Posts Tagged ‘Consejo Europeo’

El error de Tsipras

8 abril, 2015

DIE_LINKE_Bundesparteitag_10._Mai_2014_Alexis_Tsipras_-1La Unión Europea, suele decirse, es un orden negociado. ¿No es esto contradictorio? Un orden es algo estable y cerrado, mientras que una negociación presupone algo abierto y en permanente cambio. ¿Cómo puede ser algo una cosa y a la vez su contraria? La respuesta correcta es: ¿y qué importa? ¿Qué necesidad hay de lamentarse porque algo que funciona en la práctica no lo haga en la teoría?

La Unión Europea funciona mejor de lo que se dice, especialmente teniendo en cuenta que lo hace sin modelo ni referencias. Todo lo bueno que ha logrado la UE se lo debe a su enorme flexibilidad: una y otra vez desde los comienzos de este proyecto tan singular hemos visto a los líderes europeos, agotados tras días y noches de negociaciones sin interrupción, estampar su firma en acuerdos que se suponían imposibles y que a decir de muchos suponían la cuadratura del círculo.

Así entró Grecia en las (entonces) Comunidades Europeas: mediante un acto político del Consejo Europeo, que creyendo imperativo apoyar el proceso de consolidación democrática tras el fin de la dictadura de los coroneles, pasó por encima del dictamen de la Comisión Europea, que en razón del pésimo estado de la economía griega había recomendado tomarse su adhesión con mucha, muchísima calma. En aquella ocasión, como en tantas otras en la historia comunitaria, las reglas del juego se retorcieron por una razón política superior y Grecia no sólo entró en la Unión a pesar de no cumplir los requisitos, sino que lo hizo cinco años antes que España y Portugal.

Buscar la razón política superior que hiciera deseable la extensión y modificación a favor de Grecia del programa de rescate debería haber sido la primera tarea de Tsipras y su Gobierno. No era una tarea en absoluto difícil pues su llegada al poder ha coincidido con un momento de rara unanimidad dentro de la Unión Europea en torno a los errores de diseño del euro, los excesos de la política de austeridad, las torpezas de la troika y el desproporcionado coste asumido por la ciudadanía griega.

Todo era viento en las velas para aliarse con un presidente de la Comisión con mala conciencia por su pasado y empeñado en políticas de estímulo, un presidente del Banco Central Europeo decidido a emprender una expansión monetaria sin precedentes sin importarle lo que dijera Alemania y unos Gobiernos en París, Roma y Madrid encantados de utilizar a Atenas para terminar de demoler los dogmas con los que Alemania asfixia el crecimiento económico.

Créanme, Tsipras lo tenía realmente fácil. Pero fuera por dogmatismo, mal asesoramiento o por perseguir otros fines, se ha empeñado en una confrontación absurda con sus socios. ¿El resultado de este despilfarro de capital político y moral? Que obtendrá la mitad de lo que hubiera podido lograr si hubiera actuado con inteligencia y flexibilidad, y al doble de precio. Una pena, sobre todo para los griegos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 26 de marzo de 2015

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Alemania, a la defensiva

19 octubre, 2012

Como Pulgarcito, Merkel dejó el texto del acuerdo del pasado junio sobre la recapitalización bancaria sembrado de miguitas que le permitieran volver a casa. Habría recapitalización, sí, pero solo cuando hubiera un mecanismo efectivo de supervisión de ámbito europeo, una decisión formal del fondo de rescate (el MEDE, un acuerdo del Eurogrupo y un memorándum de entendimiento fijando una condicionalidad estricta con el Estado en cuestión. Todo ello le ha permitido, a lo largo de los últimos meses, ir recogiendo todas esas miguitas e intentar desandar el camino. Primero intentó excluir a los bancos cuyos problemas fueran anteriores a la aprobación de esta decisión. Luego quiso excluir a los bancos y entidades de crédito medianos y pequeños, que son los que tienen mayores problemas. Más tarde, ha intentado postergar la entrada en vigor del acuerdo hasta 2014 y, por último, ha comenzado a filtrar la idea de que el mecanismo es ilegal dentro de los actuales Tratados. Esta actitud alemana es ciertamente irritante, sí, pero esconde una buena noticia: que tras la llegada de Hollande y la actuación combinada de Francia, España e Italia, Alemania está perdiendo la iniciativa. Sumado al varapalo que el FMI ha propinado esta semana a las políticas de austeridad a ultranza, Alemania no solo está a la defensiva, sino cada vez más aislada.

