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¡Que se ahoguen!

11 noviembre, 2014

cadaveres-recuperados-Lampedusa_MDSVID20131007_0038_3Después de la tragedia de Lampedusa en octubre del año pasado, con más de 500 inmigrantes ahogados, la Marina italiana puso en marcha un sofisticado dispositivo de salvamento marítimo. La operación Mare Nostrum ha permitido rescatar de las aguas del Mediterráneo a más de 100.000 personas, una impresionante cifra que quintuplica la del año 2013 y que se explica por el desbordamiento en el número de conflictos en nuestra vecindad (y nuestra inacción respecto a ellos), desde Libia hasta Irak pasando por Siria, pero también en el Cuerno de África (Eritrea, Somalia) o la República Centroafricana y Sudán del Sur.

A punto de concluir dicha misión, la Unión Europea se dispone a sustituir a la Marina italiana poniendo en marcha una operación propia, de nombre Tritón. Pero esta semana hemos aprendido, cortesía del Gobierno británico, que los dispositivos de salvamento marítimo en el Mediterráneo son un estímulo para la inmigración irregular, ergo el Gobierno de Su Majestad renuncia a financiarlos. Hay que reconocer la impecable lógica de este argumento: cuantos más inmigrantes se ahoguen y más peligrosa sea la travesía hacia Europa, menos se atreverán a embarcarse. Siguiendo la misma lógica, España podría electrificar las vallas de Ceuta y Melilla o, mejor aún, como hicieron los alemanes orientales en el muro de Berlín, instaurar sistemas de disparo automático. Es cierto que los primeros inmigrantes que intentaran saltarlas sufrirían graves quemaduras, morirían o quedarían gravemente heridos, pero qué duda cabe de que a largo plazo, el número de intentos de saltar la valla se reduciría.

Algo extraño pasa en el Reino Unido cuando un primer ministro educado en el elitista college de Eton se permite competir en populismo con un chabacano amante de las pintas de cerveza y las frases gruesas como Nigel Farage, el líder del UKIP, que propone la salida del Reino Unido de la UE y brama en público contra las hordas de criminales rumanos y búlgaros que como consecuencia de la libertad de circulación de personas habrían tomado las calles.

Lo grave es que no estamos ante un hecho aislado. El Gobierno de David Cameron está sopesando su retirada de la Convención Europea de Derechos Humanos, una medida que ni siquiera Putin se ha atrevido a tomar. Arguye el Gobierno británico que ni los jueces ni el Parlamento británico deben aceptar ninguna autoridad superior, ni siquiera en materia de derechos humanos, un argumento soberanista contra el derecho internacional que, de nuevo, muy bien podría sostener el propio Putin.

Esta semana también hemos visto a Cameron encenderse en público contra la noticia de que el Reino Unido deberá contribuir más al presupuesto de la UE. No es inquina contra Londres lo que explica este aumento sino el resultado de la pura aritmética y de las reglas de juego (el PIB del Reino Unido ha crecido y como las contribuciones son proporcionales, Londres tiene que pagar más), pero Cameron dice que no pagará. De ser la cuna del liberalismo, el imperio de la ley, la democracia parlamentaria y el respeto a las reglas del juego, David Cameron Unido está llegando a la cumbre del pensamiento populista y xenófobo. Todo ello desde los mejores colegios de elite. Increíble pero cierto.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes el 31 de octubre de 2014

¿Quién gobierna en Europa?

30 mayo, 2014

?????????????????????????????????????????????????????????????????“¿Quién gobierna?” es la pregunta central de la que arranca la reflexión politológica. “Somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a derecho sobre la cosa pública”, dijo en el 431 a.C. un Pericles orgulloso. A lo que se sumó Lincoln en 1863 con su clásica definición de la democracia como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, todavía hoy vigente en el artículo 2 de la Constitución francesa. La respuesta en ambos casos es la misma: nosotros nos gobernamos.

Aplicada a Europa, esa pregunta sobre la democracia no tiene una respuesta clara. ¿Quiénes somos nosotros?, es decir, ¿dónde esta el pueblo (demos)? Y quién nos gobierna?, es decir, ¿dónde está el poder (cratos)? ¿Gobierna la Comisión? ¿el Consejo? ¿Alemania? ¿la Troika? ¿el Banco Central Europeo? ¿los mercados? El problema no es sólo la respuesta, sino la pregunta. Porque si en una democracia la pregunta de quién gobierna no tiene una respuesta clara, no se puede hacer responsable a quien gobierna de los errores cometidos, ni controlar sus acciones, ni implicarse en la elección de representantes democráticos, ni confiar en la separación de poderes, ni articular la opinión pública o crear espacios para la deliberación.

