En nombre de Europa

14 abril, 2015

DBP_1977_926_Jean_Monnet“Europa no ha sido nunca tan próspera, tan segura ni tan libre. La violencia de la primera mitad del siglo XX ha dado paso a un periodo de paz y estabilidad sin precedentes en la historia europea”. Así abría la estrategia de seguridad aprobada en diciembre de 2003 por el Consejo de la Unión Europea. Vuelvan a leer el entrecomillado, lean la sección de internacional de este diario, e intenten ver cuánto queda hoy de aquella descripción.

Respecto a la prosperidad, a la vista de todos está la exasperante lentitud con la que Europa ha lidiado con la crisis económica. En lo relativo a la seguridad, las cosas tampoco pintan mejor: un rosario de conflictos, desde Ucrania hasta Libia pasando por Siria, nos han dejado un reguero de refugiados, fanatismo e impotencia. Y si nos fijamos en la libertad, no sólo nos topamos con la frustración que provoca el fracaso de los procesos de cambio político en el mundo árabe sino que tenemos que incorporar los retrocesos democráticos que observamos en Rusia y Turquía. Y para colmo, ese reflujo antiliberal se solapa con el resurgir del nacionalismo xenófobo dentro de la propia Unión. Critíquese a Rusia todo lo que se quiera, pero no se olvide que un primer ministro que se sienta en el Consejo Europeo (me refiero al húngaro Víctor Orban) ha manifestado que la democracia liberal no es el único modelo de democracia posible.

La UE necesita de forma urgente una estrategia que aúne sus valores e intereses de forma coherente y ponga a su disposición las herramientas necesarias para defenderlos. Es difícil proclamarse admirador del presidente de la Comisión Europea, sin duda fiel representante de ese establishment europeo que con sus componendas y miopías nos ha hecho perder una década en debates institucionales o riñas de familia. Pero hay que aplaudir a Juncker por su creciente afición a decir verdades como puños, desde el desastre que ha sido la troika al absurdo de que los europeos sigan sin tomarse en serio la idea de poner en marcha un Ejército europeo. Muchos dirán que un expresidente del Eurogrupo proveniente de un país con unas fuerzas armadas de 900 efectivos, un sector financiero sobredimensionado y una política fiscal que sonroja no es el idóneo para decir las verdades del barquero. Pero alguien tiene que comenzar a señalar con el dedo a todos aquellos que han hecho de la administración de la decadencia europea un modo de vida, comenzando por los ejércitos y las diplomacias nacionales, cuya existencia como entes autónomos cada vez tiene menos sentido. En una ocasión Jean Monnet cerró la puerta en las narices a los diplomáticos nacionales con el argumento de que él estaba allí para defender los intereses europeos. Nuestro problema hoy, antes que la estrategia, es encontrar a alguien que quiera hablar en nombre de todos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 12 de marzo de 2015

Lágrimas por Venezuela

14 abril, 2015

venezuela-653088_640Pese al consabido tópico de que la barrera entre la política exterior y la interior es casi inexistente en el mundo de hoy en día, la realidad es que la política exterior importa muy poco desde el punto de vista electoral. Tanto es así que en los modelos que los politólogos vienen usando desde hace décadas para analizar el comportamiento electoral se parte del supuesto de que los votantes sólo se interesan por la política exterior en ocasiones muy excepcionales y de forma retrospectiva, es decir, para penalizar a los gobernantes por grandes desastres o premiarles por grandes aciertos. Como ninguna de las dos cosas suele ser habitual, lo normal es que los asuntos internacionales estén fuera del radar del interés de la opinión pública.

Toda regla tiene, sin embargo, sus excepciones. En el caso de la política exterior, la excepción más común suele darse cuando las fuerzas políticas de un país se dividen en torno a un asunto internacional y, perdón por la redundancia, politizan la política exterior. Los casos en los que esto ocurre tienen en común que interpelan de forma conflictiva el sistema de valores que une a una comunidad política. En esos momentos, la política exterior deja de ser una política pública destinada a gestionar y maximizar las relaciones con nuestro entorno y se convierte en una interpelación sobre qué aspiramos a lograr y cómo queremos conseguirlo, con quién queremos hacerlo y cómo y por quién queremos ser reconocidos por ello. Por eso, cuando nos posicionamos sobre un tema de esta naturaleza, definimos nuestra identidad, ante nosotros y ante los demás, como individuos y como país.

