Archive for the ‘Crisis económica’ Category

EL TTIP feroz

26 mayo, 2016

Captura de pantalla 2016-05-26 13.13.56“Soy enfermera quirúrgica y grabo este vídeo desde mi casa para denunciar un hecho muy grave. Todo el mundo tiene que saber que PP, PSOE, UPyD y CiU se han unido para cometer el mayor atentado contra la democracia desde el 23-F”. Se trata de Marta Sibina, una activista que el pasado diciembre saltó desde la revista Cafè amb Llet y las denuncias sobre la corrupción en la gestión de la sanidad en Girona al Congreso como diputada de En Comú Podem.

El vídeo, que ya han visto casi medio millón de personas (ni en sus mejores sueños se imagina la Comisión Europea que una cifra así de gente escuchara sus argumentos sobre el TTIP), rebosa de afirmaciones apocalípticas sobre el TTIP. Si dicho tratado se aprueba, afirma, se anularán todas las regulaciones, los derechos laborales, la privacidad y la protección del medio ambiente. El resultado será que el Parlamento quedará inutilizado (sic) y que las multinacionales gobernarán Europa. Exijamos por tanto un referéndum para parar el tratado, concluye, y así evitar el fin de la democracia.

La pieza resume a la perfección lo que ya se ha convertido en la visión convencional sobre el TTIP en un amplio sector de la opinión pública europea. Y ayuda a entender por qué dicho tratado se ha convertido en una de las peores pesadillas de la Comisión Europea, desbordada por el hecho de que el activismo político en la Red se haya cebado tan fuerte y exitosamente en unas negociaciones comerciales que la mayoría de los expertos consideran que tendrán, de lograr concluirse (lo cual no está ni mucho menos asegurado), impactos relativamente menores a ambos lados del Atlántico (tanto positivos como negativos).

Pero del vídeo, de escasos 13 minutos, no llama tanto la atención la calidad de los argumentos y de los datos que se ofrecen (inexistentes, tergiversados o sesgados), sino precisamente lo contrario: que a alguien con una formación en enfermería quirúrgica le resulte tan fácil hacer afirmaciones de tanto calado sobre un tema tan complejo y sobre el que los expertos están muy lejos de ponerse de acuerdo. Porque hablamos de los efectos de la liberalización comercial y de inversiones (que en su mayor parte, se olvida, ya están liberalizadas) entre dos bloques económicos que suman 800 millones de personas y representan el 60% de la economía mundial, algo que requiere complejas simulaciones econométricas basadas en escenarios y supuestos cambiantes y que por su propia naturaleza nunca será concluyente.

Por necesidad, como ocurre siempre con un tratado comercial, habrá ganadores y perdedores, sectores que se beneficiarán porque son más competitivos y otros que sufrirán la competencia y se tendrán que ajustar, pero en términos generales solo se firmará si ambas partes estiman que las ganancias netas de cada bloque serán superiores a los costes. Esa es sin duda la tarea de los negociadores de la Comisión, pero también del Consejo de la Unión y del Parlamento Europeo, cuya misión es fiscalizar y, en último extremo, ratificar ese acuerdo.

Pero ese es precisamente el valor añadido del activismo tal y como se está conformando en la Red: el de contraponer la sencillez y la honestidad de las personas normales (“aunque no sepa mucho del tema, ¿por qué nos iba a engañar?”) a la corrupción moral de las instituciones y los expertos que trabajan para ellas, que se presupone (“políticos y expertos se han puesto al servicio de las multinacionales o han sido comprados por ellos”), convirtiendo lo común (las negociaciones comerciales, por lógica, siempre son secretas, no así sus resultados, que deben ser ratificados y publicados) en prueba de anormalidad (“no nos quieren contar la verdad”).

No deja de ser una prueba más de la degradación de la democracia que el debate público se base en una sospecha perpetua sobre las razones últimas de toda iniciativa política. El TTIP es debatible y discutible. Los debates sobre privacidad, cláusulas sobre resolución de disputas entre inversores o estándares medioambientales son legítimos y necesarios. Pero resulta imposible hacerlo cuando la discusión ha sido zanjada de antemano en términos morales y sobre la base de prejuicios ideológicos sobre el comercio, Estados Unidos o las inversiones.

Como las primarias norteamericanas están demostrando, necesitamos una buena discusión sobre globalización, comercio, inversiones y estándares medioambientales y laborales. Pero esa discusión no debe incluir solo al Tío Sam, fetiche preferido de la izquierda altermundialista, siempre recelosa de todo lo que lleva la bandera estadounidense encima. En un país como España, donde raramente vemos activismo relacionado con los estándares medioambientales o laborales de los productos que compramos (¿quién hace la ropa que llevamos, cómo se produce la comida que comemos?), el TTIP se ha convertido en el lobo feroz de la globalización. Si de verdad el libre comercio con EE UU es una amenaza existencial a la democracia y, a la vez, los derechos de chinos, marroquíes, bangladesíes o los mismos subsaharianos que recogen dentro de España la fruta que comemos están fuera de la agenda política, entonces es que nos hemos perdido varias temporadas de la serie Globalización.

