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La hora más difícil de Europa

9 octubre, 2015

Captura de pantalla 2015-10-09 15.43.14A perro flaco, todo son pulgas, sentencia el dicho popular. Esa es la situación en la que parece encontrarse Europa, expuesta a un muy peligroso entrecruzamiento de tres crisis que hasta ahora corrían en paralelo: la crisis de gobernanza del euro, con su clímax griego; la crisis de asilo y refugio, que amenaza con hacer saltar por los aires la libre circulación de personas; y la crisis en nuestra vecindad, que desde Ucrania a Libia pasando por Siria pone al desnudo la debilidad de la política exterior europea.

Por separado, cada una de esas crisis expone las profundas fracturas que recorren el proyecto europeo. Juntas forman una tormenta perfecta que, de no mediar una reacción a la altura de las circunstancias, muy bien podría acabar con el proyecto europeo. No se trata de una exageración. La construcción europea descansa hoy sobre tres pilares: el euro, la libre circulación de personas y los valores europeos. Si quitamos cualquiera de ellos, el edificio difícilmente se sostendrá.

Por un lado, la crisis griega ha puesto de manifiesto los problemas de gobernanza de la eurozona, problemas que tienen que ver tanto con la eficacia como con la legitimidad democrática. Mientras que EE UU hace tiempo que ha salido de la crisis, la eurozona sigue estancada económicamente y con unos niveles de desempleo que tensionan sus sociedades, sistemas políticos y Estados del Bienestar, provocando el auge de movimientos y grupos populistas a ambos lados del espectro político. Más allá de las diferencias, evidentes, entre las nuevas izquierdas y las nuevas derechas surgidas de la crisis, todas esas fuerzas comparten una reacción soberanista y anti-integración europea que no es sino un nuevo nacionalismo disfrazado de reacción democrática contra los mercados, la integración europea o contra ambos.

El reflejo nacionalista provocado por la crisis económica se verá sin duda acentuado por la crisis de asilo y refugio. La capacidad de absorber oleadas migratorias étnicamente diversas y convertirlas en una fuerza de progreso económico y social requiere de la existencia de una economía en crecimiento y de unas sociedades abiertas y predispuestas a la integración. Justo lo contrario de lo que le sucede hoy a Europa, estancada económicamente y bloqueada mentalmente con la inmigración. Hemos visto, desde Grecia a Ucrania, que la solidaridad europea apenas alcanza para llegar a los mismos europeos. Extender esa solidaridad hacia los no europeos, máxime cuando provienen de una zona geográfica como Oriente Próximo, con la que Europa mantiene legados y relaciones altamente tóxicas, no va a ser nada fácil.

No es ningún secreto que podríamos gestionar eficazmente la crisis de asilo y refugio. Como tampoco lo es que ello requeriría mucha más Europa de la que las autoridades nacionales están dispuestas a conceder. La polémica en torno a la voluntariedad u obligatoriedad de las cuotas de asilados no es anecdótica: una vez más, como ocurrió cuando comenzó la crisis griega, los gobiernos europeos han preferido adoptar una solución nacional antes que una europea. Ese método convierte a Europa en un remedo de lo que Churchill decía de Estados Unidos: los americanos, decía desesperado por las reticencias de Washington a intervenir en la guerra, siempre terminan por acertar, pero solo después de haber probado todas las demás alternativas. Europa gusta de vivir igual de peligrosamente, siempre esperando a que la situación se deteriore tanto que los gobiernos sólo puedan elegir entre el suicidio colectivo o más Europa. El problema es que, en un paciente debilitado y ya infectado por el virus de la xenofobia, las soluciones puede que lleguen tarde.

La reacción de Angela Merkel, ejemplar, necesita espacio y apoyo. Si los demás gobiernos europeos, como muchos ya están haciendo, miran para otro lado y dejan el problema en manos de Berlín, quitarán el oxígeno a la Canciller y ahogarán el proceso. Algunos pueden tener la tentación de ver con satisfacción el debilitamiento de la Canciller, pero deberían pensar dos veces en lo que vendría después: o bien iríamos a un cierre del espacio Schengen, con cada gobierno reintroduciendo fronteras y controles por su cuenta, o bien tendríamos una reacción defensiva a escala europea consistente en el refuerzo del control de fronteras externas de la UE, el endurecimiento de las normas de asilo y refugio y la generalización de las repatriaciones forzosas, es decir, la adopción del método húngaro a escala europea. No dejaría de ser paradójico que la crisis de asilo y refugio uniera a los europeos en torno un modelo de gestión de fronteras exteriores y flujos migratorios exclusivamente basado en la soberanía y los intereses económicos del receptor, es decir, un modelo basado en el “no vengáis si no se os invita previamente” y en él “si venís sin invitación, ateneos a las consecuencias”. No descartemos por tanto que tengamos una salida europea a la crisis, pero una salida a la Viktor Orban, incompatible con nuestros valores y principios.

