Archive for the ‘Política internacional’ Category

Armas digitales

14 mayo, 2015

Backlit keyboardEn un pasado no muy lejano, los países enviaban ejércitos a ocupar los campos petrolíferos del enemigo o comandos de operaciones especiales a sabotear sus infraestructuras vitales. La primera Guerra del Golfo, que siguió a la invasión de Kuwait por parte de Irak, es quizá el ejemplo más reciente de una guerra clásica por el control y protección de los recursos estratégicos. En ese mismo pasado, la única opción de la fuerza aérea israelí para detener el programa nuclear iraquí o sirio fue bombardear las instalaciones secretas de dichos países. Y con un afán parecido de extender la Guerra Fría al espacio, la Administración de Ronald Reagan aprobó un costosísimo programa (popularmente llamado guerra de las galaxias) que preveía la construcción de armas que pudieran destruir físicamente los satélites de comunicaciones militares del enemigo.

Sin embargo, como pudo experimentar en 2012 la principal empresa petrolera saudí, Aramco, cuando más de 30.000 de sus computadoras se vieron infectadas por un virus (se sospecha de origen iraní) destinado a paralizar su producción, hoy en día es más fácil asaltar digitalmente las instalaciones petrolíferas de un país que hacerlo físicamente. Algo parecido les pasó a los iraníes cuando en 2010 vieron cómo un virus atribuido a Israel y a EE UU llamado Stuxnet, considerado el primer ciberarma de la historia, alteraba el funcionamiento de las centrifugadoras de la central Natanz y ralentizaba su programa nuclear secreto.

La vulnerabilidad digital es hoy la principal preocupación de Gobiernos y empresas. En una reciente evaluación centrada en la ciberseguridad, solo el 11% de las empresas del sector petrolero dijeron sentirse seguras frente a este tipo de ataques y, peor aún, un 23% reconoció que no vigilaban sus redes. De esas vulnerabilidades puede dar cuenta el Gobierno finlandés, que en 2013 descubrió que todas sus comunicaciones diplomáticas estaban intervenidas desde hacía años por un software maligno de origen desconocido (pero al que no dudaron de etiquetar como Octubre Rojo para dejar claro quién era el principal sospechoso). Y para sorpresa de EE UU, en noviembre de 2014 un virus atribuido a China infectó su red de satélites meteorológicos, poniendo al descubierto la potencial vulnerabilidad del sistema de posicionamiento global GPS, vital para sus fuerzas armadas.

Si un sencillo lápiz de memoria USB puede ser más dañino que una bomba guiada por láser, el flujo de petróleo puede interrumpirse desde un ordenador y los satélites militares se pueden apagar en lugar de destruir, es evidente que estamos ante una revolución de los asuntos militares. El siglo XX fue un siglo físico donde se libraban guerras físicas. Pero el siglo XXI es un siglo digital, por lo que hay que esperar que las guerras también serán digitales. La gran pregunta es si la muerte física del enemigo quedará también obsoleta o si seguirá siendo condición indispensable para la victoria.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 16 de abril de 2015

El líder que volvió del frío

14 mayo, 2015

Obama 2Cuando el presidente Obama nació el 4 de agosto de 1961, Fidel Castro ya llevaba dos años en el poder. Y nueve días después de su nacimiento se levantaba el muro de Berlín. Así que cuando en junio de 1963, el presidente Kennedy pronunció su famoso “Ich bin ein Berliner” (“Soy berlinés”) para conmemorar el decimoquinto aniversario del bloqueo de Berlín, Barack Obama apenas habría comenzado a andar.

Unos meses antes de que el joven Obama alcanzara su mayoría de edad, un tipo con turbante y larga barba blanca proveniente de París se bajó del avión en Teherán y fue recibido por una multitud enfervorizada. Eso significa que cuando Obama alcanzó la edad legal para entrar en un bar y pedirse una cerveza, en la televisión de ese bar casi seguro que estarían retransmitiendo el asalto a la Embajada de Estados Unidos en Teherán y la toma de 52 rehenes, acontecido en noviembre de 1979. Y mientras celebraba las Navidades de 1979, el televisor escupía las imágenes de la invasión de Afganistán por el Ejército soviético para sostener a un Gobierno comunista acosado por la presión de unos muyahidines ya entonces apoyados por EE UU. “Menudo lío”, debió pensar el joven Obama. ¿Quién querría dirigir la política exterior de EE UU en esas condiciones?

