Posts Tagged ‘España’

Volver al mundo

17 diciembre, 2015

Captura de pantalla 2015-12-17 09.16.24Si las encuestas no se equivocan, nos adentramos en terra incognita. Pero gobierne quien gobierne después del 20-D, España deberá volver al mundo. Para hacerlo deberá primero superar tres obstáculos que han lastrado su proyección internacional. El primero es nuestra ausencia de los grandes foros internacionales. Pese a la internacionalización de su economía, el carácter global de su lengua o su posición geográfica a caballo entre América, Europa y el norte de África, ni España acoge ningún foro internacional relevante ni hay suficientes españoles en los foros o instituciones más importantes donde se debaten las ideas y se construyen las redes sobre las que se asienta la influencia de un país. Reforzar esa presencia es una tarea de todos: del Gobierno, oposición, empresas, medios de comunicación y sociedad civil. Sin ella, España será irrelevante en las decisiones que afectan a su futuro.

 El segundo lastre tiene que ver con la calidad de sus instrumentos de acción exterior, que antes de la crisis experimentaron procesos de crecimiento acelerado y sin mucho criterio para luego sufrir un proceso de recortes que ha dejado maltrecha nuestra capacidad de acción exterior. Destaca la burbuja armamentística, tan escandalosa como inadvertida por la ciudadanía, responsable de un reguero de deudas cuya satisfacción ha requerido enormes sacrificios presupuestarios en tiempos de crisis y que por ende ha dejado a nuestras Fuerzas Armadas en unos preocupantes niveles de operatividad. Pero tampoco le van a la zaga los excesos de la cooperación al desarrollo en tiempos de bonanza, ahora convertidos en escasez crónica de recursos esenciales para construir un mundo más justo. Aquí como en tantos otros sectores, el espacio para las reformas y la sostenibilidad a largo plazo ha desaparecido bajo el péndulo que va de la burbuja sin control al recorte sin criterio. Ese tridente de acción exterior que forman la cooperación, la diplomacia y las políticas de paz y seguridad tiene que ser recompuesto para que sirva a los intereses de nuestro país.

El tercer elemento tiene que ver con la baja calidad de nuestro debate público sobre cuestiones internacionales. Como en otros ámbitos de nuestra vida pública, aquí también la polarización y los clichés sustituyen con demasiada frecuencia al intercambio de argumentos y datos. Es difícil no sentir envidia ante los debates habidos estos días en Reino Unido y Alemania sobre cómo actuar en reacción a los atentados de París: dos países con culturas de seguridad radicalmente distintas han mostrado un mismo aprecio por el rigor y la calidad del debate público.

 Sin esos tres elementos (presencia internacional, instrumentos eficaces y debate de calidad) los españoles seguiremos haciendo eso que tan bien se nos da desde siempre: debatir apasionadamente entre nosotros mismos, de espaldas al mundo y sin ninguna posibilidad de incidencia real sobre los problemas que nos afectan.

Dos problemas marcarán nuestro futuro más inmediato. El primero es la cuestión europea. El proyecto europeo, digámoslo sin tapujos, está gripado. Su exasperante lentitud decisoria y la falta de instrumentos para actuar van a suponer una década perdida en términos de crecimiento y empleo para España. Europa entra en su octavo año de crisis sin haber resuelto Grecia y sin haber completado la unión económica y monetaria con los instrumentos de gobernanza económica y fiscal necesarios. La legitimidad de la Unión Europea pende casi exclusivamente de su eficacia. Si Europa no crece y no crea empleo no generará legitimidad entre la ciudadanía para sostener la integración política: al contrario, generará desafección, y con ello veremos aumentar más el nacionalismo, el populismo y la xenofobia, con la vuelta a las fronteras y a los egoísmos nacionales, como ya estamos viendo a raíz de la crisis de refugio y asilo. España, más pendiente de salvar el día a día que de mirar hacia el futuro, ha estado ausente del debate europeo o ha dejado que lo lideren otros, siendo difícil distinguir su impronta en los diseños que se han puesto encima de la mesa. Toca ahora volver a impulsar el proceso de integración, forjar las coaliciones necesarias y liderar la transformación de Europa para que sirva a las necesidades de España: de lo contrario, la ciudadanía dará la espalda al proyecto europeo.

