Posts Tagged ‘crisis’

Postales desde el futuro

30 marzo, 2014

1227-japanelders_full_600Imaginemos un país que no solo no crece, sino en el que hay mucha gente que no recuerda cuándo fue la última vez que se creció. Imaginemos que ese país está atiborrado de deuda, como consecuencia de una década de excesos empresariales y gubernamentales. En ese país, los precios no suben, la gente no consume y los empresarios no invierten, así que el ahorro no genera riqueza. Los jóvenes no se plantean comprarse una casa, ni tener coche propio, tampoco tener un trabajo para toda la vida. Tener hijos se convierte en un proyecto vital imposible: si los dos miembros de la pareja trabajan, ¿quién cuida a los hijos? Si la mujer (o el hombre) se queda en casa, ¿cómo se paga una educación de calidad para los hijos? Traer inmigrantes estaría bien, pues rejuvenecería la población y facilitaría cuidar a los hijos y a los ancianos, pero pesa el miedo a que las diferencias culturales hagan la integración imposible.

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El triunfo del modelo alemán

20 septiembre, 2013

merkelrajoyLa muy probable victoria de Angela Merkel y la amplitud del consenso en torno al modelo económico alemán permiten augurar pocos cambios una vez celebradas las elecciones del domingo. A la desmovilización del electorado en razón del buen comportamiento de la economía se une la rebaja sustancial de la tensión en la eurozona gracias al cambio de política operado por el Banco Central Europeo en el otoño de 2012 al comprometerse a respaldar sin límite al euro frente a los ataques especulativos de los mercados.

La relajación de la presión sobre el sur, que ha visto extendidos los plazos para cumplir los objetivos de déficit, también ha contribuido a generar un nuevo clima de confianza. Frente a la durísima batalla contra la austeridad a ultranza que dominó el año pasado, ahora vemos a muchos gobiernos del sur, el español al frente, celebrando en público los (supuestos) buenos resultados de la política de austeridad impuesta por la eurozona. Aferrados al crecimiento de las exportaciones y a las ganancias de competitividad, los pronósticos del Gobierno español constituyen la mejor prueba de la hegemonía ideológica de la Alemania de Merkel: pese a estar en el sexto año de la crisis, sufrir un 26% de paro, tener una deuda pública que se acerca al 100% del PIB y un déficit público todavía muy lejos del 3%, celebramos con orgullo la instauración del modelo económico alemán, felizmente interiorizado. Que los déficits sociales, laborales, demográficos, energéticos y de infraestructuras que sufre Alemania, y que sin duda están asociados a ese modelo, no preocupen mucho, ni allí ni aquí, es todo un indicador de lo que nos depara el futuro.

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Recuperar a la ciudadanía

20 septiembre, 2013

urnaLa crisis ha provocado en la ciudadanía una extensión de la desafección hacia la política. Esa desafección no cuestiona el sistema democrático, pero sí la capacidad de lograr que su salida se produzca de una manera rápida y cohesionada. Superar esta desafección es fundamental. Para ello es preciso entender que las causas de la crisis son tanto globales como europeas y nacionales: en cada uno de esos ámbitos, los errores y omisiones alimentan el malestar democrático y la desafección ciudadana. Por un lado, la ciudadanía percibe que, a pesar de haberse generado en el sector financiero, los costes de la crisis se están repartiendo de forma inequitativa entre países, grupos sociales y actores económicos. Por otro, observa que la Unión Europea, que desde la instauración de la democracia ha sido un aliado estratégico a la hora de llevar a cabo reformas que incrementaran el bienestar y la cohesión social, está funcionando de forma sesgada y poco democrática. Por último, la ciudadanía también aprecia nítidamente hasta qué punto el sistema político español, seriamente dañado, se ha convertido en un elemento agravante de la crisis.