Cuatro años más tarde, en 1983, mientras Obama todavía estaba en la Universidad, un viejo galán de Hollywood llamado Ronald Reagan pronunciaba un discurso ante un congreso de confesiones evangélicas en Orlando (Florida) en el que calificaba a la Unión Soviética como “el imperio del mal” y definía la Guerra Fría como un conflicto entre el bien y el mal, en el que EE UU, obviamente representaba el papel del bien. Y, efectivamente, para sorpresa de todos, la Unión Soviética terminó cayendo sólo seis años después.

¿Quién podría haber dicho a aquel joven Obama que un día, siendo presidente, iba a firmar la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán, reunirse con Raúl Castro para poner fin a casi seis décadas de confrontación con Cuba y abrir la puerta a una paz duradera con la teocracia iraní? Lo mejor de todo es que Obama, en una curiosa inversión de la secuencia habitual, ha recibido el Nobel de la Paz antes de hacer todas esas cosas. Resulta paradójico que la mayoría de los éxitos de Obama en política exterior hayan sido en temas heredados de otros, y sobre todo en clásicos de la Guerra Fría, no de aquellos en los que él ha querido liderar. Bajo Obama, EE UU ha querido pivotar hacia Asia, resolver el conflicto palestino-israelí, resetear las relaciones con Rusia y reconciliarse con el mundo árabe. Poco de ello ha salido bien. A cambio, el presidente que quiso liderar el siglo XXI ha acabado tendiendo la mano a los Castro y a los ayatolás. ¿Será que la Guerra Fría ha terminado ahora, bajo un presidente afroamericano?

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 9 de abril de 2015

Lágrimas por Venezuela

14 abril, 2015

venezuela-653088_640Pese al consabido tópico de que la barrera entre la política exterior y la interior es casi inexistente en el mundo de hoy en día, la realidad es que la política exterior importa muy poco desde el punto de vista electoral. Tanto es así que en los modelos que los politólogos vienen usando desde hace décadas para analizar el comportamiento electoral se parte del supuesto de que los votantes sólo se interesan por la política exterior en ocasiones muy excepcionales y de forma retrospectiva, es decir, para penalizar a los gobernantes por grandes desastres o premiarles por grandes aciertos. Como ninguna de las dos cosas suele ser habitual, lo normal es que los asuntos internacionales estén fuera del radar del interés de la opinión pública.

Toda regla tiene, sin embargo, sus excepciones. En el caso de la política exterior, la excepción más común suele darse cuando las fuerzas políticas de un país se dividen en torno a un asunto internacional y, perdón por la redundancia, politizan la política exterior. Los casos en los que esto ocurre tienen en común que interpelan de forma conflictiva el sistema de valores que une a una comunidad política. En esos momentos, la política exterior deja de ser una política pública destinada a gestionar y maximizar las relaciones con nuestro entorno y se convierte en una interpelación sobre qué aspiramos a lograr y cómo queremos conseguirlo, con quién queremos hacerlo y cómo y por quién queremos ser reconocidos por ello. Por eso, cuando nos posicionamos sobre un tema de esta naturaleza, definimos nuestra identidad, ante nosotros y ante los demás, como individuos y como país.

De un tiempo a esta parte, Venezuela se ha convertido en un mar de lágrimas que ejerce ese tipo de interpelación. A un lado vemos las lágrimas de los que siguen llorando la desaparición de Hugo Chávez, al que admiran como mito y espada de la izquierda verdadera que, dicen, derrotó al neoliberalismo y a la injusticia social. Al otro lado vemos las lágrimas de una oposición acosada y hostigada más allá de lo admisible en ningún sistema que aspire a llamarse democrático. En medio, se nos aparece un régimen político que prometió un socialismo del siglo XXI pero que ha acabado exactamente en el mismo lugar que todos sus predecesores: prescindiendo de los derechos humanos, suprimiendo la división de poderes y destruyendo el sistema económico sobre el que se asienta. Cuando en 1959 los socialdemócratas alemanes, reunidos en Bad Godesberg, abandonaron el marxismo no lo hicieron porque les hubiera dejado de preocupar la desigualdad. Lo hicieron porque, mirando por encima del muro de Berlín, concluyeron que la aspiración por la igualdad, por noble que fuera, no justificaba la supresión de la libertad. Esa línea divisoria sigue estando presente hoy y sigue dividiendo a la izquierda en dos. No se crean pues las ambigüedades ni las equidistancias.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 26 de febrero de 2015

