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La hora más difícil de Europa

9 octubre, 2015

Captura de pantalla 2015-10-09 15.43.14A perro flaco, todo son pulgas, sentencia el dicho popular. Esa es la situación en la que parece encontrarse Europa, expuesta a un muy peligroso entrecruzamiento de tres crisis que hasta ahora corrían en paralelo: la crisis de gobernanza del euro, con su clímax griego; la crisis de asilo y refugio, que amenaza con hacer saltar por los aires la libre circulación de personas; y la crisis en nuestra vecindad, que desde Ucrania a Libia pasando por Siria pone al desnudo la debilidad de la política exterior europea.

Por separado, cada una de esas crisis expone las profundas fracturas que recorren el proyecto europeo. Juntas forman una tormenta perfecta que, de no mediar una reacción a la altura de las circunstancias, muy bien podría acabar con el proyecto europeo. No se trata de una exageración. La construcción europea descansa hoy sobre tres pilares: el euro, la libre circulación de personas y los valores europeos. Si quitamos cualquiera de ellos, el edificio difícilmente se sostendrá.

Por un lado, la crisis griega ha puesto de manifiesto los problemas de gobernanza de la eurozona, problemas que tienen que ver tanto con la eficacia como con la legitimidad democrática. Mientras que EE UU hace tiempo que ha salido de la crisis, la eurozona sigue estancada económicamente y con unos niveles de desempleo que tensionan sus sociedades, sistemas políticos y Estados del Bienestar, provocando el auge de movimientos y grupos populistas a ambos lados del espectro político. Más allá de las diferencias, evidentes, entre las nuevas izquierdas y las nuevas derechas surgidas de la crisis, todas esas fuerzas comparten una reacción soberanista y anti-integración europea que no es sino un nuevo nacionalismo disfrazado de reacción democrática contra los mercados, la integración europea o contra ambos.

El reflejo nacionalista provocado por la crisis económica se verá sin duda acentuado por la crisis de asilo y refugio. La capacidad de absorber oleadas migratorias étnicamente diversas y convertirlas en una fuerza de progreso económico y social requiere de la existencia de una economía en crecimiento y de unas sociedades abiertas y predispuestas a la integración. Justo lo contrario de lo que le sucede hoy a Europa, estancada económicamente y bloqueada mentalmente con la inmigración. Hemos visto, desde Grecia a Ucrania, que la solidaridad europea apenas alcanza para llegar a los mismos europeos. Extender esa solidaridad hacia los no europeos, máxime cuando provienen de una zona geográfica como Oriente Próximo, con la que Europa mantiene legados y relaciones altamente tóxicas, no va a ser nada fácil.

No es ningún secreto que podríamos gestionar eficazmente la crisis de asilo y refugio. Como tampoco lo es que ello requeriría mucha más Europa de la que las autoridades nacionales están dispuestas a conceder. La polémica en torno a la voluntariedad u obligatoriedad de las cuotas de asilados no es anecdótica: una vez más, como ocurrió cuando comenzó la crisis griega, los gobiernos europeos han preferido adoptar una solución nacional antes que una europea. Ese método convierte a Europa en un remedo de lo que Churchill decía de Estados Unidos: los americanos, decía desesperado por las reticencias de Washington a intervenir en la guerra, siempre terminan por acertar, pero solo después de haber probado todas las demás alternativas. Europa gusta de vivir igual de peligrosamente, siempre esperando a que la situación se deteriore tanto que los gobiernos sólo puedan elegir entre el suicidio colectivo o más Europa. El problema es que, en un paciente debilitado y ya infectado por el virus de la xenofobia, las soluciones puede que lleguen tarde.

