Archive for the ‘España’ Category

EL TTIP feroz

26 mayo, 2016

Captura de pantalla 2016-05-26 13.13.56“Soy enfermera quirúrgica y grabo este vídeo desde mi casa para denunciar un hecho muy grave. Todo el mundo tiene que saber que PP, PSOE, UPyD y CiU se han unido para cometer el mayor atentado contra la democracia desde el 23-F”. Se trata de Marta Sibina, una activista que el pasado diciembre saltó desde la revista Cafè amb Llet y las denuncias sobre la corrupción en la gestión de la sanidad en Girona al Congreso como diputada de En Comú Podem.

El vídeo, que ya han visto casi medio millón de personas (ni en sus mejores sueños se imagina la Comisión Europea que una cifra así de gente escuchara sus argumentos sobre el TTIP), rebosa de afirmaciones apocalípticas sobre el TTIP. Si dicho tratado se aprueba, afirma, se anularán todas las regulaciones, los derechos laborales, la privacidad y la protección del medio ambiente. El resultado será que el Parlamento quedará inutilizado (sic) y que las multinacionales gobernarán Europa. Exijamos por tanto un referéndum para parar el tratado, concluye, y así evitar el fin de la democracia.

La pieza resume a la perfección lo que ya se ha convertido en la visión convencional sobre el TTIP en un amplio sector de la opinión pública europea. Y ayuda a entender por qué dicho tratado se ha convertido en una de las peores pesadillas de la Comisión Europea, desbordada por el hecho de que el activismo político en la Red se haya cebado tan fuerte y exitosamente en unas negociaciones comerciales que la mayoría de los expertos consideran que tendrán, de lograr concluirse (lo cual no está ni mucho menos asegurado), impactos relativamente menores a ambos lados del Atlántico (tanto positivos como negativos).

Pero del vídeo, de escasos 13 minutos, no llama tanto la atención la calidad de los argumentos y de los datos que se ofrecen (inexistentes, tergiversados o sesgados), sino precisamente lo contrario: que a alguien con una formación en enfermería quirúrgica le resulte tan fácil hacer afirmaciones de tanto calado sobre un tema tan complejo y sobre el que los expertos están muy lejos de ponerse de acuerdo. Porque hablamos de los efectos de la liberalización comercial y de inversiones (que en su mayor parte, se olvida, ya están liberalizadas) entre dos bloques económicos que suman 800 millones de personas y representan el 60% de la economía mundial, algo que requiere complejas simulaciones econométricas basadas en escenarios y supuestos cambiantes y que por su propia naturaleza nunca será concluyente.

Por necesidad, como ocurre siempre con un tratado comercial, habrá ganadores y perdedores, sectores que se beneficiarán porque son más competitivos y otros que sufrirán la competencia y se tendrán que ajustar, pero en términos generales solo se firmará si ambas partes estiman que las ganancias netas de cada bloque serán superiores a los costes. Esa es sin duda la tarea de los negociadores de la Comisión, pero también del Consejo de la Unión y del Parlamento Europeo, cuya misión es fiscalizar y, en último extremo, ratificar ese acuerdo.

Pero ese es precisamente el valor añadido del activismo tal y como se está conformando en la Red: el de contraponer la sencillez y la honestidad de las personas normales (“aunque no sepa mucho del tema, ¿por qué nos iba a engañar?”) a la corrupción moral de las instituciones y los expertos que trabajan para ellas, que se presupone (“políticos y expertos se han puesto al servicio de las multinacionales o han sido comprados por ellos”), convirtiendo lo común (las negociaciones comerciales, por lógica, siempre son secretas, no así sus resultados, que deben ser ratificados y publicados) en prueba de anormalidad (“no nos quieren contar la verdad”).

No deja de ser una prueba más de la degradación de la democracia que el debate público se base en una sospecha perpetua sobre las razones últimas de toda iniciativa política. El TTIP es debatible y discutible. Los debates sobre privacidad, cláusulas sobre resolución de disputas entre inversores o estándares medioambientales son legítimos y necesarios. Pero resulta imposible hacerlo cuando la discusión ha sido zanjada de antemano en términos morales y sobre la base de prejuicios ideológicos sobre el comercio, Estados Unidos o las inversiones.

Como las primarias norteamericanas están demostrando, necesitamos una buena discusión sobre globalización, comercio, inversiones y estándares medioambientales y laborales. Pero esa discusión no debe incluir solo al Tío Sam, fetiche preferido de la izquierda altermundialista, siempre recelosa de todo lo que lleva la bandera estadounidense encima. En un país como España, donde raramente vemos activismo relacionado con los estándares medioambientales o laborales de los productos que compramos (¿quién hace la ropa que llevamos, cómo se produce la comida que comemos?), el TTIP se ha convertido en el lobo feroz de la globalización. Si de verdad el libre comercio con EE UU es una amenaza existencial a la democracia y, a la vez, los derechos de chinos, marroquíes, bangladesíes o los mismos subsaharianos que recogen dentro de España la fruta que comemos están fuera de la agenda política, entonces es que nos hemos perdido varias temporadas de la serie Globalización.

Anuncios

Por un gobierno débil

25 febrero, 2016

Captura de pantalla 2016-02-25 09.38.25Parece difícil en la España de hoy negar a nadie el derecho a la pesadumbre. Unir la línea de puntos que va desde la crisis económica hasta el aumento de las desigualdades, pasando por el desafío soberanista y el aumento de la corrupción, no parece requerir mucha destreza. Si a eso añadimos los problemas de liderazgo político, democracia interna y renovación que aquejan a los partidos políticos, el panorama puede ser bastante desolador. Y si como colofón nos detenemos en el patético espectáculo de las consultas y negociaciones para formar Gobierno, un mundo al revés dominado por espantadas, órdagos, bloqueos y tacticismos, cualquier atisbo de optimismo se disiparía más que por completo.

Peor aún pinta el futuro, dicen los agoreros. Si Pedro Sánchez consigue formar Gobierno, que seguramente no lo hará, nos avisan, alumbrará un Gobierno débil, encabezado por un líder sin margen y una coalición sin recorrido. Como no tendrá una mayoría amplia ni estable, nos advierten, solo tendrá dos opciones. No enviar leyes al Parlamento y así evitarse la humillación de ver sus propuestas continuamente derrotadas en la Cámara, quedando su Gobierno convertido en un zombi cuya supervivencia solo se explicará por la imposibilidad de que de un Parlamento tan fragmentado surja una coalición de 176 escaños que pueda armar una moción de censura y reemplazarle en La Moncloa. O bien intentar legislar pero fracasar una y otra vez en el empeño hasta que, acosado por la izquierda, la derecha y los nacionalistas, se viera abocado a convocar elecciones anticipadas a los pocos meses de haber sido investido.

