Posts Tagged ‘Alemania’

El canario en la mina

9 marzo, 2012

Algo tiene que significar que, en poco más de dos meses, el Gobierno español, alumno modélico de la austeridad, las reformas y los recortes haya entrado en conflicto con la Comisión Europea e incomodado notablemente a Alemania, con quien está obligada a entenderse. Todo ello a cuenta del anuncio hecho por el Gobierno de que España no cumplirá el objetivo de déficit asignado para 2012.

La situación admite dos lecturas. Para la Comisión y otros, entre los que se encuentra Alemania, el anuncio debilita la credibilidad del Pacto Fiscal recientemente aprobado y pone en peligro los esfuerzos realizados para estabilizar la eurozona. Para España, sin embargo, el nuevo objetivo de déficit se fija desde la perspectiva exactamente contraria, pues percibe que, al menos en su caso particular, los mercados están más preocupados por las débiles perspectivas de crecimiento y empleo que por la sostenibilidad de las finanzas públicas a corto plazo. Traducido a términos más coloquiales, mientras que Alemania, la Comisión y otros piensan que el anuncio de España introduce más gas grisú en una mina ya peligrosamente saturada y a punto de explotar, otros piensan que España es, por el contrario, el canario en la mina que anuncia el peligro que se deriva de la falta de flexibilidad de unas reglas demasiados rígidas y que pretenden resolver de una única manera problemas que son distintos.

Recordemos que España, al contrario que Italia o Grecia, no ha tenido un problema de deuda pública, sino privada, ya que antes de la crisis sus finanzas públicas estaban en orden, incluso más saneadas que las de la propia Alemania. Y recordemos también que, al contrario de Italia o Grecia, donde el sistema político ha colapsado, dejando el poder en manos de tecnócratas, el sistema político español ha sido capaz de ofrecer una alternativa de gobierno y refrendarla con un amplio mandato ganado en las urnas. Así que, mientras que en el caso de Italia o Grecia, los inversores se asustaron por los altos niveles de deuda, la ausencia de reformas y la fragilidad de los sistemas políticos, en el caso de España, las preocupaciones son más bien distintas, ya que no se centran en la capacidad del gobierno de adoptar reformas (que dan por hecho), sino más bien en la capacidad de generar crecimiento, empleo, ganar competitividad y restaurar el normal funcionamiento del sistema financiero.

Como ironizan los diplomáticos, tener razón tiene dos partes: una, tener razón; y dos, más infrecuente, que te la den. No deja de ser revelador que en apoyo de España, un país cuya imagen internacional está sumamente baqueteada por la crisis económica, hayan salido dos de los comentaristas económicos internacionales más influyentes: Paul Krugman, de The New York Times, y Martin Wolf, de Financial Times. La diplomacia española, acostumbrada al desgaste en batallas numantinas que generalmente sólo ella entiende, se encuentra aquí, por fin, con una oportunidad que no suele darse sino cada pocos años.

Cierto que, cuando uno está con el agua al cuello no es el mejor momento para ponerse a pensar qué hará cuando la crisis pase. Pero en las actuales circunstancias esa visión de cómo queremos que sea Europa, y dentro de ella, qué España queremos construir y qué papel debe jugar no es un lujo o capricho sino la condición sin la cual no se saldrá de la crisis. No se trata de establecer alianzas contra Alemania o la Comisión, cosa que carecería de sentido, pero sí de poner mucha atención en cómo Mario Monti está mostrando que las reformas y los recortes, bien gestionados, generan legitimidad y, por tanto, una capacidad negociadora que se había perdido y que puede ser aprovechada para lograr cambiar los términos del debate actual sobre austeridad y estímulos hacia un plano más favorable a los intereses de España

Desde ese punto de vista, las referencias a la “soberanía” hechas por Rajoy para justificar su decisión marcan la línea argumental contraria a la que se debería adoptar. Sea lo que sea la soberanía, si de lo que se trata es de la capacidad de fijar los objetivos de déficit público para el año fiscal, es evidente que España no es un país soberano. Lo contrario es hacerse trampas a uno mismo y hacérselas a la opinión pública española que, con razón, percibe que, hoy en día, en una unión monetaria sometida a una enorme presión por parte de los mercados financieros y en donde nos hartamos de repetir que las decisiones de Atenas o Roma tienen un impacto decisivo sobre el futuro de España, esa soberanía es una ficción. Por tanto, seamos valientes y no nos pongamos a la (soberana) defensiva. Al contrario: forcemos un debate verdaderamente europeo y liderémoslo. Si somos canarios, cantemos.