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Mala sangre

3 mayo, 2013

bad bloodEn inglés, la expresión bad blood se usa para describir el deterioro que en una relación provoca la percepción de que una de las partes está dañando a la otra. El resultado es la animosidad pero, sobre todo, la ruptura en la capacidad de las partes de comunicarse e interactuar cordialmente. Piensen ahora en los retratos de Angela Merkel caracterizada como una nazi en las manifestaciones en Atenas o en las esvásticas que se vieron en las calles con motivo de su visita a Lisboa. O fíjense, en sentido contrario, en la desgraciada portada de Der Spiegel, la prestigiosa revista alemana, con un montaje en el que presenta un campesino típico del sur de Europa subido en un burro cargado de billetes bajo un paraguas europeo acompañado del titular: “La mentira de la pobreza, cómo los países en crisis esconden su riqueza”.

Y no olviden que pese a que el centroizquierda se haya hecho con el Gobierno en Italia, el 55% de los italianos votaron a Beppe Grillo o a Silvio Berlusconi, cuyos discursos electorales fueron furibundamente antialemanes. Como se ha visto en la polémica generada por el documento interno del Partido Socialista francés en el que se acusa a la “intransigencia egoísta” de Alemania de hundir Europa, no hablamos solo de las calles o las portadas de la prensa, sino de la extensión del resentimiento por los pasillos del poder donde se mueve la élite política; mientras Hollande se hunde en las encuestas, dicen en París, Merkel se encamina a su reelección. España tampoco queda al margen: como mostró la tribuna del embajador alemán en este mismo diario el viernes pasado (Desde la profunda amistad),las relaciones de España con Alemania, que en razón de la ausencia de una historia negativa o conflicto bilateral han sido de las mejores existentes en todo el seno de la Unión Europea, se han despeñado por una sima de desconfianza recíproca y percepciones cruzadas sumamente negativas. Mala sangre.

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Esperando a Draghi

8 febrero, 2013

BlooperMarioEl día 12 comparece en el Congreso de los Diputados Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE). Lo hace a voluntad propia y con el objetivo de dar a conocer su institución y explicar mejor las medidas que ha venido tomando en los últimos meses. Aunque el gesto le honra, el formato de la comparecencia, sin actas, taquígrafos, ni grabaciones, plantea numerosas dudas desde el punto de vista democrático. ¿Por qué?

Seguro que a estas alturas de la crisis ya se han dado cuenta de que las dos personas más poderosas de España son Angela Merkel y Mario Draghi. La primera tiene en su mano las soluciones políticas, el segundo las soluciones económicas. En manos de la primera está la extensión, calendario y profundidad del proyecto de unión bancaria, tan necesaria para configurar una verdadera unión económica; también lo están los eurobonos o cualquier otro mecanismo de mutualización de deuda, imprescindible para que vayamos a una auténtica unión fiscal; o los pasos hacia una verdadera unión política.

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Rescatar la democracia

4 junio, 2012

Desde que comenzara la crisis, nos hemos acostumbrado al lenguaje de reformas, recortes y ajustes. Sorprendentemente, sin embargo, hay una reforma ineludible que hemos pasado por alto pero que ni siquiera está en la agenda: la reforma de nuestro sistema democrático. Es cierto que una gran parte de la crisis actual se origina en la existencia de una Europa incompleta. Pero la crisis también ha puesto de manifiesto la existencia de una democracia defectuosa. Esto se refiere tanto a la falta de control y transparencia, evidente en el reguero de casos de corrupción que nos han salpicado en estos últimos años, como a la debilidad del Estado y sus instituciones, incapaces de resistirse a su captura y manipulación por parte de intereses sectoriales, sean estos de carácter privado, empresarial o partidista. Desconcertados por la rapidez con la que se suceden los acontecimientos en el día a día, estamos pasando por alto que la viabilidad de todas estas reformas requiere no sólo una mejora sustancial de las instituciones de gobernanza europea sino, como pone de manifiesto la larga lista de instituciones que han quedado en evidencia durante esta crisis, desde la monarquía a las comunidades autónomas, pasando por el poder judicial, un examen a fondo del funcionamiento de nuestro sistema político. Pensábamos que España se había europeizado profunda e irreversiblemente, pero ahora descubrimos cuánto había de ficción en ese proceso.

