Posts Tagged ‘China’

Cuatro mundos

11 noviembre, 2014

guerra_de_trincheras“Si su artículo comienza con ‘desde el fin de la Guerra Fría’ no se moleste en enviarlo”. Así comenzaban las instrucciones para potenciales contribuyentes que la revista Foreign Policy incluía en sus páginas hace sólo una década cuando lanzó su edición española. Dicho en otras palabras, el consenso hace diez años era que la Guerra Fría era historia antigua y que nada de ella se proyectaba sobre el presente.

El siglo XIX había terminado en 1914, se nos decía, y el siglo XXI había comenzado en 1989. Desde esa óptica, los atentados del 11-S en septiembre de 2001 no eran sino la confirmación de que el siglo XXI iba a estar dominado por la unipolaridad militar (con una sola hegemonía, Estados Unidos), y la multilateralidad económica, con múltiples países en emergencia, especialmente en Asia (China, India), pero también en América Latina (Brasil, México). En ausencia de un nombre mejor y haciendo alarde de poca imaginación, decidimos llamar a esta situación “pos- Guerra Fría”.

Hoy, una década más tarde,nos hemos visto debatiendo sobre dónde estábamos. ¿Estamos en 1914, en el preludio de un nuevo conflicto global, esta vez desencadenado en Asia por las tensiones entre China y sus vecinos? A favor del planteamiento jugaría el hecho de que, recordemos, 1914 probó que la interdependencia económica no siempre es una garantía de paz. Al revés, desde las guerras del Peloponeso, sabemos que las rivalidades y recelos que genera el ascenso de unos suele generar tensiones, realineamientos estratégicos e, incluso, errores de cálculo que pueden llevar al conflicto a pesar de que los actores no lo busquen deliberadamente. Por tanto, ojo con la combinación de nacionalismo, autoritarismo e irredentismo: el Mar de la China meridional podría convertirse en la cuenca del Ruhr del siglo XXI.

No, nos dicen otros, fundamentalmente en Europa Central y Oriental y los países bálticos: estamos en 1938, y el problema es que no comprendemos que el hecho de que Crimea no sea importante estratégicamente no es lo relevante. Lo que importa, dicen, es que si no entendemos correctamente la lógica expansionista y afirmativa de una Rusia que se siente humillada por cómo se cerró la Guerra Fría, no entenderemos que debemos plantar cara a Moscú, trazar una línea roja y renunciar al apaciguamiento. Por tanto, al igual que un Hitler resentido con el Tratado de Versalles entendió la cesión de los Sudetes como una luz verde para proseguir con sus ambiciones territoriales, Putin interpretará nuestra debilidad en Ucrania como una señal de debilidad que le permita restaurar el territorio y el honor de una Rusia herida. Como el propio Putin ha declarado recientemente en un discurso pronunciado en el Foro Valdai en Sochi, la URSS se disolvió sin que ni siquiera se firmara un Tratado especificando la posición de Rusia en la pos Guerra Fría.

Para un tercer grupo no estaríamos en 1938 sino en 1945, al comienzo de una nueva Guerra Fría, obligados a pensar cómo contener las ambiciones imperialistas de Rusia, esta vez disfrazadas de nacionalismo étnico y aupadas en el petróleo y el gas, pero evitando un devastador conflicto militar. Debemos combinar pues las sanciones y el aislamiento con acuerdos de coexistencia, pero sin mezclarnos.

Y para concluir, la confusión es tal, fíjense, que hay quienes incluso dicen que estamos en 2014, y que ni 1914, 1938 o 1945 sirven para entender nada de lo que nos está pasando. Y tienen razón: 25 años después de la caída del Muro, seguimos sin saber en qué mundo vivimos.

