España no será obstáculo

13 junio, 2015

1241000474100Es difícil pensar en dos países cuyas trayectorias de llegada a la UE puedan ser más opuestas que las que representan España y Reino Unido. En el caso de España, nuestra adhesión a la (entonces) Comunidad Europea supuso la culminación de los anhelos de varias generaciones, históricamente cercenadas de la posibilidad de incorporarse a la corriente de paz, democracia y progreso que se abría al norte de su frontera pirenaica. De ahí el intenso, orgulloso y entusiasta proceso de europeización en el que la sociedad española, sus fuerzas políticas, sus empresarios, sus intelectuales y sus sindicatos se embarcaron, primero en 1978 con la aprobación de la Constitución, y luego a partir de 1986 con la formalización de la adhesión.

En el caso de Reino Unido, la llegada a la UE, en lugar de ofrecer un logro histórico en torno al cual construir un relato de orgullo nacional, significó una doble derrota: primero, la de un imperio que decía adiós a todos sus territorios de ultramar, y segundo, el reconocimiento del fracaso de la tentativa de organizar los asuntos europeos en torno a un modelo rival al puesto en marcha por el Tratado de Roma, el de la asociación europea de libre comercio (EFTA).

Todo ello explica que desde países como España no se entienda fácilmente por qué el deseo de ser miembros de la UE, para nosotros tan simple e intuitivo incluso a pesar de la reciente crisis y la aplicación de duros ajustes y políticas de austeridad, pueda ser motivo de tantas complicaciones para los británicos. Esta incomprensión no implica que España vaya a representar un obstáculo para David Cameron a la hora de negociar un mejor acuerdo con la UE. Al contrario que en otras capitales europeas, donde sí que se percibe algo de inquina y bastante hartazgo ante las piruetas y tacticismos de David Cameron.

España no tiene un especial interés en ponérselo difícil al primer ministro británico. Eso no quiere decir que Cameron vaya a tenerlo fácil. En Madrid, como en otras capitales, habrá cierta flexibilidad a la hora de negociar excepciones con las que acomodar a Reino Unido; en esto los británicos son especialistas y los demás ya están acostumbrados. Pero España no va a aceptar sin más la pretensión británica de forzar a todos sus socios a negociar un tratado que requiera ratificaciones parlamentarias o referendos en los Estados miembros, pues eso supondría abrir la caja de los truenos de la opinión pública que tanto costó cerrar en la década pasada.

España tampoco simpatiza con la idea de retorcer principios fundamentales como la libre circulación de personas hasta que sean irreconocibles. Así pues, en los próximos meses, Cameron intentará convencer a sus socios europeos de que los británicos están dispuestos a irse si no se accede a sus demandas. Mientras, sus socios intentarán convencer a Cameron de que no le pueden dar lo que pide. La cuestión es a quién creerán los votantes británicos: a un Cameron que dirá haber logrado un acuerdo histórico, o a unos líderes europeos que dirán que no le han dado nada importante.

Publicado en el suplemento “Europa” del diario ELPAIS el 31 de mayo de 2015

El viaje de Podemos: desde la calle hacia el poder

7 junio, 2015

Manifestación del partido Podemos en Madrid, "La marcha del cambio". Vista de la calle de Alcalá desde Cibeles. La pancarta reza: "Merkel, en 1953 España, Grecia, Portugal, Italia, etc. os perdonamos el 625% de vuestra deuda. No seas "

Podemos pudo llamarse “Adelante”, pero el nombre se descartó porque era poco sexy. La otra alternativa fue “Sí se puede”, pero había un partido en Canarias registrado con ese nombre. Finalmente se optó por Podemos. La discusión tuvo lugar en diciembre de 2013 en un coche conducido por Pablo Iglesias y con Miguel Urbán, entonces amigo de este y miembro destacado de Izquierda Anticapitalista, de copiloto. Lo cuenta el periodista Jacobo Rivero en su obra Podemos. Objetivo: asaltar los cielos (Planeta, 2015), un obra bien documentada e importante para quien tenga interés en conocer la intrahistoria del surgimiento de Podemos y su posterior evolución. Rivero, que no oculta su cercanía con los protagonistas de esta historia, ni tampoco su simpatía e identificación con sus motivaciones y aspiraciones, retrata sin embargo con equidistancia la micropolítica de la izquierda madrileña de la que surge Podemos, con sus debates, peleas, envidias y obsesiones

El libro de Rivero conviene leerse en paralelo con Pablo Iglesias: biografía política urgente (Stella Maris, 2015), del también periodista Iván Gil, que además de aportar datos biográficos interesantes sobre Iglesias, añade el contrapunto crítico del que el trabajo de Jacobo Rivero carece cuando sobrevuela los temas más delicados de la biografía de Podemos (como las relaciones con la Venezuela bolivariana o el oscuro origen de los fondos que recibió Monedero). En su obra, Gil escarba eficazmente en las inconsistencias de Podemos y su líder, ofreciéndonos un relato algo más descarnado y distante, pero sin caer en el ataque gritón o demagógico habitual en algunos de los críticos habituales de Podemos.

