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Fracasos colectivos

13 julio, 2012

Formalmente, España no está intervenida pues el Gobierno sigue tomando las decisiones y encargándose de su aplicación. Pero es evidente que, tras la batería de medidas hechas públicas el miércoles por Mariano Rajoy, el gobierno ha perdido todo su margen de autonomía para diseñar y ejecutar su propia política anticrisis. En su comparecencia, el Presidente no sólo evitó ocultar que este paquete de medidas viene impuesto desde el exterior sino que se distanció deliberadamente de ellas dejando bien claro que un buen número son contrarias a sus principios y creencias. Sólo le faltó al Presidente completar su arranque de sinceridad diciéndonos lo que todo el mundo anticipa: que estas medidas no generarán crecimiento ni crearán empleo por lo que en lugar de acercarnos al cumplimiento del objetivo del déficit nos alejarán de él y nos obligarán a llevar a cabo una nueva ronda de recortes. Y así sucesivamente.

Se imprime así un giro importante en el discurso gubernamental sobre la crisis pues hasta ahora el Presidente del Gobierno había venido sosteniendo que la aplicación de políticas de austeridad no venía impuesta desde el exterior sino que formaba parte del ideario propio. “No es Merkel quien nos impone la austeridad, somos nosotros quienes la aplicamos porque creemos en ella”, llegó a decir el Presidente. Pero ahora, Rajoy mimetiza la actitud adoptada por Zapatero, que también quiso dejar claro en numerosas ocasiones su disgusto y distanciamiento con las medidas adoptadas. Se trata de un curioso y contradictorio proceder por parte de los dos Presidentes que han estado a cargo de conducir el país durante esta crisis: a costa de pretender salvar la legitimidad del que gobierna se socava la legitimidad de las medidas con las que se quiere gobernar y, por tanto, la credibilidad del que gobierna. Otro círculo vicioso.

En política, a la hora de elegir entre varias alternativas, se suele utilizar un criterio de eficacia. En la situación presente, por el contrario, las políticas se adoptan a sabiendas de que no serán eficaces y contando con una única justificación: la de que no hay alternativa si lo que se quiere evitar es la quiebra e intervención completa del país. Cuando no hay elección, no hay política, ni tampoco, en el fondo, democracia. En consecuencia, aunque no estamos intervenidos, sí que estamos en una situación de excepción democrática.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué errores se han cometido? En el informe encargado por el Parlamento japonés sobre el desastre de la central nuclear de Fukuyima, que hemos conocido esta semana, se hacía un planteamiento que, salvando las distancias, tiene muchísima relevancia para el caso español. El terremoto y el posterior tsunami, dice el informe, fueron los accidentes que generaron las condiciones para el desastre. Pero, advierte con toda crudeza, no busquen en un fenómeno natural externo las causas de la crisis y, sobre todo, no busquen en los aspectos accidentales la exoneración de sus responsabilidades, colectivas e individuales. El accidente, concluye el informe, lo causaron acciones concretas y decisiones concretas, de individuos e instituciones, y como tales podían haberse evitado. En concreto, el informe se refiere a la colusión de intereses, a costa de la seguridad y de los intereses de la ciudadanía, entre los reguladores y los regulados, más preocupados de protegerse mutuamente que de cumplir su papel. Pero sobre todo, el informe incide con particular dureza en los que denomina “aspectos culturales”. Con ello se refiere a aquellos elementos de la cultura japonesa (especialmente el sentido de la jerarquía, la deferencia hacia la autoridad o la incapacidad para la crítica y el desafío a las normas establecidas) que hicieron que la respuesta al terremoto fuera tan tardía e inadecuada que, en la práctica, fuera la responsable última del accidente.

En un sentido parecido, el informe independiente sobre el 11-S identificó muy claramente y con suma dureza los fallos institucionales que llevaron a Estados Unidos a uno de los momentos más críticos de su historia.  Algo parecido podemos decir de la situación española. Es cierto que el euro ha demostrado no estar bien preparado para resistir crisis como la generada por la caída de Lehman Brothers y que ha generado desequilibrios importantísimos entre sus miembros. Pero como en el caso del tsunami que asoló Japón, esos choques no son los causantes de nuestra situación actual ni podemos por tanto escudarnos fácilmente tras ellos: en España tenemos prácticas culturales y diseños institucionales que debemos revisar en profundidad si queremos entender cómo hemos llegado hasta aquí. Por eso, ahora que toda la política económica española se hace en Bruselas, las Cortes Generales disponen de abundante tiempo para encargar un informe similar donde se explique a la ciudadanía, sin partidismos ni pasiones, las razones de esto que indudablemente es un fracaso colectivo. Sígueme en Twitter @jitorreblanca y en el blog de elpaís.com Café Steiner.

Publicado en la sección impresa del Diario ELPAIS el 13 de julio de 2012

La hora más difícil de España

1 junio, 2012

España vive una de las horas más difíciles de su reciente historia. Atenazada por la pinza de desconfianza que se cierne tanto sobre su sector financiero como sobre sus finanzas públicas, intenta por todos los medios conjurar la perspectiva de una intervención exterior. Esa intervención sería doblemente negativa: además del importante golpe psicológico que supondría, es indudable que iría asociada a nuevos y más profundos sacrificios así como a la pérdida prácticamente completa del escaso margen de autonomía que en este momento le resta.