La reacción de Angela Merkel, ejemplar, necesita espacio y apoyo. Si los demás gobiernos europeos, como muchos ya están haciendo, miran para otro lado y dejan el problema en manos de Berlín, quitarán el oxígeno a la Canciller y ahogarán el proceso. Algunos pueden tener la tentación de ver con satisfacción el debilitamiento de la Canciller, pero deberían pensar dos veces en lo que vendría después: o bien iríamos a un cierre del espacio Schengen, con cada gobierno reintroduciendo fronteras y controles por su cuenta, o bien tendríamos una reacción defensiva a escala europea consistente en el refuerzo del control de fronteras externas de la UE, el endurecimiento de las normas de asilo y refugio y la generalización de las repatriaciones forzosas, es decir, la adopción del método húngaro a escala europea. No dejaría de ser paradójico que la crisis de asilo y refugio uniera a los europeos en torno un modelo de gestión de fronteras exteriores y flujos migratorios exclusivamente basado en la soberanía y los intereses económicos del receptor, es decir, un modelo basado en el “no vengáis si no se os invita previamente” y en él “si venís sin invitación, ateneos a las consecuencias”. No descartemos por tanto que tengamos una salida europea a la crisis, pero una salida a la Viktor Orban, incompatible con nuestros valores y principios.

El problema de la UE es que tanto en lo referente a la crisis del euro como en la crisis de asilo, siempre ha estado a la defensiva y desbordada, sin tiempo para remontar los problemas corriente arriba y solucionarlos en origen. Así ha sido con la gobernanza del euro, donde sólo de forma muy lenta e incompleta se han abierto camino mecanismos de prevención de carácter sistémico, y también con la política exterior europea. La fuente emisora de la inestabilidad que vivimos estos días está en una región vecina, Oriente Próximo, en la que Europa es incapaz de hacer valer ni sus intereses ni sus principios. Mientras Rusia e Irán definen sus intereses en la región de un modo tan brutal como cristalino y ponen todos sus activos diplomáticos, económicos y militares detrás de ellos, Europa carece de una visión sobre qué hacer, y tampoco sabe muy bien qué pedirle a Estados Unidos ni cómo trabajar con Obama. El problema de la UE con Siria no es tanto la carencia de instrumentos (aunque sea cierto que carece de ellos), sino el carecer de una política. Europa no sólo no sabe lo que quiere (¿negociar con Asad? ¿ir a la guerra contra al Estado islámico? ¿pactar con Rusia e Irán?) sino que tampoco tiene un método para averiguarlo, lo que deja a cada gobierno a su libre albedrío. El resultado no puede ser más desconcertante: mientras que la Francia de Hollande se declara en guerra contra el ISIS, los demás miran hacia otro lado y buscan un arreglo rápido con Asad. Acostumbrada a no actuar, Europa puede tener la tentación de no hacer nada. Pero la crisis de asilo es distinta: si no actuamos para cambiar nuestro entorno, ese entorno nos cambiará a nosotros. A peor.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS, cuarta página, el jueves 8 de octubre de 2015

Una mala idea

3 marzo, 2015

javelin-weapon-system-missile-fireTener razón no confiere automáticamente la capacidad de diseñar una buena estrategia. Es lo que le pasa a los que estos días intentan convencernos, desde Estados Unidos o dentro de la propia Europa, de que armar a Ucrania es una buena idea.

Dejando a un lado a los nostálgicos de aquel mundo en el que bastaba ponerse del lado contrario de Estados Unidos para tener razón, es obvio que Ucrania está siendo víctima de una agresión por parte de un Estado vecino, Rusia. Y lo está haciendo con dos agravantes intolerables: uno, simular mediante la infiltración de fuerzas armadas de carácter irregular una inexistente guerra civil entre rusos étnicos y ucranios donde nunca ha habido un problema de violencia sectaria; dos, violando las garantías de integridad territorial que en 1994 Moscú concedió a Kiev a cambio de que esta renunciara a sus armas nucleares. Si el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas fuera como la estatua de la justicia, ciego y con una balanza en una mano y una espada en la otra, es seguro que no tardaría más de diez minutos en condenar a Rusia como agresor y enviar cascos azules a sellar la frontera ruso-ucrania para impedir el paso (incesante), tanto de material como de efectivos militares rusos.

