Posts Tagged ‘Declive’

He vuelto

19 julio, 2013

drone-landingCoincidiendo con el cambio de siglo, se puso de moda hablar del declive de Occidente y del auge de Asia y los BRIC (Brasil, Rusia, India y China). El argumento dominante era que el siglo XXI iba a ser un siglo asiático y que Occidente tenía que tomárselo con deportividad: al fin y al cabo, se decía, lo verdaderamente anómalo de los últimos doscientos años era el auge de Occidente; el siglo XXI simplemente nos traería la restauración del poder económico y militar de Asia a los niveles habituales durante la mayor parte del último milenio.

La crisis financiera iniciada en 2008 no haría sino confirmar esas proyecciones. En una reedición del argumento de La Guerra de los Mundos de H. G. Wells, EE UU parecía haber sido derrotado por el virus del liberalismo económico y financiero que con tanto empeño había inoculado al resto del mundo. No en vano, Warren Buffet, el multimillonario estadounidense, definiría las hipotecas subprime y los derivados financieros como las verdaderas armas de destrucción masiva de nuestro tiempo.

Al otro lado del Atlántico, el resto de Occidente no parecía estar en mucho mejor forma: también en Europa una innovación financiera llamada euro, teóricamente destinada a proteger a sus portadores de la inestabilidad financiera y garantizarles un lugar al sol en el siglo XXI, se convertía en una pesadilla, poniendo en cuestión su modelo de integración político y económico y, a la vez, acelerando su declive global.

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¿Qué hacer con China?

17 febrero, 2012

¿Contener? ¿Acomodar? ¿Democratizar? Estas son las tres preguntas que Obama se hace mientras escucha con atención a su interlocutor, que está destinado a ser el próximo líder de ese inmenso país. Obama y Xi Jinping. Dos hombres unidos por el destino de sus naciones en el siglo XXI. Que para su reunión en el Despacho Oval hayan elegido idéntico atuendo (traje negro, camisa blanca, corbata azul) no deja de resultar revelador. En el fondo son tan distintos como iguales. Como EE UU y China, Obama y Xi Jinping representan la antítesis del otro: uno el hijo de una antropóloga y de un keniano musulmán; el otro, un príncipe de la dinastía comunista que gobierna ese país con mano de hierro capitalista. Pero, a la vez, representan a las dos naciones más poderosas del planeta, una pugnando por ascender, otra por no descender. Nada refleja mejor lo que es y será este siglo que esa instantánea: el siglo XXI ya es un siglo asiático, solo falta saber si EE UU podrá mantener su supremacía y seguir siendo la única superpotencia o si se verá obligado a compartir el podio con China.

Visto desde Washington, el ascenso de China se plantea en forma de un interesantísimo debate. Por un lado están los partidarios de la contención. Son los clásicos halcones, herederos de la escuela realista de las relaciones internacionales. Que China sea comunista o deje de serlo no importa mucho: creen que las relaciones internacionales son una lucha de poder en la que todos los Estados tienen intereses permanentes, independientemente de su ideología. Según crezca, argumentan, sus intereses entrarán en conflicto con los de sus vecinos y chocarán con ellos. Por tanto, EE UU deberá equilibrar el poder de China, tanto diplomática como militarmente, estableciendo alianzas con todos aquellos que contemplen el auge de China con preocupación (Japón, Corea del Sur, Filipinas, Vietnam e India) y reforzando su despliegue militar y capacidad de proyección de fuerza en el Pacífico. Recomendación a Obama: más y mejor diplomacia, nuevas bases navales en Asia, más y mejores armas para mantener una ventaja militar decisiva y mucho cuidado con las relaciones económicas.

A la vez, por el otro oído, le llegan a Obama las voces de los partidarios de acomodar el ascenso de China. Contener a China no es una buena idea, argumentan; será costoso, probablemente inútil y seguramente contraproducente ya que alimentará el victimismo y el irredentismo de los chinos. Los intereses de China, nos dicen, son tan legítimos como los de cualquier otro y, además, tienen cabida si se encauzan adecuadamente. El auge de China, sostienen, está beneficiando extraordinariamente a EE UU desde el punto de vista económico: los flujos de comercio, inversión y deuda entre los dos países demuestran que el ascenso de uno no se está haciendo a costa del otro. Apple, que diseña y desarrolla en EE UU, pero monta sus productos en China, sería la prueba visible de que esta sinergia no solo existe sino de que se salda a favor de Estados Unidos. Por eso, concluyen, el papel de EE UU debe ser el lograr socializar a China y convertirla en una potencia responsable, tanto en lo económico, abriendo sus mercados, dejando fluctuar su divisa, como en lo relativo a la gobernanza global, contribuyendo a la seguridad internacional y adaptando su ayuda al desarrollo a las normas internacionales. Conclusión: cuanto más rica sea China, más tendrá que perder y más interesada estará en no antagonizar a nadie.