De un tiempo a esta parte, Venezuela se ha convertido en un mar de lágrimas que ejerce ese tipo de interpelación. A un lado vemos las lágrimas de los que siguen llorando la desaparición de Hugo Chávez, al que admiran como mito y espada de la izquierda verdadera que, dicen, derrotó al neoliberalismo y a la injusticia social. Al otro lado vemos las lágrimas de una oposición acosada y hostigada más allá de lo admisible en ningún sistema que aspire a llamarse democrático. En medio, se nos aparece un régimen político que prometió un socialismo del siglo XXI pero que ha acabado exactamente en el mismo lugar que todos sus predecesores: prescindiendo de los derechos humanos, suprimiendo la división de poderes y destruyendo el sistema económico sobre el que se asienta. Cuando en 1959 los socialdemócratas alemanes, reunidos en Bad Godesberg, abandonaron el marxismo no lo hicieron porque les hubiera dejado de preocupar la desigualdad. Lo hicieron porque, mirando por encima del muro de Berlín, concluyeron que la aspiración por la igualdad, por noble que fuera, no justificaba la supresión de la libertad. Esa línea divisoria sigue estando presente hoy y sigue dividiendo a la izquierda en dos. No se crean pues las ambigüedades ni las equidistancias.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 26 de febrero de 2015

Inmigración, integración, terrorismo y libertad de circulación: la gran confusión

14 abril, 2015

4586245313_c31545b9fc_oEs lógico que en el fragor de la batalla las emociones se disparen. Pero tan peligrosos enemigos son aquellos que atentan contra nuestro modo de vida y libertades como los errores que podemos cometer si nos dejamos llevar por esas emociones. Es lo que en cierta medida ha ocurrido a raíz de los recientes atentados en París contra Charlie Hebdo y la comunidad judía cuando a caballo del shock y la repulsa por dichos ataques muchos se dejaron llevar por la tentación de mezclar en una misma y confusa amalgama la lucha contra el terrorismo, la política hacia Oriente Próximo, el control de fronteras, la inmigración irregular, la libertad de circulación de trabajadores, el papel del islam en nuestros espacios cívicos y la integración y asimilación de minorías de distinta cultura o religión en nuestras sociedades.

Prueba de esa confusión, en Francia vimos, por un lado, al presidente François Hollande encaramarse a la cubierta del portaviones Charles de Gaulle para declararse en guerra contra el Estado Islámico aunque hubiera dudas de si el atentado estaba inspirado por ese grupo o por Al Qaeda y tampoco estuviera muy claro si una reacción de tipo bélico y en caliente no era precisamente el objetivo del ataque o si pudiera tener efectos amplificadores incentivando futuros atentados. Por otro lado, ignorando deliberadamente que los atacantes parisienses eran ciudadanos franceses nacidos en Francia a los que difícilmente los controles fronterizos hubieran supuesto un impedimento para entrar y salir del país, escuchamos al expresidente Nicolas Sarkozy demandar el fin de la libertad de circulación dentro de la UE y la reinstauración de los controles de fronteras dentro del espacio Schengen. También asistimos a la enérgica demanda de Marine Le Pen y su xenófobo Frente Nacional de reinstaurar la pena de muerte o, en otros contextos como el español, la introducción en el Código Penal de la cadena perpetua, ambos objetivos populares entre muchos votantes pero de nula eficacia como instrumento de lucha contra el terrorismo yihadista. Y a ese coro de peticiones se sumaron reclamaciones en las que se mezclaba la hostilidad contra la comunidad musulmana en Francia con una revitalización de las discusiones en torno a la naturaleza violenta o pacífica del islam o su compatibilidad con la democracia. En definitiva, una gran y poco provechosa confusión.

