Archive for the ‘Estados Unidos’ Category

Adictos a los datos

27 octubre, 2013

adiccion-a-internet-299x300Precisamente porque la moral, regida por la ética de las convicciones, y la política, sometida a la ética de las responsabilidades, constituyen esferas diferenciadas, tenemos la obligación de pensar sobre la mejor manera de reconciliarlas. Como ha puesto de manifiesto el filósofo político Michael Ignatieff, lo peor de esta tarea no son los riesgos que se asumen, sino su escaso retorno: en el mejor de los casos, en lugar de encontrar una verdad que nos ilumine, nos encontraremos con una serie de males entre los que elegir el menor.

Dicho esto, y partiendo de que espiar no está bien, pero es necesario, se impone hacer algunas distinciones. El caso más fácil de dilucidar es el que tiene que ver con Gobiernos enemigos o personas potencialmente peligrosas. Espiarles parece más que justificado, pues sus actividades suponen una amenaza al bienestar y derechos de los ciudadanos. El problema es que, por lo que estamos viendo, el Gobierno estadounidense ha desbordado con creces esa primera esfera y se ha adentrado en tres territorios muy problemáticos.

Uno es el espionaje a Gobiernos aliados y amigos, que supone, especialmente en el caso de los jefes de Estado y de Gobierno (Dilma Rousseff, Angela Merkel y la larga lista de los que irán saliendo), una deslealtad que deteriorará la confianza recíproca entre líderes, esencial tanto para recabar solidaridad en momentos clave como para cerrar muchos acuerdos, y hará más difícil que EE UU pueda lograr sus objetivos diplomáticos en el mundo. Pero el problema no solo se origina en la cúpula, sino en la base: europeos y estadounidenses necesitan que sus servicios de inteligencia intercambien diariamente datos con la máxima fluidez, lo que requiere un nivel de confianza tan difícil de lograr como fácil de perder. Para la serie de Gobiernos europeos que se negaron, a petición de EE UU, a conceder el derecho de sobrevuelo al avión del presidente Morales en la creencia de que Edward Snowden viajaba en él, la humillación y el ridículo son mayúsculos: retrospectivamente, más les hubiera valido poder tener la oportunidad de interrogar a Snowden y luego decidir si entregárselo a EE UU o darle asilo.

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Desastres institucionales

20 octubre, 2013

alhendinUsted, yo, todos nosotros somos víctimas de algún diseño institucional defectuoso. En esto no hay diferencias entre lo global y lo local. Vean, por ejemplo, los 14 representantes públicos que se retrataron esta semana inaugurando una rotonda en Alhendín, un municipio de la provincia de Granada, en una fotografía que constituye en sí misma una guía para la reforma de las administraciones públicas en España. U observen el G20, una institución cuyos miembros acumulan el 86% de la riqueza mundial pero que carecen de un mecanismo de toma de decisiones que les permita abordar eficazmente problemas clave como el cambio climático o la regulación de los mercados financieros. Entre lo global y lo local pululan viejos Estados-nación, atrapados entre una descentralización territorial que impulsa la fragmentación, la integración supranacional, que presiona hacia la recentralización y el efecto centrifugador de la lógica de la globalización económica.

Las cosas no tienen mejor pinta en la esfera supranacional: a lo largo de esta crisis, la Unión Europea ha mostrado una y otra vez hasta qué punto su sistema de gobernanza sufre a la hora de adoptar decisiones que sean a la vez eficaces desde el punto de vista técnico y legítimas desde el punto de vista ciudadano. Pero sin duda que la palma de todos estos problemas se la ha llevado estos días el sistema político estadounidense. Quienes lamentan hasta qué punto el desgobierno europeo se ha convertido en un riesgo político para algunos países y, también, para la economía mundial, pueden fijarse en el sistema de división de poderes de EE UU, originalmente diseñado para evitar las tentaciones autoritarias y cesaristas en las que toda república presidencial ha caído desde la noche de los tiempos griegos y romanos, y convertido ahora en un riesgo global.

