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El relato

16 septiembre, 2012

Relato. Es la palabra de moda entre los políticos. “No somos capaces de transmitir un relato”, dicen unos. “Necesitamos un relato”, se lamentan otros. A primera vista, no se trataría más que de una manera redicha de volvernos a colocar ese clásico de los gobernantes en horas bajas que constituye el tan manido “es que no sabemos explicar lo que hacemos”. El cambio de uno a otro suele ocurrir cuando el político, en lugar de indagar entre sus votantes las razones del descontento y someter sus políticas y errores a debate, prefiere acudir a un gabinete de comunicación política y disfrazar su falta de ideas bajo una nueva y prometedora, pero en realidad vacía, estrategia de comunicación.

Una cosa hay que reconocer. La afirmación “no nos explicamos bien”, tan indulgente y, en tiempos, tan recurrente, tenía por lo menos la virtud de la franqueza. Recuerda al “el fútbol es así” al que solían recurrir encogiéndose de hombros los entrenadores cuando el fútbol, antes de convertirse en un costosísimo espectáculo de masas, solo era un deporte y perder un partido entraba dentro de lo razonable.

Pero la política de hoy en día también se ha convertido en un espectáculo de masas. En el pasado, los políticos presentaban un programa a los ciudadanos y estos votaban a unos o a otros. Dado que los intereses y las preferencias de los votantes estaban bastante claras, no hacía falta una oferta política muy grande. Tanto en EE UU como en la mayoría de las democracias europeas posteriores a la segunda guerra mundial, conservadores o liberales, socialdemócratas o demócrata-cristianos, se alternaban en el poder con bastante naturalidad en función de sus aciertos y errores. Las reglas del juego estaban más o menos claras: si después de cuatro años habías beneficiado a más gente que perjudicado, ganabas. De lo contrario, perdías.

Pero con el transcurrir del tiempo, los conflictos de clase se han difuminado, las ideologías se han erosionado y han aparecido esos partidos de amplio espectro que los politólogos denominan atrapalotodo. Son partidos que, en su aspiración a gobernar, están dispuestos a hacer gala de toda la flexibilidad ideológica que haga falta y, lo que es más, no solo no hacen ascos a los votos que provienen del campo contrario sino que diseñan estrategias específicas para captarlos. Ahí es donde entra el relato como elemento que aspira a sustituir a las viejas ideologías y aglutinar a una amplia mayoría de la población.

Dos relatos dominan estos días el lenguaje de la política. Del lado estadounidense, las convenciones demócrata y republicana se han articulado en torno a un único elemento: “el sueño americano”, que dibuja EE UU como un país donde cualquiera que trabaje duro y sea honesto puede llegar a la cima sin que importe su origen y extracción social. El sueño americano es el relato político por antonomasia y las elecciones de noviembre se decidirán en función de quién interpreten los electores que representa mejor ese relato: el empresario millonario y mormón (Romney) o el hijo de un matrimonio mixto que llegó a Harvard (Obama). Tanto Michelle Obama describiendo a su padre fontanero como el alcalde de San Antonio, Julián Castro, recordando a su abuela limpiadora de casas, han tocado esa fibra con mucho éxito.

Del lado europeo, el relato dominante se llama “Estado del Bienestar”. Dado que, en su inmensa mayoría, los europeos creen que el estado tiene que asegurar a sus ciudadanos contra la enfermedad, el desempleo o la vejez, así como garantizar la igualdad de oportunidades mediante un sistema educativo gratuito y universal, el debate político europeo no versa sobre si abolir el Estado del Bienestar o no, sino, al menos formalmente, sobre cómo preservarlo. Por eso, al igual que en EE UU no podría ser elegido presidente nadie que se confesara ateo, en Europa pasaría lo mismo con cualquier político que propusiera eliminar los impuestos progresivos y dejar totalmente en manos privadas la provisión de las pensiones, la salud o la educación. Como prueba esta crisis, sea cierto o no, todos aspiran a hacer funcionar el Estado de Bienestar de forma más eficiente y a más bajo coste.