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El error de Tsipras

8 abril, 2015

DIE_LINKE_Bundesparteitag_10._Mai_2014_Alexis_Tsipras_-1La Unión Europea, suele decirse, es un orden negociado. ¿No es esto contradictorio? Un orden es algo estable y cerrado, mientras que una negociación presupone algo abierto y en permanente cambio. ¿Cómo puede ser algo una cosa y a la vez su contraria? La respuesta correcta es: ¿y qué importa? ¿Qué necesidad hay de lamentarse porque algo que funciona en la práctica no lo haga en la teoría?

La Unión Europea funciona mejor de lo que se dice, especialmente teniendo en cuenta que lo hace sin modelo ni referencias. Todo lo bueno que ha logrado la UE se lo debe a su enorme flexibilidad: una y otra vez desde los comienzos de este proyecto tan singular hemos visto a los líderes europeos, agotados tras días y noches de negociaciones sin interrupción, estampar su firma en acuerdos que se suponían imposibles y que a decir de muchos suponían la cuadratura del círculo.

Así entró Grecia en las (entonces) Comunidades Europeas: mediante un acto político del Consejo Europeo, que creyendo imperativo apoyar el proceso de consolidación democrática tras el fin de la dictadura de los coroneles, pasó por encima del dictamen de la Comisión Europea, que en razón del pésimo estado de la economía griega había recomendado tomarse su adhesión con mucha, muchísima calma. En aquella ocasión, como en tantas otras en la historia comunitaria, las reglas del juego se retorcieron por una razón política superior y Grecia no sólo entró en la Unión a pesar de no cumplir los requisitos, sino que lo hizo cinco años antes que España y Portugal.

Buscar la razón política superior que hiciera deseable la extensión y modificación a favor de Grecia del programa de rescate debería haber sido la primera tarea de Tsipras y su Gobierno. No era una tarea en absoluto difícil pues su llegada al poder ha coincidido con un momento de rara unanimidad dentro de la Unión Europea en torno a los errores de diseño del euro, los excesos de la política de austeridad, las torpezas de la troika y el desproporcionado coste asumido por la ciudadanía griega.

Todo era viento en las velas para aliarse con un presidente de la Comisión con mala conciencia por su pasado y empeñado en políticas de estímulo, un presidente del Banco Central Europeo decidido a emprender una expansión monetaria sin precedentes sin importarle lo que dijera Alemania y unos Gobiernos en París, Roma y Madrid encantados de utilizar a Atenas para terminar de demoler los dogmas con los que Alemania asfixia el crecimiento económico.

Créanme, Tsipras lo tenía realmente fácil. Pero fuera por dogmatismo, mal asesoramiento o por perseguir otros fines, se ha empeñado en una confrontación absurda con sus socios. ¿El resultado de este despilfarro de capital político y moral? Que obtendrá la mitad de lo que hubiera podido lograr si hubiera actuado con inteligencia y flexibilidad, y al doble de precio. Una pena, sobre todo para los griegos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 26 de marzo de 2015

El hechizo israelí

25 marzo, 2015

jerusalem-342813_640El miedo funciona electoralmente, sostienen los expertos en comunicación política, porque el cerebro procesa la información relacionada con nuestra seguridad de una forma distinta de la que lo hace con otras noticias. Ese mecanismo de alerta temprana llamado instinto de supervivencia explica que la gente se pegue al televisor cuando tienen lugar desastres naturales o que interese mucho más un atraco que la información política. Si quieren dirigir un informativo televisivo de éxito, el truco es fácil: pongan sólo inundaciones y muchos, muchos sucesos.

Ahora piensen en Israel, rodeado de amenazas existenciales, y entenderán por qué Benjamín Netanyahu va camino de convertirse en el primer ministro más longevo de la historia de Israel y por qué la izquierda de ese país, empeñada en hablar del precio de la vivienda o, en tiempos ya lejanos, de la paz con los palestinos, se asemeja a una especie en vías de extinción.

