Posts Tagged ‘Asia’

Regreso a 1914

15 diciembre, 2013

19141914-2014. El año que termina nos dejará delante de una efeméride de importancia: el centenario de la I Guerra Mundial. No fue una guerra: fue un suicido colectivo. Político, pues los imperios (prusiano, ruso, austro-húngaro, turco, británico y francés) desaparecieron o entraron en decadencia. Económico, pues la Europa de 1914 representaba más de un tercio de la economía mundial, umbral que nunca ha vuelto ni, previsiblemente, volverá a alcanzar. Y también moral, porque los europeos arrojaron por la borda los valores de la Ilustración, primero en las trincheras y luego, en esa secuela de la Gran Guerra que fue la II Guerra Mundial, en Auschwitz. Por suerte, del centenario de la decadencia europea podemos salvar con mucha honra la segunda mitad. Dulce decadencia, pues la Europa de la posguerra que no cayó bajó el dominio soviético o quedó atrapada en el autoritarismo, inició un proceso de reconciliación e integración que garantiza que, en un par de semanas, 2014 sea solo un aniversario, no una advertencia.

Paradójicamente, donde sí nos preocupa, y mucho, el aniversario de la Gran Guerra es en Asia, no en Europa. ¿Se parece la Asia de 2014 a la Europa de 1914? Sí, en algunas dimensiones importantes. Primero, y ante todo, en la combinación de Estados fuertes, economías pujantes e identidades nacionales muy homogéneas. Segundo, en la existencia de disputas territoriales, rivalidades históricas no superadas y culturas políticas muy nacionalistas. Esa combinación se mostró letal en 1914. ¡Un momento!, dirán algunos, ¿qué pasa con el crecimiento económico y la democracia? ¿No son factores de paz? Lamentablemente, la historia demuestra que la interdependencia económica puede agudizar, no aliviar, los conflictos. Europa es un buen ejemplo: en 1914 los flujos de comercio e inversión entre los europeos eran superiores en términos relativos a los de 2000, es decir, la Europa de 1914 estaba más integrada económicamente que la de 2000 y, aun así, fue a la guerra. Y respecto a la democracia, la evidencia empírica nos ofrece una conclusión tranquilizadora y a la vez perturbadora: que las democracias raramente van a la guerra entre ellas, pero son igual de proclives a ir a la guerra contra dictaduras como las dictaduras entre ellas.

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Hagel y Kerry vuelven a Asia

11 enero, 2013

SwiftBoatSi el Senado confirma los nombramientos de Obama para los puestos de secretario de Defensa y de Estado, durante los próximos cuatro años, la acción exterior de EE UU estará dirigida por dos veteranos de la guerra de Vietnam. El Ejército más poderoso del mundo —con 570.000 soldados en activo y un presupuesto de 533.000 millones de euros que representa el 59% del gasto mundial en defensa— será dirigido por Chuck Hagel, sargento responsable de un pelotón en la 9ª División de Infantería desplegada en el delta del Mekong entre 1967 y 1968. A su lado, en el Departamento de Estado, tendrá como responsable de la diplomacia del país más influyente del mundo a John Kerry, teniente de navío a cargo de una patrullera fluvial en la bahía de Cam Rahn durante 1968-1969. Aunque en 2004, durante su campaña presidencial, un grupo de veteranos intentó desacreditar el historial militar de Kerry cuestionando las acciones que le valieron las más importantes medallas que concede el Ejército (el Corazón Púrpura, la Estrella de Bronce y la Estrella de Plata), las hojas de servicio de ambos demuestran que vivieron la guerra de Vietnam no solo en primera línea, sufriendo emboscadas y ataques, sino en toda su crudeza, asistiendo a la muerte de numerosos compañeros y sufriendo ellos mismos heridas de diversa consideración.

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¿Qué hacer con China?

17 febrero, 2012

¿Contener? ¿Acomodar? ¿Democratizar? Estas son las tres preguntas que Obama se hace mientras escucha con atención a su interlocutor, que está destinado a ser el próximo líder de ese inmenso país. Obama y Xi Jinping. Dos hombres unidos por el destino de sus naciones en el siglo XXI. Que para su reunión en el Despacho Oval hayan elegido idéntico atuendo (traje negro, camisa blanca, corbata azul) no deja de resultar revelador. En el fondo son tan distintos como iguales. Como EE UU y China, Obama y Xi Jinping representan la antítesis del otro: uno el hijo de una antropóloga y de un keniano musulmán; el otro, un príncipe de la dinastía comunista que gobierna ese país con mano de hierro capitalista. Pero, a la vez, representan a las dos naciones más poderosas del planeta, una pugnando por ascender, otra por no descender. Nada refleja mejor lo que es y será este siglo que esa instantánea: el siglo XXI ya es un siglo asiático, solo falta saber si EE UU podrá mantener su supremacía y seguir siendo la única superpotencia o si se verá obligado a compartir el podio con China.