Al igual que los países del norte de Europa siguen estando a años luz de España en cuanto a su capacidad de combinar competitividad y justicia social, nuestro sistema político es incapaz tanto de emular los estándares de transparencia que allí se dan por hecho como de asegurar un reparto equitativo de las cargas y las responsabilidades derivadas de esta crisis. Pese a la profundidad y extensión de la crisis de nuestra democracia, su reforma no está en la agenda. ¿A qué se debe esta ausencia? Muchos de los problemas que padecemos hoy en día, desde los malos resultados de la descentralización territorial, la defectuosa regulación de sectores enteros de nuestra economía y, en definitiva, la falta de transparencia y control generalizada de todo lo público tienen una vertiente común: se originan en la conversión del Estado de derecho en un Estado de partidos, es decir, en el paso de un sistema en el que las leyes y los ciudadanos son los protagonistas de la política democrática en un marco de separación de poderes a un sistema en el que los actores principales son los partidos, la alternancia entre ellos el único objetivo de la contienda política y la fusión y confusión bajo sus directrices de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial la norma de funcionamiento en el día a día.

Se mire donde se mire a nuestras instituciones, los partidos han impuesto, primero, el reparto de puestos sobre la base de cuotas de poder y, a continuación, la ideologización de los procedimientos de toma de decisión. De esa manera, más que servir a los ciudadanos, dichas instituciones se han puesto al servicio de los partidos. El desenlace de Bankia es sumamente revelador de este problema. A pesar de las apariencias, su nacionalización no significa que el Estado se haga cargo de las pérdidas en las que incurrido un banco privado mal gestionado, sino la traslación a la sociedad de los costes de haber puesto en manos de partidos políticos y comunidades autónomas un poder financiero autónomo y opaco con el que sostener su poder político. Por tanto, más que ante un problema de regulación, bancaria estamos pues ante un fallo de autorregulación política.

Ahí reside la clave. Hasta la fecha, el sistema político ha depositado en sus gestores la responsabilidad de autorregularse. Como era previsible, estos han utilizado esta capacidad reguladora no para atarse, sino para emanciparse del control ciudadano. Esto explica por qué la reforma del sistema político es tan difícil de emprender y encuentra tantas resistencias: como los que deberían emprender esa reforma serían sus principales víctimas, los incentivos para llevarla a cabo son inexistentes. Postergar estas reformas es suicida pues al igual que los errores de diseño en la unión monetaria están complicando enormemente la salida de esta crisis por el lado europeo, las debilidades estructurales de nuestra democracia también están afectando muy negativamente la capacidad de sostenimiento de las reformas en el ámbito interno. Como muestra el caso griego, en la medida en la que la ciudadanía perciba que la clase política se exime a sí misma de reformas de calado equivalente a las que aplica a la ciudadanía, nos situaremos en un escenario de deslegitimación de la democracia muy preocupante. ¿Qué hacer? Redefinir los límites de la política partidista. Al igual que estamos redibujando los límites del Estado del Bienestar, es imperativo volver a decidir quién hace qué y cómo en nuestro sistema político. No se trata de erigir una tecnocracia sino de garantizar que cada institución recuperara su razón de ser democrática en un marco de transparencia y responsabilidad adecuado. Desde esta perspectiva, la refundación de la democracia española ni siquiera requeriría una reforma constitucional, sino la identificación y el rescate, una por una, de todas aquellas instituciones que en la actualidad viven asfixiadas bajo el peso sofocante de la política partidista.

Publicado en la sección impresa del Diario ELPAIS el 1 de junio de 2012.

La hora más difícil de España

1 junio, 2012

España vive una de las horas más difíciles de su reciente historia. Atenazada por la pinza de desconfianza que se cierne tanto sobre su sector financiero como sobre sus finanzas públicas, intenta por todos los medios conjurar la perspectiva de una intervención exterior. Esa intervención sería doblemente negativa: además del importante golpe psicológico que supondría, es indudable que iría asociada a nuevos y más profundos sacrificios así como a la pérdida prácticamente completa del escaso margen de autonomía que en este momento le resta.