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La política del odio

11 octubre, 2013

odioLa política del odio nos inunda. En EEUU, el odio del Tea Party hacia todo lo que representa Obama lleva al cierre del gobierno y pone al país al borde del colapso económico, equiparando para ello la introducción de un seguro sanitario (privado, por cierto) a una amenaza existencial contra el modo de vida americano. En Rusia, el régimen de Putin, que normalmente centra su retórica en la amenaza yihadista y el unilateralismo estadounidense, inflama los ánimos contra los gays, prohibiendo lo que denomina “propaganda homosexual”. En el Reino Unido, los extremistas del UKIP piden la expulsión no ya de los inmigrantes extracomunitarios, sino de ciudadanos de la propia Unión Europea provenientes de aquellos países cuya adhesión a la UE Londres siempre ha promovido. Y por el resto de Europa, desde Hungría a Grecia, pasando por Finlandia o Francia e incluso España, los que odian se reagrupan para sacar tajada de la debilidad de las instituciones nacionales y europeas y captar votos con mensajes basados en la etnia, la pobreza, la ignorancia o la supuesta inferioridad cultural de otros.

Tanta irracionalidad provoca perplejidad. Pero cuidado: es una constante en la historia que los que son odiados no suelen entender por qué lo son, lo que a veces les lleva a no advertir a tiempo la gravedad de la amenaza que se cierne sobre ellos. En su poderosísimo libro, El problema con el Islam, Irshad Manji, la feminista islámica y activista lesbiana asentada en Canadá, interpela a Alá en los siguientes términos: “Si tu eres el creador de todas las cosas, ¿por qué me creaste diferente y luego ordenaste a todos que me odiaran?” Una pregunta que viaja muy bien desde la religión al centro de la política contemporánea democrática. Si la democracia consiste precisamente en el reconocimiento y organización de la libertad individual, cómo se justifica entonces plantear la vida en democracia como una “guerra cultural”.

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Dominios reservados

20 septiembre, 2013

nuclear-football-briefcase¿Debe un Presidente del Gobierno tener manos libres para llevar a su país a la guerra? ¿O, por el contrario, en una democracia tal decisión sólo debería poder ser tomada con el consentimiento de los representantes de los ciudadanos? Tradicionalmente, los Parlamentos han venido siendo convocados para legitimar ante la opinión pública decisiones respecto al uso de la fuerza ya tomadas. Dado que el control retrospectivo ha sido la norma y el control previo ha sido la excepción, nos llama especialmente la atención el caso de Siria donde, además, este control ha adoptado un carácter negativo o dudoso.

El caso británico ha sido el más evidente. La inesperada derrota de Cameron en los Comunes ha barrido de golpe décadas de relación especial con los EE UU y ha puesto en hibernación una política exterior y de seguridad sumamente proactiva. De no haber renunciado Obama a proseguir la vía militar en Siria, al menos temporalmente, hubiéramos asistido a un hecho inaudito en las últimas décadas: una crisis internacional en la que Londres no estaba presente codo con codo con Washington.

Pero el caso de Obama no ha sido menos espectacular. EE UU se caracteriza por tener una cultura de seguridad nacional en la que las diferencias partidistas son puestas inmediatamente entre paréntesis en caso de conflicto internacional. Sin embargo, en esta ocasión, el tradicional patriotismo estadounidense, reflejado en la frase “my country, right or wrong” (en traducción libre, “con mi país, para bien o para mal”), no ha servido para que la opinión pública otorgara un apoyo incondicional a Obama. Como allí, en virtud de su sistema electoral y su cultura política, los representantes populares no sólo son criaturas temerosas de Dios, sino también de sus electores, Obama, olfateando la posibilidad de una derrota o, alternativamente, de una victoria tan apretada como debilitante, no ha podido sentir más que alivio ante la apertura de una inesperada vía diplomática.

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Muertos y muertos

20 septiembre, 2013

Armas-quimicas-1ª-Guerra-MundialLas armas químicas sólo son responsables de poco más del 1% de los muertos en la guerra civil siria. Intervenir militarmente por 1.429 muertos por armas químicas cuando hay más de 100.000 víctimas por armas convencionales es una muestra de hipocresía o, peor, la confirmación definitiva de que EEUU tiene una agenda oculta en la región. Si todas las vidas son iguales, ¿qué más da cómo se mate a la gente?

Se trata de un argumento muy repetido estos días. Pero no es el enfoque adecuado. Por descorazonador que pueda parecer, aunque todas las vidas tenga el mismo valor, las consecuencias políticas y jurídicas del empleo de armas químicas tienen que ser distintas. La comunidad internacional ha calificado las armas nucleares, químicas y bacteriológicas como armas de destrucción masiva y les ha dado un estatuto especial, regulando su tenencia, proliferación y, en último extremo, prohibiendo su uso. Con ello ha querido expresar su convicción de que aunque, por desgracia, la guerra parezca ser una actividad intrínseca al ser humano, deben existir en ella unos límites infranqueables.

