Posts Tagged ‘democracia’

Los partidos que no querían gobernar

19 mayo, 2015

Captura de pantalla 2015-05-19 10.39.30La función primordial de las elecciones es producir gobierno. Y si no lo logran, entonces hay que darlas por fracasadas y volver a convocarlas. Esta obviedad, esencial para la vida democrática, parece ser, sin embargo, una verdad incómoda para las nuevas fuerzas políticas que se están asomando al tablero político español. Observando la actitud adoptada tanto por Ciudadanos como por Podemos tras las elecciones andaluzas respecto a las votaciones de investidura, los posibles pactos parlamentarios o la eventual formación de Gobiernos de coalición, es legítimo preguntarse si la “nueva política”, como gustan de presumir estas formaciones, realmente supondrá una mejora para la calidad de la democracia y, por extensión, para la ciudadanía o si, por el contrario, nos sumergiremos en una época de inestabilidad y turbulencia de la cual muy probablemente acabará emergiendo un deseo unánime de Gobiernos fuertes y elecciones mayoritarias con ganadores y perdedores claros.

 Conviene por eso recordar, dado que en las próximas semanas habrá que tomar decenas de decisiones similares en un gran número de corporaciones locales y Parlamentos autonómicos, que, transcurridas las elecciones, el deber de todo partido que ha pedido el voto a la ciudadanía es intentar formar Gobierno o estar en él. No con el objetivo de “repartirse puestos”, como torpemente denigran la política quienes recién están llegando a ella, sino con el objetivo de maximizar su capacidad de devolver a sus votantes políticas que satisfagan sus intereses y necesidades. No vale por tanto alegar, como dicen, que “sólo nos preocupa la corrupción” y que “vigilaremos desde el Parlamento”, ya que ese papel, controlar a los Gobiernos, es el que, gracias a la separación de poderes, la democracia reserva en cualquier caso a los perdedores de unas elecciones.

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Europa desde la iconoclastia

10 octubre, 2014

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Reseña elaborada por Xavier Vidal-Folch en Babelia, edición impresa, sábado 4 de octubre de 2014

¿Quién gobierna en Europa?, de José Ignacio Torreblanca, es un ensayo lúcido: estupendo e inquietante. Estupendo por su iconoclastia. Porque agarra el asunto de la gobernanza/gobernación de la Unión Europea desde donde toca: la crisis de 2008. Y cómo, a su compás, se han trastocado la arquitectura de la unión monetaria, los equilibrios institucionales de los Veintiocho, las funciones de las democracias nacionales.

Y por su tesis central: la condición política ineludible para realizar ulteriores cesiones de soberanía nacional (si tal cosa existe) estriba en que “se recupere en la práctica a nivel europeo en forma de mayor, mejor y más efectivo margen de actuación”. Debe haber un estrecho paralelismo entre los nuevos traspasos (de poderes sobre el presupuesto, la banca, el Tesoro) hacia “Bruselas” (Comisión y Consejo) y el traspaso a “Estrasburgo” (Parlamento) de su control político. So pena de incurrir en déficit democrático y de incrementar la ya creciente desafección popular hacia Europa, convertida por los Gobiernos en chivo expiatorio de todo mal.

Otros aciertos: su explicación sobre la “tecnocracia”, o encargo de gestión a técnicos o cuerpos técnicos de materias muy especializadas, a cambio de resultados eficientes (pero no su aplicación indiscriminada a “Bruselas”, como sucedáneo de conceptos como “burocracia” o “monstruo burocrático”, tan caros a Margaret Thatcher); su crítica a la conversión de los Parlamentos nacionales en legitimadores de lo decidido después de decidido, y no antes; su carga contra abusos institucionales como las cartas-ultimatos del BCE a España e Italia en plena crisis, pero también su aplauso a esta institución como “poder federador” europeo; el convencional aguijón a la política económica alemana… seguido del respeto al debate democrático y al juego institucional de ese país; la acertada foto de los nuevos populismos, aunque en una evaluación que los sobredimensiona: no es exacto (aún) que “ya no son minoritarios”… Y así decenas de apuntes. Lean el libro.