Publicado en EL PAIS el 9 de marzo de 2012

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El año de Casandra

2 enero, 2012

2011 será recordado como el año en el que, por primera vez, la Unión Europea se asomó al abismo y nombró lo innombrable. Para sorpresa de propios y extraños, dentro y fuera de Europa, justo cuando tras una década de introspección y divisiones Europa se lanzaba a recuperar el tiempo perdido con el afán de lograr ser, por fin, un actor global, una crisis económica y financiera global impactaba de lleno contra ella y desestabilizaba su principal y más exitoso logro: la unión monetaria. “Si cae el euro, cae Europa”, advirtió la canciller Angela Merkel a los compromisarios de su partido, reunidos en Leipzig en noviembre, a la vez que describía la situación como la “más difícil desde la Segunda Guerra Mundial”. Y tenía razón, pues las consecuencias de una ruptura del euro serían tan profundas que difícilmente se detendrían en la moneda: impactarían de lleno en el mercado interior y en las principales políticas comunes, incluida la política exterior, llevándose por delante décadas de laboriosa construcción europea.

La “crisis de la silla vacía” en los años sesenta, la “euroesclerosis” de los setenta, la sombra del declive económico y tecnológico ante Estados Unidos y Japón en los ochenta, el retorno de los campos de concentración y la limpieza étnica en los años noventa, los fallidos referendos constitucionales en Francia y los Países Bajos en la década pasada. La Unión Europea había estado antes en crisis, pero ninguna de ellas tuvo un carácter existencial en el sentido literal de la palabra.

¿Cuáles han sido las consecuencias de la crisis del euro? Lo más visible e inmediato ha sido la devastación en términos de empleo y prosperidad, que ha generalizado la desconfianza en el futuro del Estado del bienestar. La crisis también ha puesto en entredicho la autoestima democrática de nuestras sociedades, sometidas a unas fuerzas de mercado sobre las cuales sienten carecer de control alguno. Y aunque es pronto todavía para perfilar el impacto psicológico, la historia nos dice que las sociedades que tienen miedo y se sienten inseguras tienden a volcarse sobre sí mismas, recelar de su entorno, abrir las puertas al populismo y sacrificar la libertad en aras de mayor seguridad.

Igualmente importante han sido las debilidades que la crisis ha puesto de manifiesto. La unión monetaria, que pretendía ser tan robusta como todos esos imponentes edificios que figuran en los billetes de euro pero que (¿premonitoriamente?) no existen en la realidad, se ha mostrado incapaz de sortear condiciones meteorológicas adversas, como si solo estuviera diseñada para navegar con buen tiempo. Y a la vez, el fino pero imprescindible tejido identitario sobre el que se sostiene la construcción europea también se ha resentido: la solidaridad y el proyecto común, anclados tanto en una visión del pasado como de un futuro común, han sido puestos en tela de juicio, e incluso sustituidos por los peores prejuicios y estereotipos culturales que pensábamos superados entre Norte y Sur, Este y Oeste, católicos y protestantes. De todo ello se ha derivado una gestión de la crisis dominada por el “demasiado poco, demasiado tarde”, que ha tenido al euro al borde del precipicio y a los ciudadanos al borde del infarto durante casi todo el año.

Desde el punto de vista institucional, el edificio europeo también ha sufrido singularmente ya que Alemania y Francia han optado por un intergubernamentalismo sin contemplaciones ni complejos y dado de lado a las instituciones europeas (especialmente a la Comisión y el Parlamento) y al llamado “método comunitario”, que tradicionalmente ha sido la única garantía de equilibrio entre grandes y pequeños, ricos y pobres, Norte y Sur.
In extremis, a punto de concluir el año, el Banco Central Europeo ha salvado a la economía europea del colapso inundando el mercado bancario de liquidez. Con ello ha dado la razón a todos los que venían diciendo que las presiones sobre la deuda soberana no eran la causa, sino la consecuencia de una crisis financiera que, debido a los errores de diseño y funcionamiento de la eurozona, a punto ha estado de llevarse por delante a la propia UE. La campana del BCE ha salvado a la UE, al menos por el momento, pero no ha solucionado los problemas de fondo, que siguen estando ahí y que 2012 tendrá que enfrentar.
Entre ellos cabe destacar la imposibilidad de tender un cortafuegos entre el euro y la UE que aísle el fracaso de uno del colapso de la otra. Por eso, cuando en 2012 griegos y británicos vuelvan a la mesa de la negociación, la UE se encontrará exactamente en el mismo lugar donde estaba en 2011: entre la espada de una salida de Grecia del euro, cuyas consecuencias serían devastadoras, y la pared de una ruptura irreversible con el Reino Unido, que amenazaría la unidad del mercado interior y debilitaría la posición de la UE en el mundo.