Seguramente habría que remontarse a algunos momentos clave de la transición española o de los primeros años de la democracia para encontrar una sensación similar de incertidumbre acerca del futuro. No se trata sólo la mala coyuntura económica, que en absoluto constituye una novedad: en los años ochenta, coincidiendo con las reformas estructurales que precedieron y siguieron a la adhesión a la Unión Europea, y posteriormente, en los años noventa, en paralelo a la crisis que siguió a la unificación alemana y la devaluación de la peseta, los españoles aprendieron a convivir con crisis de empleo y crecimiento. La diferencia no reside pues en la crisis, sino en su contexto, nacional y europeo pues, al contrario que ahora, aquellas reformas y ajustes estaban claramente enmarcadas en un contexto europeo propicio, sostenidas en una secuencia de acontecimientos comprensible para la ciudadanía y orientadas hacia un futuro claro e ilusionante.

Si la adhesión a la Unión Europea selló la transición democrática y la normalización internacional de nuestro país, la noticia de que España accedería a la unión monetaria junto con el grupo de países más avanzados de nuestro entorno elevó la siempre frágil autoestima nacional hasta tales extremos que algunos incluso se permitieron jugar con las fechas 1898-1998 para hablar del cierre de un siglo de decadencia y fracaso y la apertura de un horizonte radicalmente distinto. Debido a ello, incluso en los peores momentos de dichas crisis nuestro país mantuvo un sentido de dirección comprensible y un horizonte de salida claro e incluso ambicioso. Todo ello contribuyó a consolidar entre la ciudadanía una cultura de reformas, es decir, el convencimiento de que las reformas permitían ganar un futuro mejor para todos.

Nada de eso ocurre ahora, cuando la pérdida de confianza interior y exterior y la falta de un horizonte nacional y europeo son las principales características de la crisis. Quizá por esa razón esta sea la primera crisis en la que muchos españoles no piensan en un futuro mejor sino simplemente en recuperar su pasado inmediato y los niveles de vida que ya han conocido, lo que marca una importante distancia psicológica con respecto a otros momentos de la vida política española. Esto es evidente tanto interna como externamente.

Internamente, la crisis ha expuesto un país recorrido por múltiples grietas. Al desbocamiento del paro y al estancamiento económico hay que añadir las sombras que, una tras otra, han ido alcanzando a las principales instituciones del país. La monarquía, los partidos políticos, el poder judicial, el banco de España, las comunidades autónomas, los entes locales o el sistema financiero; da la impresión de que ninguna de estas instituciones clave, algunas de las cuales han sido y son la clave de bóveda del régimen democrático alumbrado por la Constitución de 1978, ha escapado del desgaste y pérdida de confianza ciudadana.

Ese desgaste en eficacia y legitimidad añade un elemento de incertidumbre adicional ya que hace inevitable cuestionarse hasta qué punto la superación de esta crisis exige un revisión en profundidad, incluso una refundación, de algunas de estas instituciones y, lo que es más importante, las relaciones entre ellas, caracterizadas más por la colusión de intereses, la falta de transparencia y la muy reducida capacidad de control ciudadano que por la eficacia política y democrática. Despreciar el 15-M o fijarse en sus aspectos más atrabiliarios es un error pues ese movimiento no es revolucionario sino profundamente democrático y, si se quiere, incluso conservador ya que su mensaje central es tan sencillo y verdadero como que esta democracia no funciona como dice que funciona ni tampoco como debería funcionar.

Una decepción parecida ha podido experimentarse en el ámbito europeo. La España democrática y la integración europea han sido y son dos caras de la misma moneda. Al igual que no podemos entender nuestra reciente experiencia democrática sin pasar por Europa, sus instituciones y sus políticas, tampoco podemos tomar decisiones clave ni pensar sobre nuestro futuro como españoles sin hacerlo en clave europea. Pero ahora, en un país donde el interés europeo y el interés nacional han sido indistinguibles, al fallo de un país se suma el fallo de Europa. Como ha señalado François Hollande, se trata de una Europa “dañada”, de una Europa polarizada, debilitada y falta de liderazgo, una Europa de la cual todo el mundo se ha querido servir, pero a la cual nadie ha querido, podido o sabido servir adecuadamente.

