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El fracaso de Tsipras

15 julio, 2015

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Cuando Alexis Tsipras ganó las elecciones en enero de este año, él y Syriza, su coalición de izquierdas, tenían ante sí dos opciones. Una consistía en coaligar a las fuerzas europeístas de los socialistas de Pasok y los reformistas To Potamí en un Gobierno que pudiera trabajar con las instituciones europeas y el resto de los Gobiernos de la eurozona para corregir los errores del pasado y situar al país en una senda de recuperación económica y social. El entorno no podía ser más propicio. A su favor tenía el cambio de énfasis de la nueva Comisión Europea, volcada en los planes de inversión liderados por Jean-Claude Juncker, ahora crítico con el papel de la Troika en los dos rescates anteriores. También contaba con el activismo de Mario Draghi, embarcado en un programa de compra de activos que, por fin, asemejaba al BCE a la Reserva Federal estadounidense, y que permitía a las economías más débiles de la eurozona, como España, comprar tiempo y espacio ante los mercados de deuda para que las reformas estructurales comenzaran a generar crecimiento.

Y en París y en Roma, Hollande y Renzi estaban deseosos de utilizar el ejemplo griego para ablandar las políticas de austeridad con el doble argumento de que dichas políticas no sólo no funcionaban si no iban acompañadas de políticas de estímulo e inversión, sino que eran insostenibles políticamente pues, como Grecia demostraba, acababan destruyendo a los partidos europeístas, a derecha e izquierda. Incluso los muy endurecidos socialdemócratas alemanes, capitaneados por el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, estaban dispuestos a echar una mano si se les solicitaba.

Pero en lugar de formar un bloque europeísta, Tsipras eligió formar un bloque soberanista con la derecha nacionalista y euroescéptica de ANEL, a la que a cambio de su voto de investidura no sólo concedió el Ministerio de Defensa, sino una de las líneas rojas más vergonzosas que Syriza ha venido manteniendo en sus negociaciones con el Eurogrupo en estos seis meses: la imposibilidad de recortar, en un país hundido en una crisis social, un gasto de Defensa que duplica en porcentaje del PIB al de sus socios europeos. Mientras que el programa político de Syriza se ha articulado en torno al relato de la recuperación de la soberanía mancillada por la Troika y la restauración de la democracia, dándole la voz al pueblo en un referéndum con el que recuperar la dignidad frente al exterior, el programa económico ha buscado exponer la inviabilidad del modelo de política económica dominante en la eurozona, basada en la reducción del déficit vía aumento de los ingresos, reducción de gastos y adopción de reformas estructurales de corte liberalizador.

Esta estrategia de confrontación, trufada de provocaciones a Alemania a costa de su pasado nazi, devaneos geopolíticos con la Rusia de Putin y unas tácticas negociadoras que han reventado la confianza entre las partes, han conducido al suicidio político de Tsipras y a un empeoramiento todavía más agudo de la economía griega. Con Tsipras obligado ahora a adoptar en una dosis —encima aumentada— todo aquello que desde el principio quiso superar, y la economía griega forzada ahora a soportar todavía otro ajuste económico, al que se añade una crisis bancaria, el resultado de estos seis meses de Gobierno no puede ser más descorazonador.

A los historiadores queda explicar cómo un hombre que llegó al poder armado de la enorme autoridad moral que le concedía el cúmulo de errores cometidos tanto por el Eurogrupo como por sus predecesores de izquierda y derecha pudo, en cada encrucijada que tuvo delante, tomar el camino equivocado. Como Lutero al fijar sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, dando inicio así a la Reforma Protestante, Tsipras y el defenestrado Varoufakis parecen haber tenido como único objetivo demostrar una serie de tesis: que el euro está mal diseñado, que la austeridad no funciona, que la deuda es impagable y que la UE destruye la democracia y los derechos sociales. Tesis todas muy discutibles, en el mejor sentido del término, y que dividen profundamente a los europeos de todas las ideologías. Pero como hemos visto estos meses, el debate ideológico y la acción de gobierno son cosas bien distintas.