Sin embargo, el futuro de Europa no se decidirá en la periferia greco-británica, sino, como es lógico, en su núcleo. El Gobierno alemán sigue obstinado en una lectura de la crisis que hace imposible su solución ya que, como se ha demostrado, la crisis exige un cambio en las normas que gobiernan la eurozona y, muy particularmente, un nuevo papel del BCE y la emisión de eurobonos. En Berlín, la canciller Merkel se ha atado conscientemente no a uno, sino a dos mástiles: el de una opinión pública muy reticente a la unión monetaria y el de un Tribunal Constitucional hostil al proyecto de integración europeo. Pero esa opinión pública y legal detrás de la que Merkel se escuda no es la causa de sus acciones sino algo que ella misma y su partido han alentado, infundiendo en los alemanes el convencimiento, contra toda evidencia empírica, de que el euro no solo ha sido un mal negocio para Alemania sino, como parece creer su Tribunal Constitucional, una amenaza para la propia democracia alemana.

Así las cosas, una vez que el BCE ha cambiado de rumbo y decidido salvar el sistema financiero, todas las miradas se dirigirán hacia Alemania, intentando dilucidar hasta qué punto Berlín seguirá liderando Europa sobre la base de sus dudas, reticencias y miedos o sobre una visión constructiva y a largo plazo del futuro del continente. Olvídense pues del calendario maya: es en Berlín donde Casandra se reivindicará o será desmentida.

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA 02/01/2012

También en PressEurop

Dos velocidades, dos Europas

11 noviembre, 2011

Al calor de la implosión política de Grecia y la desestabilización de Italia se han hecho más probables dos fenómenos que hasta ahora solo existían como posibilidades teóricas: una, que un país abandone o sea forzado a abandonar el euro; dos, que un grupo de países decida avanzar en la integración dejando a los demás atrás. Así pues, lo que antes era posible pero sumamente improbable ahora comienza a ser probable, eso sí, con unas consecuencias casi imposibles de imaginar: estamos hablando de la combinación de un efecto centrífugo, que amenaza con desgajar la Unión Europea por fuera, con un efecto centrípeto, que amenaza con romper la Unión Europea por dentro.

Dejando a un lado el primer problema, hay que decir que la posibilidad de ir a una integración a varios ritmos no es nueva: de hecho, con 17 miembros en el euro y diez fuera, ya tenemos una Europa a varias velocidades, máxime si consideramos que hay miembros (entre los que sobresalen los británicos, los suecos y los daneses) que no solo no participan en el euro sino que tampoco participan en algunas políticas, como la defensa, la inmigración o la política social. Por tanto, el problema no es que dentro del mismo edificio, con las mismas normas y bajo el mismo Tratado, coexistan varias velocidades, que los más rezagados puedan ir sumándose al grupo de cabeza o que algunos Estados soliciten, por razones internas, no participar en algunas políticas. Todo eso ya lo tenemos. Como también tenemos en los Tratados europeos unos procedimientos que regulan las llamadas cooperaciones reforzadas, que permiten a un grupo de Estados pioneros avanzar más rápidamente que otros garantizando que el proceso reforzará el proyecto europeo, no que lo debilitará. De hecho, en el pasado, la posibilidad de quedarse descolgado del pelotón de cabeza tuvo un efecto dinamizador, ya que sirvió para estimular a muchos países, entre ellos el nuestro, a hacer las reformas necesarias para sumarse al euro. E incluso cuando la integración procedió por fuera de los Tratados (como en el caso del acuerdo de Schengen, que daría lugar a la supresión de los controles fronterizos), los países pioneros lograron que sus éxitos fueran finalmente reabsorbidos en los Tratados, extendidos a todos los miembros y puestos bajo gestión y supervisión de las instituciones europeas (Comisión, Consejo, Parlamento y Tribunal).

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Rebelión en las capitales

28 octubre, 2011

// Pese a las medidas adoptadas por el último Consejo Europeo, estamos todavía lejos de ver la luz al final del túnel. Como viene siendo costumbre desde que comenzara la crisis, los líderes europeos han adoptado medidas de cortísimo alcance, parches que tapan temporalmente las diferentes vías de agua que se han abierto en el edificio del euro y que vuelven a posponer las soluciones que proporcionarían estabilidad al sistema. El reguero de cumbres europeas y votaciones parlamentarias que ha requerido la ampliación a un billón de euros del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) es la mejor prueba de que la crisis que vivimos es de naturaleza esencialmente política. Es hoy más evidente que nunca que los líderes europeos funcionan con un esquema mental inverso al que la situación exige: en lugar de solucionar los problemas nacionales pensando desde parámetros europeos, intentan solucionar los problemas europeos pensando desde parámetros exclusivamente nacionales.