Publicado en el Diario ELPAIS el 5 de noviembre de 2014

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Cisnes chinos

10 octubre, 2014

cisne_negro001“No necesitamos gases lacrimógenos, ya estamos llorando”, se lee en uno de los paraguas de las decenas de miles de manifestantes que han ocupado las calles de Hong Kong para pedir democracia. ¿Bastarán unas cuantas frases ingeniosas para hacer temblar a uno de los sistemas políticos que más férreamente controla la información que recibe la ciudadanía? Eso es lo que parece pensar gente como Joshua Wong, el joven estudiante de 17 años que se ha convertido en uno de los líderes del movimiento estudiantil de Hong Kong y que con sólo 15 años ya lideró la protesta contra el intento de Pekín de introducir en el currículum escolar una grosera educación patriótica. Como se esperaba, el Gobierno chino atribuye todo a una conspiración exterior, pero Wong nació el mismo año en el que el territorio dejó de ser colonia británica así que estamos ante una protesta hondamente arraigada que no va a amainar fácilmente.

Ingenuidad e ingeniosidad. Dos tecnologías low cost total. ¿Será eso todo lo que se necesita para doblegar a un régimen que cuenta con el apoyo de un Ejército de más de dos millones de soldados, cientos de miles de policías y una increíble capacidad de bloquear las redes sociales? Gente como Wong nos hacen volver a ilusionarnos con la idea de que hay valores que son universales, intrínsecos a la naturaleza humana y válidos independientemente de la etnia, cultura, religión o geografía en la que nos encontremos. Si, permitámonos soñar en alto, China se democratizara, esto significaría la liberación de 1.350 millones de personas, es decir, de una de cada cinco personas del planeta y, más dramáticamente aún, de más de la mitad de los 2.467 millones de personas que todavía hoy viven, por desgracia, en países no libres.

Volviendo a la realidad; sólo por la derrota intelectual de la doctrina del excepcionalismo chino, que nos dice que ese país y la democracia son incompatibles, y del relativismo cultural, que sostiene que los asiáticos tienen valores distintos, ya habrían valido la pena estas manifestaciones. Pero hay más, pues la democratización de China tendría tales consecuencias geopolíticas que podemos describirla utilizando la analogía del cisne negro, popularizada por Nicholas Taleb para referirse a aquellos acontecimientos inesperados que cambian por completo nuestra manera de entender y, por tanto, de enfrentarnos a la realidad. Porque si China se democratizara, todos los supuestos que hemos construido sobre cómo será el siglo XXI se vendrían abajo, para bien. Naturalmente, muchos problemas seguirían, y también enfrentaríamos nuevos desafíos, pero qué duda cabe de que estaríamos ante un escenario internacional radicalmente distinto.

No sabemos qué pasará, pero sí que sabemos, o por lo menos deberíamos haber aprendido de la experiencia, que nuestra incapacidad de prever el futuro no lo hace menos probable. Al revés, como ocurrió con el fin de la Unión Soviética, la caída del muro de Berlín o los ataques del 11-S, da la impresión de que los cisnes negros son más probables cuanto menos se piense en ellos. Así que hagamos como que no nos estamos enterando de lo que está pasando en Hong Kong y crucemos los dedos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 3 de octubre de

El nuevo desorden mundial

3 octubre, 2014

Congress_of_ViennaAl final, el verano de 2014 se ha resistido al fatídico emparejamiento con 1914 que algunos proponían. Pero nadie le podrá negar a este largo y caluroso verano sus méritos: como hace 100 años, agosto ha sido temporada alta para los cañones. Los conflictos son conocidos (Ucrania, Gaza, Irak, Siria y Libia): lo que cuesta es imponerles una jerarquía que haga justicia a su magnitud y a consecuencias. Cada uno de esos conflictos nos ha dejado encima de la mesa un doble desafío: el de la pérdida de vidas humanas, ya grave de por sí; y, en paralelo, la demolición de algunos de los soportes sobre los que se asienta el orden internacional.

Cada vez más, los conflictos que enfrentamos, y los que lamentablemente parece que enfrentaremos en el futuro, se caracterizan por una asimetría muy descarnada entre sus repercusiones, que nos alcanzarán de lleno aunque nos abstengamos de involucrarnos en ellos, y nuestras posibilidades de actuación, que quedan mucho más allá de nuestras capacidades políticas o militares. Eso explica, sirva de ejemplo, que no sólo lamentemos el trágico destino de las minorías del norte de Irak sometidas a una brutal campaña de limpieza étnica por parte de los yihadistas del Estado Islámico, sino que en nuestro fuero interno lamentemos aún más saber que la eventual ayuda que les proporcionemos no restaurará el orden en la región. Armar a los kurdos o lanzar ataques aéreos contra los yihadistas son decisiones inevitables, pero no recompondrán el dividido y maltrecho Estado iraquí ni cimentarán un eventual proceso de paz en Siria.