 En cualquiera de los casos, concluyen los augures, estaremos ante un fracaso del sistema político, con el consiguiente aplazamiento de las reformas que necesitamos para cerrar la triple brecha de desempleo, desigualdad y desafección dejada por la crisis. Incluso, señalan, podríamos deslizarnos hacia la quiebra en caso de que los mercados financieros se volvieran contra España. Por no hablar de lo que ocurriría si los independentistas dejaran atrás el juego de escaramuzas que han seguido hasta la fecha y, aprovechando la debilidad del Gobierno, pasaran a una confrontación abierta con el Estado.

La buena noticia es que el pesimismo que domina hoy los análisis políticos, reproducido con mejor o peor fortuna en las líneas anteriores, no es obligatorio. Para reconstruir el ánimo reconsideremos por un momento la idea de que un Gobierno débil es algo negativo. Es seguro que un gran número de ciudadanos coinciden en que los Gobiernos que tenían mayoría absoluta y un horizonte de cuatro años de tranquilidad asegurada no han sido tan fantásticos como parecemos afirmar al añorarlos tan sentidamente.

No parece que lo ocurrido en España en los últimos años refrende esa preferencia por Gobiernos fuertes: al revés, la mayoría absoluta de la que ha disfrutado el PP en esta última legislatura ha sido tan mala para la democracia como para el propio partido. Por un lado, ha llevado al Gobierno a eximirse de la obligación de negociar y pactar, convirtiendo sus principales reformas en inaceptables para cualquier alternativa de gobierno. Por otro, le ha llevado no solo a calibrar mal la importancia de aquellos problemas (léase la corrupción, pero también la cuestión catalana) que ahora le pasan factura en forma de soledad política y pérdida de confianza por parte de la ciudadanía, sino a ignorar el doble problema que significa la falta de liderazgo de Rajoy y la ausencia de alternativa al mismo.

En un país con partidos políticos incapaces de renovarse desde dentro e instituciones demasiado débiles para resistirse a los abusos del poder ejecutivo, las mayorías absolutas son tan autodestructivas que parecen haberse convertido en el único elemento capaz de desencadenar el desalojo total del poder. Tiempo tendremos de saber si la superación de los Gobiernos fuertes basados en mayorías absolutas abrirá el paso a la regeneración democrática. De momento, la correlación de fuerzas que ha surgido de las urnas en las pasadas elecciones del 20-D solo hace posible Gobiernos basados en amplios apoyos externos, bien se materialicen como un apoyo puntual para la investidura, en otro estable y duradero para asegurar la tarea legislativa, en uno que busque compartir la tarea de gobierno o simplemente en el que permita la sucesión de pactos de no agresión entre algunas fuerzas con el fin de evitar una serie de males mayores (la repetición de elecciones, el desafío soberanista, etcétera).

De todo esto se deduce que si por un Gobierno débil nos referimos a uno que sea, por fin, humilde ante el Parlamento y el resto de fuerzas políticas, transparente ante los medios de comunicación, incapaz de eludir la rendición de cuentas ante la ciudadanía y obligado a pactar sobre los asuntos fundamentales que determinan el futuro del país, quizá sean muchos los que se apunten a un Gobierno débil. Una hipótesis esta convergente con la satisfacción que, a decir de las encuestas, los ciudadanos muestran con la pluralidad partidista emanada de las urnas.

Es cierto que España está en una coyuntura crítica. Pero también que, pese a la tendencia flageladora que insiste en retrotraer todos nuestros problemas a un ser español que nos predispondría genéticamente al fracaso histórico, lo cierto es que los problemas que tenemos los españoles son propios de las democracias maduras, con economías abiertas y sociedades envejecidas que nos rodean. La desafección política, la fragmentación partidista, la emergencia de nuevos partidos políticos, las tensiones populistas, los problemas relacionados con el cambio de modelo productivo y las dificultades para gobernarnos en un marco de fuerte integración económica supranacional son la norma antes que la excepción en nuestro entorno. El último Gobierno fuerte que disfrutó de una mayoría absoluta logró un récord de desafección ciudadana. Ahora nos disponemos a ensayar con un sistema de cuatro partidos, Gobiernos débiles, políticas de coalición y Parlamentos fuertes. Todo muy europeo, por fin. En cualquier caso, siempre nos quedará la posibilidad de, tras un tiempo de experimento, volver a sufrir Gobiernos fuertes con mayoría absoluta. El desánimo es, claro está, un derecho, pero no un deber.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 23 de febrero de 2016

El gen populista

25 febrero, 2016

Captura de pantalla 2016-02-25 09.34.33Hablar de populismo requiere deslindar dos ámbitos y lenguajes. En el lenguaje de la contienda política que se transmite y escenifica a través de los medios de comunicación, el adjetivo populista es utilizado para descalificar a quien apela a los bajos instintos del votante con mentiras, groseras manipulaciones y promesas de imposible cumplimiento. En el fragor de la batalla se distingue al populista porque busca la complicidad con el pueblo en lugar de interpelar a la ciudadanía, el más importante sujeto colectivo de una democracia. También cuando niega la existencia de ideologías, declara superada la división izquierda y derecha o se postula como puente trascendente entre ellas. Al populista se le detecta, además, en la aspiración a dividir y polarizar a la ciudadanía en dos grupos antagónicos (ricos frente a pobres, gente sencilla frente a casta) o en el señalamiento de una serie de enemigos, exteriores o interiores, como responsables de los males de la nación o pueblo y la consiguiente demanda de liberación de su yugo opresor; una larga lista que incluye, según los momentos, la oligarquía, Angela Merkel, el neoliberalismo, la Unión Europea o los mercados financieros.

Pero más allá del día a día de la política, la ciencia política estudia el populismo como un fenómeno complejo, variado y mutante, que afecta a sociedades distintas en momentos separados en el tiempo. Un primer populismo, el de los años treinta, supuso la quiebra de las democracias y su bifurcación en dos sendas totalitarias (comunista y fascista) mortalmente enfrentadas entre sí. Posteriormente, después de la II Guerra Mundial, proliferó un populismo de corte conservador-autoritario. En ese segundo tipo de populismo encontramos a los generales o próceres autollamados a salvar a la patria de un enemigo exterior, librarlas del caos interior o asegurar el desarrollo económico, siempre, por supuesto, a costa de la democracia y de las libertades y derechos individuales. Ahí están los generales Perón, Franco o Trujillo, Sukarno en Indonesia y Park Chung-hee en Corea del Sur, pero también el padre de Singapur, Lee Kuan Yew, que gobernó el país de 1959 a 1990 bajo una máxima muy sencilla de entender y aplicable en todo tiempo y lugar: “Nosotros decidimos lo que es correcto, no importa lo que la gente piense”.

 Todos esos espadones u hombres-fuertes sostuvieron la excepcionalidad de sus personas, países, pueblos y destinos, y elaboraron doctrinas políticas que justificaran la inevitable necesidad de su autoridad y la virtud de sus regímenes políticos como alternativas superiores a la (siempre corrupta) democracia representativa. Sin embargo, pese a la pretensión excepcionalista, nada hay más universal y menos autóctono que los valores del populismo conservador-autoritario: detrás de doctrinas tan geográficamente distantes entre sí como el nacional-catolicismo (todavía vigente hoy, parece, en Polonia) como en la apelación a los “valores asiáticos” para justificar la limitación de la democracia, encontramos los mismos elementos constitutivos (autoridad, familia, patriarcado, ley, orden, dios, patria o justicia) y un mismo rechazo a aceptar la idea de que los pueblos se pueden gobernar a sí mismos de forma libre y pacífica.

