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El viaje de Podemos: desde la calle hacia el poder

7 junio, 2015

Manifestación del partido Podemos en Madrid, "La marcha del cambio". Vista de la calle de Alcalá desde Cibeles. La pancarta reza: "Merkel, en 1953 España, Grecia, Portugal, Italia, etc. os perdonamos el 625% de vuestra deuda. No seas "

Podemos pudo llamarse “Adelante”, pero el nombre se descartó porque era poco sexy. La otra alternativa fue “Sí se puede”, pero había un partido en Canarias registrado con ese nombre. Finalmente se optó por Podemos. La discusión tuvo lugar en diciembre de 2013 en un coche conducido por Pablo Iglesias y con Miguel Urbán, entonces amigo de este y miembro destacado de Izquierda Anticapitalista, de copiloto. Lo cuenta el periodista Jacobo Rivero en su obra Podemos. Objetivo: asaltar los cielos (Planeta, 2015), un obra bien documentada e importante para quien tenga interés en conocer la intrahistoria del surgimiento de Podemos y su posterior evolución. Rivero, que no oculta su cercanía con los protagonistas de esta historia, ni tampoco su simpatía e identificación con sus motivaciones y aspiraciones, retrata sin embargo con equidistancia la micropolítica de la izquierda madrileña de la que surge Podemos, con sus debates, peleas, envidias y obsesiones

El libro de Rivero conviene leerse en paralelo con Pablo Iglesias: biografía política urgente (Stella Maris, 2015), del también periodista Iván Gil, que además de aportar datos biográficos interesantes sobre Iglesias, añade el contrapunto crítico del que el trabajo de Jacobo Rivero carece cuando sobrevuela los temas más delicados de la biografía de Podemos (como las relaciones con la Venezuela bolivariana o el oscuro origen de los fondos que recibió Monedero). En su obra, Gil escarba eficazmente en las inconsistencias de Podemos y su líder, ofreciéndonos un relato algo más descarnado y distante, pero sin caer en el ataque gritón o demagógico habitual en algunos de los críticos habituales de Podemos.

Del libro de Gil se desprende un dato interesante relacionado con la biografía del abuelo de Iglesias, Manuel, habitualmente presentado por Pablo Iglesias como héroe de la República y víctima del franquismo. Como presidente del Tribunal del IX Cuerpo del Ejército Republicano, y con sólo 24 años, Manuel Iglesias dictó nueve sentencias de muerte, pero se salvó luego de ser fusilado gracias a su amistad con el ministro franquista Pedro Gamero del Castillo, la intercesión del obispado madrileño, que certificó que el teniente Manuel Iglesias era un buen cristiano, y el testimonio de un policía político falangista, amigo de la infancia, que Manuel había escondido en su domicilio durante cuatro meses, salvándole la vida. Una historia mucho más reveladora de la tragedia que fue aquella guerra y que hubiera dado para una lectura más humana y menos maniquea de la historia de España y de su biografía de la que habitualmente realiza Iglesias y que ha consagrado en su libro Disputar la democracia: política para tiempos de crisis (Akal, 2014), un relato con trazo grueso y apresurado que simplifica la historia de España como una lucha del pueblo, bueno, contra la élite, mala, y que seguramente no constará entre las mejores aportaciones de Iglesias a la ciencia política.

Dejando atrás el relato micro, si quieren tomar algo de distancia y adoptar una perspectiva algo más analítica, entonces deben cambiar de muletas. Dos de ellas, también de reciente aparición, les serán muy útiles. Una primera es Podemos: la cuadratura del círculo (Debate, 2015), del colectivo de politólogos denominado Politikon, que reúne cinco breves ensayos, muy bien escritos y muy esclarecedores, que tocan casi todos los aspectos de Podemos sobre los que la ciencia política tiene algo que decir, desde las condiciones en las que pueden aparecen nuevos partidos políticos, las estrategias de campaña, los problemas y tensiones organizativos, el perfil de sus votantes y las expectativas de futuro.