Las dificultades que experimentamos con el orden tienen su foco principal en el factor estatal. Por un lado tenemos Estados que se desordenan y por otro Estados que niegan el orden internacional y sus normas, es decir, que desordenan a los demás. Las amenazas que plantean así como sus motivaciones son muy distintas, pero confluyen en un único punto: el estrechamiento progresivo del orden liberal internacional vigente, un proceso que puede acabar en un estrangulamiento completo y la apertura de un periodo prolongado de anarquía y conflicto internacional.

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Rojos de vergüenza

28 enero, 2014

vergüenzaEl escándalo de las fortunas ocultas de la élite china admite dos lecturas. Una primera y obvia, el reproche ético y la indignación por la hipocresía e impunidad del Partido Comunista Chino, que considera su país como una barra libre en la que enriquecerse sin límite. Es cierto que las reformas emprendidas por Deng Xiaoping y continuadas por sus sucesores han sacado a varios cientos de millones de personas de la pobreza, pero también es evidente que lo han hecho a costa de unas desigualdades sociales extremas y privando de derechos políticos y civiles a uno de cada cinco habitantes del planeta. Con todo lo que repugna la corrupción, hay algo peor aún en las revelaciones que hemos conocido gracias a los Chinaleaks: la evidencia de la formación de una oligarquía basada en vínculos familiares donde los padres tienen el poder político y los hijos y cuñados el poder económico. Como en el caso de Asia Central, parece que las repúblicas comunistas no necesariamente utilizan el capitalismo para evolucionar hacia democracias de mercado, sino que pueden darse la vuelta y, con la excusa de la liberalización económica, regresar a un sistema aparentemente de libre mercado pero en la práctica de corte feudal-hereditario. ¿Qué futuro tiene un país donde el crecimiento económico no trae la democracia, priva de derechos, aumenta la desigualdad y donde el mérito y capacidad son sustituidos por los lazos de sangre y la corrupción?

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Regreso a 1914

15 diciembre, 2013

19141914-2014. El año que termina nos dejará delante de una efeméride de importancia: el centenario de la I Guerra Mundial. No fue una guerra: fue un suicido colectivo. Político, pues los imperios (prusiano, ruso, austro-húngaro, turco, británico y francés) desaparecieron o entraron en decadencia. Económico, pues la Europa de 1914 representaba más de un tercio de la economía mundial, umbral que nunca ha vuelto ni, previsiblemente, volverá a alcanzar. Y también moral, porque los europeos arrojaron por la borda los valores de la Ilustración, primero en las trincheras y luego, en esa secuela de la Gran Guerra que fue la II Guerra Mundial, en Auschwitz. Por suerte, del centenario de la decadencia europea podemos salvar con mucha honra la segunda mitad. Dulce decadencia, pues la Europa de la posguerra que no cayó bajó el dominio soviético o quedó atrapada en el autoritarismo, inició un proceso de reconciliación e integración que garantiza que, en un par de semanas, 2014 sea solo un aniversario, no una advertencia.

Paradójicamente, donde sí nos preocupa, y mucho, el aniversario de la Gran Guerra es en Asia, no en Europa. ¿Se parece la Asia de 2014 a la Europa de 1914? Sí, en algunas dimensiones importantes. Primero, y ante todo, en la combinación de Estados fuertes, economías pujantes e identidades nacionales muy homogéneas. Segundo, en la existencia de disputas territoriales, rivalidades históricas no superadas y culturas políticas muy nacionalistas. Esa combinación se mostró letal en 1914. ¡Un momento!, dirán algunos, ¿qué pasa con el crecimiento económico y la democracia? ¿No son factores de paz? Lamentablemente, la historia demuestra que la interdependencia económica puede agudizar, no aliviar, los conflictos. Europa es un buen ejemplo: en 1914 los flujos de comercio e inversión entre los europeos eran superiores en términos relativos a los de 2000, es decir, la Europa de 1914 estaba más integrada económicamente que la de 2000 y, aun así, fue a la guerra. Y respecto a la democracia, la evidencia empírica nos ofrece una conclusión tranquilizadora y a la vez perturbadora: que las democracias raramente van a la guerra entre ellas, pero son igual de proclives a ir a la guerra contra dictaduras como las dictaduras entre ellas.