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La hora más difícil de Europa

9 octubre, 2015

Captura de pantalla 2015-10-09 15.43.14A perro flaco, todo son pulgas, sentencia el dicho popular. Esa es la situación en la que parece encontrarse Europa, expuesta a un muy peligroso entrecruzamiento de tres crisis que hasta ahora corrían en paralelo: la crisis de gobernanza del euro, con su clímax griego; la crisis de asilo y refugio, que amenaza con hacer saltar por los aires la libre circulación de personas; y la crisis en nuestra vecindad, que desde Ucrania a Libia pasando por Siria pone al desnudo la debilidad de la política exterior europea.

Por separado, cada una de esas crisis expone las profundas fracturas que recorren el proyecto europeo. Juntas forman una tormenta perfecta que, de no mediar una reacción a la altura de las circunstancias, muy bien podría acabar con el proyecto europeo. No se trata de una exageración. La construcción europea descansa hoy sobre tres pilares: el euro, la libre circulación de personas y los valores europeos. Si quitamos cualquiera de ellos, el edificio difícilmente se sostendrá.

Por un lado, la crisis griega ha puesto de manifiesto los problemas de gobernanza de la eurozona, problemas que tienen que ver tanto con la eficacia como con la legitimidad democrática. Mientras que EE UU hace tiempo que ha salido de la crisis, la eurozona sigue estancada económicamente y con unos niveles de desempleo que tensionan sus sociedades, sistemas políticos y Estados del Bienestar, provocando el auge de movimientos y grupos populistas a ambos lados del espectro político. Más allá de las diferencias, evidentes, entre las nuevas izquierdas y las nuevas derechas surgidas de la crisis, todas esas fuerzas comparten una reacción soberanista y anti-integración europea que no es sino un nuevo nacionalismo disfrazado de reacción democrática contra los mercados, la integración europea o contra ambos.

El reflejo nacionalista provocado por la crisis económica se verá sin duda acentuado por la crisis de asilo y refugio. La capacidad de absorber oleadas migratorias étnicamente diversas y convertirlas en una fuerza de progreso económico y social requiere de la existencia de una economía en crecimiento y de unas sociedades abiertas y predispuestas a la integración. Justo lo contrario de lo que le sucede hoy a Europa, estancada económicamente y bloqueada mentalmente con la inmigración. Hemos visto, desde Grecia a Ucrania, que la solidaridad europea apenas alcanza para llegar a los mismos europeos. Extender esa solidaridad hacia los no europeos, máxime cuando provienen de una zona geográfica como Oriente Próximo, con la que Europa mantiene legados y relaciones altamente tóxicas, no va a ser nada fácil.

No es ningún secreto que podríamos gestionar eficazmente la crisis de asilo y refugio. Como tampoco lo es que ello requeriría mucha más Europa de la que las autoridades nacionales están dispuestas a conceder. La polémica en torno a la voluntariedad u obligatoriedad de las cuotas de asilados no es anecdótica: una vez más, como ocurrió cuando comenzó la crisis griega, los gobiernos europeos han preferido adoptar una solución nacional antes que una europea. Ese método convierte a Europa en un remedo de lo que Churchill decía de Estados Unidos: los americanos, decía desesperado por las reticencias de Washington a intervenir en la guerra, siempre terminan por acertar, pero solo después de haber probado todas las demás alternativas. Europa gusta de vivir igual de peligrosamente, siempre esperando a que la situación se deteriore tanto que los gobiernos sólo puedan elegir entre el suicidio colectivo o más Europa. El problema es que, en un paciente debilitado y ya infectado por el virus de la xenofobia, las soluciones puede que lleguen tarde.

La reacción de Angela Merkel, ejemplar, necesita espacio y apoyo. Si los demás gobiernos europeos, como muchos ya están haciendo, miran para otro lado y dejan el problema en manos de Berlín, quitarán el oxígeno a la Canciller y ahogarán el proceso. Algunos pueden tener la tentación de ver con satisfacción el debilitamiento de la Canciller, pero deberían pensar dos veces en lo que vendría después: o bien iríamos a un cierre del espacio Schengen, con cada gobierno reintroduciendo fronteras y controles por su cuenta, o bien tendríamos una reacción defensiva a escala europea consistente en el refuerzo del control de fronteras externas de la UE, el endurecimiento de las normas de asilo y refugio y la generalización de las repatriaciones forzosas, es decir, la adopción del método húngaro a escala europea. No dejaría de ser paradójico que la crisis de asilo y refugio uniera a los europeos en torno un modelo de gestión de fronteras exteriores y flujos migratorios exclusivamente basado en la soberanía y los intereses económicos del receptor, es decir, un modelo basado en el “no vengáis si no se os invita previamente” y en él “si venís sin invitación, ateneos a las consecuencias”. No descartemos por tanto que tengamos una salida europea a la crisis, pero una salida a la Viktor Orban, incompatible con nuestros valores y principios.