El problema de la UE es que tanto en lo referente a la crisis del euro como en la crisis de asilo, siempre ha estado a la defensiva y desbordada, sin tiempo para remontar los problemas corriente arriba y solucionarlos en origen. Así ha sido con la gobernanza del euro, donde sólo de forma muy lenta e incompleta se han abierto camino mecanismos de prevención de carácter sistémico, y también con la política exterior europea. La fuente emisora de la inestabilidad que vivimos estos días está en una región vecina, Oriente Próximo, en la que Europa es incapaz de hacer valer ni sus intereses ni sus principios. Mientras Rusia e Irán definen sus intereses en la región de un modo tan brutal como cristalino y ponen todos sus activos diplomáticos, económicos y militares detrás de ellos, Europa carece de una visión sobre qué hacer, y tampoco sabe muy bien qué pedirle a Estados Unidos ni cómo trabajar con Obama. El problema de la UE con Siria no es tanto la carencia de instrumentos (aunque sea cierto que carece de ellos), sino el carecer de una política. Europa no sólo no sabe lo que quiere (¿negociar con Asad? ¿ir a la guerra contra al Estado islámico? ¿pactar con Rusia e Irán?) sino que tampoco tiene un método para averiguarlo, lo que deja a cada gobierno a su libre albedrío. El resultado no puede ser más desconcertante: mientras que la Francia de Hollande se declara en guerra contra el ISIS, los demás miran hacia otro lado y buscan un arreglo rápido con Asad. Acostumbrada a no actuar, Europa puede tener la tentación de no hacer nada. Pero la crisis de asilo es distinta: si no actuamos para cambiar nuestro entorno, ese entorno nos cambiará a nosotros. A peor.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS, cuarta página, el jueves 8 de octubre de 2015

El fracaso de Tsipras

15 julio, 2015

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Cuando Alexis Tsipras ganó las elecciones en enero de este año, él y Syriza, su coalición de izquierdas, tenían ante sí dos opciones. Una consistía en coaligar a las fuerzas europeístas de los socialistas de Pasok y los reformistas To Potamí en un Gobierno que pudiera trabajar con las instituciones europeas y el resto de los Gobiernos de la eurozona para corregir los errores del pasado y situar al país en una senda de recuperación económica y social. El entorno no podía ser más propicio. A su favor tenía el cambio de énfasis de la nueva Comisión Europea, volcada en los planes de inversión liderados por Jean-Claude Juncker, ahora crítico con el papel de la Troika en los dos rescates anteriores. También contaba con el activismo de Mario Draghi, embarcado en un programa de compra de activos que, por fin, asemejaba al BCE a la Reserva Federal estadounidense, y que permitía a las economías más débiles de la eurozona, como España, comprar tiempo y espacio ante los mercados de deuda para que las reformas estructurales comenzaran a generar crecimiento.

Y en París y en Roma, Hollande y Renzi estaban deseosos de utilizar el ejemplo griego para ablandar las políticas de austeridad con el doble argumento de que dichas políticas no sólo no funcionaban si no iban acompañadas de políticas de estímulo e inversión, sino que eran insostenibles políticamente pues, como Grecia demostraba, acababan destruyendo a los partidos europeístas, a derecha e izquierda. Incluso los muy endurecidos socialdemócratas alemanes, capitaneados por el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, estaban dispuestos a echar una mano si se les solicitaba.

Pero en lugar de formar un bloque europeísta, Tsipras eligió formar un bloque soberanista con la derecha nacionalista y euroescéptica de ANEL, a la que a cambio de su voto de investidura no sólo concedió el Ministerio de Defensa, sino una de las líneas rojas más vergonzosas que Syriza ha venido manteniendo en sus negociaciones con el Eurogrupo en estos seis meses: la imposibilidad de recortar, en un país hundido en una crisis social, un gasto de Defensa que duplica en porcentaje del PIB al de sus socios europeos. Mientras que el programa político de Syriza se ha articulado en torno al relato de la recuperación de la soberanía mancillada por la Troika y la restauración de la democracia, dándole la voz al pueblo en un referéndum con el que recuperar la dignidad frente al exterior, el programa económico ha buscado exponer la inviabilidad del modelo de política económica dominante en la eurozona, basada en la reducción del déficit vía aumento de los ingresos, reducción de gastos y adopción de reformas estructurales de corte liberalizador.

Esta estrategia de confrontación, trufada de provocaciones a Alemania a costa de su pasado nazi, devaneos geopolíticos con la Rusia de Putin y unas tácticas negociadoras que han reventado la confianza entre las partes, han conducido al suicidio político de Tsipras y a un empeoramiento todavía más agudo de la economía griega. Con Tsipras obligado ahora a adoptar en una dosis —encima aumentada— todo aquello que desde el principio quiso superar, y la economía griega forzada ahora a soportar todavía otro ajuste económico, al que se añade una crisis bancaria, el resultado de estos seis meses de Gobierno no puede ser más descorazonador.

