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España no será obstáculo

13 junio, 2015

1241000474100Es difícil pensar en dos países cuyas trayectorias de llegada a la UE puedan ser más opuestas que las que representan España y Reino Unido. En el caso de España, nuestra adhesión a la (entonces) Comunidad Europea supuso la culminación de los anhelos de varias generaciones, históricamente cercenadas de la posibilidad de incorporarse a la corriente de paz, democracia y progreso que se abría al norte de su frontera pirenaica. De ahí el intenso, orgulloso y entusiasta proceso de europeización en el que la sociedad española, sus fuerzas políticas, sus empresarios, sus intelectuales y sus sindicatos se embarcaron, primero en 1978 con la aprobación de la Constitución, y luego a partir de 1986 con la formalización de la adhesión.

En el caso de Reino Unido, la llegada a la UE, en lugar de ofrecer un logro histórico en torno al cual construir un relato de orgullo nacional, significó una doble derrota: primero, la de un imperio que decía adiós a todos sus territorios de ultramar, y segundo, el reconocimiento del fracaso de la tentativa de organizar los asuntos europeos en torno a un modelo rival al puesto en marcha por el Tratado de Roma, el de la asociación europea de libre comercio (EFTA).

Todo ello explica que desde países como España no se entienda fácilmente por qué el deseo de ser miembros de la UE, para nosotros tan simple e intuitivo incluso a pesar de la reciente crisis y la aplicación de duros ajustes y políticas de austeridad, pueda ser motivo de tantas complicaciones para los británicos. Esta incomprensión no implica que España vaya a representar un obstáculo para David Cameron a la hora de negociar un mejor acuerdo con la UE. Al contrario que en otras capitales europeas, donde sí que se percibe algo de inquina y bastante hartazgo ante las piruetas y tacticismos de David Cameron.

España no tiene un especial interés en ponérselo difícil al primer ministro británico. Eso no quiere decir que Cameron vaya a tenerlo fácil. En Madrid, como en otras capitales, habrá cierta flexibilidad a la hora de negociar excepciones con las que acomodar a Reino Unido; en esto los británicos son especialistas y los demás ya están acostumbrados. Pero España no va a aceptar sin más la pretensión británica de forzar a todos sus socios a negociar un tratado que requiera ratificaciones parlamentarias o referendos en los Estados miembros, pues eso supondría abrir la caja de los truenos de la opinión pública que tanto costó cerrar en la década pasada.

España tampoco simpatiza con la idea de retorcer principios fundamentales como la libre circulación de personas hasta que sean irreconocibles. Así pues, en los próximos meses, Cameron intentará convencer a sus socios europeos de que los británicos están dispuestos a irse si no se accede a sus demandas. Mientras, sus socios intentarán convencer a Cameron de que no le pueden dar lo que pide. La cuestión es a quién creerán los votantes británicos: a un Cameron que dirá haber logrado un acuerdo histórico, o a unos líderes europeos que dirán que no le han dado nada importante.

Publicado en el suplemento “Europa” del diario ELPAIS el 31 de mayo de 2015

Quien siembra hostilidad, recoge indiferencia

23 diciembre, 2012

torybullDesde que llegara al poder en 2010, el primer ministro británico, David Cameron, ha ido enredándose progresivamente en la tela de araña europea. Habrá quien quiera buscar las culpas en el continente acudiendo a los manidos tópicos al uso (“los franceses nos odian”, “los alemanes nos envidian”) pero la realidad es que el mérito es exclusivamente del propio Cameron, que no ha perdido una oportunidad de perder una oportunidad de mejorar las relaciones entre el Reino Unido y la UE. A base de sucesivos manotazos, tanto dentro del Reino Unido como en sus relaciones con sus colegas europeos, ha terminado por comprometerse a convocar un referéndum sobre Europa que no tiene muchas posibilidades de ganar.