Pero léanlo también críticamente, desde la irreverencia. Porque Torreblanca lleva su eurocriticismo a la frontera del euroescepticismo cuando no solo exige mayor control democrático a los poderes europeos, sino que muestra excesiva nostalgia del Estado-nación y de la soberanía nacional. Porque tiende a envolver esa deriva con un abuso de conceptos como la “soberanía democrática” de Jürgen Habermas aplicada a la soberanía nacional, o el “vaciamiento constitucional” preñado de connotaciones negativas en lugar de la más positiva “federalización”.

Y parece haberse dejado en el tintero lo que él mismo tantas veces ha escrito, que la crisis económica soliviantadora de la gobernanza europea ha sido y es brutal, recidivante. Y pues, los fallos sistémicos afectan no solo a las instituciones comunes, sino a todas, y a todas las corporaciones y profesiones, no solo a las maléficas élites políticas, que opone a la benéfica ciudadanía.

Además, deja en el limbo si el nuevo andamiaje de la unión económico-monetaria inventado en este lustro (fondos de rescate, paquetes fiscales, nuevo rol del BCE…) es un mero cóctel de medidas improvisadas o enhebra una refundación, aún imperfecta, de la Unión. Con todos esos defectos, y algunos más, el bisturí de Torreblanca corta muy fino. Con rotundidad envidiable.

¿Quién gobierna en Europa? José Ignacio Torreblanca. Libros de la Catarata. Madrid, 2014

Cisnes chinos

10 octubre, 2014

cisne_negro001“No necesitamos gases lacrimógenos, ya estamos llorando”, se lee en uno de los paraguas de las decenas de miles de manifestantes que han ocupado las calles de Hong Kong para pedir democracia. ¿Bastarán unas cuantas frases ingeniosas para hacer temblar a uno de los sistemas políticos que más férreamente controla la información que recibe la ciudadanía? Eso es lo que parece pensar gente como Joshua Wong, el joven estudiante de 17 años que se ha convertido en uno de los líderes del movimiento estudiantil de Hong Kong y que con sólo 15 años ya lideró la protesta contra el intento de Pekín de introducir en el currículum escolar una grosera educación patriótica. Como se esperaba, el Gobierno chino atribuye todo a una conspiración exterior, pero Wong nació el mismo año en el que el territorio dejó de ser colonia británica así que estamos ante una protesta hondamente arraigada que no va a amainar fácilmente.

Ingenuidad e ingeniosidad. Dos tecnologías low cost total. ¿Será eso todo lo que se necesita para doblegar a un régimen que cuenta con el apoyo de un Ejército de más de dos millones de soldados, cientos de miles de policías y una increíble capacidad de bloquear las redes sociales? Gente como Wong nos hacen volver a ilusionarnos con la idea de que hay valores que son universales, intrínsecos a la naturaleza humana y válidos independientemente de la etnia, cultura, religión o geografía en la que nos encontremos. Si, permitámonos soñar en alto, China se democratizara, esto significaría la liberación de 1.350 millones de personas, es decir, de una de cada cinco personas del planeta y, más dramáticamente aún, de más de la mitad de los 2.467 millones de personas que todavía hoy viven, por desgracia, en países no libres.

Volviendo a la realidad; sólo por la derrota intelectual de la doctrina del excepcionalismo chino, que nos dice que ese país y la democracia son incompatibles, y del relativismo cultural, que sostiene que los asiáticos tienen valores distintos, ya habrían valido la pena estas manifestaciones. Pero hay más, pues la democratización de China tendría tales consecuencias geopolíticas que podemos describirla utilizando la analogía del cisne negro, popularizada por Nicholas Taleb para referirse a aquellos acontecimientos inesperados que cambian por completo nuestra manera de entender y, por tanto, de enfrentarnos a la realidad. Porque si China se democratizara, todos los supuestos que hemos construido sobre cómo será el siglo XXI se vendrían abajo, para bien. Naturalmente, muchos problemas seguirían, y también enfrentaríamos nuevos desafíos, pero qué duda cabe de que estaríamos ante un escenario internacional radicalmente distinto.