El sentido último de las elecciones es elegir a los que gobernarán y legislarán en nuestro nombre. Nuestro voto, expresión última de la soberanía de una nación y de la igualdad entre sus ciudadanos, tiene una doble función: premiar o castigar a los que nos han gobernado y designar a los que nos gobernarán, señalándoles cómo queremos que nos gobiernen. Ello requiere que existan alternativas, y que los que gobiernen puedan llevarlas a cabo. Pero si como hemos experimentado y experimentamos de forma creciente en los últimos años, las alternativas no existen, se difuminan o simplemente son inviables, entonces la democracia se vacía de significado. Echar a los malos gobernantes está bien, es el gran avance histórico que ha supuesto la democracia. Pero lograr que se gobierne al servicio de la mayoría es lo que da el sentido último.

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El túnel

30 mayo, 2014

tunelEn los comienzos, hace sesenta años, el túnel por el que tenía que transitar el proyecto de integración europeo era muy ancho. Allí cabían los federalistas, pero también los llamados intergubernamentalistas, partidarios de compartir soberanía pero sin diluir a los Estados-nación. Cabían las derechas, mayoritariamente democratacristianas, partidarias de combinar la economía de mercado con el gasto social; los liberales y el empresariado, entusiasmados con la profundización de los mercados; y la socialdemocracia, deseosa de, por fin, poder gobernar y redistribuir la riqueza hacia las clases trabajadoras. Esa coalición proeuropea incluía también a los partidos comunistas, que no por casualidad eligieron llamarse eurocomunistas, y a los sindicatos, atraídos por la promesa de un capitalismo social. Todos compartían la visión del pasado formulada por Robert Schuman en la declaración fundacional de la Unión Europea (“Europa no se hizo, y fue la guerra”) y una visión optimista de un futuro en el que todos ganarían.

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Asedio al Parlamento Europeo

17 noviembre, 2013

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Con la crisis, las fuerzas populistas, especialmente las de extrema derecha xenófoba, están ganando fuerza. Este auge preocupa ante la perspectiva de que estos partidos aprovechen las elecciones europeas de mayo de 2014 para reforzarse políticamente en un momento sumamente delicado para la construcción europea. Alarman Francia y el Reino Unido, incluso Italia, pues entre los tres eligen un gran número de eurodiputados, pero también países medianos y pequeños, desde Holanda a Suecia, pasando por Grecia, Dinamarca, Austria, Finlandia o Bélgica, donde los radicales son cada vez más visibles.

Hasta la fecha, el principal problema del Parlamento Europeo ha venido de la incapacidad de frenar la continua caída en la participación, que en 2009 se quedó en un desolador 46%. Pero en esta ocasión lo que inquieta es si los euroescépticos aprovecharán la desmovilización de los europeístas para llenar el Parlamento Europeo de eurófobos, contribuyendo a paralizar o deslegitimar la institución. Hay tres escenarios que podrían materializarse, los tres muy preocupantes.

Un Parlamento que se odie a sí mismo

El más grave sería un Parlamento dominado por los euroescépticos, no tanto porque con su número lograran ser mayoritarios, lo cual es muy improbable, sino porque logren condicionar las acciones de los demás partidos, bien obligándoles a adoptar políticas coincidentes con sus intereses o bien haciendo imposible que los demás avancen y aprueben legislación en temas cruciales. No hablamos de hipótesis sino de fenómenos que ya venimos observando: la reducción constante del presupuesto europeo, el frenazo a los procesos de ampliación, las resistencias a introducir a Rumanía y Bulgaria en el acuerdo de Schengen y la decisión tomada después de la tragedia de Lampedusa de posponer cualquier medida sobre inmigración hasta después de las elecciones son medidas que hablan de la capacidad del populismo euroescéptico de fijar tanto la agenda como de influir en algunas políticas clave. Como ocurre con el Tea Party en EE UU, el resultado sería un Parlamento que se deslegitimara día a día a la vista de los ciudadanos y que, aunque ruidoso y hasta circense, en último extremo terminara por ser irrelevante.

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