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Una Europa británica

7 diciembre, 2012

fishandchipsRegreso de Londres impresionado por la intensidad del debate político entre eurofóbos y eurófilos. En el fragor de la batalla, los argumentos adquieren un tono cada vez más grueso. La UE es un ente corrupto y antidemocrático que nos roba, dicen unos al calor del debate presupuestario. Si abandonamos la UE, seremos como Singapur, dicen otros al hilo del debate sobre la posición del Reino Unido en el mundo. Bien mirado, la pasión del debate no debería ser motivo de extrañeza. Los británicos se encaminan hacia dos referendos en los que se dilucidarán dos cuestiones de singular importancia: la continuidad de la pertenencia de Escocia al Reino Unido y la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Si la identidad nacional de un país versa en torno a las preguntas de quiénes somos, qué queremos y con quiénes estamos dispuestos a lograrlo, es evidente que estamos ante la puesta en cuestión de dos de los principales anclajes de cualquier país: el interno (¿quién forma parte de la comunidad?) y el internacional (¿de quién forma parte la comunidad?).

Desde fuera, lo común es concluir que este debate muestra el escaso grado de europeización del Reino Unido, un país que llegó a la UE a su pesar, como consecuencia de una concatenación de fracasos internos y externos, pero sin el apoyo ni la comprensión ni del público ni de sus elites, y menos de sus medios de comunicación. Como dijo el General de Gaulle en su momento, su adhesión era “contra natura, contra estructura y contra coyuntura”. Desde ese punto de vista, una eventual salida no sólo enmendaría de una vez por todas el error que supuso aceptar al Reino Unido en la entonces Comunidad Económica Europea, sino que permitiría corregirlo, para bien de los británicos, que podrían dedicarse a aquello que mejor se les da (¿flotar en el Atlántico, no tener ataduras políticas y comerciar con todo el mundo?) y del resto de los europeos, que por fin podrían dedicarse a aquello a lo que siempre habrían aspirado (¿conformar una unión política estructurada en torno a París y Berlín?). Pero el debate sobre la europeización sobre el Reino Unido es sólo la mitad de la historia, y quizá no la más relevante. Si examinamos con cierta atención la huella que el Reino Unido ha dejado en Europa, veremos que la lista es de todo menos pequeña.

En primer lugar, el número de miembros. Si somos 27 (próximamente 28) es debido en gran parte al apoyo sostenido del Reino Unido a las ampliaciones de la Unión. Fuera un plan para frenar la integración o el resultado de una lectura inteligente de la historia y el futuro, el caso es que somos una Europa grande y abierta en gran parte gracias a ellos. Lo mismo puede decirse del mercado interior, que junto con las ampliaciones, es otro de los grandes proyectos europeos. Nadie como el Reino Unido ha impulsado ese proyecto, que ha sido y es una de las principales fuentes de riqueza y bienestar de las que disponemos los europeos y, también, el principal activo y atractivo de la presencia europea en el mundo. Desde los años ochenta del siglo pasado, gracias a la visión del Reino Unido, que apoyó el uso de la mayoría cualificada para las cuestiones relacionadas con el mercado interior, hemos avanzado rápidamente por la senda de la creación de mercados, hacia dentro y hacia fuera, a la vez que mantenido bajo constante control presupuestario políticas como la agrícola, que llegaron a desmandarse y a absorber más de la mitad del presupuesto europeo. Desgraciadamente, la UE tiene un presupuesto demasiado pequeño, en gran parte por culpa del Reino Unido, pero también más racional, transparente y orientado a la innovación y el empleo gracias al empeño británico en cortar las alas a la alianza entre grupos de interés agrícolas o regionales y la burocracia europea. Y no es menos cierto que esta UE, con su geometría variable, en la que daneses, irlandeses, suecos y británicos pueden acomodar sus deseos de no ser parte del euro, la defensa, la libre circulación o la política social, es también responsabilidad de Londres. Por no hablar de la política exterior y de seguridad europea, inconcebible sin el concurso del Reino Unido, pues los alemanes, como han demostrado tantas veces, no están por la labor de ayudar a la UE a ser un actor global. El caso es que, para bien y para mal, nos guste o no, el legado del Reino Unido, es un legado impresionante y muy vivo. No deja por eso de resultar paradójico que el Reino Unido se disponga a abandonar la UE después de haberla moldeado tan profundamente. Y encima, después de que se vayan, seguiremos utilizando el inglés para entendernos en una Europa británica sin británicos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 7 de diciembre de 2012