A los historiadores queda explicar cómo un hombre que llegó al poder armado de la enorme autoridad moral que le concedía el cúmulo de errores cometidos tanto por el Eurogrupo como por sus predecesores de izquierda y derecha pudo, en cada encrucijada que tuvo delante, tomar el camino equivocado. Como Lutero al fijar sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, dando inicio así a la Reforma Protestante, Tsipras y el defenestrado Varoufakis parecen haber tenido como único objetivo demostrar una serie de tesis: que el euro está mal diseñado, que la austeridad no funciona, que la deuda es impagable y que la UE destruye la democracia y los derechos sociales. Tesis todas muy discutibles, en el mejor sentido del término, y que dividen profundamente a los europeos de todas las ideologías. Pero como hemos visto estos meses, el debate ideológico y la acción de gobierno son cosas bien distintas.

Al final Tsipras se ha quedado sólo, y con él, tristemente, Grecia y los griegos. Porque a pesar de los encomios desde el frente soberanista y la elevación de Tsipras a la categoría de héroe de la Reforma protestante anti-europea, lo que Marine Le Pen en Francia, Putin en Rusia, Farage en el Reino Unido o Víctor Orban en Hungría necesitan es un mártir, no un éxito, y un pueblo humillado al que señalar con el dedo ante sus huestes. De ahí que no vayan a mover un dedo por los griegos. Lamentablemente, como muestran los niveles de desconfianza y dureza introducidos en el acuerdo alcanzado entre Grecia y sus socios, nunca vistos en la eurozona, algunos miembros de la eurozona parecen estar bien dispuestos a colaborar con ese empeño en dar armas a los populismos soberanistas de izquierdas y de derechas.

Consecuencia de sus errores y dogmas, Tsipras se ha situado en una situación imposible entre aceptar la salida voluntaria y temporal de la eurozona (aunque no de la UE) que le sugieren desde Alemania, o aceptar convertir al Gobierno de Syriza, que en teoría iba a devolver la dignidad al pueblo griego, en el administrador de un protectorado de la eurozona, que es lo que representa el acuerdo ofrecido a Tsipras. La primera opción supondría para los griegos aceptar la humillación de ser expulsado de la eurozona a cambio de la dignidad de poder volver a gobernarse a sí mismos; la segunda supone aceptar ser gobernado desde fuera a cambio de una posibilidad, no cuantificada pero más bien remota, de que la economía mejore algo.

Uno puede pensar qué es lo que haría si fuera Tsipras, pero lo realmente intrigante es por qué Tsipras hará lo que va a hacer, es decir, si su aceptación de las condiciones del tercer rescate es sincera y por tanto estará comprometido con hacer funcionar ese increíble paquete de austeridad y reformas, o si meramente lo acepta porque sabe que el tercer programa, como los otros dos anteriores, será un fracaso. Tsipras ha fracasado, pero su fracaso es tan rotundo y deja detrás tanta frustración que abre una nueva etapa de incertidumbre.

Publicado en la edición impresa del Diaro ELPAIS el martes 14 de julio de 2015 (cuarta página)

Errático Varoufakis

14 mayo, 2015

Yanis_Varoufakis_Subversive_interview_2013_croppedEl apartamiento parcial del ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis, de la negociación con las instituciones europeas pone de manifiesto las contradicciones en las que vive sumida una gran parte de la izquierda en su visión del proceso de integración europeo. Esa izquierda no es fácil de catalogar: con 52 eurodiputados agrupados en 19 delegaciones, incluye al Front Gauche francés, Die Linke alemán, el Partido Comunista portugués, Syriza, Bildu, Alternativa Galega de Esquerda, el Sinn Fein o Podemos; una confusa amalgama de partidos comunistas, poscomunistas o nacionalistas de izquierdas que muchos de sus integrantes prefieren describir como izquierda a secas (se conciben como la verdadera en oposición a la socialdemocracia) y otros gustan de añadir el adjetivo radical para resaltar su carácter transformador.

Al contrario que la derecha eurófoba y xenófoba, que tiene perfectamente claras sus prioridades (acabar con la UE, cerrar las fronteras, expulsar a los inmigrantes y restaurar las monedas nacionales), esa izquierda europea vive atrapada en el dilema descrito por Varoufakis en un extenso texto de diciembre de 2013 titulado Confesiones de un marxista errático en medio de una crisis europea repugnante. Varoufakis lanza la siguiente pregunta: “¿Deberíamos aprovechar esta profunda crisis capitalista para promover el desmantelamiento de la Unión Europea?”. O, por el contrario, inquiere, “¿deberíamos aceptar que la izquierda no está preparada para un cambio radical y que, por tanto, debe colaborar con la estabilización del capitalismo europeo hasta que se den las condiciones para desarrollar una alternativa humanista?”.