Con unas dobles elecciones a la vista en 2014, nacionales y europeas, la cuestión europea se ha convertido en una seria amenaza a su supervivencia política. Según las encuestas, tres de cada cuatro británicos sienten poca o ninguna vinculación con la Unión Europea, lo que no augura un buen resultado. Pero las complicaciones de Cameron no solo tienen que ver con una opinión pública gélida como un témpano respecto a la UE: dentro de su propio partido, un 63% de los militantes es partidario, sin más, de retirarse de la Unión y entre sus votantes Europa despierta una hostilidad tan manifiesta que, en un hipotético referéndum, sólo un 29% votaría a favor de permanecer en la UE. Eso explica que quiera a toda costa evitar que ese referéndum se articule en torno a una pregunta sencilla y directa sobre si quedarse o marcharse en la UE. La contradicción es tal que, aquello que Cameron ha exigido a los nacionalistas escoceses (una pregunta clara sobre la independencia, no tres opciones confusas y difíciles de gestionar) es algo que no puede exigirse a sí mismo en relación con Europa, pues muy probablemente saldría derrotado.

Cameron tendría más posibilidades de lograr una victoria si lograra someter a los votantes la aprobación de una “relación mejorada” entre el Reino Unido y la UE previamente negociada entre ambas partes. El problema es que esa relación mejorada es muy difícil de llenar de contenido práctico pues el Reino Unido ya disfruta de un gran número de privilegios en su relación con la UE, estando ya autoexcluido de numerosos ámbitos (desde la libertad de circulación de personas a la política social pasando por el euro). Añadir más excepciones es teóricamente posible, pero su importancia sería marginal y difícilmente configurarían algo que pudiera ser descrito como una nueva relación con Europa que pudiera entusiasmar a los votantes y superar la desconfianza innata que tienen sobre todo lo europeo. Máxime cuando además la prensa y los eurofóbicos del Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP) harían trizas dicho acuerdo ante la opinión pública buscando rédito electoral.Cameron olvida además la lección de su humillación en el Consejo Europeo de diciembre de 2011, cuando su amenaza de vetar el nuevo Tratado Fiscal si no se protegían los intereses de la City fue respondida por el resto de miembros con un Tratado intergubernamental que excluye al Reino Unido y que por tanto Londres no puede vetar.

Durante décadas, la diplomacia británica ha trabajado con la filosofía de que los intereses del Reino se defendían mejor desde dentro que desde fuera de la UE. Paradójicamente, aunque el Reino Unido no era parte del euro, la bonanza económica asociada a su primera década de vida convirtió a la capital de un país que no era miembro del euro en el centro financiero de Europa. Ahora, la crisis del euro y los avances hacia una unión más completa, con un pilar bancario, fiscal y económico, van a poner fin a esa anomalía histórica. A partir de 2013, Cameron dedicará grandes energías a buscar una nueva relación entre Londres y Bruselas que evite la salida del Reino Unido de la UE pero, como es evidente, encontrará en el resto de líderes europeos una disposición muy pequeña a regalarle una gran victoria personal. Unos serán hostiles, los más indiferentes, y casi ninguno simpatizará con sus pretensiones. Pero eso no es lo central: al final del día, lo que los ciudadanos británicos voten en un referéndum no importará mucho. Cameron no parece entender algo tan fundamental como que el tiempo del Reino Unido como actor central en la UE ha llegado a su fin y que cada día que pasa, el Reino Unido es menos miembro de la Unión Europea. No es por tanto el Reino Unido el que decidirá si marcharse de la UE o quedarse, sino que es la UE la que, por la vía de los hechos, está dejando al Reino Unido fuera de la UE. Cameron puede retrasar o acelerar ese progreso pero no detenerlo.

 Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 23 de diciembre de 2012

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Brexit

26 octubre, 2012

Primero fue Grexit, la combinación de Greece (Grecia) y exit (salida). Ahora es Brexit o Brixit para referirse a una posible salida del Reino Unido de la UE (British exit). El Reino Unido, donde el año que viene unos celebrarán y otros lamentarán el cuarenta aniversario de su adhesión a la UE, se encuentra con que el Canal de la Mancha, que le separa del continente física, mental y políticamente, se está ensanchando de forma irreversible. Y no tanto porque el Reino Unido haya cambiado de posición, que lo ha hecho desde la llegada de David Cameron al poder, sino sobre todo porque el continente se ha puesto en marcha, dejando al Reino Unido atrás. Para los diplomáticos británicos, que han dedicado décadas a entretejer una relación entre Londres y Bruselas que garantizara al Reino Unido un máximo de influencia con, a la vez, un mínimo de cesión de soberanía, se trata sin duda de una debacle de primera magnitud.

Tras una década de reformas institucionales, existía en Europa un amplio consenso acerca de que el Tratado de Lisboa (2009) marcaba el máximo de integración al que llegaría la UE. La UE a 27, se pensaba, era tan grande y tan diversa que había tocado techo, lo cual convenía sumamente a los intereses del Reino Unido, siempre receloso de ir hacia más integración. Pero, además, de forma mucho más beneficiosa para Londres, la desafección hacia el proyecto europeo mostrado en países como Francia o Países Bajos, ambos miembros fundacionales de la UE, permitía conjurar un segundo peligro: el de que se estableciera una Europa rígidamente dividida en un núcleo altamente integrado y una periferia fragmentada e inconexa en donde habitarían los estados miembros que no quisieran o pudieran seguir el ritmo de integración de los demás y optaran por salirse o no sumarse a determinadas políticas (la libre circulación de trabajadores, el euro, la política social o la política de defensa).

Ese statu quo permitía al Reino Unido estabilizar sus relaciones con la UE en un punto cómodo y previsible, beneficiarse económicamente de ser el centro financiero de un continente cuya moneda no compartía y hacerse valer como socio de primer orden en política exterior y de seguridad. Todo este diseño se ha ido al garete como consecuencia de la crisis financiera abierta en 2008. Por un lado, la Unión Europea ha iniciado un proceso de centralización económica precisamente en torno al elemento que más separa al Reino Unido de Europa, el euro, al que Londres nunca podrá sumarse dada la existencia de una sólida mayoría interna en contra de dar ese paso. Pero el problema de Londres no es permanecer al margen de la unión bancaria, fiscal y económica que, de facto, convertirá a la UE en una federación económica, sino lograr que las normas que regularán esa unión no le afecten negativamente, especialmente a su potente sector financiero. La respuesta no es fácil; aunque el Consejo puede reunirse en formación euro y tomar medidas sólo para sus miembros, la Comisión y el Parlamento Europeo no pueden dividirse en dos y gobernar o legislar sólo para los miembros de la eurozona. En una unión más integrada Londres tendrá que aceptar las decisiones que se tomen, aunque le perjudiquen, o marcharse, pero no podrá, como en el pasado, liderar selectivamente aquí y bloquear allí para maximizar su influencia.

Todo esto ocurre, para agravar las cosas, en paralelo a un cambio fundamental en el trasfondo geopolítico europeo. Europa siempre ha sido un equilibrio a tres entre Londres, París y Berlín, cada uno con sus diferentes visiones económicas y de política exterior, lo que abría múltiples posibilidades de colaboración y negociación. Pero ahora, el desplazamiento de poder hacia Alemania, tanto debido a su éxito económico como a la marginalización creciente de Francia y la imparable irrelevancia europea del Reino Unido (que ya ni siquiera consigue, como antaño, aglutinar a los socios de Europa Central y Oriental), significa que la Unión Europea se está articulando como un núcleo fuertemente integrado en la esfera económica bajo hegemonía política y normativa alemana. Hace una década, Schröder en Alemania y Blair en Reino Unido, compartían una agenda reformista. Hoy, por el contrario, sus sucesores conservadores, Merkel y Cameron, carecen de una agenda común y tampoco comparten una visión de política exterior y de seguridad que les pudiera mantener unidos por fuera del euro. El resultado está a la vista: el primo anglo y la prima sajona se dan la espalda y se marchan cada uno por su lado.

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Publicado en la edición impresa del Diario ElPAIS el 26 de octubre de 2012