A ese largo reinado de los populismos autoritarios y desarrollistas de derechas le sucedió (especialmente en la América Latina que transita en los años noventa del siglo pasado por su propia crisis política y económica) un tercer populismo, esta vez de izquierdas. Si los populismos conservadores que les precedieron se basaban en la exclusión, en el rechazo a la participación del pueblo, los nuevos populismos arrancaron desde el paradigma contrario: la inclusión de los hasta ahora excluidos de la política, fueran indígenas, mestizos o, directamente, clases populares. La revolución bolivariana que impulsó Hugo Chávez en Venezuela y que tan hondamente inspirara a Evo Morales en Bolivia, a Rafael Correa en Ecuador y a los líderes de Podemos en sus épocas formativas supone no sólo el reencuentro de la izquierda radical con el pueblo, sino con los instrumentos típicos de la democracia (las elecciones y la representación política), hasta entonces despreciadas como artefactos de una democracia liberal que se pretendía superar. El populismo de izquierdas prescinde de la clase obrera, designada por Marx como sujeto histórico, supera la incomodidad tradicional de la izquierda con la idea de nación, considerada más propia de la derecha y del fascismo, sitúa al pueblo y la soberanía en el centro de su actuación y se planta ante las urnas con la esperanza de ganar el poder democráticamente para (aunque no lo confiese públicamente) reemplazar la vieja democracia liberal por un nuevo tipo de socialismo democrático.

Pero ahí no acaba la historia del populismo. Los populistas de izquierdas han encontrado un duro competidor en los nuevos populistas de la derecha xenófoba que triunfa en la Europa occidental más rica y, creíamos, blindada democráticamente.Marine Le Pen en Francia, Nigel Farage en el Reino Unido y la pléyade de populista suecos, daneses, holandeses, suizos, etcétera (también, por cierto, Donald Trump en EE UU), están enarbolando la bandera de la inclusión, los derechos sociales y la soberanía frente al enemigo exterior. Este enemigo puede ser la Unión Europea y su proyecto cosmopolita y supranacional, denostado como una nueva “cárcel de pueblos”, en referencia a la acusación que se vertía sobre el falso internacionalismo de la Unión Soviética. Pero también figuran en la lista de enemigos el islam, reconceptualizado en islamofascismo, o los extranjeros, acusados de mancillar la pureza y valores de la nación con sus vidas parasitarias y su rechazo a la asimilación. Muchos de estos nuevos partidos populistas utilizan el término libertad o democracia en sus siglas, se parapetan tras la laicidad e incluso dicen defender los derechos de la mujer y de los homosexuales frente al islam. Todo ello con el fin de fingir un barniz democrático y blanquear la toxicidad de sus pretensiones autoritarias, nacionalistas y de limpieza étnica.

De esta inmensa variedad y evolución populista se desprende una verdad algo incómoda: que dentro de nuestras sociedades parece haber un gen populista, una predisposición a la identificación tribal, étnica o nacionalista que pugna por situarse por encima de la consideración de todos nosotros como ciudadanos libres e iguales, sujetos de derechos inalienables. Es como si las democracias tuvieran una inclinación atávica al suicidio que sólo necesitara de los estímulos adecuados y del solapamiento de quiebras políticas, económica y sociales. ¿Si no, cómo explicamos su insoportable recurrencia?

Publicado en el Diario ELPAIS el 21 de febrero de 2016

José Ignacio Torreblanca es profesor de la UNED y autor de Asaltar los Cielos: Podemos o la política después de la crisis (Debate, 2015). @jitorreblanca

Volver al mundo

17 diciembre, 2015

Captura de pantalla 2015-12-17 09.16.24Si las encuestas no se equivocan, nos adentramos en terra incognita. Pero gobierne quien gobierne después del 20-D, España deberá volver al mundo. Para hacerlo deberá primero superar tres obstáculos que han lastrado su proyección internacional. El primero es nuestra ausencia de los grandes foros internacionales. Pese a la internacionalización de su economía, el carácter global de su lengua o su posición geográfica a caballo entre América, Europa y el norte de África, ni España acoge ningún foro internacional relevante ni hay suficientes españoles en los foros o instituciones más importantes donde se debaten las ideas y se construyen las redes sobre las que se asienta la influencia de un país. Reforzar esa presencia es una tarea de todos: del Gobierno, oposición, empresas, medios de comunicación y sociedad civil. Sin ella, España será irrelevante en las decisiones que afectan a su futuro.

 El segundo lastre tiene que ver con la calidad de sus instrumentos de acción exterior, que antes de la crisis experimentaron procesos de crecimiento acelerado y sin mucho criterio para luego sufrir un proceso de recortes que ha dejado maltrecha nuestra capacidad de acción exterior. Destaca la burbuja armamentística, tan escandalosa como inadvertida por la ciudadanía, responsable de un reguero de deudas cuya satisfacción ha requerido enormes sacrificios presupuestarios en tiempos de crisis y que por ende ha dejado a nuestras Fuerzas Armadas en unos preocupantes niveles de operatividad. Pero tampoco le van a la zaga los excesos de la cooperación al desarrollo en tiempos de bonanza, ahora convertidos en escasez crónica de recursos esenciales para construir un mundo más justo. Aquí como en tantos otros sectores, el espacio para las reformas y la sostenibilidad a largo plazo ha desaparecido bajo el péndulo que va de la burbuja sin control al recorte sin criterio. Ese tridente de acción exterior que forman la cooperación, la diplomacia y las políticas de paz y seguridad tiene que ser recompuesto para que sirva a los intereses de nuestro país.

El tercer elemento tiene que ver con la baja calidad de nuestro debate público sobre cuestiones internacionales. Como en otros ámbitos de nuestra vida pública, aquí también la polarización y los clichés sustituyen con demasiada frecuencia al intercambio de argumentos y datos. Es difícil no sentir envidia ante los debates habidos estos días en Reino Unido y Alemania sobre cómo actuar en reacción a los atentados de París: dos países con culturas de seguridad radicalmente distintas han mostrado un mismo aprecio por el rigor y la calidad del debate público.

 Sin esos tres elementos (presencia internacional, instrumentos eficaces y debate de calidad) los españoles seguiremos haciendo eso que tan bien se nos da desde siempre: debatir apasionadamente entre nosotros mismos, de espaldas al mundo y sin ninguna posibilidad de incidencia real sobre los problemas que nos afectan.