La otra muleta politológica es Los votantes de Podemos: del partido de los indignados al partido de los excluidos, de José Fernández-Albertos (Catarata, 2015), un trabajo muy riguroso de este politólogo, investigador en el CSIC. Fernández-Albertos da muy buena cuenta de algunos de los tópicos más habituales sobre quiénes son los votantes de Podemos y bucea hasta el fondo en el análisis de las encuestas realizadas desde el surgimiento de Podemos. En torno a ellas articula la tesis central de su libro, con la que coinciden los politólogos de Politikon: que Podemos, aunque hable de la crisis económica, de la desigualdad y de la fractura social, no ha sido en primer lugar el partido de los perdedores de la crisis, sobre todo los desem­pleados, sino ante todo el de aquellos capaces de solidarizarse con esos perdedores. Sólo posteriormente, demuestra el autor, ha sido Podemos capaz de comenzar a llegar a los perdedores de la crisis. Esos dos públicos marcan, cuenta Fernández-Albertos apoyado en un abrumador número de datos, el suelo y el techo posible de Podemos, y explica bien los vaivenes a los que se está viendo sometidos en las encuestas. Los votos de Podemos tienen dos orígenes distintos y por tanto dos riesgos diferenciados: perder el apoyo de las clases medias urbanas que les hicieron florecer o perder el apoyo de los perdedores de la crisis que les comenzaron a catapultar hacia los cielos.

Estas lecturas ponen de manifiesto algo que, quizá por evidente, a veces olvidamos: que Podemos nace como una operación de renovación de la izquierda de la izquierda con el objetivo de sacarla de la marginalidad electoral y situarla en posición de reemplazar al PSOE. Porque aunque el objetivo final de Podemos sea asaltar los cielos, el primer objetivo de los protagonistas de esta historia siempre fue asaltar Izquierda Unida, una organización que veían anquilosada e incapaz de ofrecer una alternativa política en un momento en el que el bipartidismo se estaba deshaciendo como consecuencia de la confluencia de la crisis económica con la institucional y social. Unos, como Alberto Garzón y Tania Sánchez, intentaron e intentan esa renovación desde dentro de Izquierda Unida, con desigual resultado, y otros, como Pablo Iglesias y los miembros de Izquierda Anticapitalista, tiraron la toalla y decidieron, en lugar de asaltar Izquierda Unida, saltar por encima de ella. Podemos nació con una contradicción esencial, y seguramente insalvable, entre el grupo de Pablo Iglesias, que desde el principio concibió el partido como una máquina pensada para ganar elecciones recurriendo a técnicas avanzadas de mercadotecnia y comunicación política y los que, desde Izquierda Anticapitalista, concibieron el partido como el instrumento político para representar en las instituciones a los movimientos sociales surgidos al calor de la crisis. Parece evidente que esa alianza puramente circunstancial y táctica entre dos filosofías políticas y estrategias organizativas completamente antagónicas, que los cuadros de Izquierda Anticapitalista informalmente denominaron Operación Coleta, sólo puede sostenerse mientras acompañen los resultados electorales. ¿Es Podemos, por su origen, más vulnerable a unos malos resultados que otros partidos políticos? La respuesta a partir del día 24.

José Ignacio Torreblanca es profesor de Ciencia Política en la UNED y autor de Asaltar los cielos: Podemos o la política después de la crisis. Debate. Barcelona, 2015. 218 páginas. 15,90 euros (9,90 digital)

Biografía política urgente. Iván Gil, Pablo Iglesias. Stella Maris. Barcelona, 2015. 224 páginas. 19 euros.

Los votantes de Podemos: del partido de los indignados al partido de los excluidos. José Fernández-Albertos. Catarata. Madrid, 2015. 112 páginas. 14 euros.

Podemos: La cuadratura del círculo. Politikon. Debate. Barcelona, 2015. (1,49 euros, electrónico).