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Hagel y Kerry vuelven a Asia

11 enero, 2013

SwiftBoatSi el Senado confirma los nombramientos de Obama para los puestos de secretario de Defensa y de Estado, durante los próximos cuatro años, la acción exterior de EE UU estará dirigida por dos veteranos de la guerra de Vietnam. El Ejército más poderoso del mundo —con 570.000 soldados en activo y un presupuesto de 533.000 millones de euros que representa el 59% del gasto mundial en defensa— será dirigido por Chuck Hagel, sargento responsable de un pelotón en la 9ª División de Infantería desplegada en el delta del Mekong entre 1967 y 1968. A su lado, en el Departamento de Estado, tendrá como responsable de la diplomacia del país más influyente del mundo a John Kerry, teniente de navío a cargo de una patrullera fluvial en la bahía de Cam Rahn durante 1968-1969. Aunque en 2004, durante su campaña presidencial, un grupo de veteranos intentó desacreditar el historial militar de Kerry cuestionando las acciones que le valieron las más importantes medallas que concede el Ejército (el Corazón Púrpura, la Estrella de Bronce y la Estrella de Plata), las hojas de servicio de ambos demuestran que vivieron la guerra de Vietnam no solo en primera línea, sufriendo emboscadas y ataques, sino en toda su crudeza, asistiendo a la muerte de numerosos compañeros y sufriendo ellos mismos heridas de diversa consideración.

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Mao, el mal y el mercdo

2 diciembre, 2012

PCChTres “m” que reflejan el debate que está teniendo lugar en estos momentos entre los intelectuales chinos y que podría resumirse en una pregunta muy sencilla, pero de gran calado: ¿quién ha hecho más daño a China: Mao o el mercado?

A un lado está la nueva izquierda, que critica las inmensas desigualdades y la injusticia social en la que han derivado las reformas económicas emprendidas por Deng Xiaoping en 1978. Sí, dicen, China ha sacado a tantos millones de personas de la pobreza que si no fuera por ella, la pobreza en el mundo habría aumentado en lugar de disminuido. Pero lo ha logrado a costa de unos índices de desigualdad que no solo superan a EE UU, sino que hacen que en realidad China se parezca más a Arabia Saudí. ¿Por qué Arabia Saudí? Por la fractura social existente entre unas clases tan privilegiadas como corruptas y los millones de chinos que viven como inmigrantes extranjeros en su propio país.

Al otro lado está la nueva derecha, que considera el Estado un ente confiscatorio de la propiedad privada que impide la libertad económica y el crecimiento. Desde su punto de vista, los males actuales de China se originan en la timidez de las reformas económicas, la tibieza con la que los líderes salientes han aplicado la liberalización económica y la resistencia a abrazar por completo la lógica de mercado. Según ellos, un poderoso lobby formado por funcionarios públicos, cuadros locales del Partido Comunista Chino (PCCh) y empresarios privados habría logrado capturar las estructuras estatales, enquistarse en el centro del sistema, enriquecerse a costa de la corrupción y bloquear satisfactoriamente las reformas económicas que les harían perder sus privilegios y sus fortunas.