Dos problemas marcarán nuestro futuro más inmediato. El primero es la cuestión europea. El proyecto europeo, digámoslo sin tapujos, está gripado. Su exasperante lentitud decisoria y la falta de instrumentos para actuar van a suponer una década perdida en términos de crecimiento y empleo para España. Europa entra en su octavo año de crisis sin haber resuelto Grecia y sin haber completado la unión económica y monetaria con los instrumentos de gobernanza económica y fiscal necesarios. La legitimidad de la Unión Europea pende casi exclusivamente de su eficacia. Si Europa no crece y no crea empleo no generará legitimidad entre la ciudadanía para sostener la integración política: al contrario, generará desafección, y con ello veremos aumentar más el nacionalismo, el populismo y la xenofobia, con la vuelta a las fronteras y a los egoísmos nacionales, como ya estamos viendo a raíz de la crisis de refugio y asilo. España, más pendiente de salvar el día a día que de mirar hacia el futuro, ha estado ausente del debate europeo o ha dejado que lo lideren otros, siendo difícil distinguir su impronta en los diseños que se han puesto encima de la mesa. Toca ahora volver a impulsar el proceso de integración, forjar las coaliciones necesarias y liderar la transformación de Europa para que sirva a las necesidades de España: de lo contrario, la ciudadanía dará la espalda al proyecto europeo.

Los problemas de arquitectura institucional y legitimidad política que experimenta la UE son, con todo, las ramas que no nos dejan ver el bosque, un bosque en el que siguen presentes enormes retos, desde el demográfico, al energético o la revolución digital, una nueva revolución industrial que está transformando el mundo y las relaciones de poder entre Estados y que a Europa se le está escapando entre los dedos por culpa de su fragmentación económica y su miopía política. El desfase entre los tiempos de la integración europea a 28 miembros y el ritmo de los cambios y necesidades económicos y tecnológicos sitúa a Europa en riesgo de entrar en un declive prolongado.

El segundo problema que vamos a enfrentar tiene que ver con nuestra seguridad exterior. La amable burbuja de seguridad dentro de la que el proyecto de integración europeo se ha desenvuelto durante décadas ya no está ahí. Finalizada la Guerra Fría pensamos que la retirada del paraguas estadounidense no requeriría la creación de una capacidad de defensa específicamente europea. Al contrario, la combinación del proceso de ampliación de la UE hacia el este de Europa con la modernización económica tanto de nuestra vecindad oriental como del norte de África generó un colchón de prosperidad que nos hizo pensar en la Europa de la seguridad y defensa más como una reliquia de la guerra fría que como una necesidad ineludible.

España, pese a su europeísmo, no ha sido ajena a este proceso de despreocupación por las cuestiones de seguridad y defensa, a lo que se ha añadido una crisis económica que las ha situado en segundo plano. Pero el espejo de la posguerra fría y el multilateralismo eficaz se ha roto. Nos guste o no, aunque Europa haya logrado la paz y esté en paz consigo misma, no va a vivir en paz. Porque el desafío que plantea el terrorismo yihadista va a requerir estrategias que integren todos los medios disponibles, incluido, en una u otra medida, el militar. Y lo va a requerir durante un tiempo prolongado y con apoyo de la sociedad. Dada su cultura de seguridad, no es probable que España esté en la primera línea; por eso precisamente deberá estudiar cómo contribuir a su propia seguridad y, a la vez, ser un socio valioso para sus vecinos, con quienes nos une un destino común y unos valores que queremos preservar. Volver al mundo no es una cuestión de orgullo, sino de responsabilidad en un momento extremadamente difícil para Europa.

Publicado en la edición impresa del Diario ElPAIS el lunes 14 de diciembre de 2015

José Ignacio Torreblanca es profesor en la UNED y director de la Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR).

En guerra

22 noviembre, 2015

Captura de pantalla 2015-11-22 18.36.19

Entender la respuesta francesa a los ataques del viernes y construir una estrategia articulada y, sobre todo, eficaz, al desafío que plantean requiere dejar atrás dos debates o, casi mejor, tentaciones.

El primero es el debate relacionado con el papel del islam en nuestras sociedades. En él se mezclan sin mucho orden ni concierto prejuicios y clichés sobre la compatibilidad o incompatibilidad del islam con la democracia, la integración de los musulmanes, el papel de la religión en los espacios públicos, la identidad, el multiculturalismo y, ahora también, la necesidad de controlar los flujos de inmigración, asilo y refugio provenientes tanto del África subsahariana como de Oriente Próximo. Pero ese debate, que suele acabar enfrentando los partidarios de hablar de las “causas últimas del terrorismo” con los partidarios de establecer un cordón sanitario al islam tanto dentro como fuera de nuestras sociedades, resulta baldío a la hora de luchar contra el terrorismo.

El segundo falso debate es el relacionado con la definición del problema, y por tanto de su eventual respuesta, en términos bélicos. Ahí nos encontramos con los que intentan establecer una divisoria estricta (jurídica, política e incluso moral) entre las respuestas que involucran el uso de la fuerza militar y las que involucran el recurso a instrumentos propios del Estado de derecho como los tribunales, las fuerzas de policía y los servicios de inteligencia. Pero establecer un cortafuegos entre ambos tipos de respuesta también resulta estéril pues en el mundo en el que vivimos, y especialmente cuando enfrentamos una amenaza tan brutal como la que representan Al Qaeda y el Estado Islámico, las democracias tienen todo el derecho, y toda la legitimidad, para emplear a fondo todo el rango de instrumentos de los que disponen, incluida la fuerza militar, para luchar contra el terrorismo.

 En enero desde este año, después de los atentados contra la revistaCharlie Hebdo, el presidente Hollande se declaró en guerra contra el terrorismo yihadista. Y hace unas semanas, el primer ministro francés, Manuel Valls, justificó los bombardeos contra el Estado Islámico en Siria arguyendo el derecho de Francia, de acuerdo con el derecho internacional, a la legítima defensa. Ahora, tras los ataques del pasado viernes, Hollande ha convocado al Consejo de Defensa, haciendo así nuevamente presente el componente militar en la respuesta francesa al terrorismo.

Aunque desde España, con una cultura estratégica bien distinta, cueste a veces entenderlo, la posición francesa es clara, consistente y legítima. Si Francia se declara en guerra es porque ha sido atacada y, lo peor, porque espera más ataques, tanto dentro como fuera de su territorio. España como país socio, amigo y vecino, debería pedir la activación de la cláusula de solidaridad prevista en artículo 222 del Tratado de Funcionamiento de la UE, que prevé la movilización de todos los medios disponibles, incluidos los militares, en caso de ataque terrorista.

Publicado en el Diario ELPAIS el 14 de noviembre de 2015

 

 

La España ensimismada

1 septiembre, 2015

FullSizeRenderDespués de una complicada transición a la democracia, España volvió al mundo. En pocos años puso fin a décadas de aislamiento y a la vez que un lugar propio en la escena internacional se ganó el respeto de sus socios y amigos. En Europa, en América Latina y en el norte de África, España se embarcó en una intensa actividad diplomática, desplegando un gran número de iniciativas destinadas a profundizar los espacios de paz, seguridad, cooperación, integración y desarrollo. La decena de años que van de 1986 a 1996 configuran la década prodigiosa de la política exterior española, un periodo en el que el reconocimiento por los logros políticos, económicos y sociales de la joven democracia, aunado a la vocación internacional de los Gobiernos presididos por Felipe González, lograron que España boxeara muy por encima de su peso real.