Al final Tsipras se ha quedado sólo, y con él, tristemente, Grecia y los griegos. Porque a pesar de los encomios desde el frente soberanista y la elevación de Tsipras a la categoría de héroe de la Reforma protestante anti-europea, lo que Marine Le Pen en Francia, Putin en Rusia, Farage en el Reino Unido o Víctor Orban en Hungría necesitan es un mártir, no un éxito, y un pueblo humillado al que señalar con el dedo ante sus huestes. De ahí que no vayan a mover un dedo por los griegos. Lamentablemente, como muestran los niveles de desconfianza y dureza introducidos en el acuerdo alcanzado entre Grecia y sus socios, nunca vistos en la eurozona, algunos miembros de la eurozona parecen estar bien dispuestos a colaborar con ese empeño en dar armas a los populismos soberanistas de izquierdas y de derechas.

Consecuencia de sus errores y dogmas, Tsipras se ha situado en una situación imposible entre aceptar la salida voluntaria y temporal de la eurozona (aunque no de la UE) que le sugieren desde Alemania, o aceptar convertir al Gobierno de Syriza, que en teoría iba a devolver la dignidad al pueblo griego, en el administrador de un protectorado de la eurozona, que es lo que representa el acuerdo ofrecido a Tsipras. La primera opción supondría para los griegos aceptar la humillación de ser expulsado de la eurozona a cambio de la dignidad de poder volver a gobernarse a sí mismos; la segunda supone aceptar ser gobernado desde fuera a cambio de una posibilidad, no cuantificada pero más bien remota, de que la economía mejore algo.

Uno puede pensar qué es lo que haría si fuera Tsipras, pero lo realmente intrigante es por qué Tsipras hará lo que va a hacer, es decir, si su aceptación de las condiciones del tercer rescate es sincera y por tanto estará comprometido con hacer funcionar ese increíble paquete de austeridad y reformas, o si meramente lo acepta porque sabe que el tercer programa, como los otros dos anteriores, será un fracaso. Tsipras ha fracasado, pero su fracaso es tan rotundo y deja detrás tanta frustración que abre una nueva etapa de incertidumbre.

Publicado en la edición impresa del Diaro ELPAIS el martes 14 de julio de 2015 (cuarta página)

El error de Tsipras

8 abril, 2015

DIE_LINKE_Bundesparteitag_10._Mai_2014_Alexis_Tsipras_-1La Unión Europea, suele decirse, es un orden negociado. ¿No es esto contradictorio? Un orden es algo estable y cerrado, mientras que una negociación presupone algo abierto y en permanente cambio. ¿Cómo puede ser algo una cosa y a la vez su contraria? La respuesta correcta es: ¿y qué importa? ¿Qué necesidad hay de lamentarse porque algo que funciona en la práctica no lo haga en la teoría?

La Unión Europea funciona mejor de lo que se dice, especialmente teniendo en cuenta que lo hace sin modelo ni referencias. Todo lo bueno que ha logrado la UE se lo debe a su enorme flexibilidad: una y otra vez desde los comienzos de este proyecto tan singular hemos visto a los líderes europeos, agotados tras días y noches de negociaciones sin interrupción, estampar su firma en acuerdos que se suponían imposibles y que a decir de muchos suponían la cuadratura del círculo.

Así entró Grecia en las (entonces) Comunidades Europeas: mediante un acto político del Consejo Europeo, que creyendo imperativo apoyar el proceso de consolidación democrática tras el fin de la dictadura de los coroneles, pasó por encima del dictamen de la Comisión Europea, que en razón del pésimo estado de la economía griega había recomendado tomarse su adhesión con mucha, muchísima calma. En aquella ocasión, como en tantas otras en la historia comunitaria, las reglas del juego se retorcieron por una razón política superior y Grecia no sólo entró en la Unión a pesar de no cumplir los requisitos, sino que lo hizo cinco años antes que España y Portugal.