Inmigración, integración, terrorismo y libertad de circulación: la gran confusión

14 abril, 2015

4586245313_c31545b9fc_oEs lógico que en el fragor de la batalla las emociones se disparen. Pero tan peligrosos enemigos son aquellos que atentan contra nuestro modo de vida y libertades como los errores que podemos cometer si nos dejamos llevar por esas emociones. Es lo que en cierta medida ha ocurrido a raíz de los recientes atentados en París contra Charlie Hebdo y la comunidad judía cuando a caballo del shock y la repulsa por dichos ataques muchos se dejaron llevar por la tentación de mezclar en una misma y confusa amalgama la lucha contra el terrorismo, la política hacia Oriente Próximo, el control de fronteras, la inmigración irregular, la libertad de circulación de trabajadores, el papel del islam en nuestros espacios cívicos y la integración y asimilación de minorías de distinta cultura o religión en nuestras sociedades.

Prueba de esa confusión, en Francia vimos, por un lado, al presidente François Hollande encaramarse a la cubierta del portaviones Charles de Gaulle para declararse en guerra contra el Estado Islámico aunque hubiera dudas de si el atentado estaba inspirado por ese grupo o por Al Qaeda y tampoco estuviera muy claro si una reacción de tipo bélico y en caliente no era precisamente el objetivo del ataque o si pudiera tener efectos amplificadores incentivando futuros atentados. Por otro lado, ignorando deliberadamente que los atacantes parisienses eran ciudadanos franceses nacidos en Francia a los que difícilmente los controles fronterizos hubieran supuesto un impedimento para entrar y salir del país, escuchamos al expresidente Nicolas Sarkozy demandar el fin de la libertad de circulación dentro de la UE y la reinstauración de los controles de fronteras dentro del espacio Schengen. También asistimos a la enérgica demanda de Marine Le Pen y su xenófobo Frente Nacional de reinstaurar la pena de muerte o, en otros contextos como el español, la introducción en el Código Penal de la cadena perpetua, ambos objetivos populares entre muchos votantes pero de nula eficacia como instrumento de lucha contra el terrorismo yihadista. Y a ese coro de peticiones se sumaron reclamaciones en las que se mezclaba la hostilidad contra la comunidad musulmana en Francia con una revitalización de las discusiones en torno a la naturaleza violenta o pacífica del islam o su compatibilidad con la democracia. En definitiva, una gran y poco provechosa confusión.

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El hechizo israelí

25 marzo, 2015

jerusalem-342813_640El miedo funciona electoralmente, sostienen los expertos en comunicación política, porque el cerebro procesa la información relacionada con nuestra seguridad de una forma distinta de la que lo hace con otras noticias. Ese mecanismo de alerta temprana llamado instinto de supervivencia explica que la gente se pegue al televisor cuando tienen lugar desastres naturales o que interese mucho más un atraco que la información política. Si quieren dirigir un informativo televisivo de éxito, el truco es fácil: pongan sólo inundaciones y muchos, muchos sucesos.

Ahora piensen en Israel, rodeado de amenazas existenciales, y entenderán por qué Benjamín Netanyahu va camino de convertirse en el primer ministro más longevo de la historia de Israel y por qué la izquierda de ese país, empeñada en hablar del precio de la vivienda o, en tiempos ya lejanos, de la paz con los palestinos, se asemeja a una especie en vías de extinción.

Nadie puede cuestionar el derecho de los israelíes a preocuparse por su seguridad ni a que esas preocupaciones se sitúen en el centro de la vida política: pocos países en el mundo enfrentan un problema de seguridad tan extremo como lo hace Israel. El problema es que las políticas de Netanyahu, aunque crean la ilusión de hacerlo, distan mucho de garantizar la seguridad de su país. Cierto que el proceso de paz con los palestinos basado en una solución que diera lugar a dos Estados, uno israelí y otro palestino, estaba prácticamente muerto. Pero al renunciar Netanyahu formalmente a ese horizonte, como lo ha hecho durante la campaña, sitúa a la comunidad internacional y a los palestinos ante una situación insostenible. EE UU, pero sobre todo Obama, tendrá que decidir si deja el problema a su sucesor o cierra su mandato con un enfrentamiento con Israel en campo abierto y año electoral. De igual forma, los europeos (España incluida) se verán impelidos a activar los reconocimientos al Estado palestino, paralizados hasta la fecha con el argumento de no perjudicar el proceso de paz, y a revisar sus relaciones con Israel, convertida en potencia ocupante de un territorio sin ningún título legal para hacerlo ni intención de disimular dicha carencia ni la temporalidad de la ocupación.