Del libro de Gil se desprende un dato interesante relacionado con la biografía del abuelo de Iglesias, Manuel, habitualmente presentado por Pablo Iglesias como héroe de la República y víctima del franquismo. Como presidente del Tribunal del IX Cuerpo del Ejército Republicano, y con sólo 24 años, Manuel Iglesias dictó nueve sentencias de muerte, pero se salvó luego de ser fusilado gracias a su amistad con el ministro franquista Pedro Gamero del Castillo, la intercesión del obispado madrileño, que certificó que el teniente Manuel Iglesias era un buen cristiano, y el testimonio de un policía político falangista, amigo de la infancia, que Manuel había escondido en su domicilio durante cuatro meses, salvándole la vida. Una historia mucho más reveladora de la tragedia que fue aquella guerra y que hubiera dado para una lectura más humana y menos maniquea de la historia de España y de su biografía de la que habitualmente realiza Iglesias y que ha consagrado en su libro Disputar la democracia: política para tiempos de crisis (Akal, 2014), un relato con trazo grueso y apresurado que simplifica la historia de España como una lucha del pueblo, bueno, contra la élite, mala, y que seguramente no constará entre las mejores aportaciones de Iglesias a la ciencia política.

Dejando atrás el relato micro, si quieren tomar algo de distancia y adoptar una perspectiva algo más analítica, entonces deben cambiar de muletas. Dos de ellas, también de reciente aparición, les serán muy útiles. Una primera es Podemos: la cuadratura del círculo (Debate, 2015), del colectivo de politólogos denominado Politikon, que reúne cinco breves ensayos, muy bien escritos y muy esclarecedores, que tocan casi todos los aspectos de Podemos sobre los que la ciencia política tiene algo que decir, desde las condiciones en las que pueden aparecen nuevos partidos políticos, las estrategias de campaña, los problemas y tensiones organizativos, el perfil de sus votantes y las expectativas de futuro.

La otra muleta politológica es Los votantes de Podemos: del partido de los indignados al partido de los excluidos, de José Fernández-Albertos (Catarata, 2015), un trabajo muy riguroso de este politólogo, investigador en el CSIC. Fernández-Albertos da muy buena cuenta de algunos de los tópicos más habituales sobre quiénes son los votantes de Podemos y bucea hasta el fondo en el análisis de las encuestas realizadas desde el surgimiento de Podemos. En torno a ellas articula la tesis central de su libro, con la que coinciden los politólogos de Politikon: que Podemos, aunque hable de la crisis económica, de la desigualdad y de la fractura social, no ha sido en primer lugar el partido de los perdedores de la crisis, sobre todo los desem­pleados, sino ante todo el de aquellos capaces de solidarizarse con esos perdedores. Sólo posteriormente, demuestra el autor, ha sido Podemos capaz de comenzar a llegar a los perdedores de la crisis. Esos dos públicos marcan, cuenta Fernández-Albertos apoyado en un abrumador número de datos, el suelo y el techo posible de Podemos, y explica bien los vaivenes a los que se está viendo sometidos en las encuestas. Los votos de Podemos tienen dos orígenes distintos y por tanto dos riesgos diferenciados: perder el apoyo de las clases medias urbanas que les hicieron florecer o perder el apoyo de los perdedores de la crisis que les comenzaron a catapultar hacia los cielos.

Estas lecturas ponen de manifiesto algo que, quizá por evidente, a veces olvidamos: que Podemos nace como una operación de renovación de la izquierda de la izquierda con el objetivo de sacarla de la marginalidad electoral y situarla en posición de reemplazar al PSOE. Porque aunque el objetivo final de Podemos sea asaltar los cielos, el primer objetivo de los protagonistas de esta historia siempre fue asaltar Izquierda Unida, una organización que veían anquilosada e incapaz de ofrecer una alternativa política en un momento en el que el bipartidismo se estaba deshaciendo como consecuencia de la confluencia de la crisis económica con la institucional y social. Unos, como Alberto Garzón y Tania Sánchez, intentaron e intentan esa renovación desde dentro de Izquierda Unida, con desigual resultado, y otros, como Pablo Iglesias y los miembros de Izquierda Anticapitalista, tiraron la toalla y decidieron, en lugar de asaltar Izquierda Unida, saltar por encima de ella. Podemos nació con una contradicción esencial, y seguramente insalvable, entre el grupo de Pablo Iglesias, que desde el principio concibió el partido como una máquina pensada para ganar elecciones recurriendo a técnicas avanzadas de mercadotecnia y comunicación política y los que, desde Izquierda Anticapitalista, concibieron el partido como el instrumento político para representar en las instituciones a los movimientos sociales surgidos al calor de la crisis. Parece evidente que esa alianza puramente circunstancial y táctica entre dos filosofías políticas y estrategias organizativas completamente antagónicas, que los cuadros de Izquierda Anticapitalista informalmente denominaron Operación Coleta, sólo puede sostenerse mientras acompañen los resultados electorales. ¿Es Podemos, por su origen, más vulnerable a unos malos resultados que otros partidos políticos? La respuesta a partir del día 24.

José Ignacio Torreblanca es profesor de Ciencia Política en la UNED y autor de Asaltar los cielos: Podemos o la política después de la crisis. Debate. Barcelona, 2015. 218 páginas. 15,90 euros (9,90 digital)

Biografía política urgente. Iván Gil, Pablo Iglesias. Stella Maris. Barcelona, 2015. 224 páginas. 19 euros.

