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Guerras digitales y tiranos del oro negro

4 marzo, 2015

oil-310841_640Donald Rumsfeld, secretario de Defensa con George W. Bush y uno de los artífices de la segunda guerra de Irak, se hizo célebre por una afinada distinción analítica (parece un trabalenguas pero no lo es) entre lo “conocido conocido”, lo “conocido desconocido” y lo “desconocido desconocido”. Esta última categoría es la que debe mantener despiertos por la noche a los analistas. Piensen ahora en lo digital y en la cantidad de “desconocidos desconocidos” que orbitan en torno a ese mundo.

Se ha convertido en un lugar común decir que el siglo XXI será (en realidad ya es) asiático. Pero es un error: el siglo XXI será (ya es) digital y todos los éxitos y fracasos, victorias y derrotas tendrán lugar en formato digital y ocurrirán en la Red. Así pues, no hay nada que nos impida pensar que los historiadores del futuro podrían llegar a escribir que la tercera guerra mundial empezó con una serie de escaramuzas digitales donde los contendientes se tantearon mutuamente para probar y refinar sus armas cibernéticas, ensayar sus estrategias de combate en la Red y explorar las vulnerabilidades de sus adversarios.

Desde el asalto a las instalaciones subterráneas del programa nuclear iraní por medio de Stuxnet, un gusano informático introducido en un lápiz de memoria que logró desbaratar el funcionamiento de las centrifugadoras de uranio iraníes, hasta el ataque aparentemente orquestado por Corea del Norte contra Sony, pasando por las múltiples agresiones contra servidores de seguridad de empresas e instituciones occidentales originados en China y Rusia o las capturas masivas de datos de los cables de fibra óptica y servidores de las grandes empresas del sector por parte de las agencias de seguridad estatales o grupos de hackers privados, parece evidente que la Red será el próximo campo de batalla y que las guerras del futuro serán antes digitales que físicas.

Así pues, la tercera guerra mundial podría haber empezado, pero igual no nos hemos dado cuenta. Señalarlo podría parecer alarmista, pero en realidad sería solo una forma de prudencia originada en la obviedad, frecuentemente olvidada, de que como tendemos a pensar el futuro con las lentes del pasado nos solemos equivocar, y mucho, en nuestras predicciones.

Mientras el futuro se dibuja en el horizonte, el presente que nos trae 2015 nos obliga a realizar predicciones más ajustadas y cercanas en torno a lo conocido desconocido. Porque sin duda alguna, la mayor incertidumbre de 2015 gira en torno al efecto geopolítico de los bajos precios del petróleo. Las leyes de la petropolítica postulan que unos altos precios del petróleo suelen traer aparejada una mayor asertividad de los tiranos petroleros, tanto hacia adentro, pues disponen de recursos adicionales y legitimidad para consolidar su apoyo social y reprimir a la oposición, como hacia fuera, pues esos mismos recursos permiten ampliar su presencia exterior, comprar influencia y prestigio internacional e incluso rearmarse militarmente.

El petróleo sigue siendo, hoy por hoy, un importantísimo activo geopolítico, tanto desde el punto de vista del poder duro, esto es, de la capacidad de coacción, como del poder blando, esto es, de la capacidad de persuasión. Así que, por exactamente las mismas razones, deberíamos suponer que unos bajos precios del petróleo van a disminuir la capacidad de acción de los tiranos petroleros que en el mundo hay, especialmente aquellos con políticas exteriores más conflictivas o bases de poder más débiles. Con la excepción de Arabia Saudí, artífice de los precios bajos y que no enfrenta riesgos internos o externos significativos, es lógico suponer que Rusia, Irán o Venezuela van a experimentar turbulencias importantes. Turbulencias que también van a afectar a las democracias petroleras, como México o Brasil, que financian su gasto social o cuadran sus cuentas con cargo a los ingresos del petróleo. Por tanto, paradoja total para abrir el año: mientras el prístino y silencioso mundo de lo digital se abre paso, seguimos atrapados por algo tan físico, ruidoso y sucio como el petróleo y las tiranías.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el domingo 4 de enero de 2014

Las fronteras de la Pax Europea

2 diciembre, 2012

EPS fronteras

Fronteras que languidecen, fronteras oxidadas, fronteras olvidadas, fronteras abandonadas, fronteras de las que nadie se acuerda. Esta impresionante serie de fotografías explica por si sola por qué la Unión Europea ha sido galardonada con el Premio Nobel de la Paz. También por qué, a pesar de la crisis existencial en la que vive inmersa Europa, los europeos tenemos motivos más que sobrados para  la celebración.