Podemos. Objetivo: asaltar los cielos. Jacobo Rivero. Planeta. Barcelona, 2015. 320 páginas. 16 euros.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el lunes 18 de mayo de 2015

La hora más difícil de Podemos

14 mayo, 2015

MonederoLa decisión de Juan Carlos Monedero de abandonar la dirección del partido que fundara en compañía de Pablo Iglesias sitúa a esta joven pero exitosa formación ante su hora más difícil. El duro aldabonazo que han significado sus declaraciones criticando la corrupción ideológica y estratégica del proyecto originario de Podemos, sólo levemente matizadas con posterioridad en una epístola titulada A mi amigo Pablo, podrían marcar el comienzo del fin del proyecto de esta formación. Las predicciones sobre lo que le pudiera ocurrir a Podemos a partir de ahora dependen de qué tesis de las dos siguientes uno considere más plausible.

La primera tesis sostiene que Podemos sólo es un estallido de ira que se ha alimentado de la concatenación de una serie de circunstancias extraordinarias pero irrepetibles: la dureza y profundidad de la crisis económica, la frustración con el bipartidismo de una mayoría de ciudadanos, la sucesión de escándalos de corrupción y, por último, la debilidad de las alternativas existentes (UPyD o Izquierda Unida) para movilizar dicha insatisfacción. Agitada esa mezcla, ciertamente explosiva, en la coctelera de las elecciones europeas —idóneas por su configuración en un único distrito y un sistema electoral estrictamente proporcional— Podemos habría sido catapultado hacia los cielos en los sondeos llevados a cabo en el otoño de 2014. Pero, continuaría esa tesis, desaparecidas en parte o en su totalidad esas circunstancias (sea por el repunte de la economía, el cambio de liderazgo en el PSOE o la aparición de Ciudadanos), el proyecto habría tocado techo y comenzado a retraerse, quedando condenado a desempeñar un papel secundario y marginal, cuando no a desaparecer, por la radicalidad de sus propuestas ideológicas, las divisiones internas y la pérdida de centralidad en el debate y tablero político.

Hay, sin embargo, una tesis alternativa que sostiene que la aparición de esta formación no puede explicarse simplemente como un estallido de ira ciudadana, sino como la traducción política y electoral de la crisis institucional, económica y social en la que hemos vivido en los últimos años en gran parte de Europa. Ello permitiría explicar no sólo la aparición de Podemos, sino la emergencia en toda Europa, por la izquierda o por la derecha, de fuerzas que se ofrecen como alternativa a la política y a los consensos tradicionales en torno al modelo económico, la desigualdad, la integración europea o la inmigración.

Desde esta tesis, Podemos se apoyaría en la fractura de los acuerdos entre generaciones, clases sociales y territorios en los que se basó el consenso del 1978, supuestamente agotado. Esta acumulación de fracturas, visible tanto en la emergencia de una nueva clase de jóvenes con valores y aspiraciones sustancialmente distintos a los de la generación de sus padres como en la aparición de nuevas formas de desigualdad, significaría que en la sociedad sí que habría hueco para una oferta como Podemos; máxime con una izquierda fragmentada entre un PSOE que, tras la debacle del zapaterismo, todavía no habría encontrado su identidad ni posición ideológica; y una Izquierda Unida tercamente empeñada en no conquistar el territorio disponible a la izquierda del PSOE.

¿Cuál de las dos tesis nos permite anticipar mejor qué es lo que va a pasar a partir de ahora? En mi opinión, las dos contienen elementos de análisis útiles. De hecho, mientras que la primera tesis explicaría la enorme elasticidad del techo electoral de Podemos en los sondeos, la segunda explicaría la más que probable robustez de su suelo electoral. Por tanto, mientras que la combinación de factores coyunturales (especialmente la corrupción y la frustración con el bipartidismo) habría empujado el techo de Podemos hasta situarlo como primera fuerza gracias a una muy eficaz estrategia de comunicación, los factores estructurales serían los que sostendrían su suelo a pesar de las adversidades y prevendrían una desintegración tan fulgurante como su ascenso. El resultado sería una solidez que, junto con el éxito de Ciudadanos y la persistencia de los problemas de PSOE y PP para reconquistar la credibilidad del electorado, especialmente entre los jóvenes y las clases medias urbanas, nos permitiría anticipar un sistema formado por cuatro partidos con pesos muy similares en el que Podemos ocuparía, además de los nuevos espacios de representación, el espacio a la izquierda del PSOE que IU nunca fue capaz de conquistar.