Llegada la hora de la verdad, Europa se ha traicionado a sí misma y a sus principios: donde debiera haber prevalecido una lógica europea y de proyecto en común se ha impuesto una lógica basada en los intereses nacionales, en las identidades y en los particularismos. Grecia ha sido y es la prueba evidente de todo esto: la irresponsabilidad de las élites griegas y la falta de liderazgo de las élites europeas ha generado un círculo vicioso que conduce directamente hacia la desintegración y la ruptura. No es de extrañar por tanto que en toda Europa recojamos una cada vez mayor desafección ciudadana hacia un proyecto que se encuentra paralizado por la acumulación de una serie desequilibrios políticos, económicos e institucionales que amenazan su continuidad.

Es la confluencia de estas debilidades nacionales y europeas la que explica por qué está costando tanto salir de la crisis y por qué la incertidumbre es tan elevada. Como el propio gobierno y las instituciones europeas están experimentando día tras día, salir de esta crisis no sólo requiere identificar las políticas adecuadas, sino decidir hasta qué punto los actuales diseños institucionales actuales son parte del problema o parte de la solución. Así, de la misma manera que existe una duda razonable sobre si la actual configuración del sistema autonómico es un obstáculo o un activo para la superación de la crisis, en el ámbito europeo también está muy extendido el convencimiento de que la crisis se debe a un diseño institucional erróneo de la unión monetaria, que ha cebado los desequilibrios económicos que nos han traído hasta aquí. No es por casualidad que en ambos niveles, el europeo y el nacional, estemos hablando del alcance de la descentralización, las competencias, la fiscalidad, la autoridad y la legitimidad política: tanto la democracia nacional como el sistema político europeo están sometidos a fuertes tensiones, tensiones que deben ser adecuadamente resueltas si lo que se quiere es generar confianza.

Es hoy evidente que no saldremos de esta crisis solo con más y mejores políticas, ni en el ámbito nacional ni el europeo, sino con nuevas, renovadas o reforzadas instituciones a todos los niveles. Antes de usar Europa, la debemos reparar, lo que nos obliga a pensar y en actuar en dos niveles al mismo tiempo. Lo mismo ocurre en el contexto estrictamente nacional. En España y en Europa debemos reconstruir las instituciones y la confianza pues es evidente que con los diseños institucionales actuales y las actuales relaciones de poder no saldremos de ella. Paradójicamente, esto permite tener confianza en el futuro: en España y en Europa esta crisis es política, luego su solución está en la política y, por tanto, al alcance de la mano. ¿Voluntarismo? Sí, eso es exactamente lo que necesitamos, en España y en Europa.

Publicado el 31 de mayo en la edición impresa de El PAIS. Suplemento especial sobre Europa.

El efecto coyote

1 junio, 2012

Como todo el mundo sabe, en el popular Correcaminos los problemas del coyote no empiezan cuando la carretera acaba y se queda suspendido en el vacío. El coyote sabe que hay un precipicio, pero también sabe que solo caerá cuando mire hacia abajo. Por tanto, si consigue evitar la tentación de mirar, no caerá; incluso podrá retroceder y volver a zona segura. La paradoja de la situación que define el efecto coyote es que, a veces, para sobrevivir hay que negar la realidad cuantas veces sean necesario.

Esta es la situación en la que se encuentra Europa y, por extensión, España. Tras tres años de medias y tardías respuestas, siempre desmentidas al minuto siguiente por los acontecimientos, todos los actores en este juego, Gobiernos, mercados y ciudadanos, han llegado al convencimiento de que la eurozona está suspendida sobre el vacío. Si no quieren mirar hacia abajo es porque saben perfectamente tanto lo que encontrarán como lo poco que les gustará.

Allá abajo verán, en primer lugar, una moneda común que ha demostrado serlo solo en apariencia. Si fuera una moneda común, tendría los atributos que normalmente tienen las monedas: un Banco Central que actuara como prestamista de última instancia y que estuviera dispuesto a intervenir ilimitadamente en el mercado para respaldar esa moneda, fuera vía los tipos de interés, mediante compras de deuda o sencillamente dándole a la máquina de imprimir billetes. Si esa moneda común fuera tal, también tendría una política fiscal y un presupuesto común dotado de los suficientes recursos como para prevenir y atajar las crisis, incluyendo un mecanismo común para resolver las crisis bancarias y, en definitiva, el respaldo de un verdadero Gobierno económico europeo.