El problema de la UE es que tanto en lo referente a la crisis del euro como en la crisis de asilo, siempre ha estado a la defensiva y desbordada, sin tiempo para remontar los problemas corriente arriba y solucionarlos en origen. Así ha sido con la gobernanza del euro, donde sólo de forma muy lenta e incompleta se han abierto camino mecanismos de prevención de carácter sistémico, y también con la política exterior europea. La fuente emisora de la inestabilidad que vivimos estos días está en una región vecina, Oriente Próximo, en la que Europa es incapaz de hacer valer ni sus intereses ni sus principios. Mientras Rusia e Irán definen sus intereses en la región de un modo tan brutal como cristalino y ponen todos sus activos diplomáticos, económicos y militares detrás de ellos, Europa carece de una visión sobre qué hacer, y tampoco sabe muy bien qué pedirle a Estados Unidos ni cómo trabajar con Obama. El problema de la UE con Siria no es tanto la carencia de instrumentos (aunque sea cierto que carece de ellos), sino el carecer de una política. Europa no sólo no sabe lo que quiere (¿negociar con Asad? ¿ir a la guerra contra al Estado islámico? ¿pactar con Rusia e Irán?) sino que tampoco tiene un método para averiguarlo, lo que deja a cada gobierno a su libre albedrío. El resultado no puede ser más desconcertante: mientras que la Francia de Hollande se declara en guerra contra el ISIS, los demás miran hacia otro lado y buscan un arreglo rápido con Asad. Acostumbrada a no actuar, Europa puede tener la tentación de no hacer nada. Pero la crisis de asilo es distinta: si no actuamos para cambiar nuestro entorno, ese entorno nos cambiará a nosotros. A peor.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS, cuarta página, el jueves 8 de octubre de 2015

El fracaso de Tsipras

15 julio, 2015

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Cuando Alexis Tsipras ganó las elecciones en enero de este año, él y Syriza, su coalición de izquierdas, tenían ante sí dos opciones. Una consistía en coaligar a las fuerzas europeístas de los socialistas de Pasok y los reformistas To Potamí en un Gobierno que pudiera trabajar con las instituciones europeas y el resto de los Gobiernos de la eurozona para corregir los errores del pasado y situar al país en una senda de recuperación económica y social. El entorno no podía ser más propicio. A su favor tenía el cambio de énfasis de la nueva Comisión Europea, volcada en los planes de inversión liderados por Jean-Claude Juncker, ahora crítico con el papel de la Troika en los dos rescates anteriores. También contaba con el activismo de Mario Draghi, embarcado en un programa de compra de activos que, por fin, asemejaba al BCE a la Reserva Federal estadounidense, y que permitía a las economías más débiles de la eurozona, como España, comprar tiempo y espacio ante los mercados de deuda para que las reformas estructurales comenzaran a generar crecimiento.

Y en París y en Roma, Hollande y Renzi estaban deseosos de utilizar el ejemplo griego para ablandar las políticas de austeridad con el doble argumento de que dichas políticas no sólo no funcionaban si no iban acompañadas de políticas de estímulo e inversión, sino que eran insostenibles políticamente pues, como Grecia demostraba, acababan destruyendo a los partidos europeístas, a derecha e izquierda. Incluso los muy endurecidos socialdemócratas alemanes, capitaneados por el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, estaban dispuestos a echar una mano si se les solicitaba.

Pero en lugar de formar un bloque europeísta, Tsipras eligió formar un bloque soberanista con la derecha nacionalista y euroescéptica de ANEL, a la que a cambio de su voto de investidura no sólo concedió el Ministerio de Defensa, sino una de las líneas rojas más vergonzosas que Syriza ha venido manteniendo en sus negociaciones con el Eurogrupo en estos seis meses: la imposibilidad de recortar, en un país hundido en una crisis social, un gasto de Defensa que duplica en porcentaje del PIB al de sus socios europeos. Mientras que el programa político de Syriza se ha articulado en torno al relato de la recuperación de la soberanía mancillada por la Troika y la restauración de la democracia, dándole la voz al pueblo en un referéndum con el que recuperar la dignidad frente al exterior, el programa económico ha buscado exponer la inviabilidad del modelo de política económica dominante en la eurozona, basada en la reducción del déficit vía aumento de los ingresos, reducción de gastos y adopción de reformas estructurales de corte liberalizador.

Esta estrategia de confrontación, trufada de provocaciones a Alemania a costa de su pasado nazi, devaneos geopolíticos con la Rusia de Putin y unas tácticas negociadoras que han reventado la confianza entre las partes, han conducido al suicidio político de Tsipras y a un empeoramiento todavía más agudo de la economía griega. Con Tsipras obligado ahora a adoptar en una dosis —encima aumentada— todo aquello que desde el principio quiso superar, y la economía griega forzada ahora a soportar todavía otro ajuste económico, al que se añade una crisis bancaria, el resultado de estos seis meses de Gobierno no puede ser más descorazonador.

A los historiadores queda explicar cómo un hombre que llegó al poder armado de la enorme autoridad moral que le concedía el cúmulo de errores cometidos tanto por el Eurogrupo como por sus predecesores de izquierda y derecha pudo, en cada encrucijada que tuvo delante, tomar el camino equivocado. Como Lutero al fijar sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, dando inicio así a la Reforma Protestante, Tsipras y el defenestrado Varoufakis parecen haber tenido como único objetivo demostrar una serie de tesis: que el euro está mal diseñado, que la austeridad no funciona, que la deuda es impagable y que la UE destruye la democracia y los derechos sociales. Tesis todas muy discutibles, en el mejor sentido del término, y que dividen profundamente a los europeos de todas las ideologías. Pero como hemos visto estos meses, el debate ideológico y la acción de gobierno son cosas bien distintas.

Al final Tsipras se ha quedado sólo, y con él, tristemente, Grecia y los griegos. Porque a pesar de los encomios desde el frente soberanista y la elevación de Tsipras a la categoría de héroe de la Reforma protestante anti-europea, lo que Marine Le Pen en Francia, Putin en Rusia, Farage en el Reino Unido o Víctor Orban en Hungría necesitan es un mártir, no un éxito, y un pueblo humillado al que señalar con el dedo ante sus huestes. De ahí que no vayan a mover un dedo por los griegos. Lamentablemente, como muestran los niveles de desconfianza y dureza introducidos en el acuerdo alcanzado entre Grecia y sus socios, nunca vistos en la eurozona, algunos miembros de la eurozona parecen estar bien dispuestos a colaborar con ese empeño en dar armas a los populismos soberanistas de izquierdas y de derechas.