Los problemas de arquitectura institucional y legitimidad política que experimenta la UE son, con todo, las ramas que no nos dejan ver el bosque, un bosque en el que siguen presentes enormes retos, desde el demográfico, al energético o la revolución digital, una nueva revolución industrial que está transformando el mundo y las relaciones de poder entre Estados y que a Europa se le está escapando entre los dedos por culpa de su fragmentación económica y su miopía política. El desfase entre los tiempos de la integración europea a 28 miembros y el ritmo de los cambios y necesidades económicos y tecnológicos sitúa a Europa en riesgo de entrar en un declive prolongado.

El segundo problema que vamos a enfrentar tiene que ver con nuestra seguridad exterior. La amable burbuja de seguridad dentro de la que el proyecto de integración europeo se ha desenvuelto durante décadas ya no está ahí. Finalizada la Guerra Fría pensamos que la retirada del paraguas estadounidense no requeriría la creación de una capacidad de defensa específicamente europea. Al contrario, la combinación del proceso de ampliación de la UE hacia el este de Europa con la modernización económica tanto de nuestra vecindad oriental como del norte de África generó un colchón de prosperidad que nos hizo pensar en la Europa de la seguridad y defensa más como una reliquia de la guerra fría que como una necesidad ineludible.

España, pese a su europeísmo, no ha sido ajena a este proceso de despreocupación por las cuestiones de seguridad y defensa, a lo que se ha añadido una crisis económica que las ha situado en segundo plano. Pero el espejo de la posguerra fría y el multilateralismo eficaz se ha roto. Nos guste o no, aunque Europa haya logrado la paz y esté en paz consigo misma, no va a vivir en paz. Porque el desafío que plantea el terrorismo yihadista va a requerir estrategias que integren todos los medios disponibles, incluido, en una u otra medida, el militar. Y lo va a requerir durante un tiempo prolongado y con apoyo de la sociedad. Dada su cultura de seguridad, no es probable que España esté en la primera línea; por eso precisamente deberá estudiar cómo contribuir a su propia seguridad y, a la vez, ser un socio valioso para sus vecinos, con quienes nos une un destino común y unos valores que queremos preservar. Volver al mundo no es una cuestión de orgullo, sino de responsabilidad en un momento extremadamente difícil para Europa.

Publicado en la edición impresa del Diario ElPAIS el lunes 14 de diciembre de 2015

José Ignacio Torreblanca es profesor en la UNED y director de la Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR).

Anuncios

Europa es ahora el problema

13 junio, 2015

1433873465_951956_1434024029_noticia_normalCuando el 12 de junio de 1985 España firmó el tratado de adhesión a la (entonces) Comunidad Europea, se sumó a una Europa que iba a más, que se integraba en lo político y en lo económico, forjando, como prometían los preámbulos de sus tratados, una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa. Esa Europa era ambiciosa tanto hacia dentro como hacia fuera: promovía la cohesión social y fomentaba la convergencia entre el norte y el sur, pero también tenía ambición exterior y quería jugar un papel relevante en el mundo. En poco más de una década desde la incorporación de España, aquella pequeña Europa de nueve miembros a la que la España democrática dirigió su solicitud de adhesión se estaba dotando de una moneda única y, tras superar con éxito la reunificación de Alemania, planeando más que duplicar su número de miembros.

En modo alguno es casualidad que los mejores años de la historia de España, los “treinta gloriosos” que el resto de Europa ya había disfrutado coincidiendo con el inicio del proyecto de integración en la década de los cincuenta del siglo pasado, hayan coincidido con este proceso de europeización que se inició en 1977 con la solicitud de adhesión. España encajó en aquella Europa que se integraba a toda velocidad como una mano en un guante: en ella encontró un vehículo perfecto para completar un proceso de modernización política, económica y social en demasiadas ocasiones pasadas truncado. Como el proyecto europeo y el proyecto nacional no eran sino dos caras de la misma moneda, imposibles de separar, la política europea y la política nacional fluían al unísono con suma naturalidad. Por eso, a la vez que dejarse llevar hacia la modernización, España pudo liderar políticas europeas como la cohesión o la ciudadanía con una enorme confianza en sí misma, abrirse al mundo y encontrar, por fin, su lugar en un mundo globalizado.

