Archive for the ‘Inmigración’ Category

La hora más difícil de Europa

9 octubre, 2015

Captura de pantalla 2015-10-09 15.43.14A perro flaco, todo son pulgas, sentencia el dicho popular. Esa es la situación en la que parece encontrarse Europa, expuesta a un muy peligroso entrecruzamiento de tres crisis que hasta ahora corrían en paralelo: la crisis de gobernanza del euro, con su clímax griego; la crisis de asilo y refugio, que amenaza con hacer saltar por los aires la libre circulación de personas; y la crisis en nuestra vecindad, que desde Ucrania a Libia pasando por Siria pone al desnudo la debilidad de la política exterior europea.

Por separado, cada una de esas crisis expone las profundas fracturas que recorren el proyecto europeo. Juntas forman una tormenta perfecta que, de no mediar una reacción a la altura de las circunstancias, muy bien podría acabar con el proyecto europeo. No se trata de una exageración. La construcción europea descansa hoy sobre tres pilares: el euro, la libre circulación de personas y los valores europeos. Si quitamos cualquiera de ellos, el edificio difícilmente se sostendrá.

Por un lado, la crisis griega ha puesto de manifiesto los problemas de gobernanza de la eurozona, problemas que tienen que ver tanto con la eficacia como con la legitimidad democrática. Mientras que EE UU hace tiempo que ha salido de la crisis, la eurozona sigue estancada económicamente y con unos niveles de desempleo que tensionan sus sociedades, sistemas políticos y Estados del Bienestar, provocando el auge de movimientos y grupos populistas a ambos lados del espectro político. Más allá de las diferencias, evidentes, entre las nuevas izquierdas y las nuevas derechas surgidas de la crisis, todas esas fuerzas comparten una reacción soberanista y anti-integración europea que no es sino un nuevo nacionalismo disfrazado de reacción democrática contra los mercados, la integración europea o contra ambos.

El reflejo nacionalista provocado por la crisis económica se verá sin duda acentuado por la crisis de asilo y refugio. La capacidad de absorber oleadas migratorias étnicamente diversas y convertirlas en una fuerza de progreso económico y social requiere de la existencia de una economía en crecimiento y de unas sociedades abiertas y predispuestas a la integración. Justo lo contrario de lo que le sucede hoy a Europa, estancada económicamente y bloqueada mentalmente con la inmigración. Hemos visto, desde Grecia a Ucrania, que la solidaridad europea apenas alcanza para llegar a los mismos europeos. Extender esa solidaridad hacia los no europeos, máxime cuando provienen de una zona geográfica como Oriente Próximo, con la que Europa mantiene legados y relaciones altamente tóxicas, no va a ser nada fácil.

No es ningún secreto que podríamos gestionar eficazmente la crisis de asilo y refugio. Como tampoco lo es que ello requeriría mucha más Europa de la que las autoridades nacionales están dispuestas a conceder. La polémica en torno a la voluntariedad u obligatoriedad de las cuotas de asilados no es anecdótica: una vez más, como ocurrió cuando comenzó la crisis griega, los gobiernos europeos han preferido adoptar una solución nacional antes que una europea. Ese método convierte a Europa en un remedo de lo que Churchill decía de Estados Unidos: los americanos, decía desesperado por las reticencias de Washington a intervenir en la guerra, siempre terminan por acertar, pero solo después de haber probado todas las demás alternativas. Europa gusta de vivir igual de peligrosamente, siempre esperando a que la situación se deteriore tanto que los gobiernos sólo puedan elegir entre el suicidio colectivo o más Europa. El problema es que, en un paciente debilitado y ya infectado por el virus de la xenofobia, las soluciones puede que lleguen tarde.

La reacción de Angela Merkel, ejemplar, necesita espacio y apoyo. Si los demás gobiernos europeos, como muchos ya están haciendo, miran para otro lado y dejan el problema en manos de Berlín, quitarán el oxígeno a la Canciller y ahogarán el proceso. Algunos pueden tener la tentación de ver con satisfacción el debilitamiento de la Canciller, pero deberían pensar dos veces en lo que vendría después: o bien iríamos a un cierre del espacio Schengen, con cada gobierno reintroduciendo fronteras y controles por su cuenta, o bien tendríamos una reacción defensiva a escala europea consistente en el refuerzo del control de fronteras externas de la UE, el endurecimiento de las normas de asilo y refugio y la generalización de las repatriaciones forzosas, es decir, la adopción del método húngaro a escala europea. No dejaría de ser paradójico que la crisis de asilo y refugio uniera a los europeos en torno un modelo de gestión de fronteras exteriores y flujos migratorios exclusivamente basado en la soberanía y los intereses económicos del receptor, es decir, un modelo basado en el “no vengáis si no se os invita previamente” y en él “si venís sin invitación, ateneos a las consecuencias”. No descartemos por tanto que tengamos una salida europea a la crisis, pero una salida a la Viktor Orban, incompatible con nuestros valores y principios.