Consecuencia de sus errores y dogmas, Tsipras se ha situado en una situación imposible entre aceptar la salida voluntaria y temporal de la eurozona (aunque no de la UE) que le sugieren desde Alemania, o aceptar convertir al Gobierno de Syriza, que en teoría iba a devolver la dignidad al pueblo griego, en el administrador de un protectorado de la eurozona, que es lo que representa el acuerdo ofrecido a Tsipras. La primera opción supondría para los griegos aceptar la humillación de ser expulsado de la eurozona a cambio de la dignidad de poder volver a gobernarse a sí mismos; la segunda supone aceptar ser gobernado desde fuera a cambio de una posibilidad, no cuantificada pero más bien remota, de que la economía mejore algo.

Uno puede pensar qué es lo que haría si fuera Tsipras, pero lo realmente intrigante es por qué Tsipras hará lo que va a hacer, es decir, si su aceptación de las condiciones del tercer rescate es sincera y por tanto estará comprometido con hacer funcionar ese increíble paquete de austeridad y reformas, o si meramente lo acepta porque sabe que el tercer programa, como los otros dos anteriores, será un fracaso. Tsipras ha fracasado, pero su fracaso es tan rotundo y deja detrás tanta frustración que abre una nueva etapa de incertidumbre.

Publicado en la edición impresa del Diaro ELPAIS el martes 14 de julio de 2015 (cuarta página)

Harnessing Spain’s “communist moment”

14 mayo, 2015

Puertadelsol2011If one thing convinced the founders of Podemos of the need to enter politics, it was the mass protests on the streets of Madrid in 2011, when disparate civic associations and single-issue activist groups, along with huge numbers of people with no previous involvement in politics, identifying themselves simply as “indignant,” coalesced into what has become known as the 15-M movement.

There were two important things about those protests. The first is that they weren’t led or coordinated by the organizations that should have been able to do so, which were labor unions such as the UGT and the CCOO, or the Communist Party-led United Left grouping. True, the previous fall, the unions had called a general strike against labor market reforms and changes to the pension system introduced by the Socialist Party government, but the event was low key, passing off without incident. There was an air of resignation about the whole thing, as though the unions already knew there no was realistic chance of stopping the measures from going through.

The 15-M movement emerged out of the occupation of Madrid’s central Puerta del Sol square, which was started by a few members of an organization called Juventud sin Futuro (Youth without a future), and would quickly mesh with many other organizations such as the Mortgage Victims Platform (PAH). But it was the decision of thousands of people in May 2011 to join the sit-in in Sol, capturing the attention of the international media – in part because of the seeming parallel with the changes then taking place in Tunisia and Egypt, which had begun with mass street protests, as well as with the Occupy Wall Street movement in the United States – even making the cover of The New York Times.

Despite the domestic and international media’s portrayal of the 15-M movement as little more than a bunch of anarchists, the creators of Podemos were aware throughout the summer of 2011, and would point this out later, that 15-M, despite its success, provided two important lessons: “It wasn’t us who organized this,” and that not everybody in the movement was “left wing.”

Together, these two key factors had a profound impact on Podemos, and without them it is not possible to understand its political premises nor its campaign strategy. The 15-M movement’s main complaint that “they don’t represent us,” expressed in the demand for “real democracy now,” revealed a number of things to the founders of Podemos.

In first place, that most Spaniards’ demands are neither based on left-wing ideas, and much less are they revolutionary, but instead, at heart, they are conservative and politically centrist. In the same way that the PAH had earned the backing of 90 percent of the population with its demands for humane and fair treatment of families unable to pay their mortgages, the 15-M movement also earned widespread support, with 81 percent of people surveyed in a nationwide poll in 2011 saying the indignant, as the movement’s members called themselves, were right, and 71 percent agreeing about the need to reboot the country’s democracy. Only 17 percent of people considered 15-M a radical organization that was a threat to the system and, thus, something to be feared.

Behind the 15-M movement’s slogans and the myriad reasons huge numbers of people had joined the protests, it was clear that rather than being about politics, the protestors reflected widespread discontent with all the country’s political parties. Carolina Bescansa, who had been studying 15-M for the Center for Sociological Research, noticed during the street protests that the traditional right-left divide no longer made any sense when trying to understand people’s voting intentions.

In second place, 15-M showed that the United Left, which should have been able to connect with people’s demands and capitalize on it politically, was unable to do so. The movement, said Pablo Iglesias, the man who now leads Podemos, “instead of showing the power of the left, showed our weakness.” Aware that 15-M was not left wing, but made up of a cross-section of society that was sick and tired of the current political system, one dominated by two large parties that were increasingly seen as out of touch with the people, the founders of Podemos and the groups related to it joined in the protests enthusiastically, trying to lead them and to channel their energy, but at no time trying to appropriate them. For Iglesias and the Podemos leadership, the lessons were clear: in Spain, as had happened in Latin America, the weakness of the regime provided the possibility of bringing it down by anybody able to connect with the people properly. Iñigo Errejón, who organized Podemos’s European elections campaign, who had returned from Ecuador just before 15-M kicked off, describes the party as: “the expression and precipitant of the rupture of certain consensuses, which made us see the possibility of a populist approach.”