Nadie puede cuestionar el derecho de los israelíes a preocuparse por su seguridad ni a que esas preocupaciones se sitúen en el centro de la vida política: pocos países en el mundo enfrentan un problema de seguridad tan extremo como lo hace Israel. El problema es que las políticas de Netanyahu, aunque crean la ilusión de hacerlo, distan mucho de garantizar la seguridad de su país. Cierto que el proceso de paz con los palestinos basado en una solución que diera lugar a dos Estados, uno israelí y otro palestino, estaba prácticamente muerto. Pero al renunciar Netanyahu formalmente a ese horizonte, como lo ha hecho durante la campaña, sitúa a la comunidad internacional y a los palestinos ante una situación insostenible. EE UU, pero sobre todo Obama, tendrá que decidir si deja el problema a su sucesor o cierra su mandato con un enfrentamiento con Israel en campo abierto y año electoral. De igual forma, los europeos (España incluida) se verán impelidos a activar los reconocimientos al Estado palestino, paralizados hasta la fecha con el argumento de no perjudicar el proceso de paz, y a revisar sus relaciones con Israel, convertida en potencia ocupante de un territorio sin ningún título legal para hacerlo ni intención de disimular dicha carencia ni la temporalidad de la ocupación.

Muchos israelíes parecen vivir instalados en el convencimiento de que deben su seguridad a la maestría política de Netanyahu. Éste ha logrado convencerles de que la ocupación de Cisjordania y el bloqueo de Gaza no sólo no tienen coste alguno sino que explican y garantizan su seguridad. Pero nada hay más lejos de la realidad: si algo explica esa sensación de seguridad es la decisión consciente de EE UU y los europeos de mirar, día tras día, hacia otro lado. Cierto, la lógica de este argumento requeriría una política que elevara los costes de la ocupación y disipara esa sensación de seguridad. Pero, estén seguros, nadie a este lado se atreverá a romper el hechizo.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 19 de marzo de 2015

Bibi y la bomba

25 marzo, 2015

8030669230_fcd20f3dc4_oVibrante discurso, coinciden los observadores, el pronunciado el martes en el Congreso de EE UU por Benjamín Netanyahu clamando contra Obama por su intención de concluir un acuerdo nuclear con Irán. Por alguna extraña razón, todas las crónicas de prensa, radio y televisión cometieron el mismo error: rotular a Netanyahu como “primer ministro de Israel”. Extraño proceder cuando es evidente que lo último que hizo Bibi fue actuar como primer ministro de un país aliado. Seguramente el equívoco se debe a lo difícil que fue elegir entre las dos alternativas, ambas más realistas. No es difícil imaginar a los directores de informativos de las principales cadenas de televisión debatiendo entre si debían rotular a Netanyahu como congresista republicano por Jerusalén o como candidato del partido Likud a las elecciones generales que se celebrarán en Israel el día 17. Porque eso es todo lo que hizo Netanyahu: utilizar el miedo a Irán para promocionarse como candidato a primer ministro y, de paso, debilitar a Obama ante los republicanos.

Que Netanyahu pueda bramar contra el acuerdo de nuclear con Irán y, a la vez, mantener fuera del debate público y de los tratados internacionales un arsenal nuclear propio que se estima en 60-80 cabezas nucleares y material fisible para construir hasta 200, es un milagro de orden bíblico solo posible en esa zona del mundo. Hay que recordar que EE UU no es un amigo de Israel, sino su principal valedor. Sin el apoyo diplomático de Washington en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Israel hace tiempo que habría tenido que elegir entre firmar una paz justa con los palestinos y retirarse de Cisjordania o exponerse a un régimen de sanciones internacionales similares al que sufrió la Sudáfrica del apartheid. Y sin los más de 3.000 millones de dólares anuales que los contribuyentes estadounidenses (votantes de Obama incluidos) transfieren a Israel como ayuda militar, los israelíes no podrían mantener su ventaja militar ante sus vecinos. Sin el apoyo de EE UU, Israel no sería una isla de desarrollo y democracia en Oriente Próximo, sino un cuartel aislado en un vecindario nada amable.