Por tanto, no sólo no hay equidistancia posible entre las partes, como pretenden algunos, sino que es evidente dónde está la razón legal, política y moral en este conflicto. El problema es que, como Angela Merkel descubrió en la cumbre del G20 de Brisbane tras más de dos horas de reunión a solas con Putin, no tenemos un problema de malentendidos. Si fuera un malentendido, Merkel, que se crió en la RDA, habla ruso perfectamente y proviene del país que más interés y experiencia tiene en convivir con Rusia, lo habría deshecho. Pero lo que emergió de esa entrevista, y el tiempo transcurrido ha confirmado, es que Putin tiene una visión del mundo y de los intereses de Rusia completamente antagónica a la de la UE.

Hasta la fecha, la política europea, acertada, ha consistido en utilizar las sanciones para, primero, convencer a Rusia de que, aunque no le caigamos mal, para convivir con nosotros debe respetar unas mínimas pero esenciales reglas sobre la integridad territorial de los Estados y, dos, de que debe aceptar el derecho de los ucranios a decidir sobre el futuro de su país, incluyendo su vinculación a la UE con un acuerdo de asociación. Mientras Rusia no acepte esos dos principios viviremos en una tensa coexistencia, pero coexistencia. Armar a Ucrania no sólo supone reconocer el fracaso de esa política sino, peor aún, estar dispuestos a asumir las consecuencias de ese fracaso. Porque si Ucrania, a pesar de esas armas, fracasara en defenderse, nos tocaría defenderla a nosotros. Y hasta ahora, cada vez que Ucrania ha progresado militarmente, Rusia ha elevado la presión y la ha doblegado. Europa no puede ganar jugando al juego ruso, sólo jugando al propio.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 6 de febrero de 2015

Impaciencia estratégica

3 marzo, 2015

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No suele asombrar que los europeos estén divididos en política exterior: cada capital tiene su historia, intereses y sensibilidades, lo que tiende a convertir cualquier intento de lograr una posición común en el seno de la UE en una pesadilla, máxime cuando se trata de imponer sanciones o adoptar una posición de dureza. Pero difícil no significa imposible: aunque los fracasos suelen ser siempre más ruidosos que los aciertos, la Unión Europea no siempre lo hace todo mal. Vean, por ejemplo, el caso de Irán. Cierto, el acuerdo respecto al programa nuclear iraní no está ni mucho menos cerrado, pero la combinación a partes iguales de perseverancia, unidad y sanciones económicas ha evitado un escenario catastrófico: ¿se imaginan que a la inestabilidad que tenemos en Libia, Siria, Irak y Palestina, añadiéramos ahora una campaña de bombardeos israelíes sobre las instalaciones nucleares iraníes? Por tanto, si el pasado enseña alguna lección es que, en política exterior como en otras materias, la paciencia siempre tiene una recompensa mientras que la impaciencia desbarata cualquier posibilidad de éxito.

Curiosamente, sin embargo, hay quienes en la Unión Europea parecen dispuestos a tirar por la borda la unidad tan costosamente lograda en los últimos meses en torno a Rusia. Y lo están haciendo precisamente desde Alemania, que es el corazón y motor que permitió lograr dicho acuerdo, donde se están manifestando fisuras dentro del Gobierno de coalición entre la canciller Merkel y su ministro de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, socialdemócrata, partidario de rebajar las sanciones a Rusia aunque Moscú siga manteniendo bajo su control el este de Ucrania y, por supuesto, ni se haya planteado devolver Crimea. Pocos apostaban al principio de esta crisis a que Italia, España o Francia entrarían en el camino de las sanciones, pero la evidencia de que Rusia estaba muy lejos de querer un acuerdo de paz que permitiera la reintegración de Ucrania llevó a Roma, Madrid y París a adoptar una posición de firmeza (recordemos que para Hollande eso ha supuesto la muy costosa renuncia a entregar a la Marina rusa los dos portahelicópteros contratados, uno con militares rusos operándolo en prácticas).