The 15-M movement helped forge the idea of political change emerging from a bankrupt two-party system, an ambition to build a political force that could actually win elections, along with a method to articulate change that would reframe politics in terms of a struggle between the majority (the people, the citizenry) and the few (the elite, the political and business castes), in other words, as Pablo Iglesias would later describe it: “occupying the center of the political chessboard.”

This hypothesis was put to the test in the general elections of November of 2011, the first attempt by Pablo Iglesias and Iñigo Errejón to convince the United Left with their ideas about the possibility of political change in Spain and to reconfigure the campaign message in such a way as to allow the party to escape the narrow stretch of ground to the left of the Socialist Party.

But to Iglesias and Errejón’s frustration, the United Left’s leadership not only refused to follow the pair’s campaign strategy, but after the Popular Party was swept to power, celebrated the fact that it had increased its seats in Congress from two to 11. For Iglesias, there was little to celebrate in having almost doubled its vote from 969,000 in the 2008 elections to 1.7 million in 2011, and instead the party’s celebration of its achievement was further proof of just how out of touch it was with reality. Amid the worst economic crisis in more than four decades, what was so great about garnering seven percent of the vote, when the Socialists had seen their share fall from 43 to 28 percent?

As far as Iglesias and his colleagues were concerned, the United Left had thrown away a unique historic opportunity. As Iglesias would later say, Spain was living through its “communist moment,” but as he pointed out: “The communists will never win elections under normal circumstances; they can only do so at exceptional moments. By undermining the foundations on which the reigning ideas are built to collapse, the crisis sweeps away the existing consensus.”

But the leaders of the Communist Party, argued Iglesias, “have become a regime, people who are happy to be awarded a bronze medal, and never think in terms of actually winning elections because all they are interested in really is being seen to be on the left, to be authentic, and to not win.” In short, the communists had become conservative, argued Iglesias, because they had failed to see that the only way to win was by changing the rules.

“The feeling that Pablo and I were left with after working with the United Left during the 2011 election campaign,” said Iñigo Errejón later, was “frustration, because we could have achieved so much more if we had been able to transcend the limits that were being set by the type of actors we were working with. We were absolutely certain that we could have gone much further, because the conditions were right: the only way to validate opinions is by putting them to the test, and so we decided to do so.”

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el martes 14 de abril de 2015

En nombre de Europa

14 abril, 2015

DBP_1977_926_Jean_Monnet“Europa no ha sido nunca tan próspera, tan segura ni tan libre. La violencia de la primera mitad del siglo XX ha dado paso a un periodo de paz y estabilidad sin precedentes en la historia europea”. Así abría la estrategia de seguridad aprobada en diciembre de 2003 por el Consejo de la Unión Europea. Vuelvan a leer el entrecomillado, lean la sección de internacional de este diario, e intenten ver cuánto queda hoy de aquella descripción.

Respecto a la prosperidad, a la vista de todos está la exasperante lentitud con la que Europa ha lidiado con la crisis económica. En lo relativo a la seguridad, las cosas tampoco pintan mejor: un rosario de conflictos, desde Ucrania hasta Libia pasando por Siria, nos han dejado un reguero de refugiados, fanatismo e impotencia. Y si nos fijamos en la libertad, no sólo nos topamos con la frustración que provoca el fracaso de los procesos de cambio político en el mundo árabe sino que tenemos que incorporar los retrocesos democráticos que observamos en Rusia y Turquía. Y para colmo, ese reflujo antiliberal se solapa con el resurgir del nacionalismo xenófobo dentro de la propia Unión. Critíquese a Rusia todo lo que se quiera, pero no se olvide que un primer ministro que se sienta en el Consejo Europeo (me refiero al húngaro Víctor Orban) ha manifestado que la democracia liberal no es el único modelo de democracia posible.

La UE necesita de forma urgente una estrategia que aúne sus valores e intereses de forma coherente y ponga a su disposición las herramientas necesarias para defenderlos. Es difícil proclamarse admirador del presidente de la Comisión Europea, sin duda fiel representante de ese establishment europeo que con sus componendas y miopías nos ha hecho perder una década en debates institucionales o riñas de familia. Pero hay que aplaudir a Juncker por su creciente afición a decir verdades como puños, desde el desastre que ha sido la troika al absurdo de que los europeos sigan sin tomarse en serio la idea de poner en marcha un Ejército europeo. Muchos dirán que un expresidente del Eurogrupo proveniente de un país con unas fuerzas armadas de 900 efectivos, un sector financiero sobredimensionado y una política fiscal que sonroja no es el idóneo para decir las verdades del barquero. Pero alguien tiene que comenzar a señalar con el dedo a todos aquellos que han hecho de la administración de la decadencia europea un modo de vida, comenzando por los ejércitos y las diplomacias nacionales, cuya existencia como entes autónomos cada vez tiene menos sentido. En una ocasión Jean Monnet cerró la puerta en las narices a los diplomáticos nacionales con el argumento de que él estaba allí para defender los intereses europeos. Nuestro problema hoy, antes que la estrategia, es encontrar a alguien que quiera hablar en nombre de todos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 12 de marzo de 2015