La respuesta de Varoufakis es inclinarse por salvar al capitalismo y al proyecto europeo de sí mismos. ¿Por qué este empeño en mantener con vida a una UE que define, literalmente, como “una amenaza a la civilización”? Porque, a decir de Varoufakis, el colapso de la zona euro arrojaría a Europa en manos del fascismo y el nacionalismo xenófobo. Pero salvar a la UE y al capitalismo, advierte, no supone ahorrarle una buena crisis, sino provocarla. Y la manera de hacerlo es haciendo estallar la principal contradicción del euro: la de tener una moneda común de la cual no se puede salir pero donde no hay un soberano común que responda de las deudas contraídas en esa moneda. Si no se puede salir del euro, concluye Varoufakis, tampoco te pueden echar, lo que implica que puedes hacer una suspensión de pagos y no marcharte de la eurozona. Provocar esa suspensión (sin salirse del euro) para así enfrentar a la eurozona a sus contradicciones y obligarla a completar su diseño mancomunando las deudas, parecía ser la estrategia negociadora de Varoufakis. Parece que Tsipras ha temido que la estrategia del estallido, en lugar de consolidar la eurozona, podría destruir Grecia, y se lo ha pensado dos veces. ¿Qué será ahora del marxista errático? ¿Y quién salvará a la UE de sí misma?

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 30 de abril de 2015

El error de Tsipras

8 abril, 2015

DIE_LINKE_Bundesparteitag_10._Mai_2014_Alexis_Tsipras_-1La Unión Europea, suele decirse, es un orden negociado. ¿No es esto contradictorio? Un orden es algo estable y cerrado, mientras que una negociación presupone algo abierto y en permanente cambio. ¿Cómo puede ser algo una cosa y a la vez su contraria? La respuesta correcta es: ¿y qué importa? ¿Qué necesidad hay de lamentarse porque algo que funciona en la práctica no lo haga en la teoría?

La Unión Europea funciona mejor de lo que se dice, especialmente teniendo en cuenta que lo hace sin modelo ni referencias. Todo lo bueno que ha logrado la UE se lo debe a su enorme flexibilidad: una y otra vez desde los comienzos de este proyecto tan singular hemos visto a los líderes europeos, agotados tras días y noches de negociaciones sin interrupción, estampar su firma en acuerdos que se suponían imposibles y que a decir de muchos suponían la cuadratura del círculo.

Así entró Grecia en las (entonces) Comunidades Europeas: mediante un acto político del Consejo Europeo, que creyendo imperativo apoyar el proceso de consolidación democrática tras el fin de la dictadura de los coroneles, pasó por encima del dictamen de la Comisión Europea, que en razón del pésimo estado de la economía griega había recomendado tomarse su adhesión con mucha, muchísima calma. En aquella ocasión, como en tantas otras en la historia comunitaria, las reglas del juego se retorcieron por una razón política superior y Grecia no sólo entró en la Unión a pesar de no cumplir los requisitos, sino que lo hizo cinco años antes que España y Portugal.

Buscar la razón política superior que hiciera deseable la extensión y modificación a favor de Grecia del programa de rescate debería haber sido la primera tarea de Tsipras y su Gobierno. No era una tarea en absoluto difícil pues su llegada al poder ha coincidido con un momento de rara unanimidad dentro de la Unión Europea en torno a los errores de diseño del euro, los excesos de la política de austeridad, las torpezas de la troika y el desproporcionado coste asumido por la ciudadanía griega.

Todo era viento en las velas para aliarse con un presidente de la Comisión con mala conciencia por su pasado y empeñado en políticas de estímulo, un presidente del Banco Central Europeo decidido a emprender una expansión monetaria sin precedentes sin importarle lo que dijera Alemania y unos Gobiernos en París, Roma y Madrid encantados de utilizar a Atenas para terminar de demoler los dogmas con los que Alemania asfixia el crecimiento económico.

Créanme, Tsipras lo tenía realmente fácil. Pero fuera por dogmatismo, mal asesoramiento o por perseguir otros fines, se ha empeñado en una confrontación absurda con sus socios. ¿El resultado de este despilfarro de capital político y moral? Que obtendrá la mitad de lo que hubiera podido lograr si hubiera actuado con inteligencia y flexibilidad, y al doble de precio. Una pena, sobre todo para los griegos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 26 de marzo de 2015

La troika y el gallina

4 marzo, 2015

312195800_70ffb91a48_zMuchos analistas están dibujando el conflicto entre Grecia y Alemania como un “juego del gallina”, ya saben, ese en el que dos coches se dirigen a toda velocidad uno contra otro para ver quién se aparta primero. El juego tiene varios resultados posibles: los dos demuestran que son muy machos, pero mueren; los dos se apartan en el último segundo y se van juntos a celebrar su sensatez; o, por último, uno se arruga y es humillado y el otro queda victorioso y celebra su valentía.