El problema de la UE es que tanto en lo referente a la crisis del euro como en la crisis de asilo, siempre ha estado a la defensiva y desbordada, sin tiempo para remontar los problemas corriente arriba y solucionarlos en origen. Así ha sido con la gobernanza del euro, donde sólo de forma muy lenta e incompleta se han abierto camino mecanismos de prevención de carácter sistémico, y también con la política exterior europea. La fuente emisora de la inestabilidad que vivimos estos días está en una región vecina, Oriente Próximo, en la que Europa es incapaz de hacer valer ni sus intereses ni sus principios. Mientras Rusia e Irán definen sus intereses en la región de un modo tan brutal como cristalino y ponen todos sus activos diplomáticos, económicos y militares detrás de ellos, Europa carece de una visión sobre qué hacer, y tampoco sabe muy bien qué pedirle a Estados Unidos ni cómo trabajar con Obama. El problema de la UE con Siria no es tanto la carencia de instrumentos (aunque sea cierto que carece de ellos), sino el carecer de una política. Europa no sólo no sabe lo que quiere (¿negociar con Asad? ¿ir a la guerra contra al Estado islámico? ¿pactar con Rusia e Irán?) sino que tampoco tiene un método para averiguarlo, lo que deja a cada gobierno a su libre albedrío. El resultado no puede ser más desconcertante: mientras que la Francia de Hollande se declara en guerra contra el ISIS, los demás miran hacia otro lado y buscan un arreglo rápido con Asad. Acostumbrada a no actuar, Europa puede tener la tentación de no hacer nada. Pero la crisis de asilo es distinta: si no actuamos para cambiar nuestro entorno, ese entorno nos cambiará a nosotros. A peor.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS, cuarta página, el jueves 8 de octubre de 2015

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Naufragio europeo

14 mayo, 2015

050615-N-0000X- 001Una vez más, la muerte de inmigrantes en el Mediterráneo activa todos los resortes mediáticos. Y estos, a la vez que sacuden nuestras conciencias, desencadenan el frenesí de los políticos europeos, obligados por la doble presión de los medios y la opinión pública a prodigarse en declaraciones de condena, convocar cumbres para mostrar unidad, sacudirse de encima la responsabilidad por lo ocurrido y buscar en el inventario algún tipo de medida con la que dar la impresión de que se está actuando o se va actuar eficazmente.

Pero todo es un gran teatro político en el que la agitación sólo cumple un papel: el de impedirnos pensar y, sobre todo, hacerlo de forma crítica. Porque si por un minuto cesaran todos los aspavientos e idas y venidas de jefes de Estado y de Gobierno y ministros de Exteriores e Interior, lo que realmente veríamos sería la negligencia, casi criminal, con la que la Unión Europea ha estado actuando en esta materia. Porque todos los Gobiernos, conociendo el tamaño de los flujos de inmigración en esa zona del Mediterráneo, sabían de antemano que la suspensión de la misión de rescate Mare Nostrum y su sustitución por la Operación Tritón, meramente de control fronterizo y con muchos menos recursos, iba a desencadenar la pérdida de muchas vidas. Para empeorar las cosas, sabemos que no lo hicieron porque sospechaban que el dispositivo de salvamento marítimo italiano estaba generando un efecto llamada para mafias e inmigrantes.

La realidad, sin embargo, es bien distinta. Más que un efecto llamada lo que tenemos son una serie de vasos comunicantes: la eficacia de la misión Poseidón de Frontex a la hora de impermeabilizar las fronteras orientales de la UE, sobre todo las de Grecia y Bulgaria con Turquía, combinada con la descomposición de Libia y el cierre de la ruta atlántica o española, está provocado la convergencia de todos los flujos, esto es, el subsahariano, el de Oriente Próximo y el asiático, en único punto de entrada: el estrecho de Sicilia. Por eso resulta incomprensible que los jefes de Estado, en lugar de entender que estamos ante una emergencia de carácter global, y gestionarla como tal, estableciendo puntos de asilo, corredores humanitarios, zonas seguras y campos de refugiados, se planteen solucionar el problema desde una perspectiva militar y policial.

Declarar la guerra a las mafias sin entender por qué la gente los contrata y diseñar una misión antipiratería como la de Somalia sólo puede tener un efecto: desviar la presión migratoria hacia otras zonas y generar aún más caos en los países de tránsito. Muchos jefes de Estado y de Gobierno, entre ellos el español, han pedido estos días “más Europa”. Pero no es ese el tipo de Europa que necesitamos. La que necesitamos debería tener una verdadera política de inmigración, refugio y asilo común gestionada por la Comisión Europea, no por 28 Estados miopes, electoralistas o incapaces. ¿Quién naufraga aquí?