No sabemos qué pasará, pero sí que sabemos, o por lo menos deberíamos haber aprendido de la experiencia, que nuestra incapacidad de prever el futuro no lo hace menos probable. Al revés, como ocurrió con el fin de la Unión Soviética, la caída del muro de Berlín o los ataques del 11-S, da la impresión de que los cisnes negros son más probables cuanto menos se piense en ellos. Así que hagamos como que no nos estamos enterando de lo que está pasando en Hong Kong y crucemos los dedos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 3 de octubre de

El espejo ruso se ha roto

1 septiembre, 2014

brokenglassDurante la década pasada, la Europa democrática construyó una imagen de Rusia que correspondía a la de un país inmerso en un tan intenso como irreversible proceso de modernización político, económico y social. El desarrollo económico, se auguraba, crearía una sociedad de clases medias donde, como en tantos otros lugares de la Europa de la posguerra fría, los individuos aspirarían a realizarse como personas en un marco de libertad, derechos y prosperidad compartida. Como es propio de las sociedades democráticas, en esa sociedad, losaparatosdel Estado, tan omnipresentes en la historia de Rusia, verían su protagonismo disminuido a favor de los ciudadanos, las empresas y los consumidores, que serían, por fin, tanto los protagonistas como los dueños de su futuro. Muchos soñaron incluso, si no con la adhesión de Rusia a la Unión Europea, con el establecimiento de un marco tan estrecho de relaciones en el que cupiera “todo menos las instituciones”.

Aunque retrospectivamente pudiera parecer que este análisis confundía los deseos con la realidad, este devenir de los acontecimientos era sumamente plausible. El presidente Dmitri Medvédev no sólo parecía empeñado en la modernización del país, lo que suponía cambiar el modelo del crecimiento desde uno basado en la extracción y exportación de materias primas a una sociedad de servicios abierta al conocimiento y la innovación, sino que contaba para ello con el concurso de socios estratégicos claves. Alemania, con su increíble capacidad exportadora e inversora, pero también el resto de la comunidad occidental, deseosa de hacer un hueco a Rusia en instituciones como el G-7, lograrían poco a poco la inserción de Rusia el sistema político y económico multilateral.

Aunque muchos no lo percibieran entonces (ahora sí que resulta evidente), ese espejo ruso se rompió en septiembre de 2009 cuando Vladímir Putin, que ya había completado dos mandatos como presidente, anunció su intención de presentarse como candidato a la presidencia en las elecciones que se celebrarían en 2012. El propio Mijaíl Gorbachov, que en el pasado había alabado a Putin como un modernizador, mostró públicamente su preocupación por este giro que tomaba la política rusa y pidió a Putin que reconsiderara su decisión. Proféticamente, Gorbachov anticipó que la reelección de Putin ahondaría el impás en el que se encontraba el proceso de modernización económico y significaría la pérdida de cinco años cruciales. Un retrato que representaba a un Putin en el año 2025, envejecido y en uniforme militar plagado de medallas, corrió como la pólvora por la blogosfera y las redes sociales rusas: Putin se había transfigurado en Leónidas Bréznev, secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética entre 1964 y 1982, máximo representante del estancamiento y del inmovilismo que llevó a la URSS al colapso.

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¿Quién gobierna en Europa?

30 mayo, 2014

?????????????????????????????????????????????????????????????????“¿Quién gobierna?” es la pregunta central de la que arranca la reflexión politológica. “Somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a derecho sobre la cosa pública”, dijo en el 431 a.C. un Pericles orgulloso. A lo que se sumó Lincoln en 1863 con su clásica definición de la democracia como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, todavía hoy vigente en el artículo 2 de la Constitución francesa. La respuesta en ambos casos es la misma: nosotros nos gobernamos.

Aplicada a Europa, esa pregunta sobre la democracia no tiene una respuesta clara. ¿Quiénes somos nosotros?, es decir, ¿dónde esta el pueblo (demos)? Y quién nos gobierna?, es decir, ¿dónde está el poder (cratos)? ¿Gobierna la Comisión? ¿el Consejo? ¿Alemania? ¿la Troika? ¿el Banco Central Europeo? ¿los mercados? El problema no es sólo la respuesta, sino la pregunta. Porque si en una democracia la pregunta de quién gobierna no tiene una respuesta clara, no se puede hacer responsable a quien gobierna de los errores cometidos, ni controlar sus acciones, ni implicarse en la elección de representantes democráticos, ni confiar en la separación de poderes, ni articular la opinión pública o crear espacios para la deliberación.