Una cuestión de fe

4 marzo, 2015

Greece-1173_-_Temple_of_AthenaEs un guión por todos conocido y mil veces representado. A un lado, los tecnócratas que encabezan las instituciones europeas, que por boca del portavoz del Banco Central Europeo no se cansan de celebrar los “impresionantes progresos realizados por los griegos a la hora de estabilizar sus presupuestos y reformar la economía”, saludan la llegada, por fin, de una décimas de crecimiento económico con el que validar sus recetas económicas y animan a los griegos a no tirar la toalla justo cuando comienza a vislumbrarse la tierra prometida. Al otro lado una ciudadanía, la griega, cansada de la devastación política, económica, social y moral provocada por la crisis, lógicamente impertérrita ante las celebraciones a las que la troika insiste en invitarla y en absoluto dispuesta a olvidar la insensibilidad de los que en plena crisis recomiendan subir los impuestos a los medicamentos o bajar las pensiones.

El drama se representa en Grecia pero la obra podría pasarse en cualquier teatro del sur de Europa. Porque a estas alturas es probable que sólo queden dos tipos de ciudadanos en la Europa azotada por la crisis. A un lado tendríamos aquellos que piensan que las políticas de austeridad, aunque injustas e ineficaces, son inevitables dado el grado de postración de sus gobiernos, la ausencia de alternativas y los costes que tendría una rebelión contra dichas políticas. Al otro lado, tendríamos aquellos que, pensando igualmente que las políticas de austeridad son injustas e ineficaces, consideran que han sobrepasado lo admisible y están dispuestos a rebelarse contra ellas. Que las alternativas no estén claramente dibujadas y su coste sea sumamente incierto no parece disuadir a este grupo de su convicción de que el cambio de políticas requiere un cambio radical en los gobiernos, de ahí fenómenos como Syriza o Podemos.

Las próximas elecciones griegas serán en realidad un referéndum al que sólo concurrirán dos opciones: las de los que temen hundirse aún más y las de los que piensan que ya han tocado fondo y quieren arriesgar lo que les queda. Tal y como están las cosas, ninguna de las dos opciones es racional: ni los resultados de las reformas son lo suficientemente buenos, rápidos ni equitativos para validarlas en las urnas ni las promesas de los rupturistas son lo suficientemente plausibles como para concederles la confianza que piden. Por eso, los griegos acudirán a las urnas el 25 de enero armados meramente de su fe en el futuro. No deja de resultar una increíble paradoja que la política económica de la eurozona, que presume de haber diseñado los instrumentos de gobernanza más complejos de los que nunca los Estados se han dotado, sólo pueda validarse por la fe. Eso sí, una fe ejercida democráticamente: Abraham no pudo convocar elecciones anticipadas cuando el Señor le pidió que sacrificara a su hijo. Algo hemos progresado.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el lunes 29 de diciembre de 2014

Luxleaks: una inmensa estafa

23 noviembre, 2014

103013.cnet.capt_renault.largeParodiando al inefable Claude Rains cuando en la películaCasablanca exclama indignado “¡aquí se juega!” y acto seguido el crupier se le acerca por detrás y le dice: “Tenga, capitán, sus ganancias”, el presidente de la Comisión Europea, el luxemburgués Jean-Claude Juncker, intenta estos días convencer a 500 millones de europeos de que no sólo está escandalizado por las revelaciones conocidas esta semana que apuntan a que 340 multinacionales utilizaron Luxemburgo para no pagar los impuestos que les correspondían sino de que no le va a temblar el pulso a la hora de tomar medidas para que esto no vuelva a ocurrir.

Que Juncker, que ha presidido el Gran Ducado luxemburgués durante nada menos que 18 años compaginando ese puesto con el de ministro de Finanzas, pretenda hacernos creer que no sabía nada nos deja ante una difícil disyuntiva: o bien está mintiendo, lo que debería llevar al Parlamento Europeo a abrirle un proceso de censura, o bien está diciendo la verdad, lo que supone reconocer unos niveles de incompetencia y dejadez en el ejercicio de sus funciones que le restarían cualquier credibilidad para presidir la Comisión Europea.

Porque la cuestión aquí no es que las susodichas empresas aprovecharan un oscuro vacío legal para zafarse de sus obligaciones tributarias y defraudar al fisco luxemburgués sin que este se enterara, sino que la Hacienda de ese país firmó con todas y cada una de ellas acuerdos que convalidaban los esquemas fiscales que les permitirían tributar nada más que un ridículo 2%. Es decir, que en lugar de defraudar a espaldas de la Hacienda luxemburguesa y con algo de incertidumbre, estas empresas defraudaban al resto de los socios europeos con su plena cooperación, por escrito y con su firma al final de la última página.

La gravedad del asunto y sus consecuencias políticas no pueden ser minusvaloradas. Primero, porque evidencia que el éxito político de Juncker, que ha permitido a los luxemburgueses disfrutar tanto de un increíble nivel de vida como de unas prestaciones sociales sin parangón, está construido sobre un esquema fiscal que puede ser legal desde el punto de vista formal pero que era claramente fraudulento en su intención. Algo de mala conciencia tendrían las autoridades luxemburguesas cuando tantos reparos ponían a las solicitudes de información sobre estas prácticas que les dirigía el entonces comisario Joaquín Almunia, y algo de mala conciencia tienen ahora cuando, una vez descubierto todo, se aprestan a decir que no lo van a hacer más.