Cierto que esta aproximación, consistente en intentar humanizar aquello que precisamente nos deshumaniza, señala algunas contradicciones y paradojas insalvables. Recuérdese, por ejemplo, que la mayor parte de las 800.000 víctimas del genocidio ruandés murieron a golpe de machetes importados de China sin que la comunidad internacional moviera un dedo para intervenir. De la misma manera, además de las grandes bombas nucleares capaces de arrasar ciudades enteras y matar millones de personas, hay estados que cuentan en sus arsenales con armas nucleares tácticas tan pequeñas que su poder destructivo es poco mayor que el de armas convencionales y que se pueden lanzar desde morteros o cañones o emplear como minas.

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Al final vinieron a por mí

24 marzo, 2013

predator-firing-missile4Desde Guantánamo a Abu Ghraib pasando por las llamadas “técnicas de interrogación reforzadas”, los asesinatos selectivos mediante aviones no tripulados o el programa de escuchas ilegales dentro de Estados Unidos, desde el 11-S las tensiones entre Washington y los derechos humanos han sido tan profundas como inquietantes. Ahora estamos ante una nueva vuelta de tuerca.

Cuando las víctimas eran extranjeras, a nadie en Washington inquietó que aviones teledirigidos por la CIA mataran a sospechosos de terrorismo a miles de kilómetros de distancia. Que esos ataques se produjeran en países con los que técnicamente Estados Unidos no estaba en guerra no parecía importar mucho. Al fin y al cabo, la cobertura legal que Washington se había dado a sí mismo bajo el formato de “guerra global contra el terror” autorizaba al Gobierno estadounidense a despachar “operativos” de Al Qaeda de forma tan rutinaria como despersonalizada, estuvieran en Pakistán, Yemen o cualquier otro lugar. Que en esos ataques hubiera “víctimas colaterales”, es decir, civiles, mujeres y niños, tampoco pareció violentar demasiado las conciencias legales de los abogados del Departamento de Justicia estadounidense.

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Hagel y Kerry vuelven a Asia

11 enero, 2013

SwiftBoatSi el Senado confirma los nombramientos de Obama para los puestos de secretario de Defensa y de Estado, durante los próximos cuatro años, la acción exterior de EE UU estará dirigida por dos veteranos de la guerra de Vietnam. El Ejército más poderoso del mundo —con 570.000 soldados en activo y un presupuesto de 533.000 millones de euros que representa el 59% del gasto mundial en defensa— será dirigido por Chuck Hagel, sargento responsable de un pelotón en la 9ª División de Infantería desplegada en el delta del Mekong entre 1967 y 1968. A su lado, en el Departamento de Estado, tendrá como responsable de la diplomacia del país más influyente del mundo a John Kerry, teniente de navío a cargo de una patrullera fluvial en la bahía de Cam Rahn durante 1968-1969. Aunque en 2004, durante su campaña presidencial, un grupo de veteranos intentó desacreditar el historial militar de Kerry cuestionando las acciones que le valieron las más importantes medallas que concede el Ejército (el Corazón Púrpura, la Estrella de Bronce y la Estrella de Plata), las hojas de servicio de ambos demuestran que vivieron la guerra de Vietnam no solo en primera línea, sufriendo emboscadas y ataques, sino en toda su crudeza, asistiendo a la muerte de numerosos compañeros y sufriendo ellos mismos heridas de diversa consideración.

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Después de la batalla

9 noviembre, 2012

La reelección de Barack Obama es una batalla más en la larga guerra que izquierda y derecha vienen librando desde hace tres décadas en torno al papel del Estado. Por su extensión temporal y geográfica, así como por su intensidad e impacto, nos recuerda a la guerra de los Treinta años que se libró en el continente europeo entre 1618 y 1648. Entonces, el conflicto se organizaba en torno a tres elementos clave del poder: el territorio, la religión y las sucesiones dinásticas. Hoy, como corresponde a sociedades democráticas y secularizadas con economías abiertas, la batalla se libra en torno a elementos algo más posmodernos: los límites del Estado y el mercado, la tensión entre libertad e igualdad y la fijación de fronteras, no entre territorios, sino entre clases sociales.