Es sobre el trasfondo de esos debates sobre los que adquiere sentido la purga de Bo Xilai, el recientemente defenestrado líder del PCCh en Chongqing y aspirante (frustrado) al Comité Permanente del partido. Porque si el asunto que llevó a la expulsión de Bo Xilai del PCCh era personal (la implicación de su mujer en el asesinato de un súbdito británico por desavenencias), las referencias críticas que con motivo de esa expulsión se hicieron a Mao y la colectivización desbordan las motivaciones personales y apuntan al deseo de la nueva derecha y el lobby empresarial de poner en cuarentena las políticas sociales que Bo desarrolló en Chongqing. Estas políticas, articuladas en torno a la regulación de la propiedad de la tierra y los permisos de residencia para los inmigrantes, han frenado los abusos de los funcionarios locales, los cuadros del partido, los promotores urbanísticos y los empresarios, que en otras partes de China son omnipotentes a la hora de confiscar tierras, entregar suelo público a empresarios afines al partido y negar servicios sociales básicos a los trabajadores provenientes de las zonas rurales. Hasta qué punto la caída en desgracia de Bo significará la marginación del experimento llevado a cabo en Chongqing a favor de otros modelos, es difícil de decir. Para la nueva derecha, el modelo a seguir es el de Guangdong, basado en la liberalización de la economía y el aumento de las exportaciones. Aunque genere desigualdades sociales, los liberales piensan que estas pueden ser corregidas a posteriori con políticas redistributivas, siempre que estas no obstaculicen el crecimiento.

Lo relevante de este debate es la constatación de que al menos en un sector de la élite china existen preocupaciones que podemos compartir y debates en los que podemos participar desde nuestra experiencia. ¿Cuánto y cómo crecer? ¿Cómo corregir las desigualdades asociadas a la liberalización económica? ¿Qué grado de cohesión social es necesario para hacer funcionar correctamente una economía de mercado y, también, un sistema político (aunque sea autoritario)? Frente a los que sostienen que China es diferente y que no podemos entenderla con nuestras categorías, estos debates nos muestran que compartimos mucho más de lo que pensamos. Ni nosotros ni los chinos tenemos las respuestas, pero constatar que tenemos preguntas y preocupaciones parecidas es un primer y muy importante paso. En nuestra experiencia histórica, la democracia surge como resultado de la aceptación del mercado por parte de la izquierda como un mal menor y del Estado de bienestar por parte de la derecha como otro mal menor. Paradójicamente, es esta suma de dos males menores la que convierte a la democracia en un bien mayor. Ojalá China también descubra que la democracia puede ser el punto de equilibrio entre aquellos que recelan del Estado y los que sospechan del mercado.

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Publicado en la edición impresa del diario ELPAIS el 30 de noviembre de 2012

El poder de la identidad

28 septiembre, 2012

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A un lado, el mundo árabe y musulmán en pie de guerra contra Estados Unidos y Francia por los videos y viñetas sobre Mahoma. A otro, China y Japón sacando pecho patriótico y ejercitando el músculo naval a costa de unos minúsculos islotes. Vuelven las identidades y llaman a rebato, haciendo saltar por los aires los delicados equilibrios construidos a costa de mucho tiempo y esfuerzo. Dentro de EE UU, se acusa a Obama y a su política de mano tendida al mundo árabe y musulmán de ser una reedición en versión islamista del apaciguamiento practicado por Chamberlain y Daladier contra el totalitarismo nazi. Al tiempo, en muchos países musulmanes se pide también firmeza contra lo que describen como una agresión sistemática a su religión desde Occidente. Dentro de China los hay que piensan que ha llegado la hora de poner fin al “ascenso pacífico” y ejercer como la gran potencia que es. Mientras, en Japón también se critica al Gobierno por mirar hacia otro lado y dejar que los chinos se crezcan. No son mayoría, pero gritan más, y su mensaje es siempre el mismo: principios sacrosantos, identidades amenazadas, agravios históricos, humillaciones intolerables, líneas rojas…

El resurgir de la identidad pone en entredicho dos supuestos centrales sobre los que construimos nuestras expectativas sobre el orden internacional. Por un lado, tendemos a dar por hecho que vivimos en un mundo interdependiente económicamente donde los actores se comportan racionalmente con el fin de maximizar los beneficios materiales que se derivan de esa interdependencia. Siendo esto cierto, no se puede ser tan ingenuo como para pensar que los beneficios económicos que trae la globalización son suficientes por sí solos para garantizar la paz entre los Estados. Como vimos en 1914, la interdependencia económica no logró frenar la escalada hacia la Primera Guerra Mundial, sino que incluso la aceleró. En Europa, en Asia, vemos con preocupación cómo los nacionalismos y las fricciones económicas entre países se retroalimentan mutuamente.