Muchos israelíes parecen vivir instalados en el convencimiento de que deben su seguridad a la maestría política de Netanyahu. Éste ha logrado convencerles de que la ocupación de Cisjordania y el bloqueo de Gaza no sólo no tienen coste alguno sino que explican y garantizan su seguridad. Pero nada hay más lejos de la realidad: si algo explica esa sensación de seguridad es la decisión consciente de EE UU y los europeos de mirar, día tras día, hacia otro lado. Cierto, la lógica de este argumento requeriría una política que elevara los costes de la ocupación y disipara esa sensación de seguridad. Pero, estén seguros, nadie a este lado se atreverá a romper el hechizo.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 19 de marzo de 2015

Bibi y la bomba

25 marzo, 2015

8030669230_fcd20f3dc4_oVibrante discurso, coinciden los observadores, el pronunciado el martes en el Congreso de EE UU por Benjamín Netanyahu clamando contra Obama por su intención de concluir un acuerdo nuclear con Irán. Por alguna extraña razón, todas las crónicas de prensa, radio y televisión cometieron el mismo error: rotular a Netanyahu como “primer ministro de Israel”. Extraño proceder cuando es evidente que lo último que hizo Bibi fue actuar como primer ministro de un país aliado. Seguramente el equívoco se debe a lo difícil que fue elegir entre las dos alternativas, ambas más realistas. No es difícil imaginar a los directores de informativos de las principales cadenas de televisión debatiendo entre si debían rotular a Netanyahu como congresista republicano por Jerusalén o como candidato del partido Likud a las elecciones generales que se celebrarán en Israel el día 17. Porque eso es todo lo que hizo Netanyahu: utilizar el miedo a Irán para promocionarse como candidato a primer ministro y, de paso, debilitar a Obama ante los republicanos.

Que Netanyahu pueda bramar contra el acuerdo de nuclear con Irán y, a la vez, mantener fuera del debate público y de los tratados internacionales un arsenal nuclear propio que se estima en 60-80 cabezas nucleares y material fisible para construir hasta 200, es un milagro de orden bíblico solo posible en esa zona del mundo. Hay que recordar que EE UU no es un amigo de Israel, sino su principal valedor. Sin el apoyo diplomático de Washington en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Israel hace tiempo que habría tenido que elegir entre firmar una paz justa con los palestinos y retirarse de Cisjordania o exponerse a un régimen de sanciones internacionales similares al que sufrió la Sudáfrica del apartheid. Y sin los más de 3.000 millones de dólares anuales que los contribuyentes estadounidenses (votantes de Obama incluidos) transfieren a Israel como ayuda militar, los israelíes no podrían mantener su ventaja militar ante sus vecinos. Sin el apoyo de EE UU, Israel no sería una isla de desarrollo y democracia en Oriente Próximo, sino un cuartel aislado en un vecindario nada amable.

Los republicanos tendrían que tener algo más de cuidado y un poco más de sentido común. Haciendo creer a Netanyahu que es el dueño de la política exterior de EE UU no hacen ningún favor a Israel ni tampoco se lo hacen a sí mismos. Sea porque Teherán, sintiéndose amenazado, decida romper el acuerdo nuclear e ir a por la bomba o sea porque Israel decida unilateralmente bombardear las instalaciones nucleares iraníes y el nuevo presidente de EE UU no tenga la autoridad para impedírselo, es evidente que si Netanyahu es reelegido y los republicanos ganan las elecciones presidenciales de 2016, las probabilidades de una guerra con Irán aumentarán de forma exponencial. Quizá lo lógico sería que Netanyahu se presentara a las próximas primarias republicanas y optara a la Presidencia; eso lo aclararía todo. Cuando la cola mueve al perro, las cosas andan mal.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el domingo 5 de marzo de 2015