Paradójicamente, aunque allí le llamen “sueño americano” y aquí “Estado del Bienestar”, las consecuencias son muy parecidas pues la política queda reducida a una competencia en torno a quién interpreta y mejor defiende las emociones colectivas y las campañas electorales, en lugar de favorecer una discusión racional sobre qué políticas se deben adoptar, se convierten en un concurso de interpretación de relatos que conceden al ganador un amplísimo margen para gobernar libre de compromisos concretos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el sábado 15 de septiembre de 2012

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Un presidente en apuros

16 marzo, 2012

Sabido es que la presidencia de la V República francesa es una institución peculiar: la elección directa, la extensión de los mandatos (antes 7 años, ahora 5) y las amplias prerrogativas del presidente (especialmente en materia de política exterior y de defensa) conceden a quien accede al cargo un extensísimo poder. Ese poder, convenientemente aliñado con las adecuadas dosis de pompa y gravedad republicana, convierte al presidente en una figura solemne cuya sombra se proyecta sobre Francia con tal intensidad que su legado queda indisolublemente unido a la identidad de Francia y de la República. Que se haya llegado a hablar de un “monarca electo” o de una “monarquía republicana” no es casualidad.

Desde fuera, esa simbiosis entre el presidente y la presidencia provoca cierta envidia, pero también, en ocasiones, un cierto sonrojo, como cuando De Gaulle abre sus memorias con una identificación tan completa entre él y Francia que casi roza el ridículo (“ha sido una constante en mi vida que cuando Francia ha estado mal, yo también me he sentido mal”), algo así como la versión francesa del “me duele España”. Pero sobrevolando los sentimentalismos y la cursilería con la que suele adornarse todo chovinismo, hay que reconocer la habilidad de los franceses para envolver el poder en un halo de autoridad y legitimidad tan sólido como duradero.

Y eso que, retrospectivamente, sabemos que los presidentes franceses no han sido ángeles (es más, algunos no se han acercado ni de lejos). La doble vida personal, las mentiras de Estado, el realismo sucio en política exterior, los ponzoñosos vínculos poscoloniales, las lagunas biográficas en torno al pasado y la corrupción al servicio del partido o la reelección han estado ahí, pero no han conseguido hacer mella en el molde presidencial. Por tanto, aunque puertas adentro las cosas fueran algo más turbias, puertas afuera, todos los presidentes de la República desde De Gaulle han encajado perfectamente en ese molde y han logrado investirse de la gravedad presidencial y encajar como un guante en la institución.

Y en esto llegó Nicolas Sarkozy. Un presidente de la República francesa capaz de llevar unas gafas Ray-Ban modelo años 60 y tomarse una hamburguesa con Obama en un restaurante con hule a cuadros rojos y blancos y un convoy de botes de kétchup y mostaza encima de la mesa. Un tipo duro sin ninguna pretensión de parecer un hombre cultivado ni elitista. Hay una anécdota sobre el primer verano del presidente Sarkozy que refleja perfectamente la difícil relación entre la presidencia y el presidente. La tradición exigía que el gabinete de prensa del presidente elaborara una nota especificando los planes de lectura del presidente, con un aditamento: Giscard, Mitterrand y Chirac no leían sino, como es natural en un presidente culto, “releían”; a Montesquieu a Malraux, lo que fuera, pero “releían”. En el caso de Sarkozy, aquello era directamente imposible, nadie se iba a creer que el nuevo presidente se iba a dedicar a la relectura de los clásicos durante el verano, menos a legar una biblioteca a los franceses, como hiciera Mitterrand. En fin, un presidente anómalo para una presidencia atípica.

Ese presidente altivo y marrullero se enfrenta ahora a una reelección plagada de dificultades. Como hizo Bush junior en 2004 para lograr su reelección, se ha puesto en manos de los brujos demoscópicos que le aseguran que la victoria vendrá de la mano de la polarización ideológica, de arrebatar la agenda xenófoba y derechista al nacional-lepenismo. Karl Rove allí, Henri Guaino y otros aquí, todos ofrecen despertar y cabalgar al tigre de los miedos, la soberanía y las identidades. El problema es, como están experimentando los republicanos en EE UU, que ese tigre no vuelve tan fácilmente a la jaula, se queda vigilando para garantizar que los que lo cabalgan no vuelven al centro político después de haberlo usado. Como dicen los estadounidenses, sacar la pasta de dientes del tubo es fácil, volverla a meter es directamente imposible. Por eso, tanto si gana como si pierde, el legado xenófobo de Sarkozy subsistirá, lo cual es motivo legítimo de preocupación, en Francia y en el resto de Europa.

Ese monarca republicano va ahora por detrás de las encuestas frente a François Hollande, un socialista nada estridente que espera capitalizar la falta de simpatía de Sarkozy. Desde luego que, si de lo que se trataba era de que los franceses amaran a su presidente, Sarkozy no lo pone fácil. Pero Hollande haría mal en confiarse: Sarko es de los que te pueden echar tierra en los ojos a un segundo de que suene la campana.

Publicado en elpais el 16 de marzo de 2012

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