Seguramente habría que remontarse a algunos momentos clave de la transición española o de los primeros años de la democracia para encontrar una sensación similar de incertidumbre acerca del futuro. No se trata sólo la mala coyuntura económica, que en absoluto constituye una novedad: en los años ochenta, coincidiendo con las reformas estructurales que precedieron y siguieron a la adhesión a la Unión Europea, y posteriormente, en los años noventa, en paralelo a la crisis que siguió a la unificación alemana y la devaluación de la peseta, los españoles aprendieron a convivir con crisis de empleo y crecimiento. La diferencia no reside pues en la crisis, sino en su contexto, nacional y europeo pues, al contrario que ahora, aquellas reformas y ajustes estaban claramente enmarcadas en un contexto europeo propicio, sostenidas en una secuencia de acontecimientos comprensible para la ciudadanía y orientadas hacia un futuro claro e ilusionante.

Si la adhesión a la Unión Europea selló la transición democrática y la normalización internacional de nuestro país, la noticia de que España accedería a la unión monetaria junto con el grupo de países más avanzados de nuestro entorno elevó la siempre frágil autoestima nacional hasta tales extremos que algunos incluso se permitieron jugar con las fechas 1898-1998 para hablar del cierre de un siglo de decadencia y fracaso y la apertura de un horizonte radicalmente distinto. Debido a ello, incluso en los peores momentos de dichas crisis nuestro país mantuvo un sentido de dirección comprensible y un horizonte de salida claro e incluso ambicioso. Todo ello contribuyó a consolidar entre la ciudadanía una cultura de reformas, es decir, el convencimiento de que las reformas permitían ganar un futuro mejor para todos.

Nada de eso ocurre ahora, cuando la pérdida de confianza interior y exterior y la falta de un horizonte nacional y europeo son las principales características de la crisis. Quizá por esa razón esta sea la primera crisis en la que muchos españoles no piensan en un futuro mejor sino simplemente en recuperar su pasado inmediato y los niveles de vida que ya han conocido, lo que marca una importante distancia psicológica con respecto a otros momentos de la vida política española. Esto es evidente tanto interna como externamente.

Internamente, la crisis ha expuesto un país recorrido por múltiples grietas. Al desbocamiento del paro y al estancamiento económico hay que añadir las sombras que, una tras otra, han ido alcanzando a las principales instituciones del país. La monarquía, los partidos políticos, el poder judicial, el banco de España, las comunidades autónomas, los entes locales o el sistema financiero; da la impresión de que ninguna de estas instituciones clave, algunas de las cuales han sido y son la clave de bóveda del régimen democrático alumbrado por la Constitución de 1978, ha escapado del desgaste y pérdida de confianza ciudadana.

Ese desgaste en eficacia y legitimidad añade un elemento de incertidumbre adicional ya que hace inevitable cuestionarse hasta qué punto la superación de esta crisis exige un revisión en profundidad, incluso una refundación, de algunas de estas instituciones y, lo que es más importante, las relaciones entre ellas, caracterizadas más por la colusión de intereses, la falta de transparencia y la muy reducida capacidad de control ciudadano que por la eficacia política y democrática. Despreciar el 15-M o fijarse en sus aspectos más atrabiliarios es un error pues ese movimiento no es revolucionario sino profundamente democrático y, si se quiere, incluso conservador ya que su mensaje central es tan sencillo y verdadero como que esta democracia no funciona como dice que funciona ni tampoco como debería funcionar.

Una decepción parecida ha podido experimentarse en el ámbito europeo. La España democrática y la integración europea han sido y son dos caras de la misma moneda. Al igual que no podemos entender nuestra reciente experiencia democrática sin pasar por Europa, sus instituciones y sus políticas, tampoco podemos tomar decisiones clave ni pensar sobre nuestro futuro como españoles sin hacerlo en clave europea. Pero ahora, en un país donde el interés europeo y el interés nacional han sido indistinguibles, al fallo de un país se suma el fallo de Europa. Como ha señalado François Hollande, se trata de una Europa “dañada”, de una Europa polarizada, debilitada y falta de liderazgo, una Europa de la cual todo el mundo se ha querido servir, pero a la cual nadie ha querido, podido o sabido servir adecuadamente.

Llegada la hora de la verdad, Europa se ha traicionado a sí misma y a sus principios: donde debiera haber prevalecido una lógica europea y de proyecto en común se ha impuesto una lógica basada en los intereses nacionales, en las identidades y en los particularismos. Grecia ha sido y es la prueba evidente de todo esto: la irresponsabilidad de las élites griegas y la falta de liderazgo de las élites europeas ha generado un círculo vicioso que conduce directamente hacia la desintegración y la ruptura. No es de extrañar por tanto que en toda Europa recojamos una cada vez mayor desafección ciudadana hacia un proyecto que se encuentra paralizado por la acumulación de una serie desequilibrios políticos, económicos e institucionales que amenazan su continuidad.

Es la confluencia de estas debilidades nacionales y europeas la que explica por qué está costando tanto salir de la crisis y por qué la incertidumbre es tan elevada. Como el propio gobierno y las instituciones europeas están experimentando día tras día, salir de esta crisis no sólo requiere identificar las políticas adecuadas, sino decidir hasta qué punto los actuales diseños institucionales actuales son parte del problema o parte de la solución. Así, de la misma manera que existe una duda razonable sobre si la actual configuración del sistema autonómico es un obstáculo o un activo para la superación de la crisis, en el ámbito europeo también está muy extendido el convencimiento de que la crisis se debe a un diseño institucional erróneo de la unión monetaria, que ha cebado los desequilibrios económicos que nos han traído hasta aquí. No es por casualidad que en ambos niveles, el europeo y el nacional, estemos hablando del alcance de la descentralización, las competencias, la fiscalidad, la autoridad y la legitimidad política: tanto la democracia nacional como el sistema político europeo están sometidos a fuertes tensiones, tensiones que deben ser adecuadamente resueltas si lo que se quiere es generar confianza.