Bruselas ha caído

4 marzo, 2015

1391254933¿Se imaginan ese titular? Que sea improbable no quiere decir que sea imposible. Al fin y al cabo, todos los imperios han caído. Y la Unión Europea no deja de ser un imperio; posmoderno, pacífico y basado en el derecho, pero un imperio al fin y al cabo. Pero precisamente por eso quizá podamos aventurar que su caída sería diferente de la de otros imperios, es decir que no hace falta pensar en los hunos desfilando por la Rue de la Loi en Bruselas para imaginarse su fin. De hecho, si lo piensan bien, la mayoría de los imperios han caído desde dentro antes que desde fuera. Y lo han hecho, aquí es donde la cosa se pone interesante, generalmente víctima de las divisiones internas entre élites, territorios o grupos sociales y, a la vez, por su incapacidad de adaptar su modelo económico a los desafíos que el futuro les planteaba.

Europa tiene motivos para estar preocupada pues está enfrentando simultáneamente dos amenazas existenciales: una exterior y otra interior. En el exterior se ve sometida, por un lado, al desafío de los yihadistas, que están intentando por todos los medios atraerla a ese conflicto para así derrotarla a la vista de todo el mundo. Por otro, tiene ante sí a una potencia nuclear que ha decidido romper con todas las normas que regulan el orden europeo y construirse una esfera de influencia a su medida aunque para ello tenga que desgajar el territorio de otros Estados. Pese a las diferencias entre ambos escenarios, los dos interpelan a Europa de manera similar: abstenerse es imposible, pero intervenir con garantías de éxito es sumamente improbable.

Europa podría encontrar la manera de navegar todos esos conflictos, de Libia a Ucrania, de forma algo más exitosa que la actual si no tuviera las dos manos atadas a la espalda. Una mano está atada porque sus capacidades militares están más a la altura de su carácter posmoderno que a la de los desafíos que le plantean sus vecinos: ya estuvimos en las arenas de Libia y en los campos helados de Ucrania y no queremos volver. Y la otra mano está atada porque los europeos, líderes y opiniones públicas, todavía no parecen haber percibido la naturaleza de lo que está en juego.

De hecho, muchos prefieren seguir enzarzados en discutir sobre si la culpa de los problemas de Grecia es de las políticas de austeridad o de la incompetencia de los sucesivos políticos griegos. E incluso crecen los que, como los británicos de Nigel Farage, los seguidores de Marine Le Pen en Francia o los partidarios de Alternativa por Alemania, andan sopesando si no será mejor poner fin a todo esto.

Dirán que es tremendista, pero mientras las fronteras este y sur de Europa se deshilachan, la mitad de Europa anda enredada en juegos semánticos sobre si lo que se va a firmar se llamará programa o puente y la otra mitad se pregunta sobre si este proyecto tiene sentido. Al paso que vamos, cuando los bárbaros lleguen a Bruselas no va a haber nadie para recibirlos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 19 de febrero de 2015

La troika y el gallina

4 marzo, 2015

312195800_70ffb91a48_zMuchos analistas están dibujando el conflicto entre Grecia y Alemania como un “juego del gallina”, ya saben, ese en el que dos coches se dirigen a toda velocidad uno contra otro para ver quién se aparta primero. El juego tiene varios resultados posibles: los dos demuestran que son muy machos, pero mueren; los dos se apartan en el último segundo y se van juntos a celebrar su sensatez; o, por último, uno se arruga y es humillado y el otro queda victorioso y celebra su valentía.

El juego revela algunas de las dinámicas que estamos viendo estos días entre Tsipras y su ministro de Finanzas, Varoufakis, a un lado, y Merkel y su ministro de Finanzas, Schäuble, por otro. Pero no captura bien la realidad. Más que un juego del gallina, estamos ante un juego en dos niveles, típico de las negociaciones internacionales, en el que los negociadores principales no sólo se tienen que poner de acuerdo entre ellos, sino a su vez lograr que el acuerdo que firmen sea aceptable cuando vuelven a casa. En muchos casos, y este es uno de ellos, se produce una situación de difícil solución: que los acuerdos posibles arriba (entre las partes), no coinciden con los acuerdos que pueden ser ratificados abajo (una vez en casa).