El otro supuesto que queda en entredicho por este resurgir de la identidad tiene que ver con la democracia. Se suponía que una vez desaparecida la URSS, no había ninguna forma alternativa de organización política a la democracia. Y es en gran parte cierto. El Islam no es una alternativa a la democracia: la única teocracia que merece tal nombre, Irán, es un fracaso que nadie ha querido replicar y que sobrevive sólo a cuenta de su capacidad de manipular la hostilidad exterior. ¿Y qué decir de China, donde los manifestantes antijaponeses portan un retrato de Mao, mantenido como icono por el régimen a pesar de que su gran salto adelante y su revolución cultural costaran la vida a millones de chinos?

También de modo ingenuo, solemos pensar que la interdependencia llevará al bienestar económico y que este traerá el progreso político. Y puede que históricamente sea cierto, pero los baches y altibajos de esa relación son demasiado profundos y están demasiado llenos de victimas como para pensar que se trata de un proceso automático. Como Rusia o China muestran, el nacionalismo puede lograr que la emergencia de una clase media y una economía desarrollada sean condiciones necesarias, pero no suficientes, para la aparición de la democracia.

Que la democracia no tenga alternativa no quiere decir que no tenga enemigos. El nacionalismo y la religión, en sus formas extremas, son los principales. Y ahí es donde comienza la paradoja. Porque a pesar de que el liberalismo no asignara ninguna importancia a las identidades, hoy sabemos que un sentimiento de identificación colectivo (sea religioso o nacional) puede ser fundamental para asegurar la cohesión social y el buen funcionamiento de un sistema político. Las sociedades homogéneas, étnica o religiosamente, tienen menos problemas para alcanzar acuerdos inter o intrageneracionales, es decir, para sostener a sus mayores, garantizar la igualdad de oportunidades a sus jóvenes y ejercer la solidaridad entre clases sociales o territorios. Pero a su vez, se prestan más a la manipulación de esos sentimientos de identificación. En una sociedad plural, religiosa o étnicamente, el poder suele estar repartido y los acuerdos suelen requerir procesos largos y amplios consensos. Los Países Bajos son quizá la mejor prueba de cómo un país que, en razón del solapamiento de las diferencias religiosas con las geográficas, no debería existir, ha logrado una convivencia ejemplar entre católicos y protestantes. Al otro lado del globo, Malaisia nos demuestra de qué forma es posible alcanzar una convivencia de musulmanes, chinos e indios con umbrales de tolerancia recíproca muy elevados. De Estados Unidos a China, pasando por Japón o Egipto, la identidad puede ser, a la vez, un pegamento social y un disolvente de la convivencia. Por eso es un factor de poder imposible de obviar.

Publicada en la edición impresa del Diario ELPAIS el 21 de septiembre de 2012

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Prisioneros del partido

23 marzo, 2012

En diciembre pasado fueron numerosos los analistas que señalaron que, dada la coincidencia de las elecciones estadounidenses con el relevo de la cúpula del poder en China, 2012 sería un año clave para la política mundial. Como se señala a menudo con ironía en el mundo de los analistas, predecir los acontecimientos, especialmente si se trata del futuro, es particularmente complicado. Bien, pues esta vez parece que no andaban muy desencaminados.

A un lado de este G-2 informal constituido por Estados y China que parece, si no gobernar el mundo, por lo menos determinar en gran medida su destino, sabemos de las dificultades de Obama para lograr su reelección y, también, de los problemas de Mitt Romney para asegurarse la candidatura republicana. Gracias a los medios de comunicación y al carácter democrático y abierto de la política estadounidense, vamos siendo informados puntualmente de qué posiciones adoptan los candidatos sobre los temas más relevantes, desde la reforma fiscal a la interrupción voluntaria de embarazo o la política internacional, quiénes los apoyan y financian y en qué contradicciones incurren.