Esta seudoguerra de los Treinta años, en la analogía trazada por Bill Clinton para describir la virulencia que el conflicto llega a alcanzar en Estados Unidos, se inició con las victorias de Margaret Thatcher y Ronald Reagan en el Reino Unido y Estados Unidos, en 1979 y 1980, respectivamente. Esas victorias significaron un punto de inflexión en la conceptualización del papel del Estado. Si hasta entonces tanto los conservadores estadounidenses como los democristianos europeos compaginaban sin excesivos problemas su preferencia por una economía de mercado abierta con la existencia de un Estado capaz de proveer seguridad y cohesión social, a partir de ese momento, una parte importante de la derecha, que había desarrollado una importante animosidad hacia el Estado, al que culpaba de la crisis económica de los setenta, situó a este en su punto de mira.

Esa ojeriza hacia lo estatal se justificó desde un doble argumento: el de la eficacia económica, pues se veía al Estado como un obstáculo para el crecimiento, no como un facilitador; y el de la legitimidad política, pues se concebía al Estado como un intruso en la esfera de derechos individuales, no como un garante de dichos derechos. De ahí el intento constante de empequeñecer el Estado y sus estructuras de redistribución de renta y oportunidades.

Paradójicamente, la animadversión de la derecha hacia el Estado coincidió con el descubrimiento por la izquierda del mercado como instrumento creador de oportunidades de progreso social. Por tanto, mientras que las fuerzas progresistas (esto es, demócratas en EE UU y socialdemócratas en el continente) llegaban a un equilibrio entre Estado y mercado, asignando al Estado el papel de redistribuir, pero no el de producir, y al mercado el de proporcionar crecimiento, pero atajando su tendencia a la inequidad, las fuerzas conservadores (republicanos en EE UU y liberales en Europa) se dedicaban a reducir el tamaño del Estado, limitar su papel redistributivo y desatender las políticas sociales en la creencia, repetida una y otra vez, de que la creación de empleo era la mejor, incluso única, vía para lograr una sociedad cohesionada y con igualdad de oportunidades.

El resultado es que, mientras que la gran mayoría de la izquierda ha dejado atrás el pensamiento antimercado, un sector importante de la derecha se ha situado bajo el techo de un liberalismo que lo es casi exclusivamente en el sentido económico, pues cree en la libertad económica a ultranza y un papel mínimo para el Estado, pero no en el político. Así pues, como hemos visto en la campaña estadounidense, pero también observamos a este lado del Atlántico, la derecha es liberal en lo económico (aunque allí “liberal” se use como sinónimo de izquierdista) en tanto en cuanto propugna un Estado pequeño, pero notablemente conservadora en cuestiones relacionadas con la libertad personal (aborto, matrimonio homosexual, despenalización de consumo de drogas, etcétera). Pero al mostrarse completamente indiferentes ante las crecientes desigualdades entre clases sociales, especialmente entre los más ricos y los más pobres, los liberales muestran no ser liberales en lo político, pues desde el pensamiento político liberal siempre se ha tenido claro que la democracia, en tanto que presupone y requiere ciudadanos iguales en derechos y capacidades, es incompatible a largo plazo con diferencias sociales acentuadas.

En Estados Unidos, desde 1945, cuando acabó la Segunda Guerra Mundial, hasta 1980, cuando el presidente Ronald Reagan llegó al poder, las diferencias de renta entre el 10% más rico y el resto de la sociedad se mantuvieron estables pero desde entonces no han hecho sino aumentar hasta situarse hoy en niveles comparables a los años de la Gran Depresión del siglo pasado. En la batalla del martes, la enésima en esta guerra de los treinta años, han ganado los que piensan que un Estado redistribuidor no amenaza a la libertad, sino que la garantiza. Apúntenle el tanto a Obama.

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Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 9 de noviembre de 2012

Castigos colectivos

29 junio, 2012

Hay algo profundamente inquietante en las discusiones sobre Grecia: la sospecha de que las decisiones sobre su futuro se van a tomar basándose en ese prejuicio sobre los pueblos, su historia y el carácter nacional que se resume en la frase: “Los pueblos tienen los Gobiernos que se merecen”, es decir, en el convencimiento de que los griegos, no sus instituciones ni sus políticas, sino ellos mismos, son irrecuperables y que, por tanto, deben abandonar el euro. Ese sentimiento es predominante en Alemania, lo que no deja de resultar una paradoja ya que si en algún lugar de Europa se está plenamente legitimado para hablar de lo absurdo de los prejuicios sobre el carácter nacional y demostrar sobradamente cómo un pueblo entero puede sobrevivir al pasado y apartarse de los determinismos históricos, ese lugar es precisamente Alemania.