El guante de ese retorno al mundo, iniciado por Felipe González, fue recogido por José María Aznar. Aunque se pueda discrepar de la visión de Aznar, esa visión existió. Dado que Aznar siempre receló del federalismo y del eje franco-alemán, su política exterior, juzgada por sus propios parámetros, también cabe ser descrita como exitosa; aunque contribuyó a dividir a Europa en dos bloques en la cuestión iraquí, logró situar a Madrid en el eje atlántico formado por Washington y Londres y dio un nuevo impulso a la proyección internacional de España.

Es frecuente atribuir los éxitos pasados de la política exterior española a la existencia de un sólido consenso entre ambos partidos. Sin embargo, ese consenso es un mito que no soporta el contraste entre las enormes diferencias mantenidas por socialistas y populares en época de González y Aznar. Frente a la visión convencional sobre las virtudes de un consenso en realidad inexistente, lo cierto es que el éxito de la política exterior de ambos se debió a algo tan sencillo como el activismo.

González y Aznar, en contraste con José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, simplemente dedicaron más tiempo, gente, recursos e interés a los asuntos internacionales. Pudieron equivocarse, pero nunca por defecto. En contraste, Zapatero y Rajoy han sido presidentes con una escasa visión e interés por los temas internacionales, que nunca han ocultado su incomodidad en las citas internacionales, que no han cultivado las relaciones personales con sus colegas, tan cruciales hoy en día, y que han preferido refugiarse en la retórica y los lugares comunes antes que implicarse en la solución de los problemas exteriores.

Cierto que Zapatero, en contraste con Rajoy, tuvo más visibilidad internacional gracias a iniciativas como la retirada de Irak o el incremento espectacular de los fondos dedicados a la cooperación al desarrollo. Pero pese a la retórica europeísta de Zapatero, es difícil recordar una iniciativa europea que lleve su nombre o un problema cuya solución los europeos le deban. De hecho, su buena imagen internacional se debió más a iniciativas internas, como el matrimonio entre personas de mismo sexo o su defensa de los derechos de las mujeres que, sin embargo, Zapatero renunció a promover internacionalmente cuando, especialmente en América Latina, hubiera tenido un gran impacto.

En manos de Moratinos, su política exterior, muy recelosa de EE UU y alérgica a las cuestiones de seguridad y defensa, se deslizó peligrosamente por la senda del no-alineamiento. Iniciativas como la Alianza de Civilizaciones, mal medida y sin apoyo entre sus socios europeos, sus afinidades con los hermanos Castro, los servilismos con China, las simpatías con Rusia o el empeño de Moratinos en alinear a España con la Serbia de Milosevic en la cuestión de Kosovo a costa de las relaciones de España con los socios de la UE y la Alianza Atlántica, han llevado a algunos analistas a hablar de la “deseuropeización” de la política exterior española bajo Zapatero, invirtiendo el recorrido logrado por González.

Sumado a los años de Zapatero, el perfil de la política exterior de Rajoy completa una España ausente de la escena internacional y desdibujada en sus perfiles tradicionales: ni en el Atlántico, ni en Europa, ni en América Latina ni en el Mediterráneo es España hoy un socio al que se le pueda atribuir visibilidad, margen de maniobra o una visión propia. Cierto que la crisis ofrece una buena excusa para justificar ese ensimismamiento, pero se trata de una excusa demasiado fácil que no sirve para tapar iniciativas vacías de contenido o mal planteadas como la marca España, el excesivo énfasis en la diplomacia económica o la nula presencia internacional del presidente Rajoy.

La dificultad de hablar de la política exterior de Rajoy arranca de un mal parecido al de la época de Zapatero: la combinación de un presidente ausente y desinteresado con un ministro de Exteriores, Moratinos entonces, García-Margallo ahora, que actúa por libre, sin directrices del Gobierno, el grupo parlamentario o el partido. En el caso de García-Margallo, esto ha supuesto un empeño tan recurrente como contraproducente en hablar de Cataluña, cuando precisamente él debería ser el último del gabinete en hablar del tema, o una vocación en vincular Cataluña, Kosovo y Crimea que no solo da alas internacionales a Putin y debilita la posición europea, sino que sitúa a España, una vez más, como un aliado excéntrico. Como broche, el ministro Margallo ha aconsejado a Rusia referir la anexión de Crimea al Tribunal Internacional de Justicia en la convicción de que este anularía la cesión en 1954 del territorio a Ucrania por Jruschov y así convalidará la anexión posterior por Putin.

Pero es quizá la actuación española en relación con la crisis migratoria, con el presidente Rajoy ausente mientras sus colegas europeos se involucran a fondo, la que mejor pone de relieve la falta de visión del Gobierno. Que el ministro del Interior hable sin pudor del efecto llamada que provocan los rescates en alta mar y el ministro de Exteriores arguya que las tasas de paro de España impiden aumentar unas cifras de asilo ridículas no solo provoca bochorno, sino que tendrá consecuencias cuando sea España la que reclame la solidaridad a sus socios.

Es difícil reconocerse en esta España ensimismada y egoísta, con un nulo compromiso con la promoción de la democracia y los derechos humanos en el exterior y miopemente centrada en promover su bienestar ignorando las interdependencias de las que precisamente depende ese bienestar. Y lo peor puede estar por venir, pues la fragmentación electoral puede desembocar, después de las elecciones de fin de año, en un ensimismamiento aún mayor. En los últimos años, la política española se ha acostumbrado a volar muy bajo y ha cerrado demasiadas puertas. Es hora de abrirlas y volver al mundo.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS (Cuarta página) el 31 de agosto de 2015

El viaje de Podemos: desde la calle hacia el poder

7 junio, 2015

Manifestación del partido Podemos en Madrid, "La marcha del cambio". Vista de la calle de Alcalá desde Cibeles. La pancarta reza: "Merkel, en 1953 España, Grecia, Portugal, Italia, etc. os perdonamos el 625% de vuestra deuda. No seas "

Podemos pudo llamarse “Adelante”, pero el nombre se descartó porque era poco sexy. La otra alternativa fue “Sí se puede”, pero había un partido en Canarias registrado con ese nombre. Finalmente se optó por Podemos. La discusión tuvo lugar en diciembre de 2013 en un coche conducido por Pablo Iglesias y con Miguel Urbán, entonces amigo de este y miembro destacado de Izquierda Anticapitalista, de copiloto. Lo cuenta el periodista Jacobo Rivero en su obra Podemos. Objetivo: asaltar los cielos (Planeta, 2015), un obra bien documentada e importante para quien tenga interés en conocer la intrahistoria del surgimiento de Podemos y su posterior evolución. Rivero, que no oculta su cercanía con los protagonistas de esta historia, ni tampoco su simpatía e identificación con sus motivaciones y aspiraciones, retrata sin embargo con equidistancia la micropolítica de la izquierda madrileña de la que surge Podemos, con sus debates, peleas, envidias y obsesiones

El libro de Rivero conviene leerse en paralelo con Pablo Iglesias: biografía política urgente (Stella Maris, 2015), del también periodista Iván Gil, que además de aportar datos biográficos interesantes sobre Iglesias, añade el contrapunto crítico del que el trabajo de Jacobo Rivero carece cuando sobrevuela los temas más delicados de la biografía de Podemos (como las relaciones con la Venezuela bolivariana o el oscuro origen de los fondos que recibió Monedero). En su obra, Gil escarba eficazmente en las inconsistencias de Podemos y su líder, ofreciéndonos un relato algo más descarnado y distante, pero sin caer en el ataque gritón o demagógico habitual en algunos de los críticos habituales de Podemos.

