participar en algunas políticas. Todo eso ya lo tenemos. Como también tenemos en los Tratados europeos unos procedimientos que regulan las llamadas cooperaciones reforzadas, que permiten a un grupo de Estados pioneros avanzar más rápidamente que otros garantizando que el proceso reforzará el proyecto europeo, no que lo debilitará. De hecho, en el pasado, la posibilidad de quedarse descolgado del pelotón de cabeza tuvo un efecto dinamizador, ya que sirvió para estimular a muchos países, entre ellos el nuestro, a hacer las reformas necesarias para sumarse al euro. E incluso cuando la integración procedió por fuera de los Tratados (como en el caso del acuerdo de Schengen, que daría lugar a la supresión de los controles fronterizos), los países pioneros lograron que sus éxitos fueran finalmente reabsorbidos en los Tratados, extendidos a todos los miembros y puestos bajo gestión y supervisión de las instituciones europeas (Comisión, Consejo, Parlamento y Tribunal).

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Rebelión en las capitales

28 octubre, 2011

// Pese a las medidas adoptadas por el último Consejo Europeo, estamos todavía lejos de ver la luz al final del túnel. Como viene siendo costumbre desde que comenzara la crisis, los líderes europeos han adoptado medidas de cortísimo alcance, parches que tapan temporalmente las diferentes vías de agua que se han abierto en el edificio del euro y que vuelven a posponer las soluciones que proporcionarían estabilidad al sistema. El reguero de cumbres europeas y votaciones parlamentarias que ha requerido la ampliación a un billón de euros del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) es la mejor prueba de que la crisis que vivimos es de naturaleza esencialmente política. Es hoy más evidente que nunca que los líderes europeos funcionan con un esquema mental inverso al que la situación exige: en lugar de solucionar los problemas nacionales pensando desde parámetros europeos, intentan solucionar los problemas europeos pensando desde parámetros exclusivamente nacionales.

No es de extrañar que las cuentas no nos salgan, ni a los ciudadanos ni a los mercados: hace tiempo que ambos se han dado perfecta cuenta de que no es la suma de estas partes nacionales, cada vez más incapaces y enfrentadas entre sí, la que salvará a Europa. Por un lado, el Parlamento alemán y el partido de Merkel (la CDU) imponen cada día más limitaciones a la capacidad de actuación de la canciller y, al mismo tiempo, condiciones más severas al resto de los socios. El borrador de declaración sobre Europa y la crisis que la CDU debatirá en su congreso del 14 de noviembre (reproducido en el blog Café Steiner) plantea una reforma de los Tratados cuya lógica es meramente punitiva: sacrificios y exigencias de toda índole sin ninguna contrapartida política de largo alcance.

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El cortafuegos francés

24 octubre, 2011

El desenlace de la crisis del euro no está muy lejos. El presidente saliente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, ha sido rotundo: “Estamos ante una crisis sistémica”. Y una crisis sistémica solo tiene dos finales posibles: un colapso del sistema o un cambio del sistema. No se trata de meras posibilidades teóricas: por primera vez en muchos meses, ambas son igualmente probables. Si fracasa, la cumbre del domingo abrirá el último acto del colapso; si triunfa, será el primero de la recuperación.

En cuanto al colapso del sistema, que los cortafuegos fueran insuficientes o que el fuego fuera demasiado grande es lo de menos: el caso es que durante los dos últimos años, los mercados financieros han saltado una tras otra las barreras que las autoridades europeas han ido instalando. La crisis cruzó primero el Atlántico, dejando tras de sí un reguero de bancos y cajas con problemas; luego se trasladó al sector público, cebándose con Grecia, Islandia, Irlanda y Portugal. En los últimos meses, la lengua del fuego se ha divido en dos, con un frente activo en España e Italia y otro revolviéndose contra un sector financiero europeo doblemente amenazado por el estrangulamiento del crédito y el enorme volumen de deuda soberana adquirida. La última escena de esta película de terror no la hemos visto todavía, pero ya la hemos comenzado a intuir. Si la crisis llega a Francia, lo que seguramente hará si se produce una quiebra desordenada de Grecia o si siguen sin tomarse decisiones de calado, el sistema se colapsará. Los bancos y la deuda soberana de Francia, resguardadas hoy detrás de una calificación de triple A y un reducidísimo diferencial con Alemania en su prima de riesgo, representan el último cortafuegos antes de que el sistema implosione. De ahí los nervios y prisas de Sarkozy.

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