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1960 peldaños

2 noviembre, 2012


Eso son los peldaños que tiene que superar un Estado que quiera ser miembro de la Unión Europea. El cálculo lo hizo el sociólogo serbio Iván Kuzminovic para así poder mejor explicar a sus conciudadanos en qué consistía la adhesión a la UE. Esos 1.960 escalones (en realidad son más) son lo que en la jerga politológica llamamos “puntos de veto”, es decir, las instancias en las que un actor tiene el derecho de bloquear la adopción de una decisión. ¿Por qué tantos?¿De dónde sale esa cifra? La adhesión a la UE requiere la conclusión de un Tratado internacional. Como los signatarios del Tratado son Estados, cada uno de ellos tiene que prestar su consentimiento, según los procedimientos constitucionales al uso en cada país. Eso implica, normalmente, como mínimo, al Gobierno de cada país y a su Parlamento, aunque también puede incluir a las cámaras altas de los Estados con legislativos bicamerales. No hay que descartar que en algunos países pudiera celebrarse un referéndum si la adhesión de un nuevo Estado fuera controvertida. Ese ha sido el caso de Eslovenia, donde el Gobierno decidió someter a consulta el acuerdo alcanzado con Zagreb respecto a la demarcación de las fronteras de ambos países antes de proceder a ratificar el Tratado de Adhesión, lo que en la práctica se convirtió en un plebiscito sobre la adhesión de Croacia (plebiscito que, por cierto, se ganó por un muy estrecho margen, 51.%). Y es también el caso de Turquía, ya que varios partidos políticos franceses han prometido someter a consulta popular una eventual adhesión de ese país. Por tanto, incluso simplificando, la ratificación de un futuro Tratado de adhesión implicará, a partir de la adhesión de Croacia el año que viene, superar 57 puntos de veto (28 gobiernos, 28 parlamentos nacionales además del Parlamento Europeo).

Pero antes de llegar allí sería necesario negociar y concluir satisfactoriamente los 35 capítulos en los que se divide una negociación de adhesión. Cada uno de ellos abarca un área de la política europea, desde la libre circulación de mercancías a la unión aduanera, la política medioambiental, la política exterior y de seguridad o los derechos de las minorías. En todos ellos, los Estados miembros, con la ayuda de la Comisión Europea, verifican que los candidatos alineen su legislación a la comunitaria lo más rápido posible. La negociación de cada uno de esos capítulos funciona como una conferencia intergubernamental entre los Estados miembros y el candidato, y la apertura y cierre de cada capítulo se hace por unanimidad a propuesta de la Comisión Europea. Hablamos pues de 980 puntos de veto por dos, es decir, los 1.960 peldaños a los que se refería Kuzminovic. No todos los capítulos son igualmente problemáticos, pero la lógica de negociación es la misma: en cada uno de ellos, los Estados verifican que el candidato esté en condiciones de aplicar toda la legislación comunitaria que, recuérdese, tiene primacía y efecto directo sobre el derecho nacional. Como todos los candidatos han experimentado, el proceso no es fácil: Turquía, que, sin duda, es el caso más difícil, comenzó las negociaciones en 2005 pero solamente ha logrado abrir 13 capítulos y cerrar uno. Otros, como Croacia, han necesitado seis años de negociaciones para completar el proceso, a los que hay que sumar los dos transcurridos desde que hizo la solicitud formal de adhesión y los dos necesarios para las ratificaciones, es decir, 10 años en total. Además, todos los miembros aprovechan las negociaciones para renegociar asuntos bilaterales pendientes o flecos de sus propios Tratados de Adhesión: Grecia lo hizo a costa de España, España a costa de los nórdicos, Italia a costa de Eslovenia y Eslovenia a costa de Croacia, lo que introduce dificultades añadidas y tensiones de primer orden.

Claro que antes de llegar a las negociaciones es necesario un acuerdo político entre los Estados miembros para abrir dichas negociaciones, lo que suma otros 28 puntos de veto. Y antes de comenzar las negociaciones es necesario haber logrado la llamada “opinión favorable”, o certificación de que se cumplen todos los criterios para la adhesión, lo que requiere el dictamen conforme de la Comisión Europea, la aprobación del Parlamento Europeo por mayoría absoluta y la unanimidad de los Estados miembros, lo que suma otros tantos 30 puntos de veto. Pero para llegar ahí es necesario haber logrado antes el estatuto de candidato a la adhesión, algo así como un certificado de elegibilidad donde la UE confirma que el país en cuestión podrá solicitar la adhesión, lo que de nuevo requiere unanimidad, es decir, otros 28 puntos de veto. En total: 2.103 escalones. Como señalaba el propio Kuzminovic, comparado con la adhesión a la UE, la ascensión al templo de la sabiduría en Birmania, el Monte Popa u hogar de los espíritus, solamente requiere completar 777 escalones.

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