El sentido último de las elecciones es elegir a los que gobernarán y legislarán en nuestro nombre. Nuestro voto, expresión última de la soberanía de una nación y de la igualdad entre sus ciudadanos, tiene una doble función: premiar o castigar a los que nos han gobernado y designar a los que nos gobernarán, señalándoles cómo queremos que nos gobiernen. Ello requiere que existan alternativas, y que los que gobiernen puedan llevarlas a cabo. Pero si como hemos experimentado y experimentamos de forma creciente en los últimos años, las alternativas no existen, se difuminan o simplemente son inviables, entonces la democracia se vacía de significado. Echar a los malos gobernantes está bien, es el gran avance histórico que ha supuesto la democracia. Pero lograr que se gobierne al servicio de la mayoría es lo que da el sentido último.

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Elegir un Presidente

11 noviembre, 2013

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La designación del alemán Martin Schulz como candidato de los socialistas europeos a la presidencia de la Comisión Europea significa el pistoletazo de salida de unas elecciones europeas que se anticipan como muy complicadas. Con dicha designación, y las que seguirán por parte de otros grupos políticos, los partidos europeos pretenden insuflar un poco de vida a unas elecciones tradicionalmente dominadas por la abstención, que tienden a disputarse más en clave nacional que europea, y a las que ahora se añaden los efectos de la crisis y el auge de los populismos xenófobos que tan peligrosamente se están extendiendo por toda Europa.

Con la crisis, la confianza en las instituciones europeas se ha hundido. Si en 2007 un 52% de europeos tenía una imagen positiva de la UE y un 57% confiaba en sus instituciones, en 2013 sólo un 30% tiene una imagen positiva de la UE y sólo un 31% confía en ella, mientras que un 57% desconfía. La crisis de confianza no distingue mucho entre instituciones europeas: la Comisión Europea, que al comienzo de la crisis suscitaba la confianza del 52% de los europeos y la desconfianza del 27%, ahora suscita la desconfianza del 47% y la confianza de sólo el 36%.

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Tres contratos

30 septiembre, 2013

tres contratosEl anuncio del Gobierno holandés la semana pasada sobre la sustitución del Estado de bienestar por una nada bien definida “sociedad participativa” está en la parrilla de salida para constituir la noticia del año. Sin duda que el titular ha sido algo grueso ya que la lectura del discurso ofrece algunos matices importantes. Con todo, la alarma está justificada: si los holandeses, que son un paradigma de riqueza, eficiencia y democracia y se mueven como pez en el agua por la globalización declaran difunto el modelo social europeo, ¿qué esperanza nos queda a los que vivimos en países con modelos económicos fallidos, sistemas políticos disfuncionales y sociedades mucho más cerradas al exterior? ¿Cómo no sumirse en la depresión si se nos dice que el inmenso destrozo causado por las políticas de austeridad no va a servir para hacer sostenible aquello que mejor nos define ante el mundo y que consideramos que es la aspiración lógica y natural de cualquier individuo y colectivo? ¿Significa eso que Europa ya no progresará más, que ha tocado techo y, a partir, de ahora, retrocederá?

Una sociedad se sostiene sobre tres contratos. El primero es el contrato intergeneracional: gracias a él, los que trabajan sostienen a los dependientes, mayores y menores. Aunque a veces se olvide, las pensiones no se pagan con el ahorro generado por los pensionistas mientras trabajaban, sino con los impuestos de los que están trabajando. Esa transferencia masiva de renta entre generaciones (que representará 121.000 millones de euros en España en 2013, el 12% del PIB), es aceptada por la sociedad sin cuestionamiento alguno. Los mayores, como gustan de decir los políticos, son “nuestros” mayores, apuntando a la fortaleza del vínculo identitario y social subyacente en la política de pensiones. Un sistema de pensiones basado al 100% en la capitalización, en el que la pensión simplemente significara la recuperación del ahorro privado que cada individuo ha logrado acumular a lo largo de su vida laboral implicaría un cambio radical en nuestro modelo político, económico y social.