El juego revela algunas de las dinámicas que estamos viendo estos días entre Tsipras y su ministro de Finanzas, Varoufakis, a un lado, y Merkel y su ministro de Finanzas, Schäuble, por otro. Pero no captura bien la realidad. Más que un juego del gallina, estamos ante un juego en dos niveles, típico de las negociaciones internacionales, en el que los negociadores principales no sólo se tienen que poner de acuerdo entre ellos, sino a su vez lograr que el acuerdo que firmen sea aceptable cuando vuelven a casa. En muchos casos, y este es uno de ellos, se produce una situación de difícil solución: que los acuerdos posibles arriba (entre las partes), no coinciden con los acuerdos que pueden ser ratificados abajo (una vez en casa).

En su primera comparecencia en el Parlamento griego, Tsipras declaró el programa de rescate finalizado. Mi Gobierno, dijo, ha recibido un mandato del pueblo griego para acabar con ese programa, que ya ha sido cancelado por su propio fracaso. Al dar por finalizado unilateralmente el rescate y dar por hecho que cualquier negociación con el Eurogrupo partirá de ese hecho, Tsipras se ha colocado en una situación enormemente complicada y a la vez absurda. ¿Por qué? Pues porque con tal de cumplir con su mandato podría verse obligado a rechazar una prórroga del rescate muy favorable a Grecia y, a cambio, aceptar un programa-puente aunque fuera más costoso para Grecia por las incertidumbres asociadas a él (elevación de la prima de riesgo, caída de la Bolsa, retirada de depósitos, fuga de capitales). Algo parecido le pasa al Eurogrupo, pues aunque podría modificar el programa de rescate de mil formas para acomodar las demandas del nuevo Gobierno griego, lo que no puede consentir (por las repercusiones que tendría en Alemania y en los otros países deudores) es dejar a Tsipras salirse con la suya, atribuirse el tanto de haber matado a la troika y puesto fin al rescate y, para colmo, llevarse de premio un crédito-puente desde el que negociar con calma.

Lo peor de todo, y en esto el error de Tsipras es garrafal, es que la troika ya estaba técnicamente muerta: la había matado la Comisión, con Juncker a la cabeza; el Parlamento, que hizo un informe durísimo sobre ella; el Tribunal de Justicia, que ha dicho que el BCE no pinta nada allí, y el Eurogrupo, que quería sacar al FMI. Pero como a los zombis, a la troika le atrae el ruido, así que en vez de desaparecer silenciosamente, ahora, cortesía de Tsipras, la tenemos otra vez en primer plano.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 12 de febrero de 2015

El eje de la soberanía

4 marzo, 2015

Europe_flags¿Qué hace Marine Le Pen, la líder del derechista, xenófobo y eurófobo Frente Nacional francés, felicitando por su victoria a Alexis Tsipras, el líder del primer partido de izquierda radical que consigue llegar al Gobierno en la Europa comunitaria? La respuesta no está en París, sino en Atenas, donde la primera decisión de Tsipras tras ganar las elecciones ha sido buscar los votos de la derecha nacionalista griega. Tsipras podría haber buscado los votos de alguna de las otras fuerzas regeneradoras de la política griega, como los centristas liberales de To Potami, pero ha preferido pactar con los Griegos Independientes, un grupo escindido de Nueva Democracia, el partido de centroderecha desde el que Samarás ha gobernando Grecia en los últimos años, que también articula sus demandas a la UE bajo la etiqueta de la recuperación de la soberanía.

Una de las primeras decisiones de Tsipras, tras reunirse con el embajador ruso en Grecia, que le ha trasladado una carta de felicitación de Putin, ha sido posicionarse en contra de la adopción de nuevas sanciones a Rusia por parte de la UE. Aquí tampoco estamos ante ninguna sorpresa: Syriza, al igual que Podemos y el resto de los partidos de la izquierda europea, vienen sistemáticamente votando a favor de Rusia y en contra de Ucrania desde que en mayo del año pasado llegaran al Parlamento Europeo. Sea por prejuicios ideológicos, ignorancia o por puro cinismo ideológico, Alexis Tsipras, Pablo Iglesias y compañía parecen estar convencidos de que Vladímir Putin, un nacionalista que gobierna con una de las oligarquías más corruptas del planeta, preside un país con desigualdades sociales sangrantes, se apoya en la iglesia ortodoxa y persigue a periodistas, homosexuales y feministas, es de izquierdas.

¿Incomprensible? No. Europa se está reconfigurando políticamente, pero no a lo largo de un eje izquierda-derecha, tampoco separándose entre Norte y Sur; ni siquiera, como a veces hemos imaginado, en torno a círculos concéntricos, con un euronúcleo fuertemente integrado y una periferia con distintos grados de afinidad. Europa se está reconfigurando en torno a un eje soberanista-populista, o lo que es lo mismo, en torno a un resurgir de los nacionalismos (de nuevo cuño, y seguramente compatibles con la democracia, pero al fin y al cabo nacionalismos).