Buscar la razón política superior que hiciera deseable la extensión y modificación a favor de Grecia del programa de rescate debería haber sido la primera tarea de Tsipras y su Gobierno. No era una tarea en absoluto difícil pues su llegada al poder ha coincidido con un momento de rara unanimidad dentro de la Unión Europea en torno a los errores de diseño del euro, los excesos de la política de austeridad, las torpezas de la troika y el desproporcionado coste asumido por la ciudadanía griega.

Todo era viento en las velas para aliarse con un presidente de la Comisión con mala conciencia por su pasado y empeñado en políticas de estímulo, un presidente del Banco Central Europeo decidido a emprender una expansión monetaria sin precedentes sin importarle lo que dijera Alemania y unos Gobiernos en París, Roma y Madrid encantados de utilizar a Atenas para terminar de demoler los dogmas con los que Alemania asfixia el crecimiento económico.

Créanme, Tsipras lo tenía realmente fácil. Pero fuera por dogmatismo, mal asesoramiento o por perseguir otros fines, se ha empeñado en una confrontación absurda con sus socios. ¿El resultado de este despilfarro de capital político y moral? Que obtendrá la mitad de lo que hubiera podido lograr si hubiera actuado con inteligencia y flexibilidad, y al doble de precio. Una pena, sobre todo para los griegos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 26 de marzo de 2015

La troika y el gallina

4 marzo, 2015

312195800_70ffb91a48_zMuchos analistas están dibujando el conflicto entre Grecia y Alemania como un “juego del gallina”, ya saben, ese en el que dos coches se dirigen a toda velocidad uno contra otro para ver quién se aparta primero. El juego tiene varios resultados posibles: los dos demuestran que son muy machos, pero mueren; los dos se apartan en el último segundo y se van juntos a celebrar su sensatez; o, por último, uno se arruga y es humillado y el otro queda victorioso y celebra su valentía.

El juego revela algunas de las dinámicas que estamos viendo estos días entre Tsipras y su ministro de Finanzas, Varoufakis, a un lado, y Merkel y su ministro de Finanzas, Schäuble, por otro. Pero no captura bien la realidad. Más que un juego del gallina, estamos ante un juego en dos niveles, típico de las negociaciones internacionales, en el que los negociadores principales no sólo se tienen que poner de acuerdo entre ellos, sino a su vez lograr que el acuerdo que firmen sea aceptable cuando vuelven a casa. En muchos casos, y este es uno de ellos, se produce una situación de difícil solución: que los acuerdos posibles arriba (entre las partes), no coinciden con los acuerdos que pueden ser ratificados abajo (una vez en casa).

En su primera comparecencia en el Parlamento griego, Tsipras declaró el programa de rescate finalizado. Mi Gobierno, dijo, ha recibido un mandato del pueblo griego para acabar con ese programa, que ya ha sido cancelado por su propio fracaso. Al dar por finalizado unilateralmente el rescate y dar por hecho que cualquier negociación con el Eurogrupo partirá de ese hecho, Tsipras se ha colocado en una situación enormemente complicada y a la vez absurda. ¿Por qué? Pues porque con tal de cumplir con su mandato podría verse obligado a rechazar una prórroga del rescate muy favorable a Grecia y, a cambio, aceptar un programa-puente aunque fuera más costoso para Grecia por las incertidumbres asociadas a él (elevación de la prima de riesgo, caída de la Bolsa, retirada de depósitos, fuga de capitales). Algo parecido le pasa al Eurogrupo, pues aunque podría modificar el programa de rescate de mil formas para acomodar las demandas del nuevo Gobierno griego, lo que no puede consentir (por las repercusiones que tendría en Alemania y en los otros países deudores) es dejar a Tsipras salirse con la suya, atribuirse el tanto de haber matado a la troika y puesto fin al rescate y, para colmo, llevarse de premio un crédito-puente desde el que negociar con calma.

