Posts Tagged ‘Afganistán’

Hagel y Kerry vuelven a Asia

11 enero, 2013

SwiftBoatSi el Senado confirma los nombramientos de Obama para los puestos de secretario de Defensa y de Estado, durante los próximos cuatro años, la acción exterior de EE UU estará dirigida por dos veteranos de la guerra de Vietnam. El Ejército más poderoso del mundo —con 570.000 soldados en activo y un presupuesto de 533.000 millones de euros que representa el 59% del gasto mundial en defensa— será dirigido por Chuck Hagel, sargento responsable de un pelotón en la 9ª División de Infantería desplegada en el delta del Mekong entre 1967 y 1968. A su lado, en el Departamento de Estado, tendrá como responsable de la diplomacia del país más influyente del mundo a John Kerry, teniente de navío a cargo de una patrullera fluvial en la bahía de Cam Rahn durante 1968-1969. Aunque en 2004, durante su campaña presidencial, un grupo de veteranos intentó desacreditar el historial militar de Kerry cuestionando las acciones que le valieron las más importantes medallas que concede el Ejército (el Corazón Púrpura, la Estrella de Bronce y la Estrella de Plata), las hojas de servicio de ambos demuestran que vivieron la guerra de Vietnam no solo en primera línea, sufriendo emboscadas y ataques, sino en toda su crudeza, asistiendo a la muerte de numerosos compañeros y sufriendo ellos mismos heridas de diversa consideración.

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Las tres guerras de Obama

13 enero, 2012

Barack Obama recibió de su predecesor, George W. Bush, una herencia bélica envenenada. Aunque distinguiera entre Irak como una guerra “elegida” y Afganistán como una guerra “necesaria”, en ambos casos prometió la retirada.

La primera retirada ya ha tenido lugar, y seguramente ha sido mucho más honrosa de lo que Obama jamás pudo imaginar. La retirada de Irak no salva el desastre que fue la invasión ni convalida la pérdida consiguiente de vidas, como tampoco deja detrás una democracia estable, pero permite pasar una difícil página, reducir costes presupuestarios en época de crisis y, sobre todo, permitir a la Administración de Obama centrarse en su verdadero objetivo estratégico: Asia-Pacífico.

La segunda retirada también está en marcha: tiene una fecha militar (2014) y unos plazos políticos que, bien que mal, parecen estar cumpliéndose. Negociar con los talibanes que ampararon a Bin Laden no parece la mejor manera de cerrar el 11-S, pero visto desde Washington, todas las alternativas son peores. Por tanto, aunque plantee muchas dudas, el consentimiento otorgado por Washington a la apertura de una oficina de intereses talibán en Catar significa que Obama descuenta que su salida no será victoriosa sino, en el mejor de los casos, solo honrosa, sin victoria ni derrota (aunque, eso sí, con un legado muy incierto dada la debilidad de Karzai).

Lo quiera o no, el historial bélico de este presidente premio Nobel de la Paz no acaba aquí. Al tiempo que Obama se zafaba del legado de Bush hijo, se enredaba en tres conflictos bélicos de baja intensidad, como si para un presidente fuera imposible sustraerse del influjo magnético del inmenso poder militar que Estados Unidos pone a su disposición.

La primera guerra de Obama ha sido, sin duda, Pakistán, donde, desde el comienzo de su mandato, el presidente apostó por un incremento radical de las operaciones de bombardeo en el noroeste del país. Esta campaña contra los líderes de Al Qaeda y talibanes allí basados (que habría supuesto la muerte de unos 1.500 activistas) ha requerido, día tras día, torcer el brazo de políticos y militares paquistaníes, sumamente reacios a la presencia y actividades estadounidenses en su territorio. Después de que 26 militares paquistaníes murieran tras una reciente incursión estadounidense (y con el recuerdo fresco de la humillación sufrida como consecuencia de la operación para matar a Bin Laden), el Gobierno paquistaní ha suspendido el permiso a la CIA para utilizar la base de Shamsi para las operaciones de sus aviones no tripulados. Por eso, aunque esta guerra está vinculada a Afganistán y muy bien podría continuar una vez llevada a cabo la retirada de allí, su final es sumamente incierto.

La segunda guerra de Obama se desarrolló en los cielos de Libia. Obama dijo que se sentaba “en el asiento de atrás”, dejando a franceses y británicos la conducción de la guerra, pero lo cierto es que, una vez más, la participación de EE UU fue absolutamente determinante, hasta el punto de que los europeos no hubieran podido sostener la campaña más allá de los días iniciales. La guerra no fue secreta, aunque sí opaca, dado el deseo de Obama de no involucrar visiblemente a Estados Unidos en otra guerra contra otro país musulmán.

