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El auge de la geo-economía

27 enero, 2012

En el mundo del siglo XX, dominado por la guerra fría, las capacidades militares constituían la principal vara de medir del poder de los Estados, por encima del poder económico. De hecho, el componente militar tenía un papel tan central que con un gasto en defensa suficientemente elevado algunos Estados podían disfrutar de un gran poder internacional sin contar necesariamente con una base económica conmensurable. En ese mundo, descrito como una mesa de billar en la que los Estados chocaban frecuentemente unos con otros, los Estados competían por la supremacía o la supervivencia de acuerdo con una lógica de suma-cero en la que las ganancias de uno eran vistas como las pérdidas de otro y viceversa.

Con el fin del siglo y la desaparición de la lógica de enfrentamiento entre superpotencias nos permitimos pensar en un mundo mucho más pacífico y, a la vez más próspero, articulado en torno a los mercados y centrado en el comercio y en las inversiones. Así, la vieja mesa de billar en la que unas bolas chocaban con otras se transformaría en una red, una malla en la que los intereses económicos de los Estados se entrelazarían de forma inextricable de acuerdo con una lógica de suma-positiva en la que todos se beneficiaran a un tiempo.

Pero esa “feliz globalización” que los liberales nos prometían, en la que la apertura de mercados nos traería la interdependencia y esta desplazaría definitivamente la lógica de conflicto en las relaciones internacionales, no ha terminado de cuajar. El éxito económico de China e India, junto con el auge de otras economías (Brasil, Rusia, etcétera), viene señalando desde hace más de una década un intenso desplazamiento de poder desde Occidente hacia el resto del mundo. Mientras Europa y Estados Unidos crecían, aunque lo hicieran más lentamente que los emergentes, no hubo muchos motivos para la preocupación. Pero la crisis financiera iniciada en 2008 ha introducido un cambio importante en las percepciones occidentales, pues ha convertido una tendencia a largo plazo en un desafío a corto plazo. En 2003 se dijo que China alcanzaría a EE UU en 2041; en 2008, que sería en 2027, hoy jugamos con la fecha de 2018.

Este adelanto en el calendario de la convergencia económica entre Occidente y el resto está despertando los instintos de poder y competición de los Estados, que pensábamos superados. Así, la llamada pax mercatoria está siendo sustituida progresivamente, o al menos comenzando a coexistir, con una lógica de rivalidad geoeconómica en la que los Estados consideran los flujos económicos desde una óptica de seguridad nacional, es decir, como un instrumento de poder. En esa lógica de competencia entran los recursos naturales, desde la energía hasta los alimentos, pasando por los minerales raros, pero también, lógicamente, el comercio, las inversiones directas, los movimientos de capital, los tipos de cambio, las reservas de divisas, los fondos soberanos o las propias instituciones internacionales, como el G-20 o el FMI, que también son objeto de pugna y contestación.

En todos esos ámbitos, la lógica de intercambio se va sustituyendo por una de control y acceso. Al contrario que en una dinámica de mercado, donde la capacidad de acceso a un bien está marcado por el precio, en esta dinámica de rivalidad geoeconómica el acceso a estos bienes está profundamente influido por consideraciones políticas, de tal manera que los Estados vuelcan su acción diplomática, y militar si fuera necesario, sobre la capacidad de mantener el acceso a estos bienes o de evitar que se les impida su acceso a ellos.

Esto no significa necesariamente que el conflicto bélico entre Estados sea más probable que antes, pero sí nos obliga a fijarnos en el hecho de que la interdependencia, aunque haga el conflicto más costoso, no significa la disolución de las rivalidades entre Estados, especialmente si no viene acompañada de normas comunes que obliguen a todos y garanticen el acceso a los mercados a todos por igual. En la década pasada, el hecho de que la globalización debilitara la capacidad de los Estados fue visto como un gran problema. Pero hoy, paradójicamente, lo que vemos es la proliferación de Estados (como China y Rusia) con un exceso de soberanía. Estados que utilizan los mercados de forma selectiva para reforzar su poder y su autonomía política, pero que no aceptan sus reglas: limitan la inversión extranjera, restringen las importaciones y se niegan a liberalizar sus tipos de cambio. Algunos de ellos, además, utilizan ese poder económico para reprimir a sus ciudadanos y privarles de libertad. Por eso, tanto para salir de la crisis actual como para evitar el auge de las rivalidades geoeconómicas, es necesario reintroducir una lógica de apertura de mercados y cooperación económica entre emergidos (ellos) y sumergidos (nosotros).

Publicado en el Diario El PAIS el 27/01/2012.

Ver también entrada con datos complementarios en Café Steiner”.