Lo peor de todo, y en esto el error de Tsipras es garrafal, es que la troika ya estaba técnicamente muerta: la había matado la Comisión, con Juncker a la cabeza; el Parlamento, que hizo un informe durísimo sobre ella; el Tribunal de Justicia, que ha dicho que el BCE no pinta nada allí, y el Eurogrupo, que quería sacar al FMI. Pero como a los zombis, a la troika le atrae el ruido, así que en vez de desaparecer silenciosamente, ahora, cortesía de Tsipras, la tenemos otra vez en primer plano.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 12 de febrero de 2015

El eje de la soberanía

4 marzo, 2015

Europe_flags¿Qué hace Marine Le Pen, la líder del derechista, xenófobo y eurófobo Frente Nacional francés, felicitando por su victoria a Alexis Tsipras, el líder del primer partido de izquierda radical que consigue llegar al Gobierno en la Europa comunitaria? La respuesta no está en París, sino en Atenas, donde la primera decisión de Tsipras tras ganar las elecciones ha sido buscar los votos de la derecha nacionalista griega. Tsipras podría haber buscado los votos de alguna de las otras fuerzas regeneradoras de la política griega, como los centristas liberales de To Potami, pero ha preferido pactar con los Griegos Independientes, un grupo escindido de Nueva Democracia, el partido de centroderecha desde el que Samarás ha gobernando Grecia en los últimos años, que también articula sus demandas a la UE bajo la etiqueta de la recuperación de la soberanía.

Una de las primeras decisiones de Tsipras, tras reunirse con el embajador ruso en Grecia, que le ha trasladado una carta de felicitación de Putin, ha sido posicionarse en contra de la adopción de nuevas sanciones a Rusia por parte de la UE. Aquí tampoco estamos ante ninguna sorpresa: Syriza, al igual que Podemos y el resto de los partidos de la izquierda europea, vienen sistemáticamente votando a favor de Rusia y en contra de Ucrania desde que en mayo del año pasado llegaran al Parlamento Europeo. Sea por prejuicios ideológicos, ignorancia o por puro cinismo ideológico, Alexis Tsipras, Pablo Iglesias y compañía parecen estar convencidos de que Vladímir Putin, un nacionalista que gobierna con una de las oligarquías más corruptas del planeta, preside un país con desigualdades sociales sangrantes, se apoya en la iglesia ortodoxa y persigue a periodistas, homosexuales y feministas, es de izquierdas.

¿Incomprensible? No. Europa se está reconfigurando políticamente, pero no a lo largo de un eje izquierda-derecha, tampoco separándose entre Norte y Sur; ni siquiera, como a veces hemos imaginado, en torno a círculos concéntricos, con un euronúcleo fuertemente integrado y una periferia con distintos grados de afinidad. Europa se está reconfigurando en torno a un eje soberanista-populista, o lo que es lo mismo, en torno a un resurgir de los nacionalismos (de nuevo cuño, y seguramente compatibles con la democracia, pero al fin y al cabo nacionalismos).

Grecia es sólo un aviso de un fenómeno que no tiene que ver estrictamente con el euro ni con la troika, y que es profundamente europeo. En Reino Unido, donde en mayo habrá unas elecciones que pondrán a prueba el techo de los eurófobos de Nigel Farage, pero también en Suecia, donde no circula ni el euro ni la troika, el auge de estos movimientos y partidos es igual de preocupante que en el corazón del euro. Dentro de la UE, sea en Francia, Alemania, Italia, y ahora también en España, surgen partidos cuyo relato es el mismo: la UE ha ido demasiado lejos, secuestrando la democracia, dicen tanto Marine Le Pen como Tsipras, Nigel Farage o Pablo Iglesias. Es hora de dar la voz al pueblo y recuperar la soberanía, concluyen. ¿Europa es el problema, la nación es la solución? Que no cuenten conmigo.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 30 de enero de 2015