Es hoy evidente que no saldremos de esta crisis solo con más y mejores políticas, ni en el ámbito nacional ni el europeo, sino con nuevas, renovadas o reforzadas instituciones a todos los niveles. Antes de usar Europa, la debemos reparar, lo que nos obliga a pensar y en actuar en dos niveles al mismo tiempo. Lo mismo ocurre en el contexto estrictamente nacional. En España y en Europa debemos reconstruir las instituciones y la confianza pues es evidente que con los diseños institucionales actuales y las actuales relaciones de poder no saldremos de ella. Paradójicamente, esto permite tener confianza en el futuro: en España y en Europa esta crisis es política, luego su solución está en la política y, por tanto, al alcance de la mano. ¿Voluntarismo? Sí, eso es exactamente lo que necesitamos, en España y en Europa.

Publicado el 31 de mayo en la edición impresa de El PAIS. Suplemento especial sobre Europa.

El efecto coyote

1 junio, 2012

Como todo el mundo sabe, en el popular Correcaminos los problemas del coyote no empiezan cuando la carretera acaba y se queda suspendido en el vacío. El coyote sabe que hay un precipicio, pero también sabe que solo caerá cuando mire hacia abajo. Por tanto, si consigue evitar la tentación de mirar, no caerá; incluso podrá retroceder y volver a zona segura. La paradoja de la situación que define el efecto coyote es que, a veces, para sobrevivir hay que negar la realidad cuantas veces sean necesario.

Esta es la situación en la que se encuentra Europa y, por extensión, España. Tras tres años de medias y tardías respuestas, siempre desmentidas al minuto siguiente por los acontecimientos, todos los actores en este juego, Gobiernos, mercados y ciudadanos, han llegado al convencimiento de que la eurozona está suspendida sobre el vacío. Si no quieren mirar hacia abajo es porque saben perfectamente tanto lo que encontrarán como lo poco que les gustará.

Allá abajo verán, en primer lugar, una moneda común que ha demostrado serlo solo en apariencia. Si fuera una moneda común, tendría los atributos que normalmente tienen las monedas: un Banco Central que actuara como prestamista de última instancia y que estuviera dispuesto a intervenir ilimitadamente en el mercado para respaldar esa moneda, fuera vía los tipos de interés, mediante compras de deuda o sencillamente dándole a la máquina de imprimir billetes. Si esa moneda común fuera tal, también tendría una política fiscal y un presupuesto común dotado de los suficientes recursos como para prevenir y atajar las crisis, incluyendo un mecanismo común para resolver las crisis bancarias y, en definitiva, el respaldo de un verdadero Gobierno económico europeo.

Nada de eso encontraremos si miramos hacia abajo: si lo hiciéramos, lo que en realidad nos encontraríamos es un sistema de tipo de cambios fijos extremadamente rígido que, no solo carece de mecanismos colectivos para corregir desequilibrios y atajar las crisis, sino que tiene como principal objetivo contener los problemas de deuda, privada o pública, en el ámbito nacional, aunque, como muestra el caso de España, generen un círculo vicioso y una dinámica insostenible que lleve a que sus miembros caigan uno detrás de otro.

El Gobierno es consciente de la situación y sabe que España está suspendida en el vacío. Cómo hemos llegado hasta aquí da un poco igual: probablemente haya partes iguales de ingenuidad, inexperiencia, exceso de fe europeísta, dogmatismo ideológico, soberbia y puro y simple desbordamiento por acontecimientos imprevistos, nada en definitiva que no sea recurrente en la política y común entre los seres humanos. El plan original del Gobierno, hacer un ajuste rápido y duro y ganar la confianza de los mercados, se parecía demasiado al puesto en marcha por el Partido Popular al llegar al Gobierno en 1996. El problema es que ahora las circunstancias son radicalmente distintas ya que en lugar de un contexto europeo favorable, tenemos uno completamente adverso. Eso explica que el Gobierno haya tardado meses en salir al ruedo europeo: en el planteamiento inicial, la secuencia era ajustar primero y hacer política europea después sobre la base de la credibilidad ganada. Ahora, la secuencia es más compleja, pues se es consciente de que sin política europea el ajuste no servirá de nada pero, a la vez, se descubre día a día que hacer esa política sin credibilidad ni plan alguno es tan imposible como frustrante.

La situación es desquiciada, pero no irreversible. Aunque parezca mentira, el coyote puede desandar el camino y volver a tierra segura. Y si puede hacerlo es porque en política, como en los dibujos animados, las leyes de la física se pueden manipular. En otras palabras, mientras que el saber técnico nos dice que de no cambiar las actuales circunstancias la zona euro muy probablemente se colapsará, el saber político nos dice que la zona euro no está inevitablemente condenada al colapso y que es posible salvarla. Claro que decirlo es más fácil que hacerlo, pues todo lo que necesitamos para salvar la eurozona es precisamente aquello que no podemos conseguir ya que Berlín se opone frontalmente.

Pero dejemos a un lado los reproches a Alemania. Ha llegado la hora de sincerarnos con Berlín y decirle que aunque reconocemos la solidaridad alemana, no es lo que necesitamos. Lo que necesitamos es el egoísmo ilustrado de Alemania, una visión de si esta unión les merece la pena a ellos, no a nosotros. Berlín tiene que hacer sus cuentas y decirnos bajo qué condiciones les compensa esta unión y hasta dónde está dispuesta a llegar. Luego ya decidiremos qué hacer. Así que mientras los alemanes deciden hasta dónde llega su sano egoísmo, intentaremos no mirar hacia abajo.