En su primera comparecencia en el Parlamento griego, Tsipras declaró el programa de rescate finalizado. Mi Gobierno, dijo, ha recibido un mandato del pueblo griego para acabar con ese programa, que ya ha sido cancelado por su propio fracaso. Al dar por finalizado unilateralmente el rescate y dar por hecho que cualquier negociación con el Eurogrupo partirá de ese hecho, Tsipras se ha colocado en una situación enormemente complicada y a la vez absurda. ¿Por qué? Pues porque con tal de cumplir con su mandato podría verse obligado a rechazar una prórroga del rescate muy favorable a Grecia y, a cambio, aceptar un programa-puente aunque fuera más costoso para Grecia por las incertidumbres asociadas a él (elevación de la prima de riesgo, caída de la Bolsa, retirada de depósitos, fuga de capitales). Algo parecido le pasa al Eurogrupo, pues aunque podría modificar el programa de rescate de mil formas para acomodar las demandas del nuevo Gobierno griego, lo que no puede consentir (por las repercusiones que tendría en Alemania y en los otros países deudores) es dejar a Tsipras salirse con la suya, atribuirse el tanto de haber matado a la troika y puesto fin al rescate y, para colmo, llevarse de premio un crédito-puente desde el que negociar con calma.

Lo peor de todo, y en esto el error de Tsipras es garrafal, es que la troika ya estaba técnicamente muerta: la había matado la Comisión, con Juncker a la cabeza; el Parlamento, que hizo un informe durísimo sobre ella; el Tribunal de Justicia, que ha dicho que el BCE no pinta nada allí, y el Eurogrupo, que quería sacar al FMI. Pero como a los zombis, a la troika le atrae el ruido, así que en vez de desaparecer silenciosamente, ahora, cortesía de Tsipras, la tenemos otra vez en primer plano.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 12 de febrero de 2015

El eje de la soberanía

4 marzo, 2015

Europe_flags¿Qué hace Marine Le Pen, la líder del derechista, xenófobo y eurófobo Frente Nacional francés, felicitando por su victoria a Alexis Tsipras, el líder del primer partido de izquierda radical que consigue llegar al Gobierno en la Europa comunitaria? La respuesta no está en París, sino en Atenas, donde la primera decisión de Tsipras tras ganar las elecciones ha sido buscar los votos de la derecha nacionalista griega. Tsipras podría haber buscado los votos de alguna de las otras fuerzas regeneradoras de la política griega, como los centristas liberales de To Potami, pero ha preferido pactar con los Griegos Independientes, un grupo escindido de Nueva Democracia, el partido de centroderecha desde el que Samarás ha gobernando Grecia en los últimos años, que también articula sus demandas a la UE bajo la etiqueta de la recuperación de la soberanía.

Una de las primeras decisiones de Tsipras, tras reunirse con el embajador ruso en Grecia, que le ha trasladado una carta de felicitación de Putin, ha sido posicionarse en contra de la adopción de nuevas sanciones a Rusia por parte de la UE. Aquí tampoco estamos ante ninguna sorpresa: Syriza, al igual que Podemos y el resto de los partidos de la izquierda europea, vienen sistemáticamente votando a favor de Rusia y en contra de Ucrania desde que en mayo del año pasado llegaran al Parlamento Europeo. Sea por prejuicios ideológicos, ignorancia o por puro cinismo ideológico, Alexis Tsipras, Pablo Iglesias y compañía parecen estar convencidos de que Vladímir Putin, un nacionalista que gobierna con una de las oligarquías más corruptas del planeta, preside un país con desigualdades sociales sangrantes, se apoya en la iglesia ortodoxa y persigue a periodistas, homosexuales y feministas, es de izquierdas.

¿Incomprensible? No. Europa se está reconfigurando políticamente, pero no a lo largo de un eje izquierda-derecha, tampoco separándose entre Norte y Sur; ni siquiera, como a veces hemos imaginado, en torno a círculos concéntricos, con un euronúcleo fuertemente integrado y una periferia con distintos grados de afinidad. Europa se está reconfigurando en torno a un eje soberanista-populista, o lo que es lo mismo, en torno a un resurgir de los nacionalismos (de nuevo cuño, y seguramente compatibles con la democracia, pero al fin y al cabo nacionalismos).