Los votantes de Podemos: del partido de los indignados al partido de los excluidos. José Fernández-Albertos. Catarata. Madrid, 2015. 112 páginas. 14 euros.

Podemos: La cuadratura del círculo. Politikon. Debate. Barcelona, 2015. (1,49 euros, electrónico).

Podemos. Objetivo: asaltar los cielos. Jacobo Rivero. Planeta. Barcelona, 2015. 320 páginas. 16 euros.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el lunes 18 de mayo de 2015

Los partidos que no querían gobernar

19 mayo, 2015

Captura de pantalla 2015-05-19 10.39.30La función primordial de las elecciones es producir gobierno. Y si no lo logran, entonces hay que darlas por fracasadas y volver a convocarlas. Esta obviedad, esencial para la vida democrática, parece ser, sin embargo, una verdad incómoda para las nuevas fuerzas políticas que se están asomando al tablero político español. Observando la actitud adoptada tanto por Ciudadanos como por Podemos tras las elecciones andaluzas respecto a las votaciones de investidura, los posibles pactos parlamentarios o la eventual formación de Gobiernos de coalición, es legítimo preguntarse si la “nueva política”, como gustan de presumir estas formaciones, realmente supondrá una mejora para la calidad de la democracia y, por extensión, para la ciudadanía o si, por el contrario, nos sumergiremos en una época de inestabilidad y turbulencia de la cual muy probablemente acabará emergiendo un deseo unánime de Gobiernos fuertes y elecciones mayoritarias con ganadores y perdedores claros.

 Conviene por eso recordar, dado que en las próximas semanas habrá que tomar decenas de decisiones similares en un gran número de corporaciones locales y Parlamentos autonómicos, que, transcurridas las elecciones, el deber de todo partido que ha pedido el voto a la ciudadanía es intentar formar Gobierno o estar en él. No con el objetivo de “repartirse puestos”, como torpemente denigran la política quienes recién están llegando a ella, sino con el objetivo de maximizar su capacidad de devolver a sus votantes políticas que satisfagan sus intereses y necesidades. No vale por tanto alegar, como dicen, que “sólo nos preocupa la corrupción” y que “vigilaremos desde el Parlamento”, ya que ese papel, controlar a los Gobiernos, es el que, gracias a la separación de poderes, la democracia reserva en cualquier caso a los perdedores de unas elecciones.

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La hora más difícil de Podemos

14 mayo, 2015

MonederoLa decisión de Juan Carlos Monedero de abandonar la dirección del partido que fundara en compañía de Pablo Iglesias sitúa a esta joven pero exitosa formación ante su hora más difícil. El duro aldabonazo que han significado sus declaraciones criticando la corrupción ideológica y estratégica del proyecto originario de Podemos, sólo levemente matizadas con posterioridad en una epístola titulada A mi amigo Pablo, podrían marcar el comienzo del fin del proyecto de esta formación. Las predicciones sobre lo que le pudiera ocurrir a Podemos a partir de ahora dependen de qué tesis de las dos siguientes uno considere más plausible.

La primera tesis sostiene que Podemos sólo es un estallido de ira que se ha alimentado de la concatenación de una serie de circunstancias extraordinarias pero irrepetibles: la dureza y profundidad de la crisis económica, la frustración con el bipartidismo de una mayoría de ciudadanos, la sucesión de escándalos de corrupción y, por último, la debilidad de las alternativas existentes (UPyD o Izquierda Unida) para movilizar dicha insatisfacción. Agitada esa mezcla, ciertamente explosiva, en la coctelera de las elecciones europeas —idóneas por su configuración en un único distrito y un sistema electoral estrictamente proporcional— Podemos habría sido catapultado hacia los cielos en los sondeos llevados a cabo en el otoño de 2014. Pero, continuaría esa tesis, desaparecidas en parte o en su totalidad esas circunstancias (sea por el repunte de la economía, el cambio de liderazgo en el PSOE o la aparición de Ciudadanos), el proyecto habría tocado techo y comenzado a retraerse, quedando condenado a desempeñar un papel secundario y marginal, cuando no a desaparecer, por la radicalidad de sus propuestas ideológicas, las divisiones internas y la pérdida de centralidad en el debate y tablero político.

Hay, sin embargo, una tesis alternativa que sostiene que la aparición de esta formación no puede explicarse simplemente como un estallido de ira ciudadana, sino como la traducción política y electoral de la crisis institucional, económica y social en la que hemos vivido en los últimos años en gran parte de Europa. Ello permitiría explicar no sólo la aparición de Podemos, sino la emergencia en toda Europa, por la izquierda o por la derecha, de fuerzas que se ofrecen como alternativa a la política y a los consensos tradicionales en torno al modelo económico, la desigualdad, la integración europea o la inmigración.

Desde esta tesis, Podemos se apoyaría en la fractura de los acuerdos entre generaciones, clases sociales y territorios en los que se basó el consenso del 1978, supuestamente agotado. Esta acumulación de fracturas, visible tanto en la emergencia de una nueva clase de jóvenes con valores y aspiraciones sustancialmente distintos a los de la generación de sus padres como en la aparición de nuevas formas de desigualdad, significaría que en la sociedad sí que habría hueco para una oferta como Podemos; máxime con una izquierda fragmentada entre un PSOE que, tras la debacle del zapaterismo, todavía no habría encontrado su identidad ni posición ideológica; y una Izquierda Unida tercamente empeñada en no conquistar el territorio disponible a la izquierda del PSOE.