Nada hay nada erróneo en querer negociar con Rusia: desde el principio de esta crisis los europeos han dejado claro que no creen en el camino de la fuerza y sí en el del diálogo y que las sanciones son sólo un instrumento para que Rusia acepte una solución pactada. Pero ese acercamiento no puede cobrarse como primera víctima y condición previa la unidad territorial de Ucrania. Rusia ya amputó Osetia del Sur y Abjasia a Georgia, también ha amputado a Moldavia el territorio transnistrio y ahora hace lo mismo con Crimea y el este de Ucrania. Los ucranios han manifestado en demasiadas ocasiones, en la calle y en elecciones libres y democráticas, presidenciales y parlamentarias, que sus principios y valores son democráticos y europeos y que no quieren ser parte de una esfera de influencia rusa. Es por esa osadía por lo que Moscú les ha castigado, imponiéndoles la guerra, la penuria económica y la pérdida de territorio. Mientras nada de eso cambie, habrá poco de lo que hablar con Moscú.

Publicado en el Diario ELPAIS el jueves 27 de noviembre de 2014

Cameron en el córner

10 julio, 2014

cornerHay líderes que improvisan tan bien que parece que tienen un plan. Otros se empeñan en sostener que tienen un plan cuando lo que hacen es improvisar. Pero el caso del primer ministro británico, David Cameron, es especial: no sólo es un maestro del oportunismo, sino que encima tiene mala suerte.

Temeroso de perder al electorado euroescéptico, Cameron se había ido desplazando hacia posiciones cada vez más radicales: se había apuntado a la crítica feroz de la Unión Europea como una organización inútil y burocrática y, lo que es peor, no había dudado en adoptar la agenda antiinmigración de sus principales rivales. Pero la promesa de convocar un referéndum sobre la eventual retirada del Reino Unido de la Unión Europea, sumada a una infame tribuna en Financial Times el pasado mes de noviembre titulada “El libre movimiento tiene que ser menos libre”, no le han servido de nada.

Al contrario, ha servido para mostrar al electorado que despreciar a la Unión Europa y sentir fobia hacia los inmigrantes no es algo de lo que avergonzarse. ¿El resultado?: situarse como tercera fuerza política de su país en las pasadas elecciones europeas, después de los populistas de Nigel Farage y de los laboristas.

Anda ahora Cameron medio implorando, medio amenazando a Angela Merkel que no proponga al popular Jean-Claude Juncker como presidente de la Comisión Europea, a pesar de haber ganado las elecciones. Si lo hace, advierte, no podrá garantizar que Reino Unido permanezca en la UE. ¿Le funcionará este chantaje? Aunque en política nada es imposible, no parece muy factible. Ceder ante Cameron enfrentaría a Merkel con los socialistas europeos, que parecen estar dispuestos a apoyar a Juncker a cambio de algunas concesiones.

Pero es que, además, Cameron obvia un pequeño detalle: que en 2009 decidió sacar a los conservadores británicos del Partido Popular Europeo y fundar su propio grupo junto con los euroescépticos checos, polacos y otros socios menores de Croacia, Dinamarca, Hungría, Holanda, Italia, Letonia y Lituania.

Ese grupo (Conservadores y Reformistas Europeos) ha obtenido 46 escaños, aunque baraja incluir algunos miembros de otros partidos (algunos con condenas por xenofobia) para llegar hasta los 55 escaños. Aunque no parezca haberse enterado, eso significa que Cameron no sólo ha perdido las elecciones en casa, sino también en Europa. Que alguien le avise de una vez de que ha perdido dos elecciones y que está regateando al banderín del córner.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 6 de junio de 2014

Mala sangre

3 mayo, 2013

bad bloodEn inglés, la expresión bad blood se usa para describir el deterioro que en una relación provoca la percepción de que una de las partes está dañando a la otra. El resultado es la animosidad pero, sobre todo, la ruptura en la capacidad de las partes de comunicarse e interactuar cordialmente. Piensen ahora en los retratos de Angela Merkel caracterizada como una nazi en las manifestaciones en Atenas o en las esvásticas que se vieron en las calles con motivo de su visita a Lisboa. O fíjense, en sentido contrario, en la desgraciada portada de Der Spiegel, la prestigiosa revista alemana, con un montaje en el que presenta un campesino típico del sur de Europa subido en un burro cargado de billetes bajo un paraguas europeo acompañado del titular: “La mentira de la pobreza, cómo los países en crisis esconden su riqueza”.