Cuando en el Consejo Europeo del pasado 29 de junio, la presión combinada de Hollande, Monti y Rajoy se hizo irresistible, Merkel aceptó la recapitalización directa de los bancos (españoles u otros) con cargo a los mecanismos europeos de rescate (FEEF o MEDE). Fue una victoria crucial, no solo porque conviniera a España, que de lo contrario tendría que hacer pasar los 40.000 millones de ayudas a los bancos por sus presupuestos, deteriorando aún más la calificación y sostenibilidad de su deuda, sino porque ponía la primera piedra para la constitución de una unión bancaria, es decir, un mecanismo integrado de supervisión, gestión y resolución de crisis bancarias a escala europea. Ese anuncio, junto con la decisión del BCE de aprobar un programa de compras de deuda en el mercado secundario, dieron un vuelco completo a la crisis del euro. Si hasta entonces los líderes europeos habían insistido una y otra vez en que no escatimarían esfuerzos ni recursos para impedir que el euro quebrara, pero no habían hecho lo suficiente para resultar creíbles ante los mercados, a partir de ahora quedaba claro que el euro no solo tenía la voluntad política sino los recursos financieros para hacer creíble dicha promesa.

¡Traición! Protestaron algunos en Alemania y en otras capitales, señalando que Merkel habría sido víctima de unos lobos hambrientos de dinero fresco con el que financiar sus deudas y, a la par, el BCE habría sucumbido a las presiones de los bancos centrales nacionales, que también comportándose como una manada de lobos, habrían logrado aislar al Bundesbank. Así pues, donde unos vimos un acto de liderazgo que salvaría al euro, otros vieron un acto de debilidad que llevaría a Alemania al peor y más temido escenario: una “unión de transferencias” en la que, vía una doble tenaza, los países viciosos transfirieran las deudas de sus bancos y sus Estados a los países virtuosos y, a cambio, los virtuosos transfirieran sus ahorros a los viciosos.

Pero la realidad es distinta. Si Merkel accedió a este doble acuerdo no fue porque tres abusones de patio de colegio la acorralaran. Si el acuerdo se impuso es porque España, Francia e Italia lograron establecer un principio general que inspiraría todas las decisiones posteriores: “la necesidad [imperativa, enfatiza el texto del acuerdo] de romper el círculo vicioso entre bancos y Estados”, algo imprescindible para que el euro pueda sobrevivir. Se trata de un principio esencial, pues prefigura una federación económica: al igual que en Estados Unidos, el Estado de California está quebrado, pero no traslada sus problemas al sector financiero o una quiebra bancaria no provoca una bancarrota de un Estado, la Unión Europea necesita cortafuegos que impidan el contagio entre bancos y Estados, lo que solo se puede lograr europeizando los mecanismos de supervisión y gestión de deudas, públicas y privadas. Que se haya tardado tanto tiempo en lograr que se adopte una decisión tan aparentemente de sentido común no es casualidad. En la Unión Europea, un principio es el instrumento de negociación más poderoso, la palanca más eficaz para desencadenar cambios que abran el paso a nuevas políticas. Por fin tenemos uno que es favorable a la vez a nuestros intereses como españoles y como europeos. Solo falta que se aplique.

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Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 19 de octubre de 2012

Un Tratado y un billón

5 marzo, 2012

Estos son los dos elementos sobre los que en estos momentos descansa el futuro de Europa. Los ritmos de su despliegue son muy reveladores de las asimetrías que dominan hoy la construcción europea pues, como se ha visto, resulta más fácil hoy en día que el Banco Central Europeo movilice un billón de euros en créditos que los Gobiernos puedan acordar y hacer entrar en vigor 16 artículos de un tratado. Sea como sea, el billón ya está en circulación; en cuanto al tratado, las cosas no están tan claras.