¿Cuál de las dos tesis nos permite anticipar mejor qué es lo que va a pasar a partir de ahora? En mi opinión, las dos contienen elementos de análisis útiles. De hecho, mientras que la primera tesis explicaría la enorme elasticidad del techo electoral de Podemos en los sondeos, la segunda explicaría la más que probable robustez de su suelo electoral. Por tanto, mientras que la combinación de factores coyunturales (especialmente la corrupción y la frustración con el bipartidismo) habría empujado el techo de Podemos hasta situarlo como primera fuerza gracias a una muy eficaz estrategia de comunicación, los factores estructurales serían los que sostendrían su suelo a pesar de las adversidades y prevendrían una desintegración tan fulgurante como su ascenso. El resultado sería una solidez que, junto con el éxito de Ciudadanos y la persistencia de los problemas de PSOE y PP para reconquistar la credibilidad del electorado, especialmente entre los jóvenes y las clases medias urbanas, nos permitiría anticipar un sistema formado por cuatro partidos con pesos muy similares en el que Podemos ocuparía, además de los nuevos espacios de representación, el espacio a la izquierda del PSOE que IU nunca fue capaz de conquistar.

Que ese nuevo espacio esté disponible para ser conquistado no quiere decir que Podemos lo tenga garantizado: al contrario, la tarea que tiene por delante es de una magnitud considerable. Hasta ahora, Podemos ha llevado adelante una guerra relámpago, un blitz tremendamente exitoso basado en un liderazgo carismático, un mensaje transformador y unas herramientas de comunicación sumamente potentes. Pero, por seguir con las analogías bélicas que tanto gustan a sus líderes, Podemos se parece hoy mucho al Ejército alemán que, tanto en la I como en la II Guerra Mundial, logró, mediante tácticas novedosas y ataques por sorpresa, desbordar a sus enemigos para luego pararse en seco y verse obligado a atrincherarse o a acampar para sobrevivir a un largo invierno. Como ha puesto de manifiesto la dimisión de Monedero y las declaraciones de apoyo que le ha brindado su líder andaluza, Teresa Rodríguez —no por casualidad proveniente de Izquierda Anticapitalista—, al igual que el Ejército alemán en 1914, la principal debilidad de Podemos es su flanco izquierdo.

Desde sus orígenes, ha habido en Podemos una incompatibilidad manifiesta entre la izquierda radical proveniente de los movimientos sociales y aquellos que, como Pablo Iglesias, han querido conectar transversalmente con unas clases medias desideologizadas, pero muy enfadadas con el bipartidismo. La apuesta de Iglesias, Íñigo Errejón, Carolina Bescansa y el propio Juan Carlos Monedero siempre fue aprovechar la ventana de oportunidad de la crisis para insertar en el centro político, donde están la mayoría de los votantes, una propuesta de cambio político de carácter radical. La deserción de Juan Carlos Monedero, y su apelación a Eduardo Galeano, un icono de la izquierda que prefiere ser auténtica antes que ganar elecciones, en contraposición a la serie Juego de Tronos, paradigma de una ética política de excepción donde el fin (llegar al poder) justifica los medios empleados, ha debido ser un duro mazazo para Iglesias, siempre hostil al conformismo electoral de la izquierda y a la autosatisfacción ideológica.

El núcleo de Podemos tiene ahora que decidir qué hacer. Una opción es continuar con la estrategia relámpago e intentar seguir su camino hasta ocupar la centralidad del tablero político. Esta estrategia se enfrenta a dos dificultades. Una primera es que, como prueba la dimisión de Monedero, el estiramiento ideológico puede romper Podemos por la izquierda y sumir a sus cuadros en una guerra civil que los electores sin duda penalizarán. Y una segunda es que mientras Podemos se desgasta en peleas internas y se agota en el largo camino al centro, ese espacio está siendo tomado por Ciudadanos, un partido que no tiene ningún camino que recorrer hasta llegar al centro porque nació directamente allí.

Adoptando esta estrategia, Podemos corre, pues, el doble riesgo de romperse intentando llegar al centro y, para empeorar las cosas, de llegar tarde a un centro ya ocupado por otros. La segunda estrategia que Podemos podría adoptar sería atrincherarse en la izquierda, cavar defensas profundas y prepararse para una guerra de desgaste cuyo objetivo sería, en el mejor de los casos, anular al PSOE e Izquierda Unida o, en el peor, simplemente sobrevivir electoralmente. Esta estrategia podría garantizar la supervivencia de la formación y, especialmente, de sus cuadros, que lograrían parcelas de poder institucional desde las que seguir haciendo política con minúscula, es decir, con escasa o nula capacidad transformadora.