La tercera guerra de Obama está cuajando, al parecer, en torno a Irán. Los 8.000 pilotos y técnicos aéreos estadounidenses desplazados a Israel en los últimos días con el objeto de realizar maniobras conjuntas ofrecen una respuesta muy clara al anuncio de Irán de que va a enriquecer uranio por encima de los niveles requeridos para su uso civil. A su vez, la ristra de atentados contra científicos iraníes, aunque supuestamente se lleve a cabo mediante actores interpuestos, bien sean opositores iraníes, los servicios de inteligencia israelíes o, ¿por qué no?, Arabia Saudí u otros que también consideran el programa nuclear iraní como una amenaza de primer orden, no es algo que pueda ocurrir sin la aquiescencia, aunque sea implícita, de Estados Unidos. Sumados a la tensión generada por las sanciones al sector petrolero iraní y las amenazas de Teherán sobre el estrecho de Ormuz, todo indica que los actores involucrados han decidido elevar sus apuestas y, en consecuencia, las posibilidades de un conflicto abierto.

Hasta ahora, igual que Bush hijo, Obama no ha dudado en emplear la fuerza para defender lo que percibe que son los intereses de Estados Unidos. Pero, en contraposición a Bush, ha preferido siempre utilizar la fuerza del modo menos visible posible, no comprometer fuerzas terrestres y permitir que otros asuman el protagonismo. Hasta la fecha, las guerras de Obama han sido de baja intensidad: pero según avanza 2012, las cosas pueden cambiar.

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA 13/01/2012

http://www.elpais.com/articulo/internacional/guerras/Obama/elpepiopi/20120113elpepiint_5/Tes

Retirarse de Afganistán

8 julio, 2011

Hace ahora un año, en una conversación con un diputado laborista británico que había tenido responsabilidades de gobierno en el Gabinete de Tony Blair me quedé sorprendido por la vehemencia con la que preconizaba la total y completa retirada de Afganistán. El diputado en cuestión no era nada sospechoso de antiamericanismo, más bien era un halcón que se había bregado a fondo en la defensa de la intervención en Irak. Sus razones eran múltiples y complejas, pero en el fondo se resumían en una sola: hemos fracasado a la hora de construir un Estado-nación viable en Afganistán; cuanto antes lo reconozcamos y asumamos las consecuencias, mejor. Suponiendo que tuvieras razón, le dije, todavía tendrías que responder a una importantísima pregunta. Pensaba, naturalmente, en las implicaciones de esa decisión para los propios afganos, que quedarían bien enfangados en una nueva guerra civil o bien a merced de la vuelta al poder de los talibanes y de su extremadamente punitiva visión del islam. La pregunta en cuestión era: “¿Cómo se retira uno de Afganistán?”. Su respuesta me dejó helado: “Muy sencillo”, dijo. “Se sube uno al tejado de la embajada, recoge la bandera y se marcha en el último helicóptero”. Con ello aludía a las dramáticas imágenes de la evacuación de Saigón en 1975 ante la inminente llegada de las tropas de Vietnam del Norte.

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Afganistán sin Bin Laden

20 mayo, 2011

Parece que la vaca se quedó tan enredada en las alambradas que los soldados no tuvieron más remedio que sacrificarla y despedazarla para poder retirarla. Vemos a los ancianos del pueblo, unos hombres de largas barbas y extrema delgadez, acercarse al puesto a pedir explicaciones. Tras discutir un rato sobre lo ocurrido, piden una compensación de 400 dólares (280 euros). El sargento se niega, dice que les puede dar algo de comida, pero no dinero. Todo ello ocurre en el puesto avanzado Restrepo, situado en el valle de Korengal, provincia de Kunar, Afganistán, en una zona remota y aislada, de una pobreza extrema, sin agua corriente ni electricidad, donde no parece que nada haya cambiado mucho en los últimos 200 años. En el pueblo solo hay ancianos, mujeres, niños y algunos adolescentes: es casi seguro que los varones adultos están del lado talibán, y no muy lejos. A un kilómetro del pueblo, sobre un risco, el segundo pelotón de la Compañía C del 503 Regimiento de Infantería del Ejército estadounidense ocupa un pequeño fortín construido a base de planchas de acero y sacos terreros donde no caben más de 15 soldados. Los soldados estadounidenses están en desventaja, pues la población local desconfía de ellos y, además, son hostigados todos los días por el fuego de un enemigo al que nunca alcanzan a ver. Su primera incursión en el pueblo vecino termina con cinco niños heridos y algunas viviendas de adobe destruidas. El capitán se disculpa por medio de un intérprete, pero en esta y en cada ocasión que tiene de hablar con los lugareños insiste machaconamente: estamos aquí para ayudaros, vamos a traer una carretera y empleos para que podáis prosperar, pero a cambio nos tenéis que ayudar con los talibanes. No sabemos lo que piensan los lugareños, pero podemos imaginarlo: “¿Una carretera?, ¿para que vengan más como vosotros?”.

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