Posts Tagged ‘elecciones’

Los partidos que no querían gobernar

19 mayo, 2015

Captura de pantalla 2015-05-19 10.39.30La función primordial de las elecciones es producir gobierno. Y si no lo logran, entonces hay que darlas por fracasadas y volver a convocarlas. Esta obviedad, esencial para la vida democrática, parece ser, sin embargo, una verdad incómoda para las nuevas fuerzas políticas que se están asomando al tablero político español. Observando la actitud adoptada tanto por Ciudadanos como por Podemos tras las elecciones andaluzas respecto a las votaciones de investidura, los posibles pactos parlamentarios o la eventual formación de Gobiernos de coalición, es legítimo preguntarse si la “nueva política”, como gustan de presumir estas formaciones, realmente supondrá una mejora para la calidad de la democracia y, por extensión, para la ciudadanía o si, por el contrario, nos sumergiremos en una época de inestabilidad y turbulencia de la cual muy probablemente acabará emergiendo un deseo unánime de Gobiernos fuertes y elecciones mayoritarias con ganadores y perdedores claros.

 Conviene por eso recordar, dado que en las próximas semanas habrá que tomar decenas de decisiones similares en un gran número de corporaciones locales y Parlamentos autonómicos, que, transcurridas las elecciones, el deber de todo partido que ha pedido el voto a la ciudadanía es intentar formar Gobierno o estar en él. No con el objetivo de “repartirse puestos”, como torpemente denigran la política quienes recién están llegando a ella, sino con el objetivo de maximizar su capacidad de devolver a sus votantes políticas que satisfagan sus intereses y necesidades. No vale por tanto alegar, como dicen, que “sólo nos preocupa la corrupción” y que “vigilaremos desde el Parlamento”, ya que ese papel, controlar a los Gobiernos, es el que, gracias a la separación de poderes, la democracia reserva en cualquier caso a los perdedores de unas elecciones.

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El problema es Europa, no Alemania

20 septiembre, 2013

alemania_foto610x342El curso político europeo 2013-2014 se abrirá con las elecciones generales alemanas el 22 de septiembre y se cerrará con las elecciones al Parlamento Europeo el 25 de mayo de 2014. En teoría, las primeras deberían tener una importancia secundaria y las segundas ser cruciales. Pero, paradojas de la vida política europea, la situación es más bien la contraria: las primeras son cruciales para el futuro de Europa mientras que las europeas tendrán una importancia marginal. Previsiblemente, un gran número de europeos, que desde 1979 tienen derecho a elegir a un Parlamento, por cierto, bastante poderoso, ni se molestarán en acercarse a las urnas en mayo de 2013 (recuérdese que en las últimas elecciones europeas, celebradas en junio de 2009, la participación fue del 43%). Sin embargo, conscientes la importancia que para su futuro ha adquirido Alemania, es bastante probable que, si se les diera la oportunidad, muchos europeos sí que tuvieran interés en votar en las elecciones alemanas.

Todo ello nos habla de la gigantesca disociación sobre la cual está organizada la Unión Europea: mientras que bienes, servicios, capitales y personas circulan libremente en un enorme territorio articulado en torno a una moneda común, la política sigue organizándose sobre la base de una serie de unidades nacionales sumamente fragmentadas y de muy desigual tamaño y capacidad. Esta incoherencia entre las fronteras de la política y la economía es lo que llevó al Emperador Marco Aurelio Antonino a extender la ciudadanía a todos los habitantes del Imperio Romano. El edicto de Caracalla, promulgado en el año 212, utilizaría un argumento de bastante actualidad: “es legítimo que el mayor número no sólo esté sometido a todas las cargas, sino que también este asociado a mi victoria”. Está asociación entre los impuestos y la legitimidad de un régimen político es pues una constante en la historia y ha llegado hasta nuestros días en forma de una regla de muy sencilla: uno debe votar donde contribuya con sus impuestos y financiar con sus impuestos sólo aquello sobre lo que pueda votar.

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Europaradolandia

10 mayo, 2013

jobless_in_spain.previewCelebramos ayer el día de Europa bajo dos sombras. La primera es la severísima situación de desempleo, precariedad, estancamiento económico y recortes en el Estado del Bienestar que sufren millones de europeos como consecuencia de la crisis. Las magnitudes son impresionantes: si los 26 millones parados que tiene hoy la UE declararan la independencia, ese hipotético estado, Europaradolandia, sería nada menos que el séptimo miembro de la UE, por detrás de Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, España y Polonia.