Al otro lado del G-2, es decir, en China, las cosas no pueden ser más diferentes, y no pueden marcar mejor el contraste entre esos dos mundos tan absolutamente diferentes como condenados a entenderse. Allí, en lugar de “elecciones”, se celebran “selecciones”. La renovación de la cúpula comunista, en sí un gran mérito, tiene lugar mediante el procedimiento de cooptación entre las elites del partido. Hasta ahora, al igual que el auge de China se ha venido vistiendo de “ascenso pacífico” y “desarrollo armonioso”, el proceso de renovación del liderazgo se ha vendido como un proceso de deliberación colectivo basado en el principio de mérito y orientado a la búsqueda de la sabiduría colectiva.

Esa farsa ya estaba bastante en entredicho, no sólo por razones de sentido común, sino por la doble paradoja que supone que conozcamos antes de iniciarse el proceso quién va a ser el sustituto del actual presidente Hu Jintao y, al tiempo, por el hecho de que desconozcamos absolutamente todo sobre cuál es la visión política y programa del hombre (Xi Jinping) destinado a gobernar los destinos del segundo país más influyente de la tierra. No deja de ser asombroso que las decenas de artículos publicados sobre Xi Jinping coincidan en señalar que, pese a que conozcamos perfectamente su biografía, lo desconocemos todo sobre sus planes. Por tanto, frente a EEUU, donde estamos perfectamente acostumbrados a saber quiénes son los candidatos, pero no quién será el presidente, en China ocurre exactamente al revés: sabemos quién será el Presidente pero desconocemos quiénes eran los candidatos y con qué ideas ganaron la candidatura.

Es por esa razón que la defenestración la semana pasada de Bo Xilai, el populista secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh) en Chongqing, uno de los candidatos al Comité Permanente del Politburó, el órgano que realmente gobierna China, hace tanto daño al régimen. Frente al ideal de desarrollo armónico y de gobierno basado en la deliberación, la caída en desgracia de Bo Xilai pone de manifiesto un viejo axioma de la política en los regímenes autoritarios: cuando suprimes la competición política entre partidos, la trasladas al partido único, y cuando la suprimes dentro del partido, la trasladas a la cúpula del partido, donde degenera en una lucha de facciones. En una declaración bastante explícita para lo que suele ser común allí, el primer ministro Wen Jiabao ha advertido de que sin reforma política las reformas económicas peligran, e incluso ha blandido la amenaza de una nueva revolución cultural.

Zhao Ziyang, secretario general del partido en tiempos de Tiananmen, cuenta en su libro, “Prisionero del Estado”, cómo en 1989 las elites del Partido dieron un golpe de estado, le expulsaron del poder y acabaron mandando a los tanques contra unos estudiantes desarmados que se manifestaban, paradoja, en memora de Hu Yaobang, otro secretario general del Partido defenestrado por su corte reformista. Por eso, aunque la advertencia y deseos de Wen Jiabao puedan ser sinceros y estén cargados de razón, su recomendación sobre la reforma política es sin duda inviable: él mismo, y su sucesor, Xi Jinping, son la prueba de que sólo aquellos que se disfrazan de tecnócratas, ocultan sus preferencias, flotan como los corchos y construyen el poder en la sombra llegan a la cúpula. Todos los demás, desde el ingenuo de Zhao Ziyang hasta el demagogo Bo Xilai, son la prueba de que el Partido sólo teme a una cosa: a sus divisiones internas, y que está dispuesto a todo con tal de sofocar cualquier atisbo de competición por el poder que no sea gestionada ordenadamente por los que ya detentan el poder. Las élites, y no sólo los chinos, son también prisioneros del partido. Por eso la reforma desde dentro es imposible.

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Publicada en el Diario EL PAIS el 23/03/2012

 

¿Qué hacer con China?