No es de extrañar que las cuentas no nos salgan, ni a los ciudadanos ni a los mercados: hace tiempo que ambos se han dado perfecta cuenta de que no es la suma de estas partes nacionales, cada vez más incapaces y enfrentadas entre sí, la que salvará a Europa. Por un lado, el Parlamento alemán y el partido de Merkel (la CDU) imponen cada día más limitaciones a la capacidad de actuación de la canciller y, al mismo tiempo, condiciones más severas al resto de los socios. El borrador de declaración sobre Europa y la crisis que la CDU debatirá en su congreso del 14 de noviembre (reproducido en el blog Café Steiner) plantea una reforma de los Tratados cuya lógica es meramente punitiva: sacrificios y exigencias de toda índole sin ninguna contrapartida política de largo alcance.

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El cortafuegos francés

24 octubre, 2011

El desenlace de la crisis del euro no está muy lejos. El presidente saliente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, ha sido rotundo: “Estamos ante una crisis sistémica”. Y una crisis sistémica solo tiene dos finales posibles: un colapso del sistema o un cambio del sistema. No se trata de meras posibilidades teóricas: por primera vez en muchos meses, ambas son igualmente probables. Si fracasa, la cumbre del domingo abrirá el último acto del colapso; si triunfa, será el primero de la recuperación.

En cuanto al colapso del sistema, que los cortafuegos fueran insuficientes o que el fuego fuera demasiado grande es lo de menos: el caso es que durante los dos últimos años, los mercados financieros han saltado una tras otra las barreras que las autoridades europeas han ido instalando. La crisis cruzó primero el Atlántico, dejando tras de sí un reguero de bancos y cajas con problemas; luego se trasladó al sector público, cebándose con Grecia, Islandia, Irlanda y Portugal. En los últimos meses, la lengua del fuego se ha divido en dos, con un frente activo en España e Italia y otro revolviéndose contra un sector financiero europeo doblemente amenazado por el estrangulamiento del crédito y el enorme volumen de deuda soberana adquirida. La última escena de esta película de terror no la hemos visto todavía, pero ya la hemos comenzado a intuir. Si la crisis llega a Francia, lo que seguramente hará si se produce una quiebra desordenada de Grecia o si siguen sin tomarse decisiones de calado, el sistema se colapsará. Los bancos y la deuda soberana de Francia, resguardadas hoy detrás de una calificación de triple A y un reducidísimo diferencial con Alemania en su prima de riesgo, representan el último cortafuegos antes de que el sistema implosione. De ahí los nervios y prisas de Sarkozy.

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Europa viaja a tierra de nadie

1 julio, 2011

La divisa de la Unión Europea es “unidos en la diversidad”, muy parecida al “e pluribus unum” (“de muchos, uno”) que inspira a los estadounidenses. Sin embargo, más que unidos en la diversidad, los europeos parecen divididos en la unidad. Los intereses que comparten son tan intensos y se encuentran tan íntimamente entrelazados que los Veintisiete forman una unión indisoluble. Pero, a la vez, los Estados que forman la Unión tienen visiones tan contrapuestas sobre materias esenciales (la economía, la defensa, la inmigración) que en muchas ocasiones, en lugar de actuar solidariamente unos en apoyo de otros, sus desavenencias les llevan a la parálisis.

Lo paradójico es que, en los ámbitos en los que se dilucida su futuro, los europeos están atrapados en sus propias redes. Por voluntad propia, debido a las decisiones tomadas en los últimos 60 años, los Gobiernos carecen de la autonomía necesaria para tomar sus propias decisiones. No pueden volverse atrás, porque saben perfectamente que aunque hubieran retenido la soberanía formal en el ámbito monetario o en lo relativo a la gestión de sus fronteras (por citar algunos ejemplos relevantes), su margen de maniobra real sería extraordinariamente limitado. Sin embargo, al mismo tiempo, su renuncia todavía no se ha visto recompensada con la consolidación de una UE suficientemente capaz de tomar decisiones que sean a la vez eficaces, en tanto en cuanto tengan el impacto deseado y resuelvan los problemas que preocupan a los ciudadanos, y legítimas, en tanto en cuanto los ciudadanos consideren que son las instituciones europeas, y no las nacionales, las que deben decidir en esa u otras materias.

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Alemania desatada

22 marzo, 2010

Ulises se ató al mástil de su nave para no sucumbir al canto de las sirenas. Según la analogía popularizada por mi colega del European Council on Foreign Relations en Berlín, Ulrike Guérot, lo mismo puede decirse de Alemania, que durante los 40 años transcurridos entre la fundación de la República Federal, en 1949, y la caída del muro de Berlín, en 1989, se ató al mástil europeo para no sucumbir a los cantos del nacionalismo alemán. (more…)