Pero el daño a la legitimidad de Juncker para presidir la Comisión va más allá del ámbito luxemburgués. Hay que recordar que como presidente del Eurogrupo durante lo más álgido de la crisis del euro, Juncker ha estado al frente de unas políticas de austeridad y de estabilidad presupuestaria que han desembocado en sangrantes recortes sociales y de derechos para millones de europeos. Ahora resulta que mientras eso ocurría el hoy presidente de la Comisión Europea lideraba un país que vaciaba de impuestos las arcas de sus socios justo cuanto más necesitaban esos impuestos. ¿A cuánto asciende lo dejado de ingresar? ¿Cuántos profesores y médicos se podían haber financiado con lo evadido? Ejemplar desde luego no es ni lo va a parecer. Por mucho que se empeñe en convencernos de que va a liderar un proceso de armonización fiscal que impida estas prácticas, Juncker ha quedado expuesto como cómplice de una inmensa estafa a los ciudadanos europeos.

Publicado originalmente en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 14 de noviembre de 2014

Europa desde la iconoclastia

10 octubre, 2014

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Reseña elaborada por Xavier Vidal-Folch en Babelia, edición impresa, sábado 4 de octubre de 2014

¿Quién gobierna en Europa?, de José Ignacio Torreblanca, es un ensayo lúcido: estupendo e inquietante. Estupendo por su iconoclastia. Porque agarra el asunto de la gobernanza/gobernación de la Unión Europea desde donde toca: la crisis de 2008. Y cómo, a su compás, se han trastocado la arquitectura de la unión monetaria, los equilibrios institucionales de los Veintiocho, las funciones de las democracias nacionales.

Y por su tesis central: la condición política ineludible para realizar ulteriores cesiones de soberanía nacional (si tal cosa existe) estriba en que “se recupere en la práctica a nivel europeo en forma de mayor, mejor y más efectivo margen de actuación”. Debe haber un estrecho paralelismo entre los nuevos traspasos (de poderes sobre el presupuesto, la banca, el Tesoro) hacia “Bruselas” (Comisión y Consejo) y el traspaso a “Estrasburgo” (Parlamento) de su control político. So pena de incurrir en déficit democrático y de incrementar la ya creciente desafección popular hacia Europa, convertida por los Gobiernos en chivo expiatorio de todo mal.

Otros aciertos: su explicación sobre la “tecnocracia”, o encargo de gestión a técnicos o cuerpos técnicos de materias muy especializadas, a cambio de resultados eficientes (pero no su aplicación indiscriminada a “Bruselas”, como sucedáneo de conceptos como “burocracia” o “monstruo burocrático”, tan caros a Margaret Thatcher); su crítica a la conversión de los Parlamentos nacionales en legitimadores de lo decidido después de decidido, y no antes; su carga contra abusos institucionales como las cartas-ultimatos del BCE a España e Italia en plena crisis, pero también su aplauso a esta institución como “poder federador” europeo; el convencional aguijón a la política económica alemana… seguido del respeto al debate democrático y al juego institucional de ese país; la acertada foto de los nuevos populismos, aunque en una evaluación que los sobredimensiona: no es exacto (aún) que “ya no son minoritarios”… Y así decenas de apuntes. Lean el libro.

Pero léanlo también críticamente, desde la irreverencia. Porque Torreblanca lleva su eurocriticismo a la frontera del euroescepticismo cuando no solo exige mayor control democrático a los poderes europeos, sino que muestra excesiva nostalgia del Estado-nación y de la soberanía nacional. Porque tiende a envolver esa deriva con un abuso de conceptos como la “soberanía democrática” de Jürgen Habermas aplicada a la soberanía nacional, o el “vaciamiento constitucional” preñado de connotaciones negativas en lugar de la más positiva “federalización”.

Y parece haberse dejado en el tintero lo que él mismo tantas veces ha escrito, que la crisis económica soliviantadora de la gobernanza europea ha sido y es brutal, recidivante. Y pues, los fallos sistémicos afectan no solo a las instituciones comunes, sino a todas, y a todas las corporaciones y profesiones, no solo a las maléficas élites políticas, que opone a la benéfica ciudadanía.

Además, deja en el limbo si el nuevo andamiaje de la unión económico-monetaria inventado en este lustro (fondos de rescate, paquetes fiscales, nuevo rol del BCE…) es un mero cóctel de medidas improvisadas o enhebra una refundación, aún imperfecta, de la Unión. Con todos esos defectos, y algunos más, el bisturí de Torreblanca corta muy fino. Con rotundidad envidiable.

¿Quién gobierna en Europa? José Ignacio Torreblanca. Libros de la Catarata. Madrid, 2014

El error de los socialistas europeos

10 octubre, 2014

Miguel-Arias-CaneteAl contrario de lo que se viene escribiendo estos días, el principal error de los socialistas (españoles y europeos) no está en haberse dividido a la hora de confirmar o rechazar la designación de Miguel Arias-Cañete como comisario de Energía y Cambio Climático. Claro que esa división interna es un error: unidos hubieran muy fácilmente podido negociar con el presidente Juncker el desgajar la cartera de Cambio Climático o, incluso, haber pactado asignar otras responsabilidades al español, que no era idóneo para el cargo, y atribuir esa cartera a alguien con más credibilidad en ese tema y así haber logrado el apoyo de liberales, socialistas e incluso verdes. Pero la responsabilidad última por este espectáculo recae sobre Juncker, que ha forzado demasiado la mano a la hora de asignar las carteras a varios comisarios sin tener en cuenta su perfil, lo que ha puesto en riesgo a toda la Comisión.