17 febrero, 2012

¿Contener? ¿Acomodar? ¿Democratizar? Estas son las tres preguntas que Obama se hace mientras escucha con atención a su interlocutor, que está destinado a ser el próximo líder de ese inmenso país. Obama y Xi Jinping. Dos hombres unidos por el destino de sus naciones en el siglo XXI. Que para su reunión en el Despacho Oval hayan elegido idéntico atuendo (traje negro, camisa blanca, corbata azul) no deja de resultar revelador. En el fondo son tan distintos como iguales. Como EE UU y China, Obama y Xi Jinping representan la antítesis del otro: uno el hijo de una antropóloga y de un keniano musulmán; el otro, un príncipe de la dinastía comunista que gobierna ese país con mano de hierro capitalista. Pero, a la vez, representan a las dos naciones más poderosas del planeta, una pugnando por ascender, otra por no descender. Nada refleja mejor lo que es y será este siglo que esa instantánea: el siglo XXI ya es un siglo asiático, solo falta saber si EE UU podrá mantener su supremacía y seguir siendo la única superpotencia o si se verá obligado a compartir el podio con China.

Visto desde Washington, el ascenso de China se plantea en forma de un interesantísimo debate. Por un lado están los partidarios de la contención. Son los clásicos halcones, herederos de la escuela realista de las relaciones internacionales. Que China sea comunista o deje de serlo no importa mucho: creen que las relaciones internacionales son una lucha de poder en la que todos los Estados tienen intereses permanentes, independientemente de su ideología. Según crezca, argumentan, sus intereses entrarán en conflicto con los de sus vecinos y chocarán con ellos. Por tanto, EE UU deberá equilibrar el poder de China, tanto diplomática como militarmente, estableciendo alianzas con todos aquellos que contemplen el auge de China con preocupación (Japón, Corea del Sur, Filipinas, Vietnam e India) y reforzando su despliegue militar y capacidad de proyección de fuerza en el Pacífico. Recomendación a Obama: más y mejor diplomacia, nuevas bases navales en Asia, más y mejores armas para mantener una ventaja militar decisiva y mucho cuidado con las relaciones económicas.

A la vez, por el otro oído, le llegan a Obama las voces de los partidarios de acomodar el ascenso de China. Contener a China no es una buena idea, argumentan; será costoso, probablemente inútil y seguramente contraproducente ya que alimentará el victimismo y el irredentismo de los chinos. Los intereses de China, nos dicen, son tan legítimos como los de cualquier otro y, además, tienen cabida si se encauzan adecuadamente. El auge de China, sostienen, está beneficiando extraordinariamente a EE UU desde el punto de vista económico: los flujos de comercio, inversión y deuda entre los dos países demuestran que el ascenso de uno no se está haciendo a costa del otro. Apple, que diseña y desarrolla en EE UU, pero monta sus productos en China, sería la prueba visible de que esta sinergia no solo existe sino de que se salda a favor de Estados Unidos. Por eso, concluyen, el papel de EE UU debe ser el lograr socializar a China y convertirla en una potencia responsable, tanto en lo económico, abriendo sus mercados, dejando fluctuar su divisa, como en lo relativo a la gobernanza global, contribuyendo a la seguridad internacional y adaptando su ayuda al desarrollo a las normas internacionales. Conclusión: cuanto más rica sea China, más tendrá que perder y más interesada estará en no antagonizar a nadie.

Y todavía están, en tercer lugar, los que cuestionan ambas estrategias. El foco de nuestra relación con China, nos advierten, no debe situarse en su política exterior, pues esta es una consecuencia de su política interior. Tampoco en acomodar su crecimiento porque, por la misma razón (la política interior), no tenemos ninguna garantía de que ese ascenso sea pacífico. Tanto la aspiración de condicionar su política exterior como la de orientar su desarrollo económico da por hecho que el Partido Comunista es y será el único actor político relevante durante las próximas décadas. Sin embargo, sostienen, el futuro de China no se dilucidará en los portaaviones de unos o de otros que surquen el Pacífico, ni tampoco en las fábricas que ensamblan los teléfonos de ultimísima generación, sino en la capacidad de maduración de su sociedad civil. Aunque fragmentada y forzadamente despolitizada, es la clase media china la que decidirá cuándo y cómo forzar una apertura política del régimen y, eventualmente, una democratización del país que convierta a China en un vecino próspero y fiable. A largo plazo, avisan, la democracia y los derechos humanos son la mejor inversión: por tanto, EE UU debería ser firme y no dejarse ni amedrentar ni seducir. Realistas, liberales, idealistas. ¿A quién hará caso Obama?