Los republicanos tendrían que tener algo más de cuidado y un poco más de sentido común. Haciendo creer a Netanyahu que es el dueño de la política exterior de EE UU no hacen ningún favor a Israel ni tampoco se lo hacen a sí mismos. Sea porque Teherán, sintiéndose amenazado, decida romper el acuerdo nuclear e ir a por la bomba o sea porque Israel decida unilateralmente bombardear las instalaciones nucleares iraníes y el nuevo presidente de EE UU no tenga la autoridad para impedírselo, es evidente que si Netanyahu es reelegido y los republicanos ganan las elecciones presidenciales de 2016, las probabilidades de una guerra con Irán aumentarán de forma exponencial. Quizá lo lógico sería que Netanyahu se presentara a las próximas primarias republicanas y optara a la Presidencia; eso lo aclararía todo. Cuando la cola mueve al perro, las cosas andan mal.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el domingo 5 de marzo de 2015

Bruselas ha caído

4 marzo, 2015

1391254933¿Se imaginan ese titular? Que sea improbable no quiere decir que sea imposible. Al fin y al cabo, todos los imperios han caído. Y la Unión Europea no deja de ser un imperio; posmoderno, pacífico y basado en el derecho, pero un imperio al fin y al cabo. Pero precisamente por eso quizá podamos aventurar que su caída sería diferente de la de otros imperios, es decir que no hace falta pensar en los hunos desfilando por la Rue de la Loi en Bruselas para imaginarse su fin. De hecho, si lo piensan bien, la mayoría de los imperios han caído desde dentro antes que desde fuera. Y lo han hecho, aquí es donde la cosa se pone interesante, generalmente víctima de las divisiones internas entre élites, territorios o grupos sociales y, a la vez, por su incapacidad de adaptar su modelo económico a los desafíos que el futuro les planteaba.

Europa tiene motivos para estar preocupada pues está enfrentando simultáneamente dos amenazas existenciales: una exterior y otra interior. En el exterior se ve sometida, por un lado, al desafío de los yihadistas, que están intentando por todos los medios atraerla a ese conflicto para así derrotarla a la vista de todo el mundo. Por otro, tiene ante sí a una potencia nuclear que ha decidido romper con todas las normas que regulan el orden europeo y construirse una esfera de influencia a su medida aunque para ello tenga que desgajar el territorio de otros Estados. Pese a las diferencias entre ambos escenarios, los dos interpelan a Europa de manera similar: abstenerse es imposible, pero intervenir con garantías de éxito es sumamente improbable.

Europa podría encontrar la manera de navegar todos esos conflictos, de Libia a Ucrania, de forma algo más exitosa que la actual si no tuviera las dos manos atadas a la espalda. Una mano está atada porque sus capacidades militares están más a la altura de su carácter posmoderno que a la de los desafíos que le plantean sus vecinos: ya estuvimos en las arenas de Libia y en los campos helados de Ucrania y no queremos volver. Y la otra mano está atada porque los europeos, líderes y opiniones públicas, todavía no parecen haber percibido la naturaleza de lo que está en juego.

De hecho, muchos prefieren seguir enzarzados en discutir sobre si la culpa de los problemas de Grecia es de las políticas de austeridad o de la incompetencia de los sucesivos políticos griegos. E incluso crecen los que, como los británicos de Nigel Farage, los seguidores de Marine Le Pen en Francia o los partidarios de Alternativa por Alemania, andan sopesando si no será mejor poner fin a todo esto.

Dirán que es tremendista, pero mientras las fronteras este y sur de Europa se deshilachan, la mitad de Europa anda enredada en juegos semánticos sobre si lo que se va a firmar se llamará programa o puente y la otra mitad se pregunta sobre si este proyecto tiene sentido. Al paso que vamos, cuando los bárbaros lleguen a Bruselas no va a haber nadie para recibirlos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 19 de febrero de 2015

La troika y el gallina

4 marzo, 2015

312195800_70ffb91a48_zMuchos analistas están dibujando el conflicto entre Grecia y Alemania como un “juego del gallina”, ya saben, ese en el que dos coches se dirigen a toda velocidad uno contra otro para ver quién se aparta primero. El juego tiene varios resultados posibles: los dos demuestran que son muy machos, pero mueren; los dos se apartan en el último segundo y se van juntos a celebrar su sensatez; o, por último, uno se arruga y es humillado y el otro queda victorioso y celebra su valentía.