Sin duda que Europa ha sido, como Ortega dictaminó, la solución al problema de España. Hoy, España tiene problemas de gran calado —por cierto muy similares a los que padecen todas las sociedades democráticas avanzadas de nuestro entorno—, pero no es un problema, ni para sí misma ni para los demás, en el sentido orteguiano. A cambio, sin embargo, es Europa la que se ha convertido en un problema. Plantear Europa como problema en un país construido sobre la aseveración orteguiana de que “España es el problema, Europa la solución” puede sonar a provocación. Pero hablar de Europa como problema puede tener bastante sentido si dejamos a un lado la acepción más trascendental —la que nos remite a una discusión acerca de nuestro ser colectivo y nuestra identidad— para, a cambio, adoptar una visión algo más práctica que entienda Europa como un problema práctico que resolver, es decir, la que nos lleve a discutir cómo organizar nuestros asuntos públicos, nuestra democracia, nuestra economía y nuestra sociedad teniendo en cuenta la existencia de la Unión Europea.

Porque la realidad hoy es que, casi 40 años después de que nuestra Constitución previera, en su artículo 93, celebrar tratados por los cuales se cediera a una “organización o institución internacional el ejercicio de competencias derivadas de la Constitución”, esa Unión Europea a la que por prudencia los padres constituyentes no pudieron referirse por su nombre y apellidos (¿y si no nos admitían?) se ha convertido en un nuevo nivel de Gobierno cuyas competencias alcanzan todos los órdenes de la vida política, económica y social de los ciudadanos españoles, casi en una cuarta rama de poder que se suma al ejecutivo, legislativo y judicial.

Cierto que esta Unión Europea que a raíz de la crisis del euro ha dado un gran salto en la integración, y que se apresta a dar otro de todavía mayor alcance con el fin de completar la unión monetaria y prevenir problemas como los que generaron la crisis del euro, no tiene un problema de legitimidad en sentido estricto, pues se nutre del consentimiento de gobiernos y parlamentos legítimamente elegidos. Pero es inevitable plantearse si esta gran agencia en la que se ha convertido la Unión Europea, con una batería de reglas tan estrictas para los Estados miembros como los mecanismos para prevenir y, en su caso, sancionar su incumplimiento, es sostenible políticamente sin una legitimación de la ciudadanía más activa y directa de la que escasamente emana de unas elecciones europeas que suelen jugarse en clave nacional y de espaldas a la mayoría del público.

No es de extrañar que en las tres décadas transcurridas desde 1985 los españoles hayan pasado de un europeísmo muy instintivo, poco informado y más bien basado en los beneficios materiales de la adhesión a un europeísmo algo más frío, también más crítico. Del enorme consenso que al comienzo de la Transición suscitó el proceso de integración en Europa, hemos pasado a un estado dominado por la incertidumbre y, en algunos, hasta el resquemor. Aunque sean hoy pocos los partidarios de abandonar el euro, parece que son casi tan pocos como los que confían en que el euro vaya a ser capaz de superar las divisiones, económicas y mentales, que con tanta fuerza han resurgido entre el sur y el norte y volver a generar una dinámica virtuosa de convergencia en la que todos ganen por igual.

El proyecto europeo está en tierra de nadie: aunque muchos dentro de Europa los añoren, y otros fuera de ella sueñen con reconstruirlos, los Estados europeos hace tiempo que abandonaron en la cuneta ese viejo y anquilosado vehículo llamado Estado-nación y se subieron al tren de la integración supranacional. Sin embargo, están igualmente lejos de conformar una unión política de verdad, democrática y a la vez legítima, que sea algo más que una unión de reglas para supervisar el correcto funcionamiento de los mercados, la moneda y los presupuestos. Nos hemos quedado a medio camino en una Unión Europea dominada por las tensiones dentro y entre los Estados, con opiniones públicas cada vez más escépticas y líderes nacionales cada vez más renuentes a enfrentar su irrelevancia.

Si la Europa en la que nos integramos ofrecía un proyecto de futuro ilusionante, la Europa en la que habitamos hoy parece más un espacio en el que competir unos contra otros que uno en el que cooperar para lograr asegurar nuestro bienestar colectivo como europeos. Treinta años después, esta Europa, pequeña en su ambición y egoísta en su vocación, es el problema que, con el permiso de Ortega, debemos arreglar.