Y no olviden que pese a que el centroizquierda se haya hecho con el Gobierno en Italia, el 55% de los italianos votaron a Beppe Grillo o a Silvio Berlusconi, cuyos discursos electorales fueron furibundamente antialemanes. Como se ha visto en la polémica generada por el documento interno del Partido Socialista francés en el que se acusa a la “intransigencia egoísta” de Alemania de hundir Europa, no hablamos solo de las calles o las portadas de la prensa, sino de la extensión del resentimiento por los pasillos del poder donde se mueve la élite política; mientras Hollande se hunde en las encuestas, dicen en París, Merkel se encamina a su reelección. España tampoco queda al margen: como mostró la tribuna del embajador alemán en este mismo diario el viernes pasado (Desde la profunda amistad),las relaciones de España con Alemania, que en razón de la ausencia de una historia negativa o conflicto bilateral han sido de las mejores existentes en todo el seno de la Unión Europea, se han despeñado por una sima de desconfianza recíproca y percepciones cruzadas sumamente negativas. Mala sangre.

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Europa salva al euro pero pierde a los ciudadanos

12 marzo, 2013

Captura de pantalla 2013-03-12 a la(s) 00.42.11El euro necesitaba dos cosas para salvarse: una decisión política clara que pusiera fin a las especulaciones sobre su futuro y un instrumento financiero que hiciera creíble esa promesa. En 2012, tras varios años de dudas, torpezas y errores, los líderes europeos hicieron las dos cosas: por un lado, la Canciller alemana, Angela Merkel, aceptó iniciar el camino hacia una unión bancaria; por otro, el presidente del BCE, Mario Draghi, logró la autorización para comprar en los mercados cuanta deuda fuera necesaria para salvar al euro. Estas dos decisiones sacaron al euro del precipicio en el que se encontraba y lo situaron en una senda de estabilidad desconocida durante los últimos años.

De la solidez adquirida por el euro, al menos temporalmente, habla el muy reducido impacto del caos poselectoral italiano. Recordemos el shock que en octubre de 2011 produjo la decisión de Yorgos Papandreu de convocar un referéndum para convalidar o rechazar las políticas de ajuste dictadas por la Troika; su anuncio disparó algunos de los índices de incertidumbre que manejan los analistas financieros hasta cotas superiores a las que siguieron a los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos. Y no olvidemos tampoco las elecciones griegas de junio de 2012, cuando la perspectiva de una victoria de la coalición de izquierdas representada por Syriza fue planteada en términos de “Armagedón financiero”. Sin duda que Italia es un caos, pero el euro resiste, al menos por el momento.

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Quien siembra hostilidad, recoge indiferencia

23 diciembre, 2012

torybullDesde que llegara al poder en 2010, el primer ministro británico, David Cameron, ha ido enredándose progresivamente en la tela de araña europea. Habrá quien quiera buscar las culpas en el continente acudiendo a los manidos tópicos al uso (“los franceses nos odian”, “los alemanes nos envidian”) pero la realidad es que el mérito es exclusivamente del propio Cameron, que no ha perdido una oportunidad de perder una oportunidad de mejorar las relaciones entre el Reino Unido y la UE. A base de sucesivos manotazos, tanto dentro del Reino Unido como en sus relaciones con sus colegas europeos, ha terminado por comprometerse a convocar un referéndum sobre Europa que no tiene muchas posibilidades de ganar.