La Primera Guerra Mundial produjo unos 15 millones de muertos, entre militares y civiles. Alemania comenzó la guerra, y por ello fue sometida a un estricto régimen de reparaciones. Ese régimen era justo y legítimo, pues la responsabilidad por el comienzo de la guerra y la devastación que produjo fue claramente alemana. Sin embargo, la severidad de las exigencias que se impusieron a Alemania chocó con dos obstáculos: uno, práctico, pues como Keynes avisaría y la realidad demostraría, las indemnizaciones arruinaron la economía alemana y crearon el caldo de cultivo psicológico y material para el triunfo del nazismo. El otro obstáculo era de orden moral, pues aunque desde el punto de vista del derecho internacional la responsabilidad del Estado no se extingue con el cambio de régimen o de Gobierno, la abdicación del káiser y el paso a la República significaba que la joven democracia alemana tendría que pagar por el militarismo del imperio y su élite aristocrática e industrial.

El debate sobre las reparaciones y la culpabilidad colectiva se reanudó al acabar la Segunda Guerra Mundial, donde murieron entre 50 y 60 millones de personas, una vez más en un conflicto originado en el irredentismo alemán. Aunque fueron los menos, hubo quienes propusieron volver a exigir estrictas reparaciones a Alemania y también quienes abogaron por cercenar definitivamente sus posibilidades de recuperación económica para que nunca volviera a convertirse en una potencia. Detrás de esas propuestas había un argumento muy claro: la causa de las dos guerras mundiales no se encontraba en el militarismo del Káiser, ni tampoco en la hábil manipulación que Hitler y sus secuaces hicieron de los miedos de los alemanes corrientes en un contexto de aguda crisis económica y social, sino sencilla y llanamente en el militarismo de, precisamente, los alemanes corrientes.

Un argumento polémico y para una polémica que todavía pervive en la historiografía, donde algunos sostienen que es imposible explicar el Tercer Reich sin recurrir, por incómodo que parezca, a la necesaria, voluntaria y entusiasta colaboración con el nazismo de decenas de miles de alemanes. No es ese, sin embargo, el camino que tomaron los Aliados, que decidieron, sabiamente, acotar las responsabilidades del nazismo en sus dirigentes, imputando a 4.850 personas, de las cuales solo 611 fueron acusadas y juzgadas. Por un lado, se juzgó a los 24 líderes más relevantes, de los cuales 11 recibieron condenas a muerte. Y en una serie de juicios paralelos se juzgó a una serie de personas (médicos, abogados, industriales, militares, etcétera) cuyas actuaciones individuales fueron constitutivas de delito.

Una vez acotadas esas responsabilidades, no solo se permitió a Alemania recuperarse, sino que Estados Unidos cooperó activamente en su despegue económico y garantizó su seguridad durante decenas de años. Qué mejor prueba de que los alemanes no eran unos militaristas incurables que debían vivir permanentemente sometidos que la Alemania de hoy, incapaz de asumir compromisos militares en el extranjero ni siquiera, como se demostró en el caso de Libia, contando con el visto bueno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Y qué mejor manera de demostrar que la pulsión de poder y hegemonía no corre por las venas de los alemanes que el rechazo de Angela Merkel a liderar una unión política en el ámbito europeo pese a las reiteradas peticiones que recibe. Aunque para algunos, detrás de toda esta crisis del euro se esconda la vieja Alemania con pretensiones hegemónicas, la impresión que transmite Merkel es totalmente la contraria: más que pagar por dominar Europa, estaría dispuesta a pagar porque la dejaran en paz. Si una frustración esconde esta Alemania no es la del poder, sino la de que le fuercen a un liderazgo que no quiere.

Si como está previsto, las elecciones griegas de este domingo abren una nueva etapa política, Alemania tendrá que hacerse la misma pregunta que los Aliados se hicieron en 1945: ¿es justo y legítimo, aunque sea legal, que todo un pueblo pague por los errores de sus dirigentes? ¿O son todos culpables y por tanto deben ser castigados?

 Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el  15 de junio de 2012

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Una Europa sin ideas

29 junio, 2012

Europa siempre ha presumido de intelectuales y, paralelamente, tendido a mirar por encima del hombro a los estadounidenses. En la imaginación de muchos europeos, nosotros somos los griegos, inteligentes, cultos y refinados pero sin poder, y ellos son los romanos, buena gente con mucho poder pero un poco brutos. La conclusión, tan simplista como su supuesto de partida, es que con nuestras ideas y su fuerza, Europa y Estados Unidos podrían hacer un montón de cosas. Con razón, este sentimiento de superioridad europeo es algo que siempre ha fastidiado mucho a nuestros amigos norteamericanos. Como espetó con bastante sorna un estadounidense a un europeo en una discusión a la que asistí: “¿si nosotros somos tan tontos y vosotros tan listos, cómo es posible que llevemos casi 70 años en la cúspide del poder mundial y vosotros sigáis siendo una mera sombra de lo que erais?”

La discusión sobre el poder de Estados Unidos es muy interesante y tiene muchísimos ángulos desde el que abordarlo. Pero más interesante aún resulta discutir sobre la supuesta superioridad intelectual europea y constatar que también en el ámbito de las ideas hay una muy visible supremacía estadounidense.

Como ha señalado el también columnista de este diario, Moisés Naím en una reunión de think tanks o centros de pensamiento de países del G-20 que se ha celebrado esta semana en Filadelfia, pese a la aparición de nuevas potencias y el supuesto declive de Estados Unidos, las ideas de las potencias emergentes no aparecen por ninguna parte o no tiene carácter y relevancia global. China se ha lanzado al mundo bajo la etiqueta de “ascenso pacífico”, pero es un concepto local, no un concepto que ayude a los demás a entender el mundo en el que vivimos, y tampoco uno que desafíe la hegemonía estadounidense. Lo mismo con Rusia y su discurso sobre la soberanía y la no injerencia, que describe las líneas rojas que Moscú quiere situar en el mundo más que un mundo en el que los demás nos podamos reconocer. Y tampoco, desgraciadamente, los emergentes democráticos (Brasil, India, Turquía, Indonesia, Suráfrica) tienen mucho que ofrecernos en este sentido. El mundo cambia vertiginosamente, pero estamos huérfanos de ideas que lo expliquen.

La retahíla de libros influyentes ofrecida por Naím es reveladora: El choque de civilizaciones, de Samuel Huntington; El fin de la historia, de Francis Fukuyama; El poder blando, de Joseph Nye; La vuelta a un mundo plano de Tom Friedman; El auge del resto, de Fareed Zakaria; El retorno de la historia y el fin de los sueños, de Robert Kagan; La anarquía que viene, de Robert Kaplan; el caso es que los europeos, y por extensión el resto del mundo, discuten sobre ideas que han surgido en Estados Unidos, no sobre las que ellos han producido.

Algo parecido pasa en Europa, que se enfrenta a una crisis existencial pero no tiene nadie que la cuente. Con razón, el libro del Premio Nobel y columnista del New York Times, Paul Krugman (¡Acabad ya con esta crisis!), se ha convertido en un superventas: está muy bien escrito y contiene la combinación idónea de datos, análisis y argumentos. Pero su capítulo sobre la crisis del euro no dice nada que un europeo no hubiera podido decir y que en el fondo no sepamos ya. Ese éxito se debe a la combinación del rigor académico de un premio Nobel; el estilo directo y sencillo del periodista aprendido de la presencia constante en los medios de comunicación y redes sociales y la fuerza de su compromiso político.

Enfrente de Krugman, poco o nada, pues Alemania, junto con otros, ha impuesto una visión de la crisis basada en la indisciplina fiscal como causa, la austeridad como salida y una Europa de pequeños pasos como método pero no se ha molestado en contársela a los europeos de una forma atractiva y convincente. Y como muestra el batiburrillo de ideas sobre crecimiento, eurobonos y unión política, tampoco es que las cosas estén muy claras en el campo contrario. Quienes sí parecen tenerlo claro son aquellos situados en los extremos porque en el fondo, tanto las apelaciones xenófobas de Thilo Sarrazin (¿Por qué Alemania no necesita el euro?) como la utopía globofóbica francesa (Votad la desglobalización, de Arnaud Montebourg) no son sin dos caras de la misma moneda particularista y nacionalista, de derechas o de izquierdas. Extrañamente, Europa puede estar tanto al borde de la desintegración como ante el comienzo de un verdadera unión política. Pero sin embargo, las ideas que van a estructurar uno u otro acontecimiento no están encima de la mesa. ¿Por qué?

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 8 de junio de 2012 

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