Para convencerse comparen sólo por un momento esa fronteras, que hoy nos parecen ridículas, incluso patéticas, que nos recuerdan un tiempo que ya se marchó, con las fronteras que no sólo han desaparecido sino que siguen ahí. Piensen por un momento en el muro levantado por Estados Unidos en su frontera sur, una valla de miles de kilómetros que de forma absurda parte en dos un tan inmenso como vacío desierto. O en los vericuetos que traza el muro de separación que Israel ha construido para, tan contradictoriamente, aislarse de unos territorios que ella misma mantiene bajo ocupación. Por no hablar de la frontera entre las dos Coreas, con sus pavorosas alambradas, sistemas de disparo de automático y unos militares en alerta continua, un incomprensible vestigio de la Guerra Fría. Esas tres fronteras, como muchas otras que todavía se mantienen en pie, son sencilla y llanamente un monumento al fracaso, una celebración de la estupidez, una representación de la incapacidad de muchos seres humanos de convivir pacíficamente a pesar de sus diferentes orígenes, valores y creencias políticas o religiosas.

Nosotros, los europeos, fuimos así. No lo olvidemos. Esos mojones, carteles y divisorias, tan aparentemente inocentes que hasta podrían ser sólo la linde que separara el prado de un paisano de otro, son testigos de millones de muertos, están regados con la sangre de cientos de miles de jóvenes que dieron sus vidas por defender esas fronteras y han sido transitados por millones de refugiados y desplazados, que tuvieron que abandonar sus países según esas fronteras, ganadas o perdidas con cada guerra, cambiaban.

Puede que los carteles se hayan aherrumbrado, pero no nuestras memorias. La generación de nuestros mayores sabe de lo que habla, pues jugó en los escombros dejados por lo que los historiadores han llamado “la larga guerra civil europea”, un conflicto que, con Francia y Alemania en su núcleo, comenzó en 1870 y terminó en 1945 dejando tras de sí dos guerras mundiales. Pero la siguiente generación también recordamos perfectamente cómo era un Europa dividida en dos por un “telón de acero”, en la expresión acuñada por Churchill. No olvidaremos nunca la impresión tan vívida que dejaba el paso de la Alemania Occidental a la Oriental, con el río alambrado, las estaciones de metro cerradas, los checkpoints de los aliados y el vacío desolador en torno a la puerta de Brandenburgo. Pero no se trataba sólo de la Europa Occidental y de la Europa Oriental, de la difícil coexistencia entre las democracias de un lado y los llamados “pueblos cautivos” de Europa Central y Oriental, que a pesar de sus anhelos de libertad cayeron del lado equivocado. Casi más sorprendente resulta hoy, retrospectivamente, que todas aquellas democracias pertenecientes a la (entonces) Comunidad Europea, que no sólo compartían valores políticos y sistemas económicos, sino que se habían conjurado para luchar codo con codo, espalda con espalda, en el marco de la Alianza Atlántica, tardaron tanto en derribar sus fronteras, unificar sus monedas y suprimir los controles fronterizos. Los jóvenes de hoy, que nacieron en la Europa libre posterior a la caída del muro, han incorporado con toda naturalidad a sus vidas la libertad de movimientos y el euro. Pero el mundo no se rige por los mismos criterios.

Alsacia y Lorena, Danzig, los Sudetes o el Danubio, fueron en su día los pivotes geopolíticos que cortaron a Europa en dos y la lanzaron a la guerra fratricida. Hoy, afortunadamente, ya no tienen ningún significado, habiéndose convertido en meros hitos históricos. Los europeos, pese a sus problemas, viven algo parecido, incluso mejor, a la “Pax Romana” que disfrutó Europa (y el Norte de África) entre la llegada de Augusto en el 27 antes de Cristo y la muerte de Marco Aurelio en el 180. Pero con una diferencia, mientras que la “romanización” se impuso a sangre y fuego y en contra de la voluntad de los pueblos que entonces habitaban Europa, y que fueron asimilados o desfigurados, en esta ocasión, la “Pax Europea” se ha logrado pacíficamente por la vía del derecho, la democracia y el respeto a la identidad de los pueblos.