Aunque es difícil saber quién prevalecerá en esta pugna, está claro que la opción personal de Pablo Iglesias se identifica más con la primera, el relámpago; y que, forzado a adoptar una estrategia conformista, seguramente sería él quien tuviera la tentación de marcharse. Si eso finalmente ocurriera, casi seguro que las palabras de despedida que dedicaría a sus críticos serían: “No han entendido nada”.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el sabado 2 de mayo de 2015

Errático Varoufakis

14 mayo, 2015

Yanis_Varoufakis_Subversive_interview_2013_croppedEl apartamiento parcial del ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis, de la negociación con las instituciones europeas pone de manifiesto las contradicciones en las que vive sumida una gran parte de la izquierda en su visión del proceso de integración europeo. Esa izquierda no es fácil de catalogar: con 52 eurodiputados agrupados en 19 delegaciones, incluye al Front Gauche francés, Die Linke alemán, el Partido Comunista portugués, Syriza, Bildu, Alternativa Galega de Esquerda, el Sinn Fein o Podemos; una confusa amalgama de partidos comunistas, poscomunistas o nacionalistas de izquierdas que muchos de sus integrantes prefieren describir como izquierda a secas (se conciben como la verdadera en oposición a la socialdemocracia) y otros gustan de añadir el adjetivo radical para resaltar su carácter transformador.

Al contrario que la derecha eurófoba y xenófoba, que tiene perfectamente claras sus prioridades (acabar con la UE, cerrar las fronteras, expulsar a los inmigrantes y restaurar las monedas nacionales), esa izquierda europea vive atrapada en el dilema descrito por Varoufakis en un extenso texto de diciembre de 2013 titulado Confesiones de un marxista errático en medio de una crisis europea repugnante. Varoufakis lanza la siguiente pregunta: “¿Deberíamos aprovechar esta profunda crisis capitalista para promover el desmantelamiento de la Unión Europea?”. O, por el contrario, inquiere, “¿deberíamos aceptar que la izquierda no está preparada para un cambio radical y que, por tanto, debe colaborar con la estabilización del capitalismo europeo hasta que se den las condiciones para desarrollar una alternativa humanista?”.

La respuesta de Varoufakis es inclinarse por salvar al capitalismo y al proyecto europeo de sí mismos. ¿Por qué este empeño en mantener con vida a una UE que define, literalmente, como “una amenaza a la civilización”? Porque, a decir de Varoufakis, el colapso de la zona euro arrojaría a Europa en manos del fascismo y el nacionalismo xenófobo. Pero salvar a la UE y al capitalismo, advierte, no supone ahorrarle una buena crisis, sino provocarla. Y la manera de hacerlo es haciendo estallar la principal contradicción del euro: la de tener una moneda común de la cual no se puede salir pero donde no hay un soberano común que responda de las deudas contraídas en esa moneda. Si no se puede salir del euro, concluye Varoufakis, tampoco te pueden echar, lo que implica que puedes hacer una suspensión de pagos y no marcharte de la eurozona. Provocar esa suspensión (sin salirse del euro) para así enfrentar a la eurozona a sus contradicciones y obligarla a completar su diseño mancomunando las deudas, parecía ser la estrategia negociadora de Varoufakis. Parece que Tsipras ha temido que la estrategia del estallido, en lugar de consolidar la eurozona, podría destruir Grecia, y se lo ha pensado dos veces. ¿Qué será ahora del marxista errático? ¿Y quién salvará a la UE de sí misma?

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 30 de abril de 2015

Armas digitales

14 mayo, 2015

Backlit keyboardEn un pasado no muy lejano, los países enviaban ejércitos a ocupar los campos petrolíferos del enemigo o comandos de operaciones especiales a sabotear sus infraestructuras vitales. La primera Guerra del Golfo, que siguió a la invasión de Kuwait por parte de Irak, es quizá el ejemplo más reciente de una guerra clásica por el control y protección de los recursos estratégicos. En ese mismo pasado, la única opción de la fuerza aérea israelí para detener el programa nuclear iraquí o sirio fue bombardear las instalaciones secretas de dichos países. Y con un afán parecido de extender la Guerra Fría al espacio, la Administración de Ronald Reagan aprobó un costosísimo programa (popularmente llamado guerra de las galaxias) que preveía la construcción de armas que pudieran destruir físicamente los satélites de comunicaciones militares del enemigo.

Sin embargo, como pudo experimentar en 2012 la principal empresa petrolera saudí, Aramco, cuando más de 30.000 de sus computadoras se vieron infectadas por un virus (se sospecha de origen iraní) destinado a paralizar su producción, hoy en día es más fácil asaltar digitalmente las instalaciones petrolíferas de un país que hacerlo físicamente. Algo parecido les pasó a los iraníes cuando en 2010 vieron cómo un virus atribuido a Israel y a EE UU llamado Stuxnet, considerado el primer ciberarma de la historia, alteraba el funcionamiento de las centrifugadoras de la central Natanz y ralentizaba su programa nuclear secreto.

La vulnerabilidad digital es hoy la principal preocupación de Gobiernos y empresas. En una reciente evaluación centrada en la ciberseguridad, solo el 11% de las empresas del sector petrolero dijeron sentirse seguras frente a este tipo de ataques y, peor aún, un 23% reconoció que no vigilaban sus redes. De esas vulnerabilidades puede dar cuenta el Gobierno finlandés, que en 2013 descubrió que todas sus comunicaciones diplomáticas estaban intervenidas desde hacía años por un software maligno de origen desconocido (pero al que no dudaron de etiquetar como Octubre Rojo para dejar claro quién era el principal sospechoso). Y para sorpresa de EE UU, en noviembre de 2014 un virus atribuido a China infectó su red de satélites meteorológicos, poniendo al descubierto la potencial vulnerabilidad del sistema de posicionamiento global GPS, vital para sus fuerzas armadas.