Publicado en la edición impresa del  Diario ELPAIS el 12 de junio de 2015

 

España no será obstáculo

13 junio, 2015

1241000474100Es difícil pensar en dos países cuyas trayectorias de llegada a la UE puedan ser más opuestas que las que representan España y Reino Unido. En el caso de España, nuestra adhesión a la (entonces) Comunidad Europea supuso la culminación de los anhelos de varias generaciones, históricamente cercenadas de la posibilidad de incorporarse a la corriente de paz, democracia y progreso que se abría al norte de su frontera pirenaica. De ahí el intenso, orgulloso y entusiasta proceso de europeización en el que la sociedad española, sus fuerzas políticas, sus empresarios, sus intelectuales y sus sindicatos se embarcaron, primero en 1978 con la aprobación de la Constitución, y luego a partir de 1986 con la formalización de la adhesión.

En el caso de Reino Unido, la llegada a la UE, en lugar de ofrecer un logro histórico en torno al cual construir un relato de orgullo nacional, significó una doble derrota: primero, la de un imperio que decía adiós a todos sus territorios de ultramar, y segundo, el reconocimiento del fracaso de la tentativa de organizar los asuntos europeos en torno a un modelo rival al puesto en marcha por el Tratado de Roma, el de la asociación europea de libre comercio (EFTA).

Todo ello explica que desde países como España no se entienda fácilmente por qué el deseo de ser miembros de la UE, para nosotros tan simple e intuitivo incluso a pesar de la reciente crisis y la aplicación de duros ajustes y políticas de austeridad, pueda ser motivo de tantas complicaciones para los británicos. Esta incomprensión no implica que España vaya a representar un obstáculo para David Cameron a la hora de negociar un mejor acuerdo con la UE. Al contrario que en otras capitales europeas, donde sí que se percibe algo de inquina y bastante hartazgo ante las piruetas y tacticismos de David Cameron.

España no tiene un especial interés en ponérselo difícil al primer ministro británico. Eso no quiere decir que Cameron vaya a tenerlo fácil. En Madrid, como en otras capitales, habrá cierta flexibilidad a la hora de negociar excepciones con las que acomodar a Reino Unido; en esto los británicos son especialistas y los demás ya están acostumbrados. Pero España no va a aceptar sin más la pretensión británica de forzar a todos sus socios a negociar un tratado que requiera ratificaciones parlamentarias o referendos en los Estados miembros, pues eso supondría abrir la caja de los truenos de la opinión pública que tanto costó cerrar en la década pasada.

España tampoco simpatiza con la idea de retorcer principios fundamentales como la libre circulación de personas hasta que sean irreconocibles. Así pues, en los próximos meses, Cameron intentará convencer a sus socios europeos de que los británicos están dispuestos a irse si no se accede a sus demandas. Mientras, sus socios intentarán convencer a Cameron de que no le pueden dar lo que pide. La cuestión es a quién creerán los votantes británicos: a un Cameron que dirá haber logrado un acuerdo histórico, o a unos líderes europeos que dirán que no le han dado nada importante.

Publicado en el suplemento “Europa” del diario ELPAIS el 31 de mayo de 2015

Jean-Claude habla italiano

18 julio, 2014

Renzi“Salvamos la eurozona y el mercado interior pero seis millones de personas perdieron sus empleos, entre ellos muchos jóvenes. La confianza está volviendo lentamente a Europa pero algunos miembros están todavía lejos de lograr un crecimiento sostenible. Hemos cometido errores en el manejo de la crisis: el ajuste no se ha distribuido equitativamente, sino de forma socialmente injusta y, además, las decisiones tomadas durante la crisis no han disfrutado de suficiente legitimidad democrática, lo que ha deteriorado el apoyo ciudadano a la Unión Europea”.

Este resumen de la intervención de Jean-Claude Juncker ayer en el Parlamento Europeo, significativamente titulado Un nuevo comienzo para Europa: mi agenda para el empleo, el crecimiento, la equidad y el cambio democrático, es lo que explicaría el apoyo recibido por el candidato luxemburgués a la Comisión Europea por parte de socialistas, liberales y verdes. El mensaje de Juncker, junto con las diez prioridades que ha detallado en su programa de gobierno, dibuja una Comisión asentada en un gran pacto político entre las principales fuerzas europeístas que quiere huir de la confrontación ideológica entre izquierda y derecha y cargar todo el peso sobre un eje reformista. Juncker quiere centrarse en la movilización de la inversión pública, el impulso a los servicios digitales, la integración financiera, las interconexiones energéticas, las políticas de inmigración o la creación de un presupuesto separado para la zona euro. Es indudable que el Juncker presidente de la Comisión ha querido desmarcarse del Juncker presidente del Eurogrupo en los momentos álgidos de la crisis o del Juncker primer ministro luxemburgués que, sobre la base de legales pero poco éticas prácticas, logró convertir ese pequeño país en un pequeño paraíso (fiscal y terrenal).