Nada de eso encontraremos si miramos hacia abajo: si lo hiciéramos, lo que en realidad nos encontraríamos es un sistema de tipo de cambios fijos extremadamente rígido que, no solo carece de mecanismos colectivos para corregir desequilibrios y atajar las crisis, sino que tiene como principal objetivo contener los problemas de deuda, privada o pública, en el ámbito nacional, aunque, como muestra el caso de España, generen un círculo vicioso y una dinámica insostenible que lleve a que sus miembros caigan uno detrás de otro.

El Gobierno es consciente de la situación y sabe que España está suspendida en el vacío. Cómo hemos llegado hasta aquí da un poco igual: probablemente haya partes iguales de ingenuidad, inexperiencia, exceso de fe europeísta, dogmatismo ideológico, soberbia y puro y simple desbordamiento por acontecimientos imprevistos, nada en definitiva que no sea recurrente en la política y común entre los seres humanos. El plan original del Gobierno, hacer un ajuste rápido y duro y ganar la confianza de los mercados, se parecía demasiado al puesto en marcha por el Partido Popular al llegar al Gobierno en 1996. El problema es que ahora las circunstancias son radicalmente distintas ya que en lugar de un contexto europeo favorable, tenemos uno completamente adverso. Eso explica que el Gobierno haya tardado meses en salir al ruedo europeo: en el planteamiento inicial, la secuencia era ajustar primero y hacer política europea después sobre la base de la credibilidad ganada. Ahora, la secuencia es más compleja, pues se es consciente de que sin política europea el ajuste no servirá de nada pero, a la vez, se descubre día a día que hacer esa política sin credibilidad ni plan alguno es tan imposible como frustrante.

La situación es desquiciada, pero no irreversible. Aunque parezca mentira, el coyote puede desandar el camino y volver a tierra segura. Y si puede hacerlo es porque en política, como en los dibujos animados, las leyes de la física se pueden manipular. En otras palabras, mientras que el saber técnico nos dice que de no cambiar las actuales circunstancias la zona euro muy probablemente se colapsará, el saber político nos dice que la zona euro no está inevitablemente condenada al colapso y que es posible salvarla. Claro que decirlo es más fácil que hacerlo, pues todo lo que necesitamos para salvar la eurozona es precisamente aquello que no podemos conseguir ya que Berlín se opone frontalmente.

Pero dejemos a un lado los reproches a Alemania. Ha llegado la hora de sincerarnos con Berlín y decirle que aunque reconocemos la solidaridad alemana, no es lo que necesitamos. Lo que necesitamos es el egoísmo ilustrado de Alemania, una visión de si esta unión les merece la pena a ellos, no a nosotros. Berlín tiene que hacer sus cuentas y decirnos bajo qué condiciones les compensa esta unión y hasta dónde está dispuesta a llegar. Luego ya decidiremos qué hacer. Así que mientras los alemanes deciden hasta dónde llega su sano egoísmo, intentaremos no mirar hacia abajo.

Publicado en la edición impresa de elpaís 1 de junio de 2012

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¿Ha llegado el momento de decir basta a Alemania?

20 abril, 2012

Dice Jens Weidmann, el joven economista que accedió a la Presidencia del Bundesbank después de una carrera política meteórica a la sombra de Angela Merkel y miembro, seguramente el más influyente, del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE), que unos tipos de interés del 6% no son “el fin del mundo” y que, por tanto, no constituyen motivo suficiente para que el BCE se movilice para aliviar la presión que sufre España en los mercados de deuda. Intriga saber hasta qué punto Weidmann es consciente de que España y Alemania comparten una unión monetaria y, también, hasta qué punto participa de la preocupación de que semejantes diferenciales en los tipos de interés ponen en cuestión su sentido último y existencia.Suponemos que para Weidmann, en cuyo mandato no entra ni el crecimiento ni el empleo sino solo la estabilidad de precios, una inflación del 6% sí que sería el fin del mundo. Pero, afortunadamente, el presidente del Bundesbank puede dormir tranquilo ya que la inflación media en la eurozona es del 2,7%. En España, además, para mayor tranquilidad de Weidmann, la inflación es del 1,8% y en Grecia del 1,4%, menor incluso que en Alemania (2,3%). Así que, en el mundo feliz de los economistas del Bundesbank, ni siquiera las palabras del economista jefe del Fondo Monetario Internacional, Olivier Blanchard, desaconsejando a España una mayor consolidación fiscal en razón de sus perspectivas de recesión tienen valor alguno. Triste consuelo que siendo miembros de la eurozona sea solo en Washington y en Londres, y no en Bruselas o Berlín donde España pueda expresarse y ser escuchada cuando plantea la necesidad de acompañar las reformas y los recortes con políticas de crecimiento.