China se democratizará

30 diciembre, 2011

Es tiempo de dejar atrás un año lleno de malas noticias y buscar algo con lo que ilusionarse, aunque sea vanamente. Ríanse si quieren de la ingenuidad de la siguiente afirmación, pero he decidido apostar a que 2012 (el año del dragón) será el año que traiga la democracia en China. No es que disponga de ninguna información que los demás desconozcan, ni que sea un experto sinólogo. Al contrario: esta predicción está basada más en sospechas e intuiciones que en datos. Para colmo, confieso que saber poco de China no me parece un problema insuperable. Al fin y al cabo, los cientos de sovietólogos al servicio de la CIA fueron incapaces de predecir el colapso de la Unión Soviética y, de igual manera, los derrocamientos de Ben Ali, Mubarak y Gadafi estaban completamente fuera del radar de los expertos en el mundo árabe. ¿Por qué iba a ser diferente en este caso?

Para poder predecir la democratización de China, se necesitan varias cosas (además de algo de osadía). Primero se necesita un marco analítico en el que pueda encajar esa predicción. Sin duda, la teoría de los “cisnes negros” popularizada por Nicholas Taleb nos permite dar un primer paso: como comprobara EE UU el fatídico 11-S, demasiado a menudo confundimos lo altamente improbable con lo imposible. En otras palabras: no descontemos el poder de las cosas que desconocemos.

Lo segundo que se necesita es “conectar los puntos”. Es lo que también falló en EE UU el 11-S cuando nadie fue capaz de unir los puntos que conectaban informaciones fragmentarias. Retrospectivamente, se vio que toda la información estaba encima de la mesa, pero que nadie fue capaz de interpretarla correctamente. Esto significa que nuestros déficits no suelen ser de información, sino cognitivos, y que tenemos suficientes datos, incluso demasiados, pero pocas o inadecuadas herramientas para interpretarlos.

En el caso de China, el número de puntos es tan numeroso que merece la pena comenzar a pensar en cómo se podrían conectar. Hay un punto evidente llamado Ai Weiwei. Cuando un artista crítico de renombre internacional es detenido, incomunicado y humillado durante 49 días sin que se conozcan los cargos, sin derecho a un abogado y es finalmente acusado de un burdo delito fiscal, sabemos que el sistema tiene un problema. No uno, sino bastantes, como atestigua Liu Xiaobo, el premio Nobel de la Paz encarcelado por pedir la democracia en un manifiesto (la Carta 08).

Tendemos, sobre todo los historiadores y científicos sociales, a subestimar el papel de los individuos, porque nos gusta creer en los procesos históricos y las estructuras. Sin embargo, Václav Havel o Mohamed Buazizi, por mencionar dos ejemplos muy recientes, deberían ponernos sobre aviso acerca de lo que unos pocos individuos pueden desencadenar cuando pierden el miedo. Los billetes que han aterrizado en el patio de la casa de Ai Weiwei para ayudarle a pagar su multa son otro de esos puntos, como lo es que un régimen aparentemente tan poderoso se ponga tan nervioso que llegue a suprimir de Google la palabra “jazmín”. Los habitantes de la ciudad de Wukan, que se han levantado tras morir bajo custodia policial en extrañas circunstancias el líder de sus protestas contra las expropiaciones ilegales, son otro punto a conectar. Como lo son las miles de personas que viajan a Pekín acogiéndose a una tradición peticionaria para pedir justicia y son apaleadas y deportadas. Merece la pena recordar también a los padres y madres de los 5.000 niños fallecidos por culpa de los defectos de construcción de las escuelas arrasadas por el terremoto de Sichuan: cuando se han organizado para protestar por algo tan evidente, en lugar de disculpas y compensaciones, han sido coaccionados y amenazados y sus abogados detenidos. Las 180.000 protestas que se contabilizaron el año pasado en China ofrecen otro dato: cierto que no son protestas en contra del sistema y a favor de la democracia pero sí que tienen un carácter político. Muy probablemente, la mayoría de las personas que protestan en estos actos tienen demandas muy concretas, careciendo de aspiraciones democráticas en el sentido más formal del término. Pero qué duda cabe de que la respuesta de las autoridades a sus demandas les convertirá en demócratas toda vez que les convencerá de que el problema no está en los individuos que detentan el poder, sino en la raíz de un sistema basado en la impunidad que en lugar de servir a sus ciudadanos los humilla, y en lugar de servirlos, se sirve de ellos. Y como 2011 nos ha enseñado a lo que puede llevar la humillación, he hecho un pacto con mis amigos sinólogos: si acierto no reclamaré ningún mérito, y si me equivoco serán benévolos y no me lo tendrán en cuenta. Al fin y al cabo, es Navidad, tiempo de burbujas (democráticas).

EL PAÍS  –  Internacional – 23-12-2011