Visto desde Washington, el ascenso de China se plantea en forma de un interesantísimo debate. Por un lado están los partidarios de la contención. Son los clásicos halcones, herederos de la escuela realista de las relaciones internacionales. Que China sea comunista o deje de serlo no importa mucho: creen que las relaciones internacionales son una lucha de poder en la que todos los Estados tienen intereses permanentes, independientemente de su ideología. Según crezca, argumentan, sus intereses entrarán en conflicto con los de sus vecinos y chocarán con ellos. Por tanto, EE UU deberá equilibrar el poder de China, tanto diplomática como militarmente, estableciendo alianzas con todos aquellos que contemplen el auge de China con preocupación (Japón, Corea del Sur, Filipinas, Vietnam e India) y reforzando su despliegue militar y capacidad de proyección de fuerza en el Pacífico. Recomendación a Obama: más y mejor diplomacia, nuevas bases navales en Asia, más y mejores armas para mantener una ventaja militar decisiva y mucho cuidado con las relaciones económicas.

A la vez, por el otro oído, le llegan a Obama las voces de los partidarios de acomodar el ascenso de China. Contener a China no es una buena idea, argumentan; será costoso, probablemente inútil y seguramente contraproducente ya que alimentará el victimismo y el irredentismo de los chinos. Los intereses de China, nos dicen, son tan legítimos como los de cualquier otro y, además, tienen cabida si se encauzan adecuadamente. El auge de China, sostienen, está beneficiando extraordinariamente a EE UU desde el punto de vista económico: los flujos de comercio, inversión y deuda entre los dos países demuestran que el ascenso de uno no se está haciendo a costa del otro. Apple, que diseña y desarrolla en EE UU, pero monta sus productos en China, sería la prueba visible de que esta sinergia no solo existe sino de que se salda a favor de Estados Unidos. Por eso, concluyen, el papel de EE UU debe ser el lograr socializar a China y convertirla en una potencia responsable, tanto en lo económico, abriendo sus mercados, dejando fluctuar su divisa, como en lo relativo a la gobernanza global, contribuyendo a la seguridad internacional y adaptando su ayuda al desarrollo a las normas internacionales. Conclusión: cuanto más rica sea China, más tendrá que perder y más interesada estará en no antagonizar a nadie.

Y todavía están, en tercer lugar, los que cuestionan ambas estrategias. El foco de nuestra relación con China, nos advierten, no debe situarse en su política exterior, pues esta es una consecuencia de su política interior. Tampoco en acomodar su crecimiento porque, por la misma razón (la política interior), no tenemos ninguna garantía de que ese ascenso sea pacífico. Tanto la aspiración de condicionar su política exterior como la de orientar su desarrollo económico da por hecho que el Partido Comunista es y será el único actor político relevante durante las próximas décadas. Sin embargo, sostienen, el futuro de China no se dilucidará en los portaaviones de unos o de otros que surquen el Pacífico, ni tampoco en las fábricas que ensamblan los teléfonos de ultimísima generación, sino en la capacidad de maduración de su sociedad civil. Aunque fragmentada y forzadamente despolitizada, es la clase media china la que decidirá cuándo y cómo forzar una apertura política del régimen y, eventualmente, una democratización del país que convierta a China en un vecino próspero y fiable. A largo plazo, avisan, la democracia y los derechos humanos son la mejor inversión: por tanto, EE UU debería ser firme y no dejarse ni amedrentar ni seducir. Realistas, liberales, idealistas. ¿A quién hará caso Obama?

El auge de la geo-economía

27 enero, 2012

En el mundo del siglo XX, dominado por la guerra fría, las capacidades militares constituían la principal vara de medir del poder de los Estados, por encima del poder económico. De hecho, el componente militar tenía un papel tan central que con un gasto en defensa suficientemente elevado algunos Estados podían disfrutar de un gran poder internacional sin contar necesariamente con una base económica conmensurable. En ese mundo, descrito como una mesa de billar en la que los Estados chocaban frecuentemente unos con otros, los Estados competían por la supremacía o la supervivencia de acuerdo con una lógica de suma-cero en la que las ganancias de uno eran vistas como las pérdidas de otro y viceversa.