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 23 de abril de 2015

Inmigración, integración, terrorismo y libertad de circulación: la gran confusión

14 abril, 2015

4586245313_c31545b9fc_oEs lógico que en el fragor de la batalla las emociones se disparen. Pero tan peligrosos enemigos son aquellos que atentan contra nuestro modo de vida y libertades como los errores que podemos cometer si nos dejamos llevar por esas emociones. Es lo que en cierta medida ha ocurrido a raíz de los recientes atentados en París contra Charlie Hebdo y la comunidad judía cuando a caballo del shock y la repulsa por dichos ataques muchos se dejaron llevar por la tentación de mezclar en una misma y confusa amalgama la lucha contra el terrorismo, la política hacia Oriente Próximo, el control de fronteras, la inmigración irregular, la libertad de circulación de trabajadores, el papel del islam en nuestros espacios cívicos y la integración y asimilación de minorías de distinta cultura o religión en nuestras sociedades.

Prueba de esa confusión, en Francia vimos, por un lado, al presidente François Hollande encaramarse a la cubierta del portaviones Charles de Gaulle para declararse en guerra contra el Estado Islámico aunque hubiera dudas de si el atentado estaba inspirado por ese grupo o por Al Qaeda y tampoco estuviera muy claro si una reacción de tipo bélico y en caliente no era precisamente el objetivo del ataque o si pudiera tener efectos amplificadores incentivando futuros atentados. Por otro lado, ignorando deliberadamente que los atacantes parisienses eran ciudadanos franceses nacidos en Francia a los que difícilmente los controles fronterizos hubieran supuesto un impedimento para entrar y salir del país, escuchamos al expresidente Nicolas Sarkozy demandar el fin de la libertad de circulación dentro de la UE y la reinstauración de los controles de fronteras dentro del espacio Schengen. También asistimos a la enérgica demanda de Marine Le Pen y su xenófobo Frente Nacional de reinstaurar la pena de muerte o, en otros contextos como el español, la introducción en el Código Penal de la cadena perpetua, ambos objetivos populares entre muchos votantes pero de nula eficacia como instrumento de lucha contra el terrorismo yihadista. Y a ese coro de peticiones se sumaron reclamaciones en las que se mezclaba la hostilidad contra la comunidad musulmana en Francia con una revitalización de las discusiones en torno a la naturaleza violenta o pacífica del islam o su compatibilidad con la democracia. En definitiva, una gran y poco provechosa confusión.

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7-25-50

26 julio, 2013

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Mapa: el mundo redibujado de acuerdo al PIB de cada país. Worldmapper

7-25-50*. Tres cifras que forman una secuencia elegante y fácil de memorizar. Esas tres cifras son lo que nos definen como europeos. Sin ellas no podemos entender nuestro presente ni pensar nuestro futuro.

La primera nos habla de cuántos somos. Y la verdad, no somos muchos. La Unión Europea representa hoy el 7% de la población mundial. Somos algo más de 500 millones en un mundo que ha pasado la barrera de los 7.000 millones. Y vamos a ser todavía menos pues, según las proyecciones demográficas, cuando el siglo cruce el ecuador estaremos en torno al 5%. Para entender las diferencia de pensarnos a nosotros mismos en 2040-2050 siendo una fracción tan pequeña de la población mundial, tenemos que mirar atrás y recordar que en 1960, cuando este curioso experimento llamado integración europea se puso en marcha, la vieja Europa, aún abatida y derrotada por la guerra, representaba el 20% de la población mundial. Pasar de un mundo en el que uno de cada cinco habitantes era europeo a otro en el que sólo uno de cada veinte lo será obliga a una reflexión muy profunda sobre quiénes somos, qué queremos y cómo y con quien lo queremos conseguir.

La segunda cifra, 25%, habla de nuestra riqueza. La Unión Europea es la economía más grande del mundo y, con el 16% de las exportaciones mundiales, la primera potencia comercial, por delante de China y EEUU. Pese a la crisis económica que atravesamos, los europeos seguimos constituyendo una enorme isla de riqueza. Que con el 7% de la población produzcamos el 25% de la riqueza mundial habla de nuestra extraordinaria capacidad productiva. Pero también aquí nuestro futuro está en entredicho. Y no sólo por nuestros problemas, pues Europa está estancada económicamente, endeudada y tiene un récord de parados (26 millones) sino porque los demás, fuera de Europa, lo vienen haciendo mucho mejor que nosotros desde hace mucho tiempo. Europa tiene, además, un problema de dependencia energética muy acusado, pues importa el 54% de la energía que consume, un porcentaje que llega al 85% cuando se trata del petróleo o del 62% cuando hablamos de gas.

La tercera cifra (50%) es el porcentaje que supone el gasto social en Europa sobre el total del gasto social mundial. Si Europa es una potencia mundial en algo es en gasto social: destinamos prácticamente uno de cada tres euros que producimos (el 29.4% del PIB) a políticas sociales. Esa creencia en la equidad y la inclusión que articulamos en torno al concepto de estado del bienestar es una parte esencial de nuestra identidad. Pero financiar estos ideales es muy caro: las políticas de salud, que han permitido a los europeos disfrutar de una esperanza de vida récord, se llevan el 11% de lo que producimos y la pensiones que dignifican a nuestros mayores un 12%. Pero aún con todo ese formidable esfuerzo, en la UE hay 40 millones de personas que viven en situación de extrema pobreza y exclusión social.

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