Es importante recordar que las fronteras que retratan estas fotografías no se extinguieron, ni desaparecieron por muerte natural, sino que cayeron, fueron derribadas por las mismas personas a las que habían pretendido encerrar. El muro de Berlín, cuya desaparición hemos celebrado hace ahora un días, cayó por la voluntad de los ciudadanos de la Alemania Oriental, que ante la imposibilidad de votar con sus manos en urnas, optó por votar con sus pies y marcharse a pedir asilo en las embajadas alemanas u occidentales en Budapest y Praga. Y también por la visión de algunos líderes, como el entonces ministro de asuntos exteriores húngaro Gyla Horn, que personalmente, con una cizalla, cortó la alambrada que separaba Hungría de Austria, lo que significó la caída del régimen germano-oriental, incapaz ya de contener la riada de ciudadanos que quería marcharse. Si esas fronteras languidecen hoy es pues porque alguien, armado con una cizalla, un Tratado o una pancarta las hizo caer.

Eso explica que a los europeos a veces se les acusa de arrogancia, y de andar por el mundo dando lecciones a los demás sobre cómo deben hacerse las cosas. Y es probable que la critica sea justificada. Pero también, como muestran esas fotos, es legítimo que exista un orgullo europeo. Porque, con todas las dificultades, el proyecto ilustrado sigue vivo en Europa. Cuando Immanuel Kant habló de la “paz perpetua” entre los pueblos estaba apuntando a algo que se parece mucho a lo que la Unión Europea ha logrado.

Los británicos con su Armada, los franceses con los ejércitos napoleónicos, los alemanes con sus Panzerdivisionen; los europeos han consumido siglos intentándose dominar los unos a los otros. Ahora han encontrado un método mucho más sutil de invadir países: se llama “acervo comunitario” (aquis communautaire), como se denomina al catálogo de legislación comunitaria. Así pues, en lugar de invadir un país, la Unión Europea, que se ha hecho mayor y posmoderna, envía unas doscientas mil páginas de legislación que el país en cuestión tendrá que incorporar a su ordenamiento interno. Y pese a todo hay cola para entrar: Croacia, que se incorporará el año que viene; Turquía, que pese a las humillaciones y desdenes que recibe sigue intentando cerrar sus negociaciones de adhesión; a las que siguen Macedonia, Albania, Serbia, Montenegro, Bosnia-Herzegovina y Kosovo.

Esas son las próximas fronteras de Europa que, si el proyecto europeo sigue en pie, vamos a ver desaparecer. Son todavía fronteras “duras”, marcadas por los conflictos, pero en algún momento dejarán de serlo y podremos añadir las fotos al álbum.  Más allá quedará el espacio post-soviético, desde Bielorrusia en el Norte, la última dictadura de Europa, hasta el Cáucaso, plagado de conflictos congelados, pero también la orilla sur del Mediterráneo. Se trata de un mundo sólo a medias europeizado, con fronteras que son sólo porosas a medias y ciudadanos con frágiles o inexistentes libertades. Allí el álbum de fotos se torna más hostil: Marruecos y Argelia mantienen su frontera cerrada desde hace décadas; Israel y los palestinos persisten en el empeño del odio y exclusión; mientras que armenios, azeríes, rusos, georgianos, osetios, abjasios, ingusetios, chechenos no terminan de encontrar la manera de saltar por encima de sus fronteras y convertirlas en irrelevantes. Es una crítica común decir que Europa se ha convertido en un actor irrelevante a escala mundial. Siendo cierta en gran medida la crítica, estas fotografías muestran que la irrelevancia, si lo que significa es ver desaparecer las fronteras entre Estados y las divisiones entre personas, es una noble tarea a la que los demás también podrían dedicarse.

 Publicado en EL PAIS SEMANAL el 2 de diciembre de 2012