Si un sencillo lápiz de memoria USB puede ser más dañino que una bomba guiada por láser, el flujo de petróleo puede interrumpirse desde un ordenador y los satélites militares se pueden apagar en lugar de destruir, es evidente que estamos ante una revolución de los asuntos militares. El siglo XX fue un siglo físico donde se libraban guerras físicas. Pero el siglo XXI es un siglo digital, por lo que hay que esperar que las guerras también serán digitales. La gran pregunta es si la muerte física del enemigo quedará también obsoleta o si seguirá siendo condición indispensable para la victoria.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 16 de abril de 2015

Naufragio europeo

14 mayo, 2015

050615-N-0000X- 001Una vez más, la muerte de inmigrantes en el Mediterráneo activa todos los resortes mediáticos. Y estos, a la vez que sacuden nuestras conciencias, desencadenan el frenesí de los políticos europeos, obligados por la doble presión de los medios y la opinión pública a prodigarse en declaraciones de condena, convocar cumbres para mostrar unidad, sacudirse de encima la responsabilidad por lo ocurrido y buscar en el inventario algún tipo de medida con la que dar la impresión de que se está actuando o se va actuar eficazmente.

Pero todo es un gran teatro político en el que la agitación sólo cumple un papel: el de impedirnos pensar y, sobre todo, hacerlo de forma crítica. Porque si por un minuto cesaran todos los aspavientos e idas y venidas de jefes de Estado y de Gobierno y ministros de Exteriores e Interior, lo que realmente veríamos sería la negligencia, casi criminal, con la que la Unión Europea ha estado actuando en esta materia. Porque todos los Gobiernos, conociendo el tamaño de los flujos de inmigración en esa zona del Mediterráneo, sabían de antemano que la suspensión de la misión de rescate Mare Nostrum y su sustitución por la Operación Tritón, meramente de control fronterizo y con muchos menos recursos, iba a desencadenar la pérdida de muchas vidas. Para empeorar las cosas, sabemos que no lo hicieron porque sospechaban que el dispositivo de salvamento marítimo italiano estaba generando un efecto llamada para mafias e inmigrantes.

La realidad, sin embargo, es bien distinta. Más que un efecto llamada lo que tenemos son una serie de vasos comunicantes: la eficacia de la misión Poseidón de Frontex a la hora de impermeabilizar las fronteras orientales de la UE, sobre todo las de Grecia y Bulgaria con Turquía, combinada con la descomposición de Libia y el cierre de la ruta atlántica o española, está provocado la convergencia de todos los flujos, esto es, el subsahariano, el de Oriente Próximo y el asiático, en único punto de entrada: el estrecho de Sicilia. Por eso resulta incomprensible que los jefes de Estado, en lugar de entender que estamos ante una emergencia de carácter global, y gestionarla como tal, estableciendo puntos de asilo, corredores humanitarios, zonas seguras y campos de refugiados, se planteen solucionar el problema desde una perspectiva militar y policial.

Declarar la guerra a las mafias sin entender por qué la gente los contrata y diseñar una misión antipiratería como la de Somalia sólo puede tener un efecto: desviar la presión migratoria hacia otras zonas y generar aún más caos en los países de tránsito. Muchos jefes de Estado y de Gobierno, entre ellos el español, han pedido estos días “más Europa”. Pero no es ese el tipo de Europa que necesitamos. La que necesitamos debería tener una verdadera política de inmigración, refugio y asilo común gestionada por la Comisión Europea, no por 28 Estados miopes, electoralistas o incapaces. ¿Quién naufraga aquí?

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 23 de abril de 2015

Excéntrico Cameron

14 mayo, 2015

balls-272409_640“De carácter raro, extravagante”, dice la Real Academia de la Lengua, pero también “que está fuera del centro, o que tiene un centro diferente”. Ambas acepciones de excéntrico sirven para describir el momento por el que pasa la política británica. Pero también vale, si se quieren permitir una sonrisa, la tercera que nos ofrece la Academia: “Artista de circo que busca efectos cómicos por medio de ejercicios extraños”, una definición que bien podría aplicarse al primer ministro David Cameron, que pugna por mantener el derecho a residir en el 10 de Downing Street.

Durante los últimos cuatro años, Cameron ha hecho todo tipo de malabares (ejercicios extraños) para, con dos manos, mantener en el aire simultáneamente tres pelotas. La primera pelota es la europea. Ahí, Cameron ha pretendido convencer a los británicos de que es capaz de liderar un proceso negociador que mejore la posición de Reino Unido en la UE y refuerce su capacidad de influencia. Forzaré a mis colegas europeos, ha prometido, a diseñar un traje jurídico a la medida de Reino Unido (en realidad, de los conservadores británicos, víctimas de la suma de su propio euroescepticismo histórico y, ahora, del populismo eurófobo que representa el UKIP de Nigel Farage).