Que ese nuevo espacio esté disponible para ser conquistado no quiere decir que Podemos lo tenga garantizado: al contrario, la tarea que tiene por delante es de una magnitud considerable. Hasta ahora, Podemos ha llevado adelante una guerra relámpago, un blitz tremendamente exitoso basado en un liderazgo carismático, un mensaje transformador y unas herramientas de comunicación sumamente potentes. Pero, por seguir con las analogías bélicas que tanto gustan a sus líderes, Podemos se parece hoy mucho al Ejército alemán que, tanto en la I como en la II Guerra Mundial, logró, mediante tácticas novedosas y ataques por sorpresa, desbordar a sus enemigos para luego pararse en seco y verse obligado a atrincherarse o a acampar para sobrevivir a un largo invierno. Como ha puesto de manifiesto la dimisión de Monedero y las declaraciones de apoyo que le ha brindado su líder andaluza, Teresa Rodríguez —no por casualidad proveniente de Izquierda Anticapitalista—, al igual que el Ejército alemán en 1914, la principal debilidad de Podemos es su flanco izquierdo.

Desde sus orígenes, ha habido en Podemos una incompatibilidad manifiesta entre la izquierda radical proveniente de los movimientos sociales y aquellos que, como Pablo Iglesias, han querido conectar transversalmente con unas clases medias desideologizadas, pero muy enfadadas con el bipartidismo. La apuesta de Iglesias, Íñigo Errejón, Carolina Bescansa y el propio Juan Carlos Monedero siempre fue aprovechar la ventana de oportunidad de la crisis para insertar en el centro político, donde están la mayoría de los votantes, una propuesta de cambio político de carácter radical. La deserción de Juan Carlos Monedero, y su apelación a Eduardo Galeano, un icono de la izquierda que prefiere ser auténtica antes que ganar elecciones, en contraposición a la serie Juego de Tronos, paradigma de una ética política de excepción donde el fin (llegar al poder) justifica los medios empleados, ha debido ser un duro mazazo para Iglesias, siempre hostil al conformismo electoral de la izquierda y a la autosatisfacción ideológica.

El núcleo de Podemos tiene ahora que decidir qué hacer. Una opción es continuar con la estrategia relámpago e intentar seguir su camino hasta ocupar la centralidad del tablero político. Esta estrategia se enfrenta a dos dificultades. Una primera es que, como prueba la dimisión de Monedero, el estiramiento ideológico puede romper Podemos por la izquierda y sumir a sus cuadros en una guerra civil que los electores sin duda penalizarán. Y una segunda es que mientras Podemos se desgasta en peleas internas y se agota en el largo camino al centro, ese espacio está siendo tomado por Ciudadanos, un partido que no tiene ningún camino que recorrer hasta llegar al centro porque nació directamente allí.

Adoptando esta estrategia, Podemos corre, pues, el doble riesgo de romperse intentando llegar al centro y, para empeorar las cosas, de llegar tarde a un centro ya ocupado por otros. La segunda estrategia que Podemos podría adoptar sería atrincherarse en la izquierda, cavar defensas profundas y prepararse para una guerra de desgaste cuyo objetivo sería, en el mejor de los casos, anular al PSOE e Izquierda Unida o, en el peor, simplemente sobrevivir electoralmente. Esta estrategia podría garantizar la supervivencia de la formación y, especialmente, de sus cuadros, que lograrían parcelas de poder institucional desde las que seguir haciendo política con minúscula, es decir, con escasa o nula capacidad transformadora.

Aunque es difícil saber quién prevalecerá en esta pugna, está claro que la opción personal de Pablo Iglesias se identifica más con la primera, el relámpago; y que, forzado a adoptar una estrategia conformista, seguramente sería él quien tuviera la tentación de marcharse. Si eso finalmente ocurriera, casi seguro que las palabras de despedida que dedicaría a sus críticos serían: “No han entendido nada”.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el sabado 2 de mayo de 2015