Con el fin del siglo y la desaparición de la lógica de enfrentamiento entre superpotencias nos permitimos pensar en un mundo mucho más pacífico y, a la vez más próspero, articulado en torno a los mercados y centrado en el comercio y en las inversiones. Así, la vieja mesa de billar en la que unas bolas chocaban con otras se transformaría en una red, una malla en la que los intereses económicos de los Estados se entrelazarían de forma inextricable de acuerdo con una lógica de suma-positiva en la que todos se beneficiaran a un tiempo.

Pero esa “feliz globalización” que los liberales nos prometían, en la que la apertura de mercados nos traería la interdependencia y esta desplazaría definitivamente la lógica de conflicto en las relaciones internacionales, no ha terminado de cuajar. El éxito económico de China e India, junto con el auge de otras economías (Brasil, Rusia, etcétera), viene señalando desde hace más de una década un intenso desplazamiento de poder desde Occidente hacia el resto del mundo. Mientras Europa y Estados Unidos crecían, aunque lo hicieran más lentamente que los emergentes, no hubo muchos motivos para la preocupación. Pero la crisis financiera iniciada en 2008 ha introducido un cambio importante en las percepciones occidentales, pues ha convertido una tendencia a largo plazo en un desafío a corto plazo. En 2003 se dijo que China alcanzaría a EE UU en 2041; en 2008, que sería en 2027, hoy jugamos con la fecha de 2018.

Este adelanto en el calendario de la convergencia económica entre Occidente y el resto está despertando los instintos de poder y competición de los Estados, que pensábamos superados. Así, la llamada pax mercatoria está siendo sustituida progresivamente, o al menos comenzando a coexistir, con una lógica de rivalidad geoeconómica en la que los Estados consideran los flujos económicos desde una óptica de seguridad nacional, es decir, como un instrumento de poder. En esa lógica de competencia entran los recursos naturales, desde la energía hasta los alimentos, pasando por los minerales raros, pero también, lógicamente, el comercio, las inversiones directas, los movimientos de capital, los tipos de cambio, las reservas de divisas, los fondos soberanos o las propias instituciones internacionales, como el G-20 o el FMI, que también son objeto de pugna y contestación.

En todos esos ámbitos, la lógica de intercambio se va sustituyendo por una de control y acceso. Al contrario que en una dinámica de mercado, donde la capacidad de acceso a un bien está marcado por el precio, en esta dinámica de rivalidad geoeconómica el acceso a estos bienes está profundamente influido por consideraciones políticas, de tal manera que los Estados vuelcan su acción diplomática, y militar si fuera necesario, sobre la capacidad de mantener el acceso a estos bienes o de evitar que se les impida su acceso a ellos.

Esto no significa necesariamente que el conflicto bélico entre Estados sea más probable que antes, pero sí nos obliga a fijarnos en el hecho de que la interdependencia, aunque haga el conflicto más costoso, no significa la disolución de las rivalidades entre Estados, especialmente si no viene acompañada de normas comunes que obliguen a todos y garanticen el acceso a los mercados a todos por igual. En la década pasada, el hecho de que la globalización debilitara la capacidad de los Estados fue visto como un gran problema. Pero hoy, paradójicamente, lo que vemos es la proliferación de Estados (como China y Rusia) con un exceso de soberanía. Estados que utilizan los mercados de forma selectiva para reforzar su poder y su autonomía política, pero que no aceptan sus reglas: limitan la inversión extranjera, restringen las importaciones y se niegan a liberalizar sus tipos de cambio. Algunos de ellos, además, utilizan ese poder económico para reprimir a sus ciudadanos y privarles de libertad. Por eso, tanto para salir de la crisis actual como para evitar el auge de las rivalidades geoeconómicas, es necesario reintroducir una lógica de apertura de mercados y cooperación económica entre emergidos (ellos) y sumergidos (nosotros).

Publicado en el Diario El PAIS el 27/01/2012.

Ver también entrada con datos complementarios en Café Steiner”.