Publicado en la edición impresa de elpaís 1 de junio de 2012

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Europa sin Grecia

11 mayo, 2012

Esta Europa no da un respiro, como si odiara la previsibilidad que durante tantas décadas hizo que la gente no le prestara la más mínima atención. Apenas unos días después de que la victoria de Hollande en Francia abriera una rendija de esperanza, nos encontramos de bruces con los dos problemas que definen esta crisis. Por un lado, la fragilidad de los sistemas políticos, que como vemos en Grecia se autodestruyen en el empeño de convencer a sus ciudadanos de que se sometan a una austeridad sin límite ni perspectiva y que sean ellos los que soporten en solitario el peso principal de la crisis. Por otro, como estamos viendo en España, la fragilidad de partes importantes del sistema financiero, fruto de una década de exceso de liquidez, mala gestión y peor supervisión. Esas dos fragilidades se suman y se retroalimentan llevándonos a una situación insostenible: en Grecia, porque la perspectiva de una renegociación de los términos del paquete de rescate supone situarse en el umbral de la salida del euro; en España, porque la condición absolutamente necesaria para que funcione esa combinación de reformas y recortes que constituye, hoy por hoy, la única agenda del gobierno es que tenga lugar en un marco de estabilidad financiera y confianza exterior.

Tanto para mantener a Grecia dentro del euro como para evitar que una eventual salida produjera una reacción en cadena que afectara a España, los gobiernos de la eurozona tendrían que tomar medidas de gran calado. Esas medidas deberían asegurar a los mercados bien que Grecia tiene un futuro dentro del euro o bien que su salida sería un hecho aislado. Pero como no ven a los líderes europeos levantando los cortafuegos necesarios, los mercados no se creen ninguna de esas afirmaciones. En ese pesimismo preocupante han empezado a coincidir muchos dentro de las instituciones europeas al percibir hasta qué punto Grecia y Alemania han llegado al límite de sus esfuerzos: a un lado, tenemos la fatiga de austeridad griega; a otro, la fatiga de solidaridad alemana.

Es imprescindible recuperar el aliento y tomar perspectiva: una salida de Grecia del euro sería un desastre de primera magnitud, para los griegos y para el resto de los miembros de la eurozona. Además del deterioro aún mayor en las condiciones de vida de los griegos, los partidos extremistas se harían todavía más fuertes. Aunque formalmente Grecia no saliera de la Unión Europea, su salida afectaría a todas las políticas en las que se basa su pertenencia a la UE, especialmente en lo referido al mercado interior por lo que, en la práctica, sería como una salida de la UE.

Las consecuencias serían también geopolíticas: precisamente cuando, después de una turbulenta historia, la UE intenta atraer a su seno a los Balcanes Occidentales y se dispone a admitir a Croacia, la salida de Grecia del euro abriría un nuevo frente de desgobierno y fracaso estatal en una región bastante complicada. Psicológicamente, los griegos identificarían el proyecto europeo con un fracaso por lo que, lógicamente, querrían alejarse de él. Para colmo, la deseuropeización de Grecia podría dar alas a las voces y fuerzas antioccidentales que históricamente han sido más fuertes en ese país que en otros vecinos del sur de Europa como España, Italia o Portugal, lo que podría tener repercusiones importantes en materia de seguridad, bien mediante un cuestionamiento de la pertenencia a la OTAN o vía un auge del nacionalismo y de las tensiones con Turquía y Macedonia.

Para el resto de Europa, las consecuencias no podrían ser peores. El eufemismo de moda (una salida controlada), esconde una esperanza bastante cínica de que los griegos fueran los únicos afectados. En la práctica, sin embargo, esa salida se produciría en el peor momento ya que Portugal, Italia y España están en el punto de máxima vulnerabilidad, pues los recortes han hecho el máximo daño, las reformas todavía no han tenido resultados y el paquete de crecimiento todavía no ha llegado a la mesa. En otras palabras, la salida de Grecia se produciría en el peor momento, que es precisamente aquél en el que su factor de contagio sería más alto y su probabilidad de aislamiento más bajo.

La Comisión Europea tiene en el cajón y está desempolvando a toda prisa la batería de medidas para estimular el crecimiento que podrían tener un importante impacto para introducir algo de esperanza en el horizonte. Se trataría de un cóctel donde se mezclarían fondos estructurales, préstamos del BEI y algo de flexibilidad en la aplicación de los objetivos de reducción del déficit. Pero con el ojo puesto en Grecia, el optimismo que ha sucedido a la victoria de Hollande y que ha hecho que en Bruselas se respire un aire completamente distinto tiene que convivir con una duda muy incómoda: ¿y si Hollande hubiera llegado demasiado tarde?

Publicado en la sección impresa del Diario ELPAIS el 11 de mayo de 2012

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¿Ha llegado el momento de decir basta a Alemania?

20 abril, 2012

Dice Jens Weidmann, el joven economista que accedió a la Presidencia del Bundesbank después de una carrera política meteórica a la sombra de Angela Merkel y miembro, seguramente el más influyente, del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE), que unos tipos de interés del 6% no son “el fin del mundo” y que, por tanto, no constituyen motivo suficiente para que el BCE se movilice para aliviar la presión que sufre España en los mercados de deuda. Intriga saber hasta qué punto Weidmann es consciente de que España y Alemania comparten una unión monetaria y, también, hasta qué punto participa de la preocupación de que semejantes diferenciales en los tipos de interés ponen en cuestión su sentido último y existencia.Suponemos que para Weidmann, en cuyo mandato no entra ni el crecimiento ni el empleo sino solo la estabilidad de precios, una inflación del 6% sí que sería el fin del mundo. Pero, afortunadamente, el presidente del Bundesbank puede dormir tranquilo ya que la inflación media en la eurozona es del 2,7%. En España, además, para mayor tranquilidad de Weidmann, la inflación es del 1,8% y en Grecia del 1,4%, menor incluso que en Alemania (2,3%). Así que, en el mundo feliz de los economistas del Bundesbank, ni siquiera las palabras del economista jefe del Fondo Monetario Internacional, Olivier Blanchard, desaconsejando a España una mayor consolidación fiscal en razón de sus perspectivas de recesión tienen valor alguno. Triste consuelo que siendo miembros de la eurozona sea solo en Washington y en Londres, y no en Bruselas o Berlín donde España pueda expresarse y ser escuchada cuando plantea la necesidad de acompañar las reformas y los recortes con políticas de crecimiento.