Con unas dobles elecciones a la vista en 2014, nacionales y europeas, la cuestión europea se ha convertido en una seria amenaza a su supervivencia política. Según las encuestas, tres de cada cuatro británicos sienten poca o ninguna vinculación con la Unión Europea, lo que no augura un buen resultado. Pero las complicaciones de Cameron no solo tienen que ver con una opinión pública gélida como un témpano respecto a la UE: dentro de su propio partido, un 63% de los militantes es partidario, sin más, de retirarse de la Unión y entre sus votantes Europa despierta una hostilidad tan manifiesta que, en un hipotético referéndum, sólo un 29% votaría a favor de permanecer en la UE. Eso explica que quiera a toda costa evitar que ese referéndum se articule en torno a una pregunta sencilla y directa sobre si quedarse o marcharse en la UE. La contradicción es tal que, aquello que Cameron ha exigido a los nacionalistas escoceses (una pregunta clara sobre la independencia, no tres opciones confusas y difíciles de gestionar) es algo que no puede exigirse a sí mismo en relación con Europa, pues muy probablemente saldría derrotado.

Cameron tendría más posibilidades de lograr una victoria si lograra someter a los votantes la aprobación de una “relación mejorada” entre el Reino Unido y la UE previamente negociada entre ambas partes. El problema es que esa relación mejorada es muy difícil de llenar de contenido práctico pues el Reino Unido ya disfruta de un gran número de privilegios en su relación con la UE, estando ya autoexcluido de numerosos ámbitos (desde la libertad de circulación de personas a la política social pasando por el euro). Añadir más excepciones es teóricamente posible, pero su importancia sería marginal y difícilmente configurarían algo que pudiera ser descrito como una nueva relación con Europa que pudiera entusiasmar a los votantes y superar la desconfianza innata que tienen sobre todo lo europeo. Máxime cuando además la prensa y los eurofóbicos del Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP) harían trizas dicho acuerdo ante la opinión pública buscando rédito electoral.Cameron olvida además la lección de su humillación en el Consejo Europeo de diciembre de 2011, cuando su amenaza de vetar el nuevo Tratado Fiscal si no se protegían los intereses de la City fue respondida por el resto de miembros con un Tratado intergubernamental que excluye al Reino Unido y que por tanto Londres no puede vetar.

Durante décadas, la diplomacia británica ha trabajado con la filosofía de que los intereses del Reino se defendían mejor desde dentro que desde fuera de la UE. Paradójicamente, aunque el Reino Unido no era parte del euro, la bonanza económica asociada a su primera década de vida convirtió a la capital de un país que no era miembro del euro en el centro financiero de Europa. Ahora, la crisis del euro y los avances hacia una unión más completa, con un pilar bancario, fiscal y económico, van a poner fin a esa anomalía histórica. A partir de 2013, Cameron dedicará grandes energías a buscar una nueva relación entre Londres y Bruselas que evite la salida del Reino Unido de la UE pero, como es evidente, encontrará en el resto de líderes europeos una disposición muy pequeña a regalarle una gran victoria personal. Unos serán hostiles, los más indiferentes, y casi ninguno simpatizará con sus pretensiones. Pero eso no es lo central: al final del día, lo que los ciudadanos británicos voten en un referéndum no importará mucho. Cameron no parece entender algo tan fundamental como que el tiempo del Reino Unido como actor central en la UE ha llegado a su fin y que cada día que pasa, el Reino Unido es menos miembro de la Unión Europea. No es por tanto el Reino Unido el que decidirá si marcharse de la UE o quedarse, sino que es la UE la que, por la vía de los hechos, está dejando al Reino Unido fuera de la UE. Cameron puede retrasar o acelerar ese progreso pero no detenerlo.

 Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 23 de diciembre de 2012

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El año en el que Europa se salvó