Irlanda ya ha anunciado que difícilmente podrá evitar someter ese texto a referéndum. Teniendo en cuenta el expediente ratificador dublinés (dos referendos, dos rechazos, dos crisis), la preocupación está más que justificada. Cierto que en las dos ocasiones anteriores (2001 y 2008), los Gobiernos irlandeses lograron finalmente ratificar los tratados por medio de un segundo referéndum. Y cierto que esta vez se ha puesto la venda antes que la herida para que el tratado pueda entrar en vigor con solo que 12 de los 17 miembros de la eurozona lo ratifiquen. Pero esto no agota ni mucho menos las consideraciones sobre la legitimidad y la eficacia de este proceso ni sobre las consecuencias que se derivarían de un eventual no irlandés.

El objeto de un referéndum es dejar en manos de la ciudadanía la posibilidad de elegir entre varias opciones. Pero para que los ciudadanos de una democracia puedan (auto)determinar su futuro se requiere que todas las opciones sometidas a consulta sean técnicamente posibles, políticamente viables y moralmente aceptables. Y lo que es más importante: que los ciudadanos entiendan y tengan claro de antemano cuales son las consecuencias que para ellos se derivarán de cada una de las opciones que se les someten. Si no se cumplen estas condiciones, un referéndum carece de sentido, que es exactamente lo que viene ocurriendo en la UE, donde los referendos se plantean como medios para la legitimación popular a posteriori de decisiones ya tomadas.

Eso explica por qué es tan difícil escapar a la impresión de que, en el ámbito europeo, los referendos no han venido poniendo en manos de la ciudadanía la capacidad de decisión sobre su futuro, sino que se han convertido en algo parecido a un test de inteligencia diseñado por los Gobiernos donde de lo que se trata es de averiguar la respuesta correcta. Por eso, cuando los electores han votado no, los Gobiernos han reaccionado pulsando el botón rojo (“respuesta incorrecta”) y han vuelto a someter la cuestión a consulta para que los ciudadanos presionen el voto verde (“respuesta correcta”).

Algo parecido podría volver a ocurrir en Irlanda, cuyos ciudadanos ya están siendo advertidos de que un no a este Tratado podría significar su salida del euro. ¿Por qué? ¿Con qué argumentos? Irlanda firmó y ratificó el Tratado de Maastricht que estableció la Unión Económica y Monetaria y posteriormente el Tratado de Lisboa, que no incluyen ninguna cláusula sobre una expulsión del euro. Si de lo que se trata es de que Irlanda no tendría acceso a los fondos del nuevo Mecanismo Europeo de Estabilidad, u otro tipo de consecuencias, explíquese claramente a los ciudadanos, junto con sus posibles alternativas, pero no se amenace a los ciudadanos con que el ejercicio de su libre albedrío democrático podría llevar al colapso económico de Irlanda o, incluso, al estallido final y ruptura definitiva de la eurozona porque eso significa que no existe una elección entre alternativas y, en consecuencia, es absurdo celebrar un referéndum.

La Unión Europea no es una democracia, sino una demoi-cracia, es decir, está formada por varios demos o pueblos, lo que significa que carece de un sujeto político único que se pueda pronunciar clara e unívocamente sobre su futuro. Por eso, como los acuerdos se adoptan en la esfera supranacional pero los referendos se celebran en el ámbito nacional y de forma desconectada entre sí, los ciudadanos de cada país no solo no se autodeterminan a sí mismos, sino que exportan las consecuencias de sus decisiones a terceros, impidiendo que los demás puedan autodeterminarse.

Planteados así, los referendos son un callejón sin salida: no permiten hacer avanzar a la UE (luego no son eficaces), ni tampoco legitiman democráticamente la construcción europea. Por tanto, cuando son favorables, el resultado se descuenta y se atribuye a la falta de alternativas, mientras que cuando son desfavorables, se convierten en un mecanismo de deslegitimación ya que por la vía de protocolos o negociaciones adicionales se termina logrando que lo que salió por la puerta, vuelva a entrar por la ventana. Por tanto, si de preguntar a la ciudadanía se trata, que se haga como medio de lograr una Europa más eficaz y más democrática, no desde la soberbia ni desde la resignación.

Publicado en elpais internacional, 1 de marzo de 2012

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