Nos vemos en Asia

20 enero, 2012

Al principio, Europa fue un problema. Pero Washington lo solucionó. Cierto que hicieron falta dos guerras mundiales y el Plan Marshall. Tan monumental esfuerzo bélico y económico tuvo un rendimiento sin igual ya que EE UU pudo contar con un portaaviones de tamaño continental desde el que contener a la Unión Soviética. Europa se convirtió así en un gran activo en manos de Washington. Los europeos quedaron doblemente agradecidos: primero porque el tejado que les proporcionó Estados Unidos les permitió preservar su libertad, prosperar y sentirse seguros; segundo, porque al convertirse su territorio en el escenario principal de la guerra fría, pudieron ignorar su declive y pensar que todavía eran relevantes.

En el apogeo de la presencia militar estadounidense en Europa (1957), Washington llegó a tener 438.859 soldados estacionados en Europa. En 1989, antes de caer el muro de Berlín, todavía había 315.434. Solo por Alemania habrían pasado diez millones de soldados estadounidenses entre 1950 y 2005. El fin de la guerra fría, con la consiguiente unificación del continente, engarzada sobre una unificación alemana que, dadas las reticencias franco-británicas, no hubiera tenido lugar sin el apoyo decidido de Bush padre, dio un nuevo subidón de ánimo a los europeos y les empujó todavía más en brazos de Washington. Estados Unidos se convirtió en una hiperpotencia, asomándose a la culminación de su destino manifiesto como “ciudad en la colina” a la que todos admirarían. Aunque el paso de la bipolaridad a la unipolaridad levantara ampollas en muchas partes del mundo, los europeos eran quienes más destinados estaban a beneficiarse de la hegemonía estadounidense. Un mundo basado en mercados abiertos y asentado en reglas de comercio multilaterales ofrecía al proyecto europeo el mejor nutriente en el que desarrollarse y triunfar.

Tan bien comenzó a irles a los europeos en ese nuevo orden que, a finales de la década de los noventa, con el euro en la mano y la ampliación al Este a la vista, hubo quienes en Washington comenzaron a preguntarse si, por casualidad, no habría un momento en el que los europeos acabarían por fungir su inmenso poder económico en un poder global paralelo al estadounidense. El euro, la ampliación, los intentos de los europeos de constituir una identidad de defensa dentro de la OTAN; la rivalidad entre Airbus y Boeing o el arrojo de la Comisión Europea al atreverse a sancionar a las principales compañías estadounidenses (caso Microsoft), comenzaron a iluminar a Europa como un desafío digno de tener en cuenta, al menos en la dimensión económica. Pero, como sabemos, EE UU dilapidaría su hegemonía en una respuesta desproporcionada al 11-S, concebido equivocadamente como el Pearl Harbour del siglo XXI cuando en realidad era un coletazo del siglo XX. Así que mientras Washington se enredaba en lo que parecía un choque de civilizaciones con el mundo musulmán y Europa entraba en crisis, a ambos se les escapaba del radar el auge de China e India, que configuraban el siglo XXI como un siglo asiático. En ese siglo hay ya, en primer plano, una gran competencia económica, política y estratégica entre Estados Unidos y China y, en segundo plano, un espeso tráfico que gestionar entre Estados en auge (muchos y muy variados, sobre todo fuera de Europa) y Estados en declive (casi todos en Europa, incluyendo, como incógnita, Rusia).

De momento, Estados Unidos no está en declive, al menos irreversible, pero está viviendo un momento sputnik: no se esperaba un siglo asiático, y menos un mundo posamericano. Por más que algunos halcones, deseosos de comprar a la industria de defensa una bonita guerra fría con China, empujen a ello, no se trata de buscar un nuevo enfrentamiento, sino de enganchar a Estados Unidos a un nuevo vagón de crecimiento y liderazgo. Obama ha sido el primer presidente que ha visto claramente la necesidad de reorientar las capacidades económicas, tecnológicas y militares de Estados Unidos hacia Asia, consciente de que ese será el lugar donde se decida su supervivencia como líder. Por eso, hoy en día, cuando apenas quedan 81.000 soldados estadounidenses en Europa, la retirada de dos brigadas adicionales, anunciada en paralelo al compromiso de reforzar la presencia militar de EE UU en Australia, constituyen dos caras de la misma moneda. Son movimientos que obligan a Europa a asumir una verdad incómoda: que, hoy por hoy, no es una potencia global, sino apenas regional, con muy limitada capacidad de influencia incluso en sus fronteras orientales o mediterráneas. Nos vemos en Asia, parece querer decirnos Obama. Avisad cuando estéis listos.

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA

EL PAÍS  –  Internacional – 20-01-2012