Y todavía están, en tercer lugar, los que cuestionan ambas estrategias. El foco de nuestra relación con China, nos advierten, no debe situarse en su política exterior, pues esta es una consecuencia de su política interior. Tampoco en acomodar su crecimiento porque, por la misma razón (la política interior), no tenemos ninguna garantía de que ese ascenso sea pacífico. Tanto la aspiración de condicionar su política exterior como la de orientar su desarrollo económico da por hecho que el Partido Comunista es y será el único actor político relevante durante las próximas décadas. Sin embargo, sostienen, el futuro de China no se dilucidará en los portaaviones de unos o de otros que surquen el Pacífico, ni tampoco en las fábricas que ensamblan los teléfonos de ultimísima generación, sino en la capacidad de maduración de su sociedad civil. Aunque fragmentada y forzadamente despolitizada, es la clase media china la que decidirá cuándo y cómo forzar una apertura política del régimen y, eventualmente, una democratización del país que convierta a China en un vecino próspero y fiable. A largo plazo, avisan, la democracia y los derechos humanos son la mejor inversión: por tanto, EE UU debería ser firme y no dejarse ni amedrentar ni seducir. Realistas, liberales, idealistas. ¿A quién hará caso Obama?

Nos vemos en Asia

20 enero, 2012

Al principio, Europa fue un problema. Pero Washington lo solucionó. Cierto que hicieron falta dos guerras mundiales y el Plan Marshall. Tan monumental esfuerzo bélico y económico tuvo un rendimiento sin igual ya que EE UU pudo contar con un portaaviones de tamaño continental desde el que contener a la Unión Soviética. Europa se convirtió así en un gran activo en manos de Washington. Los europeos quedaron doblemente agradecidos: primero porque el tejado que les proporcionó Estados Unidos les permitió preservar su libertad, prosperar y sentirse seguros; segundo, porque al convertirse su territorio en el escenario principal de la guerra fría, pudieron ignorar su declive y pensar que todavía eran relevantes.

En el apogeo de la presencia militar estadounidense en Europa (1957), Washington llegó a tener 438.859 soldados estacionados en Europa. En 1989, antes de caer el muro de Berlín, todavía había 315.434. Solo por Alemania habrían pasado diez millones de soldados estadounidenses entre 1950 y 2005. El fin de la guerra fría, con la consiguiente unificación del continente, engarzada sobre una unificación alemana que, dadas las reticencias franco-británicas, no hubiera tenido lugar sin el apoyo decidido de Bush padre, dio un nuevo subidón de ánimo a los europeos y les empujó todavía más en brazos de Washington. Estados Unidos se convirtió en una hiperpotencia, asomándose a la culminación de su destino manifiesto como “ciudad en la colina” a la que todos admirarían. Aunque el paso de la bipolaridad a la unipolaridad levantara ampollas en muchas partes del mundo, los europeos eran quienes más destinados estaban a beneficiarse de la hegemonía estadounidense. Un mundo basado en mercados abiertos y asentado en reglas de comercio multilaterales ofrecía al proyecto europeo el mejor nutriente en el que desarrollarse y triunfar.

Tan bien comenzó a irles a los europeos en ese nuevo orden que, a finales de la década de los noventa, con el euro en la mano y la ampliación al Este a la vista, hubo quienes en Washington comenzaron a preguntarse si, por casualidad, no habría un momento en el que los europeos acabarían por fungir su inmenso poder económico en un poder global paralelo al estadounidense. El euro, la ampliación, los intentos de los europeos de constituir una identidad de defensa dentro de la OTAN; la rivalidad entre Airbus y Boeing o el arrojo de la Comisión Europea al atreverse a sancionar a las principales compañías estadounidenses (caso Microsoft), comenzaron a iluminar a Europa como un desafío digno de tener en cuenta, al menos en la dimensión económica. Pero, como sabemos, EE UU dilapidaría su hegemonía en una respuesta desproporcionada al 11-S, concebido equivocadamente como el Pearl Harbour del siglo XXI cuando en realidad era un coletazo del siglo XX. Así que mientras Washington se enredaba en lo que parecía un choque de civilizaciones con el mundo musulmán y Europa entraba en crisis, a ambos se les escapaba del radar el auge de China e India, que configuraban el siglo XXI como un siglo asiático. En ese siglo hay ya, en primer plano, una gran competencia económica, política y estratégica entre Estados Unidos y China y, en segundo plano, un espeso tráfico que gestionar entre Estados en auge (muchos y muy variados, sobre todo fuera de Europa) y Estados en declive (casi todos en Europa, incluyendo, como incógnita, Rusia).

De momento, Estados Unidos no está en declive, al menos irreversible, pero está viviendo un momento sputnik: no se esperaba un siglo asiático, y menos un mundo posamericano. Por más que algunos halcones, deseosos de comprar a la industria de defensa una bonita guerra fría con China, empujen a ello, no se trata de buscar un nuevo enfrentamiento, sino de enganchar a Estados Unidos a un nuevo vagón de crecimiento y liderazgo. Obama ha sido el primer presidente que ha visto claramente la necesidad de reorientar las capacidades económicas, tecnológicas y militares de Estados Unidos hacia Asia, consciente de que ese será el lugar donde se decida su supervivencia como líder. Por eso, hoy en día, cuando apenas quedan 81.000 soldados estadounidenses en Europa, la retirada de dos brigadas adicionales, anunciada en paralelo al compromiso de reforzar la presencia militar de EE UU en Australia, constituyen dos caras de la misma moneda. Son movimientos que obligan a Europa a asumir una verdad incómoda: que, hoy por hoy, no es una potencia global, sino apenas regional, con muy limitada capacidad de influencia incluso en sus fronteras orientales o mediterráneas. Nos vemos en Asia, parece querer decirnos Obama. Avisad cuando estéis listos.

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA

EL PAÍS  –  Internacional – 20-01-2012