El valor de esa declaración tan sincera y a la vez tan torpe de Weidmann es que explica con toda claridad lo que le está ocurriendo a Europa, y muy directa y particularmente a España. La falta de visión y sensibilidad que encierra nos retrotrae a la ceguera de las elites francesas al terminar la I Guerra Mundial, que sofocaron cualquier posibilidad de recuperación y crecimiento económico en Alemania al imponer unas onerosísimas reparaciones de guerra. Aquellas reparaciones, aun siendo justas, pues Alemania había comenzado la guerra, dieron paso a la mezcla de populismo e irredentismo que alumbraron el nazismo y la segunda guerra mundial. No deja ser paradójico que Alemania, que ha superado admirablemente el nazismo, no haya podido hacer lo mismo con la inflación que llevó al colapso a la república de Weimar. Sin duda alguna, si el euro termina por romperse o la construcción europea se colapsa, los historiadores utilizarán frases como esta para explicar qué falló en Europa y qué errores se cometieron.

Ahora, el Gobierno alemán, con su ceguera y con una actitud similar (hágase la justicia aunque perezca el mundo), no sólo pone en peligro la construcción europea sino que alienta la emergencia de sentimientos anti-alemanes. De muestra un botón: aunque en España la imagen de Alemania como país sigue siendo buena, el último barómetro del Real Instituto Elcano muestra que tres de cada cuatro españoles (el 73%) consideran que Alemania no tiene en cuenta los intereses de España y, más unánimemente aún, el 87% piensa que “el país que manda en Europa es Alemania” (no el país que manda “más” sino, nótese, el país que manda, a secas).

¿Ha llegado el momento de decir “basta” a Berlín? Sí, sin duda. ¿Cómo? Coordinando desde Bruselas la agenda de reformas nacionales con la agenda de crecimiento europea. Ello requiere la restauración de los equilibrios políticos e institucionales en Europa, que han saltado por los aires. Por un lado, la Comisión Europea, que debería hablar en nombre de todos los estados, ha sido eliminada como actor político. Al comienzo de su segundo y último mandato, el Presidente de la Comisión, Barroso, amagó con convertirse en un auténtico líder. Pero cuando las cosas se han puesto difíciles se ha deshecho sin más de la agenda de crecimiento sostenible que llevaba años impulsando. Y por otro lado, Francia, que siempre ha ejercido un papel de contrapeso sobre Alemania, está hoy por hoy en manos de alguien como Sarkozy, el estadista del Toisón de Oro que compensa el fracaso de su agenda reformista en casa con la indigna y típica practica del servilismo del débil hacia arriba (con Alemania) y la arrogancia del fuerte hacia abajo (España). Esa Francia, irreconocible, se ha convertido en un problema tan grande para el futuro de Europa como el rigorismo que domina el Bundesbank. Hollande puede ser un revulsivo, para Francia, para la Comisión, y para la propia Alemania.

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El canario en la mina

9 marzo, 2012

Algo tiene que significar que, en poco más de dos meses, el Gobierno español, alumno modélico de la austeridad, las reformas y los recortes haya entrado en conflicto con la Comisión Europea e incomodado notablemente a Alemania, con quien está obligada a entenderse. Todo ello a cuenta del anuncio hecho por el Gobierno de que España no cumplirá el objetivo de déficit asignado para 2012.

La situación admite dos lecturas. Para la Comisión y otros, entre los que se encuentra Alemania, el anuncio debilita la credibilidad del Pacto Fiscal recientemente aprobado y pone en peligro los esfuerzos realizados para estabilizar la eurozona. Para España, sin embargo, el nuevo objetivo de déficit se fija desde la perspectiva exactamente contraria, pues percibe que, al menos en su caso particular, los mercados están más preocupados por las débiles perspectivas de crecimiento y empleo que por la sostenibilidad de las finanzas públicas a corto plazo. Traducido a términos más coloquiales, mientras que Alemania, la Comisión y otros piensan que el anuncio de España introduce más gas grisú en una mina ya peligrosamente saturada y a punto de explotar, otros piensan que España es, por el contrario, el canario en la mina que anuncia el peligro que se deriva de la falta de flexibilidad de unas reglas demasiados rígidas y que pretenden resolver de una única manera problemas que son distintos.

Recordemos que España, al contrario que Italia o Grecia, no ha tenido un problema de deuda pública, sino privada, ya que antes de la crisis sus finanzas públicas estaban en orden, incluso más saneadas que las de la propia Alemania. Y recordemos también que, al contrario de Italia o Grecia, donde el sistema político ha colapsado, dejando el poder en manos de tecnócratas, el sistema político español ha sido capaz de ofrecer una alternativa de gobierno y refrendarla con un amplio mandato ganado en las urnas. Así que, mientras que en el caso de Italia o Grecia, los inversores se asustaron por los altos niveles de deuda, la ausencia de reformas y la fragilidad de los sistemas políticos, en el caso de España, las preocupaciones son más bien distintas, ya que no se centran en la capacidad del gobierno de adoptar reformas (que dan por hecho), sino más bien en la capacidad de generar crecimiento, empleo, ganar competitividad y restaurar el normal funcionamiento del sistema financiero.