Grecia es sólo un aviso de un fenómeno que no tiene que ver estrictamente con el euro ni con la troika, y que es profundamente europeo. En Reino Unido, donde en mayo habrá unas elecciones que pondrán a prueba el techo de los eurófobos de Nigel Farage, pero también en Suecia, donde no circula ni el euro ni la troika, el auge de estos movimientos y partidos es igual de preocupante que en el corazón del euro. Dentro de la UE, sea en Francia, Alemania, Italia, y ahora también en España, surgen partidos cuyo relato es el mismo: la UE ha ido demasiado lejos, secuestrando la democracia, dicen tanto Marine Le Pen como Tsipras, Nigel Farage o Pablo Iglesias. Es hora de dar la voz al pueblo y recuperar la soberanía, concluyen. ¿Europa es el problema, la nación es la solución? Que no cuenten conmigo.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 30 de enero de 2015

Hablan las urnas

4 marzo, 2015

14088674187_802a138bdd_hCada papeleta depositada en una urna refleja una decisión estrictamente individual. Esa decisión puede reflejar consideraciones muy distintas sobre la situación política, la económica o las expectativas personales. Pero en democracia, que al fin y al cabo es el Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, nos gusta pensar que la suma de todas esas decisiones individuales tiene que significar algo coherente. Así que, el lunes diremos “los griegos han dicho”, y completaremos los puntos suspensivos con un “quieren poner fin a la austeridad y al bipartidismo”, si gana Syriza, o con un “no quieren saltar al vacío justo ahora que comienza la recuperación”, si Syriza no logra imponerse. Pero ni las cosas son tan simples ni la democracia es un sistema donde el ganador se lo lleva todo. Gane quien gane, el día después de las elecciones la vida seguirá siendo un conjunto de decisiones imperfectas tomadas con información insuficiente, poco poder y muy poca capacidad de anticipar las consecuencias. Suena algo deprimente (hay quien lo llama realidad), pero es lo que hay.

Pero ahí no acaba la cosa. Como los significados de las cosas no son claros ni están establecidos de antemano, la política, máxime en época de campaña, consiste en la creación de significados con los que rellenar los hechos. Las palabras, gusta decir el jefe de campaña de Podemos, Íñigo Errejón, son colinas desde las que se domina el terreno y se ganan las batallas políticas, de ahí que Rajoy haya hecho campaña en Grecia a favor del reformismo mientras que Pablo Iglesias haya instado a los griegos a entender la elección como el primer paso en la liberación de los pueblos del Sur de Europa del yugo colonial impuesto por Berlín y por la troika.

A la competición por el Gobierno en Grecia, que en teoría sólo atañe a los griegos, se añaden pues toda una serie de disputas, que son las que nos atañen a nosotros, como españoles y como europeos. Una victoria de Syriza enviaría una muy poderosa señal pues hasta ahora ninguno de los partidos antisistema surgidos en Europa al calor de la crisis ha logrado una victoria que les permita llegar al Gobierno. Que lo lograran en el eslabón más débil de la cadena, Grecia, podría ser una excepción, pero también una señal de que estos partidos, como ellos mismos gustan decir, habrían logrado ocupar la centralidad del tablero político. Esa centralidad implica que si gana Syriza, Tsipras tendrá que negociar y pactar con los acreedores de Grecia, muchos de los cuales, recordemos, también son Gobiernos democráticos que se deben a sus electores y que también tomarán sus decisiones pensando en su futuro político. La otra opción de Tsipras y Syriza es recuperar la soberanía pero aquí es donde el juego retórico se agota: lo peor de reclamar la soberanía es que, si te pones muy pesado, te la pueden acabar dando, así que mejor no insistir mucho.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 22 de enero de 2015

Una cuestión de fe

4 marzo, 2015

Greece-1173_-_Temple_of_AthenaEs un guión por todos conocido y mil veces representado. A un lado, los tecnócratas que encabezan las instituciones europeas, que por boca del portavoz del Banco Central Europeo no se cansan de celebrar los “impresionantes progresos realizados por los griegos a la hora de estabilizar sus presupuestos y reformar la economía”, saludan la llegada, por fin, de una décimas de crecimiento económico con el que validar sus recetas económicas y animan a los griegos a no tirar la toalla justo cuando comienza a vislumbrarse la tierra prometida. Al otro lado una ciudadanía, la griega, cansada de la devastación política, económica, social y moral provocada por la crisis, lógicamente impertérrita ante las celebraciones a las que la troika insiste en invitarla y en absoluto dispuesta a olvidar la insensibilidad de los que en plena crisis recomiendan subir los impuestos a los medicamentos o bajar las pensiones.

El drama se representa en Grecia pero la obra podría pasarse en cualquier teatro del sur de Europa. Porque a estas alturas es probable que sólo queden dos tipos de ciudadanos en la Europa azotada por la crisis. A un lado tendríamos aquellos que piensan que las políticas de austeridad, aunque injustas e ineficaces, son inevitables dado el grado de postración de sus gobiernos, la ausencia de alternativas y los costes que tendría una rebelión contra dichas políticas. Al otro lado, tendríamos aquellos que, pensando igualmente que las políticas de austeridad son injustas e ineficaces, consideran que han sobrepasado lo admisible y están dispuestos a rebelarse contra ellas. Que las alternativas no estén claramente dibujadas y su coste sea sumamente incierto no parece disuadir a este grupo de su convicción de que el cambio de políticas requiere un cambio radical en los gobiernos, de ahí fenómenos como Syriza o Podemos.