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Recuperar a la ciudadanía

20 septiembre, 2013

urnaLa crisis ha provocado en la ciudadanía una extensión de la desafección hacia la política. Esa desafección no cuestiona el sistema democrático, pero sí la capacidad de lograr que su salida se produzca de una manera rápida y cohesionada. Superar esta desafección es fundamental. Para ello es preciso entender que las causas de la crisis son tanto globales como europeas y nacionales: en cada uno de esos ámbitos, los errores y omisiones alimentan el malestar democrático y la desafección ciudadana. Por un lado, la ciudadanía percibe que, a pesar de haberse generado en el sector financiero, los costes de la crisis se están repartiendo de forma inequitativa entre países, grupos sociales y actores económicos. Por otro, observa que la Unión Europea, que desde la instauración de la democracia ha sido un aliado estratégico a la hora de llevar a cabo reformas que incrementaran el bienestar y la cohesión social, está funcionando de forma sesgada y poco democrática. Por último, la ciudadanía también aprecia nítidamente hasta qué punto el sistema político español, seriamente dañado, se ha convertido en un elemento agravante de la crisis.

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Inclusión

8 julio, 2013

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Un país no puede ser gobernado desde dos legitimidades contrapuestas: un Estado necesita que los ciudadanos le concedan el monopolio legítimo de la violencia. Pero véase lo que ocurre en Egipto: tú dices hoja de ruta, yo digo golpe de Estado; tú dices tener la legitimidad de las urnas, yo la de las calles; tú dices querer instaurar una democracia, yo sostengo que quieres devolvernos a la dictadura. Egipto vive el peor tipo de conflicto político al que puede hacer frente un país: el que se abre paso cuando la legitimidad se fractura en dos.

No merece la pena pues malgastar mucho tiempo debatiendo sobre calificativos: sin duda que la intervención del Ejército constituye un golpe de Estado. A quienes quieren retorcer los conceptos hasta el punto de querer hablar de un golpe de Estado democrático conviene advertirles de que eso en nada cambia las cosas, al revés: pone aún más de manifiesto hasta qué punto la ruptura en la legitimidad será difícil, si no imposible, de cerrar.

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Los tres divorcios de Putin

21 junio, 2013

putinTres divorcios simultáneos son muchos divorcios, hasta para un oficial del KGB a quien suponemos un corazón de hielo. Pero ahí está Vladímir Putin. El primer divorcio, que ha puesto fin a 30 años de matrimonio con Ludmila Putina, podría ser tildado de irrelevante en términos políticos pero a muchos observadores les resultó chocante la manera de anunciarlo: por sorpresa, en el entreacto de un ballet, ante una pregunta aparentemente inocente (pero seguramente preparada) de una periodista sobre por qué se les veía tan poco juntos en público. ¿Había algún mensaje político en la frialdad y autocontrol extremo que mostró al preparar ese anuncio? ¿O solo un dato más sobre el perfil psicológico de este hombre, al lado del cual dice Ludmila que siempre se sintió observada y puesta a prueba (¿deformación profesional?) y que jamás se disculpó por llegar tarde a cenar?

Porque una frialdad parecida hay en la manera en la que Putin ha acometido su segundo divorcio, el que le ha separado de las clases medias urbanas desde que en 2011 anunciara su decisión de volver a desempeñar la presidencia del país. En lugar de intentar entender las causas que han hecho caer su popularidad desde el apogeo del 78% en 2008, cuando abandonó la presidencia, a su 20% actual, Putin se considera traicionado por unas clases medias que, a su entender, le deben el mejor periodo de prosperidad de toda la historia de Rusia. En el Kremlin, dicen los que vuelven de Moscú, se refieren despectivamente a los “bebedores de capuchino” para describir a esa clase media que pulula por los Starbucks de Moscú y San Petersburgo, vive una vida 3G en pantalla táctil, consume marcas occidentales y tiene cuentas en euros en el extranjero. Pero resulta que esos desagradecidos no solo no aceptaron con alborozo la farsa del intercambio de papeles políticos con Dmitri Medvédev, sino que salieron a las calles a manifestarse contra él.

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