El valor de esa declaración tan sincera y a la vez tan torpe de Weidmann es que explica con toda claridad lo que le está ocurriendo a Europa, y muy directa y particularmente a España. La falta de visión y sensibilidad que encierra nos retrotrae a la ceguera de las elites francesas al terminar la I Guerra Mundial, que sofocaron cualquier posibilidad de recuperación y crecimiento económico en Alemania al imponer unas onerosísimas reparaciones de guerra. Aquellas reparaciones, aun siendo justas, pues Alemania había comenzado la guerra, dieron paso a la mezcla de populismo e irredentismo que alumbraron el nazismo y la segunda guerra mundial. No deja ser paradójico que Alemania, que ha superado admirablemente el nazismo, no haya podido hacer lo mismo con la inflación que llevó al colapso a la república de Weimar. Sin duda alguna, si el euro termina por romperse o la construcción europea se colapsa, los historiadores utilizarán frases como esta para explicar qué falló en Europa y qué errores se cometieron.

Ahora, el Gobierno alemán, con su ceguera y con una actitud similar (hágase la justicia aunque perezca el mundo), no sólo pone en peligro la construcción europea sino que alienta la emergencia de sentimientos anti-alemanes. De muestra un botón: aunque en España la imagen de Alemania como país sigue siendo buena, el último barómetro del Real Instituto Elcano muestra que tres de cada cuatro españoles (el 73%) consideran que Alemania no tiene en cuenta los intereses de España y, más unánimemente aún, el 87% piensa que “el país que manda en Europa es Alemania” (no el país que manda “más” sino, nótese, el país que manda, a secas).

¿Ha llegado el momento de decir “basta” a Berlín? Sí, sin duda. ¿Cómo? Coordinando desde Bruselas la agenda de reformas nacionales con la agenda de crecimiento europea. Ello requiere la restauración de los equilibrios políticos e institucionales en Europa, que han saltado por los aires. Por un lado, la Comisión Europea, que debería hablar en nombre de todos los estados, ha sido eliminada como actor político. Al comienzo de su segundo y último mandato, el Presidente de la Comisión, Barroso, amagó con convertirse en un auténtico líder. Pero cuando las cosas se han puesto difíciles se ha deshecho sin más de la agenda de crecimiento sostenible que llevaba años impulsando. Y por otro lado, Francia, que siempre ha ejercido un papel de contrapeso sobre Alemania, está hoy por hoy en manos de alguien como Sarkozy, el estadista del Toisón de Oro que compensa el fracaso de su agenda reformista en casa con la indigna y típica practica del servilismo del débil hacia arriba (con Alemania) y la arrogancia del fuerte hacia abajo (España). Esa Francia, irreconocible, se ha convertido en un problema tan grande para el futuro de Europa como el rigorismo que domina el Bundesbank. Hollande puede ser un revulsivo, para Francia, para la Comisión, y para la propia Alemania.

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Un Tratado y un billón

5 marzo, 2012

Estos son los dos elementos sobre los que en estos momentos descansa el futuro de Europa. Los ritmos de su despliegue son muy reveladores de las asimetrías que dominan hoy la construcción europea pues, como se ha visto, resulta más fácil hoy en día que el Banco Central Europeo movilice un billón de euros en créditos que los Gobiernos puedan acordar y hacer entrar en vigor 16 artículos de un tratado. Sea como sea, el billón ya está en circulación; en cuanto al tratado, las cosas no están tan claras.