Las próximas elecciones griegas serán en realidad un referéndum al que sólo concurrirán dos opciones: las de los que temen hundirse aún más y las de los que piensan que ya han tocado fondo y quieren arriesgar lo que les queda. Tal y como están las cosas, ninguna de las dos opciones es racional: ni los resultados de las reformas son lo suficientemente buenos, rápidos ni equitativos para validarlas en las urnas ni las promesas de los rupturistas son lo suficientemente plausibles como para concederles la confianza que piden. Por eso, los griegos acudirán a las urnas el 25 de enero armados meramente de su fe en el futuro. No deja de resultar una increíble paradoja que la política económica de la eurozona, que presume de haber diseñado los instrumentos de gobernanza más complejos de los que nunca los Estados se han dotado, sólo pueda validarse por la fe. Eso sí, una fe ejercida democráticamente: Abraham no pudo convocar elecciones anticipadas cuando el Señor le pidió que sacrificara a su hijo. Algo hemos progresado.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el lunes 29 de diciembre de 2014

Europa desde la iconoclastia

10 octubre, 2014

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Reseña elaborada por Xavier Vidal-Folch en Babelia, edición impresa, sábado 4 de octubre de 2014

¿Quién gobierna en Europa?, de José Ignacio Torreblanca, es un ensayo lúcido: estupendo e inquietante. Estupendo por su iconoclastia. Porque agarra el asunto de la gobernanza/gobernación de la Unión Europea desde donde toca: la crisis de 2008. Y cómo, a su compás, se han trastocado la arquitectura de la unión monetaria, los equilibrios institucionales de los Veintiocho, las funciones de las democracias nacionales.

Y por su tesis central: la condición política ineludible para realizar ulteriores cesiones de soberanía nacional (si tal cosa existe) estriba en que “se recupere en la práctica a nivel europeo en forma de mayor, mejor y más efectivo margen de actuación”. Debe haber un estrecho paralelismo entre los nuevos traspasos (de poderes sobre el presupuesto, la banca, el Tesoro) hacia “Bruselas” (Comisión y Consejo) y el traspaso a “Estrasburgo” (Parlamento) de su control político. So pena de incurrir en déficit democrático y de incrementar la ya creciente desafección popular hacia Europa, convertida por los Gobiernos en chivo expiatorio de todo mal.

Otros aciertos: su explicación sobre la “tecnocracia”, o encargo de gestión a técnicos o cuerpos técnicos de materias muy especializadas, a cambio de resultados eficientes (pero no su aplicación indiscriminada a “Bruselas”, como sucedáneo de conceptos como “burocracia” o “monstruo burocrático”, tan caros a Margaret Thatcher); su crítica a la conversión de los Parlamentos nacionales en legitimadores de lo decidido después de decidido, y no antes; su carga contra abusos institucionales como las cartas-ultimatos del BCE a España e Italia en plena crisis, pero también su aplauso a esta institución como “poder federador” europeo; el convencional aguijón a la política económica alemana… seguido del respeto al debate democrático y al juego institucional de ese país; la acertada foto de los nuevos populismos, aunque en una evaluación que los sobredimensiona: no es exacto (aún) que “ya no son minoritarios”… Y así decenas de apuntes. Lean el libro.

Pero léanlo también críticamente, desde la irreverencia. Porque Torreblanca lleva su eurocriticismo a la frontera del euroescepticismo cuando no solo exige mayor control democrático a los poderes europeos, sino que muestra excesiva nostalgia del Estado-nación y de la soberanía nacional. Porque tiende a envolver esa deriva con un abuso de conceptos como la “soberanía democrática” de Jürgen Habermas aplicada a la soberanía nacional, o el “vaciamiento constitucional” preñado de connotaciones negativas en lugar de la más positiva “federalización”.

Y parece haberse dejado en el tintero lo que él mismo tantas veces ha escrito, que la crisis económica soliviantadora de la gobernanza europea ha sido y es brutal, recidivante. Y pues, los fallos sistémicos afectan no solo a las instituciones comunes, sino a todas, y a todas las corporaciones y profesiones, no solo a las maléficas élites políticas, que opone a la benéfica ciudadanía.

Además, deja en el limbo si el nuevo andamiaje de la unión económico-monetaria inventado en este lustro (fondos de rescate, paquetes fiscales, nuevo rol del BCE…) es un mero cóctel de medidas improvisadas o enhebra una refundación, aún imperfecta, de la Unión. Con todos esos defectos, y algunos más, el bisturí de Torreblanca corta muy fino. Con rotundidad envidiable.