Da igual que los líderes europeos le hayan dicho por activa y por pasiva que no están por la labor de negociar ese Tratado. Pero no, enfrentado a esas negativas, Cameron ha decidido lanzar la pelota cada vez más alto y plantear un órdago a sus socios. ¿La consecuencia? Que su plan inicial de convocar un referéndum para lograr la permanencia de Reino Unido en la UE muy bien puede convertirse en una consulta que termine sacándolo de ella. La segunda pelota es la escocesa. Aquí también, Cameron ha sido un maestro del tacticismo y del regate en corto. Su rechazo a negociar una ampliación de las competencias de Escocia le llevó a plantear a los escoceses un referéndum con un planteamiento binario (“la independencia o nada”). Pero cuando vio que los escoceses se decantaban por la independencia, ofreció un paquete de competencias muy superior al que hubiera tenido que aceptar al final de una negociación. El resultado de todos estos malabares no puede ser más cruel; según las encuestas, los independentistas escoceses muy bien podrían tener las llaves de Westminster y bloquear su reelección.

La tercera pelota ha sido la inmigración. En lugar de cabalgar sobre las estadísticas, que demuestran que Reino Unido es un ganador neto, y no un perdedor de la libre circulación de personas en la UE, ha preferido subirse a lomos de la demagogia y el miedo ventilado por Nigel Farage, empeñado en señalar a los inmigrantes como vagos que abusan del sistema de bienestar británico o, directamente, como delincuentes. Toca ahora a los británicos decidir si quieren que el malabarista siga al mando.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 7 de mayo de 2015

Harnessing Spain’s “communist moment”

14 mayo, 2015

Puertadelsol2011If one thing convinced the founders of Podemos of the need to enter politics, it was the mass protests on the streets of Madrid in 2011, when disparate civic associations and single-issue activist groups, along with huge numbers of people with no previous involvement in politics, identifying themselves simply as “indignant,” coalesced into what has become known as the 15-M movement.

There were two important things about those protests. The first is that they weren’t led or coordinated by the organizations that should have been able to do so, which were labor unions such as the UGT and the CCOO, or the Communist Party-led United Left grouping. True, the previous fall, the unions had called a general strike against labor market reforms and changes to the pension system introduced by the Socialist Party government, but the event was low key, passing off without incident. There was an air of resignation about the whole thing, as though the unions already knew there no was realistic chance of stopping the measures from going through.

The 15-M movement emerged out of the occupation of Madrid’s central Puerta del Sol square, which was started by a few members of an organization called Juventud sin Futuro (Youth without a future), and would quickly mesh with many other organizations such as the Mortgage Victims Platform (PAH). But it was the decision of thousands of people in May 2011 to join the sit-in in Sol, capturing the attention of the international media – in part because of the seeming parallel with the changes then taking place in Tunisia and Egypt, which had begun with mass street protests, as well as with the Occupy Wall Street movement in the United States – even making the cover of The New York Times.

Despite the domestic and international media’s portrayal of the 15-M movement as little more than a bunch of anarchists, the creators of Podemos were aware throughout the summer of 2011, and would point this out later, that 15-M, despite its success, provided two important lessons: “It wasn’t us who organized this,” and that not everybody in the movement was “left wing.”

Together, these two key factors had a profound impact on Podemos, and without them it is not possible to understand its political premises nor its campaign strategy. The 15-M movement’s main complaint that “they don’t represent us,” expressed in the demand for “real democracy now,” revealed a number of things to the founders of Podemos.

In first place, that most Spaniards’ demands are neither based on left-wing ideas, and much less are they revolutionary, but instead, at heart, they are conservative and politically centrist. In the same way that the PAH had earned the backing of 90 percent of the population with its demands for humane and fair treatment of families unable to pay their mortgages, the 15-M movement also earned widespread support, with 81 percent of people surveyed in a nationwide poll in 2011 saying the indignant, as the movement’s members called themselves, were right, and 71 percent agreeing about the need to reboot the country’s democracy. Only 17 percent of people considered 15-M a radical organization that was a threat to the system and, thus, something to be feared.

Behind the 15-M movement’s slogans and the myriad reasons huge numbers of people had joined the protests, it was clear that rather than being about politics, the protestors reflected widespread discontent with all the country’s political parties. Carolina Bescansa, who had been studying 15-M for the Center for Sociological Research, noticed during the street protests that the traditional right-left divide no longer made any sense when trying to understand people’s voting intentions.

In second place, 15-M showed that the United Left, which should have been able to connect with people’s demands and capitalize on it politically, was unable to do so. The movement, said Pablo Iglesias, the man who now leads Podemos, “instead of showing the power of the left, showed our weakness.” Aware that 15-M was not left wing, but made up of a cross-section of society that was sick and tired of the current political system, one dominated by two large parties that were increasingly seen as out of touch with the people, the founders of Podemos and the groups related to it joined in the protests enthusiastically, trying to lead them and to channel their energy, but at no time trying to appropriate them. For Iglesias and the Podemos leadership, the lessons were clear: in Spain, as had happened in Latin America, the weakness of the regime provided the possibility of bringing it down by anybody able to connect with the people properly. Iñigo Errejón, who organized Podemos’s European elections campaign, who had returned from Ecuador just before 15-M kicked off, describes the party as: “the expression and precipitant of the rupture of certain consensuses, which made us see the possibility of a populist approach.”