Como ironizan los diplomáticos, tener razón tiene dos partes: una, tener razón; y dos, más infrecuente, que te la den. No deja de ser revelador que en apoyo de España, un país cuya imagen internacional está sumamente baqueteada por la crisis económica, hayan salido dos de los comentaristas económicos internacionales más influyentes: Paul Krugman, de The New York Times, y Martin Wolf, de Financial Times. La diplomacia española, acostumbrada al desgaste en batallas numantinas que generalmente sólo ella entiende, se encuentra aquí, por fin, con una oportunidad que no suele darse sino cada pocos años.

Cierto que, cuando uno está con el agua al cuello no es el mejor momento para ponerse a pensar qué hará cuando la crisis pase. Pero en las actuales circunstancias esa visión de cómo queremos que sea Europa, y dentro de ella, qué España queremos construir y qué papel debe jugar no es un lujo o capricho sino la condición sin la cual no se saldrá de la crisis. No se trata de establecer alianzas contra Alemania o la Comisión, cosa que carecería de sentido, pero sí de poner mucha atención en cómo Mario Monti está mostrando que las reformas y los recortes, bien gestionados, generan legitimidad y, por tanto, una capacidad negociadora que se había perdido y que puede ser aprovechada para lograr cambiar los términos del debate actual sobre austeridad y estímulos hacia un plano más favorable a los intereses de España

Desde ese punto de vista, las referencias a la “soberanía” hechas por Rajoy para justificar su decisión marcan la línea argumental contraria a la que se debería adoptar. Sea lo que sea la soberanía, si de lo que se trata es de la capacidad de fijar los objetivos de déficit público para el año fiscal, es evidente que España no es un país soberano. Lo contrario es hacerse trampas a uno mismo y hacérselas a la opinión pública española que, con razón, percibe que, hoy en día, en una unión monetaria sometida a una enorme presión por parte de los mercados financieros y en donde nos hartamos de repetir que las decisiones de Atenas o Roma tienen un impacto decisivo sobre el futuro de España, esa soberanía es una ficción. Por tanto, seamos valientes y no nos pongamos a la (soberana) defensiva. Al contrario: forcemos un debate verdaderamente europeo y liderémoslo. Si somos canarios, cantemos.

Publicado en EL PAIS el 9 de marzo de 2012

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Un Tratado y un billón

5 marzo, 2012

Estos son los dos elementos sobre los que en estos momentos descansa el futuro de Europa. Los ritmos de su despliegue son muy reveladores de las asimetrías que dominan hoy la construcción europea pues, como se ha visto, resulta más fácil hoy en día que el Banco Central Europeo movilice un billón de euros en créditos que los Gobiernos puedan acordar y hacer entrar en vigor 16 artículos de un tratado. Sea como sea, el billón ya está en circulación; en cuanto al tratado, las cosas no están tan claras.

Irlanda ya ha anunciado que difícilmente podrá evitar someter ese texto a referéndum. Teniendo en cuenta el expediente ratificador dublinés (dos referendos, dos rechazos, dos crisis), la preocupación está más que justificada. Cierto que en las dos ocasiones anteriores (2001 y 2008), los Gobiernos irlandeses lograron finalmente ratificar los tratados por medio de un segundo referéndum. Y cierto que esta vez se ha puesto la venda antes que la herida para que el tratado pueda entrar en vigor con solo que 12 de los 17 miembros de la eurozona lo ratifiquen. Pero esto no agota ni mucho menos las consideraciones sobre la legitimidad y la eficacia de este proceso ni sobre las consecuencias que se derivarían de un eventual no irlandés.

El objeto de un referéndum es dejar en manos de la ciudadanía la posibilidad de elegir entre varias opciones. Pero para que los ciudadanos de una democracia puedan (auto)determinar su futuro se requiere que todas las opciones sometidas a consulta sean técnicamente posibles, políticamente viables y moralmente aceptables. Y lo que es más importante: que los ciudadanos entiendan y tengan claro de antemano cuales son las consecuencias que para ellos se derivarán de cada una de las opciones que se les someten. Si no se cumplen estas condiciones, un referéndum carece de sentido, que es exactamente lo que viene ocurriendo en la UE, donde los referendos se plantean como medios para la legitimación popular a posteriori de decisiones ya tomadas.

Eso explica por qué es tan difícil escapar a la impresión de que, en el ámbito europeo, los referendos no han venido poniendo en manos de la ciudadanía la capacidad de decisión sobre su futuro, sino que se han convertido en algo parecido a un test de inteligencia diseñado por los Gobiernos donde de lo que se trata es de averiguar la respuesta correcta. Por eso, cuando los electores han votado no, los Gobiernos han reaccionado pulsando el botón rojo (“respuesta incorrecta”) y han vuelto a someter la cuestión a consulta para que los ciudadanos presionen el voto verde (“respuesta correcta”).

Algo parecido podría volver a ocurrir en Irlanda, cuyos ciudadanos ya están siendo advertidos de que un no a este Tratado podría significar su salida del euro. ¿Por qué? ¿Con qué argumentos? Irlanda firmó y ratificó el Tratado de Maastricht que estableció la Unión Económica y Monetaria y posteriormente el Tratado de Lisboa, que no incluyen ninguna cláusula sobre una expulsión del euro. Si de lo que se trata es de que Irlanda no tendría acceso a los fondos del nuevo Mecanismo Europeo de Estabilidad, u otro tipo de consecuencias, explíquese claramente a los ciudadanos, junto con sus posibles alternativas, pero no se amenace a los ciudadanos con que el ejercicio de su libre albedrío democrático podría llevar al colapso económico de Irlanda o, incluso, al estallido final y ruptura definitiva de la eurozona porque eso significa que no existe una elección entre alternativas y, en consecuencia, es absurdo celebrar un referéndum.