¿Quién gobierna en Europa? José Ignacio Torreblanca. Libros de la Catarata. Madrid, 2014

Castigos colectivos

29 junio, 2012

Hay algo profundamente inquietante en las discusiones sobre Grecia: la sospecha de que las decisiones sobre su futuro se van a tomar basándose en ese prejuicio sobre los pueblos, su historia y el carácter nacional que se resume en la frase: “Los pueblos tienen los Gobiernos que se merecen”, es decir, en el convencimiento de que los griegos, no sus instituciones ni sus políticas, sino ellos mismos, son irrecuperables y que, por tanto, deben abandonar el euro. Ese sentimiento es predominante en Alemania, lo que no deja de resultar una paradoja ya que si en algún lugar de Europa se está plenamente legitimado para hablar de lo absurdo de los prejuicios sobre el carácter nacional y demostrar sobradamente cómo un pueblo entero puede sobrevivir al pasado y apartarse de los determinismos históricos, ese lugar es precisamente Alemania.

La Primera Guerra Mundial produjo unos 15 millones de muertos, entre militares y civiles. Alemania comenzó la guerra, y por ello fue sometida a un estricto régimen de reparaciones. Ese régimen era justo y legítimo, pues la responsabilidad por el comienzo de la guerra y la devastación que produjo fue claramente alemana. Sin embargo, la severidad de las exigencias que se impusieron a Alemania chocó con dos obstáculos: uno, práctico, pues como Keynes avisaría y la realidad demostraría, las indemnizaciones arruinaron la economía alemana y crearon el caldo de cultivo psicológico y material para el triunfo del nazismo. El otro obstáculo era de orden moral, pues aunque desde el punto de vista del derecho internacional la responsabilidad del Estado no se extingue con el cambio de régimen o de Gobierno, la abdicación del káiser y el paso a la República significaba que la joven democracia alemana tendría que pagar por el militarismo del imperio y su élite aristocrática e industrial.

El debate sobre las reparaciones y la culpabilidad colectiva se reanudó al acabar la Segunda Guerra Mundial, donde murieron entre 50 y 60 millones de personas, una vez más en un conflicto originado en el irredentismo alemán. Aunque fueron los menos, hubo quienes propusieron volver a exigir estrictas reparaciones a Alemania y también quienes abogaron por cercenar definitivamente sus posibilidades de recuperación económica para que nunca volviera a convertirse en una potencia. Detrás de esas propuestas había un argumento muy claro: la causa de las dos guerras mundiales no se encontraba en el militarismo del Káiser, ni tampoco en la hábil manipulación que Hitler y sus secuaces hicieron de los miedos de los alemanes corrientes en un contexto de aguda crisis económica y social, sino sencilla y llanamente en el militarismo de, precisamente, los alemanes corrientes.

Un argumento polémico y para una polémica que todavía pervive en la historiografía, donde algunos sostienen que es imposible explicar el Tercer Reich sin recurrir, por incómodo que parezca, a la necesaria, voluntaria y entusiasta colaboración con el nazismo de decenas de miles de alemanes. No es ese, sin embargo, el camino que tomaron los Aliados, que decidieron, sabiamente, acotar las responsabilidades del nazismo en sus dirigentes, imputando a 4.850 personas, de las cuales solo 611 fueron acusadas y juzgadas. Por un lado, se juzgó a los 24 líderes más relevantes, de los cuales 11 recibieron condenas a muerte. Y en una serie de juicios paralelos se juzgó a una serie de personas (médicos, abogados, industriales, militares, etcétera) cuyas actuaciones individuales fueron constitutivas de delito.

Una vez acotadas esas responsabilidades, no solo se permitió a Alemania recuperarse, sino que Estados Unidos cooperó activamente en su despegue económico y garantizó su seguridad durante decenas de años. Qué mejor prueba de que los alemanes no eran unos militaristas incurables que debían vivir permanentemente sometidos que la Alemania de hoy, incapaz de asumir compromisos militares en el extranjero ni siquiera, como se demostró en el caso de Libia, contando con el visto bueno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Y qué mejor manera de demostrar que la pulsión de poder y hegemonía no corre por las venas de los alemanes que el rechazo de Angela Merkel a liderar una unión política en el ámbito europeo pese a las reiteradas peticiones que recibe. Aunque para algunos, detrás de toda esta crisis del euro se esconda la vieja Alemania con pretensiones hegemónicas, la impresión que transmite Merkel es totalmente la contraria: más que pagar por dominar Europa, estaría dispuesta a pagar porque la dejaran en paz. Si una frustración esconde esta Alemania no es la del poder, sino la de que le fuercen a un liderazgo que no quiere.

Si como está previsto, las elecciones griegas de este domingo abren una nueva etapa política, Alemania tendrá que hacerse la misma pregunta que los Aliados se hicieron en 1945: ¿es justo y legítimo, aunque sea legal, que todo un pueblo pague por los errores de sus dirigentes? ¿O son todos culpables y por tanto deben ser castigados?

 Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el  15 de junio de 2012

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