El juego revela algunas de las dinámicas que estamos viendo estos días entre Tsipras y su ministro de Finanzas, Varoufakis, a un lado, y Merkel y su ministro de Finanzas, Schäuble, por otro. Pero no captura bien la realidad. Más que un juego del gallina, estamos ante un juego en dos niveles, típico de las negociaciones internacionales, en el que los negociadores principales no sólo se tienen que poner de acuerdo entre ellos, sino a su vez lograr que el acuerdo que firmen sea aceptable cuando vuelven a casa. En muchos casos, y este es uno de ellos, se produce una situación de difícil solución: que los acuerdos posibles arriba (entre las partes), no coinciden con los acuerdos que pueden ser ratificados abajo (una vez en casa).

En su primera comparecencia en el Parlamento griego, Tsipras declaró el programa de rescate finalizado. Mi Gobierno, dijo, ha recibido un mandato del pueblo griego para acabar con ese programa, que ya ha sido cancelado por su propio fracaso. Al dar por finalizado unilateralmente el rescate y dar por hecho que cualquier negociación con el Eurogrupo partirá de ese hecho, Tsipras se ha colocado en una situación enormemente complicada y a la vez absurda. ¿Por qué? Pues porque con tal de cumplir con su mandato podría verse obligado a rechazar una prórroga del rescate muy favorable a Grecia y, a cambio, aceptar un programa-puente aunque fuera más costoso para Grecia por las incertidumbres asociadas a él (elevación de la prima de riesgo, caída de la Bolsa, retirada de depósitos, fuga de capitales). Algo parecido le pasa al Eurogrupo, pues aunque podría modificar el programa de rescate de mil formas para acomodar las demandas del nuevo Gobierno griego, lo que no puede consentir (por las repercusiones que tendría en Alemania y en los otros países deudores) es dejar a Tsipras salirse con la suya, atribuirse el tanto de haber matado a la troika y puesto fin al rescate y, para colmo, llevarse de premio un crédito-puente desde el que negociar con calma.

Lo peor de todo, y en esto el error de Tsipras es garrafal, es que la troika ya estaba técnicamente muerta: la había matado la Comisión, con Juncker a la cabeza; el Parlamento, que hizo un informe durísimo sobre ella; el Tribunal de Justicia, que ha dicho que el BCE no pinta nada allí, y el Eurogrupo, que quería sacar al FMI. Pero como a los zombis, a la troika le atrae el ruido, así que en vez de desaparecer silenciosamente, ahora, cortesía de Tsipras, la tenemos otra vez en primer plano.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 12 de febrero de 2015

El eje de la soberanía

4 marzo, 2015

Europe_flags¿Qué hace Marine Le Pen, la líder del derechista, xenófobo y eurófobo Frente Nacional francés, felicitando por su victoria a Alexis Tsipras, el líder del primer partido de izquierda radical que consigue llegar al Gobierno en la Europa comunitaria? La respuesta no está en París, sino en Atenas, donde la primera decisión de Tsipras tras ganar las elecciones ha sido buscar los votos de la derecha nacionalista griega. Tsipras podría haber buscado los votos de alguna de las otras fuerzas regeneradoras de la política griega, como los centristas liberales de To Potami, pero ha preferido pactar con los Griegos Independientes, un grupo escindido de Nueva Democracia, el partido de centroderecha desde el que Samarás ha gobernando Grecia en los últimos años, que también articula sus demandas a la UE bajo la etiqueta de la recuperación de la soberanía.

Una de las primeras decisiones de Tsipras, tras reunirse con el embajador ruso en Grecia, que le ha trasladado una carta de felicitación de Putin, ha sido posicionarse en contra de la adopción de nuevas sanciones a Rusia por parte de la UE. Aquí tampoco estamos ante ninguna sorpresa: Syriza, al igual que Podemos y el resto de los partidos de la izquierda europea, vienen sistemáticamente votando a favor de Rusia y en contra de Ucrania desde que en mayo del año pasado llegaran al Parlamento Europeo. Sea por prejuicios ideológicos, ignorancia o por puro cinismo ideológico, Alexis Tsipras, Pablo Iglesias y compañía parecen estar convencidos de que Vladímir Putin, un nacionalista que gobierna con una de las oligarquías más corruptas del planeta, preside un país con desigualdades sociales sangrantes, se apoya en la iglesia ortodoxa y persigue a periodistas, homosexuales y feministas, es de izquierdas.