Hablan las urnas

4 marzo, 2015

14088674187_802a138bdd_hCada papeleta depositada en una urna refleja una decisión estrictamente individual. Esa decisión puede reflejar consideraciones muy distintas sobre la situación política, la económica o las expectativas personales. Pero en democracia, que al fin y al cabo es el Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, nos gusta pensar que la suma de todas esas decisiones individuales tiene que significar algo coherente. Así que, el lunes diremos “los griegos han dicho”, y completaremos los puntos suspensivos con un “quieren poner fin a la austeridad y al bipartidismo”, si gana Syriza, o con un “no quieren saltar al vacío justo ahora que comienza la recuperación”, si Syriza no logra imponerse. Pero ni las cosas son tan simples ni la democracia es un sistema donde el ganador se lo lleva todo. Gane quien gane, el día después de las elecciones la vida seguirá siendo un conjunto de decisiones imperfectas tomadas con información insuficiente, poco poder y muy poca capacidad de anticipar las consecuencias. Suena algo deprimente (hay quien lo llama realidad), pero es lo que hay.

Pero ahí no acaba la cosa. Como los significados de las cosas no son claros ni están establecidos de antemano, la política, máxime en época de campaña, consiste en la creación de significados con los que rellenar los hechos. Las palabras, gusta decir el jefe de campaña de Podemos, Íñigo Errejón, son colinas desde las que se domina el terreno y se ganan las batallas políticas, de ahí que Rajoy haya hecho campaña en Grecia a favor del reformismo mientras que Pablo Iglesias haya instado a los griegos a entender la elección como el primer paso en la liberación de los pueblos del Sur de Europa del yugo colonial impuesto por Berlín y por la troika.

A la competición por el Gobierno en Grecia, que en teoría sólo atañe a los griegos, se añaden pues toda una serie de disputas, que son las que nos atañen a nosotros, como españoles y como europeos. Una victoria de Syriza enviaría una muy poderosa señal pues hasta ahora ninguno de los partidos antisistema surgidos en Europa al calor de la crisis ha logrado una victoria que les permita llegar al Gobierno. Que lo lograran en el eslabón más débil de la cadena, Grecia, podría ser una excepción, pero también una señal de que estos partidos, como ellos mismos gustan decir, habrían logrado ocupar la centralidad del tablero político. Esa centralidad implica que si gana Syriza, Tsipras tendrá que negociar y pactar con los acreedores de Grecia, muchos de los cuales, recordemos, también son Gobiernos democráticos que se deben a sus electores y que también tomarán sus decisiones pensando en su futuro político. La otra opción de Tsipras y Syriza es recuperar la soberanía pero aquí es donde el juego retórico se agota: lo peor de reclamar la soberanía es que, si te pones muy pesado, te la pueden acabar dando, así que mejor no insistir mucho.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 22 de enero de 2015

Esta vez es diferente

9 marzo, 2014

urnaEstas elecciones europeas serán diferentes de las anteriores. En esto todo el mundo parece estar de acuerdo. De hecho, este es el eslogan de campaña elegido por el Parlamento Europeo. Pero, a la vez, existe un gran desacuerdo sobre en qué sentido serán diferentes.

Para los optimistas irredentos, generalmente acuartelados en las instituciones europeas sitas en Bruselas, esta vez serán diferentes porque, por primera vez, 390 millones de europeos serán convocados a las urnas para elegir no solo un parlamento, sino un presidente de la Comisión Europea. Para contrarrestar la desafección hacia Europa y la lejanía con la que se perciben las instituciones europeas, los partidos políticos europeos se han puesto de acuerdo para que esta vez los votantes sepan quién de los candidatos de cada familia política optará a la Presidencia de la Comisión Europea. Habrá pues un candidato socialista (el alemán Schulz), uno conservador (que se designará el fin de semana que viene en Dublín), un liberal (el belga Verhofstadt), uno verde (el tándem Bové-Keller) y uno de Izquierda Europea (el griego Tsipras).

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