Esta transformación de Juncker hay que anotársela a Marine Le Pen, líder del Frente Nacional en Francia, y a Matteo Renzi, el recién llegado primer ministro italiano. A la primera porque el auge de los populismos eurófobos ha convencido a los líderes europeos de que, aunque el proyecto europeo haya estado severamente amenazado por los mercados, quienes de verdad podrían enterrarlo son los ciudadanos, dándole la espalda. Al segundo le debe Juncker algo que la UE ya había comenzado a practicar pero que necesitaba formalizar: un compromiso de flexibilidad respecto a las políticas de austeridad y, en paralelo, un programa de inversiones públicas que estimule el crecimiento y el empleo.

Los socialistas españoles, junto con los laboristas británicos, se han desmarcado de este gran pacto. Hace cinco años estaban en el Gobierno, lo que les permitió apoyar a Barroso a cambio de situar a una socialista, Lady Ashton, como ministra de Exteriores y lograr una cartera de primer nivel para Joaquín Almunia. Ahora están en la oposición, en periodo de reconstitución y no se jugaban nada, así que han preferido votar en clave interior y contrarrestar el auge de Izquierda Unida y Podemos. La Italia de Renzi llena el vacío europeo que dejan los socialistas españoles. Un frente que el nuevo líder, Pedro Sánchez, deberá atender de forma prioritaria.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el miércoles 16 de julio de 2014

Resistir la tentación

4 junio, 2014

chocolateValorar la abdicación del Rey Juan Carlos exige evitar dos tentaciones estrechamente relacionadas entre sí. La primera es la del panegírico acrítico. El Rey es una figura histórica y política, lo que supone que el análisis sobre su reinado debe hacerse desde supuestos racionales, no sentimentales. En ese sentido, la trayectoria del Rey a lo largo de estos casi cuarenta años refleja muy bien tanto los puntos fuertes de nuestra democracia como los débiles.

Entre los primeros ha estado el consenso que hizo de la transición política un logro admirado por una inmensa mayoría dentro y fuera de España, poniendo fin a un pasado de trágicos enfrentamientos entre españoles. Pero entre los segundos está también la construcción de una democracia demasiado cerrada y poco transparente, con unos políticos sumamente resistentes a imponerse límites externos y, a la vez, muy proclives a confundir los intereses personales con los de las instituciones que ocupan. Siempre se dice que, a la hora de diseñar sus instituciones, los padres fundadores de Estados Unidos prefirieron pensar en que los gobernantes serían demonios, no ángeles. De ahí la feroz separación de poderes, la rabiosa independencia de los tribunales y el más que férreo escrutinio de los medios de comunicación y la sociedad civil sobre sus políticos.

Si de algo ha adolecido la democracia en España en estos últimos años es de falta de transparencia y de controles, políticos, legislativos, judiciales o sociales, de ahí la combinación de la corrupción, ya de por sí mala, con algo mucho peor: la impunidad y la negativa a asumir responsabilidades políticas. Por desgracia, en este sentido, la Corona ha sido una institución más en una democracia generalmente opaca, anquilosada y de baja calidad, no una que estuviera claramente por encima de las demás y sus vicios. Esta reflexión, seguramente incómoda para muchos, es esencial si queremos extraer las lecciones que nos permitan mejorar la calidad de las instituciones y, especialmente la Corona, en el futuro más inmediato.

(more…)

No son unas primarias

16 mayo, 2014

urnaTrescientos noventa millones de europeos están convocados a las urnas los próximos días 22-25 de mayo en unas elecciones que coinciden con una de las crisis más profundas de la historia de la integración europea. Se trata de una crisis que es económica pero también política y de legitimidad, ya que dentro de la Unión Europea se ha abierto una gran brecha entre elites y ciudadanos y entre deudores y acreedores. Ello ha situado a toda Europa en un callejón sin salida pues las medidas que los técnicos proponen para salir de la crisis rara o difícilmente obtienen el consentimiento popular y las medidas que obtendrían el consentimiento popular no pueden ser puestas en marcha.