¿Qué país mejor que España para ilustrar el drama que vive Europa? Hay hoy más españoles en paro que ciudadanos daneses en total (5,5 millones), eslovacos (5,4), finlandeses (5,3), irlandeses (4,5), lituanos (3,3) letones (2,3), eslovenos (2,2) estonios (1,3) o que chipriotas, luxemburgueses y malteses juntos (1,7). Si los 6,2 millones de parados españoles decidieran marcharse de España y fundar su propio Estado, en la UE habría nada menos que 11 países con menor población que esta hipotética “República Independiente del INEM” formada sólo por desempleados españoles. Claro que mientras que todos esos parados españoles carecen de una voz política propia que puedan articular institucional o políticamente, esos 11 Estados de la UE tienen un Comisario, se sientan en el Consejo Europeo y pueden bloquear la reforma de los Tratados.

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El relato

16 septiembre, 2012

Relato. Es la palabra de moda entre los políticos. “No somos capaces de transmitir un relato”, dicen unos. “Necesitamos un relato”, se lamentan otros. A primera vista, no se trataría más que de una manera redicha de volvernos a colocar ese clásico de los gobernantes en horas bajas que constituye el tan manido “es que no sabemos explicar lo que hacemos”. El cambio de uno a otro suele ocurrir cuando el político, en lugar de indagar entre sus votantes las razones del descontento y someter sus políticas y errores a debate, prefiere acudir a un gabinete de comunicación política y disfrazar su falta de ideas bajo una nueva y prometedora, pero en realidad vacía, estrategia de comunicación.

Una cosa hay que reconocer. La afirmación “no nos explicamos bien”, tan indulgente y, en tiempos, tan recurrente, tenía por lo menos la virtud de la franqueza. Recuerda al “el fútbol es así” al que solían recurrir encogiéndose de hombros los entrenadores cuando el fútbol, antes de convertirse en un costosísimo espectáculo de masas, solo era un deporte y perder un partido entraba dentro de lo razonable.

Pero la política de hoy en día también se ha convertido en un espectáculo de masas. En el pasado, los políticos presentaban un programa a los ciudadanos y estos votaban a unos o a otros. Dado que los intereses y las preferencias de los votantes estaban bastante claras, no hacía falta una oferta política muy grande. Tanto en EE UU como en la mayoría de las democracias europeas posteriores a la segunda guerra mundial, conservadores o liberales, socialdemócratas o demócrata-cristianos, se alternaban en el poder con bastante naturalidad en función de sus aciertos y errores. Las reglas del juego estaban más o menos claras: si después de cuatro años habías beneficiado a más gente que perjudicado, ganabas. De lo contrario, perdías.

Pero con el transcurrir del tiempo, los conflictos de clase se han difuminado, las ideologías se han erosionado y han aparecido esos partidos de amplio espectro que los politólogos denominan atrapalotodo. Son partidos que, en su aspiración a gobernar, están dispuestos a hacer gala de toda la flexibilidad ideológica que haga falta y, lo que es más, no solo no hacen ascos a los votos que provienen del campo contrario sino que diseñan estrategias específicas para captarlos. Ahí es donde entra el relato como elemento que aspira a sustituir a las viejas ideologías y aglutinar a una amplia mayoría de la población.

Dos relatos dominan estos días el lenguaje de la política. Del lado estadounidense, las convenciones demócrata y republicana se han articulado en torno a un único elemento: “el sueño americano”, que dibuja EE UU como un país donde cualquiera que trabaje duro y sea honesto puede llegar a la cima sin que importe su origen y extracción social. El sueño americano es el relato político por antonomasia y las elecciones de noviembre se decidirán en función de quién interpreten los electores que representa mejor ese relato: el empresario millonario y mormón (Romney) o el hijo de un matrimonio mixto que llegó a Harvard (Obama). Tanto Michelle Obama describiendo a su padre fontanero como el alcalde de San Antonio, Julián Castro, recordando a su abuela limpiadora de casas, han tocado esa fibra con mucho éxito.