El verdadero error de los socialistas europeos, especialmente de los que han votado por Juncker y por su Comisión, es no haber entendido que, para estar en un Gobierno de coalición, que es lo que la Comisión Juncker es, hay que pactar políticas de coalición y asegurarse de que se dispone de los recursos para ejecutar esas políticas. Europa está atascada desde hace demasiado tiempo en una recesión que conlleva unos niveles intolerables de desempleo y frustración ciudadana con las políticas de austeridad. Esa combinación se está mostrando doblemente letal: por un lado, genera desconfianza en la Unión Europea, lo que hace imposible que los Gobiernos pidan “más Europa” como salida a la crisis; por otro, está hundiendo la credibilidad de los partidos socialistas, especialmente los que gobiernan, obligados a aplicar unas políticas de austeridad extremadamente impopulares sin obtener a cambio ningún impulso para el crecimiento.

Esta semana, el Fondo Monetario Internacional, famoso por décadas de hostilidad a los déficits fiscales, ha pedido a los europeos que estimulen su economía con políticas de inversión pública y, lo que es más sangrante aún, les ha recordado que con los bajísimos tipos de interés actuales esas inversiones no incrementarán la deuda a largo plazo, pues se financiarán de sobra con los réditos del crecimiento y empleo que generarán. Pero la UE sigue, erre que erre, empeñada en aplicar la misma y fallida receta económica.

¿Y qué hacen los socialistas franceses e italianos? En lugar de condicionar su apoyo a la Comisión Juncker a un cambio en la política económica, es decir, a un gran pacto por el que cada recorte y cada reforma estructural fuera acompañada de un paquete de inversión pública que estimulara el crecimiento, se conforman, uno con un comisario (Pierre Moscovici) que consiga un poquito de flexibilidad, y otros con el puesto de Alta Representante y comisaria para las Relaciones Exteriores (Mogherini). Se critica a los socialistas españoles por votar contra Juncker, pero antes de hacerlo, los socialistas franceses e italianos deberían mirar al PSOE y preguntarse si su voto a esta Comisión, que es el que realmente ha dado la mayoría a Juncker, es el primer acto de su suicidio político en casa.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 10 de octubre de 2014

Cisnes chinos

10 octubre, 2014

cisne_negro001“No necesitamos gases lacrimógenos, ya estamos llorando”, se lee en uno de los paraguas de las decenas de miles de manifestantes que han ocupado las calles de Hong Kong para pedir democracia. ¿Bastarán unas cuantas frases ingeniosas para hacer temblar a uno de los sistemas políticos que más férreamente controla la información que recibe la ciudadanía? Eso es lo que parece pensar gente como Joshua Wong, el joven estudiante de 17 años que se ha convertido en uno de los líderes del movimiento estudiantil de Hong Kong y que con sólo 15 años ya lideró la protesta contra el intento de Pekín de introducir en el currículum escolar una grosera educación patriótica. Como se esperaba, el Gobierno chino atribuye todo a una conspiración exterior, pero Wong nació el mismo año en el que el territorio dejó de ser colonia británica así que estamos ante una protesta hondamente arraigada que no va a amainar fácilmente.

Ingenuidad e ingeniosidad. Dos tecnologías low cost total. ¿Será eso todo lo que se necesita para doblegar a un régimen que cuenta con el apoyo de un Ejército de más de dos millones de soldados, cientos de miles de policías y una increíble capacidad de bloquear las redes sociales? Gente como Wong nos hacen volver a ilusionarnos con la idea de que hay valores que son universales, intrínsecos a la naturaleza humana y válidos independientemente de la etnia, cultura, religión o geografía en la que nos encontremos. Si, permitámonos soñar en alto, China se democratizara, esto significaría la liberación de 1.350 millones de personas, es decir, de una de cada cinco personas del planeta y, más dramáticamente aún, de más de la mitad de los 2.467 millones de personas que todavía hoy viven, por desgracia, en países no libres.

Volviendo a la realidad; sólo por la derrota intelectual de la doctrina del excepcionalismo chino, que nos dice que ese país y la democracia son incompatibles, y del relativismo cultural, que sostiene que los asiáticos tienen valores distintos, ya habrían valido la pena estas manifestaciones. Pero hay más, pues la democratización de China tendría tales consecuencias geopolíticas que podemos describirla utilizando la analogía del cisne negro, popularizada por Nicholas Taleb para referirse a aquellos acontecimientos inesperados que cambian por completo nuestra manera de entender y, por tanto, de enfrentarnos a la realidad. Porque si China se democratizara, todos los supuestos que hemos construido sobre cómo será el siglo XXI se vendrían abajo, para bien. Naturalmente, muchos problemas seguirían, y también enfrentaríamos nuevos desafíos, pero qué duda cabe de que estaríamos ante un escenario internacional radicalmente distinto.

No sabemos qué pasará, pero sí que sabemos, o por lo menos deberíamos haber aprendido de la experiencia, que nuestra incapacidad de prever el futuro no lo hace menos probable. Al revés, como ocurrió con el fin de la Unión Soviética, la caída del muro de Berlín o los ataques del 11-S, da la impresión de que los cisnes negros son más probables cuanto menos se piense en ellos. Así que hagamos como que no nos estamos enterando de lo que está pasando en Hong Kong y crucemos los dedos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 3 de octubre de