La Unión Europea no es una democracia, sino una demoi-cracia, es decir, está formada por varios demos o pueblos, lo que significa que carece de un sujeto político único que se pueda pronunciar clara e unívocamente sobre su futuro. Por eso, como los acuerdos se adoptan en la esfera supranacional pero los referendos se celebran en el ámbito nacional y de forma desconectada entre sí, los ciudadanos de cada país no solo no se autodeterminan a sí mismos, sino que exportan las consecuencias de sus decisiones a terceros, impidiendo que los demás puedan autodeterminarse.

Planteados así, los referendos son un callejón sin salida: no permiten hacer avanzar a la UE (luego no son eficaces), ni tampoco legitiman democráticamente la construcción europea. Por tanto, cuando son favorables, el resultado se descuenta y se atribuye a la falta de alternativas, mientras que cuando son desfavorables, se convierten en un mecanismo de deslegitimación ya que por la vía de protocolos o negociaciones adicionales se termina logrando que lo que salió por la puerta, vuelva a entrar por la ventana. Por tanto, si de preguntar a la ciudadanía se trata, que se haga como medio de lograr una Europa más eficaz y más democrática, no desde la soberbia ni desde la resignación.

Publicado en elpais internacional, 1 de marzo de 2012

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El gran pacto que Europa necesita no está listo

27 enero, 2012

El euro es la clave de bóveda del proyecto europeo. Por esa razón, una crisis que afecte al euro es una crisis existencial. Y por eso también es fácil entender por qué, aunque la Unión Europea haya estado antes en crisis, nunca se había asomado al abismo y sentido tanto vértigo. La crisis de la silla vacía, la época de “euroesclerosis”, el bloqueo de Margaret Thatcher a causa del cheque británico, las divisiones ante la unificación alemana, las turbulencias en torno a la ratificación del Tratado de Maastricht o la rebeldía popular ante la Constitución europea, todos esos momentos agitaron las aguas europeas, pero nunca amenazaron con hacer zozobrar la nave europea. En contraste, la crisis del euro ha recorrido transversalmente y presionado intensamente sobre todas y cada una de las líneas de fuerza subyacentes al proyecto europeo.

La crisis ha agudizado las tensiones entre los viejos y los nuevos miembros, entre el Norte y el Sur, entre protestantes y católicos, entre los miembros de la eurozona y los que están fuera de ella. También ha sometido a tensión las políticas que constituyen el núcleo de la Unión: el mercado interior; la libertad de circulación y la política exterior y de seguridad. En todos esos ámbitos hemos asistido a presiones centrífugas que han debilitado el espíritu común y la capacidad de actuación conjunta.

Publicado el 26/01/2012 en el diario elpais  como parte del suplemento especial editado por cinco periódicos europeos.

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El año de Casandra

2 enero, 2012

2011 será recordado como el año en el que, por primera vez, la Unión Europea se asomó al abismo y nombró lo innombrable. Para sorpresa de propios y extraños, dentro y fuera de Europa, justo cuando tras una década de introspección y divisiones Europa se lanzaba a recuperar el tiempo perdido con el afán de lograr ser, por fin, un actor global, una crisis económica y financiera global impactaba de lleno contra ella y desestabilizaba su principal y más exitoso logro: la unión monetaria. “Si cae el euro, cae Europa”, advirtió la canciller Angela Merkel a los compromisarios de su partido, reunidos en Leipzig en noviembre, a la vez que describía la situación como la “más difícil desde la Segunda Guerra Mundial”. Y tenía razón, pues las consecuencias de una ruptura del euro serían tan profundas que difícilmente se detendrían en la moneda: impactarían de lleno en el mercado interior y en las principales políticas comunes, incluida la política exterior, llevándose por delante décadas de laboriosa construcción europea.

La “crisis de la silla vacía” en los años sesenta, la “euroesclerosis” de los setenta, la sombra del declive económico y tecnológico ante Estados Unidos y Japón en los ochenta, el retorno de los campos de concentración y la limpieza étnica en los años noventa, los fallidos referendos constitucionales en Francia y los Países Bajos en la década pasada. La Unión Europea había estado antes en crisis, pero ninguna de ellas tuvo un carácter existencial en el sentido literal de la palabra.

¿Cuáles han sido las consecuencias de la crisis del euro? Lo más visible e inmediato ha sido la devastación en términos de empleo y prosperidad, que ha generalizado la desconfianza en el futuro del Estado del bienestar. La crisis también ha puesto en entredicho la autoestima democrática de nuestras sociedades, sometidas a unas fuerzas de mercado sobre las cuales sienten carecer de control alguno. Y aunque es pronto todavía para perfilar el impacto psicológico, la historia nos dice que las sociedades que tienen miedo y se sienten inseguras tienden a volcarse sobre sí mismas, recelar de su entorno, abrir las puertas al populismo y sacrificar la libertad en aras de mayor seguridad.

Igualmente importante han sido las debilidades que la crisis ha puesto de manifiesto. La unión monetaria, que pretendía ser tan robusta como todos esos imponentes edificios que figuran en los billetes de euro pero que (¿premonitoriamente?) no existen en la realidad, se ha mostrado incapaz de sortear condiciones meteorológicas adversas, como si solo estuviera diseñada para navegar con buen tiempo. Y a la vez, el fino pero imprescindible tejido identitario sobre el que se sostiene la construcción europea también se ha resentido: la solidaridad y el proyecto común, anclados tanto en una visión del pasado como de un futuro común, han sido puestos en tela de juicio, e incluso sustituidos por los peores prejuicios y estereotipos culturales que pensábamos superados entre Norte y Sur, Este y Oeste, católicos y protestantes. De todo ello se ha derivado una gestión de la crisis dominada por el “demasiado poco, demasiado tarde”, que ha tenido al euro al borde del precipicio y a los ciudadanos al borde del infarto durante casi todo el año.