The 15-M movement helped forge the idea of political change emerging from a bankrupt two-party system, an ambition to build a political force that could actually win elections, along with a method to articulate change that would reframe politics in terms of a struggle between the majority (the people, the citizenry) and the few (the elite, the political and business castes), in other words, as Pablo Iglesias would later describe it: “occupying the center of the political chessboard.”

This hypothesis was put to the test in the general elections of November of 2011, the first attempt by Pablo Iglesias and Iñigo Errejón to convince the United Left with their ideas about the possibility of political change in Spain and to reconfigure the campaign message in such a way as to allow the party to escape the narrow stretch of ground to the left of the Socialist Party.

But to Iglesias and Errejón’s frustration, the United Left’s leadership not only refused to follow the pair’s campaign strategy, but after the Popular Party was swept to power, celebrated the fact that it had increased its seats in Congress from two to 11. For Iglesias, there was little to celebrate in having almost doubled its vote from 969,000 in the 2008 elections to 1.7 million in 2011, and instead the party’s celebration of its achievement was further proof of just how out of touch it was with reality. Amid the worst economic crisis in more than four decades, what was so great about garnering seven percent of the vote, when the Socialists had seen their share fall from 43 to 28 percent?

As far as Iglesias and his colleagues were concerned, the United Left had thrown away a unique historic opportunity. As Iglesias would later say, Spain was living through its “communist moment,” but as he pointed out: “The communists will never win elections under normal circumstances; they can only do so at exceptional moments. By undermining the foundations on which the reigning ideas are built to collapse, the crisis sweeps away the existing consensus.”

But the leaders of the Communist Party, argued Iglesias, “have become a regime, people who are happy to be awarded a bronze medal, and never think in terms of actually winning elections because all they are interested in really is being seen to be on the left, to be authentic, and to not win.” In short, the communists had become conservative, argued Iglesias, because they had failed to see that the only way to win was by changing the rules.

“The feeling that Pablo and I were left with after working with the United Left during the 2011 election campaign,” said Iñigo Errejón later, was “frustration, because we could have achieved so much more if we had been able to transcend the limits that were being set by the type of actors we were working with. We were absolutely certain that we could have gone much further, because the conditions were right: the only way to validate opinions is by putting them to the test, and so we decided to do so.”

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el martes 14 de abril de 2015

El líder que volvió del frío

14 mayo, 2015

Obama 2Cuando el presidente Obama nació el 4 de agosto de 1961, Fidel Castro ya llevaba dos años en el poder. Y nueve días después de su nacimiento se levantaba el muro de Berlín. Así que cuando en junio de 1963, el presidente Kennedy pronunció su famoso “Ich bin ein Berliner” (“Soy berlinés”) para conmemorar el decimoquinto aniversario del bloqueo de Berlín, Barack Obama apenas habría comenzado a andar.

Unos meses antes de que el joven Obama alcanzara su mayoría de edad, un tipo con turbante y larga barba blanca proveniente de París se bajó del avión en Teherán y fue recibido por una multitud enfervorizada. Eso significa que cuando Obama alcanzó la edad legal para entrar en un bar y pedirse una cerveza, en la televisión de ese bar casi seguro que estarían retransmitiendo el asalto a la Embajada de Estados Unidos en Teherán y la toma de 52 rehenes, acontecido en noviembre de 1979. Y mientras celebraba las Navidades de 1979, el televisor escupía las imágenes de la invasión de Afganistán por el Ejército soviético para sostener a un Gobierno comunista acosado por la presión de unos muyahidines ya entonces apoyados por EE UU. “Menudo lío”, debió pensar el joven Obama. ¿Quién querría dirigir la política exterior de EE UU en esas condiciones?

Cuatro años más tarde, en 1983, mientras Obama todavía estaba en la Universidad, un viejo galán de Hollywood llamado Ronald Reagan pronunciaba un discurso ante un congreso de confesiones evangélicas en Orlando (Florida) en el que calificaba a la Unión Soviética como “el imperio del mal” y definía la Guerra Fría como un conflicto entre el bien y el mal, en el que EE UU, obviamente representaba el papel del bien. Y, efectivamente, para sorpresa de todos, la Unión Soviética terminó cayendo sólo seis años después.

¿Quién podría haber dicho a aquel joven Obama que un día, siendo presidente, iba a firmar la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán, reunirse con Raúl Castro para poner fin a casi seis décadas de confrontación con Cuba y abrir la puerta a una paz duradera con la teocracia iraní? Lo mejor de todo es que Obama, en una curiosa inversión de la secuencia habitual, ha recibido el Nobel de la Paz antes de hacer todas esas cosas. Resulta paradójico que la mayoría de los éxitos de Obama en política exterior hayan sido en temas heredados de otros, y sobre todo en clásicos de la Guerra Fría, no de aquellos en los que él ha querido liderar. Bajo Obama, EE UU ha querido pivotar hacia Asia, resolver el conflicto palestino-israelí, resetear las relaciones con Rusia y reconciliarse con el mundo árabe. Poco de ello ha salido bien. A cambio, el presidente que quiso liderar el siglo XXI ha acabado tendiendo la mano a los Castro y a los ayatolás. ¿Será que la Guerra Fría ha terminado ahora, bajo un presidente afroamericano?

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 9 de abril de 2015