23 diciembre, 2012

merkel1_0“Olvídense del calendario maya: es en Berlín donde Casandra se reivindicará o será desmentida”. Así concluía mi última columna del año pasado. Parecía un pronóstico, pero no lo era, pues permitía dos finales completamente opuestos. Y tampoco revelaba nada que no supiéramos, pues desde hacía tiempo éramos conscientes que todos los caminos conducían a Berlín (aunque con parada previa en Frankfurt, sede del Banco Central Europeo). Si recuperarla tiene algún valor es el de recordarnos lo cerca que estuvimos del abismo y así ayudarnos a entender dónde estamos ahora. A lo largo de 2011, una combinación letal de titubeos, prejuicios, miopía, ausencia de liderazgo, divisiones entre países y exasperante lentitud institucional lograron convertir una profunda crisis económica en una crisis existencial que puso la supervivencia del euro en cuestión. In extremis, el Banco Central Europeo inundó el mercado de liquidez, lo que alivió temporalmente los problemas pero no los solucionó. Cierto que la canciller alemana, Angela Merkel, consciente de la gravedad de la crisis, había reconocido públicamente en noviembre (de 2011) que “si el euro cae, Europa cae”. Sin embargo, sus actuaciones quedaron muy lejos de convencer a nadie de la determinación de llevar esa retórica hasta sus últimas consecuencias. Eso explica que, en el primer semestre de este año, algunos operadores financieros dejaran de especular con la supervivencia del euro para dar un paso más y comenzar a descontar su colapso.

La percepción de que los mercados financieros estaban comenzando a redenominar las deudas contraídas en euros en monedas nacionales, prefigurando con ello el día después de su colapso, fue la línea roja que el Banco Central Europeo necesitaba para actuar y, a la vez, el argumento que el Gobierno alemán necesitaba para poder vencer la resistencia de aquellos que en Alemania todavía pensaban que España e Italia tendrían que sobrevivir por sí mismas o salirse del euro. Con su rotunda declaración en el mes de julio en el sentido de “haré lo que haya hacer y, créanme, será suficiente”, a lo que sumó en septiembre un programa de compra de deuda que hacía creíble esa declaración, Mario Draghi se ha ganado el bien merecido título de hombre del año. Y con razón, pues a partir de ese momento cualquier operador financiero que decidiera especular sobre el colapso del euro supo que dicha apuesta estaba perdida de antemano.

Pero como se dice a veces, detrás de un hombre inteligente siempre hay una mujer (¿escondida o sorprendida?), el mérito reside en la canciller Merkel, que después de haber arrastrado los pies durante meses e incluso haber alimentado el escepticismo en su propio país con declaraciones desafortunadas sobre el sur de Europa, decidió enfrentarse al Bundesbank alemán, que votó en contra de esas medidas, ignorar al ala más dura de su partido, reticente a aceptar cualquier tipo de compromiso respecto a las deudas públicas o privadas (bancarias) y aceptar, en un primer lugar, el rescate bancario de España y la intervención del BCE para aliviar la presión sobre la prima de riesgo española e italiana y, en un segundo lugar, comenzar a hablar de una unión bancaria. Así pues, entre junio y septiembre de 2012 el euro se ha salvado. Esa es la buena noticia del año.

La mala noticia es que aunque el euro se haya salvado, y sus integrantes también, pues incluso la posible salida de Grecia, después de meses de especulaciones, parece sumamente remota, lo queda por delante sigue siendo extremadamente complicado. Como demuestra lo ocurrido con los planes de unión bancaria, rebajados, demorados y troceados en sucesivas cumbres, una vez despejada la gran incertidumbre la política europea ha vuelto a su cauce normal. Regresa pues la exasperación por la lentitud, la miopía y la falta de coraje político, pues si a estas alturas todos sabemos lo que hay que hacer resulta difícil explicar por qué no se hace. Y mientras, la Angela Merkel que durante unos días fue líder vuelve a las estrecheces que le marca la agenda nacional, dominada por las elecciones, como recordándonos que las mariposas pasan la mayor parte del tiempo en una fea y anodina crisálida y solo una pequeñísima parte asombrándonos con su vuelo y colores. 2013 será un año de transición en el que dominarán dos sensaciones contradictorias: por un lado, la de haber dejado atrás el abismo, visible en la relajación de la prima de riesgo y en la decisión del Gobierno de no pedir el rescate, pero por otro, la de la imposibilidad de negar que las políticas de ajuste siguen sin funcionar y que no habrá estímulos externos que nos permitan crecer y generar empleo. Estamos vivos, pero en el desierto y con muy poca agua.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 21 de diciembre de 2012

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