Del libro de Gil se desprende un dato interesante relacionado con la biografía del abuelo de Iglesias, Manuel, habitualmente presentado por Pablo Iglesias como héroe de la República y víctima del franquismo. Como presidente del Tribunal del IX Cuerpo del Ejército Republicano, y con sólo 24 años, Manuel Iglesias dictó nueve sentencias de muerte, pero se salvó luego de ser fusilado gracias a su amistad con el ministro franquista Pedro Gamero del Castillo, la intercesión del obispado madrileño, que certificó que el teniente Manuel Iglesias era un buen cristiano, y el testimonio de un policía político falangista, amigo de la infancia, que Manuel había escondido en su domicilio durante cuatro meses, salvándole la vida. Una historia mucho más reveladora de la tragedia que fue aquella guerra y que hubiera dado para una lectura más humana y menos maniquea de la historia de España y de su biografía de la que habitualmente realiza Iglesias y que ha consagrado en su libro Disputar la democracia: política para tiempos de crisis (Akal, 2014), un relato con trazo grueso y apresurado que simplifica la historia de España como una lucha del pueblo, bueno, contra la élite, mala, y que seguramente no constará entre las mejores aportaciones de Iglesias a la ciencia política.

Dejando atrás el relato micro, si quieren tomar algo de distancia y adoptar una perspectiva algo más analítica, entonces deben cambiar de muletas. Dos de ellas, también de reciente aparición, les serán muy útiles. Una primera es Podemos: la cuadratura del círculo (Debate, 2015), del colectivo de politólogos denominado Politikon, que reúne cinco breves ensayos, muy bien escritos y muy esclarecedores, que tocan casi todos los aspectos de Podemos sobre los que la ciencia política tiene algo que decir, desde las condiciones en las que pueden aparecen nuevos partidos políticos, las estrategias de campaña, los problemas y tensiones organizativos, el perfil de sus votantes y las expectativas de futuro.

La otra muleta politológica es Los votantes de Podemos: del partido de los indignados al partido de los excluidos, de José Fernández-Albertos (Catarata, 2015), un trabajo muy riguroso de este politólogo, investigador en el CSIC. Fernández-Albertos da muy buena cuenta de algunos de los tópicos más habituales sobre quiénes son los votantes de Podemos y bucea hasta el fondo en el análisis de las encuestas realizadas desde el surgimiento de Podemos. En torno a ellas articula la tesis central de su libro, con la que coinciden los politólogos de Politikon: que Podemos, aunque hable de la crisis económica, de la desigualdad y de la fractura social, no ha sido en primer lugar el partido de los perdedores de la crisis, sobre todo los desem­pleados, sino ante todo el de aquellos capaces de solidarizarse con esos perdedores. Sólo posteriormente, demuestra el autor, ha sido Podemos capaz de comenzar a llegar a los perdedores de la crisis. Esos dos públicos marcan, cuenta Fernández-Albertos apoyado en un abrumador número de datos, el suelo y el techo posible de Podemos, y explica bien los vaivenes a los que se está viendo sometidos en las encuestas. Los votos de Podemos tienen dos orígenes distintos y por tanto dos riesgos diferenciados: perder el apoyo de las clases medias urbanas que les hicieron florecer o perder el apoyo de los perdedores de la crisis que les comenzaron a catapultar hacia los cielos.

Estas lecturas ponen de manifiesto algo que, quizá por evidente, a veces olvidamos: que Podemos nace como una operación de renovación de la izquierda de la izquierda con el objetivo de sacarla de la marginalidad electoral y situarla en posición de reemplazar al PSOE. Porque aunque el objetivo final de Podemos sea asaltar los cielos, el primer objetivo de los protagonistas de esta historia siempre fue asaltar Izquierda Unida, una organización que veían anquilosada e incapaz de ofrecer una alternativa política en un momento en el que el bipartidismo se estaba deshaciendo como consecuencia de la confluencia de la crisis económica con la institucional y social. Unos, como Alberto Garzón y Tania Sánchez, intentaron e intentan esa renovación desde dentro de Izquierda Unida, con desigual resultado, y otros, como Pablo Iglesias y los miembros de Izquierda Anticapitalista, tiraron la toalla y decidieron, en lugar de asaltar Izquierda Unida, saltar por encima de ella. Podemos nació con una contradicción esencial, y seguramente insalvable, entre el grupo de Pablo Iglesias, que desde el principio concibió el partido como una máquina pensada para ganar elecciones recurriendo a técnicas avanzadas de mercadotecnia y comunicación política y los que, desde Izquierda Anticapitalista, concibieron el partido como el instrumento político para representar en las instituciones a los movimientos sociales surgidos al calor de la crisis. Parece evidente que esa alianza puramente circunstancial y táctica entre dos filosofías políticas y estrategias organizativas completamente antagónicas, que los cuadros de Izquierda Anticapitalista informalmente denominaron Operación Coleta, sólo puede sostenerse mientras acompañen los resultados electorales. ¿Es Podemos, por su origen, más vulnerable a unos malos resultados que otros partidos políticos? La respuesta a partir del día 24.

José Ignacio Torreblanca es profesor de Ciencia Política en la UNED y autor de Asaltar los cielos: Podemos o la política después de la crisis. Debate. Barcelona, 2015. 218 páginas. 15,90 euros (9,90 digital)

Biografía política urgente. Iván Gil, Pablo Iglesias. Stella Maris. Barcelona, 2015. 224 páginas. 19 euros.

Los votantes de Podemos: del partido de los indignados al partido de los excluidos. José Fernández-Albertos. Catarata. Madrid, 2015. 112 páginas. 14 euros.

Podemos: La cuadratura del círculo. Politikon. Debate. Barcelona, 2015. (1,49 euros, electrónico).