Es en esa tensión entre democracia y eficacia en la que se alimenta un peligroso círculo vicioso entre populismo y tecnocracia del que se nutre la deslegitimación de las democracias, la desafección con el proyecto europeo y el auge de las fuerzas populistas al que estamos asistiendo. Un importante avance de los eurófobos redundaría, por un lado, en unos gobiernos menos proclives a avanzar en la integración europea y, por otro, en un Parlamento Europeo con menos legitimidad que prestar a esas medidas de refuerzo de la gobernanza en la eurozona. También nos llevaría hacia una Europa cada vez más en contradicción con sus propios valores de solidaridad y de apertura.

(more…)

Bota Europa

25 abril, 2014

botarSí, han leído bien. Bota con b. Con v no se puede, porque violaría la ley electoral. Es España un curioso país donde debido a una interpretación de la ley electoral tan restrictiva como absurda por parte de la Junta Electoral Central, los poderes públicos no pueden instar a los electores a la participación, sólo informar de la fecha y procedimiento de votación. Dicho de una forma más clara: la abstención aparece en nuestra legislación como un bien jurídico que debe ser protegido en las mismas condiciones que la participación; fomentar esta supondría “orientar el voto de los electores”, algo que el artículo 50.1 de la ley electoral (LOREG) prohíbe.

Esta prohibición, que sólo afecta a España, no así a los otros 27 miembros de la Unión, da lugar a situaciones ridículas. Como la campaña institucional del Parlamento Europeo es única para toda la UE, resulta que a su paso por los Pirineos, toda la cartelería, logos, folletos, cuñas de radio y videos tienen que ser expurgados de cualquier peligrosa incitación al voto, como en tiempos con la pornografía. El censor español tiene entonces que irse al programa de edición de imágenes de turno y quitar esa bonita urna azul que alguien había puesto en la pegatina, editar el cartel para quitar la palabra Vota o recortar el video para que no salga nadie introduciendo una papeleta en una urna.

Más allá de las incomodidades prácticas que esta limitación genera, su calificación desde el punto de vista político no puede ser otra que la del disparate. Puede que esta sea una afirmación polémica en un momento de máxima desafección, seguramente justificada, con la política, pero no cabe duda de que un sistema democrático será más representativo de la ciudadanía cuanto más elevada sea la participación. Votar no es lo mismo que no votar. Prueba de ello es que en algunos países de nuestro entorno (Bélgica, Chipre, Grecia, Italia y Luxemburgo) pervive la obligatoriedad del voto, que incluye sanciones que van desde los 25 euros de los belgas a los 200 de los chipriotas o a los 1.000 para los luxemburgueses reincidentes. Cosa bien distinta es que dichas sanciones sean excepcionales o que, típicamente, como es el caso de Italia, no estén previstas, pero la Constitución italiana establece en su artículo 48 que votar es un deber cívico, porque eso es lo que es. Sin ir tan lejos, parece evidente que dada una oferta razonable de opciones electorales, a las que se puede sumar, como voto de castigo o protesta, el voto deliberadamente nulo o el voto blanco, cuesta entender que participación y abstención puedan ser equiparados.

Además, en el caso de las elecciones europeas se utiliza un sistema proporcional y, en casi todos los países, con un distrito único, lo que permite lograr representación a partidos que en otras circunstancias no suelen obtenerla. Para colmo, en estas elecciones europeas, no sólo existe una oferta más que suficiente de partidos críticos con la Unión Europea sino un auge más que previsible de partidos euroescépticos o, directamente, eurófobos. Curiosamente, si adoptamos la acepción más común en América Latina del verbo botar, el título de esta columna sería un buen eslogan de campaña para ellos.

Publicada en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 11 de abril de 2014

Sígueme en @jitorreblanca y en el blog Café Steiner en elpais.com

Little England

5 enero, 2014

470little_england_470x350“De cómo la Gran Bretaña se convirtió en la Pequeña Inglaterra” podría ser el ensayo de no ficción más vendido en 2014. Sólo hace falta alguien que se anime a escribirlo. Los ingredientes están todos ahí: la pequeña política disfrazada de grandes discursos, los prejuicios raciales que se agazapan detrás de la estridente proclamación de principios, el populismo facilón que se agita tras la reivindicación de una identidad supuestamente amenazada, la demagogia barata que se hace pasar por liderazgo, la idealización del pasado como único proyecto de futuro.