Del lado europeo, el relato dominante se llama “Estado del Bienestar”. Dado que, en su inmensa mayoría, los europeos creen que el estado tiene que asegurar a sus ciudadanos contra la enfermedad, el desempleo o la vejez, así como garantizar la igualdad de oportunidades mediante un sistema educativo gratuito y universal, el debate político europeo no versa sobre si abolir el Estado del Bienestar o no, sino, al menos formalmente, sobre cómo preservarlo. Por eso, al igual que en EE UU no podría ser elegido presidente nadie que se confesara ateo, en Europa pasaría lo mismo con cualquier político que propusiera eliminar los impuestos progresivos y dejar totalmente en manos privadas la provisión de las pensiones, la salud o la educación. Como prueba esta crisis, sea cierto o no, todos aspiran a hacer funcionar el Estado de Bienestar de forma más eficiente y a más bajo coste.

Paradójicamente, aunque allí le llamen “sueño americano” y aquí “Estado del Bienestar”, las consecuencias son muy parecidas pues la política queda reducida a una competencia en torno a quién interpreta y mejor defiende las emociones colectivas y las campañas electorales, en lugar de favorecer una discusión racional sobre qué políticas se deben adoptar, se convierten en un concurso de interpretación de relatos que conceden al ganador un amplísimo margen para gobernar libre de compromisos concretos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el sábado 15 de septiembre de 2012

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Que hable la gente

4 mayo, 2012

Dicen los cronistas de la época que la brevedad y rotundidad del discurso de Abraham Lincoln en el cementerio de Gettysburg sorprendió a todo el mundo. Su predecesor en el uso de la palabra, que era considerado el mejor orador de su tiempo, empleó dos horas en pronunciar un discurso de 13.000 palabras, del cual no ha quedado nada. Pero para sorpresa del propio Lincoln, que aseveraría que “el mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí decimos”, su discurso de apenas 300 palabras, pronunciado en menos de tres minutos, pasaría a la historia por ser capaz de establecer de forma irreversible y en solo once palabras lo que es un gobierno democrático legítimo.

Esa definición de democracia que Lincoln acuñara en 1863 como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” no es retórica. Esta ahí, todavía hoy, en el artículo 2 de la Constitución de la V República Francesa que celebra elecciones presidenciales este domingo. Sí, detrás del francés, la bandera tricolor, la marsellesa y el lema de la República (“Libertad, igualdad y fraternidad”), la Constitución de 1958 establece como principio rector de la República la triple distinción formulada por Lincoln, en sus mismos términos. Gracias a Lincoln, cualquier persona tiene a su alcance una sencilla vara con la cual distinguir un gobierno democrático de otro que no lo es. Gobierno del pueblo porque este actúa en su nombre y representa su identidad y sus aspiraciones colectivas; gobierno por el pueblo porque son sus representantes elegidos en elecciones libres los que ejercen esa tarea; y gobierno para el pueblo, porque la tarea de esos representantes es servir y beneficiar a los ciudadanos, no servirse de ellos ni beneficiar solo a unos pocos.

Puede llamar la atención que Lincoln omitiera hablar de la transparencia y de la calidad del debate público como elementos centrales en una democracia. Al fin y al cabo, sin transparencia ni debate público la democracia es imposible pues la ciudadanía no puede saber si el gobierno opera en su nombre y beneficio. Sin embargo, es más que probable que Lincoln diera por obvia esa dimensión de la democracia ya que cuando él pronunciaba su discurso solo habían transcurrido 2.294 años desde que Pericles, también en otra famosa oración fúnebre (431 a.c.), estableciera una divisoria radical entre Atenas y sus enemigos en el hecho de “somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a derecho sobre la cosa pública, pues no creemos que lo que perjudica a la acción sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la discusión antes de llevar a cabo lo que hay que hacer”.

Honremos así a Grecia en sus horas más bajas por haber sido los griegos los primeros en entender que sin debate público no hay democracia y démonos cuenta de hasta qué punto la democracia se reivindica en las elecciones que tienen lugar este fin de semana en Francia, Grecia, también en Alemania (aunque regionales) y, no olvidemos, en Serbia. Entre las muchas malas noticias que vivimos estos días no se nos puede escapar una buena. De forma muy incipiente y muy fragmentada, también seguramente con un contenido muy frágil y seguramente reversible, estamos asistiendo estas últimas semanas a la emergencia de un espacio de debate público en el ámbito europeo.