Desde el punto de vista institucional, el edificio europeo también ha sufrido singularmente ya que Alemania y Francia han optado por un intergubernamentalismo sin contemplaciones ni complejos y dado de lado a las instituciones europeas (especialmente a la Comisión y el Parlamento) y al llamado “método comunitario”, que tradicionalmente ha sido la única garantía de equilibrio entre grandes y pequeños, ricos y pobres, Norte y Sur.
In extremis, a punto de concluir el año, el Banco Central Europeo ha salvado a la economía europea del colapso inundando el mercado bancario de liquidez. Con ello ha dado la razón a todos los que venían diciendo que las presiones sobre la deuda soberana no eran la causa, sino la consecuencia de una crisis financiera que, debido a los errores de diseño y funcionamiento de la eurozona, a punto ha estado de llevarse por delante a la propia UE. La campana del BCE ha salvado a la UE, al menos por el momento, pero no ha solucionado los problemas de fondo, que siguen estando ahí y que 2012 tendrá que enfrentar.
Entre ellos cabe destacar la imposibilidad de tender un cortafuegos entre el euro y la UE que aísle el fracaso de uno del colapso de la otra. Por eso, cuando en 2012 griegos y británicos vuelvan a la mesa de la negociación, la UE se encontrará exactamente en el mismo lugar donde estaba en 2011: entre la espada de una salida de Grecia del euro, cuyas consecuencias serían devastadoras, y la pared de una ruptura irreversible con el Reino Unido, que amenazaría la unidad del mercado interior y debilitaría la posición de la UE en el mundo.

Sin embargo, el futuro de Europa no se decidirá en la periferia greco-británica, sino, como es lógico, en su núcleo. El Gobierno alemán sigue obstinado en una lectura de la crisis que hace imposible su solución ya que, como se ha demostrado, la crisis exige un cambio en las normas que gobiernan la eurozona y, muy particularmente, un nuevo papel del BCE y la emisión de eurobonos. En Berlín, la canciller Merkel se ha atado conscientemente no a uno, sino a dos mástiles: el de una opinión pública muy reticente a la unión monetaria y el de un Tribunal Constitucional hostil al proyecto de integración europeo. Pero esa opinión pública y legal detrás de la que Merkel se escuda no es la causa de sus acciones sino algo que ella misma y su partido han alentado, infundiendo en los alemanes el convencimiento, contra toda evidencia empírica, de que el euro no solo ha sido un mal negocio para Alemania sino, como parece creer su Tribunal Constitucional, una amenaza para la propia democracia alemana.

Así las cosas, una vez que el BCE ha cambiado de rumbo y decidido salvar el sistema financiero, todas las miradas se dirigirán hacia Alemania, intentando dilucidar hasta qué punto Berlín seguirá liderando Europa sobre la base de sus dudas, reticencias y miedos o sobre una visión constructiva y a largo plazo del futuro del continente. Olvídense pues del calendario maya: es en Berlín donde Casandra se reivindicará o será desmentida.

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA 02/01/2012

También en PressEurop

La segunda europeización de España

2 diciembre, 2011

España se encuentra en una de las situaciones más complicadas de su reciente historia. Internamente, la tasa de paro, con ocho regiones españolas entre las 12 que más paro tienen en Europa (las otras cuatro, Reunión, Guyana, Martinica o Guadalupe ni siquiera están en Europa), nos habla de un gran fracaso colectivo. Se trata de un fracaso moral, por lo que supone para los horizontes vitales de millones de españoles y, especialmente, de toda una generación de jóvenes. Pero también se trata de un fracaso político, en cuanto esa tasa de paro amenaza el pacto social en el que se asienta nuestra democracia y podría acabar desembocando, como lo ha hecho en otros países, en desafección, populismo y, como novedad en España, en antieuropeísmo. Y es también, lógicamente, un fracaso económico de primer orden, en tanto en cuanto la inmovilización de recursos productivos que implica nos condena a ser más pobres y, por tanto, menos autónomos para decidir como sociedad qué es lo que queremos hacer en el mundo. Se trata, en definitiva, de un fracaso colectivo que condiciona y limita todo lo que el país es y podrá ser en el futuro.

Externamente, la situación de España no es mucho mejor. Durante años ha trabajado muy duramente para ganarse su sitio en el corazón de Europa, restaurando el prestigio perdido por años de aislamiento. Primero, en 1986, la adhesión. Luego, en 1993, el mercado interior. Posteriormente, en 1998, el desafío que supuso la entrada en el euro o la amenaza de desplazamiento que supuso la ampliación al Este de 2004. Con mucha voluntad y sacrificios España superó todas las pruebas que se le fueron presentando. El resultado es que los 25 años transcurridos desde la adhesión de España a la (entonces) CE han sido, sin duda, los mejores de su historia: por primera vez, la modernización económica vino de la mano de la política y de la social, además de venir acompañada de la apertura al mundo y del logro de una gran influencia y prestigio internacional.

Hoy, sin embargo, España se encuentra en la hora más difícil: debido a su mala situación económica se encuentra en una posición de extrema debilidad a la hora de influir en el diseño de la Europa del futuro. Se trata de una situación sumamente desafortunada porque esa Europa política en la que España siempre ha creído y en la que tanto ha invertido se está conformando delante de sus ojos sin que pueda participar en ella más que de forma marginal o, peor aún, con riesgo de quedar marginalizada o apartada del núcleo duro de la construcción europea.

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