¿Incomprensible? No. Europa se está reconfigurando políticamente, pero no a lo largo de un eje izquierda-derecha, tampoco separándose entre Norte y Sur; ni siquiera, como a veces hemos imaginado, en torno a círculos concéntricos, con un euronúcleo fuertemente integrado y una periferia con distintos grados de afinidad. Europa se está reconfigurando en torno a un eje soberanista-populista, o lo que es lo mismo, en torno a un resurgir de los nacionalismos (de nuevo cuño, y seguramente compatibles con la democracia, pero al fin y al cabo nacionalismos).

Grecia es sólo un aviso de un fenómeno que no tiene que ver estrictamente con el euro ni con la troika, y que es profundamente europeo. En Reino Unido, donde en mayo habrá unas elecciones que pondrán a prueba el techo de los eurófobos de Nigel Farage, pero también en Suecia, donde no circula ni el euro ni la troika, el auge de estos movimientos y partidos es igual de preocupante que en el corazón del euro. Dentro de la UE, sea en Francia, Alemania, Italia, y ahora también en España, surgen partidos cuyo relato es el mismo: la UE ha ido demasiado lejos, secuestrando la democracia, dicen tanto Marine Le Pen como Tsipras, Nigel Farage o Pablo Iglesias. Es hora de dar la voz al pueblo y recuperar la soberanía, concluyen. ¿Europa es el problema, la nación es la solución? Que no cuenten conmigo.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 30 de enero de 2015

Hablan las urnas

4 marzo, 2015

14088674187_802a138bdd_hCada papeleta depositada en una urna refleja una decisión estrictamente individual. Esa decisión puede reflejar consideraciones muy distintas sobre la situación política, la económica o las expectativas personales. Pero en democracia, que al fin y al cabo es el Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, nos gusta pensar que la suma de todas esas decisiones individuales tiene que significar algo coherente. Así que, el lunes diremos “los griegos han dicho”, y completaremos los puntos suspensivos con un “quieren poner fin a la austeridad y al bipartidismo”, si gana Syriza, o con un “no quieren saltar al vacío justo ahora que comienza la recuperación”, si Syriza no logra imponerse. Pero ni las cosas son tan simples ni la democracia es un sistema donde el ganador se lo lleva todo. Gane quien gane, el día después de las elecciones la vida seguirá siendo un conjunto de decisiones imperfectas tomadas con información insuficiente, poco poder y muy poca capacidad de anticipar las consecuencias. Suena algo deprimente (hay quien lo llama realidad), pero es lo que hay.

Pero ahí no acaba la cosa. Como los significados de las cosas no son claros ni están establecidos de antemano, la política, máxime en época de campaña, consiste en la creación de significados con los que rellenar los hechos. Las palabras, gusta decir el jefe de campaña de Podemos, Íñigo Errejón, son colinas desde las que se domina el terreno y se ganan las batallas políticas, de ahí que Rajoy haya hecho campaña en Grecia a favor del reformismo mientras que Pablo Iglesias haya instado a los griegos a entender la elección como el primer paso en la liberación de los pueblos del Sur de Europa del yugo colonial impuesto por Berlín y por la troika.

A la competición por el Gobierno en Grecia, que en teoría sólo atañe a los griegos, se añaden pues toda una serie de disputas, que son las que nos atañen a nosotros, como españoles y como europeos. Una victoria de Syriza enviaría una muy poderosa señal pues hasta ahora ninguno de los partidos antisistema surgidos en Europa al calor de la crisis ha logrado una victoria que les permita llegar al Gobierno. Que lo lograran en el eslabón más débil de la cadena, Grecia, podría ser una excepción, pero también una señal de que estos partidos, como ellos mismos gustan decir, habrían logrado ocupar la centralidad del tablero político. Esa centralidad implica que si gana Syriza, Tsipras tendrá que negociar y pactar con los acreedores de Grecia, muchos de los cuales, recordemos, también son Gobiernos democráticos que se deben a sus electores y que también tomarán sus decisiones pensando en su futuro político. La otra opción de Tsipras y Syriza es recuperar la soberanía pero aquí es donde el juego retórico se agota: lo peor de reclamar la soberanía es que, si te pones muy pesado, te la pueden acabar dando, así que mejor no insistir mucho.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 22 de enero de 2015