Irlanda ya ha anunciado que difícilmente podrá evitar someter ese texto a referéndum. Teniendo en cuenta el expediente ratificador dublinés (dos referendos, dos rechazos, dos crisis), la preocupación está más que justificada. Cierto que en las dos ocasiones anteriores (2001 y 2008), los Gobiernos irlandeses lograron finalmente ratificar los tratados por medio de un segundo referéndum. Y cierto que esta vez se ha puesto la venda antes que la herida para que el tratado pueda entrar en vigor con solo que 12 de los 17 miembros de la eurozona lo ratifiquen. Pero esto no agota ni mucho menos las consideraciones sobre la legitimidad y la eficacia de este proceso ni sobre las consecuencias que se derivarían de un eventual no irlandés.

El objeto de un referéndum es dejar en manos de la ciudadanía la posibilidad de elegir entre varias opciones. Pero para que los ciudadanos de una democracia puedan (auto)determinar su futuro se requiere que todas las opciones sometidas a consulta sean técnicamente posibles, políticamente viables y moralmente aceptables. Y lo que es más importante: que los ciudadanos entiendan y tengan claro de antemano cuales son las consecuencias que para ellos se derivarán de cada una de las opciones que se les someten. Si no se cumplen estas condiciones, un referéndum carece de sentido, que es exactamente lo que viene ocurriendo en la UE, donde los referendos se plantean como medios para la legitimación popular a posteriori de decisiones ya tomadas.

Eso explica por qué es tan difícil escapar a la impresión de que, en el ámbito europeo, los referendos no han venido poniendo en manos de la ciudadanía la capacidad de decisión sobre su futuro, sino que se han convertido en algo parecido a un test de inteligencia diseñado por los Gobiernos donde de lo que se trata es de averiguar la respuesta correcta. Por eso, cuando los electores han votado no, los Gobiernos han reaccionado pulsando el botón rojo (“respuesta incorrecta”) y han vuelto a someter la cuestión a consulta para que los ciudadanos presionen el voto verde (“respuesta correcta”).

Algo parecido podría volver a ocurrir en Irlanda, cuyos ciudadanos ya están siendo advertidos de que un no a este Tratado podría significar su salida del euro. ¿Por qué? ¿Con qué argumentos? Irlanda firmó y ratificó el Tratado de Maastricht que estableció la Unión Económica y Monetaria y posteriormente el Tratado de Lisboa, que no incluyen ninguna cláusula sobre una expulsión del euro. Si de lo que se trata es de que Irlanda no tendría acceso a los fondos del nuevo Mecanismo Europeo de Estabilidad, u otro tipo de consecuencias, explíquese claramente a los ciudadanos, junto con sus posibles alternativas, pero no se amenace a los ciudadanos con que el ejercicio de su libre albedrío democrático podría llevar al colapso económico de Irlanda o, incluso, al estallido final y ruptura definitiva de la eurozona porque eso significa que no existe una elección entre alternativas y, en consecuencia, es absurdo celebrar un referéndum.

La Unión Europea no es una democracia, sino una demoi-cracia, es decir, está formada por varios demos o pueblos, lo que significa que carece de un sujeto político único que se pueda pronunciar clara e unívocamente sobre su futuro. Por eso, como los acuerdos se adoptan en la esfera supranacional pero los referendos se celebran en el ámbito nacional y de forma desconectada entre sí, los ciudadanos de cada país no solo no se autodeterminan a sí mismos, sino que exportan las consecuencias de sus decisiones a terceros, impidiendo que los demás puedan autodeterminarse.

Planteados así, los referendos son un callejón sin salida: no permiten hacer avanzar a la UE (luego no son eficaces), ni tampoco legitiman democráticamente la construcción europea. Por tanto, cuando son favorables, el resultado se descuenta y se atribuye a la falta de alternativas, mientras que cuando son desfavorables, se convierten en un mecanismo de deslegitimación ya que por la vía de protocolos o negociaciones adicionales se termina logrando que lo que salió por la puerta, vuelva a entrar por la ventana. Por tanto, si de preguntar a la ciudadanía se trata, que se haga como medio de lograr una Europa más eficaz y más democrática, no desde la soberbia ni desde la resignación.

Publicado en elpais internacional, 1 de marzo de 2012

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