Estamos en enero de 2014, fecha en la que según los agitadores del UKIP, a los que alegremente se han sumado destacados miembros del Gobierno conservador de David Cameron, el Reino Unido sufrirá el asalto de una horda de inmigrantes búlgaros y rumanos dispuestos a hacer colapsar el mercado de trabajo y los servicios sociales del país.

¿Qué le pasa a nuestros amigos ingleses, otrora faro político, económico y hasta moral de Europa y el mundo? Hubo un tiempo, ¿recuerdan?, en el que el Reino Unido no sólo era la gran fábrica del mundo, sino también la fábrica de las ideas que hacían funcionar ese mundo: el liberalismo político y económico, la apertura económica y comercial, la defensa de la democracia y la libertad frente a la tiranía y el oprobio. ¿Qué les ha ocurrido para que no se reconozcan en esta Europa a la que ellos tanto han contribuido y en esta globalización a la que tanto han aportado? ¿Qué lleva a uno de los países más cosmopolitas del planeta a pensar que el mundo, ese campo de juego en el que una otra y vez los británicos han demostrado su superioridad, es un lugar hostil del que hay que prevenirse y frente al que hay que blindarse? ¿Qué ha sido del tradicional pragmatismo británico, que les ha permitido entender cada amenaza como una gran oportunidad de reinventarse sin traicionar sus principios?

(more…)

La Carta de ZP

1 diciembre, 2013

Captura de pantalla 2013-12-01 19.54.25

Por fin se hizo la luz y pudimos conocer la carta que el Presidente del Banco Central Europeo dirigió al Presidente Zapatero el 5 de agosto de 2011. Su publicación deja tras de sí numerosas enseñanzas sobre las debilidades de la democracia, en casa y en la Unión Europea.

Por el lado de los contenidos, el BCE desborda su mandato y, con el fin de “devolver la credibilidad de España ante los mercados de capitales”, insta al Gobierno a rebajar los salarios, facilitar el despido, debilitar a los sindicatos, limitar por ley el gasto público o, incluso, aprovechando la coyuntura, liberalizar el mercado de alquileres. Enseñado el palo, vino la zanahoria: a partir del 8 de agosto, el BCE compraba hasta 36.000 millones de deuda de España e Italia en los mercados secundarios, unas compras que, para ser justos, muchos consideran que también desbordaban el mandato del BCE.

(more…)

El triunfo del modelo alemán

20 septiembre, 2013

merkelrajoyLa muy probable victoria de Angela Merkel y la amplitud del consenso en torno al modelo económico alemán permiten augurar pocos cambios una vez celebradas las elecciones del domingo. A la desmovilización del electorado en razón del buen comportamiento de la economía se une la rebaja sustancial de la tensión en la eurozona gracias al cambio de política operado por el Banco Central Europeo en el otoño de 2012 al comprometerse a respaldar sin límite al euro frente a los ataques especulativos de los mercados.

La relajación de la presión sobre el sur, que ha visto extendidos los plazos para cumplir los objetivos de déficit, también ha contribuido a generar un nuevo clima de confianza. Frente a la durísima batalla contra la austeridad a ultranza que dominó el año pasado, ahora vemos a muchos gobiernos del sur, el español al frente, celebrando en público los (supuestos) buenos resultados de la política de austeridad impuesta por la eurozona. Aferrados al crecimiento de las exportaciones y a las ganancias de competitividad, los pronósticos del Gobierno español constituyen la mejor prueba de la hegemonía ideológica de la Alemania de Merkel: pese a estar en el sexto año de la crisis, sufrir un 26% de paro, tener una deuda pública que se acerca al 100% del PIB y un déficit público todavía muy lejos del 3%, celebramos con orgullo la instauración del modelo económico alemán, felizmente interiorizado. Que los déficits sociales, laborales, demográficos, energéticos y de infraestructuras que sufre Alemania, y que sin duda están asociados a ese modelo, no preocupen mucho, ni allí ni aquí, es todo un indicador de lo que nos depara el futuro.

(more…)