Podemos. Objetivo: asaltar los cielos. Jacobo Rivero. Planeta. Barcelona, 2015. 320 páginas. 16 euros.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el lunes 18 de mayo de 2015

La hora más difícil de Podemos

14 mayo, 2015

MonederoLa decisión de Juan Carlos Monedero de abandonar la dirección del partido que fundara en compañía de Pablo Iglesias sitúa a esta joven pero exitosa formación ante su hora más difícil. El duro aldabonazo que han significado sus declaraciones criticando la corrupción ideológica y estratégica del proyecto originario de Podemos, sólo levemente matizadas con posterioridad en una epístola titulada A mi amigo Pablo, podrían marcar el comienzo del fin del proyecto de esta formación. Las predicciones sobre lo que le pudiera ocurrir a Podemos a partir de ahora dependen de qué tesis de las dos siguientes uno considere más plausible.

La primera tesis sostiene que Podemos sólo es un estallido de ira que se ha alimentado de la concatenación de una serie de circunstancias extraordinarias pero irrepetibles: la dureza y profundidad de la crisis económica, la frustración con el bipartidismo de una mayoría de ciudadanos, la sucesión de escándalos de corrupción y, por último, la debilidad de las alternativas existentes (UPyD o Izquierda Unida) para movilizar dicha insatisfacción. Agitada esa mezcla, ciertamente explosiva, en la coctelera de las elecciones europeas —idóneas por su configuración en un único distrito y un sistema electoral estrictamente proporcional— Podemos habría sido catapultado hacia los cielos en los sondeos llevados a cabo en el otoño de 2014. Pero, continuaría esa tesis, desaparecidas en parte o en su totalidad esas circunstancias (sea por el repunte de la economía, el cambio de liderazgo en el PSOE o la aparición de Ciudadanos), el proyecto habría tocado techo y comenzado a retraerse, quedando condenado a desempeñar un papel secundario y marginal, cuando no a desaparecer, por la radicalidad de sus propuestas ideológicas, las divisiones internas y la pérdida de centralidad en el debate y tablero político.

Hay, sin embargo, una tesis alternativa que sostiene que la aparición de esta formación no puede explicarse simplemente como un estallido de ira ciudadana, sino como la traducción política y electoral de la crisis institucional, económica y social en la que hemos vivido en los últimos años en gran parte de Europa. Ello permitiría explicar no sólo la aparición de Podemos, sino la emergencia en toda Europa, por la izquierda o por la derecha, de fuerzas que se ofrecen como alternativa a la política y a los consensos tradicionales en torno al modelo económico, la desigualdad, la integración europea o la inmigración.

Desde esta tesis, Podemos se apoyaría en la fractura de los acuerdos entre generaciones, clases sociales y territorios en los que se basó el consenso del 1978, supuestamente agotado. Esta acumulación de fracturas, visible tanto en la emergencia de una nueva clase de jóvenes con valores y aspiraciones sustancialmente distintos a los de la generación de sus padres como en la aparición de nuevas formas de desigualdad, significaría que en la sociedad sí que habría hueco para una oferta como Podemos; máxime con una izquierda fragmentada entre un PSOE que, tras la debacle del zapaterismo, todavía no habría encontrado su identidad ni posición ideológica; y una Izquierda Unida tercamente empeñada en no conquistar el territorio disponible a la izquierda del PSOE.

¿Cuál de las dos tesis nos permite anticipar mejor qué es lo que va a pasar a partir de ahora? En mi opinión, las dos contienen elementos de análisis útiles. De hecho, mientras que la primera tesis explicaría la enorme elasticidad del techo electoral de Podemos en los sondeos, la segunda explicaría la más que probable robustez de su suelo electoral. Por tanto, mientras que la combinación de factores coyunturales (especialmente la corrupción y la frustración con el bipartidismo) habría empujado el techo de Podemos hasta situarlo como primera fuerza gracias a una muy eficaz estrategia de comunicación, los factores estructurales serían los que sostendrían su suelo a pesar de las adversidades y prevendrían una desintegración tan fulgurante como su ascenso. El resultado sería una solidez que, junto con el éxito de Ciudadanos y la persistencia de los problemas de PSOE y PP para reconquistar la credibilidad del electorado, especialmente entre los jóvenes y las clases medias urbanas, nos permitiría anticipar un sistema formado por cuatro partidos con pesos muy similares en el que Podemos ocuparía, además de los nuevos espacios de representación, el espacio a la izquierda del PSOE que IU nunca fue capaz de conquistar.

Que ese nuevo espacio esté disponible para ser conquistado no quiere decir que Podemos lo tenga garantizado: al contrario, la tarea que tiene por delante es de una magnitud considerable. Hasta ahora, Podemos ha llevado adelante una guerra relámpago, un blitz tremendamente exitoso basado en un liderazgo carismático, un mensaje transformador y unas herramientas de comunicación sumamente potentes. Pero, por seguir con las analogías bélicas que tanto gustan a sus líderes, Podemos se parece hoy mucho al Ejército alemán que, tanto en la I como en la II Guerra Mundial, logró, mediante tácticas novedosas y ataques por sorpresa, desbordar a sus enemigos para luego pararse en seco y verse obligado a atrincherarse o a acampar para sobrevivir a un largo invierno. Como ha puesto de manifiesto la dimisión de Monedero y las declaraciones de apoyo que le ha brindado su líder andaluza, Teresa Rodríguez —no por casualidad proveniente de Izquierda Anticapitalista—, al igual que el Ejército alemán en 1914, la principal debilidad de Podemos es su flanco izquierdo.

Desde sus orígenes, ha habido en Podemos una incompatibilidad manifiesta entre la izquierda radical proveniente de los movimientos sociales y aquellos que, como Pablo Iglesias, han querido conectar transversalmente con unas clases medias desideologizadas, pero muy enfadadas con el bipartidismo. La apuesta de Iglesias, Íñigo Errejón, Carolina Bescansa y el propio Juan Carlos Monedero siempre fue aprovechar la ventana de oportunidad de la crisis para insertar en el centro político, donde están la mayoría de los votantes, una propuesta de cambio político de carácter radical. La deserción de Juan Carlos Monedero, y su apelación a Eduardo Galeano, un icono de la izquierda que prefiere ser auténtica antes que ganar elecciones, en contraposición a la serie Juego de Tronos, paradigma de una ética política de excepción donde el fin (llegar al poder) justifica los medios empleados, ha debido ser un duro mazazo para Iglesias, siempre hostil al conformismo electoral de la izquierda y a la autosatisfacción ideológica.

El núcleo de Podemos tiene ahora que decidir qué hacer. Una opción es continuar con la estrategia relámpago e intentar seguir su camino hasta ocupar la centralidad del tablero político. Esta estrategia se enfrenta a dos dificultades. Una primera es que, como prueba la dimisión de Monedero, el estiramiento ideológico puede romper Podemos por la izquierda y sumir a sus cuadros en una guerra civil que los electores sin duda penalizarán. Y una segunda es que mientras Podemos se desgasta en peleas internas y se agota en el largo camino al centro, ese espacio está siendo tomado por Ciudadanos, un partido que no tiene ningún camino que recorrer hasta llegar al centro porque nació directamente allí.