Paradójicamente, el debate está surgiendo donde menos lo esperaríamos. Los europeos nos hemos dotado de un Parlamento (Europeo) enormemente generoso consigo mismo. Sin embargo, hasta ahora se ha mostrado incapaz de generar el debate necesario para sostener esa esfera pública europea que tanto necesitamos, máxime durante esta crisis. Si no lo ha hecho, no ha sido por falta de voluntad, como atestiguan décadas de debates y experimentos institucionales, sino por falta de un poder real y efectivo. A fecha de hoy, ni la Comisión ni el Parlamento Europeo tienen poder ni legitimidad para imprimir un cambio de rumbo a la crisis.

Quien sí lo tiene es el Banco Central Europeo, una institución que necesita, para celebrar una sencilla reunión en Barcelona, la protección de 8.000 policías, el blindaje completo de una ciudad de más de un millón y medio de personas y la suspensión de los acuerdos de Schengen sobre la libre circulación de personas. No está mal para una institución pretendidamente técnica, no política, cuyo mandato formal se limita a controlar la inflación mediante la fijación de los tipos de interés. El vibrante debate entre Nicolas Sarkozy y François Hollande que vimos el miércoles por la noche deja claro que la democracia, pese a las dificultades que experimenta, es el único medio de generar la legitimidad que se necesita para salir de la crisis. Menos mal que, para consuelo de Pericles y Lincoln, el domingo, después de la reunión del BCE, le toca hablar a la gente.

Publicado en el Diario ELPAIS, edición impresa, el 4 de mayo de 2012

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Elecciones a la sombra de un farol

18 noviembre, 2011

Pura coincidencia o reflejo fiel del mundo en el que vivimos, los dos vuelcos electorales más recientes habidos en España, el de 2004 y, previsiblemente, el de este domingo 20, han discurrido en paralelo a acontecimientos (los atentados de Atocha y agravamiento de la crisis del euro) que muestran de forma dramática la completa imposibilidad de separar lo nacional de lo internacional. Hoy, como en 2004, los desafíos a la seguridad que la ciudadanía enfrenta, claro está, en magnitudes diferentes (seguridad física entonces, seguridad económica hoy), están tan fuera como dentro de nuestras fronteras.

Restaurar la credibilidad internacional de España y situar al país en primera fila del liderazgo europeo pasa inevitablemente por volver a la senda de crecimiento, crear empleo de calidad y mejorar nuestra productividad, en definitiva, enmendar nuestros errores pasados. Pero lo cierto es que los sacrificios derivados de los recortes presupuestarios y las reformas estructurales pueden ser inútiles si no vienen acompañados por decisiones europeas de calado. Si las encuestas no se equivocan, España está a punto de completar el cambio de Gobierno en los cuatro países del sur de Europa que hasta ahora más dificultades de financiación han sufrido. Las trayectorias de unos y otros son bien diferentes: desde el intervenido pero relativamente estable Portugal hasta la intervenida y permanentemente inestable Grecia, pasando por una Italia en libertad condicional, bajo gobierno técnico y con obligación de pasar por el juzgado regularmente y una España que, pese a haber acometido reformas importantes, se ha encontrado con que éstas no eran suficientes o eran ignoradas por los mercados.

Los gobiernos del sur de Europa ya han enseñado o están a punto de enseñar todas sus cartas: recortes, austeridad, gobiernos técnicos, lo que sea necesario, aunque no haya mucho más en el repertorio. Además, el gélido recibimiento de los mercados a los gobiernos tecnócratas de Grecia e Italia, sumado al alza de la prima de riesgo que está viviendo España, son la mejor prueba de que las soluciones a la crisis están mucho más fuera que dentro de nuestras fronteras. Da la impresión de que los mercados han descontado las reformas en el ámbito nacional, es decir, dan por hecho que las habrá, y que serán duras, pero parecen haber llegado por adelantado a una conclusión a la que los líderes europeos todavía no han llegado: que la crisis estará viva mientras los mercados duden de si Alemania y el Banco Central Europeo están dispuestos a actuar como prestamistas de última instancia. Eso es en definitiva lo que se está dilucidando estos días.

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Revoluciones sin colores

8 febrero, 2010

Las llamadas revoluciones de colores (naranja en Ucrania, de las rosas en Georgia y de los tulipanes en Kirguizistán) abrieron la esperanza de una pronta democratización de la esfera pos-soviética. Pero en unos pocos años, las ilusiones parecen haberse desvanecido y la frustración extendido. (more…)