Grecia es sólo un aviso de un fenómeno que no tiene que ver estrictamente con el euro ni con la troika, y que es profundamente europeo. En Reino Unido, donde en mayo habrá unas elecciones que pondrán a prueba el techo de los eurófobos de Nigel Farage, pero también en Suecia, donde no circula ni el euro ni la troika, el auge de estos movimientos y partidos es igual de preocupante que en el corazón del euro. Dentro de la UE, sea en Francia, Alemania, Italia, y ahora también en España, surgen partidos cuyo relato es el mismo: la UE ha ido demasiado lejos, secuestrando la democracia, dicen tanto Marine Le Pen como Tsipras, Nigel Farage o Pablo Iglesias. Es hora de dar la voz al pueblo y recuperar la soberanía, concluyen. ¿Europa es el problema, la nación es la solución? Que no cuenten conmigo.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 30 de enero de 2015

Guerra

4 marzo, 2015

François_Hollande_-_meeting_PS_de_Besançon_(10-04-2012)_-_1Llámenme tibio, pejiguero o, peor aún, una combinación de las dos cosas, pero no me termino de encontrar cómodo con la decisión del Gobierno francés de, como reacción más inmediata al atentado contra Charlie Hebdo, seguido de un atentado antisemita que parece haber quedado desdibujado, formular la lucha contra el terrorismo yihadista como una guerra. Tampoco es que sea pacifista: apoyé (confieso) la intervención militar en Libia contra Gadafi, en la que Francia tuvo un papel primordial, y me quedé bastante solo defendiendo que el empleo de armas químicas por parte de El Asad merecía, como mínimo, un par de días de bombardeos y una zona de exclusión área. Diré que las intervenciones, también lideradas por Francia, en Malí y la República Centroafricana me han parecido, en lo esencial, correctas y proporcionales. Como también me lo ha parecido la participación de sus fuerzas aéreas en el bombardeo de las posiciones de las tropas del Daesh en Irak, a las que hubiera deseado que se sumaran más fuerzas armadas europeas, entre ellas las españolas.

Quizá todo eso significa que en el fondo ya estábamos en guerra y que el Gobierno francés solamente ha verbalizado una realidad preexistente. Pero aún con todo ese bagaje intervencionista, que alguien denostaría como propio de un peligroso y errado “intervencionista liberal”, me chirría lo que subyace a la imagen de Hollande despidiendo las tropas a bordo del portaaviones Charles de Gaulle o la decisión de revisar su presupuesto de defensa. Puede que el empleo del término guerra tenga un origen emocional y refleje una decisión tomada demasiado rápidamente ante un más que comprensible estado de shock colectivo. Pero puede que sea una decisión demasiado calculada, donde predominen más elementos de cálculo políticos y electorales que un frío análisis estratégico sobre cómo mejor luchar contra el terrorismo. Quizá esté demasiado condicionado por la experiencia de Estados Unidos, que tras el 11-S enmarcó su respuesta a los atentados bajo ese mismo prisma, con consecuencias que en lo esencial fueron negativas, tanto desde el punto de vista de la eficacia de esa lucha como por el impacto negativo que tuvo sobre los derechos y libertades que entonces se quisieron preservar.

No se trata, entiéndase, de un resquemor de origen moral; la guerra es un mal menor pero aceptable en casos de legítima defensa. Si lo quisiera, Francia obtendría el amparo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la activación del artículo 5 del Tratado de Alianza Atlántica o la cláusula de solidaridad prevista en el Tratado de Lisboa. Pero no, en mi caso se trata más de un cinismo más bien primario: si la guerra, según la definición clásica de Clausewitz, es la continuación de la política por otros medios, antes de empezar una guerra sería bueno saber cuál es la política. Porque de lo contrario, como estamos viendo estos días, en ausencia de un análisis a fondo sobre objetivos, instrumentos y estrategias, lo que termina abriéndose es un espacio donde de forma bastante arbitraria se mezclan discusiones sobre recortes de derechos y libertades, argumentos identitarios sobre la integración o la inmigración y controversias sobre quiénes son o deberían ser nuestros aliados en esta lucha. Dado que si vamos a la guerra no va a ser una guerra fría, convendría saber antes de empezarla cómo vamos a luchar, con quién lo vamos a hacer y con qué objetivos últimos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 15 de enero de 2015