Adoptando esta estrategia, Podemos corre, pues, el doble riesgo de romperse intentando llegar al centro y, para empeorar las cosas, de llegar tarde a un centro ya ocupado por otros. La segunda estrategia que Podemos podría adoptar sería atrincherarse en la izquierda, cavar defensas profundas y prepararse para una guerra de desgaste cuyo objetivo sería, en el mejor de los casos, anular al PSOE e Izquierda Unida o, en el peor, simplemente sobrevivir electoralmente. Esta estrategia podría garantizar la supervivencia de la formación y, especialmente, de sus cuadros, que lograrían parcelas de poder institucional desde las que seguir haciendo política con minúscula, es decir, con escasa o nula capacidad transformadora.

Aunque es difícil saber quién prevalecerá en esta pugna, está claro que la opción personal de Pablo Iglesias se identifica más con la primera, el relámpago; y que, forzado a adoptar una estrategia conformista, seguramente sería él quien tuviera la tentación de marcharse. Si eso finalmente ocurriera, casi seguro que las palabras de despedida que dedicaría a sus críticos serían: “No han entendido nada”.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el sabado 2 de mayo de 2015

Harnessing Spain’s “communist moment”

14 mayo, 2015

Puertadelsol2011If one thing convinced the founders of Podemos of the need to enter politics, it was the mass protests on the streets of Madrid in 2011, when disparate civic associations and single-issue activist groups, along with huge numbers of people with no previous involvement in politics, identifying themselves simply as “indignant,” coalesced into what has become known as the 15-M movement.

There were two important things about those protests. The first is that they weren’t led or coordinated by the organizations that should have been able to do so, which were labor unions such as the UGT and the CCOO, or the Communist Party-led United Left grouping. True, the previous fall, the unions had called a general strike against labor market reforms and changes to the pension system introduced by the Socialist Party government, but the event was low key, passing off without incident. There was an air of resignation about the whole thing, as though the unions already knew there no was realistic chance of stopping the measures from going through.

The 15-M movement emerged out of the occupation of Madrid’s central Puerta del Sol square, which was started by a few members of an organization called Juventud sin Futuro (Youth without a future), and would quickly mesh with many other organizations such as the Mortgage Victims Platform (PAH). But it was the decision of thousands of people in May 2011 to join the sit-in in Sol, capturing the attention of the international media – in part because of the seeming parallel with the changes then taking place in Tunisia and Egypt, which had begun with mass street protests, as well as with the Occupy Wall Street movement in the United States – even making the cover of The New York Times.

Despite the domestic and international media’s portrayal of the 15-M movement as little more than a bunch of anarchists, the creators of Podemos were aware throughout the summer of 2011, and would point this out later, that 15-M, despite its success, provided two important lessons: “It wasn’t us who organized this,” and that not everybody in the movement was “left wing.”

Together, these two key factors had a profound impact on Podemos, and without them it is not possible to understand its political premises nor its campaign strategy. The 15-M movement’s main complaint that “they don’t represent us,” expressed in the demand for “real democracy now,” revealed a number of things to the founders of Podemos.

In first place, that most Spaniards’ demands are neither based on left-wing ideas, and much less are they revolutionary, but instead, at heart, they are conservative and politically centrist. In the same way that the PAH had earned the backing of 90 percent of the population with its demands for humane and fair treatment of families unable to pay their mortgages, the 15-M movement also earned widespread support, with 81 percent of people surveyed in a nationwide poll in 2011 saying the indignant, as the movement’s members called themselves, were right, and 71 percent agreeing about the need to reboot the country’s democracy. Only 17 percent of people considered 15-M a radical organization that was a threat to the system and, thus, something to be feared.

Behind the 15-M movement’s slogans and the myriad reasons huge numbers of people had joined the protests, it was clear that rather than being about politics, the protestors reflected widespread discontent with all the country’s political parties. Carolina Bescansa, who had been studying 15-M for the Center for Sociological Research, noticed during the street protests that the traditional right-left divide no longer made any sense when trying to understand people’s voting intentions.

In second place, 15-M showed that the United Left, which should have been able to connect with people’s demands and capitalize on it politically, was unable to do so. The movement, said Pablo Iglesias, the man who now leads Podemos, “instead of showing the power of the left, showed our weakness.” Aware that 15-M was not left wing, but made up of a cross-section of society that was sick and tired of the current political system, one dominated by two large parties that were increasingly seen as out of touch with the people, the founders of Podemos and the groups related to it joined in the protests enthusiastically, trying to lead them and to channel their energy, but at no time trying to appropriate them. For Iglesias and the Podemos leadership, the lessons were clear: in Spain, as had happened in Latin America, the weakness of the regime provided the possibility of bringing it down by anybody able to connect with the people properly. Iñigo Errejón, who organized Podemos’s European elections campaign, who had returned from Ecuador just before 15-M kicked off, describes the party as: “the expression and precipitant of the rupture of certain consensuses, which made us see the possibility of a populist approach.”

The 15-M movement helped forge the idea of political change emerging from a bankrupt two-party system, an ambition to build a political force that could actually win elections, along with a method to articulate change that would reframe politics in terms of a struggle between the majority (the people, the citizenry) and the few (the elite, the political and business castes), in other words, as Pablo Iglesias would later describe it: “occupying the center of the political chessboard.”

This hypothesis was put to the test in the general elections of November of 2011, the first attempt by Pablo Iglesias and Iñigo Errejón to convince the United Left with their ideas about the possibility of political change in Spain and to reconfigure the campaign message in such a way as to allow the party to escape the narrow stretch of ground to the left of the Socialist Party.

But to Iglesias and Errejón’s frustration, the United Left’s leadership not only refused to follow the pair’s campaign strategy, but after the Popular Party was swept to power, celebrated the fact that it had increased its seats in Congress from two to 11. For Iglesias, there was little to celebrate in having almost doubled its vote from 969,000 in the 2008 elections to 1.7 million in 2011, and instead the party’s celebration of its achievement was further proof of just how out of touch it was with reality. Amid the worst economic crisis in more than four decades, what was so great about garnering seven percent of the vote, when the Socialists had seen their share fall from 43 to 28 percent?

As far as Iglesias and his colleagues were concerned, the United Left had thrown away a unique historic opportunity. As Iglesias would later say, Spain was living through its “communist moment,” but as he pointed out: “The communists will never win elections under normal circumstances; they can only do so at exceptional moments. By undermining the foundations on which the reigning ideas are built to collapse, the crisis sweeps away the existing consensus.”

But the leaders of the Communist Party, argued Iglesias, “have become a regime, people who are happy to be awarded a bronze medal, and never think in terms of actually winning elections because all they are interested in really is being seen to be on the left, to be authentic, and to not win.” In short, the communists had become conservative, argued Iglesias, because they had failed to see that the only way to win was by changing the rules.

“The feeling that Pablo and I were left with after working with the United Left during the 2011 election campaign,” said Iñigo Errejón later, was “frustration, because we could have achieved so much more if we had been able to transcend the limits that were being set by the type of actors we were working with. We were absolutely certain that we could have gone much further, because the conditions were right: the only way to validate opinions is by putting them to the test, and so we decided to do so.”

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el martes 14 de abril de 2015